Escrito por

Joana Bonet

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Putin y la Mona Lisa

 

Para el día de la Victoria, Vladímir Putin se maquilló a la manera de Sarkozy –que contaba con un make up artist en nómina–, aunque no fue suficiente para disimular la hinchazón de su rostro. “Cortisona”, supusieron algunos; “parkinson”, “visitas al oncólogo”, los más osados. Pero ¿por qué diablos un tiparro como él, que pesca truchas con el torso desnudo, luchador de sambo y experto tirador que ha descerrajado la paz en Europa, se sienta con una mantita sobre las piernas? Frente a los féretros de quienes murieron por su capricho, el zar posmarxista, que al estilo de los señores de la guerra camina con los puños apretados, mostró sin pudor un amago de vulnerabilidad. Parecía tener frío, a diferencia de los ancianos excombatientes sentados a su lado. Y todos nos preguntamos qué escondía bajo su manta cuando, a sabiendas de que era observado con lupa, quebró su seriedad concentrada y esbozó una sonrisa al despedirse de su entregado público.

Ante las comisuras de Putin ocurre igual que con la Mona Lisa: la primera vez que la observas, atinas a ver una sonrisa; a la segunda, dudas, y a la tercera crees que su rictus esconde una amarga melancolía. La mirada del dictador es afilada, pero sus labios insisten en estirarse reproduciendo ese gesto universal que dulcifica la gravedad de la existencia. Son esos instantes en que, como precisaba Simone Weil en La gravedad y la gracia, se produce un breve destello que hace olvidar la carga, y la sonrisa se convierte en un feliz sobresalto.

“Cuando ante una cámara se nos pide que sonriamos, actuamos de manera valiente. Pero si el proceso se demora, basta una fracción de segundo para que nuestras sonrisas se conviertan en muecas incómodas. (...) Una sonrisa es como un sonrojo: una respuesta, no una expresión en sí misma”, escribe Nicholas Jeeves en su ensayo La sonrisa en el retrato . El profesor de arte de Cambridge explica por qué los personajes no sonríen en los cuadros hasta el Renacimiento, cuando se empezaron a mostrar los dientes, pues antes era una muestra de vulgaridad y mal gusto –solían ser negros–. Solo a los borrachos, los miserables, lascivos y, por supuesto, a los inocentes les estaba permitido reír en las obras de arte.

Hoy, al retirarnos las mascarillas, volvemos a topar con las sonrisas. Las falsas y las auténticas. Fue el neurólogo francés Guillaume Duchenne quien dio con la verdadera, la que se produce debido a la contracción de los músculos cigomáticos, que arquean nuestros labios al tiempo que el músculo orbicular eleva las mejillas, formando esas reconocibles arrugas de felicidad alrededor de los ojos que delatan su sinceridad. Pero la sonrisa de Duchenne escasea en nuestro teatro social por mucho que la publicidad, con su promesa constante de paraíso, certificara su hegemonía. Tanto fue así que se prodigó un nuevo género: la sonrisa envenenada como la de Putin, que amaga incomodidad y desprecio.

En su cuadro Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, el puntillista George Seurat pinta ocho barcos, tres perros y unos cincuenta parisinos que no resplandecen con la misma efervescencia que el paisaje. Parecen estatuas. Nadie sonríe. Acaso la respuesta la tenga el fotógrafo Peter Lindbergh, afinado esteta contemporáneo, que afirmaba que ante el retrato de alguien risueño solo se ve la sonrisa mientras que en el que no sonríe, se acierta a ver todo lo demás. Casi toda sonrisa encierra siempre cierta melancolía por su evanescencia, pero en el caso de Putin su mueca intolerable roza la pornografía.

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21 de mayo de 2022
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Espiar, un estilo de vida

Hay una frase que vincula íntimamente el mundo de la inteligencia con el del glamur. Los redactores de la web del CNI titulan así su oferta laboral: “Más que un trabajo, un estilo de vida”. No dicen ni modo ni forma. Tras varios vistos buenos, supongo, optaron por estilo, que sigue sonando increíblemente bien a pesar del uso banal de la palabra que figura en el rótulo de los puestos de manicura, en la espuma para el cabello o en los anuncios inmobiliarios. Pero es efectiva, promete un mundo.

El caso es que, si te motiva el futuro de España y te atrae el servicio público, puedes animarte a probar fortuna en el CNI. Por su parte, piden lealtad, discreción y espíritu de sacrificio, y, a cambio, una esperaría que le ofrecieran viajes y acción; sin embargo, lo máximo que garantizan es estar en “primera línea de la seguridad nacional”. Con un título universitario y la nacionalidad española se puede aspirar a una de las profesiones con mayor aura cinematográfica. Pienso en la atracción fatal que sienten muchos adolescentes por la criminología, aunque se les acabe pasando, como el color rosa y los cromos de Pokémon.

De los espías de opereta decimonónicos a los actuales sistemas de inteligencia artificial ha pasado algo más de un siglo, pero la tecnología ha abierto una realidad que no solo cambia radicalmente el desempeño del oficio, sino que nos obliga a repensar el concepto de intimidad. Hoy, los agentes se dedican sobre todo a acceder a la información que suministramos en perfiles y cuentas en redes, filtrarla e interpretarla según sus intereses. Cuántas veces nos ha sorprendido la precisión del algoritmo en su intrusión en nuestros propios móviles. Y eso que no están –creemos– infectados con Pegasus.

Vivimos inmersos en un capitalismo de la vigilancia que monitoriza nuestras vidas y sabe a quién llamamos, o enviamos un mensaje, y qué le decimos, qué compramos, cuánto dormimos, los pasos que damos al día y las calorías que ingerimos. El filósofo Éric Sadin anuncia en La era del individuo tirano, el fin de un mundo común, describiendo a un ser hiperconectado y, al tiempo, desvinculado de lo colectivo. Imbuido de esa falsa sensación de poder que proporciona el tecnoliberalismo, que nos hace sentir autosuficientes a cambio de robarnos el alma. Como escribió el gran Le Carré, espía reconvertido en novelista de éxito, “el espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados”. Y, si no, que se lo pregunten a la ya exjefa de los espías, Paz Esteban.

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12 de mayo de 2022
Foto: Dani Duch
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El mundo que cabe en una vida

 

La representación infinita del mundo se rompe ante la amenaza a los ecosistemas que nos daban cobijo. Se ha detenido la conquista de un mundo nuevo porque la sensación postapocalíptica nos instiga a conservar el que todavía sentimos como propio. Afectados por las heladas de abril, los árboles han interrumpido su floración y el asombro deviene lugar común, un subterfugio ante la confusión extrema: “El mundo ha enloquecido”, decimos. En invierno tomábamos el sol conjurando la sexta ola del virus, y recuperamos los guantes polares en esta primavera teñida con la sangre de millares de hombres caídos sobre la nieve de Ucrania, algunos imberbes.

El mundo de ayer, urdido por prósperos hombres blancos, no nos sirve. Todos los fundamentos que lo dotaban de solidez y estabilidad se revelan insuficientes, excluyentes, violentos. Según algunos pensadores, hemos entrado de lleno en el posfundacionalismo que ya anunció Oliver Marchart en el 2007, y que establecía la diferencia entre la política y lo político. Porque, hoy, como asegura la profesora Laura Llevadot, a la cabeza de los filósofos de la Universitat de Barcelona que cuestionan y critican el orden establecido, “lo que politiza es que dentro de este pretendido orden no hay ningún fundamento inmovilista. Y para ello es necesario atravesar un vacío”. Hemos de aprender a vivir sin tener nada en común, asumiendo la falta de fundamentos o, a lo sumo, su carácter contingente, abierto y revisable. Cualquier noble causa emancipadora se vuelve sospechosa si apela a una totalidad de lo humano exento de diferencias, por ello los activismos se han multiplicado aunque en demasiadas ocasiones el propio turbocapitalismo los favorezca. Nuestro cuerpo es un terreno político, como lo es una etiqueta made in Spain en lugar de made in Bangladesh, cerrar el grifo a mitad de la ducha o evitar los plásticos. Son actos individuales con los que nos posicionamos políticamente, lejos de la política clásica, pero también son una forma de simplificar la complejidad del mundo.

“Rompemos el mundo para entenderlo”, afirma Anna Caballé en el adictivo ensayo que le ha valido el premio Jovellanos, El saber biográfico (Nobel), que profundiza en cómo se reconstruye una vida a través de la escritura. Respecto a la contemporaneidad yuxtapuesta, Caballé la considera “una realidad tan abrumadora que no le da otra posibilidad al ser humano más que huir de ella para huir de lo intolerable que resulta pensarlo. De modo que lo que hacemos es romper la complejidad del mundo adaptándola a nuestras limitaciones cognitivas”. Nos explicamos –desde las especies hasta las emociones– clasificando para sentirnos cómodos. La autora confiesa que ella lo hace para recomponer historias de vidas y el mundo que ha cabido en ellas. Sumando­ todas las dimensiones del individuo –aunque vividas en casillas independientes– se establece su relato diacrónico y solo un trabajo a fondo permitirá entender el doble forro de una vida.

Todos los habitantes del globo a lo largo de la historia pensaron que su mundo enloquecía cuando escapaba a su comprensión, y por tanto se dedicaron a pensarlo, o a entretenerse. Hoy ya no padecemos histeria y neurosis como en el siglo XIX, aunque nos mata el azúcar y sufrimos de estrés, ansiedad, depresión. Y a pesar de la progresiva infantilización que nos atonta, en nuestro fuero interno sabemos que ha sido necesaria una pandemia para tomar conciencia de la vulnerabilidad humana. Porque entendíamos fatalmente la vida como un juego entre fuertes y débiles.

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19 de abril de 2022
Matthias Schröder. Unsplash
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La hora de Berlín

 

Hubo un tiempo en que España quiso regirse por los horarios alemanes como una manera de estar en el mundo a lo grande. La leyenda cuenta que Franco quería cenar a la misma hora que Hitler, y por ello sincronizó las agujas con el Tercer Reich (GMT+1:00). Hasta entonces nuestro país seguía el huso horario del Meridiano de Greenwich, igual que Reino Unido o Portugal, aunque, en verdad, ese alinearse con Alemania fue idea del ejecutivo de la zona republicana de 1938, de forma que cada bando tuvo su hora oficial. Y así, durante un año, media España vivió con el horario de invierno y la otra con el de verano, el que estrenamos el domingo con la amarga sensación de perder una hora de sueño y de vida. De despertar en la oscuridad primaveral, el único trino que podemos escuchar es de la alarma del teléfono.

Más allá del enfervorizado debate que siempre ha rodeado a esta cuestión, y de los intereses comerciales implícitos, de nuevo nos colocamos frente a la envanecida superioridad humana que pretende luchar contra el tiempo. Y, en cambio, no somos avaros con nuestras horas y nos conformamos con aprovechar las migas que nos quedan, como una forma de enfrentarnos a la vida con un solo ojo. “Cezanne es el primer artista que pintó usando ambos ojos” dijo de él Hockney, porque empezó a pintar un objeto desde dos ángulos, de lado y de frente, sin aplanar la imagen.

Las horas caen en saco roto. Y el mandato de la productividad acorta la mirada. El horario de verano es veneno para la salud, dicen algunos científicos. Nos altera los ritmos circadianos y empobrece la calidad del sueño, mientras que las noches con luz de día potencian nuestra mediterraneidad disoluta. Pero no es solo la hora fantasma lo que criticamos, también la imposición de un horario que no se rige por el sol, dictado por un espejismo de omnipotencia que, desprovisto de mirada lateral, tan solo enfoca de frente, desperdiciando tanta belleza.

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31 de marzo de 2022
John Jennings. Unsplash
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Escribir como quien da un paseo

Hubo un tiempo en que se debatía si era más fecundo escribir enamorada o, todo lo contrario, acomodarse en los grises para evitar una prosa con exceso de brincos. Kingsley Amis apreciaba mucho el estado de resaca, pues aseguraba que dicho malestar le aportaba cierta lucidez metafísica. Y la historia, por su parte, demuestra que se ha escrito no solo en todo trance, sino también en las circunstancias más extremas. Ahí están los cuadernos de Wittgenstein rasgados en las trincheras, los versos de Verlaine desde la cárcel de Mons o las líneas que Agota Kristof anotaba mentalmente en la fábrica de relojes suiza donde trabajó. No fue la única: Jacques Rancière habla en El espectador emancipado de aquellos obreros que, al salir de la cadena de montaje, escribían poemas y se desalineaban.

Cuesta imaginar, cuando todo es incierto y volátil, a quienes se entregan al folio como manera de resistir, o desaparecer. Un acto de fuga y a la vez de búsqueda, como necesidad de encuentro y acuerdo. Ahora llegan las obras concebidas durante los dos años de pandemia, un tiempo ralentizado en el que la muerte comía y cenaba con nosotros. Pienso en el pequeño acto de rebeldía que supuso para sus autores dejar de ser ellos en ese contexto enajenado, o acaso existir a través de las vidas de otros. “Es escritor el que persiste en su propia estupidez”, le escuché decir en una ocasión a Pablo d’Ors, capaz de resumir el verdadero sentido de la escritura, alejado de la vanidad que implica publicar.

La fina artesanía practicada por quienes arman una historia fatiga las manos a una de­terminada edad, pero las ideas disparan los dedos, que olvidan los dolores del cuerpo, reencarnado en los de sus personajes. Dos ejemplos: en La Loca (Ediciones B), Cristina Fallarás presenta una voz muy distinta de Juana I de Castilla, una mujer calumniada y encerrada durante 46 años en una sola estancia del monasterio de Tordesillas; con su prosa hipnótica, una cuchilla sobre hielo, desmonta la falacia histórica que estereotipó el personaje durante siglos. Y Ana Merino ha accedido al archivo personal de Joaquín Amigo, compadre de Lorca, para dar forma a Amigo (Destino), una apasionante novela de campus que se entreteje con una investigación poética e histórica.

Narrar sigue siendo la mayoría de las veces un acto improductivo –excepto para los best sellers–, aunque no conozco a nadie que pretenda hacerse rico con un libro. Para eso están los bitcoin, las start-ups, el arte NFT o la creciente industria de la marihuana legal. “Escribir es un lujo y un despilfarro”, sentencia Juan Evaristo Valls en su Metafísica de la pereza (Ned Ediciones), un formidable ensayo que dispara las sospechas en torno al llamado “mal del ímpetu” y desarrolla su contrario: la ética de la inoperancia. “El único gesto rebelde hoy es el de no hacer nada”, escribe. Y anima a dejar de producir, de conectar alarmas, responder correos, atravesar ciudades que son selvas.

Ya basta de ser infelices, de tragar ansiolíticos, abandonando la creatividad en el amor, en la mesa, en el punto de vista. “¡Parad! O de lo contrario el triunfo más grandilocuente se cernirá sobre vosotros y os aplastará con la tremenda furia de sus promesas”, insiste el autor.

Hoy, la sociedad del rendimiento da paso a otra más perezosa, que pugna por ampliar el tiempo de ocio, además de pensarse desde el cansancio. Y que, rubrica Valls Boix, entiende –y necesita– la escritura como “una larga espera en la que nunca sucede nada, y, por ello mismo, puede cambiar algo”.

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21 de marzo de 2022
Jorge Franganillo / Wikimedia
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El viento en Chernóbil

 

“La admiración de la tristeza”, así titula la premio Nobel Svetlana Alexiévich la tercera parte de su célebre libro Voces de Chernóbil, que abro de nuevo tras contemplar las imágenes de los soldados ucranianos pisando el suelo radiactivo de aquella tierra vetada para la vida humana, que se ha convertido en una reserva natural. Muchas casas permanecen abiertas en pueblos fantasma cuyas calles forman parte del bosque. Sus habitantes salieron corriendo cuando era ya demasiado tarde, con la piel a tiras o los pulmones reventados. Recuerdo bien un detalle: para no levantar sospechas de la peor catástrofe nuclear de la historia, el gobierno obligó a desfilar el Primero de Mayo a un grupo de niños en edad escolar mientras el viento, arremolinado de veneno, lamía sus mejillas. Ahora que el invasor ruso ha tomado la antigua central y domina su sarcófago, los soldados ucranianos deben defender su tierra, aunque esté contaminada. “De algo moriremos”, se decían.

El umbral del dolor de los rusos es más elevado que el del resto, afirmó Alexiévich, que tiene mucho de filósofa fatalista. La eterna contienda en aquella “región fronteriza” –significado literal de Ucrania– sigue centrándose en un imperialismo que busca, escapando al espíritu de los tiempos, el dominio de territorios estratégicos. ¿No decían que las guerras serían en adelante cibernéticas y diplomáticas, pura inteligencia? Y en el año del metaverso vuelven los tanques y los bombardeos, las familias refugiadas en el metro y un éxodo desamparado cuyo primer destino es la nada.

Los ojos de Putin parecen inyectados en una especie de inmor­talidad reactiva. Mira parapetado en unas enormes placas de hielo desde las que parece ver claro. Reactivar los reactores de Chernóbil –que no terminarán de desmantelarse hasta el 2064– también está en su mano. O ¿acaso no pretende que el mundo admire la tristeza que es capaz de derramar con tan solo mover las pupilas?

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3 de marzo de 2022
ELS JOGLARS TEATROS DEL CANAL fotografiado por el fotógrafo Pablo Lorente
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El tiempo está fuera de quicio

 

A veces las columnas te hablan antes de ser escritas. Por un lado, digamos el derecho, la mía me anima a escribir del Aristófanes de Els Joglars, y de cómo parodian ese reguero de conceptos que, de tanto repetirlos, se han desgastado igual que unos tejanos. Apelamos a la empatía las veinticuatro horas, marginando palabras que antes la comunicaban sin tanta pretensión, como cercanía o comprensión. Y ahí está la simpatía, esa cualidad efervescente arrinconada en nuestro mundo de empáticos antipáticos que, en su asunción de la moral dominante, uniformizan el pensamiento, a menudo tan global e intrascendente como esas cadenas de tiendas de camisetas replicadas.

El grupo teatral, en ¡Que salga Aristófanes! , se sirve de la cara B del teatro clásico, un contra-Sócrates y contra-Eurípides que, sin pretenderlo, inspiraría a generaciones de feministas: en su Lisístrata , las mujeres se declaran en huelga sexual hasta que se alcance la paz. La función, con un gigante Fontserè al mando, arremete también contra los derechos de los animales, la cancelación de artistas poco ejemplares, el lenguaje inclusivo, la sostenibilidad, las falsas denuncias de acoso –aunque los datos demuestren que son una anécdota– y hasta que exista un Ministerio de Cultura ¡y Deporte! Qué saludable ejercicio democrático es la crítica, y más aún cuando la sátira mezcla ruido con Schubert.

En cambio, por la izquierda, la columna me pide que repase los premios Goya, que reunieron todos los ingredientes del llamado pensamiento woke : la desigualdad de las mujeres, la galopante deshumanización de un mundo que ahoga al náufrago en lugar de salvarlo, los patrones abusones aplaudidos todavía por la moral del patriarcado o la necesaria pedagogía del perdón. El espectáculo nos ofrecía un espejo hiperbólico en el que unos se reconocían y otros se enajenaban.

“El tiempo está fuera de quicio”, exclama Hamlet. El fantasma del horizonte perdido ya planeaba en Shakespeare, y solo ha ido mudando de sábana. Hoy, sorprende aquel pensamiento de Virginia Woolf cuando anotó que hubo un día –ella lo fechó en 1910– en que el carácter humano cambió. Hoy en día seguimos pensando lo mismo, enrocados en la polarización de los bandos, atentos a la pretendida superioridad moral de la izquierda y al negacionismo de una derecha que satiriza las transformaciones de la experiencia sensible. Los tiempos están descoyuntados, sí, como siempre, por ello temblamos cuando se abren los escenarios, sea por la derecha o por la izquierda.

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25 de febrero de 2022
Fry, Roger Eliot; Virginia Woolf (1882-1941)
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Las croquetas de la abuela

 

En sus diarios, Virginia Woolf cuenta que tiene que dejar de escribir para guisar la cena. “Creo que ciertamente es verdad que una adquiere cierto dominio sobre la carne de salchicha y sobre el róbalo por el medio de hacerlos constar por escrito”. Woolf era una virtuosa literaria, pero eso no la eximía de las tareas impuestas a las damas hacendosas. De ahí que, en un ensayo sobre las profesiones femeninas, señale que “el deber de toda mujer escritora es matar al ángel del hogar”. Su sentencia caló, aunque solo entre nosotras, que decidimos acabar silenciosamente con el fantasma doméstico que se aparecía bajo la forma de una fregona, escapando de la abnegación propia de las buenas amitas de su casa. Y para ello contamos con complicidades inesperadas: las de nuestras propias abuelas y madres.

Curiosamente, hoy, en mi casa se oyen quejas con sorna. “Queremos comer unas croquetas de la abuela, pero tú no sabes cocinar”, me dicen, haciendo suya esa nostalgia que han comercializado las marcas de congelados. El caso es que ni mi madre ni mi abuela –como tantas otras– se preocuparon por enseñarme sus recetas. “Tú estudia”, me decían mientras bregaban entre los vapores de sus ollas. Ellas se quedaban con sus cuchillos frente a los fogones y yo me ocupaba de mis metáforas. Nunca tuve tanto tiempo propio como en aquellos años de estudiante ni volví a disfrutar de largas horas de lectura porque su gran transferencia fue la generosidad y el aliento para que lograra mi emancipación intelectual y profesional.

El viernes se celebró el día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y el sesgo de género volvió a aflorar. El número de mujeres que se dedican a las llamadas carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) retrocede. Y mucho más después de la pandemia, cuando tuvieron que interrumpir sus estudios porque alguien tenía que preparar las croquetas de la abuela.

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16 de febrero de 2022
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¿Para qué nos quieren?

 

Nacemos y reproducimos desesperadamente los primeros gestos que nos rodean, de ahí nuestro oculto talento para la interpretación. Todos somos actores y actrices que nos preparamos para entrar en escena, y creemos que, actuando, podremos transformar algo. Para ello medimos nuestra impostura, y más cuando en este reino se impone como mandato la naturalidad, aunque sea forzada. “¡Sé más natural!”, le exige el asesor al candidato cuando posa bien alejado de toda espontaneidad.

Me deslumbran mis amigas actrices: con qué bravura dejan de ser ellas y encarnan personajes que parecen auténticos, absorbiendo un dolor o una frivolidad que nunca han experimentado. Ellas me recomendaron El actor y la diana, de Declan Donnellan, un libro que invita a descubrir los misterios de la vida. El dramaturgo, en lugar de preguntarse ¿por qué?, prefiere cuestionarse ¿para qué? El cambio es radical. Por ejemplo, nunca llegaremos a saber por qué Julieta se enamora de Romeo, pero sí que su misión en la vida es amarle desafiando al destino.

Así como la escritora, el chef o los músicos escriben, cocinan y componen para ser más queridos, en la vida minúscula solemos actuar para obtener afecto. En lugar de adeptos los llamamos seguidores, y las pantallas contribuyen a que establezcamos una falsa complicidad que revienta el ego. Mi amigo Basilio Baltasar me señaló una frase de la actriz Belén Cuesta en Jot Down que le había impactado, venía a decir: vivir del aprecio de los demás es una mierda. “Una filósofa”, apostilló Baltasar. Porque, confundidos por nuestras meritorias actuaciones, pensamos que el mundo nos debe algo. Que nos corresponde un aplauso. Y en este agudo proceso de infantilización de una ­socie­dad que necesita de palmeros para combatir el horror ­vacui, seguiremos preguntándonos equivocadamente ¿por qué no me quieren?, en lugar de ¿para qué me quieren?

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9 de febrero de 2022
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Cuatro mil semanas de lío

Perdemos tontamente el tiempo porque se nos ha olvidado que existe un “mundo que mundea a nuestro alrededor” (Heidegger), entregados como estamos a tanta pantalla. “Desactivad las notificaciones”, aconsejan los psicólogos que advierten de los peligros de una sociedad intoxicada de cortisol, la principal hormona del estrés. A la gente le gusta decir que está liada, es una forma de darse importancia y ocuparse de misiones que espantan el sentido de la vida. Cuando yo era una pobre mujer de siete cabezas que iba corriendo a todas partes, oí a mi hija decirle por teléfono a su padre: “Hablamos más tarde, que ahora estoy reunida”. La caricatura de mí misma que me devolvía fue una bofetada de sentido común.

¡Cuántos correos, llamadas, gestiones y reuniones superfluas hemos sumado a lo largo de nuestras carreras, robándonos a nosotros mismos un tiempo precioso e irrecuperable! El lío se ha convertido en emblema de prestigio social en nuestra sociedad hiperproductiva: cuanto más liados, más interesantes parecemos, asegura Oliver Burkeman en su libro Cuatro mil semanas: Gestión del tiempo para mortales, las mismas que calcula que se viven en una existencia de ochenta años. En él reflexiona sobre nuestra provisionalidad finita, y afirma que nunca lo tendremos todo bajo control ni conseguiremos dejar a cero la bandeja de entrada del correo. Pero alerta de la forma en que malgastamos las horas, de nuestra negligencia creativa y de la comodidad que nos empequeñece.

Aplaudimos la flexibilidad laboral como nueva conquista, pero nos rodean personas que han perdido la voz de puro agotamiento y que, a fin de afrontar su ansiedad, van aún más rápido, dispuestas a pelear amargamente contra sus molinos de viento. Lo dijo Marilynne Robinson: “El espíritu de los tiempos es el de una urgencia sin alegría”. Las buenas citas son muletas que nos ayudan a pensar más despacio.

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26 de enero de 2022