Escrito por

Francisco Ferrer Lerín

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A propósito de Alphonse Allais

Prólogo a La ciencia no respeta nada, de Alphonse Allais.

La Fuga Ediciones, Barcelona, 1918.

Quizá una aproximación certera a la biografía de Charles-Alphonse Allais (1854-1905) debiera empezar diciendo que Allais fue un normando enterrado en el cementerio parisino de Saint-Ouen cuya tumba fue hecha trizas durante un rutinario bombardeo de la RAF, a finales de la segunda guerra mundial, en 1944. Un hombre hecho para la ciencia a quien su pasión irrefrenable por el absurdo condujo al terreno del humor, a la escritura de textos breves que prefiguraron movimientos fundamentales en la historia de la literatura y, en general, de todas las artes. Un joven a quien su padre farmacéutico echa de casa al descubrir que elabora y vende falsos medicamentos, y que, huido a París, participa en la creación de varias sociedades literarias de ingeniosa filosofía y sorprendentes rótulos: Los Hidrópatas, por su aversión al agua, Los Fumistas, por su condición burlona, y Los Hirsutos, broncos e inconformistas.

Inteligente, algo misógino, de aspecto bonachón, publicó, durante un cuarto de siglo, un sinnúmero de historias y artículos de actualidad, todos ellos cuajados de un humor punzante que roza a veces el humor negro. Lo moderno, los avances científicos, la religión, los pobres, el ejercicio de la medicina, el ejercicio de la abogacía, el patriotismo, los movimientos obreros, los nuevos ricos, los negros, lo exótico, la tacañería empresarial, el chovinismo, el higienismo, el consumo de alcohol, el reciclaje, los vegetarianos, los animalistas, todos son tratados con gran desparpajo y suculenta ironía. A veces, por ejemplo en “Una nueva iluminación” y “Una industria interesante”, nos parece estar ante los bizarros Inventos del TBO, del Profesor Franz de Copenhague. Otras veces, como en “La pipa olvidada” y “La agonía del papel”, despliega su dimensión precursora, casi visionaria, en una sátira inversa del abuso de nuestros teléfonos móviles y en la crítica del consumo desaforado de papel como uno de las principales causas de la deforestación.

La presente antología, titulada como el primero de los relatos recogidos, La ciencia no respeta nada, es una ecléctica nómina de sus temas favoritos. Temas, a los que el orden de aparición con que son mostrados incrementa aún más el carácter adictivo que tiene su lectura; los cuentos de Alphonse Allais enganchan por sí mismos y, aún más, cuando se benefician de una planificación rigurosa y sabia.

Pero el lugar que ocupa Allais en la historia de la literaura no es sólo el de los humoristas, Allais encaja a la perfección en el lugar de las vanguardias; su manejo del absurdo iluminó a dadaístas y surrealistas hasta el punto de ser considerado por muchos de ellos como su gran padre nutricio. Jarry y Roussel, Breton y Duchamp, aprecian en Allais muchos de los recursos que ellos desarrollan: el retruécano, el calambur, la interpelación al lector, los mecanismos destinados a derribar las convenciones burguesas, convenciones que Allais ridiculiza, a veces mediante un discurso fingidamente serio, siempre partiendo de unos postulados disparatados pero por los que camina con una lógica aplastante. Quizá su aspecto apacible, dulce casi siempre, cobija intenciones perversas, su humor es más cruel de lo que pueda parecer en una lectura precipitada.

Además, en Alphonse Allais destacan, junto a su vertiente más conocida como escritor, otras dos vertientes, la pictórica y la musical. En 1883, en el Salon des Arts Incoherents, presenta un cuadro titulado “Recolte de la tomate par des cardinaux apopletiques au bord de la Mer Rouge (Effect d’aurore boréal)» [Recolección del tomate por cardenales apopléjicos a orillas del Mar Rojo (Efecto de aurora boreal)] que, como no podía ser de otra manera, no es más que una monocromía en rojo, un experimento que repite hasta seis veces más: el color negro de “Combat de negres dans une cave pendant la nuit” [Combate de negros en una cueva durante la noche)], el blanco de “Première communion de jeunes filles chlorotiques par un temps de neige” [Primera comunión de niñas cloróticas bajo la nieve], el azul de “Stupeur de jeunes recrues apercevant pour la première fois ton azur, oh Méditerranée!” [Estupor de jóvenes reclutas percibiendo por primera vez tu azul, ¡oh Mediterráneo!], el verde de “Des souteneurs, encore dans la force de l’age et le ventre dans l’herbe, boivent de l’absinthe” [Proxenetas aún en la plenitud de la vida y el vientre sobre la hierba, beben absenta], el amarillo de “Manipulation de l’ocre par cocus ictériques” [Manipulación del ocre a cargo de cornudos ictéricos] y el gris de “Ronde de pochards dans le brouillard” [Ronda de beodos entre la niebla]. Precursor de los “cuadrados” de Malévich, de   “Cuadrado negro” (1915) y   “Cuadrado blanco sobre fondo blanco” (1918), puntos álgidos en la memoria de la Abstracción, Allais no disfrutó de la consideración que sí obtuvo el pintor ruso; Allais reinventó la literatura y las artes plásticas pero no obtuvo el reconocimiento debido, quizá, y de esto hablaremos ahora, por el tono gracioso, divertido, que otorgaba a todas sus manifestaciones.

También, Alphonse Allais es el autor de la Marcha fúnebre compuesta para los funerales de un gran hombre sordo, primera pieza minimalista de la historia de la música, que prefigura ventajosamente a Erwin Schulhoff y a John Cage. Un pentagrama en blanco, virgen, es el soporte de la epifanía perfecta del silencio. Pero su obra musical no ha trascendido, Alphonse Allais era humorista; Cage y Schulhoff, que alcanzaron la fama, eran músicos, iban en serio. ¿Es el humor la barrera infranqueable que imposibilita el acceso a la categoría de genio?

Como diría Jorge Luis Borges el humor sólo tiene sentido en su modalidad oral: el chiste. En la literatura escrita el humorismo que impregne cualquier obra la precipita en el abismo de la vulgaridad y el olvido. Así son, o mejor, así están las cosas, la comicidad está reñida con el rigor, con la calidad y, no digamos, con la excelencia. Cuentan que un destacado prenovísimo barcelonés fue entrevistado por un joven canario que años después se convertiría en un destacado postnovísimo y este, después de pasar revista a la producción del primero, soltó, de improviso, la pregunta que este más temía: ¿cómo es posible que usted utilice el humor a la hora de construir un texto, cómo es posible que escritos que aparecen en su último libro como pertenecientes al género poético tengan ese tono irónico? No sabemos qué pasó después, pero ya en 1971, queda muy claro, el humor no estaba bien visto entre los adalides de la ortodoxia literaria. Tal como pontifica el propio Alphonse Allais en el relato “El hijo de la bala”, ‘nada me entristece más que no se me tome en serio’.

Resumiendo diremos que a los ironistas como Alphonse Allais les resulta insoportable la realidad, necesitan deformarla. Los ironistas no soportan a la generalidad de los individuos, los que a lo largo de sus vidas son incapaces de crear una historia nueva, un párrafo, siquiera una frase de su propia cosecha, los que, como mucho, repiten lo que otros han creado, en una estrategia repetitiva que consideran el colmo de la genialidad; esa masa que, en la actualidad, utiliza eslóganes publicitarios, expresiones formuladas en la radio y televisión, en las conversaciones de los bares.

Así, hoy, el perfecto ironista rechaza pronunciar cualquier frase que ya haya sido pronunciada y ante la dificultad creciente de ser original, dado el creciente número de individuos que nos rodean por culpa de la explosión demográfica, recurre a gritos, mugidos y alaridos, a la hora de expresarse. Allais recurre a su inmenso ingenio para desmantelar lo convencional, lo ramplón, lo trillado; se ensaña con los simples, con los memos. Alphonse Allais combina realidad y ficción, crueldad y humor. Y, para cerrar el círculo, se burla de sí mismo.

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3 de abril de 2021
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El deporte rey

El mejor regalo que he recibido estas Navidades ha sido un televisor de plasma, de no sé cuantas pulgadas, con un dispositivo incorporado que permite sintonizar no menos de 476 canales. Era algo que llevaba tiempo esperando y que según parece es el objeto de deseo del 89,4% de los varones españoles mayores de 67 años. O sea que, por fin, puedo ver un partido de fútbol ya que nunca, por ser friolero, he acudido a un campo y en el antiguo televisor apenas se distinguían los jugadores, solo daban un encuentro a la semana, que nunca coincidía con el que podía interesarme, uno en el que jugara el equipo del que soy hincha. Ahora todo ha cambiado y, embutido en un sillón orejero que dispone de una mesita auxiliar abatible, en la que coloco latas de cerveza y platitos con encurtidos y surtido variado de frutos secos y kikos, presencio, sin parar, partidos y partidos aunque, en este momento, en que ya llevo unas semanas, he de decir que hay algunas cosas que me están sorprendiendo. La primera son los escupitajos. Cada vez que la cámara ofrece un primer plano de un jugador, este escupe; dice mi yerno que es para abonar de modo natural, no químico, el césped. Tampoco entiendo la cantidad de futbolistas negros que juegan en las competiciones españolas, incluso llegué a pensar, pero también fue mi yerno quien lo desmintió, que se podría tratar de una competición entre equipos del Protectorado, pero dice que esa figura jurídica ya no existe. Sin embargo, y sin ninguna duda, lo que me resulta más chocante es la presencia continuada, diría que permanente, de un individuo que acostumbra a permanecer de pie en el borde del campo cuando juegan los maños, que son los míos, y que es el meteorólogo de apellido Maldonado, uno de los hombres del tiempo más simpáticos, y al que en estas retransmisiones llaman Míster; le habrán cambiado el nombre por cuestiones políticas ya que, y ahora lo recuerdo, se llamaba José Antonio.

 
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14 de marzo de 2021
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Exigente

Preguntan a un político regional en quién le gustaría reencarnarse en caso de fallecer un día de estos, y responde que en Garbiñe Muguruza. Una espléndida elección, pienso yo; esbelta, campeona de tenis, rica, agraciada, pero, y aquí detengo la reflexión, con un pésimo cutis, comido por el acné más salvaje. Mi altísimo nivel de exigencia vuelve a jugarme una mala pasada; habría coincidido con el político, lo que, bien llevado, me hubiera reportado pingües beneficios, pero, zas, por esa nimiedad, lo he tirado todo por la borda. Por cierto, recuerdo ahora, con todos los detalles, cómo se vino abajo mi noviazgo con la heredera destacada de una de las grandes familias del franquismo económico y estratégico. Una interesante mujer, hasta que descubrí que pronunciaba Norruega en vez de Noruega y que en la exposición sobre Turner que visitamos en la Tate llevaba, escondida en la manga, una chuleta escrita a bolígrafo con los datos sobresalientes del pintor.

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4 de marzo de 2021
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Especialidades médicas

Hoy toca revisión dermatológica semestral; piel clara, ojos azules, infancia rubia, muchas horas de sol, requieren un concienzudo seguimiento. En la sanidad pública, en las pequeñas capitales de provincia, es normal que cambien a menudo los facultativos, los especialistas no quieren atarse, aguantan unos meses a ver si montan algo por lo privado, pero rara vez lo consiguen, y se marchan. No me ha sorprendido, pues, que a la encantadora dermatóloga argentina de la visita anterior la hayan sustituido, en este caso por un joven barbudo de gesto adusto y acento asturiano. Me quito la camisa, es en el torso y en la cabeza donde proliferan las lesiones cutáneas, y Nacho, así se llama el sanitario, no tarda en observarlas con la ayuda de una lupa luminosa. No comenta nada acerca del estado de mi piel, pero, quizá para romper el hielo o para resultar simpático, pregunta, de sopetón, cuál es la morcilla que más me gusta. Estoy acostumbrado, por mi oficio de fresador, a tratar con gente variopinta pero reconozco que el comentario chacinero, en la intimidad del dispensario, me descoloca, aunque, rápido, acudo al tópico y respondo que la de Burgos, sí la morcilla de Burgos es mi preferida. Nacho, siguiendo en esa línea culinaria, y al tiempo que con un pequeño bisturí saja un angioma de tamaño considerable hasta hacer brotar abundante sangre, replica enumerando las excelencias de las tortetas, esa preparación altoaragonesa, de aspecto poco apetecible, a base de sangre de cerdo, harina, manteca y algunos condimentos. Por fin, termina la exploración, la camisa blanca ahora es blanca con lunares rojos, me citan para agosto y, al salir, miro con atención el rótulo pegado en la puerta, Doctor Ignacio García de Areces HEMATOFILIA DERMATOLÓGICA.

   
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18 de febrero de 2021
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Mengua el oro en Jaén

Costó encontrar a alguien que pudiera abrirme. Necesitaba recuperar la cartera con documentos que pude olvidar en algún banco de la catedral de Jaén ahora cerrada al ser más de las ocho de la tarde. Un quiosquero jocundo me indicó dónde vivía el llavero y, gracias a ciertos enjuagues, conseguí reintegrarle, momentáneamente, a su lugar de trabajo y así recorrer la nave de cabo a rabo hasta dar con el objeto perdido. No tenía el empleado prisa en salir, quizá a la espera de nuevos favores, pero me esperaban en el hotel Condestable Iranzo y consideraba suficientemente retribuido el servicio extemporáneo. Justo al llegar al pasadizo de escape y volver la cabeza para evitar golpeármela con un arbotante reparé en una sombra o figura casi humana que se movía rápida por uno de los corredores en galería que coronaban los flancos de la sala. Ahora al llavero se le había despertado la prisa y a mi pregunta de quién a estas horas andaba por ese lugar respondió con un vago ‘son máculas que resbalan a través de la logia’ al tiempo que me empujaba hacia afuera y cerraba el portón desde la calle girando la llave a velocidad vertiginosa. Fue inútil insistir, llegó a decirme entre sarcástico y amenazante si yo no estaría borracho y tendría alucinaciones.

Al día siguiente, terminada la sesión congresual, volví a la catedral, a sus alrededores, en concreto al barrio judío. Merodeé largo rato, hasta que, en un lóbrego portal contiguo a la taberna El Gorrión, conocí al autoproclamado rabino Bonaffos Abanbrom que, a cambio de unas monedas, me facilitó la lista de pobladores actuales de la catedral de Jaén, no reconocidos por la autoridad eclesiástica, lista confeccionada, según él, a partir de datos aportados por personas de confianza. Estos pobladores, sin duda pertenecientes a la para muchos extinta Sociedad de la Alquimia Inversa, moran en recovecos secretos del edificio catedralicio y, en horas nocturnas, convierten el oro de los retablos, imágenes y objetos litúrgicos, en metales poco nobles, cumpliendo así la profecía que anuncia el fin del boato católico.

Pobladores de la Catedral de Jaén, según el rabino Bonaffos Abanbrom:

Maestro Bartolomé. Condición: espectro. Uno de la familia Corvera. Condición: insepulto. José Martínez de Mazas. Condición: espectro. Eufrasio López de Rojas. Condición: lupo. Marianela Rebujo de Alcanforado. Condición: lamia. Sempiterna Bonó de Gargolés. Condición: mora. Jacopo Florentino. Condición: ráfaga.

 
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8 de febrero de 2021
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Bóveda o Bovino

El lugar corresponde a una localidad española de tamaño medio y mi coche es un Land Rover Defender. Se ha averiado y aguardo, de pie, en el centro de la plaza, al dichoso mecánico. De pronto aparece una figura humana; habrá doblado una esquina y camina veloz, con paso firme, hacia el punto en el que me encuentro. Es el mecánico, sin duda, aunque lleva traje, chaleco y corbata. Al aproximarse, reparo en que es alguien conocido. Es José Antonio Bové, un compañero de colegio, al que algunos llamábamos Bóveda y otros Bovino. Es él, seguro, han pasado muchos años, tiene la barba cerrada, puede que un brazo ortopédico, pero conserva la apostura, la que le permitió apropiarse de mi novia apellidada Carlinga. Dejo de preocuparme por si es o no es el mecánico, solo quiero confirmar si es mi condiscípulo, aunque podría suceder que Bovino arreglara automóviles. Mas la figura humana pasa de largo, y se despeja así una de las dos incógnitas. Incapaz de reaccionar gritando Bóveda o Bovino (¿tengo voz en este sueño?) vuelvo a quedar solo en la plaza. Ya despierto, intento razonar. No llevar la rídícula mascarilla podría situar la acción antes de la pandemia. O podría situarla en un tiempo posterior. Apenas se vio gente. En especial no se vieron los habituales viejos sentados en los bancos. Quizá, en ese pueblo, en esa región, en ese país, la mortalidad superó el noventa por ciento.
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22 de enero de 2021
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La niña del tiempo

Comentaristas que proliferan en las redes sociales llaman "niña rara" o "niña de El Exorcista" a cierta meteoróloga de TVE que con movimientos rápidos y enfundada en originales vestidos comenta in extenso la previsión del tiempo. No es de personas educadas burlarse de los aspectos físicos de los demás, por lo que solo vamos a atender, y con mesura, ciertas notorias peculiaridades de su discurso científico. Ha sido norma aceptada durante el mandato de partidos progresistas la escasa por no decir nula utilización de determinadas palabras, en especial “España”, en el espacio televisivo dedicado al tiempo; norma llevada a extremos ridículos en regiones con vocación separatista, donde es habitual oír frases como ‘en el archipiélago canario y en el resto de la península’. Pero las consignas que acata nuestra pequeña protagonista son más sutiles, fíjense que es más prolija en la narración de los detalles de las regiones que disponen de la llamada segunda lengua y, en ellas, son siempre las capitales de provincia cuyo nombre se presta a su utilización las que cita con mayor frecuencia; en Galicia puede repetir tres o cuatro veces “A Coruña” y "Ourense" y ninguna, o una a lo sumo, Pontevedra y Lugo; en Cataluña siempre sale de modo machacón "Lleida" y "Girona" y, apenas, Barcelona y Tarragona. También ahora, referido a la región valenciana, ensaya "Castelló" y es de esperar que no tarde "Valensia” y "Alacant". Aunque el otro día nuestra entrañable niña llegó al paroxismo, se la veía disfrutar, cuando hablando de Asturias (pronto será "Asturies") pronunció, en vez de Gijón, "Xixón".
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15 de enero de 2021
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A.F.M.

Recibo un paquete que contiene dos libros, uno es un detalle encantador, un librito, un opúsculo, una breve poliantea de poesías de mi amigo el escritor, editor y pintor zaragozano Raúl Herrero Herrero, al que desde aquí doy las gracias. El otro, es un volumen de relatos titulado Perro mundo (Calambur, 1994) del poeta, narrador y artista plástico manchego Antonio Fernández Molina (1927-2005), uno de los últimos bohemios españoles y que en su etapa mallorquina, como secretario de redacción de la revista Papeles de Son Armadans, permitió que muchos de los que por aquel entonces iniciábamos una cierta carrera literaria pudiéramos disponer de un espacio, magnífico, para publicar nuestros textos. He leído de corrido Perro mundo y quizá su característica más conspicua sea su capacidad para no entusiasmar. Su lectura transcurre fluida, logra provocar una sonrisa bonancible en el semblante del lector e incluso transmite una sensación de cierta alegría reposada, una diversión para pensionistas sentados en una silla de mimbre en la terraza de un apartamenteo playero de la Costa Dorada, al atardecer, a finales de verano. Pero nada más. Con Tomeo también pasaba algo parecido, pese a su carácter canalla la prosa del aragonés se movía en esa misma mullida zona del pasatiempo, de nivel uniforme, sin grandes desfallecimientos pero también sin grandes alharacas. Fernández Molina, y Tomeo, educado el primero, arrabalero el segundo, representan esa categoría de escritores de barrio, Marsé en sus comienzos también podría incluirse, que alimentan el estómago con el menú del día del bar de la esquina, y que alimentan sus recursos literarios confraternizando con los parroquianos del mismo. Tomeo tiene ideas casi geniales, Fernández Molina hallazgos surrealistas, pero carecen de estilo, o su estilo es no tenerlo, practican una escritura deslavazada, algunos teóricos dicen que intencionadamente.
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10 de enero de 2021
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Otro mal

El libro Siete noches (1980) recoge siete conferencias pronunciadas por Borges en 1977, en Buenos Aires. En una de ellas, la titulada “El budismo”, se dice lo siguiente: ‘La vida es, forzosamente, desdicha; ya que ¿qué es vivir? Vivir es nacer, envejecer, enfermarse, morir, además de otros males, entre ellos uno muy patético, que para Buda es uno de los más patéticos: no estar con quienes queremos'. Yo añadiría en este momento, hoy, en que cumplo 79 años, otro mal aún mayor: la imposibilidad de padecer el mal que Buda señala, el no poder padecerlo por no desear estar con nadie, ni siquiera conmigo mismo.
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1 de enero de 2021
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El zorro de Teumeso

Cuenta Roberto Calasso, en El Cazador Celeste, que los tebanos sufrían el acoso continuado de un zorro que moraba en las espesuras del lugar de Teumeso. Parece que el enflaquecido cánido, poseído por un estado de hambre permanente, acechaba con saña y mataba a quien con él se cruzara. Quizá para atemperar su furor recurrieron al sacrificio; cada mes, de anochecida, abandonaban a un niño en las puertas de la ciudad para que la bestia colmara su tenaz apetito, y digo quizá, porque el sacrificio ceremonial, el rito periódico para aplacar toda clase de desórdenes insuperables, formaba, ya entonces, parte principal del catálogo de ocupaciones placenteras del ser humano. El relato es débil, la figura del raposo, aunque algunas fuentes lo tildan de gigantesco, no es suficiente para encarnar la fiera que, según se dice, amenaza con devastar un cuerpo extenso, el planeta entero, empeño por el cual el lector reclama, de modo urgente, la figura del lobo. Sin embargo, un intento, puede que triunfal, encaminado a solucionar este problema, se sustancia al considerar al zorro de Teumeso como gran foco del mal, como origen único del mal que no puede mitigarse, del mal que reside en el destino inexorable del zorro, en su condición de predador que nunca será predado. Hoy, he visto al zorro del lugar de Teumeso. Amanecía, humeaba la escarcha, y un nervioso, rápido, críptico animal, ha cruzado al trote, descendiendo de los bosques de la umbría de Monte Pano, el campo abandonado que hoy ya nadie recuerda que se llama Ibor. El zorro se ha detenido, unos segundos, me ha lanzado su mirada, y el brillo de sus ojos ha revelado que portaba el mal, que una ofrenda de cuerpos humanos, sin duda cuerpos de ancianos, más accesibles que cuerpos infantiles, podría calmar su inclinación al flagelo cósmico, evitar que siguiera ejerciendo su oficio, tan antiguo, eficaz e inmisericorde.
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25 de diciembre de 2020