Escrito por

Sergio Ramírez

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Una tarima engalanada

Cao Jianming es uno de los catorce vicepresidentes del comité permanente de la Asamblea Nacional Popular de China, y ha sido enviado a Nicaragua para estar presente en la cuarte toma de posesión consecutiva de Daniel Ortega. Es un largo viaje, desde el otro lado del mundo, hacia un país que acaba de entrar en la órbita de las relaciones expansivas del nuevo celeste imperio de Xi Jinping. Pocos son los invitados que habrán de acudir, la mayoría de bajo nivel, o de nivel mediocre, como el propio Jianming.

Por eso, su sorpresa debe haber sido mayúscula cuando al bajar del avión advierte que lo espera una guardia de honor a la que habrá de pasar revista como si fuera un jefe de estado. En un país de estrictas jerarquías como el suyo, tal anomalía protocolaria es imposible. Pero en Nicaragua sí. Él representa a China y eso es suficiente, así fuera ujier de la Ciudad Prohibida.

Pero lejos de allí se da otra escena que también es inusual, por no decir extraña. Ese mismo día, 10 de enero, el presidente López Obrador comparece en una de sus “mañaneras”, las conferencias de prensa que ofrece temprano de cada día en el Palacio Nacional de la ciudad de México. Un periodista le pregunta si su gobierno enviará algún representante a la toma de posesión de Ortega.

            −Todavía no se decide −responde, bastante desconcertado−. ¿Cuándo es…la toma de posesión?

            −Hoy −le informa el periodista.

            −Ah… ¿Hoy? No sabía.

            El periodista le dice entonces que la noche anterior la cancillería ha anunciado que no enviara a nadie a la ceremonia.

            −¿Y a qué horas es la toma de posesión? −pregunta el presidente.

            −No sé la hora −responde el periodista.

            −Vamos a ver si da tiempo de que llegue alguien…porque nosotros tenemos buenas relaciones con todos. Con todos −repite el presidente−. Y no queremos ser imprudentes.

            −¿Sería una imprudencia que no fuera ningún funcionario mexicano a la toma de posesión? −continúa el periodista.

Entonces el presidente responde que México no puede hacer a un lado su política de autodeterminación de los pueblos. Y recuerda cómo el gobierno pasado, por quedar bien con otro gobierno, expulsó al embajador de Corea del Norte.

Seguramente estaba consciente de la imposibilidad de que un enviado llegara a tiempo, ya que ha dispuesto que tanto él como sus funcionarios sólo pueden utilizar vuelos comerciales. Y a la tarima de los invitados en Managua terminó subiendo el encargado de negocios de la embajada mexicana, ya que no hay un embajador.

A este episodio tan singular, se le ha dado el cariz de una desautorización bastante ruda a su propio canciller, Marcelo Ebrard, quien habría buscado sumarse a la inmensa mayoría de los países latinoamericanos que dejaron solo a Ortega en su farsa. Pero también merece otra lectura.

Si el presidente de México ni siquiera sabe cuándo toma posesión Ortega, y tampoco sabe, en consecuencia, la hora de la ceremonia, no es que esté desinformado nada más. Lo que demuestra es la nula importancia que Nicaragua tiene en su política exterior, un cero a la izquierda.  Será por eso mismo que al canciller Ebrard no le pareció necesario informarle que no enviaría a Managua a nadie, ni siquiera a un funcionario de tercera categoría.

Y así se saca en claro que jamás se le había ocurrido al presidente López Obrador asistir él mismo, invitado como estaba; o enviar a su canciller, o a alguien de su gobierno.

Al contrario, lo que hace es tomar distancia, y colocar a Nicaragua en un lugar poco privilegiado: al lado de Corea del Norte. Buenas relaciones con todos, dice, y recalca la palabra todos, es decir, demócratas y dictadores. Por eso reprocha al gobierno de Peña Nieto, haber expulsado en 2017 al embajador del dictador hereditario Kim Jong-un.

Y de imprudencias hablando, Argentina, que tampoco envió a ningún delegado, se hizo representar por su embajador en Managua, Daniel Capitanich, entusiasta hincha de Ortega, quien se sentó en la misma tarima de honor en que se encontraba el vicepresidente para asuntos económicos de Irán, Mohsen Rezai.

El personaje está acusado en los tribunales argentinos de ser responsable, nada menos, del atentado terrorista contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ocurrido en 1994, en el que murieron 80 personas y más de 300 resultaron heridas, un crimen de lesa humanidad. Hay una orden de captura internacional librada por la Interpol contra él.

Al concluir la ceremonia, hubo una foto de familia en la que Ortega aparece junto al propio Rezai, el presidente de Cuba, Miguel Diaz Canel, y el de Venezuela, Nicolás Maduro. Es la foto que debe haber sorprendido ingratamente al presidente Fernández de Argentina, y en la que López Obrador jamás hubiera querido estar.

La cancillería argentina dirigió una nota diplomática a la de Nicaragua por la presencia de Rezai, que “constituye una afrenta a la justicia y a las víctimas del brutal atentado terrorista”. Un lamento, no una protesta: "el gobierno argentino lamenta profundamente tomar conocimiento de la presencia en la República de Nicaragua del señor Rezai…".

Y la tarima en Managua se queda en su lugar, sin desarmar, hasta la próxima toma de posesión, cuando Ortega vuelva a traspasarle el poder a Ortega.

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17 de enero de 2022
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Lecturas con la maleta abierta

El año que se ha cerrado estuvo lleno para mí de las vicisitudes que trae consigo la vida del recién exiliado, lo que significa tener siempre la maleta abierta: la maleta con la que pensabas volver a tu país y que contiene sólo lo necesario para un viaje que se volvió sin retorno. Y a una maleta así siempre llegarán libros que leerás en los aviones, en los cuartos de hotel y en las casas de amigos que te han abierto las puertas, y te consuela siempre la idea de que puedes al menos leer, ese viejo vicio que más bien se exacerba con la penurias del desarraigo.

Y como en los cierres de año cada uno hace sus listas, de intenciones que cumplir para el que viene, o de libros leídos y disfrutados, yo aquí tengo una mía de estos últimos, muy corta y muy personal. Y empiezo por citar dos de ellos que reflejan, desde ópticas diferentes, el complejo entramado de la realidad de América Latina, de sus grandes carencias, y de sus fracasos, vista como una inmensa utopía siempre en construcción, y siempre fallida.

Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez es susceptible de muy distintas lecturas, novela que es a la vez biografía, recuento histórico y reportaje. Pero aún otra lectura nos dirá que es la historia del fracaso de las ideologías, que desde su simpleza no pocas veces han pretendido sustituir a la compleja realidad, y su halo romántico ha terminado en un halo trágico. Fausto Cabrera, el padre del personaje principal, el cineasta Sergio Cabrera, encarna la terquedad de quien se siente parte de una utopía que hoy nos parece extraña, y hasta grotesca, crear en Colombia un sistema político basado en el maoísmo, transportando desde China las bases de una sociedad nueva que sólo será posible con el triunfo de la lucha armada. Pero su compromiso de viejo luchador es leal y es sincero, lo cual vuelve la experiencia aún más atroz; un compromiso por el cual, además, no pocos jóvenes dieron la vida.

De la historia de ese fracaso histórico, Karina Sainz Borgo pasa en El tercer país a la de otro, el de la utopía socialista que ha empujado a millones de venezolanos al exilio. Es una novela que también se abre a distintas lecturas, pero la mía es la de una gran alegoría. Los habitantes de un país que no se nombra huyen de manera masiva, por causa de la peste, y el territorio de la novela es mítico, pero muy real a la vez, el de la frontera, la de Colombia, o la de Brasil, que bulle de maleantes, autoridades corruptas, guerrillas que extorsionan, y los cadáveres de los fugitivos quedan en los pantanos a merced de las aves de carroña. Y la parábola se extiende hacia cualquier territorio donde los refugiados padecen los rigores del éxodo. Angustias Romero, emigrante forzada, busca enterrar a sus hijos muertos, y con ellos enterrará también el sueño pervertido de la utopía que la ha obligado a ponerse en camino.

Un día llegaré a Sagres, de Nélida Piñón, es también un viaje hacia la utopía, pero ahora en busca del pasado remoto, de cuando Portugal era soberano de los mares. Mateus se pone en marcha hacia Sagres, muerto su abuelo Vicente, un campesino analfabeto de las orillas del Miño, que siempre permanecerá vivo en su memoria. Va en busca de don Enrique, el héroe navegante que ha venido creciendo en su imaginación, y la estrella que lo guía en el viaje es el relato de Camoens; es decir, lo guía la epopeya. Pero su viaje no es para nada épico, sino el de un peregrino solitario que en Sagres sólo se encuentra con los fantasmas huidizos de los antiguos navegantes. Las glorias que se volvieron ruinas. Y el caminante se refugiará en Lisboa para contar desde allí, desde su pobreza y su soledad, su viaje al pasado derruido.

Y, por fin, la historia del cura don Hipólito Lucena, contada por Antonio Soler en Sacramento, que es a la vez una crónica del aparato de hipocresías del franquismo en su cerrada alianza con la jerarquía de la iglesia católica. Don Hipólito, que viniendo de una familia muy pobre logra ingresar en el seminario y hacerse cura, termina siendo la cabeza de una secta de feligresas, las hipolinas, a las que pacientemente adoctrina para que delante del altar mayor cohabiten con él en orgías rituales y secretas. Esta trama, con toda su cauda de intrigas, el novelista la rescató de la tradición oral malagueña y de las colecciones de periódicos de los años cincuenta, cuando se dan los hechos. Pero no cae nunca en la tentación de convertirlos en un relato liviano, ni siquiera picaresco; se demora en preparar al lector, haciendo que fluya como parte de su propia vida, incubado en sus tiempos de aprendiz de periodista, y le da una hondura que es la vez dramática y reflexiva. Don Hipólito es un personaje compuesto por capas. Lo desentraña en vez de juzgarlo; esa tarea les toca a los inquisidores, que lo conducirán por fin a Roma, donde frente a sus jueces repetirá siempre las palabras: “no tengo conciencia de pecado”.

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3 de enero de 2022
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La amnesia y la magnesia

 

Siempre he juzgado a Lula da Silva como un estadista, uno de los pocos que desde la tan diversa y contradictoria izquierda de América Latina puede ser considerado como tal. Sus dos periodos vieron crecer la economía de Brasil y el éxito de los programas sociales emprendidos, que por lo general se quedan en la demagogia, tuvieron éxito.

Al aparecer Bolsonaro en el panorama como candidato en las elecciones presidenciales de 2018, con toda su cauda demagógica, Lula, favorito en las encuestas, fue apartado mediante el juego sucio de meterlo en la cárcel, acusado por corrupción; salió airoso de la prueba, y hoy encabeza de nuevo por muy amplio margen las encuestas, casi la mitad de intención de votos, mientras el juez Moro, que lo procesó con malas artes, candidato él mismo, le va muy a la saga; y también deja atrás al propio Bolsonaro.

Presenta por donde va sus credenciales de obrero metalúrgico y líder sindical que se hizo solo en la brega y ha gobernado con responsabilidad e imaginación, pero cuando se trata de cerrar filas con aquellos que considera miembros de su propia familia ideológica, aunque se trate de pariente políticos lejanos, y vergonzantes, deja que el agua sucia se cuele por esa brecha de sus creencias democráticas.

Es lo que pasa con sus opiniones sobre Nicaragua, donde una vez ya lejana hubo una revolución que Lula vio de cerca, y ahora existe una tiranía familiar, que ve de lejos o no ve del todo.

En una reciente entrevista concedida al diario El País, a su paso por Madrid, los entrevistadores le preguntan sobre Daniel Ortega; sólo han pasado unas semanas desde el fraude electoral que consumó para quedarse cinco años más en el poder al lado de su esposa. Le piden un diagnóstico, y Lula lo ofrece con elocuencia de plaza pública:

“…Todo político que empieza a creer que es imprescindible o insustituible empieza a transformarse en un pequeño dictador. Yo he estado en contra de Daniel Ortega. El Frente Sandinista tiene mucha gente para ser candidato. También estuve en contra de Evo Morales, que ya había hecho dos mandatos extraordinarios. Y lo mismo con Chávez…”

Hasta allí vamos bien. Pero de inmediato, sin perder el entusiasmo de la tirada, agrega, en flagrante contradicción consigo mismo: “puedo estar en contra, pero no interferir en las decisiones de un pueblo. ¿Por qué Angela Merkel puede estar 16 años en el poder y Ortega no? ¿Por qué Margaret Thatcher puede estar 12 años en el poder y Chávez no? ¿Por qué Felipe González puede quedarse 14 años en el poder?

Es en este momento en que los reflectores parecen apagarse, y la figura del estadista se borra de la visión, para dar paso, por desgracia, a un demagogo redomado, o al político provinciano que confunde la amnesia con la magnesia.

Deja de distinguir entre gobiernos autoritarios continuistas, basados en el arbitrio de una sola persona que se erige sobre las leyes y las instituciones, y los sistemas democráticos de pesos y contrapesos, separación de poderes, y soberanía parlamentaria.

Imaginemos por un momento, si es que se puede, a Angela Merkel dispuesta a quedarse en el poder más allá de toda regla democrática y todo escrúpulo político. Imaginémosla metiendo a la cárcel a todos los candidatos a canciller federal, y a todos los dirigentes de los partidos políticos alemanes; imaginemos cuatrocientos muertos en las calles de Berlín asesinados por paramilitares que la obedecen ciegamente; imaginemos miles de exiliados que huyen hacia Francia, Bélgica, Holanda. Imaginemos los periódicos clausurados. Imaginemos a escritores alemanes en el exilio, y sus libros prohibidos.

E imaginemos a Felipe Gonzalez, haciendo al revés el papel que tuvo en la historia real: para que calce con la comparación de Lula, tendríamos que imaginarlo más bien con el tricornio del teniente coronel Antonio Tejero en la cabeza, con la pistola desenfundada en el congreso de los diputados el 23 de febrero de 1981. Es decir, disfrazado de golpista para abrirse paso hacia el poder no a través de elecciones parlamentarias, sino de la violencia y el crimen.

Si la señora Merkel, la señora Thatcher, y Felipe González se quedaron tanto tiempo en el mando, es algo que no tiene que ver con las ideologías mesiánicas, sino con la solidez de los sistemas democráticos; muy distinto a Daniel Ortega, Chávez, Maduro, que llegaron al poder con la intención de que fuera de por vida, a costillas de las instituciones, de las leyes, y de sus propios pueblos sometidos al miedo y a las penurias.

Lula fue a dar a la cárcel porque lo odiaban a él, y a su Partido de los Trabajadores, y porque no le perdonaron que hubiera sido un gran presidente, afirma en la entrevista. Pero si un juez lo metió en la cárcel, recurrió a otros jueces que lo sacaron de ella tras examinar su causa y anularla.

En Nicaragua, donde no hay estado de derecho, aún estaría preso en una celda sin ventanas, sin derecho a un abogado defensor, sujeto a interrogatorios constantes, sin garantías procesales, y sin derecho a visitas familiares.

Esa es la diferencia entre la amnesia y la magnesia.

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20 de diciembre de 2021
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Mi propia Almudena

Cada uno ha sacado a luz a su propia Almudena ahora que sombras suele vestir.

La mía está sentada en una mecedora en el corredor de nuestra casa en Managua, febrero de 2009. A contraluz, como una fotografía mal tomada, tras ella estalla en rojo y morado la buganvilia que cubre la cerca lateral. Lleva un blusa verde y los pantalones son negros, la melena atada atrás en un moño con una cinta rosa. Se mece lentamente, impulsándose con los pies. Tiene aire nicaragüense en sus rasgos, o gitanos, o madrileños. Lo que sea. Pero Almudena está sentada allí, bajo esa luz de encendidos oros del trópico incandescente.

Acabamos de llegar de León, donde he servido de cicerone a la tropa formada por ella, su marido Luis García Montero, Jesús García Sánchez (Chus Visor), Javier Bozalongo y Daniel Rodríguez Moya, una tropa medio andaluza, castellana, catalana. Todos han venido al Festival Internacional de Poesía de Granada, y hemos ido a visitar los lugares de peregrinación dariana, la catedral, donde está enterrado el poeta bajo su frío León de marmolina, al pie de la estatua de San Pablo, la casa solariega donde vivió su infancia. Andamos a pie por esta ciudad en la que viví mis años de estudiante, y donde de una acera a otra todo el mundo solía saludarse con un ¡adiós poeta!, un título universal.

Este barrio mío de Colonial Los Robles era, eso sí cierto, el barrio de los poetas: al otro lado de la calle vivía Ernesto Cardenal, y a pocas cuadras Claribel Alegría, a quien visitamos en tropa, la misma del viaje a León, a las cinco de la tarde, hora puntual del happy hour en su jardín.

La mía, la Almudena que bien recuerdo, está en su casa en Madrid, 2006, en la cocina atestada de cacerolas y sartenes, preparando con manos ágiles y aire decidido toda suerte de tapas, tortillas que corta en trozos, ensaladilla rusa, croquetas que saca doradas del aceite hirviente, cientos de manos que se afanan como si fueran ajenas pero son todas suyas, van y vienen las botellas de vino, en la sala suben de tono las conversaciones y estallan las risas, las bromas cruzadas entre Joaquín Sabina y Benjamín Prado son de filigrana, historias de equívocos en un hotel de Praga, mientras Chus Visor, al lado de Conchita, asiente sonriente, como un doctor Spock recién bajado de la nave espacial.

Esa vez veníamos de la presentación de mi libro de cuentos El Reino animal en el ayuntamiento de Alcobendas, que había hecho Luis, y mientras viajábamos hacia allá lo llamó don Francisco Ayala, granadino como él, que algo quería consultarle, y quien presidía entonces las celebraciones de su propio centenario, que sobrepasó, sin dejar nunca de tomarse su whisky vespertino. Tiempo antes, en 2007, en Casa de América en Madrid, había presentado Almudena mi novela La Fugitiva.

Mi propia Almudena está otra vez sentada en la misma mecedora, ocho años después, las buganvilias encendidas siempre atrás de su silueta, sólo que ahora su blusa es color salmón; se levanta y me dice: “enséñame tus libros, enséñame donde escribes”. Ha venido por segunda vez a Nicaragua junto con Luis, para participar en el festival Centroamérica Cuenta que ya comienza a ser acosado por la tiranía bicéfala.

Yo había estado al lado de su mesa de trabajo en su casa de Madrid, había recorrido sus libros, y ahora cumpliríamos ese mismo ritual a este lado del atlántico. En un estante, al lado de los libros de Javier Cercas, descubre los lomos negros de los tomos de sus Episodios de una Guerra Interminable, con un sello verde adherido que uso para marcar los libros que he leído, porque una biblioteca como la mía es un mar proceloso de memoria, pero también de olvido, señales para no perderse en un bosque tan umbroso de tantos tramos y galerías.  “De estos míos tan gordos no vas a poderte olvidar”, me dice.

Aparte tengo un tramo segregado de los poetas a los que siempre acudo y sólo yo sé dónde encontrar. Cavafis, Baudelaire, y Carlos Martínez Rivas, Raul Zurita, Jean Margarit, Rafael Cadenas, Luis, que anda por el bosque, husmeando por su cuenta.

Luego se sienta Almudena en la silla en que escribo, y se aplica a firmarlos todos, señal imborrable de su paso por el bosque donde ahora todo está en silencio esperando una mano, la mía, que devuelva todos esos libros a la vida. Exiliados también ellos, en su propia soledad.

Y, por último, aquella vez de la peregrinación a León en 2009, Almudena contra el paisaje de las olas que revientan en el balneario de Las Peñitas donde almorzamos pargo frito en un restaurante de la costa fulgurante del mar Pacífico, defendidos del sol bajo un techo de palmas.

Y las fotos de su funeral que miro desde Guadalajara, Luis inclinado sobre la fosa depositando un ejemplar de su libro Completamente viernes, y aquí la Feria del Libro, donde tantas veces estuvo, que va a empezar sin ella, pero su sonrisa lejana y ausente queda en la contratapa de sus libros, la historia interminable de la España negra que nos dejó de contar de pronto.

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6 de diciembre de 2021
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Cuando despertó, Monterroso todavía estaba allí

El mes de diciembre que entra se cumple el centenario del nacimiento de Augusto Monterroso, un escritor que seguirá despertando y siempre estará allí, como el famoso dinosaurio de su cuento de pocas líneas, obra maestra de la brevedad, del ingenio, y de la ligereza que tan caro era a Ítalo Calvino.

Un cuento de una sola línea, una sola coma y un solo punto que es, además, el único cuento que puede aprenderse entero de memoria, como muchos lo hemos aprendido, y que hoy cabría en la estricta medida de un tuit, con lo que Monterroso, mal que le pese, pasa a ser un adelantado de la postmodernidad.

Al primero a quien la solemnidad de este aniversario habría divertido es a él mismo, desconfiado siempre de la pompa del bronce y los laureles. Un humor sosegado, para nada estridente. Como era corto de estatura, decía que los bajitos tenían un sexto sentido para reconocerse entre ellos. Y se declaraba también embajador plenipotenciario de los Países Bajos.

Ya el hecho de que, en lugar de Augusto, su nombre de pila, lo llamaran Tito, era pasar del terreno de la majestad imperial, despojado a gusto de su título de emperador romano, al de un diminutivo que lo hacía sentirse confiado en sí mismo, maestro como fue de la brevedad también por regla literaria.

La brevedad no sólo en cuanto a la extensión de sus textos, sino en cuanto a su obra toda, que nunca llegó a ser abundante, debido a su recato frente a las palabras, y a los graves riesgos que para él entrañaban los textos excesivos. La regla de la rigurosa escasez. En esto se parecía a Bartleby, el escribiente solitario del cuento de Herman Melville, a quien, cuando se le quería confiar una nueva tarea de oficina, solía responder, tímida pero tozudamente: “preferiría no hacerlo”.

Como suele ocurrir con las accidentadas vidas centroamericanas, nació en Tegucigalpa, de padre guatemalteco y madre hondureña, venido de una parentela de gambusinos como los de las película del oeste, que colaban el oro recogido en la corriente de los ríos, tal como lo cuenta en su libro biográfico de 1993, Los buscadores de oro.

 Vivió su infancia y adolescencia en Guatemala bajo la dictadura de Jorge Ubico, y cuando este fue derrocado, respaldó de estudiante la revolución democrática que se inició en 1944 con el presidente Juan José Arévalo; salió al exilio tras la caída de Jacobo Arbenz en 1953, y vivió primero en Chile, para luego recalar en México, donde se quedó el resto de su vida.

Para Monterroso el breve, la escritura era también lo que no se escribía, lo que quedaba en el silencio. Balzac, el copioso, venía a ser todo lo contrario de su concepción, o escogencia, de la literatura, esa parquedad que se volvía una especie de pudor verbal; y a la vista de aquella cordillera de crestas que se repiten sin fin en el horizonte que es La comedia humana, Monterroso, frugal, exclama, lleno de graciosas ínfulas: “hoy he escrito una línea, hoy me siento un Balzac”.

En su cuento El zorro es más sabio, que cierra su libro La oveja negra y demás fábulas, escuchamos la historia del Zorro escritor a quien siempre pedían un nuevo libro, a pesar de que ya había publicado dos, aclamados por la crítica. “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”, pensaba el Zorro.

En el personaje del Zorro escritor, no pocos descubren al discreto Juan Rulfo, que se negó a escribir un tercer libro, o inventó que estaba escribiendo uno que se llamaría La Cordillera para que lo dejaran en paz, pero nunca lo empezó. También Rulfo tenía ese vicio de la parquedad.

Recuerdo, además, una broma de Monterroso frente a un grupo de estudiantes guatemaltecos que planeaban editar una revista y llegaron a visitarlo a su casa en la ciudad de México para pedirle una colaboración literaria. Los mandó con otro escritor, poeta compatriota suyo, este sí, abundante hasta la desmesura, y mal poeta, también en el exilio, diciéndoles: “pídanle a él, ése tiene bastante”.

Obras completas y otros cuentos, su primer libro, se publicó en 1959, textos ejemplares que despreciaban el rezago vernáculo de la literatura centroamericana de entonces. Luego, un década después, vendría La oveja negra y demás fábulas, e, igual que su zorro, Monterroso empezó a prevenirse de no caer en las provocaciones del escribir demasiado para acrecentar su fama. Cuando alguna vez le dije, hiriendo su modestia, que nunca había escrito una sola línea mala, me respondió, antes de soltar su risa sosegada, que era porque escribía poco. La ilustre compañía de Bartleby.  Recomendaba, además, a sus alumnos de los talleres literarios, frente a la página que uno creía perfecta, agregar algún error, para lograr así la imperfección, que es siempre una obra humana.

Igual que sus antepasados que se metían en las corrientes de los ríos a colar la arena en busca de pepitas de oro, Monterroso lo hizo con las palabras. Mucha arena colada y poco oro.

Y cuando despierte dentro de otros cien años, seguirá allí.

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22 de noviembre de 2021
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Un oficio peligroso

La literatura es un oficio peligroso cuando se enfrenta a las desmesuras del poder de las tiranías, que nunca dejan de sentirse amenazadas por las palabras. El poder que se ejerce con crueldades y excesos tiene rostro de piedra y es contrario a las verdades y a la invención, y al humor, y a la risa, que son cualidades cervantinas.

Ovidio fue desterrado a los confines más inhóspitos del imperio romano en el Mar Negro, “allá, donde ninguna otra cosa hay, sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo”, porque sus poemas, o su irreverencia, o sus opiniones, eso ya nunca llegará a saberse, ofendieron al emperador Augusto, y habría de morir lejos, afligido por las calamidades de la soledad y el ostracismo.

Extrañado. Cuando a un escritor se le envía al exilio la pretensión es convertirlo en un extraño de su propia tierra, de su vida y de sus recuerdos.

“Como la nave podrida que es devorada por la invisible carcoma, como los acantilados socavados por el agua marina, como el hierro abandonado atacado por la mordaz herrumbre, y como el libro archivado devorado por la polilla”, dice de sí mismo en sus Tristes, porque aún en aquellas lejanías siguió escribiendo, un oficio al que no se renuncia nunca. Más bien, la necesidad de escribir se exacerba entonces, si uno se debe a las palabras, o debe su vida a las palabras.

El arte de amar, uno de sus libros capitales, quedó prohibido y fue sacado de las bibliotecas públicas. Prohibidas sus palabras, y alejado para siempre de su tierra, que era, según él mismo lo dijo, como “ser llevado al sepulcro sin haber muerto”.

En América Latina se ha pagado siempre un alto precio por la palabra libre. Muerte, desaparición, cárcel, destierro. Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, asesinados por la dictadura del general Videla en Argentina.

Al destierro fue a dar dos veces Rómulo Gallegos, primero bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, y luego bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, después que fue derrocado de la presidencia de Venezuela.

Había durado solamente nueve meses en el cargo, los mismos nueve meses que duró Juan Bosch, exiliado por la dictadura del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, y luego de muerto Trujillo, electo presidente de la República Dominicana, sólo para ser derrocado por los militares trujillistas, y vuelto otra vez al exilio.

Pablo Neruda se comprometió en 1946 con la candidatura de González Videla, y se involucró en su campaña electoral, pero, ya en el poder, aquel lo mandó perseguir y tuvo que huir a través de la cordillera hacia Argentina.

Exiliados tras el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala Tito Monterroso y Luis Cardoza y Aragón, por la dictadura de Castillo Armas. Exiliado Augusto Roa Bastos por la dictadura de Stroessner en el Paraguay. Exiliado Mario Benedetti del Uruguay, exiliado Juan Gelman de Argentina, su hijo asesinado y su nuera secuestrada y llevada al Uruguay donde dio a luz a una niña, desaparecida por largos años; y él mismo canta mejor que nadie esa desolada canción del exilio: “huesos que fuego a tanto amor han dado/exiliados del sur sin casa o número/ahora desueñan tanto sueño roto/una fatiga les distrae el alma…”

Y exiliados de Cuba Rinaldo Arenas, y Guillermo Cabrera Infante, y Severo Sarduy; y de Venezuela, hoy, tantos escritores y artistas que forman una inmensa, e intensa, diáspora.

De modo que yo pertenezco a esa larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras, dos veces bajo orden de prisión, y dos veces obligado al exilio, primero en mi juventud por una dictadura familiar, y tantos años después, por otra dictadura familiar.

Pero hay algo de lo que nunca nadie podrá exiliarme, y es de mi propia lengua. Porque mi lengua de escribir realidades, y de crear mundos imaginarios, es una lengua que no conoce fronteras.

Hay lenguas que tienen el país por cárcel, lenguas que terminan donde terminan las fronteras. No sé lo que es vivir en uno de esos espacios verbales cerrados. Ese sentimiento de que la voz se escucha de cerca, pero no de lejos.

Que le quiten a uno su lengua por la fuerza. Sándor Márai, sintió que había muerto cuando sus libros, que entonces sólo podían leerse en húngaro, también fueron prohibidos en su patria. Le extirparon la voz como castigo. No sólo nadie podría leerlo al otro lado de la guardarraya, ni siquiera en Polonia, o en Austria, donde no estaba traducido, sino que tampoco podría ser leído en su propio país. Como que no existiera. Y se suicidó en el exilio, ya sin lengua.

Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sándor Márai, y por eso me intriga, y me aterra, esa posibilidad de que nadie pudiera oírme más allá de mis fronteras, o la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras, o su infierno.

Pero yo, con mi lengua recorro todo un continente, atravieso el mar, y siempre me dejaré escuchar. Y si mis libros están prohibidos en Nicaragua, las veredas clandestinas de las redes sociales hacen que lleguen a miles de lectores, igual que pasaba antes con los libros inscritos en las listas negras de la inquisición, que atravesaban de contrabando las fronteras a lomo de mula, o burlaban las aduanas escondidos en barriles de vino, o de tocino.

Por eso que las palabras se vuelven tan temibles. Porque tienen filo, porque desafían, porque no se las puede someter. Porque son la expresión misma de la libertad.

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8 de noviembre de 2021
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La novela negra, un género ejemplar

 

La novela policíaca, conocida mejor como novela negra, ha tenido la fama mal merecida de ser una literatura de segunda, libros de leer y tirar sin más consecuencia que el buen rato que el lector pasa tratando de adelantarse a averiguar quién es el asesino, papel que tradicionalmente estaba reservado al mayordomo de chaquetín a rayas. O, como en las novelas de Agatha Christie, esperar el momento final en que el inspector Poirot reúne al total de los sospechosos alrededor del fuego de la chimenea, todos cómodamente sentados, para explicarles los entramados del crimen y señalar al culpable, que se halla invariablemente entre los circunstantes.

Se suele olvidar que la novela negra, tan vilipendiada, tiene por fundador nada menos que a Edgard Allan Poe. Y yo, tras repetidas lecturas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, entrenándome en el género, los coloqué sin vacilaciones en el santoral de mis autores de culto. Para empezar, ambos fueron capaces de desarrollar un estilo inconfundible, cortante y a la vez contundente, capaces de describir con trazos duros a tipos duros que se mueven en un ambiente crepuscularmente corrompido; y sus detectives estrella, Philip Marlowe y Sam Spade, los dos indefectiblemente ligado al mejor rostro que pudieron haber encontrado, el de Humphrey Bogart, son pesimistas y desilusionados, cínicos y un tanto alcohólicos, pero dueños de un cierto espíritu ético, que los lleva a resistir a las infaltables a las femmes fatales, y a la no menos erótica tentación del dinero.

La novela negra latinoamericana viene de estos dioses tutelares, pero en el trasiego se convierte en un género nuevo y diferente que se aparta del canon que podríamos llamar clásico. Diferente, en primer lugar, porque resulta teñido por la anormalidad política, que tiene que ver con las múltiples debilidades institucionales tan crónicas que padecemos, y que como una marea sucia y aceitosa se mete por todos los resquicios de la realidad, y por tanto del relato.

En la novela negra anglosajona, un policía o un investigador privado pueden ser todo lo desordenado que quieran en su vida privada, pero en su oficio tienen detrás el respaldo de las leyes, y de las instituciones judiciales. Los héroes de nuestra novela policial, en cambio, resultan siempre contaminados, empezando por la corrupción, que es orgánica y no deja escape, o los favores políticos que llevan tantas veces al apañe y a la impunidad.

 O, ahora en día, de manera más profunda como factor de distorsión de la justicia, el poder envolvente del narcotráfico, que induce al héroe a asumir una conducta de dualidad moral, como en el caso de el zurdo Mendieta de Elmer Mendoza, en el escenario de uno de los territorios calientes del tráfico de drogas, como lo es el estado de Sinaloa; y hay un momento en que a no sabemos dónde se sitúa esa tenue línea que separa lo moral de lo inmoral.

 Ya no se diga el héroe que no sale incólume de las tinieblas del pasado, como el Mario Conde de Leonardo Padura, atrapado en la maraña de los recuerdos de la guerra de Angola y en las frustraciones que padecen, tanto él como su compañeros de mala fortuna, metidos dentro de la máquina, ya deterioradora sin remedio, de una revolución que de sueño de cambio pasó a convertirse en una pesadilla burocrática. La Habana de Mario Conde es una ciudad fantasmagórica.

 En mi experiencia personal, la novela negra se vuelve un método de explorar la realidad contemporánea de Nicaragua, que me lleva necesariamente a entrar en un paisaje lleno tanto de anormalidades como de excentricidades. Mi inspector Morales se moverá en un terreno sinuoso, e impredecible, porque todo depende del arbitrio caprichoso del poder. Su vida está ligada a la revolución de los ochenta, y debe vivir la contradicción entre lo que esa revolución fue, y el remedio que ahora es. Y enfrenta la corrupción y los abusos de un poder sin reglas, desde una perspectiva que deberíamos llamar ética, como Sam Spade o como Marlowe. Pero no deja de ser marginal, porque no es un personaje político. Los acontecimientos son los que lo arrastran a observar con ojo crítico las ocurrencias anómalas, y muchas veces grotescas, a su alrededor.

Pierde una pierna combatiendo adolescente en la guerrilla contra Somoza, y la prótesis que lleva le recordará siempre ese pasado que fue heroico cuando se convierte en policía antinarcóticos, y más tarde, cuando termina como investigador privado de un pequeña y pobre oficina en Managua, marginal entre los marginales, y siempre rumiando las preguntas sobre lo que aquel pasado ha hecho de su vida, ahora llena de frustraciones.

Como escritor, creador del inspector Morales, y en muchos sentidos su alter ego, el género negro me da las defensas necesarias para protegerme de la política misma, porque me concede las distancias necesarias; no hay nada más peligroso que el tema de la política en el terreno literario.

El inspector Morales no es un personaje político, ni quienes lo rodean; todos entran en esa realidad pervertida, muchas veces a su pesar, pero no dejan de juzgarla. Y como están armados de humor, un humor negro si se quiere, tienen allí una salvaguarda para no involucrarse en el drama que la realidad contemporánea representa para ellos, y para mí. Un drama que, si no te cuidas, te puede llevar a la retórica y a las imprecaciones, enemigas mortales de la literatura, pues si no te sitúas lejos de la arenga y de la didáctica política, no sobrevives en las palabras.

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25 de octubre de 2021
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Viejos fantasmas

Los términos izquierda y derecha nunca han sido tan confusos como hoy en América Latina; pero, sobre todo, tropezamos con valladares de entendimiento cuando nos referimos a la izquierda, que padece de un síndrome de identidad.

Hay una izquierda conservadora metida en el túnel del tiempo que no puede orientarse hacia la salida del siglo veintiuno porque tiene enfrente de los ojos la enorme piedra filosofal de la añoranza soviética. El partido, duro y monolítico, que guía a las masas hacia un futuro sin mácula; y está la otra, de los viejos guerrilleros ideológicos que ven en la lucha armada un ideal que saben desgastado, pero para el que no encuentran sustituto.

Los acuerdos de paz conseguidos en Colombia bajo el gobierno del presidente Santos, significaron la renuncia a las armas de las FARC, el más viejo de los movimientos guerrilleros de América Latina, ya cuando la lucha armada como método de toma del poder había perdido todo prestigio.

Antes, los acuerdos de paz de Esquipulas, conseguidos bajo el plan impulsado por el presidente Arias de Costa Rica, terminaron con las guerras de los años ochenta del siglo pasado en Centroamérica: la que se libraba en Nicaragua entre el régimen de guerrilleros sandinistas en el poder respaldados por la Unión Soviética, y los contras financiados por Estados Unidos; y las guerrillas del FMLN en El Salvador, y la URNG en Guatemala, cuyos dirigentes pasaron a la vida política civil.

Pero lo que se dio entonces fue una situación de orfandad. Estos procesos de paz de antes del fin del siglo coincidían con la caída del muro de Berlín. La década de los años noventa fue de agonía para la izquierda ortodoxa, que nunca estuvo dispuesta a hacer concesiones, porque sus ideas fundamentales quedaron desmanteladas: el partido único, o hegemónico, en control del estado; el estado como empresario único; y la democracia proletaria, contraria a la democracia burguesa.

Para quienes se negaron a aceptar que aquel mundo, en parte irreal y en parte real -se habló mucho entonces del socialismo real a la hora del derrumbe- había dejado de existir, todo se quedó en una nostalgia viciosa. No vieron, y muchos aún no lo ven desde esa estricta ortodoxia, que la única salida para la izquierda es hacerse parte del sistema democrático sin apellidos, que empiezan por competir por el poder en elecciones, y aceptar que a través de los procesos electorales se gana o se pierde.

Pero entonces, antes de empezar el nuevo siglo, el desgaste del sistema democrático en Venezuela, que perdió credibilidad por falta de renovación, le abrió las puertas al fenómeno populista de Chávez, algo que no era nuevo en América Latina -basta recordar a Perón y a Getulio Vargas- pero que venía insuflado de un nuevo espíritu mesiánico y redentor, y volvió a poner de moda el lenguaje anquilosado de la izquierda tradicional.

Es cuando se crean las mayores confusiones acerca de la izquierda, porque detrás del populismo de Chávez, con sus petrodólares benefactores, un viejo ortodoxo como Ortega aparece también como populista en Nicaragua, porque puede disponer de los cerca de cinco mil millones de dólares que le llegan desde Venezuela a lo largo de varios años, y populista es también Evo Morales en Bolivia. Todos, junto con la Cuba de Fidel Castro, que sin la munificencia de Chávez no hubiera sido capaz de sobrevivir.

El populismo de izquierda que desangra a Venezuela. Pero entrado el siglo veintiuno, el populismo pasa a ser también de derecha, un populismo cerrado ideológicamente, el que Trump alienta en Bolsonaro, sectario, intransigente, demagógico. Pero también Maduro, el heredero de Chávez, es un demagogo que erige su discurso altisonante sobre las ruinas de un país empobrecido al extremo por la corrupción y el dispendio.

Y un dirigente político de la vieja guardia de izquierda, como Cerrón en Perú, hasta hace poco seguro en su rol de poder detrás del trono del profesor Castillo, exhibe un discurso homofóbico y misógino, un conservador de izquierda, que se toca con el de Bolsonaro. Y en el mismo saco, las leyes de Ortega que castigan a quienes él juzga que atentan contra la soberanía nacional, son leyes como las de Putin, pero también como las de Mussolini.

Los grandes polos políticos en América Latina seguirán siendo los partidos de izquierda y de derecha dispuestos a aceptar la alternancia como la regla fundamental del juego, a aceptar las resultados electorales por estrechos que sean los márgenes, y a gobernar conforme a las reglas democráticas que pasan necesariamente por el respeto a las instituciones y a las libertades públicas. Una izquierda o una derecha tramposas, que al llegar al poder por la vía electoral asuman el designio de quedarse para siempre, destruyendo o debilitando para ello a las instituciones, y concentrando todo el poder a cualquier costo, son la negación misma de la democracia, y lo único que hacen es crear nuevos ciclos de violencia.

El caudillo, sea de izquierda o sea de derecha, es un viejo fantasma que hace sonar sus cadenas de fanatismo, sectarismo, y represión de las ideas y de la libre expresión del pensamiento.

Una obsolescencia de nuestra historia, que conspira contra toda posibilidad de modernidad.

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14 de octubre de 2021
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Libros prohibidos

La historia de las novelas prohibidas en América Latina es muy vieja, y se remonta a los tiempos de la inquisición, que anotaba en sus listas negras «libros de romance de historias vanas o de profanidad, como son de Amadís y otros de esta calidad, porque este es mal ejercicio para los indios, y cosa es que no es bien que se ocupen ni lean».

La mentira de las vidas fingidas, las exageraciones y los embelecos eran perjudiciales para la fe y la recta conducta de los súbditos del reino. Y la mano de los aduaneros estaba presta a detener los libros llenos de embustes, suerte que corrieron tanto El Quijote como El Lazarillo de Tormes.

Sin embargo, prohibir leer ha sido siempre el mejor acicate para la curiosidad, que se convierte en un acto de desafío, y por tanto de libertad. Los libros vedados por los censores burlaban la vigilancia escondidos en barriles de vino y de tocino, o cubiertos bajo falsas portadas, y circulaban también copiados a mano. Y no solo las novelas con sus fantasías perniciosas, sino los libros subversivos escritos por los pensadores de la ilustración, a medida que se iban enciendo los fuegos de los movimientos libertarios de un a otro confín de América. Ya El Quijote no importaba tanto como La nueva Eloísa de Rousseau.

Ese afán burocrático de prohibir libros pasó a ser parte de las políticas de control ejercidas por las tiranías que empezaron a sucederse bajo el remedo de gobiernos republicanos, cuyo enemigo más jurado pasaron a ser las imprentas, vistas como máquinas infernales, capaces de fabricar libros incendiarios contra el orden público, la moral y las buenas costumbres, o todo lo que se saliera de los límites del pensamiento oficial. Cerrar los países a las ideas era una pretensión de congelar el tiempo.

Pero llegado el siglo veinte no todas las dictaduras tropicales fueron tan celosas de los libros. Al viejo Somoza les importaban más los periódicos que los libros, siempre de tiradas exiguas y publicados por cuenta de sus autores. Pero enviaba a sus militantes fanáticos, sus “camisas azules”, que le rendían pleitesía como a un Mussolini tropical, a descalabrar a garrotazos las platinas de las imprentas de los diarios enemigos.

Su hijo Anastasio no le iba a la zaga. Mandó a bombardear el diario La Prensa, pero su lista de libros prohibidos se reducía a aquellos que propagaran el marxismo; sus agentes aduaneros no eran, sin embargo, muy avisados, pues dejaban pasar sin siquiera examinar sus páginas La sagrada familia de Marx y Engels, que creían de contenido religioso, o El Capital mismo, que les parecía una alabanza del sistema, o inofensivo por demasiado voluminoso.

Cuando en 1970 la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) publicó en Costa Rica Sandino, de Neil Macualay, un embarque de 5.000 ejemplares fue retenido en la aduana en Managua. El libro clásico de Gregorio Selser, Sandino, general de hombres libres, circulaba clandestino en el país, en copias mimeografiadas.

El libro de Macaulay fue llevado por el director de aduanas a Somoza para que tomara la decisión final. Lo vio apenas por encima, y se lo devolvió. “Esto no es conmigo”, le dijo, “es con mi papa”. Los 5000 ejemplares se vendieron en menos de una semana, todo un récord.

Todo esto es para contar la historia de Tongolele no sabía bailar, mi novela prohibida en Nicaragua. La editorial Alfaguara envió el libro desde México. El proceso de desalmacenaje comenzó a volverse lento de pronto, bajo el pretexto de que faltaba uno u otro dato en el manifiesto de carga, hasta que el director de aduanas solicitó que se le presentara un compendio del contenido.

Una petición insólita, que sólo anunciaba que quedaría retenido para siempre. El primer libro prohibido en la historia contemporánea de Nicaragua. No sé si, igual que a Somoza, a la pareja que ahora retiene el poder, algún funcionario obsequioso les habrá llevado el libro para su revisión, y si alguno de ellos dos lo habrá leído. Eso quedará dentro del halo de misterio que siempre rodea a los libros que no pueden ni deben leerse.

Pero miles han leído en Nicaragua la versión electrónica de mi novela prohibida, que anda de pantalla en pantalla, el equivalente en el siglo veintiuno de los barriles de vino y de tocino para el contrabando de las ideas y las invenciones, y de las copias mimeografiadas de antaño.

En Malmö, Suecia, se ha abierto la Biblioteca de Libros Prohibidos “Dawit Isaak”, dedicada al escritor declarado traidor y preso sin juicio alguno por largos años en Eritrea. Contiene desde Versos satánicos de Salman Rushdie, perseguido por el régimen teocrático de Irán, a los libros de Svetlana Alexievich, la premio Nobel perseguida por el dictador estalinista de Bielorrusia Alexsandr Grigórievich Lukashenko.

También existe en Tallin, capital de Estonia, el Museo de los Libros Prohibidos,  creado con el propósito de “preservar libros que han sido prohibidos, censurados o quemados y contar su historia al público”.

Así que dos largos viajes esperan al inspector Morales y al cortejo de personajes de Tongolele no sabía bailar, en busca de su bien merecido lugar en los estantes de esas bibliotecas que representan el espíritu de la libertad.

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27 de septiembre de 2021
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Un aniversario desabrido

Llegamos de manera casi inadvertida al aniversario de los dos siglos de la independencia centroamericana. Los fastos oficiales son escasos, y los gobiernos de las antiguas provincias que un día constituyeron la república federal no han programado ni los tradicionales juegos pirotécnicos para la magna fecha del 15 de septiembre, ni vistosos desfiles militares.

Tampoco parece que los presidentes de los países centroamericanos se verán las caras, aún en un encuentro ceremonial a distancia; si aún no han podido ponerse de acuerdo en nombrar un nuevo secretario general del SIECA, el organismo regional de integración es porque hay desavenencias, algunas de fondo, que afectan aún a los actos protocolarios. No esperemos, por tanto, grandes declaraciones oficiales, que en todo caso serían las mismas de siempre, envueltas en retórica de ocasión.

La independencia de las provincias de Centroamérica, proclamada en 1821 en Guatemala, entonces sede de la Capitanía General, cayó como una fruta madura después que en los otros países latinoamericanos culminaban, o estaban por culminar, las grandes epopeyas libertadoras. Y quienes la proclamaron corrieron de inmediato a anexar a la recién independizada Centroamérica, que incluía entonces a Chiapas, al imperio mexicano de Agustín de Iturbide, que no tardó en fracasar.

Según se consignó en el acta misma, la independencia se declaraba “para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Más claro no canta un gallo. Desde entonces aprendimos la regla de oro de que entre nosotros todo cambia para que no cambie nada, según la regla gatopardeana. En lugar de próceres y revolucionarios, lo que hemos tenido casi siempre son ilusionistas de oficio.

Lo primero que se precisa es un balance de la democracia tras estos doscientos años de vida independiente. Al romperse con el molde colonial, lo que se escribió en las constituciones fue un credo de libertad cimentado en los grandes ejemplos que estaban a la vista: las ideas de la ilustración, la revolución francesa, y el acta de independencia de Estados Unidos.

Si un denominador común había en las proclamas liberales, era la convicción de que todos los caminos de regreso hacia el autoritarismo monárquico quedaban cerrados, y el ideal era la formación de una república federal cimentada en las formas democráticas de gobierno, independencia de poderes y elección libre de autoridades.

Este modelo político se había vuelto insoslayable para quienes dieron la lucha libertaria en el continente americano, de Bolívar, a Sucre, a San Martín; y al general Francisco Morazán, quien, una vez lograda a independencia de Centroamérica peleó por la sobrevivencia de la república federal, aquel proyecto finalmente frustrado tras largos años de guerras civiles le costó la vida.

La historia independiente de Centroamérica parte así de un gran fracaso, el de la república federal. Los cinco países estaban marcados por las inquinas entre caudillos, y el provincianismo más cerril pugnaba por la dispersión.

Estar unidos o separados se volvió, por desgracia, uno asunto de divisas políticas: los liberales eran los federalistas, y los conservadores los localistas, con la añoranza de la autoridad monárquica. Y entonces la unión centroamericana pasó a ser un asunto militar, que debía dilucidarse por medio de las guerras. Y así siguieron fracasando estos países, ya sueltos, entre el acoso de las grandes potencias coloniales e imperiales. Más tarde, ya en el siglo veinte, el siglo de las dictaduras bananeras, el asunto de la unidad política se volvió una mofa. Cuando al viejo Somoza le preguntaban por la unión centroamericana, respondía con todo cinismo que su renuncia a la presidencia estaba a la orden para facilitar esa unión. Un pícaro, que igual que sus congéneres vecinos, ofrecía lo que sabía no estaba en riesgo, su propio poder, porque la unidad no era sino una proclama vacía.

Había llegado a ser un sainete.

Centroamérica tiene un territorio conjunto de más de medio millón de kilómetros cuadrados, con una población de 50 millones de habitantes, inmensamente joven. Se trata de un gran país, visto en su conjunto, y, por tanto, de un gran mercado potencial. El Tratado de Integración Económica de 1960, fue un intento, cada vez más maltrecho.

Pero lo que más agobia a Centroamérica, ya entrado el siglo veintiuno, es la persistente debilidad de sus instituciones, carcomidas por el autoritarismo, que sigue tan campante como en el siglo diecinueve, cuando los caudillos armados en guerra no querían bajarse del caballo, ni tampoco de las sillas presidenciales, que matriculaban como suyas para siempre.

Unas instituciones carcomidas por la corrupción, que contribuye al descrédito de la democracia, bajo la amenaza permanente del narcotráfico que se cuela en las esferas más altas del poder, en el sistema de justicia y en el aparato de seguridad pública.

La población joven de Centroamérica, que es mayoritaria, está llamada a hacerse cargo sin demora de revisar el pasado que nos frena, con sus rémoras antidemocráticas y excluyentes, y sus egoísmos y perversidades, para abrir el camino hacia el futuro común.

Las oportunidades en este siglo veintiuno en el que nos adentramos serán de conjunto para los países centroamericanos, y no las habrá para pequeñas parcelas aisladas, que no son viables por sí mismas.

Y sin democracia, sin instituciones creíbles, no vamos a ningún lado.

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13 de septiembre de 2021