Escrito por

Rosa Moncayo

Maravillosa portada de Demian (Alianza Editorial)
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Hermann Hesse y el orientalismo

Hermann Hesse fue uno de los escritores más leídos por los jóvenes solitarios e inconformistas de los años 60 y 70. Debo incluir a mi padre en este grupo, le he robado hasta los puntos de lectura de esos ejemplares únicos que sacó Alianza Editorial. Demian, El lobo estepario, Viaje al Oriente... Qué ediciones más pulcras. Hesse nació en 1877 en Alemania, fue un niño meditabundo e independiente que desarrolló un fuerte apego por la poesía y la vida intelectual. Trabajó de aprendiz de relojero y librero. Siempre intentó llevar una vida al margen de la sociedad arquetípica y biempensante, nunca quiso entrar en el mundo académico. ¿Para qué ceder ante algunos académicos? Aficionado a la música, pintor y políglota. No se pierdan sus pinturas.

La obra de Hesse está cargada de simbolismo y constituye una síntesis de las filosofías de Oriente y Occidente. Especial predilección por según qué temas. La crítica a la educación escolar, vana e improductiva; el conflicto entre la libertad artística y el sistema burgués establecido; la búsqueda de la unidad estética espiritual frente a la disolución de la conciencia y la configuración de una armonía en los valores culturales.

La decadencia alemana de la Segunda Guerra Mundial supuso un punto de no retorno. Cualquier intento por encontrar una solución, por muy utópica que fuera, al problema del espíritu era insustancial; el trauma de las dos guerras irrumpió con fuerza en la escritura de Hesse. Hombre de una individualidad implacable, en una carta dirigida a su amigo André Gide, se despedía de la siguiente manera: “Reciba una vez más el saludo de un viejo individualista que no tiene intención de adaptarse a ninguna de las grandes maquinarias.”

Una única voluntad: ser libre. Un outsider que luchó a favor de la recreación de los valores espirituales de la mente. Podría decirse que fue inspirador del movimiento hippie. En un mundo patentado y economizado, la década de los 70 y el capitalismo imperante crearon una sociedad de consumo que provocó una tendencia contestataria. La materialización de la sociedad y la rápida industrialización eran los símbolos de un mundo moderno al que todos debían adherirse si no querían ser excluidos.

El orientalismo se difundió por Europa a finales del siglo XIX, aunque se presentaba bajo una mera función ornamentalista. La catarsis literaria de Hesse fue la piedra angular de esta nueva perspectiva para el mundo occidental. Una de sus novelas más emblemáticas fue Siddhartha, escrita en 1922 tras el abismo que dejó la Primera Guerra Mundial. No trata sobre la vida de Buda -aunque está presentada en situaciones análogas a la vida de Gautama-, trata sobre el hijo de un brahmán que ansía encontrar la satisfacción total y el equilibrio entre su vida y el mundo. Es más, Siddhartha significa «aquel que alcanzó sus objetivos». Sus tres habilidades son la paciencia, la meditación y el saber escuchar. Junto a su amigo Govinda, emprende un viaje espiritual y se une a los samanas, los ascetas del bosque para buscar el samsara. De ellos, aprende el arte de abstraerse e insensibilizarse contra el hambre. Siddhartha o el firme reflejo de un Hesse que se debate entre la lucha incesante por preservar su espíritu y la fenomenología de una conciencia supeditada a los estragos de la vida europea. Hesse y sus ideas fijas: la insatisfacción vital puede vencerse gracias a la espiritualidad.

El desequilibrio entre el progreso espiritual de la sociedad y el avance a pasos de gigante del ámbito científico, económico, industrial y tecnológico contribuyen a impulsar una tendencia, siempre en una sola dirección, hacia un último fin vacío de misticismo y sensibilidad. El hombre y su consecución de logros no va acompañado de un sentimiento de felicidad, sólo se contempla la ganancia monetaria y un sentimiento de mejora gradual y continua en la comodidad cotidiana. El espectro de posibilidades e idearios que confluyen en la obra de Hesse aspiran a una armonización de este progreso dinámico para que puedan verse reflejados en el cultivo de la espiritualidad humana y lograr la famosa insustancialidad (Anātman). Somos espectadores de una degeneración irreversible de la mundología interna y su privación del sentimiento de realización.

El corpus antropológico de esta brusquedad se da en el declive del hombre occidental. Necesitamos sentirnos dioses. En estos últimos dos siglos, el hombre ha sido capaz de desafiar las leyes de la gravedad, crear máquinas que detectan la verdad y la mentira, alargar la esperanza de vida, viajar a la luna, postergar la muerte y crear vida mediante técnicas artificiales. Glorificamos el ego, lo aplaudimos. Nuestro sesgo: no nos sentimos parte de la naturaleza. El hombre occidental cree estar por encima de ella, ser sobrenatural pues es el artífice de un progreso que nunca se creyó posible. Todavía no hemos interiorizado nuestras limitaciones, no hemos aceptado nuestra mortalidad ni respetamos la naturaleza. La perspectiva budista aparece en contraposición a este supuesto porque la vida sólo debe ser entendida una vez nos hemos concienciado sobre la muerte y su imperativo. El sufrimiento es connatural al acto de vivir.

 

 

El pájaro pelea hasta que consigue salir del huevo. El huevo es su mundo. Todo ser debería intentar destruir el mundo.

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30 de junio de 2021
El peso de los pensamientos por Thomas Lerooy
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El peso de los pensamientos

Qué extraño ridículo estamos haciendo al meternos en la cabeza que debemos adaptarnos con disciplina a este mundo de nuevas normalidades. En esta casa se oyen demasiados disparates cuando encendemos el televisor. Manipular está de moda. Ignorancia e ineptitud todavía más. Crear problemas y soluciones, dar las gracias y vuelta a empezar.

El otro día me enviaron una crónica viralizada sobre el paso de la Familia Arcoíris por La Rioja. Qué burla más estúpida. Al parecer, en las noticias se llegó a decir que se trataba de una orgía desenfrenada con drogas y niños de por medio. Hasta ridiculizaron el mapita dibujado a mano por uno de los integrantes para señalizar la zona de acampada y se preguntaron que qué era eso de la madre tierra. Un helicóptero los estuvo vigilando y movilizaron a no sé cuántos cuerpos de seguridad para poner multas por no llevar mascarillas y acampar. Incluso enviaron a una pandilla de perritos para detectar estupefacientes. No encontraron nada. Las redes sociales se llenaron de críticas intensas hacia estos inconscientes y descerebrados hippies. Es triste, pero cierto. Esto no es más que un breve ejemplo de lo que está ocurriendo en España. No puedes acampar. No puedes reunirte con amigos. No puedes salir de noche. No puedes abrazar a tus familiares. No puedes respirar. No puedes trabajar. No puedes viajar. No puedes celebrar la madre tierra. Algunos dicen que es mejor no pensarlo. Se ha suspendido la libertad. ¿Volverá algún día o es otra batalla perdida? Hagan el favor de dejar a la gente en paz.

 

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17 de junio de 2021
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Ibn Battuta

Hay algo extraño en la literatura de viajes. Una se pone a leer los diarios de viajeros como Ibn Battuta y acaba con una obsesión malsana por querer configurar las imágenes de lo que ha leído en su memoria. El viaje de Battuta casi coincide con el de Marco Polo, aunque de este ya se habla demasiado, el fin de las Cruzadas y la islamización de los tártaros. Treinta años viajando dan para mucho. Los sucesores de Gengis Kan ya domaban China y la peste negra corría rauda por Europa.

Lo bueno de Battuta es que tenía cierta obsesión por el comercio, escribía listas de los precios de los productos que veía a su paso y tomaba notas sobre los mejores mercados de las ciudades. Desdeñaba el ideario chií y su dimensión esotérica. También despreciaba a los rafidies, la secta chiita más extremista; incluso no quiso visitar sus pueblos. Cruzó el mar Negro. El lugar que más perplejo lo dejó fue Crimea, le sobrecogió el poder que tenían las mujeres:

“En este país observé algo asombroso: la consideración en la que se tiene a las mujeres cuya posición es más alta que la de los hombres. (…) Unas van en carros tirados por caballos, con tres o cuatro muchachas que les alzan las puntas del vestido; en la cabeza llevan una bugtaq, es decir, un aqruf (una especie de capirote) con perlas incrustadas y rematado por plumas de pavo real” (Battuta, 1989:421).

También viajó a la India. Además de alertar sobre los yoguis, aseguraba que podían matar con sólo clavar su mirada en cualquiera, contó que si una viuda se incineraba tras la muerte de su marido, su familia ganaba reputación. Como no era obligatorio, la que no se incineraba debía vestir con ropa tosca y ordinaria. Esto me fascina: acabó su viaje pasando por China, un lugar que no le gustó, se sentía consternado a pesar de la belleza de sus paisajes, estuvo confinado en su alojamiento y sólo salía por necesidad y urgencia.

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3 de junio de 2021
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Desordenada

Parece una tontería ponerme a escribir sobre esto, pero todos tenemos ciertas manías, más inútiles que carismáticas, cuando leemos. Evitaré extenderme demasiado.

Confieso que omito páginas de la lectura que me incumbe. A menudo, dejo de leer y salto a otro capítulo para luego volver a atrás y deleitarme con lo que me he perdido. Otras, hago un ajuste transversal y me entero de todo rápidamente, así puedo saltar sin problemas. Entiendo que será un defecto de universitaria con demasiadas prisas, aunque no se lo he visto hacer a otros. Otra manía: no me gusta, pero me sitúo en la última página y me obligo a leer la última palabra. Achino los ojos y evito leer el resto de la frase. No hace falta que diga que acabo leyendo la frase por completo; a veces, incluso, la página entera. Un autosabotaje en toda regla.

Otros dejan constancia del número de páginas leídas día tras día, en aplicaciones como Goodreads, o se apuntan a retos lectores Leer treinta libros en un año, ¿lo conseguirás? y eso para mí es imperdonable.

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17 de mayo de 2021
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Homo sentimentalis

Dice bell hooks que no hay escuelas de amor porque se da por sentado que todos sabemos instintivamente cómo debemos amar y ser amados. Prefiere que escriban su nombre con minúsculas porque lo verdaderamente importante son sus libros, no su identidad. Debo decir que conmigo logró el efecto contrario.

Puede que la mejor definición de amor se remonte a la cita de Scott Peck en El camino menos transitado (1978), un clásico que aguantó diez años seguidos en la lista de los libros más vendidos de The New York Times: «El amor es la voluntad de extender el propio yo para favorecer el crecimiento espiritual de uno mismo o el de otra persona». ¿Amaríamos mejor si todos nos pusiéramos de acuerdo en qué es el amor? Quizá la mera alusión al crecimiento espiritual cuando hablamos de amor no tenga sentido para algunos, pero hay heridas tan recónditas que sólo el espíritu puede alojarlas. Todos queremos sentir. Incluso Kundera habló del Homo sentimentalis.

El amor se banaliza y se trata con obscenidad, como si fuera algo ilegítimo. Cuando empecé a salir con mi pareja, se me ocurrió regalarle El arte de amar de Erich Fromm. Fue un acto reflejo. Tontamente, pensé que si recibía el libro con agrado y lo leía de manera contundente —compartiendo opiniones y subrayando algunas citas—, podría ser la prueba definitiva para saber si estaba hecho para mí. Así fue. Yo lo había leído durante una estancia en Londres que, en cierto modo, me convirtió en una persona insensible. Casualmente, mi pareja y yo nos conocimos una semana después de mi vuelta a España. Huelga decir que ahora mismo lo considero una prueba para ilusos, pero lo recordamos con mucha ternura.

En Todo sobre el amor se dice que en el mundo en el que vivimos parece que sólo exista el amor romántico. Es muy cierto. Debe existir algo inherente a la condición humana. ¿Cómo se vive y de qué manera se ama si tendemos a avergonzarnos de nuestros sentimientos? Hay citas de Fromm por doquier. «La sociedad debe organizarse de modo que la naturaleza social y amorosa del hombre no se halle separada de su existencia social, sino que esté unida a ella». Del miedo a la violencia y de la ética al amor. Lograr que ese amor ya no sea obsceno, que no haya pudor, exige esfuerzo. La sociedad y sus mecanismos de miedo y de obediencia global garantizan el poder absoluto. Entonces, ¿sólo nos queda agarrarnos al amor? La respuesta de hooks es que «cuando amamos, el miedo desaparece ineludiblemente».

hooks habla de espiritualidad y ética como sendas hacia un amor perfecto —el que a priori se entiende, pero lleva años poner en práctica—; también sobre un detalle que me emociona: esa cantidad ingente de budistas que viven en Estados Unidos y todavía siguen luchando en balde por la liberación del Tíbet. «Vivir la vida en íntimo contacto con el espíritu divino ayuda a ver la luz del amor que está presente en todos los seres vivos», dice hooks. Más allá de la espiritualidad como amor divino, me da la impresión de que mi generación no ha podido satisfacer esa dosis de espiritualidad básica que esperaba. No creo que se trate de un vacío emocional colectivo ni que tenga que ver con la oferta religiosa de nuestro país y su cuestionable reputación —tampoco creo que religión y espiritualidad deban ir de la mano—; considero que la carencia se debe, más bien, a la comodidad y el materialismo que nos rodea, más a unos que a otros, desde que nos traen al mundo.

Hay una frase de Roland Barthes, en Fragmentos de un discurso amoroso, que a menudo me ronda la cabeza y la mantengo como un mantra, incluso terminé anotándola en una de mis libretas: «Desacreditada por la opinión moderna, la sentimentalidad del amor debe ser asumida por el sujeto amoroso como una fuerte transgresión, que lo deja solo y expuesto; por una inversión de valores, es pues esta sentimentalidad lo que constituye hoy lo obsceno del amor».

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4 de mayo de 2021
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C’est pas moi!

Existe una literatura tan etérea que resulta imposible recordar pasajes escritos en ella. Paseo por Madrid con una amiga y, de repente, aparece en mis manos Cada día es un árbol que cae de Gabrielle Wittkop. «Lo que mayor regocijo le procura es el análisis del análisis, superado sólo en ocasiones por la refutación y la reconstrucción de sus propios análisis». Diario de viajes y recuerdos de infancia. ¿Cómo se puede narrar con tanta ostentación sobre la India? Termino su lectura en un avión que vuela a Madrid y deja atrás a las Baleares. Están a punto de fundirse en el mar.

Gabrielle Wittkop escribió de manera perturbada. Es así. A sus 20 años, Francia y los nazis eran un mismo lugar, se casó con un desertor alemán, homosexual como ella, y se fue a vivir a Alemania. Un enlace erudito. Cuando llegada a cierta edad lo único que una puede querer es un final tranquilo, a Wittkop le diagnosticaron un cáncer en fase avanzada y se dio muerte para no presenciar ni un atisbo de enfermedad en su cuerpo. Poco tiempo después, su secretaria encontró el manuscrito. Nunca se lo había dejado leer.

La de Wittkop siempre será una escritura fatal, en el buen sentido del adjetivo, el retrato de un rostro desconcertado, la pureza de una huida hacia delante. La maldición de quedarse dormido y encima tener que soñar. Hippolyte c´est pas moi. Una trenza y un paisaje verde. Pronunciación germana y algunos pocos buenos amigos. «No hay confesión que se escape con más ligereza que la del amor que no se siente».

Aquí va una lección para toda una vida: los miopes sabemos verlo todo.

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20 de abril de 2021
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Un día lo creo y al siguiente no

Leyendo Yoga, de Carrère, me encuentro con un fragmento de lo más persuasivo. «Hervé es mi opuesto. La espiración es su fuerte. Lo que más quiere es vaciarse, aligerarse. Todos estamos de paso en la vida pero él es consciente de ello. Él no se instala, se siente un inquilino y hasta un subarrendado, mientras que yo poseo el instinto del propietario preocupado por agrandar sus posesiones y, como los patriarcas bíblicos, por crecer y prosperar. Mi tendencia natural es crecer, la suya decrecer».

Me da por pensar que tiendo a lo mismo, que siempre ando preparándome para lo que pueda pasar, me inflo de suposiciones -como el que dice que piensa demasiado, el taquipsíquico-, que me preparo para esa llamada del terror que sólo ocurre cuando ya eres adulto y que, precisamente, lo más interesante de hacerse mayor consiste en no entrar en demasiados detalles.

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21 de marzo de 2021
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María Iordanidu

El verano de 2019 me fui de vacaciones al Cáucaso para cruzarlo a pie. De Tiflis a Batumi, ciudad sin igual. La gran belleza ocurrió en Kazbegi, región en la que me hubiera gustado quedarme unos días más. Allí conocí a Guli, dueña de una tiendita de abarrotes. Guli hablaba inglés porque su hermana gemela vivía en Reino Unido y la visitaba muy a menudo. Me contó que su hermana se fue de Georgia cuando apenas tenían veinte años y la guerra de Abjasia ya había hecho mucho daño. «I missed her so much, but I felt like staying home», me dijo.

Guerra y vidas separadas. Hace poco llegué al nombre de María Iordanidu (Constantinopla 1897 – Atenas 1989), a quien la irrupción de la Primera Guerra Mundial la pilló de vacaciones en el mar Negro, en Batumi. Como a la protagonista de su novela, Ana, este acontecimiento la obligó a quedarse en Rusia cinco años. Borrada de la faz de la tierra y sin noticias de casa, tuvo que aprender ruso y adaptarse a un país trémulo. «Cuando se encienden las estufas y los samovares, cuando tienes los pies enfundados en unas buenas botas de fieltro y el estómago lleno, el invierno ruso es precioso. Pero si no tienes todo eso, mejor que no hubiera invierno».

Cada vez me gustan más las novelas de aventuras, lo raro es que antes las aborreciera tanto. Por cierto, sigo deseando que publiquen los viajes de Ibn Battuta en español. Leer en inglés resta entusiasmo.

El libro de Iordanidu me ha maravillado por su cotidianidad en los grandes acontecimientos. El tono costumbrista genera comodidad al leerla, una narración superficial que admite y busca la imaginación del lector. Cómo me hubiera gustado entrevistar a María Iordanidu. ¿Quién más es capaz de describir en un tono tan irónico y entusiasta un naufragio en tierra hostil? Personaje fragmentado, pero campechano. La edición de Acantilado cuenta con un glosario esencial y unas valiosísimas notas de la mano de la traductora Selma Ancira.

«Amorcito». Algunas palabras resuenan como un semantron en el oído, como una voz venida de otro mundo. De un mundo que ya no existe, y runrunean nostálgicas en el mundo que empieza.

Semantron: instrumento de percusión idiófono que en los monasterios ortodoxos es usado para llamar a los monjes a orar.

Kazbegi

 

Batumi

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3 de marzo de 2021
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Boi

—Y, por último, ¿por qué ha escogido la versión en español de esta canción?

—Bueno, porque todo el mundo conoce la original. Aunque, si lo mira bien, jamás va a ser lo mismo decir te quiero en el idioma de tus entrañas.

[Suena Tú serás mi baby de Les Surfs]

 

No entiendo por qué no había oído hablar de esta película. Se estrenó en 2019. Hizo falta que la subieran a Netflix —no está en Filmin, este dato todavía me descoloca— y que el algoritmo nos la recomendara el domingo por la mañana para que llegáramos a ella. Ópera prima de Jorge M. Fontana. Trata sobre Boi, un chico de 27 años, aspirante a escritor, que empieza a trabajar como chófer privado. Sus primeros clientes son dos singapurenses que deben cerrar un trato en menos de 48 horas desde su llegada a Barcelona.

A fin de cuentas, para una película como Boi, el argumento es lo de menos. De ella me interesan, sobre todo, las escenas de espera y contemplación entre viaje y viaje. En una de ellas, Boi lee El tigre de Tracy, esa novela tan loca de Saroyan en la que el mejor amigo del protagonista es un tigre que luego resulta ser una pantera negra. «¿Cuál es la diferencia entre un buen café y el mejor café? La publicidad—contestó Tracy». Me gustó el detalle. El café, curioso elemento a golpe de leitmotiv. ¿Usted sabe sacar el café por la nariz?

Hay mucha belleza en esta película, toda concentrada en frases cortas. «Eres tú. ¿No te acuerdas? El escritorzuelo con la niebla por dentro. Y ahora, con todas las puertas cerradas... Mira arriba. Hay una ventana abierta». Cameo del desaparecido David Sust, última vez visto en Demasiado viejo para morir joven.

Sólo leo reseñas de las pelis que me han gustado. En una se quejaban de la falta de personajes femeninos del reparto. La crítica decía que las mujeres sólo aparecen para dar propósito, razón de ser y motivos para la melancolía del protagonista, que apenas están construidas y ni siquiera son necesarias para la trama. ¿Cómo puede ser que con una película de este calibre sigamos con la misma cantinela? Es más, ¿qué razón hay para reclamar una cuota femenina impostada para unos personajes que nunca lo fueron?

Si hay libros de los que deseamos adaptaciones cinematográficas, también hay películas de las que es justo desear novelas. Boi es una de ellas.

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10 de febrero de 2021
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Una mujer

Se me había olvidado lo que era leer a Annie Ernaux. Ayer, bien caída la tarde, con una monografía de Auschwitz y tres mil quinientos trámites burocráticos todavía pendientes —qué mejor manera de pasar el mítico Blue Monday— me presenté ante mi estantería favorita de la casa y elegí Una mujer. Algunos lo llamarán procrastinar. Ya lo había leído aquella vez en Formentor, pero no importa, suelo releer los libros de Ernaux con la misma intriga que la primera vez, me ocurre desde que descubrí aquella edición antigua de Pura pasión. Es lo que tiene creer que padeces los mismos males que la autora.

Justamente, fue ayer cuando me di cuenta de que lo que más me gusta de Ernaux es su manera de ver su presente y situarlo de manera tan precisa. Creo que esta revelación se debe a que no tengo buena memoria, apenas me acuerdo de mi infancia, diría que mi primer recuerdo es de cuando tenía ocho años. Incluso mi pareja se lleva las manos a la cabeza cuando le cuento alguna historia, repetida, por supuesto, con la misma ilusión que la primera vez. Aun así, qué más da, se la vuelvo a contar.

Es la belleza y el arte de la situación literaria —los que hayan leído Una mujer me entenderán: las forsythias y el crucifijo, los barrotes subidos de la cama y el camisón blanco bordado, L’école des fans de Jacques Martin en un hospital de Pontoise. «Ahora, todo está unido».

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19 de enero de 2021