Escrito por

Basilio Baltasar

Colectivo SMACK: ‘SPECULUM, Eden’, 2019 Colección Solo
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El Bosco finalmente rescatado

Algo así sucedió en el Museo del Prado con motivo de la exposición conmemorativa del quinientos aniversario de Jheronymus Bosch, el Bosco. Desde las páginas del catálogo editado por el museo, en aquél remoto 2016, los expertos extranjeros invitados a celebrar la efemérides aprovecharon la oportunidad para anudar la versión ortodoxa de las obras atribuidas al artista de Brabante.

Haciendo gala de una satisfecha convicción doctrinal, los especialistas imputaron a la obra del Bosco intenciones cuya huella no hay manera de encontrar en sus pinturas. Y aun así no vacilaron al proclamar la apropiación académica del enigmático y virtuoso personaje.

Uno de los textos publicados en el catálogo atrae con especial intensidad el interés del lector. Paul Vandenbroek, conservador del Museo de Bellas Artes de Amberes y profesor en la Universidad de Lovaina, sintetiza sus años de investigación y presenta al Bosco como el testigo de una época atormentada por las “conductas aberrantes de las clases sociales más bajas” (sic). Una caterva de “mendigos, vagabundos y prostitutas entregados a los salvajes impulsos del cuerpo y a la estúpida locura del pecado”. Pecadores poseídos por “el vicio de la promiscuidad, la gula y la ebriedad, frecuentan tabernas y burdeles y buscan el placer en las desinhibidas fiestas populares”.

Vandenbroek atribuye al Bosco un profundo desdén por los “mendigos y marginados, un rechazo frontal al dispendio, la pereza y el despilfarro, un vehemente desprecio por las clases bajas y las efusiones carnales de una festividad popular vil y vergonzante”. Subraya también el autor que el Bosco trata a los pobres como “zánganos, rufianes, ladrones y derrochadores” y que el espectáculo de la “pobreza autoinfligida” y la “pobreza autoprovocada” lleva al artista a promover “la ética del trabajo, la frugalidad y la sobriedad que prepara el terreno al discurso capitalista” (sic).

Eric de Bruyn, por su parte, asegura que el Bosco condena “todas las formas de conducta que la clase media burguesa considera desviadas y pecaminosas”. Larry Silver constata la “cruel visión de una humanidad pecadora y culpable”. Reindert Falkenburg imputa a las figuras del Bosco un “servilismo subordinado a las fuerzas del mal”.

Resulta desconcertante que los ­expertos invitados por el Museo del Prado imputen al Bosco la acritud ­calvinista que aún no había irrumpido en la historia, le atribuyan una per­turbada fobia a los pobres y sometan la ­bulliciosa creatividad de su obra al rigor de una doctrina clasista y puritana.

Si uno se propone examinar la obra del Bosco es aconsejable escrutar su tupido lenguaje visual con la ironía que percibe el reverso de las imágenes y descifrarla como un escurridizo tropo satírico que mientras omite, afirma, y cuando señala, engaña. La paráfrasis elíptica de la imaginación artística, incómoda con la evidencia grosera de la obviedad literal, se despliega en las pinturas del Bosco con asombrosa energía.

Las criaturas atroces, alimañas híbridas, enanos deformes, bufones endiablados y saltimbanquis lascivos que pueblan sus paisajes son las figuras de una monumental sinfonía burlesca. La simbiótica hermandad de ángeles caídos, basiliscos, bichos y libélulas fundada por el Bosco es la fábula de un fuego mistérico y de su farsa mundana.

La llamada Nave de los locos la presentan los expertos como parte de ese sermón lanzado contra los “zánganos, rufianes y ladrones”, como un edicto punitivo contra los “pecados de gula y lujuria que conducen a la perdición”. En realidad, La nave es una amable escena lacustre en la que un grupo de amigos disfruta de la bebida, la comida y la música. Del Carro de Heno , una de las soberbias e impenetrables escenas del Bosco, se dice que muestra a “la humanidad arrastrada por el pecado”, pero el reverso de la imagen, su réplica transparente, alude al libreto de otra dramaturgia. El desfile evoca además el fervor carnavalesco que convocaba la Fiesta del Asno.

Quien se haya demorado alguna vez ante el Jardín de las Delicias no dejará de recordar la sensación de plenitud erótica que envuelve a las damas y caballeros desnudos sobre la hierba, cabalgando a pelo los corceles y destilando el placer de la ternura hasta el orgasmo sostenido del amor sublime. Ningún rastro del obsesivo desdén supremacista a los “pobres, pecadores y mendigos”.

Así lo entendió fray José de Sigüenza, el bibliotecario de El Escorial que compartía el entusiasmo de Felipe II por el Jardín de las Delicias : “causa admiración cómo pudo haber tanto ingenio y extrañeza en una sola cabeza”.

La presentación de la Colección Solo, en el Centro de Creación Contemporánea de Matadero en Madrid, aparece ahora como una formidable respuesta a la compungida ortodoxia que tenía secuestrado al Bosco y nos muestra la impetuosa imaginación creativa de unos artistas fascinados por su obra.

Las obras expuestas en Matadero rinden tributo al Jardín de las Delicias y acogen el deslumbrante juego de reflejos, simetrías, y réplicas que excita la extraña obra en los artistas implicados en esta recuperación lúcida y poderosa.

Los hallazgos del arte digital, la estética de los videojuegos, el arte sonoro, la animación, el argot pop, el lenguaje de los comics y la historia de la pintura (en la obra de Davor Gromilovic, Mu Pan, Raqib Shaw, Sholim, Dave Cooper, Dan Hernández, Cassie McQuarter y otros) sustentan una penetración lúdica en los iconos herméticos y las figuras grotescas del Bosco y auspician su nueva instalación en la conciencia contemporánea. La mayoría de las obras expuestas en Matadero fueron encargadas a los quince artistas por la Colección Solo y se presentan como un diálogo con la emblemática obra del Bosco. Los comentarios de los autores que se recogen en el catálogo denotan un inteligente acercamiento al silencioso artista, a su sensualidad y a las fuentes de su visionaria imaginación.

El jardín de las delicias. Un recorrido a través de la Colección Solo. Matadero MADRID. Centro de creación contemporánea. Madrid.www.mataderomadrid.org. Hasta el 27 de febrero de 2021

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31 de octubre de 2021
Ruiz-Domènec, autor de más de 40 libros, ha sido catedrático en la Universitat Autònoma de Barcelona hasta su reciente jubilación Llibert Teixidó
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Ruiz-Domènec, el arte de contar la historia

 

Un libro-homenaje glosa la poliédrica e influyente obra del medievalista y ensayista granadino afincado en Barcelona. Colegas y discípulos de España, Italia y América valoran su aportación.

Este hermoso libro es un homenaje al maestro, al amigo, al profesor y al escritor. Hace inventario de la obra de toda una vida y deja constancia de la influencia que ha tenido en las generaciones de estudiantes, colegas y lectores apasionados por el intrigante asunto de la historia. Los editores del volumen, Daniel Rico y Almudena Blasco, reúnen los 29 textos de un entusiasta y fraterno tributo a la energía creativa y pasión intelectual de José Enrique Ruiz-Domènec (Granada, 1948).

Los editores esbozan en el prólogo un primer retrato de nuestro protagonista: “Un historiador pluridimensional y polifacético, un profesor que formó y encandiló a tantos discípulos, un robusto escritor, un riguroso medievalista, un buen ensayista, un espíritu libre de ­talante humanista”.

Los autores invitados recorren con sus reflexiones el conjunto de la obra de Ruiz-Domènec y glosan sus hallazgos, sus desvelamientos, la cohesión de sus argumentos, la noción de historia que ha elaborado y la complicidad que ha contagiado a sus numerosos lectores.

La historiadora genovesa Gabriela Airaldi destaca una declaración de Ruiz- Domènec: “Quiero saber cuándo, cómo y por qué se forjó la idea de la caballería como la imagen cortesana del mundo”.

El filólogo Rossend Arqués recuerda cómo las reflexiones de Ruiz-Domènec sobre la mujer nos han llevado más allá de las construcciones masculinas, revelando una realidad más íntima y personal.

El historiador Jaume Aurell sitúa a Ruiz-Domènec en el centro de una decisiva controversia académica: presentándolo como el exponente más claro de ese “retorno a la narrativa” que distinguía a las fértiles escuelas del pensamiento europeo.

El que firma esta reseña interviene en el volumen citando a Goethe y la gran ambición humana por crear una novela del universo y el tributo que rinde Ruiz-Domènec a unos ilustres maestros “cuya deuda no se puede pagar”.

El historiador florentino Franco Cardini, después de reconocer su condición de spagnolo per desiderio , evoca la juventud compartida con Ruiz-Domènec y la camaradería de unos jóvenes investigadores cuya fraternidad recuerda los códigos de la orden caballeresca.

Eduardo Carrero Santamaría, especialista en historia del arte, agrupa a San Bernardo, a Duby y a Ruiz-Domènec en la misma orla cisterciense para subrayar la riqueza de significados que aporta la interpretación de las intenciones no declaradas.

Giuditta Cianfanelli, florentina historiadora de la literatura, se presenta como deudora del profesor que asumió “el vértigo de lo desconocido”, le permitió seguir su intuición y expresar sus certezas sobre los préstamos entre la estética islámica y la española.

El romanista Antonio Contreras Martín describe la impresión que le causó el libro La novela y el espíritu de la caballería y la compleja y fructífera relación entre la caballería y la novela que transformó y modeló la cultura occidental.

Joan Curbet, filólogo, sostiene que las observaciones de Ruiz-Domènec sobre la mujer nos descubrían la capacidad significante del gesto, tratando a la expresión corporal como un espacio privilegiado de las posibilidades expresivas de la cultura.

El brasileño Ricardo da Costa, historiador de la cultura, destaca en su elogio la digna retórica encargada de combatir la escuela del resentimiento, que nunca deja de renacer de sus cenizas.

Rosa María Delli Quadri, historiadora napolitana, se fija en una de sus recientes obras ( Informe sobre Cataluña. Una historia de rebeldía 777-2017 ) para constatar que el autor practica una historia narrativa pero ascética.

El novelista y periodista Sergi Doria reseña las numerosas disidencias practicadas por nuestro historiador: ajeno a las tendencias dogmáticas, a las incitaciones del lenguaje ortodoxo, a las recomendaciones de lo políticamente correcto, con esa vocación libertaria que enriquece la cultura, libera las figuras prisioneras de los tópicos carcelarios y alimenta una incesante penetración crítica.

Alexander Fidora, historiador de la filosofía, celebra su modo de pensamiento dialogante, que hace de la reflexión historiográfica una de las grandes aventuras del espíritu.

Al músico y novelista Xavier Güell le parece asombroso que un catedrático de historia medieval posea tan elaborado criterio sobre los principales compositores de nuestro tiempo. “Su conocimiento profundo de las más diversas materias –literatura, política, filosofía, arte, música– y un gran talento para saber relacionarlas a través de la historia”.

El filósofo Francisco Jarauta rememora los Seminarios de Jacques Le Goff en la abadía de Fontevraud para seguir el hilo de un “historiador de una erudición inmensa y una competencia filológica admirable”.

El periodista Juan Lagardera, que de adolescente fue uno de los jóvenes alumnos de Ruiz-Domènec en Bellaterra, ha conservado viva la presencia de aquel profesor que se vestía con estilo, entre lanas escocesas y elegantes napas invernales, delgado y con la facha tocada por un foulard de aires psicodélicos, formalista en sus modos y cautivador en sus maneras.

Germán Rodrigo Mejía Pavony, historiador colombiano, refiere cómo organizó las conferencias de su colega en Bogotá “para llenar vacíos y combatir prejuicios”. Con intención de pensar una nueva historia de España y América libre de nacionalismos, recelos y ruindades.

Alfonso Mendiola, historiador mexicano, identifica la fenomenología de Husserl que atraviesa la totalidad de la obra de Ruiz-Domènec. Una obra que critica el realismo ingenuo y se ubica en el realismo crítico, una obra que articula el diálogo entre la filosofía y la historia, una obra escrita con voluntad de estilo y rigor.

José Luis Molina, antropólogo, afirma que “su abundante obra es un empeño por identificar las ideas que marcan una época histórica, a través de la hermenéutica de sus textos capitales, ya sean tratados eclesiásticos, documentos legales u obras literarias”.

El medievalista Alberto Reche Ontillera recupera la fascinación que le produjo el texto Iluminaciones sobre el pasado de Barcelona . Una reflexión que más de veinte años después sigue planteando interrogantes no resueltos acerca de las élites de la ciudad, sus problemáticas y sus horizontes de decisión.

César de Requesens Moll, periodista y lejano descendiente de la dama que preside la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, Isabel de Requesens, recuerda las estimulantes conversaciones con el profesor granadino instalado en Barcelona.

El historiador italiano Victor Rivera Magos cita una conversación con Ruiz-Domènec: “Georges Duby me aconsejó buscar meticulosamente en mi memoria personal, en la convicción de que haber nacido en Granada significaba algo”.

La antropóloga de Barcelona Maria Àngels Roque presenta a nuestro historiador como un gran conocedor de la cultura europea y mediterránea, un adelantado en nuestro país en el campo histórico de estudios sobre la mujer y un gran renovador del discurso histórico.

El músico y romanista Antoni Rosell afirma que Ruiz-Domènec encarna la tradición profesoral de académicos e intelectuales capaces de conocer, interpretar, analizar y difundir los conocimientos académicos.

El historiador turinés Giuseppe Sergi constata una de las exigencias asumidas por el historiador dispuesto a divulgar sus investigaciones: ser experto en comunicación.

Sergio Vila-Sanjuán, periodista y novelista, redactor jefe del suplemento Cultura/s de La Vanguardia , donde Ruiz-Domènec colabora desde los inicios, traza la semblanza de una amistad y los sucesivos encuentros con nuestro historiador. Primero como alumno en la Universitat Autònoma, evocando su enseñanza deslumbrante y a la vez enigmática, rica en elipsis y sobreentendidos. Luego como promotor del Ruiz-Domènec periodista, analista y crítico especialista ante el gran público.

Los chilenos José Luis Widow Lira, Paola Corti y Rodrigo Moreno relatan el impacto de Ruiz-Domènec en Chile. Con el título de “Pensar la verdad de la historia en el siglo XXI”, la disertación del historiador permitió diseminar fructíferas ideas y severas advertencias: “Los peligros que sufre la labor del historiador son tanto la invención del pasado para fines presentes como la profecía de un futuro ruinoso en caso de que no se sigan las pautas de la corrección política”. (Cabe decir aquí que la conocida expresión se utiliza como sinónimo de cortesía o buena educación, cuando en realidad connota significados más siniestros: en estos casos la famosa corrección alude los correccionales, centros penitenciarios de disciplina carcelaria.)

El mexicano Guillermo Zermeño Padilla, historiador de la filosofía, considera que en su forma más genuina la nueva narrativa de la historia radica en su apertura a desafíos cognitivos y epistemológicos. Zermeño recuerda la disertación de Ruiz-Domènec en el Colegio de México y su presentación del azar como una “categoría pura del entendimiento”, una perífrasis de lo desconcertante, lo nuevo, lo imprevisto.

Y así acaba el libro dedicado a Ruiz-Domènec y su obra.

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27 de septiembre de 2021
Ilustración Marta Cerdà
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Zombis y androides del tercer milenio

Ningún guionista se habría atrevido a programar un comienzo de siglo tan espectacular y, sin embargo, el hundimiento de las Torres Gemelas permanece en la memoria como la metáfora inaugural del tercer milenio. Al desmoronarse a plena luz del día las imponentes moles de Manhattan, un doloroso interrogante agitó la angustia de la multitud asustada: ¿acaso es este el signo de un mundo condenado a sufrir temblores más terribles?

Los conspiranoicos que ponen en duda la demolición de las Torres Gemelas aciertan al percibir los secretos temores de la civilización y desvelan con su obsesiva sospecha la trama argumental de la gigantesca tramoya: para que algo sea imposible debe suceder dos veces.

Se acentuó con este doble estremecimiento la intensa batalla de nuestra guerra cultural y la tendencia más tercamente arraigada en la mentalidad contemporánea: la confusión endémica entre realidad y ficción. Alentada por los embaucadores de siempre, claro está, pero pérfidamente enquistada en el cerebro adictivo del consumidor.

La industria del entretenimiento fue la primera en comprender el nicho de mercado abierto al desplazarse el eje cognitivo. Una masa creciente de consumidores necesitaba ratificar la confusión del nuevo siglo y renunciar a entender la diferencia entre aquello que se teme y aquello que se desea.

Tecnociencia y espectáculo

La tecnociencia ha precipitado en estas dos décadas la patente de sus dispositivos, ha permitido el surgimiento de las plataformas televisivas y promulgado el dominio de la predicción algorítmica. Esta laboriosa y triunfante industria ha sustituido con sus ingenios narrativos a las obras del séptimo arte y ha ampliado con una nueva vuelta de tuerca la sociedad del espectáculo. De ser un miembro del público que esperan los creadores, el espectador ha pasado a ser el sujeto encadenado a un inmenso catálogo de ficciones adictivas. Nunca antes la humanidad había vivido apabullada por semejante estruendo de imágenes artificiales.

En el escenario portátil de las pantallas deambula un repertorio de personajes cuya marca es la infamia. Mercenarios, sicarios, narcos, policías desquiciados, macarras, matones, espías, asesinos en serie, secuestradores, sádicos, violadores, pederastas, drogadictos y todo tipo de tarados sostienen con sus fechorías una delirante visión del mundo contemporáneo y una mórbida patología que la cultura se niega a diagnosticar. Series y videojuegos se ofrecen como pista de entrenamiento a un espectador atrapado en el torturado bucle de la violencia virtual. Los canallas que antes daban la réplica escénica al héroe clásico son ahora los magos negros de una siniestra ilusión.

La historia de la novela y del teatro ha sido saqueada por una factoría de ficciones que en lugar de alumbrar las zonas oscuras de la conciencia, expande las regiones sombrías de la fantasía. Cuando las entelequias de esta industria californiana no son banales, cursis o directamente estúpidas (ridículas comedias románticas o combinaciones cansinas del habitual inspector de crímenes pasionales), sus ocurrencias proceden de una poderosa tentación cultural.

La distopía como género narrativo ha desplegado su influencia gracias a la ociosa indolencia y la odiosa credulidad del espectador embelesado. Unos relatos de pobre imaginación y desbordada fantasía elaboran las presunciones del cientifismo y dan forma dramática al código cibernético del transhumanismo.

Horizontal

En un espectro de la programación desfilan los zombis y en el otro los androides. Los protagonistas de la fantasía distópica expresan con plasticidad los terrores apocalípticos y el consuelo de las promesas tecnológicas. El zombi enuncia la penosa certeza de la corrupción de la carne, la podredumbre de los cuerpos, la lenta agonía de los hombres medicados y la venganza de los muertos envidiosos. Los androides, en cambio, nos muestran la saludable vitalidad de unos mecanismos diseñados para repararse a sí mismos y durar sin desmayo ni fatiga.

Entretenimiento y doctrina

Los zombis ulcerados que arrastran los pies con la mandíbula colgante por las ruinas de un mundo desolado vienen a lamentar con su gemido el fracaso de un Creador incapaz de proporcionarnos la inmortalidad que veníamos reclamando. Los androides, sin embargo, ilustran las ofertas del fabricante de cuerpos resistentes a la maldición de la muerte. Da la impresión que las plataformas televisivas han encontrado un filón y están dispuestas a entretener al espectador y fomentar al mismo tiempo su confianza en el alegato doctrinal del cientifismo conductista.

No se sabe a ciencia cierta qué abanico de efectos secundarios despliega la ficción distópica en la mentalidad colectiva ni cómo activa el mecanismo mimético de un espectador predispuesto a adquirir hábitos, imitar conductas y adoptar ideas que no comprende. Dado que sigue causando desagrado la idea de morirse el día menos pensado y que ser devorado bajo tierra por los gusanos es algo que no todo el mundo acepta de buen grado, las predicciones del transhumanismo seducen a un público encantado con la propaganda de la ciencia ficción.

La guerra cultural entablada entre el humanismo y sus enemigos libra en el campo de la ficción una decisiva batalla de ideas de la que no todos los actores son conscientes. El combate entre las criaturas de la imaginación y los personajes de la fantasía cibernética es más intenso de lo que ha sido declarado. Aquellas criaturas reflejan la vida insurgente del espíritu creativo, los personajes auguran la resignada derrota de una humanidad trastornada.

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18 de septiembre de 2021
Hotel Formentor en los años 30
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Historia y leyenda de un hotel literario

 

Cuando el pasado 23 de abril, Día del Libro, leí el artículo publicado por el colaborador de El Cultural, Ignacio Echevarría, vislumbré de repente la esencial futilidad de los esfuerzos humanos y la apabullante tarea que nos ha sido asignada. No sólo se trata de decir y mostrar, contar y dar cuenta de nuestras ocupaciones, sino de repetirnos hasta la saciedad, insistir y reiterarnos con redundancia hasta que el fin de los tiempos se desplome sobre nuestra cabeza.

Con lógica irritación el articulista se preguntaba: “¿quién demonios está detrás del Premio Formentor?”

Parece evidente que escribir cada semana un artículo deja poco tiempo para buscar la información que esperan los lectores. Y resulta comprensible que en semejante estado de agotamiento no le hayan bastado al articulista once años para averiguar lo que sucede en Formentor. Con el fin de reparar las ausencias, omisiones y descuidos del articulista pongo a disposición del lector la breve sinopsis de este episodio de la historia cultural europea.

Es bien sabido que detrás del Premio Formentor no hay nadie. Todos los que están, están delante y con su rúbrica. Simón Pedro Barceló y Marta Buadas —en nombre de la Fundación Formentor— lo entregan cada año al autor galardonado. Como presidente del jurado soy yo el encargado de leer cada año el acta que declara los motivos de la elección. Durante estos once años han sido cuarenta los hombres y mujeres de letras —escritores, académicos, editores y críticos literarios— que han contribuido con su juicio, experiencia y buen criterio a las deliberaciones del jurado.

Cada año se dedica un número de Carnets de Formentor a glosar los méritos literarios del autor premiado. Estos ensayos hilvanan los motivos, argumentan las razones y expresan la responsabilidad intelectual asumida por los miembros del jurado. Al Comité de Honor del Premio Formentor pertenecen además tres destacados representantes de la escuela editorial europea: Antoine Gallimard, Roberto Calasso y Jorge Herralde.

No parece que en esta extensa comunidad culturalse dibuje algún parentesco con los demonios que atormentan al articulista. Y sin embargo podemos ver en su frase algo todavía más inquietante.

“¿Quién demonios está detrás del Premio Formentor? Me dicen que dos familias de hoteleros…” 

La historia de Formentor comenzó en 1931 cuando el hotelero y poeta argentino Adán Diehl construyó en la costa mallorquina el legendario hotel y lo inauguró convocando la Semana de la Sabiduría que presidió el Conde de Keyserling. A esta inspirada iniciativa se sumó treinta años después el hotelero Tomeu Buadas, que acogió las Conversaciones Poéticas organizadas por Camilo José Cela y el Premio Formentor creado por Carlos Barral, Einaudi, Gallimard, Rowolth… y otros colegas del mundo editorial.

Cincuenta años después, en el 2011, el hotelero Simón Pedro Barceló restauró la convocatoria del Premio Formentor y auspicia desde entonces las Conversaciones Literarias entre los más de trescientos escritores, poetas, ensayistas, artistas y actores que han pronunciado en los jardines de Formentor sus memorables intervenciones. Los mismos jardines en donde en plena pandemia se encontraron los editores independientes para redactar su reciente Declaración.

No es frecuente que el relato literario de unos hoteleros se sostenga durante tanto tiempo (¡90 años!) y sorprende que pese a las interrupciones se mantenga viva la entusiasta celebración de las bellas letras. El aura de este hotel literario incita asombradas meditaciones sobre la predestinación de un lugar, la belleza del paisaje y la casualidad que reúne a los hombres. Con resignación debo aceptar que al articulista se lo lleven los demonios cuando confiesa no saber nada del asunto. Pero confío que el rapto no dure mucho y algún día pueda leer ya sin prisas, como creíamos, los libros que han editado los propietarios de este legendario hotel literario.

Aunque si el articulista no tuviera tiempo puedo sugerir al lector, al desocupado lector, que vaya directamente al libro Prix Formentor (2020) y vea en sus páginas la historia del premio, los discursos leídos por los escritores galardonados —incluido el de nuestro querido Alberto Manguel— y las actas firmadas por los jurados. En el libro rojo de Formentor el lector verá escenificada la filosofía de nuestro Premio. Un galardón que se concede a la trayectoria de toda una vida y se convoca para rendir tributo a las obras maestras, alentar la intrépida lucidez de la conciencia artística, fomentar el buen gusto, la certeza de lo excelente, la elegancia cultural y la energía creativa de la imaginación literaria.

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16 de julio de 2021
Juan Marsé, fotografiado en su despacho en 2016 KIM MANRESA
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Marsé, la diatriba de los furiosos

 

No estábamos lejos de Xalapa cuando coincidimos en una fastuosa cena, a la luz de la luna, en unos jardines de frondosa y descuidada vegetación. ¿Cuánto hace que no nos veíamos? Sergio Pitol lo recordó al instante: “Desde el día que nos jodiste a todos”. No tenía yo conciencia de haber llevado a cabo una proeza semejante y preferí creer que Pitol se divertía con otra de sus fabulosas humoradas.

Años antes nos había reunido Luis ­Goytisolo en la sede de su fundación ­gaditana para hablar de la literatura memorialística. Los invitados compartimos reflexiones y juicios sobre la narración que hilvana el recuerdo y el olvido, el remordimiento y la jactancia, lo vivido y lo inventado. De ahí que propusiera yo una amarga revisión de los llamados diarios personales. Solo merecerán este nombre, dije entonces, los textos que han sido escritos para no ser publicados. Y a ser posible, los que se incineren con los restos mortales del propio autor.

Un diario es un lugar íntimo de confrontación y su valor procede de la radical privacidad de su escritura. Reproduce el diálogo oculto de la más extraña interioridad y transcribe lo que nunca será dicho. Si un diario auténtico llega a nuestras ­manos podemos considerarlo el reverso anímico del autor. La réplica solipsista de su voluntad estética y el reflejo veraz de un abismo desconocido. Solo en estos casos podrá un diario insinuar la existencia de un yo inédito y escondido. Todo lo demás se puede ir contando en las novelas o con la placentera egolatría de las autobiografías.

No creo que acudiera al encuentro organizado por Luis Goytisolo, pero en el diario que acaba de publicarse Juan Marsé deja constancia de su lucidez: “Esto es una pérdida de tiempo, no me pasa nada digno de mención, esto no tiene el menor interés, tengo serias dudas de que sirva para algo, es un empeño loco y banal”. El asunto acaba cuando Marsé confiesa su absoluta desgana por “bucear dentro de mí mismo”.

El autor reitera tantas veces su tedio que el lector de este falso diario personal no puede dejar de preguntarse ¿quién ­demonios está detrás de la publicación del libro? Temiendo por un momento que Marsé hubiera sido incitado a entregar en contra de su voluntad un manuscrito cuya pobre sustancia lamenta una y otra vez. A pesar de las apariencias, sin embargo, ­resulta que sí. El autor corrigió las galeradas con el celo que exige la prosa de sus novelas.

Leyendo las páginas de estas Notas para unas memorias que nunca escribiré se contagia el lector con la desidia de Marsé y concluye que el único interés de este libro perezoso y aburrido son los insultos, vituperios y agravios lanzados contra su conocido repertorio de bestias negras. Como si el autor fallecido quisiera ser recordado gracias al desprecio que sentía por todas ellas. Este es un charlatán, aquel un ­chorizo, el otro es un plasta, aquella tiene el culo de pera, la de más allá es feúcha, la otra está chiflada, aquel escritor es un ­camelo, el de acá es un personaje siniestro, o un tipo repugnante, o un trepa aberrante, o un ­risible zángano. Habría sido este el diario de un hombre arruinado si no fuera por el placer que en su enojada vejez destila Juan Marsé contra sus aborrecidos colegas.

Desde luego que no son estas las ­últimas voluntades que redacta en la hora postrera un escritor estimable. Como ­testamento uno habría esperado leer una de sus memorables piezas de orfebrería narrativa y ver flotar su figura en el limbo de sus entretenidas ficciones. Marsé nos ha legado en cambio un deslavazado libelo de improperios que nada añade a lo que fue saliendo de su boca y de su pluma en artículos, entrevistas y declaraciones hechas durante su larga trayectoria de cáustico polemista. No obstante, hay motivos para esperar que el libro póstumo reciba alguna distinción y sea reconocida su contribución a la formación del espíritu nacional. Al fin y al cabo, el diario servirá de manual a los que necesitan pulir la corrosiva inquina de sus manías y el verbo ardiente de sus fobias.

El diario de Juan Marsé será un libro de referencia para el tumultuoso club de los furiosos y en sus páginas aprenderán a afilar conceptos, alternar adjetivos, rebuscar en el diccionario de sinónimos y dar así a sus diatribas la frescura de quien desea liquidar a sus estúpidos congéneres. Dado que la presencia de los demás ha llegado a ser un estorbo insoportable, libros como este ayudarán a precipitar la anhelada ­extinción del prójimo. Aunque el lector deberá aportar su propio arsenal de convicciones, su fervor justiciero y un pendenciero afán de sinceridad, pues sin vocación no es posible sacar provecho a la enseñanza de este inesperado libro.

Han quedado atrás los tiempos en que la educación sentimental reprimía el instinto caníbal de nuestra especie y los manuales de urbanidad promovían entre los seres humanos la impostada gentileza de la hipocresía caballeresca. Finalmente se ha producido la gran liberación y se han derribado los ídolos que nos han oprimido durante siglos. Gracias al ejemplo moral del diario de Marsé sabremos des­hacernos de la agobiante contención del carácter y de la irritante paciencia de la templanza. Los que padecen con disgusto la oprimente restricción de su tendencia natural a la discordia agradecerán que al fin uno de los suyos se haya atrevido a ­publicar un libro como este.

Publicado en CULTURA/S de LA VANGUARDIA

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29 de mayo de 2021