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Rainer María Rilke, en una imagen sin datar.
RIGHTS MANAGED (MARY EVANS P.L. / CORDON PRESS)

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El penúltimo

 

En ‘Elegías de Duino’ Rainer María Rilke se plantea la tarea sobrehumana de abandonar el nihilismo, de recuperar la alabanza, el homenaje, la celebración de la vida y la muerte

Nuestras autoridades educativas han decidido eliminar la Filosofía de los estudios para niños y jóvenes. Con ello no hacen sino seguir la corriente masiva que ha eliminado el pensamiento crítico de la vida intelectual, excepto en aquellas materias y lugares en donde la teoría puede servir para algo práctico y monetarizable, es decir, disponible para el poder técnico.

La desaparición de la Filosofía puede servir para que los mentores más inclinados a una educación profunda y perdurable de sus pupilos elijan la poesía como medio de plantear los problemas que siempre han acosado al pensamiento occidental. Así, por ejemplo, concibo perfectamente un curso de Filosofía a partir del prólogo que Andreu Jaume ha escrito para su traducción de Elegías de Duino de Rilke (Lumen). En esas densas páginas ha glosado la tarea del pensamiento occidental durante dos mil años. Leerlas y comentarlas con alumnos comprometidos puede ser algo realmente notable.

La filosofía occidental nació, como todo el mundo sabe, en Grecia y con el fin de domeñar la bestia devoradora de la conciencia de la muerte y el acabamiento. A diferencia de otras culturas, la nuestra está edificada sobre una convicción muy clara y aguda de que hemos de morir, somos mortales, efímeros e intrascendentes. Desde Parménides y Platón el pensamiento buscó cómo fundar el mundo, el universo, las cosas y nosotros mismos sobre algo duradero. Aquello que merecería la pena de ser pensado era lo que no podía desaparecer en unas pocas estaciones. Y, por lo tanto, el ser, lo que es, lo que las cosas no son era el núcleo de la filosofía.

Esta inspección fue perdiendo fuerza a partir del renacimiento hasta llegar totalmente desarbolada a la revolución burguesa. A partir de ese momento fue tomando cada vez más fuerza el nihilismo hasta convertirse en la única ideología aceptada por los distintos poderes del Estado. Nosotros nos hemos habituado a que el Estado sea la máquina que dispensa justicia de vida y aunque se ponga diferentes disfraces (opulentos, misérrimos, técnicos, benéficos o criminales) lo cierto es que no ofrece ningún proyecto, esperanza o visión que vaya más allá de nuestra vida consumida en un trabajo útil para el poder inmediato y una muerte que se oculta en lugares destinados al disimulo.

Quedó sin embargo un rincón inasequible a la destrucción y ese rincón se puede llamar “lírica”, “poesía” o “arte supremo de la palabra”. El último o penúltimo de esa especie, cada día más extinguida, fue Rainer María Rilke. Y su obra final es un monumento llamado Elegías de Duino. Esa obra enorme es la que ha traducido Andreu Jaume de un modo ejemplar, y le ha añadido un conjunto de documentos de especial interés, como cartas o poemas relacionados con la obra, más los comentarios del autor, muchos de ellos inéditos en español.

En estos 10 poemas finales del poeta se plantea la tarea sobrehumana de abandonar el nihilismo, de recuperar la alabanza, el homenaje, la celebración de la vida y de su hermana inmutable, la muerte. Es decir, de integrar la mortalidad como elemento de cimentación y afirmación de la grandeza del mundo que los humanos podemos ensalzar mediante la palabra. Porque este es el poema final de la gloria de la palabra y de la condición lingüística de los mortales. Luego vendrá nuestro tiempo y el dominio de la imagen.

Por supuesto la edición es bilingüe, pero la potencia de los poemas, como en los de Hölderlin, va más allá de la lengua alemana. Inmenso poema, traducción ejemplar para nosotros, pensada para nosotros. Edición perdurable y por lo tanto verdadera.

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7 de febrero de 2023
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Pelé y Benedicto XVI: Dos funerales, dos vidas, dos legados

Comienza el año con los funerales de dos hombres aparentemente muy distintos, que pasarán a la historia, y que los curiosos designios de la muerte aunaron en las portadas de los diarios y los inicios de los noticieros.
Ambos eran ancianos, y estaban disminuidos en sus otrora asombrosas facultades, los dos enfermos, cercanos al final.
Ninguno de los dos había nacido destinado a la gloria (eran hijos de familias pobres del interior de sus países), pero lograron ascender en sus caminos por méritos propios.
Ambos fueron conocidos por un nombre elegido, un apodo, un seudónimo, no por sus nombres de bautizo.
Los dos fueron velados en los “templos” donde ejercieron su magisterio y donde habían mostrado sus mejores dotes. Largas filas los despidieron.
Con ellos se termina una época.
Imagino que los lectores ya habrán adivinado a quiénes me estoy refiriendo.
Uno es Edson Arantes do Nascimento, conocido como Pelé, uno de los más grandes y famosos futbolistas de todos los tiempos, ganador de tres copas del mundo (1958, 1962 y 1970), autor de más de mil goles, un deportista sin igual que lució en los estadios su belleza y potencia y su piel negra en tiempos en que el racismo era todavía ley en gran parte del mundo.
Pero no fue una estrella estridente, como su sucesor en el trono del fútbol, Diego Armando Maradona. Ni una voz punzante por el cambio en el mundo, como la otra gran estrella negra del deporte del siglo XX, Mohammed Alí.
Pelé fue una luz, un ejemplo cauteloso, que se fue apagando fuera de los focos y los micrófonos.
Mientras vivió, Pelé no usó su enorme prestigio para promover cambios sociales, ni siquiera se enfrentó a la dictadura militar de su país o a las causas del Tercer Mundo: ese quitarse de los temas políticos fue criticado por los que no entendían como alguien que provenía de la pobreza de un grupo desfavorecido no usaba la atención pública para exigir cambios.
Tras la muerte de Pelé el 29 de diciembre, escribió Sebastián Kohan Esquenazi en Ciper Chile: “Pelé es y será el paradigma del futbolista apolítico. Ese que siempre se mantuvo calladito, sin meterse en problemas. Ese que, durante más de veinte años, después de cada triunfo brasilero, se abrazó con Emilio Garrastazu Medici, el mismísimo dictador de la nación. Entiendo que los futbolistas son futbolistas, y que no se les puede pedir que sean activistas para darles valor. No es necesario que cada futbolista sea Sócrates para tenerle admiración. Pero también es cierto que algunos tienen sangre y otros no, y que algunos tienen unos principios que a otros les faltan. Pelé era «un hombre común que no sabía nada de política», como decía él. Tan común que se volvió sumiso.”
Y, sin embargo, este no meterse en temas candentes, que lo separan claramente de su principal rival al trono del balompié en el siglo XX, Maradona, es para muchos de sus admiradores una virtud. Tras su muerte, tomaron su silencio, que fue siempre parte de su personalidad y su visión de cuál debía ser su papel en Brasil y en el mundo, como una forma de representar una visión del ídolo deportivo como alguien que “opina con los pies”, como un atleta que no presenta ideas y afiliaciones políticas, sino que representa un ideal de talento, mérito, plasticidad deportiva y artística, en la que cada uno puede poner las ideas que quiera.
Sus defensores dirán que en esta prescindencia Pelé se convierte en patrimonio de todos. No el paladín de una causa, sino el guerrero en pantalón corto de todos los brasileños y un bello rostro negro en el que los oprimidos del mundo pueden identificarse, sin necesidad que les suelte un discurso.
Sus detractores piensan, por el contrario, que, en esta falta de jugársela por valores básicos como la democracia y los derechos humanos y contra el racismo hay una ausencia gravosa. El fútbol de Pelé sería el opio de los pueblos, que aleja a los aficionados de los problemas cotidianos y las decisiones esenciales en una sociedad democrática. Pelé es para ellos objeto de admiración, pero no sujeto de la historia.
El otro muerto ilustre es Joseph Ratzinger, quien adoptó el nombre de Benedicto XVI cuando fue elegido Papa en 2005, e impactó al mundo cuando renunció al papado ocho años después.
Respetado teólogo, admirado brazo derecho de su antecesor Juan Pablo II, temido jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antiguo Santo Oficio, inició cambios profundos y se enfrentó a desafíos de calado en la Iglesia. Su conservadurismo y ademán calmado lo diferencian de su carismático antecesor y su sorprendente sucesor.
También su ascenso fue una sorpresa: tranquilamente, en las sombras, había moldeado las políticas de su antecesor. Juan Pablo II fue una figura central, sin la cual no se entienden los grandes cambios de finales del siglo XX, como el auge y las crisis de la teología de la liberación en Latinoamérica o la caída del Muro de Berlín en Europa.
En su obituario, publicado tras su muerte el 31 de diciembre (dos días después de Pelé), Ian Fischer y Rachel Donadio del New York Times lo definen así: “Benedicto XVI, el papa emérito, un erudito silencioso de intelecto firme que pasó gran parte de su vida haciendo cumplir la doctrina de la Iglesia y defendiendo la tradición antes de conmocionar al mundo católico romano al convertirse en el primer papa en seis siglos en renunciar, murió el sábado. Tenía 95 años.”
¿Sería muy arriesgado comparar a su predecesor y su sucesor - Juan Pablo II y Francisco – con Maradona, tremendamente populares, innovadores en su trato con los medios, activos en debates actuales y partícipes de la política de su tiempo?
¿Y acaso emparejar a Benedicto como Pelé, un modelo más callado, conservador, atento a las normas en las que fue educado, deseoso de conservar un mundo en peligro de caerse en pedazos?
En los mismos días de comienzos del año en que Pelé era velado ante miles de admiradores en el estadio del Santos, el club en el que militó prácticamente toda su carrera (nunca jugó en un club de Europa), miles de fieles acudían al funeral de Benedicto en el Vaticano, la sede de la Iglesia a la que sirvió toda su vida y en la que ejerció un enorme poder, siempre en Europa (en Italia y su natal Alemania).
Ese apego a las instituciones donde fueron formados es algo poco común hoy en un futbolista y un líder religioso. Ese centrarse ambos en su rincón del mundo – una ciudad brasileña, un enclave católico en la vieja Europa – es hoy inusual.
La inmovilidad hizo a estos hombres figuras mundiales.
Y el no moverse en términos doctrinarios, defendiendo una forma tradicional de entender la vida, el deporte o las creencias, los transforma para sus nostálgicos en paladines de lo permanente en un mundo en constante movimiento.
No habrá un nuevo Pelé, no surgirá en el fútbol alguien como él. No solo por sus virtudes como jugador, sino por vida, alejada de lo que hoy son las estrellas. Tras dejar la práctica del fútbol no se convirtió en entrenador, ni dueño de clubes, ni estrella de la televisión. Tras su breve paso por el ministerio del deporte, Pelé se dedicó a ser el recuerdo de Pelé para sus compatriotas.
Y no habrá otro Papa como Benedicto, que anunció su dimisión (la noticia más asombrosa en la Iglesia desde 1415) en latín y de forma oblicua, como si el mundo fuera todavía el orbe católico que pudiera entender gestos de otra época. Sus citas y gestos que ofendieron a judíos, musulmanes y ortodoxos y por los que continuamente tenía que pedir perdón son, vistos desde su cerrado tradicionalismo, muestras de incomprensión de cómo un mundo que se aleja de sus dogmas lee a un personaje anticuado.
Incluso su elección de vestimenta se veía como extraña, en comparación con la imagen más actual de su sucesor.
Al final, la imposibilidad de lidiar con crisis actuales – los escándalos económicos y sexuales de su grey – hicieron al más tradicionalista tomar una decisión sorprendente.
El mundo de Pelé y de Benedicto ya no existe. Yo creo que es buena la apertura al cambio, la vitalidad de adaptarse a lo nuevo, el moverse, el mostrar distintas caras. Yo no quisiera volver al mundo de Edson y de Joseph.
Y, sin embargo, al recordar sus figuras señeras, queda un regusto a extrañar lo perdido, a lamentar la desaparición ineludible de lo que se resistía al cambio y creaba a su alrededor un campo de fuerza que uno siempre sabía dónde estaba.

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6 de febrero de 2023
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El poco valorativo “juicio” de OpenAI sobre la inteligencia de Alphafold2

 

Las observaciones que preceden sobre OpenAI no implican que las posiciones escépticas relativas a la posibilidad de una verdadera inteligencia artificial deben ser adoptadas sin discusión.  Como veremos, en el plano teorético el debate se halla lejos de estar cerrado. Sin ir más lejos, las previsiones por Alphafold2 del pliegue de los polipéptidos de las proteínas tienen más interés que las respuestas de OpenAI. Por cierto, este último artefacto niega al primero la posibilidad misma de un conocimiento de lo que prevé. Le pregunto: “¿Cree usted que Alphafold2 puede tener una explicación de sus previsiones relativas al pliegue de los polipéptidos en estructura tri-dimensional?”. Tras el esperado recordatorio de en qué consiste el asunto (lo cual no formaba parte de mi pregunta), y explicitación de que AlphaFold no es una persona, se muestra así de poco generosa respecto a la inteligencia de su colega:

“AlphaFold2 utiliza algoritmos de conocimiento maquinal para analizar conjuntos de datos de conocidas estructuras de las proteínas y predice  la estructura  de proteínas que no habían sido resueltas. Las predicciones realizadas por AlphaFold2 se basan en los comportamientos relaciones que aprendió a partir de sus datos y no se basan en ninguna explicación específica o intelección de los principios subyacentes del pliegue proteínico (AlphaFold2 uses machine learning algorithms to analyze large data sets of known protein structures and predict the structure of previously unsolved proteins. The predictions made by Alphafold2 are based on the patterns and relationships that he has learned from this data and are not based on any specific explanation or understanding of the underlying principles of protein folding)”.

Así pues, a “juicio” de Alphafold2 no podría explicar nada porque el asunto que resuelve no exige entendimiento (understanding). De ser así ¿por qué empeñarse en hablar de inteligencia?

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3 de febrero de 2023
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La senda insólita de Delibes

 

Miguel Delibes era nieto del sobrino de Léo Delibes, el músico al que debemos la creación de seis óperas, unas cuantas operetas y tres ballets. Según el etnopsiquiatra Tobie Nathan, no podemos llamar ancestro a cualquiera de nuestros antecesores. Ancestro, el ancestro de un clan o de una organización familiar, solo puede ser un antepasado que se distinguió por su vida y su obra. En algunas tribus, ese ancestro suele ser un animal, para dejar aun más marcada su singularidad, indispensable para que haga de sello fundador. Puedo pensar que el gran ancestro que flotó sobre la memoria familiar de Delibes fue el músico francés. Es imposible no tenerlo cuenta, e imposible no escuchar su música, aunque solo sea por curiosidad: “Veamos a ver qué hizo aquel remoto tío mío”. Musicalmente hablando, Léo Delibes fue un romántico atemperado, aunque literariamente abusara del exotismo, y su obra más célebre y la que mejor sobrevive es su ballet Coppélia. Como Charles Gounod, el autor de la ópera Le tribut de Zamora, estaba bastante olvidado pero todo indica que ambos están protagonizando una especie de resurrección muy prometedora, si bien no llega a concretarse del todo. Vuelvo a lo esencial: tener un ancestro inclinado a componer música para ballet te va a dejar necesariamente alguna huella. ¿La literatura ha de ser también una danza? Los santos inocentes lo es: una danza donde, sin renunciar a su claridad de siempre, Miguel Delibes introduce un juego barroco de contrapuntos, de forma que además de ser un drama existencial de gran hondura, es también un concierto y un danzón de exequias a la muerte de una cultura, evidencia que cae sobre nuestra cabeza en las últimas páginas, como una revelación que estaba aguardando desde las primeras.

Léo Delibes conocía el alma popular y la tenía en cuenta, por eso algunas de sus melodías como el Duo des fleurs siguen siendo muy populares, y es evidente que Miguel Delibes podía llegar con su literatura a las clases trabajadoras. Otra peculiaridad a señalar; Léo Delibes fue sobre todo un autor de óperas, y las óperas han de estar bien estructuradas en todos sus elementos, con una trama bien desarrollada, y una cadena de emociones que ha de impulsar al espectador hacia la apoteosis final. La ópera no es ni de lejos la peor escuela narrativa, pues te enseña lo esencial: estructura, acción y emoción. Técnicamente, Miguel Delibes es un novelista de una gran precisión y sabe crear organismos narrativos muy sólidos. Sus novelas nunca son una sucesión de anécdotas y a menudo tienen la redondez argumental de una buena ópera o de una pieza teatral, como ocurre en Cinco horas con Mario.

Decía don Miguel que nada hay más difícil que la claridad y la sencillez. El pensamiento de Delibes me conduce a otro de Nietzsche: “Huyamos de los que enturbian las aguas para que parezcan más profundas.” Y la fama enturbia siempre la persona y la palabra, porque la fama es destructiva y tramposa, ya que se ve obligada a hacer relatos muy simplistas y sintéticos para que puedan expandirse a gran velocidad. “La fama no tiene un lugar donde agarrarse que sea realmente positivo” creía Miguel Delibes, que supo gestionar su celebridad con verdadera maestría. No le gustaban los cócteles ni hablar por hablar. Era algo así como el grado cero de la frivolidad, a pesar de su penetrante y sutilísimo sentido del humor. Se le veía en la cara.

Descubrí a Delibes en la adolescencia, en la biblioteca de mi padre. De vuelta de un viaje a Italia, mi primer viaje al extranjero, estuve leyendo, en una playa llena de barcas de Vilanova i la Geltrú, El camino de Delibes y Los vagabundos del Dharma de Kerouac. La mezcla fue más poderosa que una droga y me tuvo pensativo unos días. Eran tiempos en los que uno descubría a la vez un montón de literaturas diferentes y no sabía cuál elegir. Tras aquel vendaval seguí leyendo a Delibes. Me asombró que fuera el autor de Parábola del náufrago, una novela que sin vacilación califico de jüngueriana y que a mi entender se adelanta a Eumeswil, si bien no a otras novelas de Jünger. No deja de cautivarme que en Parábola del náufrago aparezca la figura del emboscado, junto a la del tirano, el trabajador y el gran silencioso, figuras bien habituales en las fábulas de Jünger. Observamos hasta una especie de anarca entre los personajes principales. La novela es en buena medida una farsa, de la misma manera que Eumeswil es un melodrama político de baja intensidad emocional pero filosóficamente muy cargado, si bien crea un mundo que tiene muchos vínculos con la ciudad concebida por Delibes en Parábola del náufrago.

En los libros de Delibes que me gustan, y que suelo releer, hallo siempre diamantes, a veces en medio de la polvareda o de las cenizas, a veces en un elemento meramente atmosférico, a veces en un personaje, a veces en la manera de rematar una situación. No comparto la idea de que sea un narrador de costumbres. Las costumbres, los hábitos, nunca son ni el nervio dramático ni el principal correlato de sus narraciones, salvo en dos o tres libros que no me interesan demasiado. Volviendo a lo que Delibes dijo sobre la fama, uno se pregunta si ha sido positiva su celebridad. El exceso de reconocimiento puede sepultar la obra, puede anular su poder mágico y talismánico. Convertirse en el símbolo oficial de una cultura es inmensamente peligroso. ¿Por qué colocar a grandes escritores a los que sólo les debemos favores, ante esos abismos, ante esos precipicios semánticos que no se merecen porque lo devoran todo como verdaderos agujeros negros que se abren en medio de los fenómenos culturales, sociales y estatales? Ser el escritor que por decreto gubernamental o por cualquier otro decreto te coloca como símbolo de México te anula al mismo tiempo como escritor, te convierte en un estandarte oficial, instrumentaliza tu obra hasta matarla. Alguien objetará que lo mismo ocurre con poetas en otro tiempo insobornables como Baudelaire y Rimbaud, que ahora brillan como símbolos de Francia y de la cultura francesa. Sí, evidentemente es así: cumplen la misma función que Juana de Arco y Alain Delon. Pero al mismo tiempo los adolescentes del mundo se olvidan de eso, y acuden a la obra de Rimbaud como si fuese un profeta bíblico, probablemente lo es, y parece haberse librado del samsara de la destrucción.

En las antípodas de Rimbaud, ojalá siga también en pie la obra de Delibes, que ni fue un maldito ni tuvo la pretensión de serlo, sin olvidar que todos los lazos familiares y sociales que lo envolvieron no le impidieron nunca ser independiente, firme y esclarecedor. Si vuelvo a su primera novela no dudo de su maestría. Qué escritura más viva, más templada, más hermosa... De adjetivación austera y ajustada, en su primera novela Delibes da muestras de un estilo que aúna realismo e impulso lírico, un impulso que en lugar de adornar la acción la ilumina. Para dejar probado lo que digo, reparemos en el párrafo con el que concluye el primer capítulo de La sombra del ciprés es alargada y donde Delibes nos enfrenta a la soledad infantil:

“Cuando poco más tarde don Mateo me acompañó a mi cuarto y se despidió de mí deseándome buenas noches, volví a experimentar la angustia de soledad que me acongojase una hora antes. Encontré mi habitación fría, destartalada, envuelta en un ambiente de tristeza que lo impregnaba todo, cama, armario, mesa y hasta mi propio ser. Temblaba al desnudarme, aunque el frío no había comenzado aún a desenvainar sus cuchillos. Me daba la sensación de que todo, todo, hasta las paredes y el techo de la habitación, estaba húmedo de melancolía. Por otro lado, nadie se preocupó de llevar a aquel cuarto la caricia de un detalle. Todo raspaba, arañaba, como raspan y arañan las cosas prácticas. No existía una cortina, o una estera, o una colcha, o una lámpara con una cretona pretenciosa. Allí todo era rígido como la vida..."

Cuando leo a Delibes, procuro despojarlo de los atributos que han ido colgando de su alargada silueta y me quedo con ese Delibes humano, esencial, con el que tuve el honor de intercambiar unas quince cartas, sin bien nunca llegué a conocerlo en persona. Más de una vez estuvimos a punto de cruzarnos, pero algo en el viento lo impidió, de modo que su figura resulta para mí tan próxima como difusa y distante. No experimenté el hecho de sentarme frente a él, detenerme ante su mirada goda, opaca en algunas cosas y en otras inmensamente trasparente. Supongo que en más de una ocasión pude haberme esforzado por conocerlo en carne y hueso, pero había en mí, y juraría que también en él, cierta resistencia. Mejor reducir la amistad a su esencia y mejor que alguno de sus devotos ni siquiera le hubiese dado la mano, yo era ese devoto, casi un extranjero. Con lo cual queda dicho que Delibes es uno de mis maestros, pero sin obviar que se trata de un maestro espectral, como Fitzgerald, como Flaubert, como Defoe, como los grandes maestros. No los puedes tocar, te limitas a acercarte a ellos con humildad y a leerlos. Sus consejos llegan siempre de un más allá que está y no está en el lenguaje, y que desde luego lo atraviesa para clavarse en la conciencia y en la carne y formar desde entonces parte de tu naturaleza.

 

Publicado en la Revista Claves (enero- febrero 2023)



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1 de febrero de 2023
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La herida que respira

El poder, suspendido en la bruma entre el bien y el mal, seguirá siendo fruto de la locura. Es lo que nos recuerda Erasmo. Estupidez, estulticia, tontería. ¿Qué otra mejor manera de entender la locura que nubla razón de los necios? Y peor que las vanidades y halagos, y el culto a la personalidad, que son parte de la locura del poder, el culto del dogma. La verdad absoluta en los altares del poder absoluto.

El antídoto de la locura está en poner en cuestión lo aceptado como verdad, porque la insistencia en la certeza es ya la caída en el error, las semillas del dogma generando la mentira. “El dogma es el peor enemigo de la condición humana”, pensaba Voltaire: "Comprendo que la duda no es un estado muy agradable pero la seguridad es un estado ridículo".

Las pretensiones de verdad absoluta son hoy más peligrosas que nunca, bajo la avalancha del populismo, la demagogia, la mentira sistemática, las mentiras virtuales, las verdades alternativas. El fanatismo y el sectarismo, la estulticia, dueños de las redes sociales. El manicomio de la posmodernidad.

Y en América Latina, atraso, caudillismo, intolerancia, falso socialismo, trumpismo, la ignorancia entronizada. El asalto a la razón. La polarización azuzada. Los extremos que se juntan, y copulan. Y las ínfulas retóricas de las viejas revoluciones armadas, dueñas que fueron de la verdad absoluta, aun vagando como fantasmas sin quietud. Y cuando hablo de revoluciones, respiro por la herida.

La revolución sandinista se nutrió de una amalgama determinada por los tiempos que entonces se vivían, el marxismo y la teología de la liberación. El marxismo que había llegado a la Nicaragua de Somoza en manuales manoseados y catecismos oficiales, tal como antes llegaron también las ideas de la ilustración, en folletos y libelos igualmente prohibidos. Y la teología de la liberación, que volvía por los pobres y desheredados, y creía posible el reino de Dios en la tierra.

Por esas verdades absolutas era necesario tomar las armas, para imponerlas, y aún dar la vida; y como tal, pasarían a ser la base de un nuevo poder político. El ideal, basado en un enjambre de sueños, mística, sacrificio, tenía una categoría ética. El poder, ya conquistado, volvía, con el tiempo, a obedecer a los mecanismos naturales de cualquier sistema; naturales, sobre todo, a las tradiciones políticas de Nicaragua, arraigadas en la cultura rural autoritaria, que lejos de disolver, la revolución acabó utilizando.

Al descuajarse la dictadura de Somoza sobrevendría el gobierno justo de los pobres, tras ser desterrados para siempre los opresores. Era una visión radical que sólo podía llevarse adelante con autoridad. No la formación del pensamiento como fruto de puntos de vista diversos, sino el credo de la justicia para los desheredados. La tierra, la alfabetización, las escuelas, la atención médica.

Era la visión liberadora de los pobres en el antiguo testamento; la visión del cántico de Ana en el Primer Libro de Samuel: "los arcos de los fuertes fueron quebrados y los débiles se ciñeron de poder. Los saciados se alquilaron por pan, y los hambrientos dejaron de tener hambre."

Pero se volvió una visión excluyente; y cuando llegó la guerra se trató ya sólo de los pobres de la revolución, o con la revolución. Otros pobres, víctimas por igual de la injusticia secular, tomaron las armas en las filas contrarias.

Fuera del pensamiento de la revolución, el resto de la sociedad se arriesgaba a caer bajo el estigma del error, pensara como pensara. Y la verdad, estaba armada.

Para hacer posible el nuevo modelo de estado y sociedad, se necesitaba poder, y poder apenas compartido. El poder de la verdad armada, incompatible con cualquier otra verdad. Y cuando sobrevino al poco tiempo la guerra de agresión, ni siquiera hubo oportunidad de entrar a discutir si la aplicación de un modelo excluyente era correcta, o incorrecta. Simplemente, la fuerza de las circunstancias impuso la necesidad de cerrar filas y de cerrar filas.

El pluralismo político que la revolución inscribió en su divisa representaba, en sus consecuencias, libertad de opinión y participación política libre; pero, del otro lado, se volvía demasiado formidable el contrapeso del partido de la revolución, custodio de la verdad absoluta, y de cuya hegemonía dependía todo el proyecto de poder.

Y otro riesgo de la acción transformadora que tiene por motor a la verdad absoluta, es terminar devorado por la intolerancia, primero la cabeza y después los pies, como Saturno con sus hijos, para que nadie usurpara su poder.

Y quizás sólo después de ser engullido puede uno pensarse otra vez a sí mismo, dueño a plenitud de su propia libertad crítica, lejos de los sacerdotes de la verdad absoluta. Y eso uno sólo puede aprenderlo, también, desde el terreno de la escritura, ejercicio permanente de libertad.

Esta fue una lección de la historia, que suele corregir las verdades absolutas y a sus protagonistas. Sería irónico decir que fracasamos en heredar a Nicaragua la democracia popular, y le heredamos, en cambio, la democracia liberal. Desgraciadamente la herencia de toda aquella sangre derramada es otra dictadura, tan feroz como la que derrocamos entonces. Ya Goya advertía que los sueños de la razón engendran monstruos.

 

 

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30 de enero de 2023
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El sonido del fin

En su novela Limbo, Agustín Fernández Mallo habla de un hombre que busca por los confines de América el sonido del fin, sin darse cuenta de que el fin habita en su propio ser y en la evanescente mujer que le acompaña desde la presencia y desde la ausencia. Bajo la apariencia de una novela de viajes típicamente americana va aflorando la tragedia y la precipitación a las entrañas del vacío. En algún momento de la historia el lector puede identificar ese sonido del fin con la mudez de la muerte y las ondas misteriosas del silencio.

A mí me transportó, por esos vericuetos que suele elegir la imaginación cuando toca realidad, y la toca muchos veces, al silencio que empieza a emitir la naturaleza en algunos lugares, y que no sería otra cosa que el sonido del fin. En la sierra de Madrid, como en otras muchas partes, están desapareciendo los gorriones a la vez que las abejas. También están desapareciendo los ruiseñores.

Los responsables de estas muertes masivas son las multinacionales que se dedican a fabricar pesticidas cada vez más letales, y por supuesto a los que los usan con aberrante insistencia y con la arrogancia típica de los que encarnan sin problemas la banalidad del mal porque cumplen órdenes superiores. En un alarde metafísico que nos conduce a la filosofía de Heidegger y a la poesía de Vallejo, estas corporaciones son los heraldos de la muerte, además de ser las emisarias del silencio y del olvido del ser.

Antes iba con frecuencia a un jardín secreto donde los gorriones tenían por costumbre interpretar una sinfonía clamorosa que te elevaba el ánimo aunque no quisieras. Ahora me duele ir porque el jardín ha enmudecido y solo me trasmite el sonido del fin. Podría probarlo con una grabación que dejaría estupefacto al lector más escéptico. Antes era el jardín de la vida en su plenitud más deliciosa. Ahora es el jardín del silencio.

Volviendo a la novela de Fernández Mallo, en ella también se habla de un secuestro y una desaparición, un tema muy actual y a la vez no. Nadie ha tratado el tema de los desaparecidos como el escritor Andrew O'Hagan en su demoledor ensayo justamente titulado Los desaparecidos. O´Hagan dice que en América desaparecen más de un millón de personas al año, y advierte que la mayoría de los que desaparecen no lo hacen voluntariamente. A los que se resisten a fiarse del dato les recuerdo que en 1999 el Departamento de Justicia norteamericano dio una cifra no menos alarmante: setecientos noventa y siete mil niños desaparecidos. ¿No les parece todo un record del que apenas habla la prensa, seguramente porque la cifra espanta? Claro, en la era del espanto no queremos noticias que lo certifiquen. Se dice que en España desaparecen unas cien personas al año. Pienso que la cifra está falsificada, como la de los suicidios. Creo que son bastantes más, porque para empezar no todos los desaparecidos son denunciados, ni a la policía ni a los medios de comunicación.

Los desaparecidos están siempre vinculados al sonido del fin, y no solo en la novela de Fernández Mallo. Todo desaparecido deja tras él un sonido: el sonido de su silencio, y en determinadas circunstancias, es evidente que nada resulta tan clamoroso como ese sonido mudo y devastador.

En los desaparecidos hay que ver uno de los boquetes permanentemente abiertos en las democracias. En el ensayo citado, O'Hagan se pregunta cómo es posible que las democracias permitan que desaparezca tanta gente, y con aplastante pesimismo dice que la época de la seguridad ha quedado atrás. Antes los niños jugaban en la calle, tanto en América como en Europa. Ahora en las calles de los dos continentes los niños brillan por su ausencia, a no ser que vayan con sus padres. Esa ausencia de niños en las aceras representa también el sonido del fin, o del fin de una cierta manera de disfrutar de la vida en sociedad.

Siguiendo con la metáfora más bien escalofriante del sonido del fin, es interesante recordar el Apocalipsis de San Juan, que como nadie ignora está lleno de sonidos de trompeta. Se trata de un fin de los tiempos de lo más atronador. En cambio el apocalipsis coránico es tremendamente silencioso, y quizá por eso resulta aún más aterrador: parece un apocalipsis de una densidad tan atómica como silenciosa. Son dos formas opuestas de definir el sonido del fin. Desde el ruido ensordecedor que te rompe los tímpanos, al sonido que se oculta en las entrañas del silencio y en el corazón de las tinieblas.

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28 de enero de 2023
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La otra Rusia de Ulítskaya y Sorokin

En estos once meses de guerra la literatura rusa ha estado muy presente en la arena pública. Entre los partidarios de la agresión a Ucrania, la tradición literaria que ha dado nombres como el de Tolstói se ha presentado como un símbolo de grandeza de ese “mundo ruso” que Putin dice defender. A su vez, los que protestan contra la guerra recurren a la literatura como fuente de inspiración: recuerden al activista detenido en la plaza Roja por mostrar un ejemplar de Guerra y paz. En cuanto a los escritores rusos, la mayoría de los que son contrarios al argumentario del Kremlin se han visto forzados a alejarse del país y sus libros a menudo se venden marcados con la etiqueta de agentes extranjeros.

Es el caso de Liudmila Ulítskaya y Vladímir Sorokin. Los dos tienen mucho en común: aunque de generaciones distintas, ambos residen en Berlín, han formado parte de la escena cultural moscovita, tienen profundos vínculos con el mundo del arte y el teatro, han sido premiados por sus novelas, que se traducen y se leen en el extranjero, se oponen de forma abierta al belicismo y son críticos desde hace años con el putinismo. En cuanto a temática, abordan cuestiones historiográficas, filosóficas y éticas, pero mientras que Ulítskaya, más veterana, se caracteriza por su sensibilidad psicológica, su habilidad para capturar la vida cotidiana y un estilo preciso que a menudo la han hecho merecedora de comparaciones con los grandes escritores del siglo XIX, Sorokin es conocido por su ficción experimental, con sus juegos posmodernos y un escepticismo alimentado por la conciencia de que la literatura quedó marcada por su complicidad con la utopía violenta del proyecto soviético.

Ulítskaya ejemplifica que la literatura rusa contemporánea no es en absoluto un asunto masculino. Desde hace décadas ocupan un lugar central varias escritoras, entre las que destaca ella desde que debutara en la década de 1990, cuando publicó varias colecciones de relatos cortos llenos de colorido y detalles psicológicos. El pasado septiembre recibió el premio Formentor y Anagrama acaba de reeditar su novela Sóniechka, en que aborda temas como la familia y la sexualidad en un contexto soviético, y próximamente se publicarán otros títulos suyos como Una carpa bajo el cielo (Automática), Sinceramente vuestro, Shúrik y Mentiras de mujeres (las dos en Anagrama).

Sorokin tampoco es un desconocido en España: Alfaguara acaba de reeditar su novela El día del opríchnik, en que describía grotescamente un giro político neoconservador que con el tiempo se reveló profético. Con sus obras ambos desmienten esa ansiedad expresada ya en el siglo XIX por Piotr Chaadáiev según el cual Rusia carecía de una sustancia cultural propia y solo podía tomar prestados los signos de la civilización occidental. Voces como las suyas son imprescindibles y lo serán incluso más cuando llegue el momento de reconstruir y volver a tender puentes.

 

Publicado en La Vanguardia

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26 de enero de 2023
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Parejas de fin de semana

Las relaciones de pareja ensombrecen el futuro de los españoles, arroja el último informe del CIS, mientras una bandada de corazones solitarios sobrevuela las ciudades donde el placer se huele pero no se toca. La especie más numerosa corresponde a los nómadas sentimentales, que siempre se excusan por la cualidad impredecible de la circunstancia. El azar los boicotea. ¿Cómo iban a pensar que un día se apolillaría el deseo? Se sienten los no elegidos. Aunque casi nadie quiere perder la fe de que lo mejor está por llegar, por ello tantos famosos, cuando anuncian el naufragio de sus matrimonios, repiten que no le cierran las puertas al amor, erigidos en porteros selectos.

El 81% de los encuestados por el CIS sostiene que la soledad será mayor en la próxima década, y la percepción resulta más acusada entre los votantes de extrema derecha, aunque los de Podemos sumen casi igual. La intuyen como una mancha que se extiende de forma inevitable. Porque si la soledad del desamor es agónica, parecida a esas piedras que arrastran las mujeres de la fotógrafa surrealista Grete Stern, la de la vejez –dos millones de mayores de 65 años viven solos en nuestro país– es una masacre, no una batalla, como sentenció Philip Roth. Para la OMS se trata de la nueva pandemia silenciosa.

El mercado viene preparándose con esmero para abastecer a hogares unifamiliares. Crece la demanda de los formatos pequeños al tiempo que languidece la fe en los coach, esos intermediarios entre la realidad y el ideal que intentaron proveernos de “herramientas” para mejorar la convivencia. Ni el destornillador de conflictos ni los alicates para ajustar gustos y costumbres prosperaron. Los divorcios han aumentado más de un 13% tras el parón de la pandemia. Correr, alimentarse bien, crear atmósferas y anteponer el sexo a las series, rezan los manuales para parejas saludables y sexualmente activas. Se abusa del término tóxico para definir vínculos equivocados, acaso enfatizando su carga adictiva. Sin embargo, “lo contrario de la adicción no es la sobriedad, es la conexión”, afirma Johann Hari. Los hay que quieren recuperarla ampliando la familia con perros y gatos. Se convertirán en un penoso dilema cuando llegue el divorcio.

El ejercicio de una vida solitaria parece un estado cada vez más determinado en una sociedad que por fin ha aprendido que la verdadera noción de confort poco tiene que ver con el colchón. Porque el capitalismo también perjudica a los amantes extenuados que desatienden la amabilidad, uno de los mejores bálsamos para la convivencia. “Tener sexo es como oler una bolsa de basura”, dice una de las protagonistas de la serie The White Lotus. Pero en el capítulo siguiente recupera el olfato. A mi alrededor, veo a parejas que se dispensan una dulce camaradería; otras hablan lo justo para seguir patinando en la misma pista, inmersos en la abismal La soledad de las parejas, ese gran título que nos regaló Dorothy Parker.

Hoy regresa con fuerza una fórmula de relación estable, que tiene de novedoso lo que Sartre y Beauvoir, el living apart together. No es un asunto desdeñable. Cada vez que los amantes se despiden, empiezan a echarse de menos, recreándose en el ideal al espaciar el contacto. “Así vive medio Hollywood”, me cuenta una agente cinematográfica. Y añade que muchas de esas parejas cuasi eternas se juntan para irse de vacaciones o asistir a festivales, preservando su unión, aunque disfrutando de una soledad en absoluto preocupante en la que se amarán locamenti a doble check.

Publicado en La Vanguardia

 

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26 de enero de 2023
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Buena suerte, amigo

Manuel Borja-Villel ha expuesto en el Reina Sofía las ruinas de la revolución del siglo XX bajo la forma del espectáculo político del siglo XXI

 

Nosotros vivimos entre las ruinas de lo que fue una revolución fabulosa, la de las vanguardias del siglo XX. De un modo volcánico, los comienzos de aquella sublevación tuvieron el coraje y la imaginación en llamas del Romanticismo, pero al mismo tiempo llevaban ya el germen destructivo que acabaría devorándolas a ellas mismas.

En un reciente trabajo, Manuel Barrios Casares cuenta la historia de un texto fundacional, el de Hugo Ball, Nietzsche en Basilea (El Paseo). En su breve existencia, Ball, modelo de espíritu combativo y fundador del dadaísmo (aunque pronto se desprendió del mismo), nos muestra el modo en que las enseñanzas de Nietzsche encendieron la mecha de la revolución artística a comienzos del siglo XX. Junto a ese texto se incluye otro ensayo de Ball, ‘Kandinsky’, que también es un buen ejemplo del cóctel molotov que se estaba cociendo con dos elementos químicos sumamente rabiosos, la enseñanza de Nietzsche y el fin de lo divino.

En aquellos momentos iniciales de “la muerte de Dios” nietzscheana se produjo un cataclismo entre las gentes más dotadas para lo espiritual y en consecuencia más doloridas por el ocaso de los dioses. Habituarse a pensar el cosmos como un colosal desierto en el que sólo los humanos tenían la espada de una conciencia clavada en el alma fue tan traumático que resistió dos guerras mundiales y llegó (ya exhausto) hasta nuestros días.

Ahora ya ni siquiera produce agobios cavilar sobre la soledad de los mortales y la cada vez más asumida trivialidad de nuestras vidas destinadas a la nada eterna. No obstante, los comienzos fueron trágicos y al tiempo gloriosos. La muerte absoluta se inició como un jolgorio, un invento, una novedad, una revolución fantástica de formas, colores, sonidos y danzas. Como quería Nietzsche, durante unos años los humanos bailaron sobre sus tumbas.

Nosotros, por desdicha, ya nos hemos ahormado al nihilismo y convivimos con él como con las majaderías que vuelan a la manera de papeles sucios por las televisiones y medios digitales movidos por el viento de la destrucción mental.

Aprovecho este asunto para saludar a un viejo amigo, Manuel Borja-Villel. Nos conocimos hace medio siglo cuando se hizo cargo del museo de Barcelona y tuvimos largas pláticas sobre el futuro de las artes. Ahora ha terminado su tarea en Madrid y sólo él sabe dónde se dirigirá. Su labor en el Reina Sofía ha sido una constatación de lo que vengo diciendo. Ha expuesto las ruinas de la revolución del siglo XX bajo la forma del espectáculo político del siglo XXI. Lo ha hecho bien. Nadie que entienda algo sobre arte, seriamente, ha dejado de percatarse de que hoy sigue llamándose “arte” a un escaparate de agitación y propaganda para lo políticamente correcto.

Ese era el destino de la vanguardia y su cumplimiento es tan interesante como el acabamiento de todo lo que el Romanticismo nos ha dejado en forma de ciudad arrasada.

Cuando aún era Manolo Borja, mi amigo ya sabía que ese era el camino del final del arte, del “arte después de la muerte del arte”, como lo bautizó Arthur Danto. En ese sentido, ha sido un intelectual honesto y ha dejado un ejemplo tan perfecto de acabamiento como el que Hugo Ball dejó como modelo del origen. De la juerga con champagne en el Cabaret Voltaire de Zúrich, a la gélida aula de los catequistas.

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24 de enero de 2023
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Viaje por Italia: aprendiendo a vivir sin nación

La Navidad ha sido un regalo para los italianos tras la depresión de padecer un Mundial de fútbol sin su selección nacional en juego. La fiesta del balompié solo la celebraron en el Vaticano (donde hay un escaparate dedicado al fútbol argentino en honor al Papa Francisco cuando se termina la visita al Museo), y también en Nápoles, volcada cantándole una ópera popular a la memoria de Maradona junto a su gran mural en el Quartieri Spagnoli, en la plazoleta que se ha convertido en una especie de santuario votivo. Y no es para menos, el fútbol, el deporte en general, es junto a la lírica de Giuseppe Verdi, el cemento que amalgama la diversidad italiana. También lo son la pasta y el idioma, pero estos se lo han tenido que ganar paso a paso.

No son pocas las variantes lingüísticas del italiano, incluso las pervivencias de otras lenguas como el friuliano o el sardo –hasta doce se reconocen legalmente, incluyendo el dialecto alguerés del catalán–, y aunque según las encuestas algo más de la mitad de sus habitantes se consideran bilingües, el italiano moderno que iniciaron los mejores escritores toscanos del Renacimiento, Giovanni Boccaccio y Dante Alighieri, se ha impuesto ampliamente gracias al desarrollo de la industria literaria, la canción y el cine italiano que fueron hegemónicos en los hits y las salas de proyecciones del mundo durante los años 50 y 60, el momento dulce durante el que se creó el “made in Italy”. Y aunque las panoplias políticas italianas hayan derivado hacia el pasado imperial de lo latino como hiciera Benito Mussolini o en la añoranza del Risorgimento como declara la fraternidad ultra de Giorgia Meloni, lo bien cierto es que la unificación italiana ha venido de la mano de la cultura crítica y del éxito internacional de su comida más sencilla, la pizza de origen napolitano y la pasta de trigo, cultivado masivamente en Sicilia, y también en la Puglia y Calabria.

Feltrinelli, Mondadori o Einaudi son apellidos esenciales, milaneses y piamonteses, en la creación y consolidación de la industria del libro italiano en el norte del país, desde donde se han exportado escritores tan universales como Italo Calvino, Umberto Eco, Moravia o Dario Fo. Ahora mismo, también la novela negra despunta en lengua italiana gracias a autores como Andrea Camilleri y Antonio Manzini, o con las denuncias de las tramas mafiosas de Roberto Saviano. En cambio, la música italiana que se difundió desde el festival de San Remo languidece, al igual que el cine, que solo prendió en la comunidad italoamericana de Nueva York (de Scorsese a Coppola, Pacino y De Niro) y en figuras solitarias como el napolitano Paolo Sorrentino o el mismo Saviano, quien no se cansa de señalar a Italia como un país fallido.

¿Lo es? Muchos italianos lo piensan. La sustitución de la Italia de posguerra construida por la Democracia Cristiana –más el compromiso histórico del comunista Enrico Berlinguer–, por un nuevo populismo de raíces horteras –Berlusconi y sus conglomerados televisivos–, unido al renacer neofascista y al regionalismo xenófobo de la Lega han sumido en la depresión social a muchos italianos. No huyen de la hambruna como a principios del siglo XX cuando emigraron en masa (uno de cada cuatro) a los Estados Unidos y Argentina, pero son muchos los italianos que en los últimos lustros se van de su país, decepcionados por la falta de futuro y sustancia de sus políticos. Alemania y España representan, ahora, los países preferidos por los italianos, muchos de ellos dedicados a la hostelería. Las Baleares, Valencia, Barcelona y Andalucía son sus destinos favoritos. Los vuelos directos desde las capitales españolas a Turín, Milán, Bérgamo, Pisa, Roma o Nápoles… van siempre ocupados. Italia está conectada a España.

Estas últimas Navidades, Italia se ha colapsado de turistas. Destinos como Venecia, Florencia o Milán estaban atiborrados, pero nada como Roma, una ciudad tomada por ríos de visitantes, en la que se ha puesto de moda el patinete de alquiler que los jóvenes romanos abandonan en cualquier acera y donde era imposible comer en sus buenos restaurantes sin reserva previa de semanas. Roma se vuelve a parecer al atasco en la autopista de entrada a la ciudad que filmó Fellini en el arranque de su Roma (1972), o al atolladero de aquel surrealista corto filmado por Pasolini para Amore e rabbia (1969), en el que Ninetto Davoli andaba con una flor gigante por las calzadas romanas, atestadas de macchine.

Hay colas, también, en el café Greco, donde han enmarcado un texto de Ramón Gaya publicado por Pre-Textos, colas en los Caravaggio de la iglesia de San Luis y en las estancias de Rafael… Millonarios asiáticos comprando en Prada, Fendi, Versace o Gucci… las firmas que compiten por anonadar a su clientela con diseños renovados y atrevidos, a precios desorbitados pero con apuestas culturales también, como la de la Fundación Prada en Milán o la biblioteca del Giardino Gucci en la mismísima plaza de la Signoria en Florencia. Para el New York Times, Milán precisamente vuelve a ser el centro neurálgico del arte italiano. Desde la transvanguardia que nada interesante sucedía allí. Prada y el Pirelli Hangar-Bicocca cuya dirección artística corre a cargo del valenciano Vicent Todolí, han devuelto el lustre a la capital lombarda.

Lo más evidente es que, pese a todo, en Italia se mantiene el optimismo vital. El sentido del humor, el gusto por el buen diseño y el respeto por el patrimonio siguen siendo características del pueblo italiano. A veces parecen consumirse con tanta belleza color albaricoque, con tanto castillo de ladrillo rojo, pero da gusto ver los pueblecitos toscanos limpios y bien organizados, con sus artesanos más que centenarios haciendo virguerías con el salami, la marquetería o los pañuelos de seda. La cocina tradicional de calidad puede encontrarse en cualquier localidad, y es ya el segundo país con más estrellas Michelin del mundo. Vanguardia con raíces, aunque tienen muy claro que, en cuestión de jamón, el ibérico español es insuperable. Las vistas desde la torre de la casa natal de Boccaccio en Certaldo explican por sí solas El Decamerón.

La crónica crisis política italiana puede que tenga más que ver con la escasa conciencia de país, cuya fragmentación ha sido dominante desde la caída del Imperio Romano de Occidente. El Estado central es débil a ojos del italiano medio, creyente de sus ciudades y regiones, de su equipo de calcio en todo caso y de la variedad de pasta que cocinaban en casa de la nonna. Para el citado Manzini “el problema de fondo es que nunca se ha tenido una identidad nacional fuerte; el italiano ve al Estado como a un ocupante”. Parece, justo, el sentimiento contrario al de los españoles. En Italia, la historia, abierta en todas partes gracias a cientos de edificaciones, museos y palacios con pinturas al fresco, muestra de modo cotidiano que su país es una construcción romántica del siglo XIX sobre un pasado de reinos, ducados y repúblicas atomizadas. En España, en cambio, todavía nos estamos preguntando qué somos y de dónde venimos, con relatos simplones sobre la unidad del país y réplicas absurdas sobre la existencia de naciones periféricas en tiempos de la antigüedad tardía. Ni siquiera los catalanes quieren entender que su nación no fue otra que la construida por los condes barceloneses con los reyes de Aragón y con el Reino de Valencia como su far west medieval. Tal vez una confederación de països aragonesos habría tenido otra virtualidad política.

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21 de enero de 2023