Escrito por

Basilio Baltasar

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Un café con Antonio Socias

A mediados de los años setenta nos impresionaba la solemnidad con que las bellas artes hablaban de sí mismas pero gracias a algún don misteriosamente recibido supimos esbozar a tiempo una irónica sonrisa de desconfianza. No es que despreciáramos el mérito de los viejos maestros pero en su retórica –y en sus entusiastas imitadores- reconocíamos una sospechosa impostura. No pasó mucho tiempo antes de verles tratar con enojo nuestra precoz filiación cínica. Por más que nos correspondiera el turno de ponerlos en cuestión, no les pasaba por la cabeza la idea de consentir nuestra insolente manera de ver el mundo. Un desmesurado afán de respetabilidad les llevaba a imaginarse como el recambio de los viejos carcamales del siglo y fue esta pretensión la que alentó nuestra sardónica displicencia. Ahora, con la lección del tiempo aprendida, comprendo la dificultad que entraña enseñar a unos discípulos tan alegres como descreídos. Qué le vamos a hacer. La credulidad no fue una de nuestras cualidades. El misterioso don, lo supimos luego, se remonta a una de las corrientes filosóficas más subversivas que han atravesado la historia de la cultura. Fuimos escépticos con irritante intensidad y este espíritu nos procuró una excelente educación sentimental. Nuestra negativa a compartir la ingenuidad contemporánea nos hizo inmunes a las doctrinas que por entonces se expendían en el mercado de las creencias. Ya fueran estéticas, políticas, religiosas o musicales, la elocuencia de estas ideas fue acogida con una afilada suspicacia. Esta ironía nos salvó de la ingenua complacencia con que muchos transigían.

Es en el recuerdo de aquellos años de esplendor, en la iniciación compartida durante una adolescencia hecha de aprendizaje y fraternidad, en donde se encuentran algunas reveladoras claves de la trayectoria recorrida por Antonio Socias.

Su destreza como pintor, escultor y fotógrafo, el dominio adquirido en cualquier de las disciplinas que ha elegido para sus insólitas exploraciones del mundo, la libertad con que ha sabido deshacer sus logros artísticos, lo han convertido en uno de los artistas españoles más brutalmente implicado en la incesante destrucción de su propia obra.

El talento proteico, virtuoso, voraz, sarcástico y cruel enérgicamente desplegado tras las mutaciones del lenguaje emergente en cada época, le ha permitido manosearlo, elaborarlo y abandonarlo con la urgencia que exige su genio intransigente.

Desde sus primeros trabajos le he visto consumar una y otra vez el mismo ciclo.  Cuando se aposenta en un dominio artístico, cuando forja la inconfundible personalidad de sus estilos y ve reconocida su marca, se apresura a abandonar el estorbo de lo logrado.

Hay que entender el valor implícito en esta actitud de constante renovación. Es un desafío que muy pocos están en condiciones de aceptar. Renunciar a la singularidad de una obra hecha, dejar atrás lo laboriosamente conquistado y dirigirse de nuevo hacia el deshabitado horizonte, supone ejercer un supremo despojamiento.

Vivir abierto al reclamo de lo desconocido, a lo que uno debe dar otra vez de sí mismo en circunstancias inesperadas, sentirse atraído por lo que no existe, comprometerse con lo que llegará a ser, significa cumplir una de las más radicales exigencias del Arte.

El paso del tiempo ha dado a ésta búsqueda su exacta magnitud heroica. Antonio Socias se ha librado de la servidumbre impuesta por las expectativas de los demás y ha seguido el rastro de su poderosa intuición, de su despótico instinto de depredador de sí mismo. Quién sabe hasta dónde querrá llegar.

Después de contemplar su nuevo trabajo me apresuro a escribirle, con el asombro de siempre:

Con esta serie, Toni, inauguras una nueva mirada. Se nota de nuevo esa deliberada “confusión de las mentes” con que sacudes las certezas ajenas. Te deslizas una vez más por esa frontera en donde lo absurdo y lo doméstico se encuentran, se agreden y lesionan. Tu viaje a África maneja con maestría la potencia teatral, narrativa y metafísica de las imágenes pero provoca una perturbadora y sutil decepción. ¿Qué será?

Tu punto de vista en África es un ejercicio de estilo que destruye la distancia entre el fotógrafo y el mundo. Las visiones africanas que nos ofrece la industria cultural sustentan una narrativa retorcida por la cautela, los prejuicios y las ilusiones del viajero. Por un lado, ya se sabe, admira lo exótico y le encanta ser fascinado. Por otro, temeroso de lo que ve, recela y retrocede. Quiere atrapar lo que mira, pero no quiere tocarlo. Persigue una simulación aceptable de lo real, pero sabe que su presencia estropea la integridad de esa imagen exótica, primitiva, virginal. ¿Cómo sortear esta tensión?

Tu viaje es una parodia del género: la ilusión de ese fotógrafo invisible ha sido cancelada, ridiculizada. Tu obra es una confesión: estoy aquí. ¿Podría ser de otro modo? Las “personas” me sonríen o me repudian. No hay modo de impedirlo. Lo confieso. Debo tocar todo lo que veo. Este es el acuerdo entre mi ojo y el mundo. Lo que no pueda tocar, no existirá. No basta con ver, no es suficiente mirar. Hay que tocar. Aceptar el riesgo supremo de ser rechazado.

La indulgencia de los sujetos con los que te encuentras es sorprendente. También será perturbadora. ¿Cómo lo has conseguido? Nadie sabrá interpretarla. ¿Es un signo de tu poder personal? ¿Prepotencia, abuso, injerencia…? ¿O una sorprendente fraternidad entre desconocidos, en la plaza del mercado?

La construcción cultural de África llevada a cabo por Occidente, la elaboración de ese exotismo oriental que tan severamente desveló Edward Said, las emociones salvajes que ha pulido la literatura y el cine, ese vértigo ortopédico con que el viajero se paseaba por el otro mundo (la aventura impostada por la agencia de viajes), entra ahora en su fase de declive y con tu mirada levantas acta de un cambio sustancial. Los otros exóticos han entrado en nuestra vida y son ellos los que apoyan su mentón en tu mano. Es la gran migración que los trae a casa pero también la insurgencia de una voz propia, modulada por su memoria personal (no la especie, ni la tribu, ni el país, ni la religión, ni las costumbres, ni el folklore); y en ese recuerdo íntimo en cada uno de ellos reverbera insólitamente la experiencia de la fatuidad con que nos hemos hartado de nosotros mismos.

 A partir de ahora no habrá nadie a quién admirar. Ellos son lo que somos. Decepcionantes imágenes de lo poco que hemos llegado a ser. Hasta ahora nos han servido de consuelo, posibilidad remota de otra vida. Nos bastaba asomarnos a su  mundo de vez en cuando para obtener un consuelo necesario. Y sin embargo ahora son hombres en lugar de imágenes, se han hecho prójimos, semejantes, iguales. No van a servirnos como refugio mitológico de nuestras almas cansadas. Podemos darles la mano, conversar, aburrirnos con ellos. No serán la imagen idílica de la Humanidad ancestral, la inocencia custodiada en el primer origen del mundo. Ese caudal de estampas útiles a nuestro fracaso cultural se ha agotado.

Tu viaje a África, Toni, es la crónica de una transformación cultural pero no evoca lo que ocurre allí, entre ellos. Sino lo que sucede aquí, entre nosotros. La nueva mirada, a la que das forma precisa y elocuente, acoge a personajes inesperadamente semejantes a nosotros mismos. Ese yo tiznado de negro que sonríe en el espejo, en el reverso del mundo, lo ha dicho todo. Nunca antes había sido visto de este modo.

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8 de febrero de 2016
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Un filósofo clama en los tribunales

A ver: ¿quién ha ordenado suprimir la filosofía del bachillerato? Venga. Díganlo. ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Por qué se esconde? ¡Cuánto me gustaría hablar contigo! Tengo algo que contarte y debo hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Para empezar: te has equivocado si crees que la filosofía inocula en los chavales la sutileza de pensar con precisión, la destreza de hablar con elocuencia, la certeza del imperativo ético y la devoción por la sabiduría. ¡Qué va, hombre! Nunca habías estado tan equivocado. Presta atención: aunque la virtud del discernimiento sea un estorbo en los planes de estudio que te han encargado reformar, estoy seguro de que tú, estratega, la utilizas de vez en cuando. Escúchame y saca de ello el mejor provecho.

Esta es la historia de un joven doctor en filosofía que aspira a una plaza de profesor en la Universitat de les Illes Balears. Pierde el concurso, pide explicaciones y pone un recurso contencioso en los tribunales. Lo gana. Pero la Comisión de Contratación de la Universidad (de las Islas Baleares) no ejecuta la sentencia (¡por dos veces y con gran asombro del juez!). Entonces, los profesores del departamento de Filosofía se conjuran para dar un escarmiento al aspirante. Irritados por la insolencia del filósofo que los pone en cuestión, le arrojan tres demandas civiles por injurias.

La gracia del asunto reside en la razón esgrimida por los profesores para acusar a Miguel Comas. ¿Qué grave perjuicio ha causado el joven doctor a su mancillado honor? En defensa de sus reclamaciones tuvo la osadía de citar el dictamen emitido por la Sindic de Greuges de la propia Universitat de las Illes Balears. Joana María Petrus reclama la reforma del sistema de contratación del profesorado, para “impedir arbitrariedades, limitar la subjetividad y prescribir la desviación de poder”. La Sindic denuncia que ni siquiera se redactan los criterios para valorar los méritos de los candidatos, lo cual “limita la igualdad de oportunidades, no garantiza la necesaria objetividad de los actos administrativos y otorga un poder desmesurado a las comisiones de contratación”. (A ver qué hacen los jueces con el acertijo: ¿por qué los profesores de la UIB no demandan directamente a la Síndic de Greuges de la UIB?)

Camilo José Cela Conde, que fue profesor del joven doctor, y lo considera con méritos académicos sobradamente probados, lamenta en una carta el “descabellado” argumento utilizado por el departamento para justificar su nepotismo. A Miguel Comas se le ha rechazado como candidato experto en “Corrientes críticas del pensamiento contemporáneo” por afirmar que Jürgen Habermas pertenece a la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt.

Los profesores del departamento de Filosofía de la UIB dicen que no, que Habermas no pertenece a la Escuela de Frankfurt. Su juicio suena atronador, inapelable. Pero el Director del Instituto de Investigación Social de la Johann Wolfang Goethe Universität de Frankfurt, Dr. Axel Honneth, expresa en una larga carta su “más profunda perplejidad” y el “estado de shock” que le produce tal afirmación. Cita el parecer de “los eruditos serios de todo el mundo” y se extiende confirmando y respaldando el criterio del joven doctor Miguel Comas.

¿Te das cuenta de lo que quiero decirte, estratega que eliminas la filosofía de los planes de estudio? Tú te habrás creído muy listo y con razones para temer a la filosofía, pero ya ves: hete aquí a todo un departamento –los custodios de Platón, Spinoza, Kant y Hegel- demostrándote lo contrario. No hay nada que temer. Al contrario: lo que debes hacer es promocionar a los profesores de filosofía que se querellan contra los filósofos.

(Publicado en El País, Catalunya, 24 enero 2016) 

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24 de enero de 2016
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Todos los escritores son ciegos (según Piglia)

Cuando Piglia habla de Borges, Lowry o Kafka entendemos que los tres han escrito para un tipo particular de lector: el visionario. El lector que sabe leer lo que no está escrito, lo que se omite con vigorosa habilidad artística. Este visionario es el cómplice supremo. El compinche que el escritor está esperando.
El lector común, que desconoce la noción y el sentido de la dificultad, tropieza con un obstáculo insalvable. Desiste y descarta lo que no entiende. Lo repudia. Se jacta de ello. Para confirmar hasta qué punto yerra debería considerar lo que dice violentamente Piglia sobre la impenetrable paradoja de los libros: «Todos los escritores son ciegos. No pueden ver sus manuscritos. No hay forma de leer los propios textos si no es bajo los ojos de otro».

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18 de noviembre de 2015
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La más literaria de las maldades

Nos cuenta Dante que en el más profundo foso del Infierno gime el calumniador.

En cierto modo, es el agente secreto de la más literaria de las maldades.

El asesino posee frialdad o cólera; el ladrón, una cierta intrepidez; los glotones, avaros y adúlteros calman su apetito con relativa modestia; pero el difamador necesita una gran imaginación narrativa. Es elocuente, facundo y florido y conduce la credulidad ajena con una
retórica persuasiva. Como una de las elaboradas encarnaciones del Mal, el calumniador no supera a los grandes criminales de la Humanidad, pero la corrosión que produce es más
perfecta: incesante, despiadada, impune. Ningún tribunal puede pararle los pies.
La injuria que destila concede poder al impotente, placer al malvado, consuelo
al vengativo, e innumerables ocasiones al cobarde. Sus ficciones se representan
en la vida cotidiana con sarcasmo, sollozos, respetabilidad o airada indignación.

En el teatro del mundo las dotes escénicas del difamador son muy influyentes.
Quizás algún día padecerá los tormentos del infierno, pero mientras tanto ¡cómo
goza su lengua viperina!

 

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16 de noviembre de 2015
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La Alquimia según Harpur: el retorno de Mercurio

Dice Jacob Böhme en su Aurora (1612) que la Divinidad "tiene en su más interior nacimiento una acritud terrible, por cuanto la cualidad salada es una contracción dura, oscura y fría, tanto que del agua resulta hielo, y además por completo insoportable".
Basilio Valentín, pseudónimo de un monje benedictino (1413), afirma en "Las doce llaves de la filosofía" que basta "una pequeña cantidad del espíritu del dragón" para "disolver y hacer volátiles el oro y la plata" y así "se elevan en el alambique".
Ireneo Filaleteo, un inglés del XVII, subraya que "nuestro Mercurio es espiritual, femenino, vivo y vivificante".
Nicolás Flamel, en su Libro de las figuras jeroglíficas advierte que "si tras haber puesto las confecciones en el huevo Filosófico no ves la cabeza del Cuervo negro de un negro muy negro, tendrás que volver a empezar".
Para Fulcanelli (1924), la serpiente "indica la naturaleza incisiva y disolvente del Mercurio, que absorbe ávidamente el azufre metálico y lo retiene con fuerza".

He aquí algunos vestigios de la tradición alquímica que los expertos remontan a las tabletas de la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, en el siglo VII a. C. Según recientes estudios, la escuela de pensamiento alquímico se vio galvanizada en la Alejandría helenística gracias a la influencia griega, persa, judía, egipcia y gnóstica. Como si estos estilos hubieran confluído en un tratado de utilidad universal y libre de las fórmulas doctrinales que elaboran los credos nacionales.

Esta voluntad transcultural y transhistórica es uno de los rasgos más sorprendentes de la tradición alquímica aunque debo advertir que por esmerada que sea la disposición del lector contemporáneo, tarde o temprano desistirá con cierta desesperación, incapaz de penetrar la hermética apariencia de su lenguaje. Si el lector es indulgente, renunciará a descifrar la compleja simbología de un relato incomprensible; si fuera colérico, blasfemará y contribuirá con su desdén a divulgar la fama de charlatanes que arrastran los alquimistas. Inevitablemente se preguntarán los dos tipos con irritada impaciencia ¿de qué están hablando? ¿Hay alguien que lo entienda?

El azufre y el mercurio, con sus respectivas cualidades (fijas, cálidas y secas o volátiles, frías y húmedas) operan sobre los metales mediante la calcinación, congelación, coagulación, disolución, digestión, destilación, sublimación, reparación, multiplicación y proyección. Un proceso en el que actúa un fascinante bestiario (Dragón, León, Pelícano, Pavo Real, Cuervo, Serpiente...), bajo la influencia del calendario astral, hasta consumar la Gran Obra, el Opus que permite al adepto de esta "antigua ciencia" y "noble arte" obtener la Piedra Filosofal y el Elixir de la Inmortalidad.

Ciertamente, no se conoce a nadie capaz de traducir a nuestro lenguaje lógico este galimatías "hermético" y resulta por ello sorprendente que a lo largo de los siglos haya subsistido una escuela de pensamiento que no se entiende. Son miles los volúmenes conservados en las bibliotecas europeas que comentan con erudición las operaciones de la Gran Obra; son innumerables los manuscritos bellamente ilustrados con emblemas y alegorías que nadie sabe interpretar.

Aunque podamos admirar los seductores símbolos de la Alquimia y dejarnos perturbar por la evocación poética que inspiran, no hay modo de integrarlos en nuestra moderna visión del mundo. La severidad materialista nos cierra el acceso a una interpretación del Cosmos que se remonta a episodios nada cartesianos y nuestra impetuosa tecnología industrial cercena de cuajo la idea de una Naturaleza preñada por el Espíritu. Podemos conceder que la creencia sea aceptada como una benévola inquietud religiosa, pero nos parece imposible admitir que tal cosa sea un "arte" que se considera a sí mismo la más solvente de las "ciencias".

Sin embargo el código simbólico de la Alquimia anuncia la liberación del espíritu prisionero en la materia. Bajo el patronazgo del legendario Hermes, el ciclo narrativo de la Alquimia acoge la fertilidad de los viejos mitos clásicos y cristianos y otorga a sus figuras excelsas un papel decisivo en el proceso de insurgencia del alma y de transformación de la materia: Apolo, Leda, Saturno, Cristo, La Virgen... aparecen con su vigor ancestral en el teatro de la condición humana dispuestos a representar el último acto y brindarnos la ocasión de vencer al destino, la extinción y la muerte. ¿Quién podría resistirse a la llamada de esta epopeya? ¿Quién se negaría a poner en práctica las instrucciones de un manual como éste?

La promesa de la Piedra Filosofal y del Elixir de Larga Vida nos hace lamentar que algo tan formidable sea enunciado con tan inextricables fórmulas. Aunque uno, a fin de cuentas, entiende que el mistérico desafío a las leyes naturales (la fabricación del oro y la prolongación de la eterna juventud) esté reservado a una aristocracia espiritual reacia a divulgar el gran secreto (y sin embargo empeñada en dar una y otra vez testimonio de su inminencia).

C.G. Jung, Mircea Eliade y Gaston Bachelard han ayudado a comprender lo que hay aquí de psicología y de historia cultural, proponiendo reveladoras aproximaciones al denso vocabulario icónico de los alquimistas. Pero no son muchos más los autores que hayan tratado con respeto el abrumador testimonio de esta fulgurante tradición. De ahí que debamos celebrar el nuevo libro de Patrick Harpur que publica Atalanta como el más inquisitivo, sensato y lúcido de los recientemente dedicados a la ciencia hermética.

Mercurius o el Matrimonio de Cielo y Tierra, que apareció originalmente en 1990 y ahora, entre nosotros, en 2015, es una novela y un ensayo. La vida de los protagonistas transcurre por cauces temporales distintos, pero tanto el capellán Smith como la joven Eileen comparten un inteligente interés por la Alquimia (la joven antropóloga aplica el método estructuralista de Lévi-Strauss al opaco entramado conceptual). Sus peripecias sentimentales ayudan a entender que nada sucede fuera de la perturbada vida de los humanos: ni siquiera el estudio de la ciencia hermética cuyos arcanos abordan los dos personajes con deslumbrante precisión. Podemos asegurar que Harpur ha escrito uno de los estudios más elocuentes y sagaces sobre el arte de estos grandes brujos blancos que han sido los herederos de la Alquimia.

Es probable que el ejercicio sincrético de Harpur conceda a la tradición alejandrina una inesperada actualidad. Gracias a los vínculos que sugiere entre la física cuántica, la cosmografía de la materia oscura y los estudios de la consciencia, no será paradójico que la ciencia contemporánea encuentre en las intuiciones de aquellos viejos alquimistas unas visiones que, después de todo, no serán tan descabelladas.

 

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28 de marzo de 2015
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Escribir como si hubieras muerto

¿Qué son esas costumbres de las que nos sentimos tan satisfechos? La buena educación, por ejemplo, o el optimismo, o la ecuanimidad. Parecen dones para una convivencia entre seres humanos civilizados. Pero ¿y si fueran imposturas para coaccionar al prójimo? ¿Y si en lugar de ser fruto del respeto, estas virtudes no fueran más que una treta urdida para dominar a los demás? ¿Qué pensaríamos entonces de nosotros mismos?
Escribir como si hubieras muerto. Esto es lo que ha conseguido Juan Antonio Masoliver Ródenas en un ensayo enojado y resignado a una verdad sin adornos. Probablemente El ciego en la ventana (El Acantilado, 2014) sea una de las confesiones literarias más soberbias de las que se han publicado últimamente en España. Un ejercicio de brutal confrontación con el hombre que uno ha sido. "No me importa morir... sólo siento no ver cómo es mi muerte, para poder decir que he completado el ciclo de mi vida y que he sido testigo de ello".
El epílogo del libro es un epitafio. Que nadie vaya a pensar sin embargo que el autor es un diletante. Nada hay de frívolo en esta novela amarga, triste, bella y penosa. Una narración que anticipa la cita del autor con la muerte. Sólo el que haya creído oír alguna vez la sutil manifestación de su poderío -ese extraño sabor en la boca de algunos vivos- comprenderá la terrible veracidad de esta narración. "Trato de recordar momentos felices y descubro que ninguno realmente lo fue".
Hay una elocuente interrogación en cada una de sus páginas y las preguntas que se espeta el autor son por ello de una fuerza inconcebible. No hay retórica ni complacencia. Ni siquiera la búsqueda dramática de un efecto teatral. A diferencia de la ególatra invención del yo que con tanto fasto editorial sale cada cuanto a la luz, este memorándum es el de un hombre lúcido y huraño. Elabora una angustia que trasciende toda categoría literaria para llegar a ser irrefutable. "¿Me ha servido este prolongado silencio para preparar la obra que siempre he querido escribir y que no ha querido ser escrita?"
La vanagloria del triunfo social, con su pomposa liturgia de autosatisfacción, se revela en estas páginas como una farsa insoportable. La crudeza con que el autor se empeña en verse a sí mismo -dejando de lado la tentación del arrepentimiento o la hipocresía de la autocrítica- adquiere una categoría que trasciende las disyuntivas de la moral. "El ciego" que aquí escribe podría amar sin condiciones o destrozar a todo bicho viviente. Tanto da. Su memoria va más allá de toda ilusión de justicia. Se trata de descubrir en el espejo la más nítida de las imágenes: una narración exenta de orgullo y frustración. "¿Y si toda la nada está contaminada de vida y es por eso que podemos nacer?"
El autor reivindica para sí el derecho a una locura sin enajenación, sobria e inquisitiva pero bestial en su inquieta disposición de ánimo. El derecho a vivir sin medicinas la libido de una desazón. El derecho a no perdonar la estupidez ajena. El derecho a no disculparla: ni siquiera en defensa propia. "Todo lo que he escrito ya no existe".
El autor renuncia a todo consuelo: nada habrá en la biblioteca universal que pueda mitigar las ingratas certezas de su inteligencia. Cualquier bálsamo sería una ofensa. Aunque no por ello nos sustrae un aforismo de profunda sabiduría: "No ver la realidad que está oculta: esto es la magia".
De la vida literaria Juan Antonio Masoliver parece saberlo todo y nos habla como el que nunca cayó en sus trampas. El autor no tuvo necesidad de creer en el espejismo de la fama ni en el rácano elogio de los colegas. Uno tiende a pensar que el viejo Masoliver llevó desde siempre a cuestas la precaución de vivir. Y a pesar de todo conserva viva la devoción poética: "el más alto significado de la ficción".
Que estas "Monotonías" no hayan sido escritas para complacer al lector, ya es mérito suficiente pero lo que merece el estricto reconocimiento de la crítica es un logro único en nuestra literatura: Masoliver ha roto el hechizo heroico de los autores empeñados en ser intachables. A diferencia de los que desean ser admirados, Masoliver confiesa que nada encuentra en su recuerdo digno de tal cosa: "Soy, literalmente, un autor de frases lapidarias".

 

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22 de marzo de 2015
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Lección de los filósofos para un futuro perfecto

Tres han sido las impetuosas fuerzas que han trastornado a nuestra generación: la inesperada amenaza de la pobreza, el sometimiento voluntario a la opinión ajena y la amarga sensación de haber sido despojados.
Más notable y sanitaria será por ello la lectura que nos sugiere Errata Naturae y el filósofo francés Pierre Hadot: las lecciones del maestro Epicteto (55-135). Vale la pena destacar lo que esta filosofía enseña para una vida imperturbable y meditar un texto compuesto como ejercicio de austeridad tan deliberadamente elegida como inteligentemente celebrada.
El estoico griego nos sugiere algo que hoy adquiere una formidable actualidad: no hay otra senda de dignidad que la ausencia de servidumbre. ¿Qué nos esclaviza? se pregunta el filósofo. Ante todo: vivir pendiente de la opinión de los demás. ¿Qué nos humilla? Cultivar deseos que no podemos satisfacer. ¿Qué nos derrota? El afán de gobernar las fuerzas de un destino indescifrable.
La sociedad del espectáculo nos ha educado en una quimérica promesa: como si pudiéramos satisfacer los deseos y saciar la voluntad. Este alarde nos empuja hacia la más desagradable de las sensaciones: la insatisfacción perenne y la frustración incesante. ¿Nos hace falta aprender alguna otra lección?
Si te conformas con lo que de verdad es tuyo, dice Epicteto, "nadie podrá coaccionarte, nadie podrá obligarte a hacer nada, no harás más reproches, no formularás más acusaciones, no volverás a hacer nada contra tu voluntad, no tendrás más enemigos, nadie podrá perjudicarte y no sufrirás más perjuicios".
Ciertamente, hace falta una perspectiva filosófica, espiritual, para entender la magnanimidad de esta libertad de ánimo (y de ánima). La óptica materialista que han consolidado las tendencias del siglo -los epígonos de la civilización industrial- no concibe semejante soberanía individual. Para hacerla posible, es necesario restaurar el linaje de los hombres libres de pesadumbre. Esos que sólo por renunciar, adquieren ya la más alta distinción.

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16 de marzo de 2015
Eder. Óleo de Irene Gracia
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La televisión pública y la cultura

Después de más de 13 años acudiendo sin desmayo a su cita semanal en la televisión catalana, el programa Millenium, concebido, dirigido y presentado por Ramón Colom, se ha trasladado a la segunda cadena de la radio televisión española. Sus debates, en los que se abordan asuntos complejos que no pueden ser liquidados con un titular, demuestran que la televisión pública -después de saciarse con fútbol, tenis, ciclismo, coches y motos, concursos de baile y diversas astracanadas- puede reservar un espacio nocturno de su programación a la cultura. Pero es el tono de la conversación, alejado de la algarabía y estridencia de las incomprensibles tertulias nacionales, el que regocija al espectador. En Millenium, gracias a la pausada orquestación de Ramón Colom, nadie grita ni se quita la palabra con esa petulante agresividad que ya es la marca de nuestra política. A diferencia de lo que es habitual en las ondas de radio y televisión, el programa Millenium recupera la cordura y nos incita a recordar lo que es una conversación: el arte de hablar sin dejar de escuchar. Y viceversa.

 

 

La ley del más fuerte
(domingo 6 de julio de 2014, a las 00.00 en La2 de TVE)

Esta semana, Millennium reflexiona sobre la ley no escrita que rige tanto los mercados como en gran medida nuestra sociedad: La ley del más fuerte. A partir de preguntas como ¿Por qué Google, Apple, Amazon.... y otras grandes corporaciones no pagan sus impuestos? El programa repasa los diferentes comportamientos en ámbitos económicos, culturales, filosóficos e incluso antropológicos ¿Por qué hay culturas predominantes? ¿Cómo ha evolucionado la demostración de poder a lo largo de los siglos? ¿Por qué el hombre tiene esa necesidad de mostrarse más fuerte?
Ramon Colom entrevista al Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Barcelona, Jesús Mosterín, investigador del CSIC y estudioso de la naturaleza humana y de la relación del hombre con los animales. Mosterín participará en el debate junto con Cristina Sánchez-Miret, Doctora en Sociología por la Universitat de Girona, especializada en desigualdades sociales; Basilio Baltasar, escritor y editor; y Enrique Luque Baena, Catedrático de Antropología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, especializado en antropología política y jurídica.

http://www.rtve.es/television/millennium/

 



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10 de julio de 2014
Eder. Óleo de Irene Gracia
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Los suplementos literarios de los periódicos

A los ponentes del V Seminario de Periodismo Cultural* se les invitó a comentar, acotar, impugnar, modificar o responder a las cuestiones que aquí se hilvanan:

Los suplementos que los periódicos dedican al mundo de los libros han articulado la vida literaria y editorial ante una comunidad de lectores ávida de información, discernimiento, testimonios y polémicas. La notoriedad de estos cuadernos de periodicidad semanal, que no siempre capturan la curiosidad del gran público, permite divulgar lo que escriben, piensan y cuentan los protagonistas de nuestra república intelectual. Sin embargo, los suplementos literarios, no por cumplir una tarea imprescindible se libran de ser el blanco de la controversia crítica que desean propiciar. El criterio con el que editan sus selecciones, la diplomacia con que tratan sus compromisos, la predilección que dedican a unos autores y el desinterés que ofrecen a los demás, son las clásicas figuras de una discusión que a menudo acaba en chismorreo. Si ciertas firmas adquieren el rango de predilectas, si algunos favoritos dejan de serlo, si este o aquél se consideran vetados, o condenados, o malditos. Hay una variadísima y maliciosa narrativa oral que no puede ser desmentida y nunca nos cansamos de apreciar el arte de una imaginación que inventa lo que no encuentra y descuida lo que no interesa. Al margen de estas mitografías se desarrolla el arduo trabajo de los editores de suplementos literarios, que día a día hacen frente a un abrumador caudal de novedades editoriales y a la difícil tarea de dar cuerpo y sentido a lo que debe ser la crítica literaria en los periódicos y revistas. En este sentido, las últimas décadas se han visto sometidas a conmociones dignas de un estudio abordado con las mejores herramientas académicas. El modo en que el periodismo cultural ha invadido el lugar que le correspondía a la celosa crítica de libros, obviando los juicios literarios que tan mal acomodo encuentran en la sociedad del espectáculo, ha perturbado nuestra manera de entender la literatura y, por ende, el estilo editorial de los suplementos literarios. A estas dificultades, que no siempre son ni vergonzosas ni triunfantes, cabe añadir ahora el reto de la transformación digital de los suplementos literarios. Los responsables que se han hecho cargo de esta mutación deberán dar formas nuevas a la vieja polémica y comprobar si la versión digital puede resolver los dilemas que nos parecen asfixiantes. No en balde cabrá, sobre todo, emular la capacidad de influencia que los suplementos de papel han ejercido durante mucho tiempo. La solemnidad y autoridad con que se han elogiado libros y autores ¿conseguirá en las pantallas el mismo efecto? Esta es una de las dudas que hoy planteamos con grave preocupación. ¿Podrá trasladarse a la pantalla el prestigio de las obras elegidas? ¿O la obra literaria se reducirá sólo a lo que tiene de noticia fugaz? El orden y la jerarquía de lo valioso ¿obtendrán duradera consideración en el universo "virtual"? ¿O se extinguirá a la misma velocidad con que lo novedoso se devora a sí mismo en la inminencia digital?

¿Qué modelo debemos adoptar para dar a los libros y a sus autores la presencia e influencia que requiere la vida cultural de una nación?

*Al curso, dirigido por Basilio Baltasar y organizado por la Fundación Santillana, El TEC de Monterrey y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, asistieron Angélica Tanarro, jefa de Culturas de El Norte de Castilla y coordinadora del suplemento La Sombra del Ciprés. Blanca Berasategui, directora de El Cultural de El Mundo. Berna González Harbour, editora de Babelia. Fernando R. Lafuente, secretario de redacción de Revista de Occidente y director de ABC Cultural. Ramón González Férriz, editor de Letras Libres en España. William Lyon, traductor, editor y periodista.



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30 de junio de 2014
Eder. Óleo de Irene Gracia
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Acta del Jurado Formentor 2014

Reunido el jurado del Premio Formentor, constituido por Cristina Fernández Cubas, Eduardo Lago, Aurelio Major, Ignacio Vidal Folch y su Presidente Basilio Baltasar, después de ponderar y evaluar las candidaturas presentadas por los miembros del jurado, ha decidido reconocer por unanimidad los méritos de la obra del escritor Enrique Vila-Matas y concederle el Premio Formentor de las Letras 2014.

El jurado desea subrayar la elegancia literaria con que Vila-Matas ha renovado los horizontes de la novela, dándole un ímpetu creativo que la ha situado de nuevo como gran crisol de las influencias, las voces e inspiraciones de nuestra cultura.

Vila-Matas ha desmentido con su prolífica obra narrativa la supuesta decadencia de un género que sigue mostrándose como el mas eficaz relato de la conciencia contemporánea. Los procedimientos narrativos inventados por el autor catalán han supuesto una enérgica contribución al vigor de la literatura escrita en español y ha sido reconocida en Europa y Estados Unidos como una de las más significadas creaciones literarias de nuestro país.

El autor de obras tan destacadas en la reciente historia de nuestra literatura, como La asesina ilustrada, Historia abreviada de la literatura portátil, Hijos sin hijos, Bartleby y compañía, El mal de Montano, Doctor Pasavento, Dublinesca, Aire de Dylan o Kassel no invita a la lógica, ha sostenido un empeño coherente que adquirió desde sus primeras creaciones en la decada de los setenta una voz propia e inconfundible. Un estilo personal que ha seducido a lectores europeos y americanos, entusiasmados por una imaginación que difumina las fronteras entre realidad y ficción, autor y personaje, lectura y vida.

Uno de los méritos del autor que los miembros del jurado quieren destacar es el modo en que ha sabido abordar asuntos conflictivos y angustiosos de nuestro tiempo con una destreza literaria que ha hecho del ingenio, el humor y el espíritu lúdico un reconfortante punto de vista. Un estilo narrativo pero tambien una certeza filosofica que restaura la soberanía del individuo como eje moral de una existencia destinada a la plenitud, la inteligencia y el desenfado.

Enrique Vila-Matas es además uno de los pocos autores españoles adoptados por el público joven latinoamericano, que ha reconocido en su obra cosmopolita la negación de unas fronteras que parecían insuperables. La complicidad y simpatía con que ha sido recibida confirma el territorio estético y lilingüístico inaugurado por su narrativa: un relato abierto a la imaginación libre de restricciones costumbristas y fertilizado por el incesante acontecimiento artistico contemporaneo y por las tradiciones literarias que le han precedido.

La absorción de autores y obras desapercibidas en nuestra memoria cultural, la perspicaz integración de olvidadas contribuciones literarias, han hecho de la obra de Vila-Matas una polifonía que da a la figura del Autor un nuevo significado: creador de formas narrativas inesperadas pero también heraldo de lo que había sido olvidado por la perezosa amnesia de nuestro tiempo.

La lectura de la originalisima obra de Vila Matas es también la lectura de una tradición felizmente entregada a la innovación que sólo pueden llevar a cabo los grandes creadores.

Por todo ello, nos complace conceder a Enrique Vila-Matas el Premió Formentor de la letras 2014.

Formentor, 27 de abril de 2014.



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29 de abril de 2014