Escrito por

Basilio Baltasar

El quiosco

Pícaros, sátiros y mangantes. Los grandes embusteros de la literatura

Revista Jot Down  (septiembre de 2022)

La literatura ha prestado a los pícaros el argumento de una vida sardónica. Un decidido desparpajo, soltura y audacia, abundancia de recursos, elocuencia y convicción, prestancia y cortesía, vivacidad y talento ornamentan al héroe de la picaresca. Indecente, ególatra y convincente. Sus cualidades engendran en el lector una inesperada simpatía y excitan un vivo interés por sus vilezas. La puesta en escena del pícaro encanta de tal modo al espectador que no le queda más remedio que dejar en suspenso sus ilusiones morales y sospechar de su propia honestidad.

Este es el momento culminante de la epopeya picaresca y el gesto que redime a sus villanos: el lector descubre la secreta justicia del engaño y declara que sus víctimas se lo tienen bien merecido...

 



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8 de noviembre de 2022
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Cristóbal Serra, un sabio irónico y escurridizo

Me permitirá el amable lector que emprenda este elogio de Cristóbal Serra recordando la edición que hice de su obra completa (Ars Quimérica, Bitzoc, 1996). De ahí mi entusiasmo con la iniciativa de Wunderkammer y de Nadal Suau, que actualiza aquél primer acopio, sostiene la presencia de nuestro autor y auspicia de nuevo la influencia de su obra literaria.

El lector que no conozca a Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922-2012), o lo haya leído fragmentariamente, encontrará en el informado y panorámico prólogo de Nadal Suau la semblanza de un escritor culto, refinado y ensimismado, ajeno al bullicio de la vida social y fiel a la genealogía de su herencia literaria.

Serra podría incorporarse a la nómina de los raros reunidos por Rubén Darío o Pere Gimferrer. Sin perder de vista que su singular literatura procede de una introspección hermética, de los súbitos destellos de la tradición mística y de la puntillista exploración de la sabiduría perdida.

Sorprenderá al lector que del sucinto territorio de Andratx hayan surgido dos escritores tan notables y tan opuestos en su personalidad literaria. Baltasar Porcel, con su novelesca impetuosa, fascinada por la violencia nietzscheana, la pulsión salvaje del sexo, la virulencia del deseo y la heroicidad de una rivalidad encarnizada. Y Serra, tan atento a las sutilezas encriptadas en la literatura gnómica, con una gentileza irónica y escurridiza, enamoradizo y severamente conmovido por la tradición sapiencial de los libros escondidos.

En las memorias de Cristóbal Serra (Augurio Hipocampo , Diario de signos , Las líneas de mi vida…) se componen los recuerdos, imágenes y sensaciones alumbradas en el puerto de Andratx, la región mítica de su infancia y el lugar en donde todo comenzó. El surgimiento de los autores que vertebraron su canon literario, la actuación de los personajes que impresionaron su sensibilidad, la nostalgia que en su primera edad acuñó la melancolía de una apacible y fructífera existencia.

A la frontera del puerto de Andratx (lugar hoy destruido) llegaron los mensajeros cosmopolitas de los libros inéditos o prohibidos, los extranjeros trashumantes que inspiraron el aprendizaje literario de Serra. Así, entre erizos, pulpos y caracolas, peces y pescadores, transcurrió una juventud alentada por Blake, Chesterton, Claudel, La Rochefoucauld, Michaux…

Fue un observador solitario de la creación y un solipsista que tanteaba el mundo circundante a través de los libros. Su predilección por el aforismo, la brevedad y la sentencia se correspondía con la benevolente cautela y la vocación ermitaña de su alter ego. Pero su interés por la literatura contemplativa no le impedía congeniar con grandes furiosos o hirientes satíricos. Si la despiadada represión de la posguerra no le hubiera sorprendido en la pubertad quizá habría emulado a un predicador airado como León Bloy o a un sarcástico como Jonathan Swift. De los dos fue un apasionado traductor.

Con ese sentido del humor que para él fue una tabla de redención, intentó evitar las trampas trágicas de su siglo. Su humorismo gentil, que está más cerca de la sonrisa que de la risa, y cierto estilo británico (hablamos de lo que antes se entendía como tal) le proporcionaron la distinción que caracteriza a su prosa.

A lo largo de sus 90 años Serra fue descubierto en repetidas ocasiones (por Octavio Paz, por Rafael Conte, por Beatriz de Moura…) sin que por ello se moviera de su sitio. Cuando el dibujante Pere Joan trasladó a la narrativa gráfica su Viaje a Cotiledonia descubrió a muchos de sus jóvenes lectores al anciano que hablaba de la noche oscura de Jonás, de las visiones de Ana Catalina Emmerick y de los esenios enterrados en Qumram. El lector de ahora encontrará en El viaje pendular a ese cátaro contemporáneo que afrontó la desesperación del mundo con delicada ternura y al escritor que rescató de la antigüedad el carácter cósmico y profético del asno, figura central de una religión arcaica, invisible y desapercibida.

 

Reseña del libro: El viaje pendular de Cristóbal Serra (Wunderkammer, 2022)

Publicado en Cultura|s de La Vanguardia

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14 de octubre de 2022
Annie Ernaux en Formentor en 2019. Fotografía de Cati Cladera
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Annie Ernaux, sobria, concisa y cruel

 

Al anochecer sobre las mansas aguas de Formentor, Annie Ernaux concluía su discurso -estamos en el mes de septiembre del 2019- recordando al silencioso público cuanto se había esforzado por explorar el mundo real, pero sobre todo por despojarlo de las visiones y valores “de los que la lengua es portadora en todas las épocas”. Aparecía así la escritora francesa como una forjadora de lenguaje, un herrero que golpea en el yunque del yo la endiablada sustancia de la literatura y el alambicado reverso de las palabras.

Al día siguiente subimos al faro de Formentor y Annie se apoyó en la barandilla que se tiende sobre el elevando promontorio del acantilado. Su melancólica mirada abarcaba la línea del horizonte y los reflejos dorados del sol poniente. Pude ver entonces en su rostro la apacible tristeza de una mujer consternada por las innumerables humillaciones del ser humano.

La destreza artística de Annie Ernaux, motivo por el cual había recibido el Premio Formentor, da forma narrativa a una escritura sobria, concisa y cruel. Su circunloquio literario -apenas un grueso volumen- es inquisitivo hasta la extenuación. Sus libros dan cuenta de una enojada insurrección, de una sensibilidad pasmada y de una insólita determinación. Habla a través de su conciencia la mujer que ha rechazado el papel que se le adjudicó en la comedia de la vida social y que ha vislumbrado por ello el alcance metafísico de su rebelión. No se trata de que no le guste ser la criada del hombre, ni de que le haya soliviantado servir a quien no lo merece. El relato de Annie Ernaux va más allá del hartazgo de las mujeres cansadas, pues testimonia la hondura de una mutación. Sus libros son el gozne literario de una transformación cultural, pero lo verdaderamente notable de su estilo, de su voz, de su escritura, es el empeño puesto por forjar un nuevo episodio de la historia literaria de la lengua francesa.

 

Publicado en ABC el 6 de octubre de 2022

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7 de octubre de 2022
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Estigmas del laberinto español

 

Después de publicar su aleccionador ensayo El honor de los filósofos (2020), la biografía de los pensadores que perdieron la vida por ser fieles a la destilada razón de sus postulados, Víctor Gómez Pin (Barcelona, 1944) se dispone a disipar con su nuevo libro los tercos enigmas del laberinto español.

Con el elocuente título de La España que tanto quisimos , el autor ordena, cita y convoca a las figuras que han dado forma a un bullicioso legado cultural. Sefarditas y moriscos, herejes y disidentes, poetas y escolásticos, ilustrados y jesuitas, emigrantes y camioneros, filósofos y guerrilleros, son los personajes que enriquecen con su genio, y su mal genio, el paisaje de una historia efervescente.

Aparecen en estas páginas las ilustres cualidades de Miguel Servet, Francisco Suárez, Quevedo, Rosalía de Castro, Maragall, Vallejo, Cernuda, Azorín, Lorca, Ortega y Gasset, Paco Ibáñez, y tantos otros, para entender la errática deriva de un país incomprensiblemente desnortado.

La esmerada selección de las voces que suenan en La España que tanto quisimos nos lleva hacia los cruciales interrogantes de un libro esencial. Un libro que contribuirá a disolver los resabios de un lamentable desconcierto.

Cuando el autor recuerda a los españoles derrotados que en su juventud le dieron ejemplo de entereza, cuando recuerda su nobleza, inmune a la humillación, el infortunio y la fatiga de vivir, erige esa figura del alma popular que alienta y sostiene la conciencia de una inexpugnable dignidad. Esta imagen vertebra la bella narración de Víctor Gómez Pin sobre un país que sigue a la espera de encontrarse consigo mismo.

El relato del autor nos sitúa en un expresivo momento visual de la historia y nos muestra a los calvinistas lanzando a la hoguera el cuerpo vivo de Miguel Servet. Un símbolo de los desmanes de tiranía, explotación, intolerancia, embuste y malversación cometidos por la Europa moderna.

Sin embargo, a pesar del estropicio común, Bélgica sabe inhibirse del genocidio llevado a cabo por su rey Leopoldo II en el Congo, Francia evita darle vueltas a la masacre de San Bartolomé, a la deportación de sus ciudadanos judíos a los campos de exterminio de la Alemania nazi y a la feroz represión de sus militares en Argelia.

Italia omite con gran estilo sus escabechinas en Libia y Etiopía y sus desfiles fascistas con el Führer, Holanda se excluye de sus matanzas en Indonesia, Inglaterra no sabe nada de sus carnicerías en la India … Todos los países comparecen ante el tribunal de la historia como reos de crímenes contra la Humanidad, aunque solo España acepta cargar con la pesadumbre de la “Leyenda Negra”.

Será fascinante desvelar al supremacismo que ha decretado este estigma, comprobar su influencia en la forja de la mentalidad reaccionaria y en los encubrimientos de su decálogo moral. Pero más notable será entender el motivo por el cual el país al que tanto quisimos permanece atenazado por un misterioso complejo de inferioridad.

El autor dedica su libro a cualquier lector inteligente pero lo dirige a los simpatizantes y militantes del ala izquierda de la sociedad. Les invita a preguntarse de qué se avergüenzan, por qué asumen el dictamen de una sumisión bastarda y a qué viene eso de renunciar al ejemplo de sus ilustres antepasados.

Ha sido formidable en este sentido la energía política del nacionalismo periférico. Emulando la oratoria fertilizada por la Europa del norte y presentándose como miembros de la élite que desprecia a la España charnega, la derecha nacionalista ha actualizado vigorosamente la retórica de la difamación y amedrentado al conjunto de la nación con los viejos anatemas de la presunción calvinista. Es en verdad admirable que lo haya hecho con tanto virtuosismo.

Víctor Gómez Pin nos invita con su ensayo a deshacer la fuerza hipnótica del complejo de inferioridad, a sustituir la ficción de la identidad por la certeza de la conciencia y a rehabilitar una España a la que sea posible querer y en la que todos los ciudadanos puedan encontrarse a gusto.

Reseña del libro: La España que tanto quisimos de Víctor Gómez Pin (Arpa, 2022)

Publicado en Cultura|s de La Vanguardia



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30 de julio de 2022
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Manotes: de lo espiritual en el Arte. Fernando Esteban Salvá (Palma 1953-2022)

El pasado viernes concluyó en Palma el itinerario vital de Fernando Esteban Salvá, Manotes. Un artista entregado a la más intensa, profunda y radical exigencia creadora. Un pintor comprometido con las brillantes intuiciones de su juventud, fiel a sus imperiosas corazonadas y leal a la estética que guio su prolífica trayectoria.

Fernando Esteban falleció el viernes 8 de julio pero llevaba décadas jugándose la vida con cada lienzo, con cada dibujo, con todas y cada una de sus obras, sin perder de vista su lúcida conciencia sobre los deberes del arte: dar forma visible a lo inminente, captar el momento crucial de un fulgor invisible, dejarse llevar por la fascinada percepción de lo latente; siempre dispuesto a crear de la nada la conmovedora certeza de un presentimiento. Tal fue la integridad de su impecable vocación.

Fernando Esteban fue un jovencísimo discípulo de Joan Miró, frecuentó desde su infancia el taller del pintor catalán y adquirió junto a su maestría la técnica y la ciencia del arte. Con los pintores Ellis Jacobson y Jim Bird compartió amistad, veladas y conversaciones ajenas a la frivolidad decorativa que suele tentar a los artistas.

A mediados de los años setenta del pasado siglo, después de inaugurar su primera exposición en la Galería 4 Gats, de Ferrán Cano, apenas con veinte años, autor ya de un lenguaje y un estilo inconfundible, Fernando Esteban emprendió el viaje que le llevaría a lo largo de medio mundo hasta el más firme y veraz centro de sí mismo. Abandonó la complaciente comodidad de la isla y con lo puesto, a pie o en autobús, llegó hasta San Petersburgo para montarse en el tren transiberiano que a través de las heladas tundras de Siberia lo llevaría hasta Vladivostok y de allí, a Japón.

Un artista que vive al borde del abismo -haciendo familiar y temible el riesgo de la locura, del fracaso o de la rendición- sabe que no hay otro modo de acceder a los verdaderos designios del arte. La vida bohemia, es decir, heroica, que Fernando Esteban llevó en Japón, sobreviviendo con los escasos recursos de una economía ambulante, vendiendo en la calle sus dibujos, bregando jovialmente con las reglas de la yakuza, le ayudó a entender la magnitud del desafío asumido por el artista. Cuando acabó el gran mural que el ayuntamiento de Osaka le encargó realizar en uno de los edificios públicos de la ciudad, Fernando Esteban dio por acabada su estancia en el país. Había tenido tiempo de convertirse en un diestro practicante de aikido y en un buen conocedor de la filosofía oriental.

El itinerario artístico de Manotes se solapaba con un aprendizaje vital insaciable, absorbente y abierto a las impacientes inquietudes del ser humano. A lo largo de su audaz tránsito de artista cosmopolita, aguerrido y avezado, Manotes expuso en Tokio, Hong Kong y Tailandia, en El Cairo y en Nairobi. Y en tantos otros sitios. Con su formidable personalidad supo entablar relaciones y complicidades con los galeristas que en Asia y África admiraron su elegancia conceptual y el estilo de su lenguaje abstracto.

No por regresar del Oriente lejano se apaciguó el instinto nómada de un artista que nunca dejó de vivir en el filo de la itinerancia vital, estética y espiritual. Fernando Esteban se estableció en diferentes rincones del Pirineo Catalán -en donde mantuvo relaciones con el artista estadounidense Kenneth Noland-, en los montes de Huesca -en donde levantó con sus propias manos la cabaña de adobe y madera que tantas veces le sirvió de refugio y retiro-, en las colinas de Barcelona y, finalmente, en su casal de Mancor de la Vall. Nos sorprendía, a sus amigos íntimos, comprobar la energía de un hombre que nunca se daba por cansado.

Manotes trabajó en Palma con el galerista Bernardo Rabassa y con su buen genio mantuvo afables relaciones con la comunidad artística mallorquina. Sin dejar de ser fiel a sí mismo y poniéndose a salvo de las modas que tergiversan la inspiración original del artista, prescindió de los caprichos del mercado y de la arbitrariedad de las tendencias. Manotes supo cuidar una relación con el arte tan honesta, frágil, sublime e ingobernable, que nunca se subordinó a ningún interés, conveniencia o pretensión. No le importó rechazar las ofertas que ponían en jaque su libertad.

Lo espiritual en el arte -según Vasili Kandinsky- ha tenido ilustres artífices y destacados herederos. Junto a ellos, Manotes ha sabido prolongar la rectitud de la creación estética. Como uno de esos artistas que dan forma a las intuiciones puras del espíritu, expanden la noción que el mundo tiene de sí mismo, traspasan el límite de los sentidos, ensanchan el campo de la experiencia humana y nos llevan a descubrir emociones insólitas.

Los inolvidables rasgos de la personalidad de Manotes y los dones de su carácter -un deslumbrante sentido del humor brotaba junto a su inconcebible generosidad-, encajaron prodigiosamente con el budismo que cultivó. Su actitud encarnaba además esa entrañable antropología del filósofo judío Martin Buber: “el hombre es un ser disponible”.

El largo y solitario viaje de Manotes a las tierras lejanas fue la metáfora de una búsqueda interior. Su viaje al lado oculto del silencio, una osada introspección. Su viaje al invisible, el símbolo de su combate con la imaginación.

El legado de Fernando Esteban, Manotes, permanecerá como un ejemplo para los artistas que emprendan su propio viaje, sigan sus huellas y asuman el reto creativo de la inmensidad.

 

Publicado en el Diario de Mallorca el 10 de julio de 2022

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10 de julio de 2022
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Italo Calvino, viaje a la ciudad invisible del nuevo mundo

A Italo Calvino no le pareció suficiente la crónica de su viaje a los Estados Unidos – “demasiado modesta literariamente y no lo bastante original como reportaje”– y prefirió dejar las galeradas ya corregidas en un cajón. Ahora, sesenta y dos años después, podemos leer su libro inédito como si fuera el mensaje de un náufrago perdido en el marasmo del tiempo. Escrito para los lectores de su época, sorteando las creencias vigentes y las supersticiones intelectuales dominantes, llega hasta nosotros como un doble testimonio: en sus reflexivas observaciones sobre América se refleja también la conciencia del escritor europeo.

En los Estados Unidos de 1960 no se había representado todavía la crisis de los misiles, el asesinato de los Kennedy, la muerte de Marilyn Monroe, ni la operación Rolling Thunder en Vietnam, ni todo lo que vino después. Calvino llegó a un país que mantenía intacta la formidable confianza puesta en sí mismo e incorrupta la jactancia por sus triunfos.

Ciento cincuenta y seis epígrafes recogen sus notas de viaje, su entrometida curiosidad, su impaciente indagación y la inquisitiva sentencia de un viajero sin prejuicios. La escuela de la dureza, la muerte del radical, el reino del óxido, los persuasores ocultos, las residencias de ancianos, el peatón sospechoso, el sindicato del striptease… configuran el retrato de una sociedad que se expande jubilosamente junto a una sombra que no tiene nombre.

El libro de Calvino, el dietario de un entusiasta viaje de seis meses a lo largo y ancho del país, fruto de largas conversaciones con los personajes que salen a su paso, podría encuadernarse junto al informe de Tocqueville, ayudarnos a hacer el balance de cómo han ido las cosas en estos dos últimos siglos y ver si han desembocado finalmente en la prosperidad que se esperaba o en la miseria que se temía.

A Calvino le intriga que el espectacular optimismo del país sea compatible con las casuchas de madera que se pudren en el fango, el despiadado odio racista de los blancos pobres, el macartismo latente, la ruina de las barriadas populares, la obsesiva prioridad del dinero, la lucha sin escrúpulos por el enriquecimiento y los alardes del mercantilismo consumista. La pesquisa ambulante de Calvino se hace por ello más penetrante y le obliga a interrogarse sobre lo que no se ve a simple vista.

Calvino, que no deja de verse como un Bouvard et Pecúchet , percibe una vaga tristeza detrás de la bulliciosa alegría americana y se pregunta de dónde procede la desolación que palpita en los paisajes más bellos del país. Observa a los viejos jubilados “ parpadear y roncar delante de la televisión”, sin llenar nunca su sórdido “ vacío interior”. Siente escalofríos al contemplar la “ opaca banalidad de las pequeñas ciudades industriales” y la maquinaria productiva “que manejan autómatas somnolientos”. Le resulta incomprensible que la América laica se haya desprendido de la tutela de los pastores y predicadores para someterse a la despótica terapia psicoanalítica. Constata la penuria de una sociedad resignada al bucle de la ansiedad, el préstamo bancario y la deuda perpetua. Y le irrita de un modo indecible la idiotez publicitaria de la televisión.

La confesada aversión del autor por los beatniks – “tienen un aspecto poco higiénico, son arrogantes y no pueden considerarse buenos vecinos”– expresa lo ajeno que se siente al esnobismo de las modas. Calvino admite su “ deplorable falta de sensibilidad hacia quien prefiere andar mal vestido” y un franco desdén por sus obras literarias; cree ver además en estos movimientos culturales una impostura similar a la que rige cualquier otra farsa del gregarismo social. Calvino comenta su admiración por la espléndida belleza de los negros que siguen a Martin Luther King, nos cuenta que el free jazz racionaliza el “ nerviosismo actual” y lamenta que el expresionismo abstracto sea una pintura cargada de consternación “ ciega y vociferante”.

Hollywood elabora para el imaginario colectivo de los estadounidenses las ilusiones y fantasías que alimentan la ficción de su identidad, pero Calvino hace notar que ningún grupo étnico –irlandeses, italianos, rusos…– “ha salido indemne del trauma de la inmersión en el nuevo mundo”. La cicatriz de aquella herida es el síndrome de los pioneros, colonos y emigrantes que abandonaron o huyeron de Europa sin dejar de sentir un anónimo y difuso despecho, nostalgia y envidia.

El país que recorrió Calvino podría ser una de sus ciudades invisibles. Una ciudad en donde lo que en verdad se es y lo que se dice ser se ha plegado en una única presunción.

Quizá la enorme ciudad derramada sobre el inmenso paisaje del nuevo mundo sea una de sus ciudades semióticas, la ciudad de los signos, con la marca de una orfandad única en la historia del mundo. La interpretación de estas señales es lo que permitió a Calvino intuir en 1960 lo que iba a venir: "Es bastante probable que en el futuro haya varias sorpresas desagradables para los Estados Unidos".

Un visionario

Italo Calvino (Cuba, 1923-Siena, 1985), uno de los intelectuales italianos más destacados de su tiempo, fue editor, novelista, pensador y traductor. Durante la ocupación alemana de Italia fue partisano de la Brigadas Garibaldi. Colega de Cesare Pavese, Elio Vittorini y Natalia Ginzburg participó en los apremiantes debates ideológicos y estéticos de la posguerra y se fue desplazando desde la novela realista hacia el reino de la fábula literaria y los postulados de la imaginación lúdica. Sus libros –El barón rampante, El caballero inexistente, El vizconde demediado, El castillo de los destinos cruzados, Las ciudades invisibles, Si una noche de invierno un viajero, …– expandieron el paisaje creativo de la imaginación narrativa y el campo abierto por el posmodernismo literario.

Durante su larga estancia en Paris, Calvino fue proclamado por sus amigos Raymond Quenau y Georges Perec como mémbre étranger del grupo Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle).

Sus Seis propuestas para el próximo milenio se publicaron póstumamente como el testamento de un visionario asomado al futuro en el que ahora vivimos.

Reseña del libro: Un optimista en América de Italo Calvino SIRUELA

Texto completo en PDF:   La Vanguardia_Culturas_Viaje a la ciudad invisible del Nuevo Mundo_Calvino

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30 de mayo de 2022
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El espasmo narcisista del hombre resentido

El progreso que va de la mano de las nuevas tecnologías a menudo hace olvidar sus aspectos más cuestionables. El filósofo inglés e historiador de la cultura Jeremy Naydler se adentra en ellos, en un combativo ensayo que apunta a limitar sus dominios.

Aunque la chimenea de las fábricas, el tubo de escape de los coches y la punta del cigarro han humeado visiblemente sobre nuestras cabezas, encharcando con alquitrán los pulmones del tórax y del planeta, ha sido necesario más de un siglo y miles de reclamaciones, denuncias y tumultos para admitir los trastornos que estos fogones causan a la salud del mundo. Cabrá preguntarse entonces cuánto tiempo hará falta para comprender los efectos perniciosos de la cibernética y cuánto se tardará en concertar un acuerdo que limite sus dominios.

Dado el ímpetu de la cuarta ola tecnológica, parece conveniente consultar la obra de los pensadores, analistas y ensayistas dedicados a cuestionar el despliegue de la inteligencia artificial. Será un pobre contrapeso a la abrumadora propaganda de los fabricantes, al ardiente entusiasmo de los partidarios, la confiada credulidad de los clientes y la impotencia legislativa de los gobiernos, pero nos ayudará a entender la encrucijada en la que hemos caído de bruces.

Con el inquietante título La lucha por el futuro humano el filósofo inglés e historiador de la cultura Jeremy Naydler reúne en cinco ensayos el inventario crítico de las innovaciones y primicias que han enajenado nuestra más íntima, profunda y verdadera razón de ser en el mundo.

Naydler subraya los aspectos oscuros que silencian los publicistas de la computación y calibra a dónde nos puede llevar la adicción, la fragmentación psíquica, el abandono de lo real por lo virtual y la mengua moral que hará del cuerpo humano un artefacto ciborg. El autor comenta las pantallas hipnóticas de la realidad “aumentada”, la radiación electromagnética de alta intensidad que necesitan las antenas del 5G, sus efectos dañinos en el sistema inmunológico de los organismos vivos y la extinción de plantas, hormigas, colonias de abejas y gorriones, su impacto en la salud humana y el brote de tumores cerebrales, la neurodegeneración y la infertilidad que provoca en los individuos.

Naydler nos invita a visualizar los 100.000 satélites que deben ponerse en órbita –con sus correspondientes residuos de chatarra espacial– para que funcione el famoso “internet de las cosas”, la malla de routers que deben instalarse en hogares, campos y ciudades para “monitorizar” la posición, el movimiento y los pensamientos de los habitantes del mundo.

Con paciencia pedagógica Naydler enumera los efectos encadenados al artificio tecnológico y busca con perplejidad el motivo por el cual la tecnificación del todo es celebrada como un logro del progreso y un salto cualitativo de la perfección evolutiva. El autor confiesa no entender la complicidad festiva de ministerios, universidades, partidos políticos y escuelas con el moderno Leviatán.

Mucho más fácil resulta comprender el entusiasmo de los emprendedores que dirigen la factoría tecnocientífica. Al fin y al cabo el nicho de mercado que les espera es un masivo parque de clientes dispuestos a comprar las más recientes invenciones de sus laboratorios. Injertar un chip en el cerebro de cada uno de los siete mil millones de seres humanos del planeta, y reponerlo cada vez que se estropee, será un negocio muy apreciable. No tuvo inconveniente en confesarlo Jeff Bezos después de su breve salto espacial, con la franqueza a la que nos tienen acostumbrados los gringos: “Clientes, empleados: todo esto lo habéis pagado vosotros”.

Recientemente El País recogía las declaraciones de los dos expertos españoles invitados a la reunión convocada en Washington por el Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Con alegre contundencia los entrevistados anuncian el inminente estreno del “ser híbrido” que llevará implantado en el cerebro las terminales de las grandes tecnológicas. Aclaran los expertos que las aplicaciones incrustadas en el cráneo humano proporcionarán un cómodo acceso a los videojuegos y a la pornografía, pero que luego, más adelante, el algoritmo nos permitirá operaciones más sofisticadas. Por ejemplo: “Acabar las frases en las que estamos pensando…”. Otra milagrosa conquista del hombre enchufado consistirá en superar el descomunal obstáculo que padece cuando intenta “decirle algo a la gente” (sic).

Como no se llega a entender la truculenta humorada de la profecía, a la que se dedican miles de millones de dólares, el lector tendrá que adivinar por su cuenta si estamos en verdad ante ese gran horizonte de sucesos pronosticado por la tecnociencia o a la sombra de una colosal tomadura de pelo.

No obstante, la interrogación de Naydler va más allá de la atrofia cognitiva, la ingenuidad servil y el fetichismo consumista de los usuarios. Nuestro autor polemiza frontalmente con la ideología transhumanista cuyos dogmas, consignas y doctrinas bullen a nuestro alrededor. Niega categóricamente que la cibernética vaya a procurar el “mejoramiento” de lo humano y declara que la fatal consecuencia de la innovación tecnológica será la subordinación del hombre al imperativo mecanicista de una extraña y bastarda presencia.

La reflexión filosófica de Naydler sigue el hilo de una crucial observación del pensador francés Jean-François Lyotard: “¿Y si lo propio del hombre fuera estar habitado por algo inhumano?”. La sospecha de ese algo enquistado en el cuerpo, patológicamente corroído por la envidia a la máquina y alentado por el delirio de una inmunidad ortopédica, conduce su indagación sobre el síndrome fáustico de nuestra época.

¿Qué perturbadora burla puede incubarse en el seno de un hombre harto de sí mismo? ¿Qué fuerza le lleva a someterse temerariamente a una computadora más inteligente y poderosa? ¿De dónde nace la obsesión por dar a la técnica el poder de gobernar a la humanidad? ¿Qué influencia ha extirpado de la conciencia humana el principio de dignidad, soberanía y autonomía que glosa la filosofía kantiana?

La mentalidad colonizada por la doctrina mecanicista anhela el ocaso de lo humano y ver cumplido el vaticinio distópico que consuele el espasmo narcisista del hombre resentido, acabe de una vez con la disyuntiva del libre albedrío y borre de la memoria cultural la dimensión espiritual de un ser alumbrado por la trascendencia.

 

Publicado en La Vanguardia Cultura/s  El espasmo Narcisista 12 02 2022

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14 de febrero de 2022
Colectivo SMACK: ‘SPECULUM, Eden’, 2019 Colección Solo
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El Bosco finalmente rescatado

Algo así sucedió en el Museo del Prado con motivo de la exposición conmemorativa del quinientos aniversario de Jheronymus Bosch, el Bosco. Desde las páginas del catálogo editado por el museo, en aquél remoto 2016, los expertos extranjeros invitados a celebrar la efemérides aprovecharon la oportunidad para anudar la versión ortodoxa de las obras atribuidas al artista de Brabante.

Haciendo gala de una satisfecha convicción doctrinal, los especialistas imputaron a la obra del Bosco intenciones cuya huella no hay manera de encontrar en sus pinturas. Y aun así no vacilaron al proclamar la apropiación académica del enigmático y virtuoso personaje.

Uno de los textos publicados en el catálogo atrae con especial intensidad el interés del lector. Paul Vandenbroek, conservador del Museo de Bellas Artes de Amberes y profesor en la Universidad de Lovaina, sintetiza sus años de investigación y presenta al Bosco como el testigo de una época atormentada por las “conductas aberrantes de las clases sociales más bajas” (sic). Una caterva de “mendigos, vagabundos y prostitutas entregados a los salvajes impulsos del cuerpo y a la estúpida locura del pecado”. Pecadores poseídos por “el vicio de la promiscuidad, la gula y la ebriedad, frecuentan tabernas y burdeles y buscan el placer en las desinhibidas fiestas populares”.

Vandenbroek atribuye al Bosco un profundo desdén por los “mendigos y marginados, un rechazo frontal al dispendio, la pereza y el despilfarro, un vehemente desprecio por las clases bajas y las efusiones carnales de una festividad popular vil y vergonzante”. Subraya también el autor que el Bosco trata a los pobres como “zánganos, rufianes, ladrones y derrochadores” y que el espectáculo de la “pobreza autoinfligida” y la “pobreza autoprovocada” lleva al artista a promover “la ética del trabajo, la frugalidad y la sobriedad que prepara el terreno al discurso capitalista” (sic).

Eric de Bruyn, por su parte, asegura que el Bosco condena “todas las formas de conducta que la clase media burguesa considera desviadas y pecaminosas”. Larry Silver constata la “cruel visión de una humanidad pecadora y culpable”. Reindert Falkenburg imputa a las figuras del Bosco un “servilismo subordinado a las fuerzas del mal”.

Resulta desconcertante que los ­expertos invitados por el Museo del Prado imputen al Bosco la acritud ­calvinista que aún no había irrumpido en la historia, le atribuyan una per­turbada fobia a los pobres y sometan la ­bulliciosa creatividad de su obra al rigor de una doctrina clasista y puritana.

Si uno se propone examinar la obra del Bosco es aconsejable escrutar su tupido lenguaje visual con la ironía que percibe el reverso de las imágenes y descifrarla como un escurridizo tropo satírico que mientras omite, afirma, y cuando señala, engaña. La paráfrasis elíptica de la imaginación artística, incómoda con la evidencia grosera de la obviedad literal, se despliega en las pinturas del Bosco con asombrosa energía.

Las criaturas atroces, alimañas híbridas, enanos deformes, bufones endiablados y saltimbanquis lascivos que pueblan sus paisajes son las figuras de una monumental sinfonía burlesca. La simbiótica hermandad de ángeles caídos, basiliscos, bichos y libélulas fundada por el Bosco es la fábula de un fuego mistérico y de su farsa mundana.

La llamada Nave de los locos la presentan los expertos como parte de ese sermón lanzado contra los “zánganos, rufianes y ladrones”, como un edicto punitivo contra los “pecados de gula y lujuria que conducen a la perdición”. En realidad, La nave es una amable escena lacustre en la que un grupo de amigos disfruta de la bebida, la comida y la música. Del Carro de Heno , una de las soberbias e impenetrables escenas del Bosco, se dice que muestra a “la humanidad arrastrada por el pecado”, pero el reverso de la imagen, su réplica transparente, alude al libreto de otra dramaturgia. El desfile evoca además el fervor carnavalesco que convocaba la Fiesta del Asno.

Quien se haya demorado alguna vez ante el Jardín de las Delicias no dejará de recordar la sensación de plenitud erótica que envuelve a las damas y caballeros desnudos sobre la hierba, cabalgando a pelo los corceles y destilando el placer de la ternura hasta el orgasmo sostenido del amor sublime. Ningún rastro del obsesivo desdén supremacista a los “pobres, pecadores y mendigos”.

Así lo entendió fray José de Sigüenza, el bibliotecario de El Escorial que compartía el entusiasmo de Felipe II por el Jardín de las Delicias : “causa admiración cómo pudo haber tanto ingenio y extrañeza en una sola cabeza”.

La presentación de la Colección Solo, en el Centro de Creación Contemporánea de Matadero en Madrid, aparece ahora como una formidable respuesta a la compungida ortodoxia que tenía secuestrado al Bosco y nos muestra la impetuosa imaginación creativa de unos artistas fascinados por su obra.

Las obras expuestas en Matadero rinden tributo al Jardín de las Delicias y acogen el deslumbrante juego de reflejos, simetrías, y réplicas que excita la extraña obra en los artistas implicados en esta recuperación lúcida y poderosa.

Los hallazgos del arte digital, la estética de los videojuegos, el arte sonoro, la animación, el argot pop, el lenguaje de los comics y la historia de la pintura (en la obra de Davor Gromilovic, Mu Pan, Raqib Shaw, Sholim, Dave Cooper, Dan Hernández, Cassie McQuarter y otros) sustentan una penetración lúdica en los iconos herméticos y las figuras grotescas del Bosco y auspician su nueva instalación en la conciencia contemporánea. La mayoría de las obras expuestas en Matadero fueron encargadas a los quince artistas por la Colección Solo y se presentan como un diálogo con la emblemática obra del Bosco. Los comentarios de los autores que se recogen en el catálogo denotan un inteligente acercamiento al silencioso artista, a su sensualidad y a las fuentes de su visionaria imaginación.

El jardín de las delicias. Un recorrido a través de la Colección Solo. Matadero MADRID. Centro de creación contemporánea. Madrid.www.mataderomadrid.org. Hasta el 27 de febrero de 2021

Publicado enLa_Vanguardia_Culturas_El Bosco finalmente rescatado

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31 de octubre de 2021
Ruiz-Domènec, autor de más de 40 libros, ha sido catedrático en la Universitat Autònoma de Barcelona hasta su reciente jubilación Llibert Teixidó
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Ruiz-Domènec, el arte de contar la historia

 

Un libro-homenaje glosa la poliédrica e influyente obra del medievalista y ensayista granadino afincado en Barcelona. Colegas y discípulos de España, Italia y América valoran su aportación.

Este hermoso libro es un homenaje al maestro, al amigo, al profesor y al escritor. Hace inventario de la obra de toda una vida y deja constancia de la influencia que ha tenido en las generaciones de estudiantes, colegas y lectores apasionados por el intrigante asunto de la historia. Los editores del volumen, Daniel Rico y Almudena Blasco, reúnen los 29 textos de un entusiasta y fraterno tributo a la energía creativa y pasión intelectual de José Enrique Ruiz-Domènec (Granada, 1948).

Los editores esbozan en el prólogo un primer retrato de nuestro protagonista: “Un historiador pluridimensional y polifacético, un profesor que formó y encandiló a tantos discípulos, un robusto escritor, un riguroso medievalista, un buen ensayista, un espíritu libre de ­talante humanista”.

Los autores invitados recorren con sus reflexiones el conjunto de la obra de Ruiz-Domènec y glosan sus hallazgos, sus desvelamientos, la cohesión de sus argumentos, la noción de historia que ha elaborado y la complicidad que ha contagiado a sus numerosos lectores.

La historiadora genovesa Gabriela Airaldi destaca una declaración de Ruiz- Domènec: “Quiero saber cuándo, cómo y por qué se forjó la idea de la caballería como la imagen cortesana del mundo”.

El filólogo Rossend Arqués recuerda cómo las reflexiones de Ruiz-Domènec sobre la mujer nos han llevado más allá de las construcciones masculinas, revelando una realidad más íntima y personal.

El historiador Jaume Aurell sitúa a Ruiz-Domènec en el centro de una decisiva controversia académica: presentándolo como el exponente más claro de ese “retorno a la narrativa” que distinguía a las fértiles escuelas del pensamiento europeo.

El que firma esta reseña interviene en el volumen citando a Goethe y la gran ambición humana por crear una novela del universo y el tributo que rinde Ruiz-Domènec a unos ilustres maestros “cuya deuda no se puede pagar”.

El historiador florentino Franco Cardini, después de reconocer su condición de spagnolo per desiderio , evoca la juventud compartida con Ruiz-Domènec y la camaradería de unos jóvenes investigadores cuya fraternidad recuerda los códigos de la orden caballeresca.

Eduardo Carrero Santamaría, especialista en historia del arte, agrupa a San Bernardo, a Duby y a Ruiz-Domènec en la misma orla cisterciense para subrayar la riqueza de significados que aporta la interpretación de las intenciones no declaradas.

Giuditta Cianfanelli, florentina historiadora de la literatura, se presenta como deudora del profesor que asumió “el vértigo de lo desconocido”, le permitió seguir su intuición y expresar sus certezas sobre los préstamos entre la estética islámica y la española.

El romanista Antonio Contreras Martín describe la impresión que le causó el libro La novela y el espíritu de la caballería y la compleja y fructífera relación entre la caballería y la novela que transformó y modeló la cultura occidental.

Joan Curbet, filólogo, sostiene que las observaciones de Ruiz-Domènec sobre la mujer nos descubrían la capacidad significante del gesto, tratando a la expresión corporal como un espacio privilegiado de las posibilidades expresivas de la cultura.

El brasileño Ricardo da Costa, historiador de la cultura, destaca en su elogio la digna retórica encargada de combatir la escuela del resentimiento, que nunca deja de renacer de sus cenizas.

Rosa María Delli Quadri, historiadora napolitana, se fija en una de sus recientes obras ( Informe sobre Cataluña. Una historia de rebeldía 777-2017 ) para constatar que el autor practica una historia narrativa pero ascética.

El novelista y periodista Sergi Doria reseña las numerosas disidencias practicadas por nuestro historiador: ajeno a las tendencias dogmáticas, a las incitaciones del lenguaje ortodoxo, a las recomendaciones de lo políticamente correcto, con esa vocación libertaria que enriquece la cultura, libera las figuras prisioneras de los tópicos carcelarios y alimenta una incesante penetración crítica.

Alexander Fidora, historiador de la filosofía, celebra su modo de pensamiento dialogante, que hace de la reflexión historiográfica una de las grandes aventuras del espíritu.

Al músico y novelista Xavier Güell le parece asombroso que un catedrático de historia medieval posea tan elaborado criterio sobre los principales compositores de nuestro tiempo. “Su conocimiento profundo de las más diversas materias –literatura, política, filosofía, arte, música– y un gran talento para saber relacionarlas a través de la historia”.

El filósofo Francisco Jarauta rememora los Seminarios de Jacques Le Goff en la abadía de Fontevraud para seguir el hilo de un “historiador de una erudición inmensa y una competencia filológica admirable”.

El periodista Juan Lagardera, que de adolescente fue uno de los jóvenes alumnos de Ruiz-Domènec en Bellaterra, ha conservado viva la presencia de aquel profesor que se vestía con estilo, entre lanas escocesas y elegantes napas invernales, delgado y con la facha tocada por un foulard de aires psicodélicos, formalista en sus modos y cautivador en sus maneras.

Germán Rodrigo Mejía Pavony, historiador colombiano, refiere cómo organizó las conferencias de su colega en Bogotá “para llenar vacíos y combatir prejuicios”. Con intención de pensar una nueva historia de España y América libre de nacionalismos, recelos y ruindades.

Alfonso Mendiola, historiador mexicano, identifica la fenomenología de Husserl que atraviesa la totalidad de la obra de Ruiz-Domènec. Una obra que critica el realismo ingenuo y se ubica en el realismo crítico, una obra que articula el diálogo entre la filosofía y la historia, una obra escrita con voluntad de estilo y rigor.

José Luis Molina, antropólogo, afirma que “su abundante obra es un empeño por identificar las ideas que marcan una época histórica, a través de la hermenéutica de sus textos capitales, ya sean tratados eclesiásticos, documentos legales u obras literarias”.

El medievalista Alberto Reche Ontillera recupera la fascinación que le produjo el texto Iluminaciones sobre el pasado de Barcelona . Una reflexión que más de veinte años después sigue planteando interrogantes no resueltos acerca de las élites de la ciudad, sus problemáticas y sus horizontes de decisión.

César de Requesens Moll, periodista y lejano descendiente de la dama que preside la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Isabel de Requesens, recuerda las estimulantes conversaciones con el profesor granadino instalado en Barcelona.

El historiador italiano Victor Rivera Magos cita una conversación con Ruiz-Domènec: “Georges Duby me aconsejó buscar meticulosamente en mi memoria personal, en la convicción de que haber nacido en Granada significaba algo”.

La antropóloga de Barcelona Maria Àngels Roque presenta a nuestro historiador como un gran conocedor de la cultura europea y mediterránea, un adelantado en nuestro país en el campo histórico de estudios sobre la mujer y un gran renovador del discurso histórico.

El músico y romanista Antoni Rosell afirma que Ruiz-Domènec encarna la tradición profesoral de académicos e intelectuales capaces de conocer, interpretar, analizar y difundir los conocimientos académicos.

El historiador turinés Giuseppe Sergi constata una de las exigencias asumidas por el historiador dispuesto a divulgar sus investigaciones: ser experto en comunicación.

Sergio Vila-Sanjuán, periodista y novelista, redactor jefe del suplemento Cultura/s de La Vanguardia , donde Ruiz-Domènec colabora desde los inicios, traza la semblanza de una amistad y los sucesivos encuentros con nuestro historiador. Primero como alumno en la Universitat Autònoma, evocando su enseñanza deslumbrante y a la vez enigmática, rica en elipsis y sobreentendidos. Luego como promotor del Ruiz-Domènec periodista, analista y crítico especialista ante el gran público.

Los chilenos José Luis Widow Lira, Paola Corti y Rodrigo Moreno relatan el impacto de Ruiz-Domènec en Chile. Con el título de “Pensar la verdad de la historia en el siglo XXI”, la disertación del historiador permitió diseminar fructíferas ideas y severas advertencias: “Los peligros que sufre la labor del historiador son tanto la invención del pasado para fines presentes como la profecía de un futuro ruinoso en caso de que no se sigan las pautas de la corrección política”. (Cabe decir aquí que la conocida expresión se utiliza como sinónimo de cortesía o buena educación, cuando en realidad connota significados más siniestros: en estos casos la famosa corrección alude los correccionales, centros penitenciarios de disciplina carcelaria.)

El mexicano Guillermo Zermeño Padilla, historiador de la filosofía, considera que en su forma más genuina la nueva narrativa de la historia radica en su apertura a desafíos cognitivos y epistemológicos. Zermeño recuerda la disertación de Ruiz-Domènec en el Colegio de México y su presentación del azar como una “categoría pura del entendimiento”, una perífrasis de lo desconcertante, lo nuevo, lo imprevisto.

Y así acaba el libro dedicado a Ruiz-Domènec y su obra.

Publicado en CULTURA/S de LA VANGUARDIA

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27 de septiembre de 2021