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Pompas británicas al servicio de la política

Hasta que no vi The Crown no alcancé a comprender por qué mi padre guardaba en su biblioteca un ejemplar de Life con una página desplegable a todo color de la familia real británica. Un gran formato del clan Windsor Sajonia-Coburgo, o sea, con primos, tíos, sobrinos… y demás miembros posando en una foto oficial tras la ceremonia de coronación de la reina Isabel II. Corría el año 1953, el mes de junio.

Cierto que mi padre era un anglófilo empedernido. Aprendió inglés en solitario, con una pequeña colección de discos didácticos, leía libros de bolsillo de Penguin y se carteó durante lustros con un señor de Derby al que no sé cómo conoció. Solo estuvo una vez en Londres y volvió fascinado. Le escribió a Winston Churchill por su cumpleaños en 1960, explicándole su ilusión por una democracia española, y el exprimer ministro le contestó de su puño y letra dándole las gracias. Sin más. Un año y pico después tuvo lugar el Contubernio de Munich. Y en el 63 aparecería el primer número de Cuadernos para el diálogo, al que nos suscribimos en casa.

Pero aquella foto tan monárquica archivada por un azañista como mi padre, no cuadraba. De hecho, representaba algo más. La coronación de la reina de Inglaterra fue el primer acto público retransmitido en directo por la televisión en todo el mundo. Provocó un terremoto mental difícilmente detectable por las generaciones futuras que ya vivimos el fenómeno televisivo con normalidad. Mi padre no guardó un recuerdo monárquico, sino un acontecimiento civilizatorio, un nuevo eslabón mental. Tal vez por ello casi nunca se quedó en el salón de casa a seguir los programas de la tele y prefería refugiarse a leer en una pequeña salita llena de libros, revistas y periódicos.

El boato, la legendaria pompa británica encontraba un aliado inesperado en la televisión. Lo hemos visto estos últimos días, en especial cuando el cortejo fúnebre isabelino recorrió el trayecto londinense desde la abadía de Westminster hasta el castillo de Windsor. La última magna epifanía de la era televisiva. Calles y jardines llenos de público para contemplar un desfile a la británica: ordenado en su completa cadencia, riguroso en los decorados y uniformes, emotivo por la musicalidad de los gestos y sones que se oyeron durante horas. (Qué importante resulta para la cohesión social que las cantatas populares sean hermosas, armónicas).

Con todos los detalles perfectamente captados por la BBC. Y no es de extrañar, la televisión pública británica, lo han desvelado a raíz del deceso real, lleva tiempo dedicando al menos un día al año a los preparativos para la retransmisión de un funeral de Estado, televisando simulacros. Necesario complemento catódico a los preparativos que la propia Casa Real planifica al milímetro como en un minucioso guion de película, incluyendo el tweet con el que se anunció el fallecimiento de la reina. Los expertos palaciegos de Buckingham le asignan nombres de puentes de Londres a los distintos operativos funerarios de cada miembro de la familia real que puede contar con ese nivel de ceremonial.

No se trata tan solo de un recreo ni de una exaltación monárquica por más que lo parezca. La pompa del desfile resulta una herramienta política de primer orden como instituyeron los patricios romanos desde tiempos republicanos, mientras las legiones de los cónsules debían acampar más allá del río Rubicón y no participar de los fastos ciudadanos en el foro. Mucho antes, el libro egipcio de los muertos ya dibuja un largo cortejo religioso, mientras que en Atenas la misma acrópolis adaptaba su itinerario para dar realce a la procesión de las panateneas, nocturna y con antorchas, la más importante consagración griega tal como la describe Richard Sennett en Carne y piedra.

El año pasado, sin ir más lejos, el Gobierno de Egipto organizó una especie de charada televisada a todo el planeta con motivo del traslado de una veintena de momias faraónicas al nuevo museo arqueológico, emulando los desfiles que tenían lugar en avenidas tan peculiares como el camino de los carneros de Luxor. Nada parangonable, sin embargo, al ejercicio escenográfico que llevó a cabo Hollywood en la versión de Cleopatra dirigida en 1963 por Joseph L. Mankiewicz (tras la renuncia de Rouben Mamoulian después de filmar apenas 12 minutos en tres meses), cuya formidable parada romana casi deja en la ruina a la 20th Century Fox según los cronistas. No sabemos muy bien a quién se debe la creatividad de ese desfile rodado en la misma Cinecittà, si al coreógrafo Hermes Pan (que lo fue también de Fred Astaire), a los directores de arte o al propio y más intimista Mankiewicz, pero según parece, la larga secuencia del desfile en la carroza con forma de esfinge dilapidó una verdadera fortuna, la parte principal de los 300 millones de dólares (cantidad actualizada a día de hoy) que vino a costar toda la producción.

Aunque para desfiles, también los nuestros. Los pasos religiosos en primer lugar: las dramaturgias andaluzas que se viven en Semana Santa o las procesiones teatralizadas como las del Corpus. Y los festivos valencianos, de la Ofrenda floral a la Virgen que hacen los falleros recorriendo toda la ciudad a las entradas de Moros y Cristianos habituales en poblaciones como Alcoy, la Vilajoyosa u Ontinyent. Fue también con la autorización de una procesión cívica para el 9 de Octubre (fecha de la batalla decisiva contra los musulmanes) que el rey Alfonso el Magnánimo premió a la ciudad de Valencia por haberle concedido los créditos para sus guerras napolitanas. De ese y otros modos, los valencianos, y en particular la ciudad de Valencia, construyen su identidad sobre la fiesta que se desfila. Lo cuenta en su libro el medievalista Rafael Narbona, La ciudad y la fiesta; del siglo XIII al XV las procesiones marcan el ritmo de la vida en Valencia.

No mucho después, a mediados del XVI, se harían legendarios los funerales de Carlos V, quien viviera retirado en Yuste obsesionado con la muerte hasta el punto de meterse en su propio ataúd, a modo de ensayo y plegaria. Se le honraron exequias por todo el Imperio Hispánico, particularmente en Bruselas, presididas por su hijo Felipe II, cuya procesión fúnebre fue reproducida en un maravilloso libro ilustrado que se conserva en la Biblioteca Real de Bélgica y resultó uno de los tesoros más admirados en la exposición, Carolus, que se organizó en Toledo en el año 2000.

Así pues, los cortejos nutren sus raíces de historia, y en la Gran Bretaña, de algún modo, lo que observamos hoy es una sociedad que ha sabido (o podido) mantener vivas las tradiciones sin renunciar a la modernidad, no sin tensiones (recordemos a los Sex Pistols, ese momento punk que cuestionó la asimilación del pop por el stablishment). Se trata de acomodar los elementos históricos al presente para utilizarlos en beneficio de la cohesión social y de las naciones que constituyen su Reino Unido; y más allá. No es nada gratuito que los varones de la familia real siempre se vistan con el kilt escocés cuando es necesaria la gala o que el nuevo monarca, Carlos III, sepa expresarse en gaélico y se haya convertido al ecologismo. Puede que tampoco lo sea el hecho de que Isabel II haya expirado en Balmoral, en las tierras altas de Escocia, y sus restos mortales hayan recorrido en furgón media Escocia hasta llegar a la Royal Mile de Edimburgo.

En cualquier caso, los problemas políticos no se solucionan solo con aparato y cortejos. Hace falta bastante más, desde luego. Así lo cuenta otro texto, luminoso, de la norteamericana Barbara W. Tuchman, Los cañones de agosto, con el que ganó un Pulitzer y en el que narra los sucesos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. El ensayo es célebre también por la descripción de unas exequias. Transcribo su arranque: “Era tan maravilloso el espectáculo aquella mañana de mayo del año 1910, en que nueve reyes montaban a caballo en los funerales de Eduardo VII de Inglaterra, que la muchedumbre, sumida en un profundo y respetuoso silencio, no pudo evitar lanzar exclamaciones de admiración. Vestidos de escarlata y azul y verde y púrpura, los soberanos cabalgaban en fila de a tres, a través de las puertas de palacio, luciendo plumas en sus cascos, galones dorados, bandas rojas y condecoraciones incrustadas de joyas que relucían al sol”.

Esos reyes eran el sucesor Jorge V (abuelo de Isabel II), su primo hermano el káiser alemán Guillermo II, el rey danés Federico, el griego Geórgios, Haakon de Noruega, Fernando de Bulgaria, el último rey portugués Manuel II, y el monarca español Alfonso XIII con apenas 24 años, a quienes seguían multitud de altezas y príncipes reales de todos los países del mundo, incluyendo el hermano del emperador del Japón y otro hermano del zar de Rusia. Casi todos ellos eran familiares, descendían por diversas ramas genealógicas de la reina Victoria de Inglaterra. Apenas cuatro años después de verse en Londres se enfrentarían en una encarnizada guerra, una de las más salvajes que se recuerdan.

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20 de septiembre de 2022
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Pesadilla

Leía por enésima vez el cuento “Del rigor en la ciencia”, ese fake magistral que establece la relación 1 por 1 entre un mapa y el territorio descrito. Ese breve cuento que comienza ‘En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección…’ y que su autor, Jorge Luis Borges, concluye con la referencia a la fuente, al libro cuarto, capítulo XIV, de los Viajes de Varones Prudentes de Suárez Miranda, publicado en 1658, en Lérida. Mas algo gravísimo sucede, una descarga neuronal de inusitada potencia, un despertar de gran brusquedad que me arroja de la cama, que me obliga a levantarme dolorido del suelo y, en el lóbrego pasillo que conduce a mi despacho, contemplar la irrupción atroz, en imágenes holográficas, de una reproducción del sueño; la página 136 de la Historia Universal de la Infamia, tercera edición (1978) en El Libro de Bolsillo de Alianza Emecé, donde una errata bárbara, inmisericorde, transforma el topónimo, muta el diáfano ‘Lérida’ en el viscoso ‘Lleida’.

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20 de septiembre de 2022
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Efectivamente ajena a la evolución natural

 

Con conciencia de reiteración, a la manera usual de los docentes en cada nueva clase, sintetizo el asunto que ha alimentado últimamente esta reflexión:

He abordado la pregunta de hasta  qué punto está fundado en razón el cuestionamiento del  papel jerárquico del ser humano respecto de entidades maquinales, lo cual supondría atribuir a estas  el entero espectro de juicios cognoscitivos, éticos y estéticos  a través de los cuales se expresa la potencialidad de la razón. No estoy obviamente en condiciones de dar una respuesta asentada a esta pregunta,  entre otras razones porque no está científicamente y filosóficamente delimitado qué cabe esperar y qué no cabe esperar  de  entidades como AlphaFold2 o el previsible  ordenador cuántico. Voy simplemente a enfatizar la diferencia que supone la palabra misma artificial, y extraer algún corolario de la misma a la hora de efectuar comparaciones de estatuto con la inteligencia humana.

El hombre no es desde luego un artificio, un  resultado de una modalidad pretérita de  arte-técnica   que a su vez constituye una expresión  de  la inteligencia. Excepto en el contexto de formas  más o menos sofisticadas de creacionismo (tal la que fue llamada “diseño inteligente”), no es cuestionable que el hombre es un ser natural, un resultado de la historia evolutiva.  Un resultado ciertamente singular, pues el hombre responde a motivaciones que parecen trascender su pertenencia genérica a la animalidad.  La aparición de un ser que se pregunta por la relación entre su animalidad y su pensamiento (forjador de fórmulas, metáforas y pirámides) supone una emergencia sin precedentes algo radicalmente singular, pero al fin y al cabo se trata de un fruto de la vida, es decir: en la vida misma se daban las condiciones que posibilitaban esa ruptura de continuidad que supuso la conversión de un código de señales en lenguaje, y con ello la aparición de un ser de razón en el sentido integral de la palabra. Este hecho de  ser una inteligencia resultado de la evolución  marca una diferencia esencial respecto a cualquier ente maquinal considerado inteligente.

 La aparición de la inteligencia humana necesitó cientos de millones de años de historia evolutiva, magnitud inconmensurable respecto a la que separa el Hombre de Herto de la hipótesis de Turing sobre la inteligencia artificial, AlphaFold2 o el previsible (¿en 30 años?) ordenador cuántico. En sólo cosa de cientos de años, la inteligencia artificial habrá quizás alcanzado su desarrollo pleno. Ello exige prudencia antes de transponer  al progreso científico y técnico la idea de  evolución natural.

Hay motivos para pensar que ese ser inteligente que es el hombre, en lo esencial ha dejado de evolucionar. Obviamente en el seno de la razón se da progreso (así la ciencia  progresa rechazando conjeturas pretéritamente avanzadas y sustituyéndolas en ocasiones por conjeturas opuestas), pero en su esencia  la facultad humana de razón y lenguaje  ni avanza ni retrocede. Esta ausencia de evolución es aún más perceptible tratándose del arte, no sólo por lo diminuto (en relación a los tiempos que exige la evolución) del intervalo entre  las pinturas de Lascaux  y Joan Miró, sino porque el arte retorna cíclicamente a formas arcaicas, no para repetirlas, sino para tomar de nuevo en ellas alimento. Ya he tenido ocasión aquí de señalar que  el arte sólo avanza a la manera de la espiral de Arquímedes,  de forma que la recta que  el hombre va trazando con sus logros gira a idéntica velocidad que el pincel mismo.

Como una de las expresiones de avance en el seno de la razón (reitero que no cambio evolutivo  en  la facultad de razonar como tal) surgen  las entidades “inteligentes” maquinales, luego de  entrada con soporte en algo contrapuesto a la base misma de  la vida (aunque hoy se hagan esfuerzos que dejan estupefacto para dotarlas de rasgos comunes con esta).

Los algoritmos de nuestro tiempo, que algunos consideran creadores, y  los artefactos a los que confieren una suerte de espíritu,  no son pues un eslabón en la historia evolutiva sino un momento de la historia humana. No los ha producido directamente la naturaleza, aunque obviamente  son compatibles con el orden natural (y en ocasiones preciosa ayuda para que este orden sea inteligible), sino esa suerte de  interno  polo dialéctico de sí misma que encierra cierta forma de naturaleza viva  y que indiscutiblemente merece el nombre de inteligencia.

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13 de septiembre de 2022
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El cuentista O. Henry, creador de la República Bananera

El 8 de septiembre, el experto en Big Data mexicano Alberto Escorcia remeció a la opinión pública de Suecia al declarar que ese país, considerado por muchos como un modelo de pulcritud democrática, es en realidad una “república bananera”. Lo decía por la manipulación burda de datos en la red social Twitter de cara a las elecciones suecas del 11 de septiembre. No importa que en Suecia haya mucho frío, no se cultiven bananas y sea un Reino. Todos entienden de qué se habla cuando se habla de “república bananera”.
Es fascinante el origen de esta expresión: la creó el gran maestro del cuento norteamericano Sydney Porter, conocido por su seudónimo O. Henry. Ninguna antología del cuento norteamericano está completa sin alguno de los suyos, y el principal premio de cuentos de EE.UU. se llama “O. Henry Prize”.
Antes de publicar su centenar largo de cuentos, O. Henry tuvo que huir, acusado de robar fondos en el banco de Texas donde trabajaba. En 1896 se instaló en Honduras, que no tenía tratado de extradición con su país. Allí fue testigo del nacimiento de las empresas bananeras que tres años más tarde se fusionaron en la United Fruit Company: los empresarios corrompían, chantajeaban y daban órdenes a los débiles gobiernos centroamericanos de la época.
O. Henry volvió a Estados Unidos y estuvo preso cinco años. Allí empezó a escribir su única novela, De repollos y reyes, en la que satiriza sobre el presidente de un país imaginario llamado Anchuria (un chiste sobre Honduras), que intenta enfrentarse a las demandas de la empresa frutera Vesubio. Al final, el gerente de la Vesubio financia el golpe de estado de un general pomposo. Dos veces en esa novela usa el término “república bananera”, que él inventó.
Faltaban dos décadas para que la United Fruit Company ordenara al ejército de Colombia asesinar a los trabajadores bananeros en huelga en el Caribe, una masacre que se convirtió en un episodio clave de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, quien nació en una plantación de la compañía. Y cinco décadas para que la empresa orquestara el golpe de estado de 1956 en Guatemala, contra un gobierno que pretendía comprar sus tierras por el precio que ella misma había fijado en sus mentirosas declaraciones de impuestos.
La multinacional todopoderosa hoy ya no es la productora de bananas. Pero el concepto político al que dio su nombre está más vivo que nunca. En Suecia, en Brasil, en Argentina, en Estados Unidos, la expresión “república bananera” se usa hoy para describir una relación tóxica entre el gran capital multinacional y el poder político.
El control que ejercen las grandes corporaciones financieras, tecnológicas y militares (las “bananeras” de hoy) sobre los gobiernos, tanto de derecha como de izquierda, que denuncian muchos economistas y politólogos de hoy, ya lo vio con su sagacidad de cuentista el gran O. Henry.

Este texto, ligado a mi investigación sobre los escritores “bananeros” en mi libro Crónicas bananeras, es una colaboración para el perfil de O. Henry publicado por Daniel Gigena en el suplemento Ideas de La Nación, Argentina, que fue publicado el 11 de septiembre de 2022.

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13 de septiembre de 2022
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Trilce: una puerta en las entrañas del espejo

Los libros que cambian para siempre la literatura no tienen siempre la suerte de ser reconocidos por su trascendencia a la hora de publicarse, ni salen a la calle en grandes tiradas. Azul de Rubén Darío, publicado en Chile en 1888, se imprimió en una modesta edición, financiada por amigos del poeta; y despreciado por la prensa local, no estalló como una novedad sino cuando don Juan Valera, sumo sacerdote de la crítica entonces, le dedicó desde Madrid dos de sus Cartas americanas.

En 1922, hace ahora un siglo, se publicó en Lima Trilce, de César Vallejo, que cambiaría de manera radical la lengua, y que corrió entonces una suerte peor que la de Azul. Para empezar con los infortunios, Vallejo había recién salido de la cárcel de Trujillo, donde escribió parte de los poemas del libro, preso por represalia política bajo la acusación de incendio y saqueo en su pueblo natal de Santiago del Chuco.

Trilce fue impreso en los talleres tipográfico de la Penitenciaría Central de Lima, sufragado por el propio autor, que retiraba por parte los ejemplares en la medida en que los iba pagando, para venderlos a tres soles cada uno, sin asomo de éxito de público, ni tampoco de crítica. Los viejos, recuerda su contemporáneo Luis Alberto Sánchez, lo calificaban de disparate, y los jóvenes de mera pose.

Ya impresos los primeros pliegos resolvió cambiar el nombre que había elegido, Cráneos de bronce, por el otro tan luminoso de Trilce, y resolvió también firmar con su propio nombre y no con el seudónimo de César Perú, dos decisiones muy afortunadas. Trilce, una invención absoluta, es el mejor nombre que pudo hallar para este libro tan imprescindible como imperecedero.

Antenor Orrego, decía en el prólogo: “César Vallejo está destripando los muñecos de la retórica. Los ha destripado ya…ha hecho pedazos todos los alambritos convencionales mecánicos...”. Era cierto. Y Vallejo le escribió en una carta: “El libro ha nacido en el mayor vacío…asumo toda la responsabilidad de su estética…siento gravitar sobre mí una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás”.

Trilce era el puente de libertad que Vallejo tendía entre el modernismo, del que era un ejemplo postrero su libro anterior de 1919, Los heraldos negros, y la vanguardia, que aún no existía como movimiento.

Un adelantado que descoyuntaba las palabras, trastocaba la sintaxis, creaba neologismos, convertía los verbos en sustantivos, despellejaba el lenguaje hasta dejarlo en carne viva, porque su propósito no era espantar a los incautos con novedades provocadoras, un simple juego pirotécnico donde lo que importara fuera el artificio, sino calcar sus amargas experiencias de vida, la soledad y el sufrimiento. Un espejo oscuro en el que cada uno llegara a encontrar su propia claridad, y con el que revelaba la pesadumbre de la intimidad: la muerte reciente de su madre; una pena amorosa que pareciera de letra de bolero, porque su amada se alejaba de él, enferma de tuberculosis; la injusticia de la cárcel que no hacía sino revelar la injusticia social de un país estructuralmente injusto.

El atrevimiento desmedido, que después se vuelve herencia cuando entra en el caudal incesante de la lengua, llama siempre al asombro, al descrédito, a la burla: La simple calabrina tesórea/que brinda sin querer, /en el insular corazón,/ salobre alcatraz, a cada hialóidea grupada./Gallos cancionan escarbando en vano

Y las palabras buscan los entreveros de la infancia en el hogar desierto ya para siempre, metido en los escondrijos del pasado. Aguedita, Nativa, Miguel, los hermanos que se vuelve sombras en la memoria. Y acaban de pasar gangueando sus memorias / dobladoras penas, / hacia el silencioso corral, y por donde / las gallinas que se están acostando todavía, se han espantado tanto. / Mejor estamos aquí no más. / Madre dijo que no demoraría”. Dijo que no demoraría, y no volverá.

Ese año de 1922 se publican otros dos libros capitales de la literatura universal: Ulises, de James Joyce, y La tierra baldía, de T.S. Elliot. También, como Trilce, son propuestas de ruptura incomprendidas, que se adelantan a su tiempo, y se publican en ediciones escasas, entre múltiples dificultades.

Joyce comentaba sobre La tierra baldía lo mismo que se podría decir de su propio Ulises, y así mismo de Trilce: “los dos nos hemos rebelado contra los clichés, por eso no nos perdonan quienes no saben hacer otra cosa que repetir lo ya manido hasta la náusea…

seguro que van a decir, como sé que lo dicen de mí, que carece de lógica. Pero no se trata de hacer proposiciones lógicas…lo que el escritor tiene que hacer hoy es trasladar emociones, y estas tienen un componente irracional…”.

Y el propio Vallejo agrega sal a la misma herida: “la gramática, como norma colectiva en poesía, carece de razón de ser. Cada poeta forja su gramática personal e intransferible, su sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su semántica. Le basta no salir de los fueros básicos del idioma…”

Cerrad aquella puerta que/ está entreabierta en las entrañas de ese espejo, dice Vallejo en Trilce. Y con eso lo dice todo.

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12 de septiembre de 2022
Islas Vírgenes Británicas
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Paraísos fiscales: el lapsus que revela qué pensamos de verdad sobre los impuestos

Hace unas semanas me tocó participar en una charla en la Universidad Diego Portales de Santiago sobre el Premio Periodismo de Excelencia de Chile, del que soy director. Fue un panel de lujo, con el influyente presentador de televisión y columnista Daniel Matamala, la valiente periodista de investigación y académica de esa universidad Alejandra Matus, la creativa periodista digital Belén Pellegrini y el acucioso periodista de datos Alberto Arellano.
Uno de los temas fue el de la sorprendente investigación de Arellano y Francisca Skoknic sobre los negocios del presidente Sebastián Piñera en paraísos fiscales, sobre todo las Islas Vírgenes Británicas. Skoknic y Arellano han participado en el desvelamiento de negociados del poder económico y político mundial hecho por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, primero con los llamados Panama Papers, y después con los Pandora Papers.
Preguntas iban y venían sobre el negociado del entonces presidente Piñera, que vendió a su amigo y vecino Carlos Alberto Délano los terrenos para construir una minera en un sitio de alta fragilidad ecológica. El negocio se formalizó en las Islas Vírgenes Británicas, lo que le permitió al dos veces presidente no pagar los impuestos que un negocio de esa envergadura hubiera tenido que devengar en el país que él gobernaba con el dinero de los contribuyentes... especialmente de los grandes contribuyentes, como él mismo.
Estaba defraudando a las arcas públicas con las que él mismo contaba para cumplir sus ambiciosos planes de gobierno.
El trabajo de Arellano, de la agencia de investigación CIPER, y Francisca Skoknic, de la plataforma digital LaBot, pudo demostrar algo más grave aún: una cláusula para el pago de la última cuota dependía de que el estado no declarara protección ambiental en la zona.
Y quien debía decidir sobre dicha declaratoria era el gobierno del mismo Piñera. Un escándalo en toda regla.
Mientras escuchaba la explicación de ese valioso trabajo periodístico, que muestra el gran nivel del periodismo de datos y documentos, y reflexionaba sobre por qué los textos con menos números y más vuelo literario no volaron tan alto en las últimas ediciones del premio, me acordé de lo primero que me vino a la cabeza cuando empezaron estas noticias en los medios en castellano sobre los “paraísos fiscales”.
Y aporté, pensando en voz alta, algo que quiero explicar aquí de manera más elaborada. Tiene que ver con una confusión lingüística, con el por qué pensar en palabras, en metáforas, en sueños y miedos expresados en comparaciones, puede también aportar al periodismo de hoy.
Quiero decir: por qué pienso que necesitamos también de las palabras y su sentido, no solo los números y datos, para entender algo profundo de lo que pasa en el mundo.
Resulta que el concepto de “paraíso fiscal”, que las agencias de noticias comenzaron a usar alrededor de las primeras investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, es un error de traducción.
En el periodismo anglosajón se usa desde hace años el concepto de “tax haven”, usando la expresión inglesa haven, que quiere decir refugio, guarida.
Los tesoros se esconden en un lugar seguro, secreto, oscuro. Piensen en la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones. Eso es un haven.
Se escribe parecido a heaven, paraíso. No suenan igual en inglés, porque la primera se pronuncia algo así como “jéiven”, y la segunda, “jéven”. Quién sabe qué joven traductor de una agencia de noticias, trabajando a destajo, rápido y por dos pesos, habrá lanzado por primera vez la mala traducción, pero lo cierto es que quedó, prendió, explotó como metáfora, y ya no se fue más.
Paraíso fiscal es lo que tenemos.
¿Y por qué prendió como fuego en una pradera seca? Yo estoy convencido de que su rápida adopción tiene que ver con lo implantada que está en la mente de tantos españoles y latinoamericanos la idea de que los impuestos son un infierno de pagos sin sentido, que abultan los bolsillos de políticos corruptos, que llevan a la vagancia y la abulia a generaciones de pobres que viven de lo que pagan los laboriosos contribuyentes, un robo que no sirve para nada y que es dinero perdido.
Llevamos décadas de propaganda neoliberal y antiestatista, que se centra en la parte de los impuestos que se emplean en beneficiar a los pobres, y calla lo que se emplea a comprar armas, asesorías, favores, prebendas a los ricos amigos del poder. Los que más se benefician de las arcas públicas son los principales propagandistas de pagar menos impuestos.
En ese “sentido común” privatista, pagar impuestos es un infierno. Escapar de tener que pagarlos, un paraíso. ¡Quién pudiera disfrutar de lo que honestamente gana! ¿No leyeron esto en miles de columnas de opinión en diarios del poder, en redes sociales, en blogs, en discursos de candidatos populistas de derecha?
A esto contribuye la idea – que no tiene ninguna relación con el hecho de que abogados angurrientos arman negocios para sus clientes en zonas donde no se pagan impuestos – que los lugares físicos donde operan estos “paraísos fiscales” en las Américas son países y colonias tropicales con playas paradisíacas: Islas Vírgenes, Belice, Panamá.
Fíjense que esto no sucede en Europa: los “tax havens” de Luxemburgo, Irlanda, Holanda, incluso Mónaco, tienen lujo, bellos paisajes, pero no el “paraíso” que se suele relacionar con el trópico, la arena blanca, las aguas azules y los cocoteros.
No, la razón por la que nos quedamos con el error de los paraísos fiscales en vez del escondite o refugio es porque, a diferencia de los adustos, austeros ricos protestantes que esconden sus lujos, como explicaba Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, nuestros ricos y aspirantes al club son derrochones, totalmente desprovistos de un mínimo sentido ético que les haga al menos invertir en fundaciones y caridad y evitar exhibir su impúdica riqueza.
En un haven, un refugio, uno esconde su dinero, y se esconde de la mirada inquisidora de un pueblo trabajador que mira mal el engaño.
En un heaven, un paraíso fiscal, uno toma sol en traje de baño, con un daikiri en la mano, mientras disfruta del producto de negocios turbios sin siquiera tener que pagar la odiosa tajada para que el estado provea de salud, educación, caminos y policía a los trabajadores que no pueden escaparse a ningún paraíso.
En cada uno de nuestros países, el paraíso fiscal de unos es el infierno de falta de redes de apoyo social para la mayoría.
Dicho esto… ¡otro daikiri, por favor!

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10 de septiembre de 2022
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Ola de frío en los pies

Estrenamos septiembre a treinta grados, con el ánimo arrugado y un principio de gastritis. Los malos augurios actúan de forma parecida a los reflujos ácidos que atropellan la calma. Afectan también al tamaño de la esperanza, que hoy nos cabe en el bolsillo. Nuestra mirada es tan borrosa como esa postal veraniega del gasoducto ruso Nord Stream 1 que nos ha helado el asombro. Hemos visto su llamarada agitándose sobre una neblina blanca, trágica y hermosa. Miles de millones en combustible desperdiciado en un acto de chulería ante la petite Europa que anticipa un invierno con frío en los pies.

Agosto nos ha protegido porque todavía es una religión en sí mismo. ¿Quién se atreve a vulnerar ese tiempo desmadejado en el que flota un aire de somnolencia? Pero el miedo no tiene perímetro y ha entrado en campaña para regocijo del putinismo. Los reiterados mensajes de nuestros gobernantes anuncian un otoño cargado por el diablo, y el término vulnerabilidad es ya candidato a palabra del año. No importa que los economistas prevean un crecimiento anual del PIB español en torno al 4%, ni que los beneficios de los bancos se multipliquen en el primer semestre de este 2022. El panorama es desolador, aunque sostenía Ortega que hay tantas realidades como puntos de vista. “Es el punto de vista el que crea el panorama”.

Los vaticinios de los nuevos profetas poco se parecen a los que José interpretaba sabiamente para el faraón. Escasea el agua y el campo se ahoga: los agricultores apenas cubren gastos, cierran explotaciones y se sacrifican reses. La vida parece más provisional que nunca, a punto de desenchufarse de su máquina de respiración asistida para dejarnos con el cable pelado en las manos. Llegamos tarde, asume Ursula von der Leyen, pero debemos emanciparnos de las servidumbres del sucio combustible ruso. Sánchez ha conseguido aprobar su plan de ahorro energético, que incluye escaparates sombríos y guayaberas. Y los necios se envalentonan, porque nadie manda en su aire acondicionado, mientras los obedientes agotan las existencias de termostatos.

En mi paseo vespertino las farolas se encienden anticipadamente en un atardecer aún claro. ¡Cuánta luz, cuánta riqueza! Invita a comerse un mantecado ante las fuentes iluminadas en la tarde azul. Borges buscó una palabra que definiera la ineficaz función de las farolas tempranas; hoy, instruidos en los rigores de la crisis energética, podría ser despilfarro. Aunque más lo son las pompas que adornan lo oficial y desvisten lo público.

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8 de septiembre de 2022
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Los orígenes

Aún hoy no ha cesado ni el desbarajuste ideológico ni la bronca literaria de las dos Españas nacidas con las Cortes de Cádiz

Es posible que no haya país donde el periodismo haya dado tantas figuras literarias de primer orden. O, dicho al revés, no sé yo si habrá otra sociedad en la que los literatos hayan jugado un papel político tan relevante en la prensa. Quizás en el nacimiento de esta peculiaridad se encuentre la pugna entre liberales y serviles que a principios del siglo XIX sacudió a España entera desde Cádiz.

A raíz de la apertura de las Cortes en la ciudad gaditana, asediados por los invasores franceses, pero al mismo tiempo teniendo a ese país como modelo de ilustración y liberalismo, se produjo una confusión tan grande que todavía persiste. Por un lado, estaban los serviles, es decir, los que odiaban el liberalismo de las nuevas Cortes y defendían la Inquisición y los restantes medios de opresión. Enfrente tenían a los liberales y los ilustrados defensores de la Constitución del 12 (La Pepa) y con la mala conciencia de ser afrancesados, es decir, devotos del enemigo. Un verdadero lío plagado de ambigüedades, miserias ideológicas y desesperación. No muy alejado de la actualidad.

De todos es conocido el tremendo final, el regreso de Fernando VII, apodado El Deseado por un pueblo que ama las cadenas, y la persecución, cárcel y muerte de los ilustrados, los liberales y los afrancesados. Final tristísimo que retrasó la modernización del país por lo menos un siglo. Sus herederos aún perduran, aunque hayan cambiado de nombre, de signo e incluso de ideología. Pero lo curioso es que fue en aquel momento cuando se puso en marcha la muy original vida literaria del periodismo español.

En una antología recogida por Alberto González Troyano (Andalucía: cinco miradas críticas y una divagación, Fundación Lara) se reúnen notables artículos sobre la trágica Andalucía. Clarín, Azorín, Noel, Ortega y Gasset, Cernuda y Gil Albert que muestran la continuidad del conflicto a lo largo de dos siglos. Y aún hoy no ha cesado ni el desbarajuste ideológico ni la bronca literaria de las dos Españas.

Para quien tenga curiosidad, se han editado ya las dos primeras publicaciones que se dieron de picotazos e inauguraron el sarcasmo, el insulto y la calumnia en los años de la Pepa. Son el célebre Diccionario crítico-burlesco de Bartolomé José Gallardo (Ediciones Trea), y su archienemigo el clerical, inquisitorial, y verdugo, el Diccionario razonado de un trepador llamado Justo Pastor Pérez (Renacimiento). Los eruditos que han rescatado ambos textos, Romero Ferrer y Muñoz Sempere el primero y Marieta Cantos el segundo, han cubierto un agujero del periodismo español severamente olvidado. Es curioso constatar que la bronca, la procacidad, el humor sarcástico, el sectarismo, la mentira, todos los vicios del periodismo actual ya estaban inventados hace más de doscientos años, en 1811. Debo añadir que hay una distancia abismal entre la calidad literaria de Gallardo y la gusanera moralista de Pastor Pérez, por decirlo a su manera. Habría que ver dónde y bajo qué siglas caen hoy unos y otros. No es obvio.

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6 de septiembre de 2022
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Extraños movimientos y ensayos cartográficos de Vicente Huici

Vicente Huici se ejercita en el haiku desde la adolescencia, época en la que nos conocimos. Ambos vivíamos en Pamplona y recuerdo que la ciudad se portaba con los adolescentes bastante bien, pues la Sala de Cultura contrataba a las mejores plumas nacionales y extranjeras, así como a numerosos artistas de vanguardia. Fue algo así como la edad de oro del desarrollismo navarro, y la ciudad era un estallido de alegría industrial y de entusiasmo generalizado. El espíritu positivo parecía ser la única respiración de la ciudad; nosotros sin embargo éramos existencialistas, pesimistas, esnobs hasta el infinito, y para el que nos viera desde fuera, pintorescos y divertidos. Queríamos parecernos a la generación Beat. Vicente fue el primero en leer en Pamplona el libro del Tao, que me recomendó vivamente, y el primero en adentrarse en los misterios de la poesía japonesa.

De aquella época llegan algunos de sus haikus, que incluyo en esta pequeña antología nutrida por dos libros: Teoría del extraño movimiento, publicado en 1985, y Breve ensayo de cartografía, que salió en el 2015. Leyendo los haikus de Vicente estalló en mi cabeza la evidencia: el haiku además de ser un pieza de música mínima y semánticamente muy cargada, es también un microrrelato y hasta una micronovela, pues a menudo observamos en los haikus (y no sólo en los de Huici) lo que Delibes cree que es una novela: la conjunción en el texto de un ser humano, una pasión y un paisaje. En algunos haikus de Vicente, quizá en los más hermosos, vemos una figura humana o dos, una pasión, una atmósfera, un escenario y una dimensión del tiempo y del espacio que permite que vuele bien alto la imaginación.

1.Teoría del extraño movimiento

 

entre las ruinas

la túnica de Ulises

y sus sandalias

*

bajo la aurora

con las olas y los locos

por compañía

*

redondo palacio blanco

que se acepta

en la memoria

*

ciudad lejana

suspiro contenido

del pensamiento

*

y tu mirada

acechando el espejo

de otra sombra

*

desde los dedos

el viento delicado

de la tristeza

*

¡y altos álamos

acunado el silencio

de su destierro!

*

el agua azul,

el rostro del jinete

y la Frontera

*

desde el rumor de la fiesta

le miraba

el viejo océano

 

2.Breve ensayo de cartografía

 

Hacia otra tierra,

pupilas encendidas

y bruma y sal.

*

En el mapa

la línea de la frontera.

¿Dónde tus besos?

*

Lento tren, noche

y luna, viento sur,

pesar sin cura.

*

Hasta el torreón

olores de batallas

jamás contadas.

*

Y de aquel rostro

caliente junto al mar,

sólo su nombre.

*

Ni ángel ni piedra,

la pálida sonrisa

y el abismo.

*

Fresca alborada,

bajo la luz invernal

una hoja en blanco.

*

Memoria de una

mano blanca, el silencio

y la penumbra.

*

(Patria)

Luz, mar azul,

cóncava nave negra

y sin bandera.

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31 de agosto de 2022
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Cuádruple A

Leía ayer el artículo de Javier Blánquez sobre los moteles, sobre los moteles como epítome de la sordidez, publicado en el suplemento La Lectura de Verano del diario El Mundo. Y ahí, en ese documentado trabajo, apareció, cómo no, el periodista Gay Talese y su manual El hotel del voyeur, creado a partir de informaciones suministradas por un tal Gerald Foos, propietario de un siniestro edificio en el que, desde estratégicos escondrijos, espiaba a los huéspedes. Pues bien, ese edificio se hallaba en la pequeña localidad de Aurora, cerca de Denver, en Colorado, y ahí, en ese topónimo, Aurora, se inicia, para mí, el capítulo de las coincidencias que, quizá, no lo sean tanto.

En 2007 escribo “El poema del perro Glu Gulaguer”, que utilizaré como colofón del libro Fámulo (Barcelona, Tusquets, 2009) y que concluye con un lapidario ‘Anarene, enero 2008’, siendo Anarene la localización del filme La última película (The Last Picture Show, Peter Bogdanovich, 1971) en el que uno de los actores es Clu Gulager, nombre que, en el poema de mi autoría, transformado en Glu Gulaguer, se aplica al perro protagonista. Anarene es pues el segundo topónimo de la lista que, como los demás, tiene la A como letra inicial.

En marzo de 2009 inicio, en el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia, una serie de diez “Necrologías”, un ‘nuevo género literario’ que quiere ahondar en el rico acervo estilístico de las notas necrológicas dedicadas a notables, a individuos que han contribuido -o al menos no han supuesto un freno- al progreso de la humanidad. Textos de condición doliente, no aconsejan una extensión excesiva compensando la falta de caracteres con una fotografía, bien del fallecido, en vida, bien de los enseres o paisajes que le fueron gratos. La primera de estas Necrologías es la del novelista Bruce “Snake” Tenser fallecido a los 83 años en el St. John’s Health Center de Santa Mónica, California, víctima de una inflamación intestinal conocida como colitis isquémica, y que en 1944 crea al detective Farmer McDevlin que, ayudado por el conserje corrupto de un viejo hotel, resuelve de modo impecable los frecuentes crímenes de la ficticia ciudad de Atenetia. Tercer ejemplo.

El 7 de agosto de 2015 publico, en mi blog personal, el caso “Restaurante Sánchez”, que luego se incluirá en Casos completos de Ferrer Lerín (en edición del profesor Antonio Viñuales para el sello valenciano Contrabando, 2021). Pues bien, dicho figón, que dará pie al Museo de Zoología Sánchez gracias a los huesos de roedores que los comensales encuentran en sus guisos, se halla en la ciudad de Albricia, y aquí, con esta cuarta casualidad nominal, cierro la serie, por ahora.

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30 de agosto de 2022