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Escrito por

Joana Bonet

Joana Bonet es periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales. En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena SER y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan Hombres, material sensible, Las metrosesenta, Generación paréntesis, Fabulosas y rebeldes y la biografía Chacón. La mujer que pudo gobernar. Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

Portada de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald (Sexto Piso, 2013)

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Ser caballero o ‘caballera’ en el siglo XXI

 

Cuando se produce algún pequeño alboroto en un hotel, a menudo se presenta el responsable provisto de una palabra casi reglamentaria: “Caballero, ¿qué sucede?”. Sea cual sea su condición –vista una sudadera o traje de raya diplomática–, el varón disconforme recibirá tal vocativo. Los hay que atemperan sus modales y bajan la voz cuando reciben dicho trato. Curiosamente, de ser mujer quien monta el pollo no se encontrará con un “Dama, ¿qué sucede?”, porque, a medida que las mujeres empezaron a normalizar la toga de jueza o el fonendoscopio de cardióloga y las sociedades fueron haciéndose más igualitarias, la flecha del tiempo borró el término de un plumazo, pues, al igual que señorita, te remitían a las novelas de Jane Austen.

En El gran Gatsby, Scott Fitzgerald pone en boca del padre del protagonista una serie de consejos para ser un verdadero gentleman –por cierto, en inglés no incomoda tanto como caballero –, y le anima a no juzgar a los demás, ya que ignora en qué circunstancias se hallan. Una caballerosidad que radica en cierta delicadeza de espíritu e incluye nobleza, discreción, prudencia y, por supuesto, querencia por el detalle.

Una postal muy distinta de nuestra escena contemporánea habitada por personajes que gritan e insultan, imponen su opinión, se envalentonan ante los más vulnerables y pierden el respeto por todo aquello que no sea de su color. Un caballero no debe quejarse por minucias sino ser alto de miras, tratar a los demás como le gustaría que le trataran a él, sea a hombres o a mujeres. La caballerosidad no debería tener sexo, también hubo caballeras valerosas y justas que hoy se abonan en la sororidad: ¿no somos hermanos de la condición humana?

Por supuesto que es compatible ser feminista y permitir que te abran una puerta. Nosotras también lo hacemos, hay que leer el momento. A mí me resolvió este dilema el historiador jesuita Miquel Batllori: yo era muy joven, él andaba con bastón, y tras entrevistarlo le cedí el paso en el ascensor. Se negó y me dijo: “mire joven, los hombres podemos llegar a perder la fe, pero la galantería nunca”.

Del proceso de disolución de la binariedad de género, uno de los lances ontológicos más polémicos de este siglo, surgió una nueva forma de nombrar –y vivir– la identidad sexual. Los caballeros fueron relegados, como informa Google, asociando el término a Arturo Fernández y Carlos Larrañaga. La cultura occidental transformó aquel caballero andante en una especie de donjuán engolado, erosionando su significado original, el que argumentaba el humanista Ramon Llull en su Libro de la orden de caballería: “Pues así como el hacha se ha hecho para destruir los árboles, el caballero tiene su oficio en destruir malvados”. Sí, esos que hoy difaman y extienden rumores disparatados para lastimar al prójimo.

Leo en un blog americano las recomendaciones de un profesor de ciencias sociales para ser “un caballero en el siglo XXI”, y en una de sus perlas afirma: “Ofrécete para ayudar a cualquier mujer. Ten en cuenta las tareas que lucha por completar sola, como levantar muebles pesados. Las mujeres que son independientes puede que no soliciten tu ayuda, pero eso no quiere decir que no la vayan a aceptar y apreciar”. También indica que hay que abrir la puerta “no solo a las atractivas, de lo contrario no se es un gentleman si no un jugador”. La caballerosidad ya no significa una alianza entre los hombres para que nos sigan viendo como las otras, sino un pacto de honradez entre quienes elegimos el lado de la acera donde brilla el sol.

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8 de febrero de 2024
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Mujeres que no sonríen

 

Me sorprendí al oír las palabras de Bertín Osborne asegurando, tras dejar embarazada a “una amiga especial”, que el bebé en camino no era “deseado ni buscado”. Hay frases que dejan una mancha indeleble de por vida. Por eso existen parejas que, a fin de anunciar un embarazo que no estaba dentro de sus planes, aluden al “accidente” con una sonrisa picarona. La declaración del famoso presentador produjo una colosal excitación en el mundo del cotilleo, cuyos cofrades trataron inmediatamente a la recién preñada de lagarta. Reproducían el esquema clásico del ingenuo cazado por una aventurera sin escrúpulos. Y tanto cargaron las tintas que el reciente padre, un hombre ultraconservador y antifeminista, salió a defenderla y, de paso, a defenderse a sí mismo: “Tengo mucho mundo y no me dejo engatusar fácilmente”, vino a decir.

Las relaciones entendidas como trampa son un asunto antiguo, y ya los griegos nos alertaron de que el deseo puede derivar en martirio. A lo largo de la historia, el mundo se ha llenado de hijos no deseados cuyos progenitores perpetúan diversos estereotipos, siendo el más común el del hombre mayor, rico o famoso, y la mujer joven para quien la descendencia es una especie de seguro de vida. En los últimos años mucho se ha avanzando en la nueva reformulación de las políticas del deseo en busca de una ética igualitaria, pese al grado de utopía que eso implica, pues a veces no sabemos exactamente qué deseamos. Sin embargo, aún existen aquellos que no aceptan la emancipación intelectual de las mujeres.

En 1991 Susan Faludi publicó Backlash, titulado en nuestro país Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna. He citado varias veces el libro porque me impactó la idea de que, tras aquellas working girls que pisaban Wall Street con deportivas y pintalabios, una ola conservadora cuestionaba la felicidad femenina. Y presentaba el matrimonio como un bazar de oportunidades en el que había que apresurarse a fin de elegir bien entre las escasas existencias. Aseguraba Faludi que en los EE.UU. de los noventa, una mujer de cuarenta años tenía, según la estadística, más probabilidades de sufrir un ataque terrorista que de casarse. Para muchas, en cambio, la pareja nunca fue un botín y quisieron despojarla de cualquier atisbo de materialismo, invocando el sabio flujo del amor en lugar de la manutención. Pero tuvieron que regresar irremediablemente a los parámetros del capitalismo al verse obligadas a doblar sus jornadas o abandonar el trabajo al tener un segundo hijo.

Su cuestionamiento como madres acostumbró a ser implacable; no así el de sus parejas en tanto que padres. Y si no, ahí está otra confesión pública de Osborne poco después del nacimiento de su séptimo retoño a la que también merece la pena prestar atención: “He decidido que no voy a ser padre, no quiero ejercer de padre. Si se confirma que es mío, ayudaré”. Pero son las malas madres quienes conforman un amplio colectivo que carga aún con una pesada losa de culpa y perplejidad.

La deconstrucción de infinidad de clichés culturales que han penalizado a las mujeres durante siglos provoca una fuerte resistencia. Y una nueva ola retrógrada pretende pararles los pies no solo a las listas y lagartas, también a las mujeres que se salen con la suya (incluidos “los chiringuitos” que las protegen, dicen). Ahora, se olvidan de las que no son complacientes, de las vigilantes y las solidarias, de las que no hablan melosas e impiden el avance de quienes zarandean sus derechos. De las que no sonríen.

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19 de enero de 2024
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Los anti-Mozart y el espíritu navideño

El ejercicio consiste en interponer una media distancia entre usted y los anuncios de turrones o embutidos igual que se hace con la lotería: sabemos que difícilmente nos tocará, pero compramos unos décimos porque “y si…”. Ya sabe, el condicional es la sal de la vida. Cuando en la tele anuncien perfumes prometiendo un irresistible atractivo, no desconfíe del todo, pues en Navidad la palabra inspiración se escribe con purpurina. Nos quejamos del derroche de cursilería y pensamos que nos tratan como a niños faltos de cariño, pero admitamos que ser adultos al cien por cien 24/7 resulta una auténtica tortura. Robarles un poco de ingenuidad a hijos, sobrinos o nietos es imprescindible a fin de digerir el azucarado menú.

Mientras las empresas del Ibex nos desean felicidad como si les importáramos más que un comino, pensamos lo mucho que nos ha costado madurar. Hemos atravesado estaciones de paso y atrapado vuelos de enlace con cierto gusto por la provisionalidad. Ese ir de aquí para allá, física y mentalmente, se reviste de una fuerza magnética gracias al modo condicional. ¿Y si hubiera algo mejor esperándonos? ¿Y si nuestros deseos estuvieran tatuados en una esquina del destino? Entonces, entre las cajas de mazapán y guirlache, emergerá el espíritu anti-Mozart, que nos dirá que no, que no hay nada verdadero, solo renglones torcidos de cinismo.

Mozart, a pesar de ser hijo de la pareja más bella de Salzburgo, salió escuálido, pero lo describen bondadoso y atento, un genio que se transformaba al piano. Busco información sobre la expresión anti-Mozart, que repite el protagonista de la recomendable serie Nada (Disney), y doy con un portentoso autor de vida azarosa: Alberto Laiseca, autor de Los Sorias, una monumental novela de 1.300 páginas. Ricardo Piglia la consideraba la mejor novela que se ha escrito en Argentina desde Los siete locos, de Roberto Arlt. Huérfano de madre, Laiseca confesaba que el maltrato de su padre lo empujó a los libros. El fantasma de la ópera le abrió el hambre y se puso a escribir “realismo delirante”. Borges se negó a leer uno de sus relatos, Matando enanos a garrotazos, por el mal gusto de elegir el gerundio.

Laiseca llevó durante trece años su manuscrito –que reescribió cuatro veces– en una bolsa de supermercado. En una ocasión, un ladronzuelo se la intentó robar, pero él forcejeó a tiempo y la salvó. Profesor de talleres literarios, una de sus perlas afirma: “Solo está vivo lo que es exagerado”. Fue un escritor de culto que dejó de serlo al aparecer en una serie televisiva de cuentos de terror. En el plató no se despegaba del cigarro bajo un ventilador de techo. Laiseca afirmaba combatir al anti-Mozart, siguiendo la idea de que Mozart es el bien absoluto, “pero el enemigo del bien no es el mal, sino el antibien”.

Indago a mi alrededor sobre los anti-Mozart, y mi amigo Ignacio me recuerda una anécdota revelada por Simon Leys en que se interroga acerca de la búsqueda de la fealdad, o del terror de la belleza. Contaba que en una cafetería, de repente, sonó el piano del compositor de Salzburgo y todo el mundo se mostró incómodo, paralizado. La gente dejó de hablar y un poso de disgusto planeaba sobre la barra y las mesas hasta que alguien cambió el dial. Enseguida regresó el ruido. Los presentes volvieron a ser los de antes, se relajaron y reanudaron sus conversaciones. En su acto evidenciaban que Mozart actuaba como una especie de agente distorsionador. Porque la belleza nos interpela y al tiempo nos aísla, pero lo fatal es perdérsela. Feliz Navidad.

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25 de diciembre de 2023
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Delicias chinas y un amargo mechero

La azafata virtual china es un dibujo animado con la cabeza grande y la cintura de avispa. En la pantalla, da instrucciones de vuelo con amenidad, en especial cuando explica cómo se evacua el avión y la escena parece hasta emocionante. Es un adelanto del triunfo de la cultura naif que nos envolverá durante tres días en Shanghái. Y es que la glorificación de la infancia queda reflejada desde la imperturbable sonrisa de Buda, así como en sus mofletes, porque, a pesar de que Siddharta abandonara el palacio para vivir como un mendigo, abrumado por tanto dolor derramado en el mundo, en su imaginería se representa como un gordito feliz.

En el aeropuerto de Pudong, la Navidad viaja en los equipajes de los residentes, cargados de regalos. Delicados paquetes que la policía de aduanas quiere revisar con rigor. Mientras los extranjeros salimos aliviados por la puerta de “Nada que declarar”, los locales, encorvados y pacientes, dan cuenta de sus compras, acostumbrados a vivir informando de los hijos que engendran, de lo que leen y lo que dicen. Abren las bolsas de colores frunciendo el entrecejo, y pienso que bien podrían disimular sus compras en la maleta, pero la transgresión no va en su contrato.

En el centro de la capital una neblina suspende la noche en un duermevela. Los comercios cierran tarde, y el tiempo parece un extraño. El tendido de luces del skyline golpea con identidad propia y prestada. Porque junto a los miles de puestos donde la vida se reboza con soja, se erigen torres de cristal firmadas por Zaha Hadid y fachadas del siglo XIX reformadas por David Chipperfield. La atracción asiática por los rascacielos pespunteados de luces hasta rozar el horizonte trae ecos cinematográficos. Art decó y sopas con amenazantes escamas de pescado. Delicados baos y edredones de Hello Kitty protegiendo los muslos de los motoristas. Templos milenarios junto a coches deportivos .Y un feroz cortafuegos que te desconecta de Occidente. Ni Google, ni X, ni Instagram operan en China. Si no eres un viajero previsor, te fallará la VPN y no podrás leer los diarios o mandar watsaps. Adoptarás por fin una sensación de lejanía real que te ayudará a convertirte en verdadero extranjero. Y, en medio de tanta soledad analógica, te preguntarás por tu libertad y la del resto.

Aunque las avenidas rebosen de lujo global, apoderándose de una belleza brumosa, los jóvenes chinos no pueden hablar de su realidad ni aparecer en televisión con un piercing. Si lo hacen, como sucedió con el popular presentador Jing Boran, primero borrarán el abalorio y luego a su portador. Es un aviso cultural. Sin embargo, la generación del hijo único acusa una profunda crisis de valores y apetencias. Ellos, prodigios de las horas extraescolares, no fueron preparados para los trabajos precarios de sus padres que convirtieron el país en la gran fábrica del todo a cien mundial.

¿Dónde queda el talento que, de tanto leer Made in China, se nos ha olvidado que existe? Que se lo pregunten a Ai Weiwei, que pasó veinte años en un campo de trabajo con su padre, limpiando retretes. En una de sus obras colocó el logo de Coca-Cola en una vasija de la dinastía Han como crítica a la todopoderosa sociedad de consumo. Y lo pagó con la cárcel y el exilio.

Pienso en ello de regreso al aeropuerto cuando, tras pasar varios controles, un policía me aguarda en la puerta de embarque y me da el alto, entornando los ojos. ¡Peligro!, han detectado un mechero en mi equipaje de mano: ¡un arma de fuego!.

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22 de diciembre de 2023

(Àlex Garcia)

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¿Por qué a los ‘millennials’ se la sopla todo?

No les dejen usar el móvil a sus hijos hasta los 16 años, advierte un experto, imagino que consciente de las risotadas que sus palabras provocarán en tantos progenitores que lidian a diario con esos seres de mirada torva, silencios prolongados y un teléfono imantado a su mano las 24 horas. Porque los smartphones se han convertido en el verdadero espacio de su existencia, en su central de datos y su comando emocional. En una monumental puerta al asombro, pero también a la intrascendencia. Y al algoritmo, que personaliza su banquete de deseos. La adicción a los móviles es la droga de nuestro tiempo. La más poderosa. La que puede colocar hasta hacernos enloquecer con su inmediatez y su oferta ilimitada de sensaciones.

Hoy, cuando los vídeos de TikTok sustituyen a todo libro, la comprensión lectora cae estrepitosamente entre una generación adiestrada a golpe de LOL, que escribe osea y repite justo para asentir, incapaz de expresar un sentimiento sin una ristra de emojis besucones. La instrucción digital de nuestros jóvenes coincide con nuestro sentimiento de derrota, esclarecida ya la impotencia de un combate infértil, porque nosotros tampoco soltamos el teléfono.

Pocos millennials y centennials heredarán nuestros gustos, y eso no es significativo. Pero aquello que cotizaba al alza para nosotros (como el conocimiento o el esfuerzo) es para la mayoría de los chavales sinónimo de ansiedad o aburrimiento. Pienso en la devaluación de la cultura a partir del verso alejandrino de Machado: “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito”. ¡Cómo se reirían de él los jóvenes adoradores de Bizarrap! ¿Qué pueden deberle ellos a un poeta, incluso a un pensador? “Me la pela”, repiten desafiando las normas de una sociedad que ha acabado sustituyendo el castigo por la negociación y, aun así, no le salen las cuentas.

En España, las matrículas de formación profesional –que por fin empieza a perder su tufo peyorativo– han crecido un 68% a lo largo de la última década. Los adolescentes no sueñan con la universidad a modo de templo en el que obtener su emancipación intelectual porque han asistido al desastre de sus hermanos mayores, licenciados y con máster, que integran ese 27,1% del paro juvenil.

La formación de un espíritu crítico se ha disuelto como propósito, y la inmadurez se instala a largo plazo. No, no supimos transmitir una de las máximas de la Ilustración: “Sapere aude” –“atrévete a utilizar tu entendimiento”, como repetía Kant–, porque estábamos demasiado concentrados en llegar a todo, pagar las facturas y no perder el trabajo.

El enganche de los jóvenes al mundo virtual nos interpela como sociedad: ¿qué hemos hecho mal? La tecnología nos ha mostrado atajos, pero ha acortado nuestro horizonte. A mayor progreso, menor ambición intelectual entre quienes dentro de 20 años gobernarán el planeta. Según una encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat, a la juventud catalana lo que más le importa es tener casa y trabajo. Les interesan el feminismo y la ecología, en cambio se muestran contrarios al independentismo. Proyectar su identidad como adultos arroja muchas incógnitas.

Puede que nos superen en capacidades distintas a pesar de no haber pisado una facultad ni importarles quiénes fueron Machado ni Kant. Cada vez que, absortos en una pantalla, dicen “me la pela todo”, nada tiene que ver con esa rebelión bartlebyana del “preferiría no hacerlo”, sino con una inconsciente dimisión de cualquier responsabilidad.

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24 de noviembre de 2023
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La paz no es cosa de tontos

 

Una nueva guerra nos sobresalta, y nuestra impotencia solo consigue señalar con un descomunal dedo índice la inoperancia de los líderes mundiales, incapaces de pacificar los territorios. Territorio, sí, esa es la palabra sangrante que expresa el sentido de pertenencia a un lugar físico, y legítimo, para vivir. Gaza se ha convertido en un campo de concentración, y el mundo sigue dividiéndose absurdamente en bandos, como si el sufrimiento y la muerte entendieran de colores o banderas.

No escuchamos a los líderes mundiales pedir un alto el fuego ni afirmar que solo desde la paz puede hacerse justicia, porque la confrontación y la violencia vuelven a ser formas tolerables de relación política en nuestro mundo ultrapolarizado, en el que pacifista suena a gurú iluminado, a hippy con mariposas o a ingenuo perdedor.

Hemos minusvalorado la paz, ya que la dábamos por descontada, cuando en realidad es el más perfecto y feliz equilibrio que los humanos hemos sido capaces de encontrar a lo largo de la historia. Pensamos que la guerra era un anacronismo en el siglo XXI, que la humanidad no se exterminaría más con tanques y misiles. Sin embargo, hace dos años que Rusia atacó a Ucrania y Zelenski se puso la zamarra militar. Nos sobrecogió el inicio de la contienda, la misma que hoy nos aburre e insensibiliza. Y si aún nos produce indignación es, sobre todo, por la subida de las facturas del gas y de la luz.

Mis amigas judías españolas que tienen familia en Tel Aviv me cuentan que viven en refugios blindados. Que una tristeza viscosa lo impregna todo. “¿De qué sirven tanta inteligencia, tecnología y riqueza?”, se preguntan, arrasadas anímicamente por tanta violencia. “Aislar a la población de Gaza sin comida ni agua es un genocidio”, afirma el exfiscal del Tribunal Internacional, Moreno Ocampo, en TVE. En las imágenes –las pocas que llegan desde la franja, donde apenas hay reporteros y 15 periodistas han sido asesinados– un niño herido tiembla tan desamparado que te duele el mismo acto de respirar. Gaza es una ratonera sin queso a la que todavía ayer no llegaban la comida, los medicamentos y el agua.

Cuando hace 17 años el Gobierno israelí aprobó la ampliación de la ofensiva contra Hizbulah en Líbano, el escritor David Grossman hizo una llamada de alerta junto a otros colegas: aquello podía ser trágico. No contó que dos de sus hijos habían sido reclutados y enviados al frente y ni siquiera pronunció sus nombres. Pero, al poco, el pequeño,Yuri, fue abatido. “No diré nada ahora sobre la guerra en la que moriste. Nosotros, nuestra familia, perdimos esta guerra”. Así se despedía un pacifista como Grossman de su hijo. El intelectual contaba que, al escribir sobre el conflicto palestino-israelí, se obligaba a ver la realidad desde el punto de vista del otro: “Aunque soy judío y estoy condicionado por mi educación, por mi lenguaje, por las ansiedades de mi país, insisto en describir la situación contraria”.

Equidistancia es un término cargado de negatividad, peyorativo, propio de cobardes. Y es cierto que no se puede ser equidistante ante una ejecución sumaria, ya sea la de un judío en una rave o la de un niño en un hospital de Gaza. Lo reclama Grossman en un manifiesto junto a otros intelectuales israelíes dirigido a la izquierda. En cambio, habría que reivindicar la ecuanimidad, imprescindible para confrontar las matanzas terroristas de Hamas y Hizbulah con el castigo indiscriminado del ejército israelí. ¿Dónde está la frontera entre defensa propia y venganza? ¿Por qué se relega la paz, como si fuera un asunto para tontos?

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23 de octubre de 2023
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Damocles en la máquina del TAC

A pesar de que el tiempo es una noción que carece del orden que la humanidad le otorgó, la gramática previó el uso del presente continuo, esa acción atada al gerundio, que siempre he imaginado como una espiral redonda. A día de hoy no sé todavía si debo decir que “tuve”, “he tenido” o “puedo estar teniendo” cáncer. Resulta similar al lenguaje de los exalcohólicos, que nunca dejarán de serlo por mucho que permanezcan sobrios durante décadas.

Recordamos la espada de Damocles, cortesano adulador a quien Dionisio el viejo quiso escarmentar de manera original: intercambiaron roles por un día, permitiéndole éste ser monarca, pero Damocles salió huyendo cuando vio oscilar sobre su cabeza una espada sostenida por una sola crin. Y tanto caló la amenaza que todavía la utilizamos para definir el riesgo latente e inevitable.

Eso es lo que sentimos quienes nos hemos acabado familiarizando con una palabra que antes nos producía un helado respeto: oncología. Hoy la vemos escrita en la pantalla del centro médico y nos dirigimos hacia su puerta con dignidad –esa cualidad tan necesaria en la medicina clínica–, pero también con egotismo, porque la enfermedad es tan colonizadora que intenta apartarte del mundo, como si solo existiera el nubarrón negro que no escampa. Al acostarnos, la maldita espada se nos clava en la almohada.

A pesar de la luz de luna y de las risas en el patio, pensamos qué pasaría si en ese mismo instante la máquina de nuestro cuerpo fallara de nuevo y dejará escapar una célula egoísta, como las llama el profesor López Otín. O “un golpe de estado de tus propias células”, compara el oncólogo César Rodríguez. La metáfora es una forma de expresar la realidad a través de la sugerencia, que nuestra imaginación suele recibir con hospitalidad. Lo contaba Borges y elegía unos versos del poeta E. E. Cummings para resolver la ecuación sueño-vida: “Se parece a algo que no ha sucedido”.

La estadística afirma que sucede, ya que uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres tendrá cáncer a lo largo de su vida. Tras pasar por ello, se tiene la certeza palpable –no solo racional– de estar viviendo al tiempo de estar muriendo. La lejanía que un día representó la muerte se ha aproximado en un zoom radical. “Apura cada instante de la vida”, nos recomiendan a los que lo hemos superado, acaso olvidando que se ingresa en un protocolo en el que cada tres meses se debe pasar una selectividad vital.

Se trata del “trauma silencioso de la revisión” que a todas luces parece un mal menor, pero cuyo acerado filo provoca una sobredosis de ansiedad y temor. Avanzamos en nuestra relación de intimidad con las máquinas que practican las tomografías (TAC). Son imponentes, y su rugido atronador parece condición indispensable para hurgar en nuestros cuerpos, como si se batieran con el mismísmo diablo. Al día siguiente, entraremos en la aplicación para obtener el resultado. Nada.

Alternaremos rutinas y los compromisos y les diremos a los nuestros: “estoy en capilla”. Pero una no puede dejar de pensar en el nombre y el apellido de la nueva mancha. La aplicación sigue muda.Tendrían que pensar que nos faltan uñas para esa espera, y avivar la compasión por las miles de personas que cada día aguardan su resultado. Tras la insistencia, me mandan el mío: “benigno”, la palabra más optimista del diccionario. “Nos vemos dentro de tres meses”, me dicen con la alegría aprendida, y tú debes transformar ese sinvivir en una atracción de funambulista.

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10 de octubre de 2023
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Mi mundo es otro

“María, guapa”, le cantaban los flamencos mientras ella se venía arriba y tensionaba la espalda, desplegando un orgullo insólito que calaba en el ánimo gracias a su voz rajá, condición indispensable en el cante para contagiar la emoción. Corría 1978 y se acababa de aprobar la Constitución española; la letra de la canción Se acabó, escrita por el jerezano José Ruiz Venegas, nos sentaba de maravilla a niños y adultos, hasta el punto de que se convirtió en un desahogo nacional. La Jiménez, nacida pobre, trianera que se subió a los tablaos barceloneses y luego aprendió de La Paquera en Los Gallos, sacudía salvajemente su melena rubia, la boca entreabierta mostrando sus dientes apiñados con tanta sensualidad como determinación. Jesús Quintero, que la ayudó a despuntar, me contó que, paseando por la calle Sierpes, una gitana le alabó sus zapatos de marca. Ella se los quitó, se los regaló y siguió andando descalza. Ese desprendimiento se coló en su voz.

Faltaban tres años para que se legalizara el divorcio, pero Se acabó fue recibida como un himno polisémico que provocaba meneo y garbo. Un portazo. Una patada al aire. Y un adiós al amor romántico, con romanticismo: “Mi piel se quedó vacía y sola, desahuciada en el olvido”. El rubio salvaje de María Jiménez –que durante años se tiñó en casa: mañanas de boatiné y cigarrillos– cantaba al mal amor en el que tantas mujeres habían quedado atrapadas. Es nuestro I will survive, se ha dicho estos días en que se ha resignificado la canción. Pero en aquel tiempo la violencia machista aún no se reconocía y de todo tenía culpa la pasión. Dudo que en la configuración moral de Ruiz la voz de Jiménez, ahuecada desde las entrañas, sonara a fiesta empoderada avant la lettre.

El caso es que María Jiménez no pudo administrarse su propia medicina y vivió episodios de malos tratos que acabó denunciando. Unos años atrás, al despedirla, se hubiera dicho de ella que fue “una mujer de vida complicada”. De la misma forma que a María Teresa Campos se la hubiera coronado como periodista “del corazón” para rebajarla de su pedestal. Pero, afortunadamente, el estigma de lo femenino –superficial, frívolo, de segunda– ha descorrido su tupido velo, y el mundo ya se cuenta de otra manera.

Así ha ocurrido en el caso Rubiales, tras la exhibición de tan lamentable euforia rematada con gestos soeces, y la defensa de lo indefendible. La flecha del tiempo ha ido desarmando a los bravucones, demostrando que la masculinidad es plural y carece de un manual que cumplir. Mientras Jennifer Hermoso preparaba su demanda, empezó a viralizarse un hashtag lanzado por las futbo­listas: #SeAcabó. Dos periodistas contaron en las redes cómo habían sido acosadas por el mismo hombre, su jefe de sección, cua­renta y cinco años después de que María Jiménez desatara a España con su rumba liberadora.

El #MeToo, que no aterrizó en su día en España, desencadenaba una riada de confesiones en las que el cuerpo de la mujer se convertía en el blanco con la humillación como objetivo. Tantas palmadas en el culo, miradas repugnantes, chistes babosos, miembros viriles exhibidos como un trofeo sin haber sido invitados… Todo eso pervive, sí, como demostraron los aplausos de tantos lacayos de Rubiales, reacios a asumir el nuevo contrato sexual en el que la equidad y el respeto sustituyen al abuso y la grosería. Todavía no se acabó, pero nuestro mundo ya es otro.

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15 de septiembre de 2023
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La tontería del género

 

En 2007, un juez de familia de Murcia, Fernando Ferrín Calamita, retiró la custodia de sus hijas a una mujer por ser lesbiana, con unas argumentaciones a juego con su segundo apellido: “Es el ambiente homosexual el que perjudica a los menores y que aumenta sensiblemente el riesgo de que éstos también lo sean”. Tampoco había dejado adoptar a una niña por la pareja femenina de la madre.

Hacía dos años que en España se había legalizado el matrimonio homosexual. I will survive, de Gloria Gaynor se convirtió en la banda sonora del mismo país que, durante el franquismo los represalió. Hoy, dieciséis años después, Giorgia Meloni retrocede siguiendo la escuela Calamita con una medida que dejará a varios huérfanos civiles.

En los años ochenta surgió un nuevo arquetipo relacional: el mejor amigo gay, a quien se le suponía diversión, pluma y desparpajo. El estereotipo era muy rentable para los chistes y la fiesta, untado por esa pátina de Loco Mía que hiperbolizaba el amaneramiento. Las series de televisión se enriquecían con ese personaje de voz aguda y cantarina, que aconsejaba sobre el bolso perfecto. Pocas veces asomaban el dolor, las picaduras de la marginación e incluso de la violencia, que sí afloraba en el cine y la literatura. Los suyos seguían siendo espacios silenciados.

Y, a pesar de que el grueso de la sociedad reivindicara sus derechos, siguieron siendo expulsados de trabajos, recibiendo ofensas o palizas. No se trató la homosexualidad como una cuestión seria, estigmatizada en la sociedad aunque tolerada (en carne propia) por sus élites. “Estoy cansada de esconderme y de mentir por omisión”, declaraba la actriz Ellen Page, cuando hizo público que era lesbiana.

En Una homosexualidad propia (Destino), Inés Martín Rodrigo, una excelente periodista cultural y ganadora de un Nadal, confiesa que de niña no tuvo referentes. Nació en 1983, y en el colegio le llamaban marimacho. Según la RAE, se define así a “una mujer que en su corpulencia parece un hombre”. Esa palabra la golpeó durante años; le gustaban el balón y el Scalextrix, no tuvo Barbies, se refugió en la lectura. Y se encontró.

Recuerdo que almorcé hace un par de años con ella. Me habló de su pareja. Di por hecho que era un hombre. Actué como esos padres que, cuando se juntan con sus bebés, se dicen: a ver si son parejita de mayores. Ni por asomo piensan que pueden emparejar con alguien de su mismo sexo.

La madre de Inés murió de cáncer, cuando esta tenía catorce años: “Me pasé toda la juventud triste, hasta que fui capaz de recordarla con la misma alegría que su rostro siempre desprendía”. Admite que nunca pudo decirle: “mamá me gustan las mujeres”. Martín, una mujer discreta, dice que no es valiente, pero que en los momentos críticos hay que dar un paso al frente. “Sin miedo. Con orgullo”.

Desde el siglo XVIII, el concepto de progreso alumbró a la civilización, a derechas y a izquierdas. Hoy, el látigo populista hace ideología del cuñadismo, la que desafía el consenso y emponzoña la libertad. Especialmente, la sexual. Se arrancan banderas del arcoiris y los delitos de odio contra el colectivo se duplicaron el año pasado.

Algunos partidos anuncian el retroceso sin pestañear, dispuestos a enderezar el viejo orden del que no considera al diferente como igual. No solo es nostalgia falangista. En Polonia existen espacios libres de personas LGTBIQ. Y en Hungría pueden detenerte si pronuncias la palabra gay. La fobia se extiende y una apestosa nostalgia celebra esa moral arqueológica que persigue, como afirma Abascal: “La tontería del género”.

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10 de julio de 2023
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El perezoso asunto del sexo

 

No solo las series de televisión han matado al sexo. Desde hace cuatro décadas, la práctica de relaciones sexuales mengua en Occidente, cuyos habitantes, tan productivos como exhaustos, le han buscado placenteros sucedáneos. La relación más íntima suele ser con el móvil; tanto es así que cuando creemos haberlo perdido nos sentimos verdaderamente desamparados. La virtualidad colma expectativas en detrimento del contacto físico, hasta el extremo de extenderse (sobre todo entre los jóvenes) la pereza de interactuar más acá de la pantalla.

“Solo tengo tres horas para devolver llamadas pendientes: a las 8, a las 14 y a las 21”, me confesaba hace unos días un directivo del sector del automóvil, y yo me permití imaginar su intimidad: “Estoy reventado”, le diría a su mujer al llegar a casa desposeído de deseo, pero en cambio, a gusto por haber cumplido con el ideal de vida que se ha forjado.

Como él, gran parte de los profesionales multitasking han suprimido los planes improvisados. Cada vez resulta más difícil quedar con los amigos, porque la noción de ocio ha variado; y a la mínima agarramos con avaricia las sobras de tiempo que quedan para desmayarnos a nuestras anchas.

En la cultura de la transición hubo una avidez descomunal por descubrir los sabores del cuerpo. Aquella España pacata que demandaba programas de televisión sobre sexualidad se entregaba a Eros para superar la larga resaca de la represión. Enseguida espabiló el mercado, desde los sex shops hasta los clubs de swingers, y florecieron los paraísos sexuales.

El voyeurismo acabó triunfando. Cuerpos frescos, tangas y prótesis en las nalgas, el twerking y numeritos medio porno ocuparon la escena visual. Las películas de parejas francesas que discutían después del primer polvo qué tipo de relación les aguardaba, quedaron tan anticuadas como los desnudos en las revistas. Tinder, fast sex aparentemente divertido y drogas químicas para follar durante tres días seguidos. Sexo de usar y tirar. Nada importante. Pero la banalización del sexo no le desprendió la violencia, que ha pervivido culturalmente bajo la coartada del amour fou.

El progreso no ha logrado retener la hemorragia, por lo que en esas ciudades prósperas, donde las parejas espacian sus noches calientes y los jóvenes prefieren engancharse a una serie, se denuncia una violación cada tres horas. Aquella fórmula de “tener sexo con un desconocido”, que antaño se publicitara como excitante, hoy causa auténtico pavor. Los expertos afirman que el feminismo también ha impactado en nuestra actividad sexual, al concienciar acerca de lo que es una relación consentida, libre y recíproca.

En Retén el beso (Anagrama), Massimo Recalcati reflexiona sobre el sentido del amor, que puede ser duradero si declina hacia la ternura. Mientras que la pasión sexual fluctúa y termina por agotarse. Recalcati recurre a una cita de Sartre: “La alegría del amor consiste en ser esperado”. Pero, ¿disponemos del tiempo necesario para alimentar el deseo si no encontramos ni un momento para llamar a los amigos?

Las rutinas, un verdadero nido de telarañas, espesan la atracción. Y, mientras la inteligencia artificial sigue tratando de cuadrar el círculo, la gran mayoría de parejas advierte que se quieren más –y mejor– cuando salen de viaje, pues en la soledad del hotel encuentran el tiempo para poder reelaborar el ideal de su amor y hacerle un espacio al deseo. No, el teléfono no ha desbancado todavía los besos de reencuentro.

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16 de junio de 2023
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