Escrito por

Marta Rebón

Vernon Richards Estate / University College London Library
Blogs de autor

Orwell y 2024

 

En el último tramo de su vida George Orwell se refugió en una casa remota en una isla escocesa para escribir 1984, aun con la certeza de que todo libro es un fracaso. A lo sumo, uno puede aspirar a saber qué tipo de obra quiere escribir; el resto es imprevisible. Su traductor al ruso, Víktor Golishev, dice que mientras traducía esa novela “sentía que la enfermedad devoraba a Orwell” y que, por eso, “es una obra sobre la desintegración de la existencia”. El novelista y ensayista británico venía de publicar Rebe­lión en la granja, después de que varias editoriales la hubieran rechazado por encontrarla demasiado crítica con los soviéticos. Al fin y al cabo, eran aliados, y nadie quería importunar a Stalin ni a la opinión pública de izquierdas, que miraba para otro lado, a diferencia de Orwell. Este aseguraba que la debilidad de la izquierda fue “querer ser antifascista sin ser antitotalitaria”. Recién enviudado y consciente del deterioro de su salud, se resistía a morir mientras le quedaran libros por escribir. Su lúgubre distopía, la más popular del género, fue a la vez una brújula para tiempos oscuros y su último gesto de fraternidad. No es que 1984 describa la sociedad futura, pero sí algo parecido. Un dato: dos años después de que nos sacudiera la pandemia, la democracia en el mundo tiende a la baja. Sobre por qué hay que leer hoy a Orwell hablamos en el CCCB este pasado lunes con el escritor Andréi Kureichik, que nos trajo a Barcelona testimonios de represaliados en Voces de la nueva Belarús, de la que se ofreció una muestra en una lectura dramatizada. Estuvimos de acuerdo en que la libertad es más frágil de lo que parece, que no puede darse por descontada ni siquiera en una democracia y que la destrucción de la veracidad mediante la propaganda es la antesala de la dominación. Precisamente hace unas semanas el régimen de Lukashenko decidió prohibir la venta de 1984 . Al mismo tiempo, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, Maria Zajárova, declaró en rueda de prensa que la obra de Orwell era en realidad una crítica a Occidente: “Sois vosotros quienes vivís en un mundo de fantasía”.

Si algo ha puesto en claro la larga dictadura de Lukashenko o la guerra contra Ucrania es la importancia de la prensa libre e independiente, y que hay varias formas de neutralizarla. 1) Como Trump: desacreditar a toda la que no aplauda en bloque, sembrar la duda en todo, negar los hechos. (Por algo se dispararon las ventas de 1984 en Estados Unidos en el 2019). 2) Como Putin: además de lo anterior, un círculo próximo se adueña de todos los canales privados, mientras que él controla los públicos y persigue a los independientes. 3) Como Orbán, un “depredador de la libertad de expresión” para Reporteros sin Fronteras, un híbrido de los dos anteriores. En la pasada convención de partidos conservadores celebrada en mayo bajo el lema “Dios, patria, familia”, el presidente húngaro desgranó el éxito de su partido en doce puntos. Entre ellos figuraba el de tener medios de comunicación propios.

Esta semana descubrí que la primera traducción de Rebelión en la granja, pocos meses después de su aparición, la publicó en Alemania un grupo de refugiados ucranianos. El joven traductor, Ihor Shevchenko, le pidió antes permiso por carta a Orwell: “Muchos de los refugiados son gente humilde que se opone a Stalin y a la explotación nacionalista rusa del pueblo ucraniano”. Emocionado por saberse leído entre esos expatriados, cedió los derechos y les escribió, además, el único prólogo firmado por él, un texto cargado de sencillez y empatía. “Siempre nos había desconcertado –le dijo Shevchenko– la ingenuidad de Occidente respecto a la Unión Soviética. Nos preguntábamos si alguien sabía la verdad. Su libro fue la respuesta”.

En Las rosas de Orwell Rebecca Solnit subraya el interés del británico por las plantas. La fuerza intelectual la obtenía de lo concreto y lo tangible, de hundir las manos en la tierra y plantar semillas para que algo vivo nos trascienda. “Nuestra tarea es hacer que la vida en este planeta, que es lo único que tenemos, valga la pena ser vivida”, decía Orwell como dando una formulación del socialismo en el que creía. En Budapest, Orbán ha marcado el 2024 en el calendario con un círculo rojo: elecciones al Parlamento Europeo y a la Casa Blanca.

Leer más
profile avatar
17 de junio de 2022
Blogs de autor

Europa, Europa

 

Aunque pasen los años, hay profesores que no se olvidan. Tal vez fuera por su personalidad, porque nos descubrió algo en concreto o porque nos escuchaba con sincero interés cuando tomábamos la palabra; a veces por un detalle, como una frase que era como una marca propia. Francisco Fernández Buey, profesor de Ética y Filosofía Política en la Universitat Pompeu Fabra, iniciaba sus explicaciones con la pregunta: “¿De qué hablamos cuando hablamos de…?”, antes de abordar conceptos como libertad, justicia o verdad en Arendt, Benjamin, Gramsci o Weil. Aquel íncipit alentaba a no dar nada por sentado en esos términos tan gastados por el uso, a dudar por norma de si hablábamos con propiedad o, al dialogar, evitar un fracaso frecuente: creer que nos referimos a lo mismo por el mero hecho de usar las mismas palabras. La situación de Ucrania me ha devuelto a ese arranque de las conferencias de Fernández Buey.

Por ejemplo, al leer títulos recientes sobre los derroteros de la Unión Soviética antes de su disolución, como en el de Vladislav Zubok (Collapse: The fall of the Soviet Union), donde encontré una réplica de Alexánder Yákovlev a George Bush: reunidos en la Casa Blanca para debatir sobre una Ucrania independiente tras el referéndum de 1991, el primero, uno de los impulsores de la glasnost , le dijo al presidente estadounidense que en Rusia había, “por desgracia, mil interpretaciones distintas para la palabra independencia ”.

Tanto el libro de Zubok como el de Mary E. Sarotte (Not one inch) o Kristina Spohr (Post Wall, Post Square) se abstienen de reducir la causa de la Europa post-Crimea a la supuesta promesa incumplida de no ampliar la OTAN hacia el Este, cuando no está recogida en ningún acuerdo y se hizo en circunstancias que al cabo de poco cambiaron radicalmente. ¿Fue temeraria la ampliación de la OTAN? Depende de a quién se le pregunte.

En un diálogo con Alexéi Navalni publicado en formato libro, Opposing forces, Adam Michnik recuerda que Mijaíl Gorbachov le dijo al presidente polaco que la pertenencia de su país a la OTAN era un error. Acto seguido, Alexander Kwasniewski le preguntó cuál era su opinión de Yeltsin. Gorbachov se refirió a su sucesor como un “tonto y borracho”. Cómo no entrar en la OTAN, le espetó Kwasniewski, si todo un arsenal nuclear estaba en manos de un presidente así. Si Rusia fuera una auténtica democracia, añadió Michnik, no se sentiría amenazada. Con Yeltsin, además, apunta Spohr, “la democracia nació muerta”, pues “la corrupción se desbordó y el Estado de derecho nunca arraigó”.

Aquello fue una tormenta perfecta con capitanes al mando improvisando decisiones a oscuras. Las cuestiones sobre Rusia, tan renuente a ceder un ápice de su soberanía y celosa con su identidad y estatus, no se habrían resuel­to “ni con la diplomacia más delicada”. ¿Contentar a Rusia o devolver la dignidad a sus rehenes, esa zona gris llamada Europa del Este? Para algunos, el dilema per­siste.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Europa? De nuevo esa pregunta con tantas respuestas como interlocutores. Ojalá fuera tan fácil como trazar un signo igual en matemáticas. Respuestas, además, fugaces, pues no tardan en dejar de ser válidas. Europa como rompecabezas maldito, como proyección bienintencionada, abismo y paraíso en un mismo espacio, solución y problema, modelo y contra­ejemplo. “Europa era el refugio de nuestro infierno doméstico”, le contó Michnik al hoy encarcelado Navalni, la alternativa a la censura, la represión y el fraude que viven hoy Bielorrusia o Kazajistán, los “buenos vecinos” de Rusia. ¿De qué hablamos cuando hablamos de Europa del Este? Todavía de una terra incognita, tres décadas después de descorrer el telón de acero. En lugar de escucharla y (re)conocerla entonces, lo que sedujo de ella a Occidente, como apunta Iván de la Nuez en su reciente La larga marca, fue su experiencia convertida, de manera superficial y exótica, en estética nostálgica.

El zarpazo de Moscú ha provocado, entre otras cosas, que de la “otra Europa” nos lleguen hoy voces claras y seguras como alternativa a la retórica de la grandeur de los viejos imperios que solo se reconocen entre sí. A la determinación de Kaja Kallas o Kiril Petkov se han unido Sanna Marin y Magdalena Andersson. “Nos conocemos a nosotros mismos en la medida en que nos ponen a prueba”, dicen unos versos de Wisława Szymborska. Allá donde vayas (escribo esto desde Cracovia) consulta a sus poetas, me dijo otro profesor.

Leer más
profile avatar
31 de mayo de 2022
Ferran Mateo
Blogs de autor

Amor y tanques

Se puede hacer una declaración de amor subido a un tanque? La cosa va más o menos así: albergas un vivo afecto respecto a una nación –o eso crees– y tú, su espontáneo liberador, la quieres proteger de lo que percibes como malas influencias. La llevas a una cultura (la tuya) que tienes por más evolucionada, le enseñas una nueva lengua (también la tuya) por considerarla mejor armada para la especulación filosófica, la literatura o el razonamiento político. Por si fuera poco, le administras la economía, nombras a sus dirigentes, le diseñas sus ciudades, etcétera. Pero, bien mirado, ¿por qué llamarlo amor cuando es colonialismo?

Lo de los tanques y los misterios de la ars amatoria no es una ocurrencia mía. Milan Kundera describió el encuentro que tuvo con unos carros blindados el tercer día de la ocupación de Checoslovaquia, en 1968, mientras se dirigía en coche de Praga a la Bohemia meridional. En un control, un oficial le dijo en ruso algo así como que no se preocupara, que todo era fruto de un malentendido y pronto se arreglaría: “Tenéis que entender que amamos a los checos. ¡Os queremos!”. Kundera, en plena primavera, lo entendió según el paradigma del “amor no correspondido”: “¿Por qué estos checos (¡a los que tanto queremos!) se niegan a vivir con nosotros? ¡Qué pena que nos veamos obligados a utilizar tanques para enseñarles lo que significa amar!”. Hay anécdotas que resisten al paso del tiempo.

En menos de dos meses Europa occidental ha hecho un curso acelerado de teoría poscolonial. En Cultura e imperialismo (Anagrama) uno de los padres de los estudios poscoloniales más influyentes, Edward Said, limitaba su análisis a los casos británico y francés de ultramar, conocidos de primera mano, y dejaba otros sin analizar, como Rusia, que “se movió absorbiendo no importa qué tierras o pueblos que estuviesen al lado de sus fronteras”; es decir, por vecindad. Fue sobre ese blízhnee zarubezhé (extranjero cercano) sobre el que Rusia proyectó sus ensoñaciones de exotismo (el Cáucaso) o el encanto folklórico expresado en bailes y canciones (Ucrania). Apuntaba Said que el pensamiento colonial también se sirve de la literatura para la construcción cultural del individuo colonizado, así como para consolidar una relación asimétrica que recuerda la de Robinson Crusoe y su “fiel” Viernes, aceptado siempre que no cuestione la debida subordinación. Por eso, Oksana Zabuzhko, una de las principales escritoras e intelectuales ucranianas, propone, en un artículo reciente titulado “¿No hay culpables en el mundo? Leer literatura rusa después de la masacre de Bucha”, que volvamos a leer las letras de ese país con una mirada sensible a los estereotipos negativos hacia (y no solo) los ucranianos.

Descolonizar la mente es algo similar a ver de nuevo un antiguo cuadro conocido después de una restauración que permita ver los colores originales, ocultos bajo la capa del tiempo y la polución. Además, detalles que antes pasaron desapercibidos cobran sentido. Personalmente, he hecho algo parecido al leer la nueva traducción de La vida de Chéjov, publicada en Salamandra, que escribió en la Francia ocupada Irène Némirovsky. Fue deportada a Auschwitz antes de ver las galeradas. En momentos de angustia intentamos resguardarnos en aquello más preciado, o que una vez nos curó, y Némirovsky lo hizo volviendo a Chéjov. Con los ojos de una ucraniana valoramos ahora esos veranos, los más felices del autor, en una dacha en Sumi (Járkiv), después de publicar el relato sobre la estepa ucraniana que lo consagraría. Nos permite también asomarnos a la concepción de El tío Vania, cuya inspiración proviene de la gente de Sumi, al igual que también hizo florecer en Ucrania su imaginado jardín de los cerezos de su última pieza teatral. La autora de Suite francesa también nos recuerda que, cuando Chéjov se retiró a Crimea por motivos de salud, no se compró una casa en la europeizada Yalta, como los demás rusos, sino en la más apartada aldea tártara de Autka e instó a su amigo y editor Alekséi Suvorin a publicar en su periódico un artículo sobre los estragos de la rusificación forzada de los tártaros de Crimea.

Kundera también explicó que, a raíz de la “declaración de amor” del militar ruso, le cogió manía a Dostoyevski, porque como escritor elevaba los sentimientos al rango de verdad y se regodeaba en una sentimentalidad agresiva. ¿Fue el reflejo antirruso de un checo traumatizado por la ocupación de su país? “No –se respondió Kundera–, pues nunca dejé de amar a Chéjov”.

Leer más
profile avatar
13 de mayo de 2022
Blogs de autor

Síndrome de resignación

 

Recuerdo los años de insomnio con la desazón del que pierde el pasaporte en un lugar remoto. Las noches en vela, traducidas en imagen, son un andén de extrarradio donde los trenes, como las horas, pasan sin detenerse, con insoportable regularidad. El caso inverso se da, traspasado cierto umbral de desconsuelo, cuando el sueño te abraza y se convierte en refugio. Dormir para no sentir ni padecer. Hibernar a la espera de tiempos mejores, como hacen algunos animales hasta la primavera. Desde los años noventa, eso les ha pasado a niños refugiados llegados a Suecia de procedencias diversas. Tras huir de la persecución o de la guerra, inmersos en una cultura ajena, aprenden su idioma, se ilusionan con que “estar en el mundo” no tenga que ser pasar siempre miedo, y de pronto… la carta de expulsión. Como se cuenta en Síndrome de gel de Mohamad Bitari y Clàudia Cedó, en el Lliure de Gràcia, sienten entonces que se les arrebata su última esperanza de futuro. Superados por la vida, caen en un estado catatónico, similar a una “muerte voluntaria”, del que no despertarán hasta encontrarse a salvo. Ante la proliferación de casos, se acuñó el término uppgivenhetssyndrom, síndrome de resignación. Así reaccionan sus cuerpos, así somatizan el trauma.

Hacia el final de la función, se pronuncia un deseo repetido a menudo, incluso sabiendo que es irrealizable: los menores no deberían pasar por experiencias tan atroces. Los niños que han sido víctimas de la guerra, antes de andar solos en la vida, ya han aprendido aquello que es terrible saber y aquello que es peligroso olvidar. “Pero no éramos niños –dice uno de ellos en Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich–; a los diez u once años ya éramos hombres y mujeres”. En ese libro, la Nobel, exiliada en Berlín por la represión del dictador bielorruso, recopiló recuerdos de niños cuya ingenuidad trituró la Segunda Guerra Mundial. Coincidían en verse atrapados en el instante en que su mundo cambió para siempre, o en la incapacidad de imaginar, por ejemplo, incluso décadas después, “a un padre tan bueno sin vida”. Leyéndolos, se entiende que no hay nada más imposible de reconstruir que una infancia mutilada. Y hoy de la Ucrania ocupada llegan testimonios de ancianos que un día fueron niños supervivientes, como los del libro de Alexiévich, que sufrieron los horrores del siglo pasado, incluida la represión soviética. Ahora reviven una pesadilla y, cuando entierran a hijos y nietos, cierran un círculo de infamia; a veces sin poder sepultarlos siquiera, por miedo a los cadáveres minados.

El cuento El viejo maestro (1943), de Vasili Grossman, que es una de las primeras piezas literarias sobre el Holocausto de las balas perpetrado en Europa del Este, está protagonizado por un jubiladoletraherido , demasiado mayor para huir, y una niña de seis años. En el relato, ambientado en un pueblo de la provincia ucraniana de Zhitómir, el autor de Vida y destino intentó imaginar el final de su madre –una vieja maestra, también, amante de Chéjov– durante los asesinatos en masa de civiles judíos. Frente a la fosa común, el viejo coge en brazos a la pequeña, que ha perdido a su familia. “¿Cómo puedo consolarla?”, piensa atenazado por una pena infinita. Es al final la niña, compasiva, con el rostro pálido “de un adulto”, quien lo reconforta. “Maestro, no mires allí, o te asustarás”, le dice, y le cubre los ojos, con gesto maternal, antes de la descarga.

Nunca más, repetimos. Contra la barbarie, insistimos. Se inauguran memoriales, se celebran conmemoraciones, se tira de memoria histórica en libros o documentales para aprender bien la lección. Pero la visión de Mariúpol, Irpín o Bucha reventadas son un recordatorio de que la guerra a lo largo de la historia ha sido lo habitual, y la democracia una excepción. La lección no puede conjugarse en pretérito, pues la lección nunca se aprende. Hay que mantenerse despierto ante cualquier avance del ultranacionalismo, atentos a que no se consolide el modelo autoritario, una tendencia al alza en un mundo donde ya hay más autocracias que democracias. Europa no debe caer­ en el síndrome de resignación ante crímenes de guerra ni subvencionarlos con la compra de materias primas, y haría bien en desprenderse de cualquier prepotencia intelectual respecto a los países del Este, vistos a veces como parias de la geoestrategia. Quienes afirman que solo el realismo político salva vidas disfrutan de una UE cuyos cimientos se asientan en ideales como los derechos humanos.

Leer más
profile avatar
5 de mayo de 2022
Sílvia Poch /Teatre Lliure
Blogs de autor

La guerra en cirílico

La guerra y la tiranía son un polvo radiactivo que por décadas lo contamina todo: el aire que se respira, la lengua que se habla o se traduce, el suelo que se pisa. Quizás no te interese la guerra, pero tú sí a ella, dijo un experto en la materia. Antes un escritor británico lo había formulado así: “No tengo las armas nucleares en mi punto de mira; lamentablemente, ellas a mí sí”. Gracias a que no cancelaron a Dostoyevski, acudí al Teatre Lliure a ver la adaptación de Crim i càstig. Sobre el escenario, al inicio de la función, se cuenta el sueño de Raskólnikov sobre el impacto de la violencia gratuita en la mente de un niño cuando presencia la tortura consentida de un caballo, un recuerdo infantil del novelista que lo perseguiría hasta Los hermanos Karamázov. Es esta la normalidad bélica.

La lengua rusa, pervertida en los medios putinistas, es otra víctima de la actual guerra. Con las palabras se puede ensalzar la dolorosa memoria de un pueblo, como Ajmátova en sus versos, o hacer propaganda obscena, como ayer el canal Russia Today para informar de que se está “limpiando de nacionalistas Mariúpol”, donde miles siguen atrapados sin comida ni agua, con imágenes a vista aséptica de dron de edificios de viviendas destruidos.

Después del Euromaidán –y, ya antes, con la primavera árabe – en el Kremlin caló la idea de que se había alterado la composición clásica de la guerra: 20% propaganda, 80% violencia. Ya no iba solo de “guerra y paz”, sino también de “guerra en la paz”. Manifestaciones democráticas, acciones de opositores o iniciativas de oenegés pro derechos humanos pasaron a denominarse agresiones de “agentes extranjeros”. Las mutaciones de la lengua son como el canario centinela en la mina de carbón. Como tantos otros, el escritor Maxim Ósipov decidió abandonar su país cuando se prohibió el uso de la palabra guerra. Quizás las mejores obras rusas se escriban ahora en Tel Aviv, Ereván o Estambul.

En estos días se nos pide que diferenciemos entre rusos y Putin, entre cultura rusa y el Kremlin. El ejercicio requiere algo de esa habilidad que desplegamos al separar, con ayuda de la cáscara, una yema de la clara. El espíritu de los tiempos esculpe nuestros pensamientos y se ríe de nuestros sueños, dijo el polaco Adam Zagajewski, el mismo que se preguntó en un poema de 1985 qué habría sido de Rusia si Mandelstam hubiera redactado sus leyes, o si Stalin hubiera sido el personaje secundario de una epopeya georgiana olvidada. Es inaceptable la fobia a una nacionalidad, como lo es cancelar una cultura, si tal cosa es posible. Aprovechemos, sí, para mirarla mejor.

En Montjuïc resonaron de modo especial las palabras de Raskólnikov (Pol López) sobre individuos “extraordinarios” que se arrogan el derecho de cometer crímenes en pos de una idea, sea cual sea el coste de vidas, entendidas como meros “obstáculos” para su aplicación. Cobraron mayor significado los sueños febriles del protagonista que, al final, en una distópica pesadilla, ve una pandemia llegada de Oriente que polariza la sociedad y la aboca a su destrucción. Extasiados con el genio artístico ruso –justo ejemplo de resistencia, sacrificio y hondura– obviamos la pátina de su nacionalismo expansivo, y normalizamos incluso que se asimilaran como suyos frutos de creadores de naciones vecinas. Tras la muerte de Stalin, el filósofo exiliado Gueorgui Fedótov subrayó en un famoso artículo que la mentalidad imperial no obedece a los intereses de un Estado, sino al ansia de poder y al placer de dominar. Señaló el menosprecio por la lengua e historia de Ucrania, cuyo despertar asombró a la intelligentsia rusa; “en primer lugar, porque la amábamos y estábamos acostumbrados a considerar todo aquello como propio”. Reconocía además que se descuidaron los siglos que moldearon su nacionalidad y cultura de un modo distinto a la Gran Rusia: “Los ucranianos absorbieron muchos elementos de la cultura y tradición política polacas. Era más bien Moscovia, con su despotismo oriental, lo que les resultaba ajeno”.

Seguiremos leyendo con atención a los escritores rusófonos. Valoraremos más a los que supieron describirnos cicatrices y derivas: Grossman, Aleksiévich, Vladímov, Ulítskaia, Chukóvskaia… Y escuchemos y traduzcamos a las voces ucranianas, también aquí desoídas. Son las humanidades, desprestigiadas en los sistemas educativos, las que ayudarán a entender cómo se llegó a esta destrucción, a devolver la vida sobre los escombros, a levantar diques contra los embates totalitarios.

Leer más
profile avatar
18 de abril de 2022
Blogs de autor

Hamlet en Kyiv

“Palabras, palabras, palabras”, responde el príncipe de Dinamarca cuando le preguntan qué está leyendo. Parece que Shakespeare les hizo un valioso regalo a los detractores, competidores y enemigos de la Unión Europea, tanto de fuera como de dentro. Sienten que el bardo­ inglés creó para ellos la fórmula literaria que encarna la duda paralizante de Occidente. “Palabras, palabras, palabras…”. Oídas en reuniones, cumbres y declaraciones, leídas en informes, directivas y comunicados.

En las democracias, los autoritarismos ven lo mismo que en Hamlet: debilidad, ensimismamiento, indeterminación. Por eso desde Moscú se veía factible un paseo de tanques triunfal hasta Kyiv, como un remake de la primavera de Praga. Las orugas de los carros armados avanzarían por la alfombra de “palabras, palabras, palabras”, amparadas en la permisividad que hasta ahora se han encontrado en otros escenarios donde también se ha vertido sangre. Y no será porque las alarmas, a veces de manual, no se hubieran encendido antes y no precisamente ayer.

El simulacro ruso de democracia se convirtió en un ejemplo del que otros tomaban nota, mientras hoy tratan de distanciarse con el silencio, la ambigüedad o el esperpento, como Matteo Salvini, al que llamaron buffone a la cara en la frontera polaca junto a Ucrania. Hemos presen­ciado a distancia cómo se reescribe el pasado, se asfixia la oposición política, se controla la libertad de expresión, se señalan a oenegés como agentes extranjeros, se destruye la prensa independiente, se modifica la Constitución para adaptarla a una presidencia casi vitalicia, se hace de la Ad­ministración una estructura de poder vertical, se toleran los asesinatos selectivos –ya sea con plomo, polonio o novichok –, a la vez que se asienta el terror a disentir y la apatía. Putin ha creado un país gogoliano de almas muertas, la fórmula perfecta para­ la estabilidad, aunque ajena a lo huma­no.

Los Hamlets reunidos en Bruselas o en Oslo –debieron de pensar en el Kremlin– son buenos para conceder premios, eso sí. Que si ahora el Sájarov a Navalni o a la oposición bielorrusa, que también nos tendió la mano en busca de ayuda, que si ahora un Nobel de la Paz al periodista Dimitri Murátov, el mismo que ahora no puede utilizar en Nóvaya Gazeta la palabra guerra para nombrar la guerra.

Mientras, a este lado, se ponen en el mismo saco a su medio, con reporteros asesinados por hacer su trabajo, con los canales Potemkin oficiales. En el 2013, preguntaron a Margarita Simonián, redactora jefe de RT, por qué necesitaba Rusia su propia cadena internacional de noticias. Su respuesta: “Por la misma razón que nuestro país necesita un Ministerio de Defensa”. La comparación es elocuente. El cese de sus emisiones no soluciona nada, pero es un reconocimiento a los periodistas rusos que ahora se enfrentan a quince años de cárcel por cuestionar su Gobierno. Pienso también en Anna Politkóvskaya.

Pero volvamos a Hamlet. Personajes como él nos ayudan a pensar(nos). Tan ricos y complejos son que cada época, cada sociedad y cada lector ven a través de ellos el mundo, su pasado y su futuro. En tiempos soviéticos chirriaba un héroe reflexivo que escudriñara todo cuanto le rodeaba para discernir entre verdad y falsedad. La revolución comunista era una energía colectiva, no individual. Los conflictos personales, un anatema. Se dice, además, que a Stalin no le gustaba la obra por los posibles paralelismos que se podían­ establecer entre Elsinor y el Kremlin. ¿Acaso le verían­ a él como un usurpador de Lenin? En cambio, otros aprecian en los defectos hamletianos virtudes que acercan al personaje con la esencia –imperfecta, mejorable, contradictoria– de la democracia, considerada como un camino abierto donde uno se permite convivir con lo inesperado, como la elección de un popular comediante como presidente.

Cada día en democracia genera nuevas posibilidades, algo­ que un gobernante auto­ritario nunca permitirá, ni dentro de sus dominios ni en las naciones que cree hermanas. Lo dijo claramente Vasili Grossman: “La relación entre personas de nacionalidades diversas enriquece la convivencia, la hace más colorida, pero la condición­ necesaria para ese enriquecimiento, la primera, es la libertad”.

Frente al autoritarismo­ la resistencia más po­derosa es ser. La valentía de Hamlet es diferente a su manera. Consiste en recordar que siempre hay una disyuntiva, ser o no ser, y que se puede elegir. De hecho, a riesgo de su vida, acabó por deponer al rey asesino. Es lo que Zelenski recordó ante el Parlamento británico. Lo demás es silencio.

Leer más
profile avatar
1 de abril de 2022
Blogs de autor

Derrumbe y diáspora del país de los búnkeres

 

Retrato personal de la transición albanesa, desde el régimen tiránico de Enver Hoxha a una democracia constitucional, las memorias de esta profesora de la London School of Economics son también un cuestionamiento de las certidumbres ideológicas que conforman las relaciones sociales y familiares, y de la idea de ‘libertad’ en el socialismo y el capitalismo.

“Búnker”, “pirámide”, “éxodo”. En 2002, parecía que el pasado reciente de Albania podía resumirse con esas tres palabras. Recuerdo la exposición que entonces organizó el CCCB de Barcelona, “Tiran(í)a”, muy cerca de la universidad donde estudiaba filología eslava. El pequeño país del sudeste europeo, tras décadas de aislamiento forzado y opresivo, se había convertido en una ficha más de dominó que caía ante la naturaleza irreversible de los acontecimientos que recorrían el continente, y que el antropólogo Alekséi Yurchak resumió a la perfección en el título de su ensayo de 2013: Everything was forever, until it was no more (Princeton UP).

Durante décadas, la dictadura de Enver Hoxha, una prolongación de la de Stalin, impuso la vieja doctrina autoritaria de erradicar al enemigo en todos los frentes, tanto en las filas del partido único como en cualquier vislumbre de disidencia interior. Y su rasgo autóctono era la peculiaridad de la bunkerización del país con el fin de defenderse frente al ilusorio enemigo exterior. Entre 1975 y 1990 se construyeron 200.000 estructuras defensivas que emergían de la tierra como jorobas de cemento y, aun así, fueron menos de la mitad de las proyectadas. En la exposición, al pie de las imágenes, como si se trataran de versos de un poema surrealista, podía verse una pequeña muestra de yuxtaposiciones inverosímiles: búnker entre lápidas, búnker con pastoreo de ovejas, búnker en primera línea de playa, búnker reconvertido en restaurante… En Life is War: Surviving Dictatorship in Communist Albania (Shannon Woodcock, HamnmerOn Press, 2016) leemos que en 1990 había unos 40.000 prisioneros en campos de trabajos forzados y otros 26.000 en prisiones comunes, además de cientos de miles de ciudadanos deportados y vigilados en aldeas a lo largo y ancho de Albania.

Con el nombre de “pirámide” se aludía al edificio megalómano levantado en memoria del dictador. En 1985, cuando este murió, en la principal plaza de Tirana se erigió una escultura en su honor, que el pueblo derribó el 20 de febrero de 1991. Al enterarse, su viuda, una de las figuras más influyentes del país, le dijo a una vieja camarada: “Hoy ha muerto Enver”. La pirámide sigue en pie como un recordatorio arquitectónico de la peor versión de lo humano –junto a la Casa del Pueblo en Bucarest, el Valle de los Caídos en San Lorenzo del Escorial, el Campo Zeppelín en Núremberg o la Lubianka en Moscú (véase Guaridas del lobo, de Xosé M. Núñez Seixas, Routledge, 2021)–, sobre cuya simbología ancestral reflexionó Ismail Kadaré en su novela de 1992: “[La pirámide] es, ante todo, poder. Es la represión, el encarcelamiento, el dinero, mientras se promueve el embrutecimiento de la multitud, el estrechamiento de las mentes, el agotamiento de las voluntades, el hartazgo y la pérdida. (…) Cuanto más alta sea, más insignificantes parecerán los súbditos a su sombra. Y cuanto más pequeños sean los súbditos, más alto será el lugar reservado para Su Majestad”.

Y la lógica de la pirámide se replicó luego en la estructura económica que desembocaría en la quiebra social que se inició a finales de 1996 y que derivó en caos y, a continuación, en las imágenes del éxodo en cualquier tipo de embarcación que hubiera al alcance, excepto los submarinos. Seis años después de la caída de la dictadura, el mundo se preguntaba qué había pasado. Los albaneses también. La gran mayoría no solo perdió sus ahorros, también el sueño de una transición rápida y exitosa. En la plaza Skanderberg de Tirana quedaban los vestigios de tres religiones: la vieja mezquita Et’hem Bei, la escultura ecuestre de Skanderberg (“el escudo del cristianismo”) y el pedestal vacío de la de Hoxha. En albanés, Dios y Occidente solo se diferencian en una letra, “perëndi” i “perëndim”, respectivamente. Y a Él se encomendó Albania, FMI y terapia de shock mediante.

Derrumbe y diáspora

En 2002, Lea Ypi (Tirana, 1979) se licenció en Filosofía y Letras en Roma. En la actualidad es profesora de teoría política de la London School of Economics, especializada en teoría política normativa, pensamiento político de la Ilustración (Kant), teoría marxista y nacionalismo en la historia intelectual de los Balcanes. Cuando se produjo el fin de la dictadura en su país natal tenía 11 años, y la rebelión de 1997 coincidió con su mayoría de edad, cuando se unió a la diáspora, al igual que una parte de su familia: “Era como si hubiéramos vuelto a 1990. El mismo caos, la misma sensación de incertidumbre, el mismo derrumbe del Estado, el mismo desastre económico. Con una diferencia: en 1990 teníamos esperanza. En 1997 la habíamos perdido. El futuro parecía sombrío”, se lee en su libro Free: Coming of Age at the End of History. Las dos fechas marcan ambas partes de esta memoir, que intenta transmitir la mirada de una niña, primero, y luego la de una adolescente ante el devenir de unos acontecimientos históricos que la llevaron, de un día para otro, a desechar todo cuanto los adultos le habían enseñado. Esto es: toda una visión de mundo, unos valores, una forma de relacionarse con la realidad que, por su edad, ella había aceptado como naturales, si bien en momentos dados también asistimos a su percepción crítica de los pequeños detalles, a las dudas que le van surgiendo, sobre todo ante la conducta de los mayores.

Este planteamiento deja en un inteligente fuera de campo la descripción del régimen de terror de Hoxha –una lectura complementaria perfecta es Barro más dulce que la miel: Voces de la Albania comunista (La Caja Books, 2020), de la polaca Margo Rejmer– para centrarse en el núcleo familiar, en la microhistoria: solo así, cuando se produce la quiebra definitiva del sistema y caen las máscaras, el descubrimiento de la verdad por parte de la adolescente es más impactante, pues ocurre en el ámbito más próximo, en el seno familiar. Al fin y al cabo, confiesa la autora, cuando por fin se puede hablar en casa sin tapujos, los adultos pueden rescatar sus antiguas creencias o la verdad sepultada en su interior, pero ¿de qué armas dispone una adolescente adoctrinada a su pesar?: “Mis padres declararon que nunca habían apoyado al Partido que siempre vi que elegían, que nunca habían creído en su autoridad. Se habían aprendido los eslóganes sin más y los habían recitado como todo el mundo, igual que yo cuando todas las mañanas juraba mi lealtad en la escuela. Pero entre nosotros había una diferencia. Yo creía. No conocía nada más. Ahora no me quedaba nada, salvo los pequeños y misteriosos fragmentos del pasado, como las solitarias notas de una ópera olvidada”.

Además, está la presión que una generación sufriente deposita en la siguiente: “Se me instó a sentirme agradecida, a mostrar mi gratitud por la dicha de la libertad, que había llegado demasiado tarde para que la disfrutaran mis padres, y, por tanto, se me exigía ejercerla con la mayor responsabilidad”.

La libertad a la que se refiere el título como ideal abstracto que se concreta de muy distintas maneras –ya sea adoctrinada, impuesta, teorizada, soñada, restringida, etcétera– es el tema que transita el libro de principio a fin, tanto de puertas afuera del domicilio familiar como la que la autora persigue en la adolescencia con su cuestionamiento de toda forma de autoridad. Los demás miembros de la familia, que entrarán en política con la llegada de la democracia, también son vistos bajo ese prisma: el padre acaba entendiendo que “la coacción no tiene por qué adoptar siempre una forma directa”, y la madre, “que pensaba que la gente era mala por naturaleza (…) vivió toda su vida en un Estado socialista convencida de que solo se puede luchar contra los demás, nunca junto a ellos”.

Podría dar más detalles de la familia de Ypi, de sus orígenes, pero sería restarle efectividad al as que la autora se guarda en la manga hasta la mitad del libro, cuando permite que los lectores descubran que todo lo que ha visto hasta entonces era parte de una gran representación teatral en la que cada individuo es prisionero de su “biografía”. Cualquier mancha en ella suponía la exclusión social, por lo que los que tenían una buena biografía (biografi të mirë) a ojos del Partido, apenas se mezclaban con los que la tenían mala (biografi të keq). Solo cuando se abren las luces de sala –en el capítulo 10, “El final de la historia”, que aquí presenta un doble sentido– encajarán todas las piezas del relato familiar, cuando el lenguaje cifrado que esconde la (dolorosa) verdad explica los comportamientos del padre, la madre, la abuela, los tíos y las historias de los que ya no están. Así, lo particular siempre ilumina lo general y viceversa.

Es obvio: la autora tiene una formación intelectual que le permite ir un poco más allá de unas memorias al uso, sobre todo para plantear contradicciones, algunas bien conocidas en las transiciones desde una dictadura hasta una forma de Estado constitucional multipartido: “Ejecutar a los líderes, encarcelar a los espías o castigar a los antiguos miembros del Partido habría alimentado aún más los conflictos, agudizando el deseo de venganza, derramando más sangre. Parecía más sensato borrar la responsabilidad por completo, fingir que todos habían sido inocentes todo el tiempo. Los únicos culpables que era legítimo nombrar eran los que ya habían muerto, los que ya no podían explicar nada ni se los podía absolver. Todos los demás se convirtieron en víctimas. Todos los supervivientes eran ganadores. Sin culpables, solo quedaba por culpar a las ideas. […] Esta revolución, la de terciopelo, fue una revolución de personas contra conceptos”. O la doble moral de los países que primero auparon el cambio y luego cerraron sus fronteras: “En el pasado a uno lo habrían arrestado por querer irse. Ahora que nadie nos impedía emigrar, ya no éramos bienvenidos en el otro lado. Lo único que había cambiado era el color de los uniformes de la policía. Nos arriesgamos a que nos detengan no en nombre de nuestro propio gobierno, sino en el de otros Estados, esos mismos gobiernos que antes nos exhortaban a liberarnos. Occidente llevaba décadas criticando al Este por sus fronteras cerradas, financiando campañas para exigir la libertad de circulación, condenando la inmoralidad de los Estados empeñados en restringir el derecho de salida”.

Marxismo en Londres

Este espíritu de incorrección de alguien que ha dejado atrás un país desolado por una dictadura y acaba dando clases de marxismo –como herramienta de análisis, con la mirada puesta en la teoría moral kantiana–, y además en uno de los epicentros del capitalismo, Londres, culmina con una provocación en el epílogo, cuando apunta al conformismo de las democracias liberales respecto a la libertad, y recuerda que el socialismo “es sobre todo una teoría de la libertad humana, de cómo pensar en el progreso de la historia, de cómo adaptarnos a las circunstancias, pero también de intentar elevarnos sobre ellas. (…) Una sociedad que proclama que las personas deben desarrollar su potencial, pero que no cambia las estructuras que impiden que todos prosperen también es opresiva”. Seguramente habrá quienes encuentren estas palabras un despropósito, pero es interesante que precisamente se ponga el foco en términos como “libertad” o “socialismo”, cuando la primera se ha utilizado en fecha reciente de forma torticera, y la segunda –con sus variantes– se ha convertido en un insulto político al estilo trumpista.

Sería un error, en mi opinión, pensar que la autora confronta democracia con dictadura para concluir que ambas son imperfectas en el mismo grado. No, lo que hace es situar a cada una, por separado, frente a un espejo. La democracia liberal no deja de ser un proyecto en construcción, sobre todo cuando las libertades se ejercen si uno se las puede permitir, mientras que dormirse en los laureles por la mera razón de vivir en una dictadura no es una postura inteligente. Además, le afea a la izquierda occidental su complejo de superioridad moral respecto a las antiguas repúblicas de la órbita socialista.

Es de agradecer que una investigadora que procede del ámbito académico opte por romper un círculo vicioso, ese en el que la teoría política dialoga solo con hechos consumados sin ambición de ponerse a la vanguardia. Sí, suena a activismo. Al fin y al cabo, a la luz de la lectura de este título, se constata que la vida personal es un potente motor: “Cuando ves que un sistema cambia una vez, empiezas a creer que puede volver a cambiar. La lucha contra el cinismo y la apatía política se convierte en lo que algunos llaman un deber moral; para mí es más bien una deuda que siento que tengo con toda la gente del pasado que lo sacrificó todo porque no era apática, no era cínica, no creía que las cosas se ponen en su sitio si se las deja seguir su curso. Si no hago nada, sus esfuerzos habrán sido inútiles, sus vidas habrán carecido de sentido”. Personalmente, me interesa el paralelismo que Lea Ypi expone en Global Justice and Avant-Garde Political Agency (Oxford, 2012), cuando compara la actitud de los artistas políticamente comprometidos —el ejemplo es la creación y mensaje de Guernica— con los teóricos activos políticamente: “Ambos intentan interpretar el mundo que los rodea y tratan de cambiarlo; ambos se basan tanto en hechos observados como en aportaciones creativas independientes para ofrecer una lectura crítica de los acontecimientos históricos; y ambos se ven limitados por normas particulares (en un caso, de armonía y estilo; en el otro, de razonamiento argumentativo) al desarrollar su lectura crítica del mundo”. Toda una declaración de principios contra las torres de marfil académicas. La neutralidad, después de las tragedias que han marcado el siglo XX, es una mala compañera en las ciencias sociales.

Leer más
profile avatar
23 de marzo de 2022
Blogs de autor

Evgueni Vodolazkin, un viaje mítico a los orígenes del alma rusa

 

Surgida como respuesta al cinismo post-soviético, la polémica 'Laurus' es a un tiempo relato de amor, 'bildungsroman' y tratado de filosofía medieval sobre el tiempo

Al este de la cuenca del Dniéper se puede trazar una línea que une los motivos y dilemas presentes en la cultura medieval, que allí duró casi siete siglos, con su literatura contemporánea, pasando por Leskov y Dostoievski. Este largo periodo, que arranca con la conversión de Kiev al cristianismo ortodoxo y va hasta la modernización emprendida por el zar Pedro el Grande, dejó un gran poso en el imaginario colectivo, cuyo aroma a incienso ni siquiera perdió después del rodillo soviético. Porque la Edad Media (eso que en Occidente entendemos por un periodo intermedio entre la cultura de la Antigua Roma y el Renacimiento), para Rusia marcó el inicio.

De ahí que la exploración del misterio del alma, la tensión entre la razón y la fe, entre la eternidad y lo efímero, o el significado del sufrimiento sobrevenido, tengan un papel tan destacado en sus letras, pero no solo: la filmografía de Tarkovski, por ejemplo, arranca con Andréi Rubliov, el relato de un iconista medieval. Evgueni Vodolazkin (Kiev, 1964), filólogo, experto en textos medievales y autor del superventas y laureado -nunca mejor dicho- Laurus (2013), afirma que lo principal para él no es la historia en sí, sino "la historia del alma", lo mismo que afirmó Svetlana Aleksiévich en su discurso de aceptación del Nobel. Vodolazkin, de hecho, subtituló esta obra que reseñamos como "novela ahistórica".

EL PODER DE LA PALABRA

Dividida en cuatro partes -Libros del conocimiento, de la renuncia, del camino y de la tranquilidad-, Laurus cuenta la evolución vital de Arsénij en la Rus del siglo XV azotada por la peste, "años en que había más casas que personas". La omnipresente muerte lo convierte a corta edad en huérfano y pasa al cuidado de Xristofor, el abuelo, un curandero de los tiempos en que la frontera entre chamanismo y medicina "era relativa" y, más que creer en pócimas, se creía en el poder sagrado de la palabra: "la voz rusa vrach, 'médico', viene de vráti 'hablar, conjurar'".

Muerto Xristofor, Arsénij, que tiene el don de predecir si un enfermo va a sobrevivir o no, toma su relevo. Una refugiada de la epidemia, Ustina, llama a su puerta un día y surge el amor, tan intenso como fugaz. Ella no sobrevivirá al parto del hijo de ambos, y el dolor y la culpa empujan a Arsénij a un viaje de redención, que lo llevará por Europa hasta Jerusalén, y luego de vuelta al punto de origen. Se trata, pues, del periplo de transformación del protagonista -de sanador a "loco por Cristo" (yuródivi), peregrino, monje y, finalmente, ermitaño- que se reflejará en sus sucesivos cambios de nombre, hasta llegar al Laurus del título, en su búsqueda del sentido de unidad de la experiencia humana. Novela de amor, bildungsroman, hagiografía y tratado de filosofía medieval sobre el tiempo, Laurus surgió como respuesta al cinismo postsoviético.

Pero ¿por qué ahistórica? O, mejor dicho, ¿cómo consigue Vodolazkin transmitir la textura de eternidad, o la sensación del protagonista de estar "separado del tiempo"? Mediante el lenguaje, de una manera que recuerda la idea subyacente en La historia de tu vida de Ted Chiang (titulada La llegada en la versión cinematográfica de Denis Villeneuve), en que el peculiar idioma de los heptópodos alienígenas altera la manera en que se percibe el tiempo.

EL FUTURO DESDE EL PASADO

Vodolazkin mezcla orgánicamente el eslavo litúrgico y de la época -volcado aquí con el castellano de La Celestina- con jerga soviética y ruso moderno en la descripción de un universo en el que el presente aparece preñado de visiones proféticas y augurios -al pasar por Oswiecim, lo que será un día Auschwitz, vaticinan el horror futuro, "la tragedia se siente ya ahora"-, y así, por ejemplo, al derretirse la nieve en abril, emergen anacrónicamente botellas de plástico, o la ciudad natal de Arsénij se llama por su nombre moderno, Belozersk, y no por el de entonces, Beloózero.

Este virtuosismo queda perfectamente trabado con el encofrado de su construcción, cuyo diseño culmina al final. La estructura de la vida no es circular, viene a decirnos, sino en espiral, como la del ADN: "la experimentación de algo nuevo, pero no desde cero. Con el recuerdo de lo vivido antes".

Laurus, tercer título traducido al español de este autor después de El aviador y Brisbane (Rubiños 2018 y 2021), es un pequeño milagro literario que, además, nos recuerda que vivimos limitados en la linealidad de las cronologías de las redes sociales y las fotografías que se suceden, al hacer scroll, como un sucedáneo de eternidad.

Leer más
profile avatar
9 de marzo de 2022
Sergei Ilnitsky / Efe
Blogs de autor

‘Goodbye, Lenin!’

 

Nikolái Gógol fue un académico frustrado. No obtuvo una plaza como profesor de historia mundial en la Universidad de Kíev ni completó su “historia de nuestra única y pobre Ucrania”. Tenía claro que buena parte de las cuestiones históricas se explican a partir de la geografía. Espacio de frontera, Ucrania constituye un lugar privilegiado para entender el mundo, pues es en los espacios de fricción donde los distintos relatos, mitos nacionales incluidos, se miran a los ojos. En esa misma época, Adam Mickiewicz impartía en el Collège de France, París, un curso sobre eslavos y redundaba en la idea de Ucrania como “pays de frontières”: una región donde colisionaban Asia y Europa. También recurría al léxico bélico: Ucrania como “campo de batalla” y “punto de encuentro de ejércitos de todo el mundo”.

Las fronteras son trazos sobre lo que antes era un ­folio­ en blanco. Una cordillera, un río o una costa no significan el principio ni el final de nada. Como invenciones humanas, son susceptibles de debate. Los límites, a menudo artificiales y arbitrarios, llevan la marca de la violencia y el colonialismo. Szymborska, con su fina ironía, se burlaba de las fronteras nacionales que cruzaban impunemente las nubes, los granos de arena, las sepias, la niebla, el polen de las estepas, y concluía: “Solo lo que es humano sabe ser verdaderamente extranjero”. El problema surge cuando las fronteras se afianzan en el espacio mental.

Identidad y frontera han sido un binomio prevalente en la mentalidad rusa. Lo fue en la época de Gógol y Mickiewicz cuando el poeta y diplomático Fiódor Tiútchev se preguntaba en Geografía rusa cuáles eran los confines de Rusia, y apuntó, no sin optimismo, que “del Nilo al Nevá, del Elba a China, del Volga al Éufrates, del Ganges al Danubio”. Esta formulación recuerda una anécdota reciente, de hace unos años: en una entrega de premios televisada, Putin preguntó a un alumno galardonado en un concurso de geografía dónde acababa Rusia. “En el estrecho de Bering, la frontera con Estados Unidos”, respondió el niño. “La frontera de Rusia no termina en ninguna parte”, corrigió Putin entre las risas del auditorio. Era el 2016, y Rusia se había anexionado Crimea y negaba que estuviera moviendo hilos en las regiones fronterizas de Donbass.

La cosa empeora cuando a identidad y frontera se les añade otro ingrediente: resentimiento. ¿Es nuevo para Moscú? Pues no. Cuando Dostoyevski hizo su primer viaje por Europa, “tierra de las sagradas maravillas”, no se quitó de encima la sensación de que le despreciaban por ser ruso. Ante el nuevo puente de Colonia creyó que el cobrador de la entrada le miraba con soberbia: “Sus ojos casi decían: ya ves qué puente el nuestro, miserable ruso”, aunque, acto seguido, reconocía que “el alemán no dijo nada de eso, y hasta es posible que ni aun lo pensara, pero da igual: yo estaba tan seguro de que era eso lo que quería decir que acabé por enfurecerme”. No hay peor ultraje hacia sí mismo que el que uno construye, pues es el más difícil de eliminar.

Algo de todo esto rimaba en el reciente discurso de casi una hora de Putin a la nación. En su peculiar clase de historia, se confirmaba el principio de mecánica cuántica aplicada a las humanidades: cuando un gobernante observa la historia esta se modifica sin remedio. La momia de Lenin debió de revolverse en su mausoleo al verse señalada por haber cometido tamaño error con Ucrania. También que existe el llamado “síndrome de Weimar ruso” sobre las humillaciones pasadas que han de ser reparadas. Para Putin todo empezó en 1991, no con el Euromaidán, pues Occidente ve a Rusia como un enemigo mientras que la ingrata Ucrania es su caballo de Troya. Ninguna mención de su apoyo a la dictadura de Bielorrusia, la prensa amordazada, la disidencia proscrita, la reescritura de la memoria, la intromisión en elecciones ajenas, los envenenamientos. Putin no responde ante nadie. Eso sí: verbalizó su idea de enmendar algunos supuestos errores. Cuando algo se previsualiza, es más fácil que ocurra. Escribió Ismail Kadaré: “No existe adversidad o catástrofe, rebelión o crimen, que no proyecte su sombra en los sueños antes de materializarse en el mundo”. La geografía de los sueños no se rige por la fidelidad histórica y siempre es mejor echarles la culpa de todo a los muertos.

Leer más
profile avatar
25 de febrero de 2022
Blogs de autor

El capote ucraniano de Gógol

 

Hace tres décadas una narrativa hegemónica se disgregó en 15 relatos independientes. Ucrania, una de las 15 repúblicas que conformaban la Unión Soviética, emergió entonces como un país de nuevo cuño después de varios siglos bajo la influencia de la fuerza centrífuga rusa, que lo absorbía todo, desde la receta del borsch al talento literario. Por la teoría interesada de las zonas de influencia o de patrimonio compartido, la inercia persiste: Rusia, aun después de separarse del jardín de los cerezos que creía suyo (la obra de Chéjov homónima se desarrolla en los alrededores de Járkov), insiste en reclamar sus frutos. Al mirarse en Ucrania, se ve reflejada a sí misma, o lo que considera una prolongación suya.

En un polémico artículo sobre la unidad histórica de unos y otros, Putin puso como ejemplo a Gógol, "un patriota ruso" -el mismo calificativo que empleó el editorial del Pravda en el centenario de su muerte (1952)- que coloreó sus obras "escritas en ruso" con "refranes y motivos populares de la Rusia Menor". En la misma frase, el inquilino del Kremlin recalcó tres veces la adscripción del escritor.

El ejemplo de Nikolái Gógol (o Mykola Hohol, en ucraniano) es paradigmático. Del capote de un emigrante de la margen izquierda del Dniéper llegado a San Petersburgo en busca de empleo surgió toda la narrativa rusa, después de que un poeta de ascendencia africana como Pushkin hiciera lo propio con la lírica. En cualquier caso, si quería labrarse una carrera literaria debía hacerlo en ruso y ser legitimado en la capital del imperio.

Y he aquí otra vuelta de tuerca: después de irrumpir con relatos inspirados en el folclore ucraniano o los cosacos zaporogos, cuando volvió la mirada a San Petersburgo o las provincias rusas Gógol no dejó títere con cabeza. Su crítica es implacable, tanto en sus cuentos como en El inspector o Las almas muertas. Eso sí, con un derroche de humor, inteligencia y fantasía que obnubiló al personal, incluido el propio zar. Solo un genio podía mostrar a cara descubierta el despotismo fractal que aquejaba a los rusos: de arriba abajo se reproducía el mismo patrón de corruptelas, desidia, servilismo.

Se le afeó que no perfilara un solo personaje ruso positivo, mientras que los ucranianos desprendían candor y autenticidad. No ajeno a esas suspicacias, cuando una amiga le preguntó si su alma era rusa o ucraniana, vino a contestar que no lo sabía, que un ucraniano no era menos que un ruso y viceversa, y si no eran lo mismo -porque sus raíces son disímiles-, en todo caso se complementaban.

Aun así, cuando Gógol emprendió la segunda parte de su gran novela, que sería en teoría más optimista respecto al porvenir del carácter nacional ruso, murió (literalmente) en el intento.

La historia de las letras ucranianas es la de un doloroso «a pesar de». Al margen del idioma en el que se haya expresado, ha sido rehén de sus fronteras físicas imprecisas y de las políticas cambiantes, del menosprecio o prohibición del ucraniano como lengua literaria, de los imperios y mancomunidades, de la asimilación cultural ruso-soviética, de la represión, del asesinato por hambruna, las purgas y los desplazamientos forzados. El nazismo dio la puntilla al metatexto políglota y multicultural ucraniano -tan fértil como su históricamente codiciada tierra negra, el chernozem-, inherente a ciudades de alma cosmopolita como Odesa o Lviv.

Y así, porque se expresaron en una lengua distinta al ucraniano, porque sus vidas los llevaron a cambiar de nacionalidad por una u otra razón, no imaginamos que un pedazo de Ucrania se lee en el polaco de Zbigniew Herbert, Adam Zagajewski, Stanislaw Lem, Bruno Schulz o Zanna Sloniowska (pronto en Alianza), el hebreo del Nobel Shmuel Yosef Agnón, el portugués brasileño de Clarice Lispector, el francés de Irène Némirovsky, el inglés de Conrad o el alemán de Joseph Roth.

Y además de que no disponemos apenas de traducciones de quienes sí lo hicieron en ucraniano -Tarás Shevchenko, Iván Frankó, Lesya Ukrainka o Pavlo Tychyna-, tenemos por eminentemente rusos a ucranianos de origen que dignificaron el páramo literario soviético a cambio de un elevado coste personal: de Anna Ajmátova y Yuri Olesha a Mijaíl Bulgákov, pasando por Ilf y Petrov o Isaak Bábel, que se sentía el elegido de las "soleadas estepas perfiladas por el mar" para despejar "la misteriosa y densa niebla de Petersburgo".

 

La voz de los masacrados

Y en el centro, el profundo humanismo de Vasili Grossman, que habló por los que yacían masacrados bajo la tierra rusa, ucraniana o polaca, ya fuera por el Holodomor, la guerra, el Holocausto o el gulag. Grossman era de Berdýchiv, "la capital de los judíos" de Ucrania, sobre la que escribió su primer relato. La buena acogida que tuvo en las redacciones de las revistas literarias marcó su futuro como escritor y lo apartó de su carrera de ingeniero, que lo había llevado al Donbás, al este de Ucrania: "En fin, parece que me he encontrado con eso que llaman reconocimiento".

Siete años después, su madre reposaba en una de las fosas comunes de su ciudad natal. "Cuando muera, tú seguirás viviendo en el libro que te he dedicado, cuyo destino está unido al tuyo". Se refería a Vida y destino. En ella, la madre del protagonista -trasunto de la suya- se lleva al gueto de Berdýchiv, además de cartas y fotografías, libros de Chéjov y Pushkin.

Un último dato: como Las almas muertas de Gógol para la literatura rusa, una de las obras fundacionales de la ucraniana fue otra parodia: la Eneida, de Iván Kotliarevski (1789-1838), que cambió los troyanos de Virgilio por cosacos. Para definirse, para construir su propio relato, Ucrania no solo ha mirado hacia el Este.

 

NOTA BENE: En español la presencia de la literatura ucraniana contemporánea es escasa. Pocos autores tienen más de un título traducido, como Andréi Kurkov (rusófono) o Yuri Andrujóvich (ucraniófono). Este último califica la situación de triángulo amoroso tóxico: "Los ucranianos estamos enamorados de Europa, Europa está enamorada de Rusia, mientras que Rusia nos odia tanto a nosotros como a Europa, pero con nosotros y con Europa se comporta de manera diferente".

Si bien la guerra ha impactado en el contenido de las obras, en la vida de los autores de zonas de conflicto y en el mercado editorial -se ha complicado la importación de títulos de editoriales rusas y hay mayor demanda de libros en ucraniano-, uno de los fenómenos de mayor alcance desde la independencia es la proliferación de autoras en prosa, pues hasta entonces habían estado relegadas a la poesía.

Procedentes sobre todo del periodismo, mujeres de distintas generaciones han explorado temáticas inéditas o se han apropiado de otras ya existentes abordadas por hombres -violencia de género, nuevas sexualidades o crítica social- desde la literatura confesional, la prosa filosófica o la novela histórica. Destacan los nombres de Sofia Andrujóvych, Irena Karpa, Natalka Sniadanko, Maria Matios, Oksana Zabuzhko, Lyuko Dashvar, Lina Kostenko, Tania Maliarchuk o Larysa Denysenko.

Leer más
profile avatar
18 de febrero de 2022