Escrito por

Sergio Ramírez

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La boca del infierno

Hace algunos días conversé por zoom con mi amigo el escritor canadiense John Ralston Saul, anterior presidente del Pen International, y quien estuvo hace algunos años en Nicaragua. El Pen, antes llamado Pen Club, fue fundado en Londres en 1921, y entre sus socios constituyentes estuvieron nada menos que Joseph Conrad, George Bernard Shaw y H. G. Wells. Hoy agrupa escritores de todo el mundo, y se dedica sobre todo a promover y proteger la libertad de expresión, y los derechos humanos.

John me llamaba porque quería saber de Nicaragua, donde el capítulo nacional del Pen, presidido por Gioconda Belli, se vio obligado a cerrar sus puertas, y de Nicaragua fue que hablamos extensamente, recordando la vez que lo llevé a asomarse al cráter encendido del volcán Masaya; una oquedad espantable para cualquier turista, desde donde sube una densa humareda de azufre, como si siempre viviéramos en este país en la boca del infierno. Es como llamó el cronista Fernández de Oviedo a este cráter.

Le dije, para empezar, que los gobiernos resultantes de elecciones en América Latina tienen distintas calidades y formas de comportamiento democrático, pero en las últimas décadas la legitimidad del voto popular ha logrado ser establecida, porque los sistemas electorales han logrado credibilidad, todo distante de la vieja historia de fraudes, con las urnas llenas de votos falsos, con gran concurrencia de ciudadanos difuntos, y las actas burdamente trucadas.

Nadie puede alegar la legitimidad de la aplastante mayoría ganada en las últimas elecciones legislativas de El Salvador por el presidente Bukele. Si esa mayoría, que le abre las puertas del control de todos los demás poderes del estado, será usada para fortalecer el sistema democrático, o para acabar con él, está por verse; pero los votos que se la han dado están bien contados. Y si en el Perú hay una crisis de credibilidad política que se ha vuelto crónica, no se debe a elecciones fraudulentas, sino al desprestigio que trae consigo la reiterada corrupción de los electos.

No es el caso de Nicaragua, donde la Constitución Política manda que se celebren elecciones presidenciales y parlamentarias en el mes de noviembre de este mismo año. Es decir, dentro de algunos meses, y aún a esta fecha no existen las condiciones mínimas para que se puede pensar en un proceso electoral creíble, que pueda servir como un mecanismo de transición democrática.

Una resolución de la Asamblea General de la OEA de noviembre del año pasado, demanda  negociaciones “incluyentes y oportunas” entre el gobierno y la oposición para acordar “reformas electorales significativas y coherentes con las normas internacionales; modernización y reestructuración del Consejo Supremo Electoral para garantizar que funcione de manera totalmente independiente, transparente y responsable; actualización del registro de votantes; y observación electoral nacional e internacional.

La resolución suma que debe haber un proceso político pluralista “que conduzca al ejercicio de los derechos civiles y políticos, incluidos los derechos de libertad de reunión pacífica y libertad de expresión y registro abierto de nuevos partidos políticos”.

Tales compromisos deberían estar concluidos en el mes de mayo, que ya llega, sin que el régimen haya movido un dedo. Por ahora, la única certeza es la de que Ortega y su esposa la vicepresidenta, se disponen a ser reelectos de nuevo, lo que supone continuar, como desde hace ya 15 años, en el control total del poder civil, económico, policiaco y militar. Nada hace prever, hasta ahora, que exista la mínima voluntad política para someter ese poder total al libre escrutinio de los votantes.

El Consejo Permanente de Derechos Humanos de las Naciones Unidos, reunido en Ginebra en marzo de este año, expresó “grave preocupación ante la falta de avances del gobierno de Nicaragua en la implementación de reformas electorales e institucionales destinadas a garantizar elecciones transparentes”.

Manda “abandonar las detenciones arbitrarias, las amenazas y otras formas de intimidación", y "liberar a todos aquellos arrestados ilegal o arbitrariamente”. Exige, también, la derogación de las leyes que violentan el ejercicio de los derechos humanos. Baste mencionar la ley de ciberdelitos, la ley de agente extranjeros, y el establecimiento de la cadena perpetua para “crímenes de odio”.

¿Es posible un clima electoral aceptable cuando hay más de 120 presos políticos, jóvenes en su inmensa mayoría, y miles de exiliados, jóvenes también, que huyeron de la represión desatada a partir de abril de 2018?

¿Y cómo puede desarrollarse así una campaña electoral? La policía vigila en las calles para desbaratar cualquier atisbo de manifestación pacífica, encierra ilegalmente a los opositores en sus casas con prohibición de salir, e irrumpe en locales bajo techo para disolver reuniones políticas.

Hay medios de comunicación y estaciones de televisión con sus instalaciones confiscadas, como Confidencial y 100% Noticias, y otros que viven bajo asedio, como la Radio Darío de la ciudad de León.

Seguimos asomados al cráter encendido, le digo a John. Encontrar el camino para alejarse de la boca del infierno costará mucho, pero no hay esperanzas perdidas.

 
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29 de marzo de 2021
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Hola, Soledad

En Japón el gobierno ha creado un ministerio de la Soledad ante el crecimiento del número de suicidios a raíz de la pandemia. Pero, obviamente, el virus de la soledad ha estado en el aire que se respira en las grandes ciudades desde muchos antes; en 2018 se había establecido ya otro ministerio de la Soledad en Inglaterra, cuando nueve millones de personas declararon sentirse solas.

En España, un estudio reciente de la Universidad Pontificia Comillas deja ver que la soledad ha aumentado en un cincuenta por ciento. Y once por ciento de los encuestados confiesa sentir “soledad grave”, mientras sólo el cinco por ciento declara que ya tenía ese sentimiento desde antes de la pandemia.

En el mundo orwelliano de 1984, el Gran Hermano crea ministerios para asuntos subjetivos, pero que sirven para todo lo contrario de lo que sus nombres expresan:  el ministerio de la Paz organiza la guerra, el de la Verdad, difunde las mentiras, el del Amor ejecuta las torturas, y el de la Abundancia administra el racionamiento. En este caso, el ministerio de la Soledad se ocupa verdaderamente de los solitarios.

En la novela de Nathaniel West, Miss Lonely Heart, las almas desesperadas, mujeres sobre todo, escriben al columnista de una periódico en busca de alguna respuesta de consuelo. Pero ahora no se trata de club de corazones solitarios, sino de la intervención burocrática del estado en las vidas de las personas agobiadas por la desolación dentro de las cuatro paredes del encierro de sus casas.

A finales de la década de los años sesenta, cuando vivía en San José, Costa Rica, asistí a un festival de cortometrajes de directores jóvenes de Estados Unidos, y entre ellos recuerdo uno: una muchacha camina sola un atardecer por las calles de Nueva York, sin tener qué hacer ni con quién hablar, ve en un escaparate de una tienda de discos un vinilo que la atrae por el título, “Cómo ganar un amigo”, y lo compra; de vuelta en la estrechez de su apartamento se pone a oírlo.

 La voz masculina, entrenada para divertir a los solitarios, la saluda, le pregunta por su trabajo, por sus gustos; después la invita a aplaudir, y aplauden; a cantar, y cantan; y le pide que se acerque. Ella ríe, con pena, con cierto miedo; él le dice que no tema, que va a decirle algo privado, y el mensaje es: has ganado tu primer amigo. Al final, la voz amistosa que la ha hecho aplaudir, cantar y reír se traba en el último surco del disco y queda repitiendo fin fin fin fin. Si mal no recuerdo, el corto se llamaba Muchacha Solitaria.

En la década siguiente, en Berlín Occidental las noticias de la soledad me llegaron de otra manera: en el Tagesspiegel aparecían pequeñas notas acerca de los ancianos que morían confinados en sus apartamentos, lejos de sus familias. La policía se enteraba por el aviso de los vecinos de que la luz, en ese apartamento, no se apagaba. Entonces escribí un cuento que se llama Vallejo, donde imagino esas ventanas encendidas brillando como estrellas dispersas en los distintos barrios del inmenso mapa de Berlín, hasta formar toda una constelación.

Un ministerio de la Soledad debe, tener por fuerza, un organigrama; un ministro a la cabeza, un gabinete de dirección, mandos medios, burócratas, un sistema de detección de casos y de alertas. Legiones de sicoterapeutas entrenados para ofrecer antídotos contra la sensación asfixiante de aislamiento; en convencer a quienes se sienten atrapados en la ratonera que hay esperanzas de que el futuro no será la pantalla del ordenador frente a los ojos, las sesiones de zoom que se repiten en ese infinito juego de espejos donde lo plano se ha impuesto como la realidad, y empezamos a olvidar el mundo tridimensional donde había manos de las que asirse, brazos que abrazaban, rostros que acariciar.

La doctora Helena van Hoof, profesora de Psicología de la Salud en la Universidad de Vrije, en Bruselas, afirma que nos hallamos ante el "mayor experimento psicológico de la historia", que es el aislamiento social masivo por el que ha pasado al menos un tercio de los habitantes del planeta, obligados a cuarentenas, muchos una y otra vez, ante cada nueva alarma de rebrote del virus. El “estrés tóxico”, que ha afectado al menos a la mitad de la población mundial.

La soledad vista desde el otro lado de la soledad. En Managua, vivir confinado en un apartamento es una rareza bastante excéntrica, ya se ve por el fracaso del negocio inmobiliario de construir torres de viviendas en el centro urbano, que envejecen deshabitadas. Una ciudad horizontal, aún teñida por la cultura de la convivencia rural, de casas con patios divididos por cercos y setos por encima de los cuales los vecinos pueden sostener conversaciones, allí o en las tertulias en las aceras; y donde toda medida de prevención contra el virus, empezando por el aislamiento social, ha fracasado bajo el estímulo del gobierno mismo, que sigue incitando a la gente a salir a la calle y juntarse en ferias y procesiones despreciando las mascarillas.

Mas que un ministerio de la Soledad, les tocaría instituir un ministerio del Jolgorio, y otro de la Contaminación.

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15 de marzo de 2021
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El equilibrio y el caos

 

Hay una reflexión sobre el equilibrio y el caos que, tantos años después, saco de los recuerdos de mi infancia en Masatepe, el pueblo por encima de cuyos tejados se alzaba el volcán Santiago, que me despertaba con sus retumbos en las noches, como los de un cañoneo de asedio a una ciudad sitiada.

Mi padre fue construyendo a retazos nuestra casa, en un solar que hacía esquina con la plaza frente a la iglesia parroquial, comprado en comunidad con un amigo; luego decidieron ambos, mediante una moneda tirada al aire, quién de los dos se quedaba con la parte esquinera, y a mi padre lo favoreció la suerte. Era un lugar ideal para lo que se proponía, recién casado, abrir su tienda de abarrotes; porque despreciando el oficio de músico que ejercían sus hermanos bajo la batuta de mi abuelo, decidió hacerse comerciante.

Su olfato le decía que la concurrencia de clientes sería siempre numerosa, pues frente a la tienda habrían de pasar necesariamente las procesiones religiosas, el cortejo de las bodas a media calle, y los entierros; y la plaza y la iglesia eran el epicentro de las fiestas patronales, con sus misas de revestidos y las algaradas de pólvora, las ruletas y mesas de dados, los juegos mecánicos y los bailongos.

Primero levantó el local destinado a la tienda, un corredor trasero y el dormitorio matrimonial; luego agregó el comedor y una sala, y los demás dormitorios se fueron sumando a medida que aumentaban los hijos, todo se acuerdo a sus propios cálculos y diseños, pues él definía el lugar de puertas y ventanas y la altura de las paredes.

Me recuerdo siempre entre albañiles y carpinteros pendencieros y bromistas, que iban y venían entre andamios y escaleras, la cal apilada en un corralillo, el cerro de arena y la zaranda para colarla; rimeros de tejas de barro, piedras de cantera, los ladrillos de mosaico que luego simularían una alfombra persa en el piso de la sala, costales de cemento Portland, el cajón de la argamasa, reglas y ripios para el henchido de las paredes de taquezal, zapatas y alfajillas.

Los instrumentos y herramientas, podían encontrarse al paso en aquel desconcierto, en cajones de madera con asas, o sobre el banco de carpintero castigado y carcomido como pasado por el fuego. Piochas, palas y picos, garlopas de mango torneado, cucharas triangulares para batir la argamasa, gubias, martillos de oreja, el berbiquí y su juego de brocas, el cepillo que aventaba en colochos perfumados las virutas, la garlopa como un zapato ortopédico, la escofina dentada.

Y estaban también el nivel y la plomada.

Cada vez que era requerido, el nivel aparecía de manera misteriosa en las manos del maestro de obras malhumorado, vestido de dril kaki y sombrero borsalino de ancha badana, el lápiz en la oreja y el metro plegable en el bolsillo de la camisa, distante por su solo atuendo de la pandilla de operarios, respetuosos y a la vez burlones, que trabajaban en camisolas sin mangas, las gorras de beisboleros con roturas por las que asomaban moños de cabello, los zapatos sin cordones con las lengüetas de fuera, el olor a argamasa mezclado en su piel con el rezumo de alcohol de estanco y sudor viejo.

El nivel era una pieza rectangular de madera que conservaba el brillo del barniz a pesar de los rigores de su uso, al medio la burbuja que parpadeaba como un ojo atento y preocupado de que la exactitud del eje entre las dos muescas marcadas en la hilada de piedras, sobre la que era colocado, se mantuviera sereno, y no acusara inclinaciones a uno u otro lado, como un juez recto de criterio que debe mostrar su imparcialidad.

La redundancia no sobra cuando digo que el nivel atestiguaba el nivel. Era el custodio de lo justo y de lo exacto y prevenía las catástrofes y los derrumbes cuando, rematadas las paredes, el techo de tejas asentado en las soleras de cedro recién labradas por el escoplo, descendiera desde la cumbrera de dos aguas hacia los aleros en un oleaje tranquilo, sin riesgos ni sobresaltos.

Y si el orden horizontal del mundo lo custodiaba el ojo imperturbable del nivel, el orden vertical correspondía a la plomada. El albañil lo llevaba en el bolsillo trasero del pantalón y semejaba más bien un trompo con la cuerda enrollada, sólo que este era de fierro, y la cuerda servía para colgarlo junto a la pared, aún desnuda del repello, de modo que, separado apenas unos milímetros, probara que la correspondencia entre la cuerda y la pared era exacta, ambas en la misma perspectiva, sin rozarse, y que de esta manera la pared a plomo jamás se desplomaría sobre nuestras cabezas.

Esa casa sigue allí, con sus estancias ahora desiertas, la tienda de abarrotes desaparecida hace tiempo, con su tráfago de clientes, desde los últimos en entrar en el cine vecino que compraban apresuradamente cigarrillos Esfinge porque la función ya empezaba, a los cazadores de venados que se aprovisionaban de tiros veintidós para sus excursiones nocturnas en las faldas del volcán. Sola, pero sus muros y la techumbre resisten el tiempo, bajo el imperio del nivel y la plomada.

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1 de marzo de 2021
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Confesiones de un vicioso

En una conversación de días pasados con Elena Poniatowska, mediada por Antonio Ramos Revilla, director de la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, hablamos del universo infinito de las lecturas, empezando por aquellas de la infancia que se recuerdan siempre con el gusto de la nostalgia.

Para Elena su primer libro, leído en francés, fue Heidi, la novela sobre la huerfanita de las montañas alpinas, de la escritora suiza Johanna Spyri, famosa en muchas lenguas a partir de su publicación en 1880, y que lo sigue siendo al punto de que ha pasado a convertirse en una historieta ánime en Japón.

Yo recordé que había hallado el sentido de la aventura en los personajes de las historietas cómicas de identidad oculta, como El Fantasma, creado por Lee Falk en 1936, “el duende que camina” sentado en el trono de la Calavera en una cueva en lo profundo de la selva, desde donde salía a vérselas con sórdidos malandrines.

Y decía también que la mejor manera de inducir a alguien a volverse un vicioso de la lectura, es colocarlo frente a una vitrina de libro prohibidos, encerrados bajo llave, pues sin duda se hará de una ganzúa para sacarlos y leerlos en clandestinidad.

Cuando terminaba la escuela primaria, tuve acceso a un cuaderno mecanografiado con pastas de papel manila y cosido con hilo como los folios judiciales, que amenazaba deshacerse de tan manoseado.  Su dueño era un lejano primo por parte de mi madre, llamado Marcos Guerrero, de pelo y barba rizada y ojos de fiebre, como un personaje de D.H. Lawrence. Vivía solitario en una casa desastrada, sus gallos de pelea por única compañía, desde que su hermano Telémaco se había suicidado de un balazo en la cabeza; tiempos en que la gente tenía nombres homéricos.

Lo guardaba con celo en un cajón de pino, de esos de embalar jabón de lavar ropa, junto con libros tan dispares como El Conde Montecristo, Gog de Giovanni Papini, o Flor de Fango de Vargas Vila, y sólo lo prestaba bajo juramento de secreto. Esa era su biblioteca prohibida. De modo que mi lectura de ese cuaderno, que no tenía título ni autor, fue mi iniciación no sólo en el rito de la lectura, sino también en el de la sensualidad.

Trataba acerca de la condesa Gamiani, refinada en juegos sexuales no sólo con hombres de cualquier calaña, criados o nobles, y con otras mujeres, sino también con animales, principalmente perros de caza. Sólo muchos años después, en mis correrías por tantas librerías, volví a encontrarme con este libro que se llamaba, en verdad, Gamiani: dos noches de excesos, y descubrí que no había sido escrito por una mano anónima, sino por Alfred de Musset.

Esa sensualidad de las lecturas ha permanecido intacta en mí desde entonces, y se ha trasladado al cuerpo mismo de los libros. Siempre entro en ellos oliendo primero su perfume, y no dejo de recordar aquellos tomos en rústica de cuadernillos cerrados que era necesario romper con un abrecartas, una manera de ir penetrando poco a poco en los secretos de la lectura oculta en cada pliego sellado. Por eso es que desconfío tanto de esas horribles predicciones de un futuro en que no habrá más libros que acariciar y que oler, porque toda lectura será electrónica y esas caricias deberemos traspasarlas a las frías pantallas de cuarzo.

Pero también volvemos en la memoria a los libros que fueron herramientas para aprender a escribir. A Chejov regreso con toda confianza, como quien visita una casa a la que se puede entrar sin llamar porque sabemos que la puerta no tiene cerrojo, y lo imagino siempre sosteniendo sus quevedos de médico provinciano para examinar a las legiones de pequeños seres que se mueven por las páginas de sus cuentos, tan tristes de tan cómicos, y tan desvalidos.

Como O’ Henry también, ahora tan olvidado, pero cuyos cuentos, que repasé tantas veces en un tomo de tapas rojas, siguen siendo para mí una lección de precisión matemática, como perfectos teoremas que se resuelven sin tropiezos; y lo imagino aburrido en su exilio del puerto de Trujillo en la costa del caribe de Honduras, adonde había huido después de defraudar a un banco, y donde escribió su novela De coles y reyes en la que inventó el término banana republic.

Y hay otros libros que tampoco se olvidan porque fueron puertas de entrada a otras lenguas. La perla, de John Steinbeck, el primero que leí en inglés, esforzándome en noches de desvelo con el diccionario Webster de bolsillo, durante aquel curso de verano en la escuela de idiomas de la Universidad de Kansas en 1966. Y la vez que recostado bajo un tilo en el Volkspark de Berlín en 1973, cerré el ejemplar de La metamorfosis y le dije triunfalmente a Tulita, mi mujer: “ya puedo leer a Kafka en alemán”.

Lecturas infinitas e infinitas esperas por más lecturas. Tengo más libros de los que alcanzaré a leer durante mi vida, y sin embargo, cada vez que entro en una librería me domina la avidez de quien no es dueño de uno solo. Todo vicio tiene su ingrato síndrome de abstinencia.

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15 de febrero de 2021
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Las gotas milagrosas del doctor Maduro

Uno de mis personajes favoritos del bestiario político centroamericano es el dictador de El Salvador, el general Maximiliano Hernández Martínez,  militar y teósofo a la vez. Era un ciego creyente en los poderes de los médicos invisibles, por cuyo consejo mantenía en el patio de la casa presidencial decenas de botellas de distintos colores llenas de agua, que expuestas al sol adquirían facultades sanadoras para cualquier enfermedad, desde la tiña  a la disentería. Fue con el agua de una de estas botellas, de color azul, que pretendió curar la apendicitis de un hijo suyo, con resultados fatales. El niño murió entre terribles gritos de dolor.

Cuenta también Roque Dalton en Historias prohibidas de Pulgarcito, que ante una tenaz epidemia de viruela no se le ocurrió nada más sabio que mandar a forrar en papel celofán coloreado las farolas del alumbrado público, pues matizar la luz eléctrica era suficiente para matar las bacterias causantes de la peste, que por supuestos siguió creciendo a sus anchas y matando niños y adultos, indiferente a la artes mágicas del presidente de  la república y su corte de médicos invisibles.

Hasta donde es conocido, el presidente Nicolás Maduro no es discípulo de los médicos invisibles, pero sí de Sathya Sai Baba, de probada naturaleza divina, pues se proclamó el mismo en vida avatar del dios Visnú. Maduro visitó a su maestro en el santuario de Puttaparthi en la India, y ahora que ya el gran gurú pasó a otro plano de vida, a lo mejor desde el más allá es quien le aconseja las políticas sanitarias a seguir para enfrentar la pandemia del corona virus con un gotero.

Para asombro de la comunidad científica internacional, Maduro ha anunciado en cadena de radio y televisión desde el Palacio de Miraflores, que un genio científico de su confianza, “una mente brillante”, cuyo nombre “por el momento se protegerá” ha descubierto una medicina milagrosa, más potente que ninguna de las vacunas patentadas hasta ahora, para acabar de una vez por todas con la pandemia.

“Diez gotitas debajo de la lengua, cada cuatro horas, y el milagro se hace, es un antiviral, muy poderoso, que neutraliza el coronavirus”. La pócima “es producto de varios estudios clínicos, científicos y biológicos que se extendieron durante nueve meses e incluyeron experimentación en enfermos, moderados y graves, que se recuperaron de la enfermedad gracias a estas gotas”. Todo, siempre bajo estricto sigilo. La asombrosa panacea, que vendrá en un frasquito provisto de gotero, se llama Carvativir “mejor conocido como las gotitas milagrosas de José Gregorio Hernández” ha dicho Maduro. Y aquí la manipulación asoma sus peludas orejas.

Este médico de los pobres, nacido en 1864, que ha estado por un siglo en los altares populares, santo de una devoción sincrética, según me recuerda Ibsen Martínez, se graduó en La Sorbona y fue discípulo de Claude Bernard, con lo que no fue de ninguna manera un curandero de aguas de colores, sino un científico pionero, de gran espíritu humanista, quien se entregó de lleno a enfrentar la influenza española, la pandemia de entonces. Murió atropellado por un automóvil en una calle de Caracas en 1919, mientras corría a socorrer a un enfermo.

Una figura muy conveniente para endosarle las gotitas milagrosas, pues será beatificado por la iglesia católica este año, con lo que tendrá abierta las puertas de la canonización oficial. Santo ya es, de todas maneras,  para los miles que le rezan.

La Academia Nacional de Medicina quitó toda seriedad al anuncio presidencial de las “goticas milagrosas” del doctor Maduro y demandó al régimen que no desinforme a la población creando expectativas falsas. “Esta Academia no tiene conocimiento de estudio alguno que demuestre científicamente la efectividad de este u otro tratamiento ‘natural’ para la enfermedad COVID-19” advierte en un comunicado. Y agrega: “hacemos un llamado al gobierno nacional y a la población en general a no difundir información carente de sustento científico y a acatar las directrices emanadas de la OMS, ya que puede ser contraproducente en una situación de pandemia, el generar falsa sensación de seguridad en una población vulnerable, dado lo depauperado de la salud de los venezolanos”.

El especialista en salud pública Jaime Lorenzo, ha advertido que al usarse un recurso mágico religioso como este “lo más seguro es que mucha gente crea en el anuncio y al tomar este medicamento relajen aún más las medidas de protección y lo que puede ocurrir es que tengamos una mayor cantidad de casos”.

Los médicos de feria se multiplican en medio de las catástrofes sanitarias, ofreciendo remedios milagrosos, como ya se puede ver en El diario de la peste, de Daniel Defoe, que narra la plaga mortal que asoló Londres hace 350 años. La desesperación ante la inminencia de la muerte hace que se empiece a creer en el poder curativo de los brebajes de hierbas, del aceite de culebra, o de los sahumerios de azufre.

Lo grave es cuando desde los palacios presidenciales se proclaman las virtudes de las aguas de colores y la luz tamizada de las farolas, como solía hacer el general Hernández Martínez, o el poder de gotas milagrosas aplicadas debajo de la lengua cuatro veces al día, según receta el doctor Maduro.

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1 de febrero de 2021
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Los protocolos de los sabios de Trump

Igual que las novelitas pornográficas copiadas a máquina que circulaban de mano en mano con grave sigilo entre los adolescentes en mi pueblo, los adultos se pasaban entre ellos en las barberías, con no menos avidez, un folleto en cuya portada figuraba un judío barbado a cuyas espaldas brillaba, con fulgores luciferinos, una estrella de David.

Los Protocolos de los sabios de Sión. Este panfleto, de pobres pero convincentes invenciones, exponía la trama de una conspiración tejida por los judíos para sojuzgar al mundo. Nadie, ni en un lugar tan alejado de los centros de poder como Masatepe, ni en ningún otro de la tierra, escaparía a esos tentáculos viscosos; y si hasta el magnate Henry Ford, quien había pagado de su abundante bolsillo la impresión de ediciones enteras del folleto en Estados Unidos, creía en esa fábula urdida con habilidad pueril, cómo no iba a convencer a un ebanista de mi pueblo, o a un criador de gallos de pelea de los que se congregaban en la tertulia de las barberías.

Hitler creyó también, o fingió creer en Los Protocolos de loa Sabios de Sión, que le sirvieron como pretexto ideológico para el exterminio de millones de judíos. Cuando me topé con ese folleto, que aún hoy no pierde vigencia, estoy hablando de los años cincuenta del siglo pasado. Entonces el horror de los campos de concentración nazi era ya cosa más que sabida, aún en los pequeños pueblos como el mío, pero era mucho más fuerte la avidez de la gente sencilla de ser partícipe de los graves secretos que los protocolos revelaban.

Sencillos y letrados, todos somos hijos del mito, y es tentador siempre pensar en términos de fábula; en ese terreno pantanoso, la conspiración y la profecía se hallan a sus anchas para explicar las ocurrencias diarias del mundo, desde la catástrofes naturales a las guerras; no en balde las Profecías de Nostradamus reviven cada comienzo de año para develar las contingencias siempre amenazadoras del futuro.

Y Los Protocolos de los Sabios de Sión, que justificaron los pogromos en la Rusia zarista, y las cámaras de gas de los nazis, no sólo no pierden vigencia hoy día, en pleno siglo veintiuno, sino que engendran descendencia.

Todas las fábulas inventadas por los militantes de la secta QAnon de la ultraderecha de Estados Unidos, pertenecen a la misma estirpe alimentada en la puerilidad que lleva a millones a creer que debajo de nuestros pies hay un mundo de aposentos subterráneos donde figuras famosas celebran aquelarres para manipular a su antojo nuestras vidas; cuando en realidad los manipuladores son quienes crean esas leyendas que pertenecen al mejor de los mundos de las historietas dibujadas en cuadros.

Nos hallamos en el apogeo de la era de las realidades alternativas. Ese otro mundo que no vemos, pero desde el que se controlan supuestamente  nuestras mentes, responde a los mecanismos naturales a la ficción. Y es regido por claves secretas, como en El código Da Vinci, de Dan Brown.

No es que quiera culpar a Dan Brown de la existencia de QAnon, pero la credibilidad de un dedicado lector suyo, viene a ser la misma. En una ocasión, me encontraba en la iglesia de San Sulpicio en París frente al cuadro de Delacroix, Jacob luchando contra el ángel, cuando la voz del guía al que rodeaba un grupo de turistas llamó mi atención: habían viajado hasta allí, desde Ohio o desde Dakota, con el exclusivo propósito de ver el lugar donde Silas, el albino del Opus Dei, busca la clave del paradero del Santo Grial.

Claves siniestras, hilos conductores de la conspiración de que se sienten víctimas, dirigida por estrellas de Hollywood, y a cuya cabeza se halla el villano mayor, George Soros, Gran Maestro del Estado Profundo, peor que Lex Luthor, el archienemigo de Supermán.

Es una historieta cómica, pero con consecuencias. Uno de los QAnonianos entró disparando en 2016 en una pizzería de un barrio de Washington, antes los ojos asustados del pobre dueño del local. El agresor había sido convencido de que desde allí se dirigía una red de ritos satánicos dedicada a la pedofilia, según la secta descubrió en el texto de correos electrónicos que contenían mensajes codificados. A la cabeza de esa red diabólica se hallaba nada menos que Hilary Clinton, candidata entonces a la presidencia por el partido Demócrata.

Enlistados por el FBI como terroristas potenciales, los cabecillas de QAnon se hicieron visibles en el reciente asalto al Capitolio. Y como en las tramas de los comics, responden ante un Jefe Supremo incógnito que se halla dentro de la misma Casa Blanca, al lado de Trump, y que a través de las redes va dejando rastros para que sean encontrados por los soldados de la causa de la pureza racial.

Que los QAnon pertenecen a una historieta cómica puede verse por sus atuendos, como el de Yellowstone Wolf, con sus cuernos de vikingo, envuelto en una piel de bisonte y su lanza en ristre, y que ahora en la cárcel reclama comida orgánica.

Y, por supuesto, los QAnon creen en los platillos voladores, y en los extraterrestres, desde luego que las civilizaciones intergalácticas desarrolladas están gobernadas por supremacistas blancos. Faltaría más.

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18 de enero de 2021
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Vi gente correr

Se cuenta que el poeta Jaime Gil de Biedma preguntó al crítico literario y sabio lingüista Francisco Rico cuál era el verso mejor logrado del bolero Esta tarde vi llover, del tan llorado en estos días Armando Manzanero; y el académico respondió, sin vacilar, que lo era vi gente correr, que se muestra esplendente y oportuno entre los demás de la estrofa: esta tarde vi llover/vi gente correr/y no estabas tú

La evocación de la ausencia que el compositor pretendía, queda consumada. Y ya puede seguir adelante con la necesaria, y tan sentida, banalidad del resto de la canción.

Con los boleros y los tangos pasa lo mismo que con la poesía en general, que hay versos más oportunos que otros, y algunos son claves para producir esa luminosidad que se tiende entre los sentimientos de quien lee con los que inspiraron a quien compuso el poema o la canción, sea Gustavo Adolfo Bécquer o Armando Manzanero. 

García Márquez, mago de las hipérboles, dijo alguna vez que Manzanero era “uno de los más grandes poetas actuales de la lengua castellana”; y Carlos Monsiváis le atribuía la virtud de haber llevado a la gente a vivir un “inevitable enamoramiento del amor”.  Que es lo que hace toda poesía amorosa cuando es efectiva y suficiente.

Digo todo esto porque no se puede establecer una línea divisoria tajante entre lo que se da en llamar poesía culta, y las letras de las canciones que muchos cantan entre copas, o mientras se duchan, pero que no serían capaces de autorizar a que figuren en las antologías de la poesía castellana.   

Algunos despachan el asunto metiendo toda la música popular en el cajón de desechos de lo cursi, lo cual es a todas luces injusto. Hay letras cursis, claro, que explotan de manera bastante primaria, para no decir descarada, los sentimientos amorosos, que nunca dejan de tener una carga lacrimógena. Pero eso pasa también con mucha de la poesía de enamoramientos que leemos.

Entendamos entonces que hay poesía para leerse, y poesía para cantarse, o para ser escuchada desde la penumbra amorosa donde la vida tantas veces nos coloca y nos vuelve propensos a las emociones y evocaciones que llevan a la lágrima fácil.

Nadie ha defendido con más valentía el territorio sagrado de lo cursi que Agustín Lara, quien se reconocía él mismo como tal, y explicaba a fondo la cursilería, como lo hace en una entrevista muy lúcida publicada en la revista mexicana Siempre! en 1960: “He amado y he tenido la gloriosa dicha de que me amen. Soy ridículamente cursi y me encanta serlo. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen…ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia”. 

Agustín Lara es un poeta modernista tardío. Los grandes del modernismo supieron sortear muchos de los escollos tramposos de la cursilería, riesgo constante que corrían por haber armado una parafernalia de decorados de cartón piedra en sus escenarios, arrastrando no pocas de sus raras combinaciones verbales desde el simbolismo francés. Y Lara se luce al poner pie en esos jardines donde el extravío tiene el color azul: el hastío es pavorreal/que se aburre de luz en la tarde…

Queda demostrado que la cursilería, a la que tanto se teme, es esencial a la condición humana, y en poetas como Agustín Lara se eleva a las cotas de lo sublime. Pero no todo es cursilería, ni todo se mueve en ese espacio sospechoso de lo que podría ser cursi y por eso le tememos. Alfredo Lepera, por ejemplo, que escribía las letras de los tangos de Gardel, es un poeta sin ambages, capaz de usar las palabras en su desnudez precisa y directa, y basta citar el inmarcesible tango Volver: pero el viajero que huye/ tarde o temprano/ detiene su andar, es un verso que suena Borges, o recuerda a Onetti.

El tango, igual que el bolero, es herencia del modernismo. Tú que llenas todo de  alegría y juventud/Y ves fantasmas en la luna de trasluz/Y oyes el canto perfumado del azul/Vete de mí...sigue cantando hasta la eternidad Bola de Nieve el bolero de Homero Expósito, que en tantos sentidos es un tango. 

 Y el verso de Tomás Méndez de Cucurrucucú paloma: cómo sufrió por ella que hasta en su muerte la fue llamando, ¿no parecer ser parte de las estrofas en prosa de Juan Rulfo, alaridos íngrimos en la desolación del páramo mexicano? 

Crecí entre tíos músicos que componían boleros y valses, y me admiro siempre de su sensibilidad para las palabras recogidas entre la pobreza en que vivían. Y esas palabras, anotadas en las partituras, surgían como joyas entre la broza natural de la cursilería, que era tan natural en sus vidas como lo era la belleza.

Alguien puede pensar en los boleros y en los tangos como una especie en extinción. El duelo por la muerte de Manzanero demuestra que no. Esto de la inspiración, que en tiempos postmodernos parecería  ser palabra maldita por vergonzante, no es más que la caza furtiva de las palabras precisas, y de las combinaciones felices de palabras, que en las canciones seguirán surgiendo desde abajo, desde el olimpo del arrabal.

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4 de enero de 2021
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Aquí no ha pasado nada

Una de las grandes virtudes que tiene Cien años de soledad, novela de todos los tiempos de América Latina, es la de servir como arquetipo de situaciones históricas que se repiten porque los mecanismos y las trampas del poder siguen siendo las mismas. Derecha o izquierda. Da lo mismo.

Después que se produce la masacre de los trabajadores bananeros en huelga, congregados en la plaza de la estación del ferrocarril, que deja tres mil muertos, los cadáveres son acarreados en doscientos vagones de carga y echados al mar como banano de rechazo.  Pero “la versión oficial mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias”.

Y mientras tanto, bajo el toque de queda impuesto por la ley marcial, los soldados “derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos”. Y para quienes preguntaban por sus familiares desaparecidos, la respuesta era: "en Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz".

A partir del mes de abril de 2018 se dieron en Nicaragua protestas de jóvenes desarmados que fueron reprimidas a balazos en las calles, con un saldo de más de 300 muertos y decenas de heridos. Una masacre ejecutada a lo largo de varias semanas, ampliamente documentada por los organismos internacionales de derechos humanos, expulsados luego del país, de la que existen innumerables testimonios recogidos en videos y fotografías, y de la cual dieron cuenta los medios de prensa en el mundo. Centenares acabaron en las cárceles, y más de cien mil salieron huyendo del país, según datos oficiales de ACNUR.

Apenas han pasado dos años. Pero este mes de diciembre, durante un acto de presentación de credenciales de doce nuevos embajadores, el presidente Daniel Ortega ha negado que semejante masacre haya ocurrido. En Nicaragua no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.

Peor que eso, ocurrió lo contrario. Malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos salieron a las calles para derrocar al gobierno democrático. Igual que en Macondo. “Aquí vino la protesta armada, armada de fusiles, de escopetas, de ataques las instituciones del Estado, de destrucción a los hospitales y quema de los hospitales, destrucción de las escuelas y quema de las escuelas, destrucción de las alcaldías y quema de las alcaldías, todo lo que se había logrado construir en beneficio de los pobres, en beneficio del pueblo”.

¿Y los informes de las comisiones de derechos humanos? “tanto los de Naciones Unidas como los de la OEA, lo que se dedicaron fue a hacer entrevistas, donde sin ninguna fundamentación acusaban a la policía, al Frente de haber matado a ciudadanos que habían fallecido en los hospitales por otras razones”.

¿Y las listas de muertos? Son inventadas. ¿Y los centenares de heridos? Nunca existieron. ¿Y los presos? Son reos comunes, delincuentes, traficantes de drogas. ¿Y los cien mil exiliados? Se han ido del país por su gusto.

Como en Macondo aquel lejano 6 de diciembre de 1928. La paz reina en todo el territorio nacional. Quienes fueron asesinados en las calles por tiros de metralla y fuego de francotiradores con fusiles Catatumbo de fabricación venezolana, murieron de muerte natural, en sus casas o en los hospitales, o no se murieron nunca y se han escondido de la vista pública sólo para desprestigiar a la autoridad constituida.

Lo que estos revoltosos hacían era enlistar a los muertos como víctimas propias: “ellos mismos filmaban el momento de la captura, filmaban el momento que los estaban rociando de combustible, filmaban el momento que le daban fuego y estaban ardiendo y lo pasaban por las redes”.

“Malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos”, señala la autoridades militar que impone el orden en Macondo tras la masacre que nunca existió. Y la Primera Dama de Nicaragua declara: “desgraciadamente cuando decimos que la historia se repite, tenemos que reconocer que los traidores son plaga, son comejenes, hongos bacterias que se reproducen”. Y también son vampiros chupasangre, tóxicos, rastreros, satánicos.

La falsificación de la realidad, es de vieja data. No hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera las realidades alternativas. El poder absoluto, que busca ser un poder para siempre, establece sus propias falsedades como verdad, y aplica una gruesa capa de alquitrán para borrar los hechos, escribiendo encima un nuevo relato con la ambición de que llegará a ser creído como único verdadero. Y el lenguaje erizado de epítetos que descalifican, niegan, rebajan, tampoco es ninguna novedad.

Lo recordaba al leer hace poco un escrito del juez Baltasar Garzón, cuando habla del fascismo de derecha en España. Porque también hay un fascismo de izquierda, y los lenguajes son similares. Dice Garzón que se divide “a la población entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, convirtiendo al adversario político en enemigo. Una vez que está claro quién es quién, viene el proceso de deshumanización del contrincante, tildándolo de rata, escoria, garrapata, piojo o peste”. O cucarachas, dice el juez Garzón. Humanoides.

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21 de diciembre de 2020
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El tirano que adoraba a la diosa Minerva

El señor presidente, la novela ya clásica de Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura, ha sido recién publicada en la serie de ediciones conmemorativas de la Real Academia de la Lengua y la Asociación de Academias, una lista ilustre que encabeza El Quijote.

El dictador se convierte en la literatura hispanoamericana en una tradición que iniciaría en 1926 don Ramón del Valle Inclán con la publicación de Tirano Banderas. Pero, en realidad, la primera novela sobre este tema es El Señor presidente, que Asturias empezó a esbozar en Guatemala en 1922, cuando tenía 23 años, y terminó en París en 1932. No se publicaría sino en 1946 en México, en una tirada casi clandestina pagada por la madre del autor.

En América Latina, al inventar, contamos la historia, que a su vez tiene la textura de un invento, porque es desaforada, llena de hechos insólitos y de portentos oscuros. Los hechos nos desafían a relatarlos, se saben novela, y buscan que los convirtamos en novela. De allí esa fascinación incesante por las dictaduras y los dictadores.

Si repasamos las dictaduras centroamericanas, nos encontramos con un verdadero bestiario político. El general Jorge Ubico, en la misma Guatemala, disfrazado de Napoleón; el general Maximiliano Hernández Martínez, dictador de El Salvador, teósofo que daba por la radio conferencias espiritistas, y ordenó en 1932 la masacre de 30 mil indígenas en Izalco; el general y doctor en leyes Tiburcio Carías Andino, de Honduras, cuya divisa era "destierro, o encierro, o entierro"; y el general Anastasio Somoza García, de Nicaragua, con su zoológico particular en los jardines del Palacio Presidencial, donde los reos políticos convivían rejas de por medio con las fieras.

El dictador, y la manera cómo las vidas son alteradas y trastocadas bajo su peso sombrío, siguió pendiente en nuestra literatura como una obsesión que no había manera de saciar, en la medida en que estos personajes de folclore sanguinario, que de tan reales se vuelven irreales, no desaparecían del paisaje. Y esta ambición narrativa repasa la historia, de atrás hacia adelante. En Yo el Supremo, de 1974, Augusto Roa Bastos regresa al siglo diecinueve para retratar al doctor Francia, obcecado con la eternidad del poder mientras se lo va comiendo de puro viejo la polilla. Ese mismo año aparece El recurso del método de Alejo Carpentier, y al siguiente El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. Un ciclo que llega hasta La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, de 2010. Como en un parque de atracciones, hay unos dictadores que resultan más atractivos que otros, y Estrada Cabrera se presenta como uno de los más singulares, porque se aparta del modelo de fantoches de casaca bordada y bicornio adornado con plumas de avestruz, como el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, de los sargentones de cuartel como Fulgencio Batista, o de los oportunistas que se inventan ellos mismos su grado de general de división, como Anastasio Somoza. Estrada Cabrera, litigante de juzgados, resulta más parecido en su atuendo de luto riguroso al psicópata François Duvalier, "Papa Doc", presidente vitalicio de Haití, que era médico, y brujo de los ritos vudú.

Nacido en Quezaltenango, sus origines son de folletín. Hijo de Pedro Estrada Monzón, un antiguo hermano franciscano, fue abandonado por su madre Joaquina Cabrera a las puertas de un convento, lo que obligó al padre a reconocerlo. La señora era una humilde vendedora de dulces y alimentos, que entraba a las casas pudientes a entregar sus viandas, y fue apresada una vez bajo la falsa acusación de robar unos cubiertos de plata en una de esas casas. Fue escalando puestos burocráticos, pasó de la provincia a la capital, y por fin llegó a formar parte del gabinete del general Reina Barrios; y sin ruido y sin alardes, se colocó en posición de sucederlo. Estrada Cabrera es un verdadero arquetipo del dictador, tal como un novelista lo querría: su habilidad para tejer las artimañas del poder, sus crueldades y su obsesión por el escarmiento y la venganza; su complacencia con el servilismo, sus extravagancias, entre ellas el culto que rendía la diosa Minerva el último domingo de octubre de cada año, cuando organizaba las Fiestas Minervalias.

El dictador se momifica en la soledad del poder pensado para siempre, mítico porque nadie lo ve, como el señor presidente de Asturias. Su "domicilio se ignoraba porque habitaba en las afueras de la ciudad muchas casas a la vez", y se ignoraba también a qué hora dormía, "porque sus amigos aseguraban que no dormía nunca". Estrada Cabrera es el tirano enlutado, el expósito resentido, el leguleyo de provincias que se vuelve todopoderoso despiadado, el que no tiene amigos sino cómplices, el que utiliza el miedo como principal instrumento de sometimiento.

Desde luego, toda obra literaria es una construcción de lenguaje. Pero debe tratarse de un lenguaje capaz de ofrecer un mundo que siendo el mundo verdadero parezca otro y vuelva siempre a ser el mismo. Es lo que logra Asturias en El señor presidente. El portal del Señor poblado de mendigos que hablan delante de las sombras custodiadas por la policía secreta. Como los muertos de Juan Rulfo que hablan desde la oscuridad de sus tumbas.

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8 de diciembre de 2020
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Como si no existieran

Nicaragua ha sufrido en menos de dos semanas el paso desolador de dos huracanes marcados con las letras griegas Eta y Iota, entrando ambos por el mismo lugar del litoral del Caribe norte donde el segundo de ellos arrasó con lo que el primer había dejado en pie. En Managua, bajo las intensas lluvias, nombres como Bilwi, Lamlaya, Wawa Boom, escenarios de la destrucción, repetidos en las redes sociales, siguen sonando sin embargo lejanos. En Lamlaya, una comunidad costera, el paisaje es de destrucción, y "el fango espeso atrapa los pies en cada pisada", escriben los periodistas de La Prensa Julio Estrada y Lidia López, que han logrado llegar hasta allá. El muelle sigue bajo el agua, las casas perdieron los techos. Nadie ayuda a los habitantes, que han recibido a gente de otras comunidades que quedaron peor. "Es como si no existiéramos", dice una mujer que lo ha perdido todo. Cuesta a muchos de quienes viven de este lado, del lado de la costa del Pacífico, aceptar que sigue habiendo dos Nicaraguas, y que "la costa", como se la llama a secas, es un territorio ignorado, ajeno, tan ignorado y tan ajeno que también se llama "la costa atlántica" a esos territorios que comprenden casi la mitad del país, a pesar de que el océano Atlántico se halla tan lejos. Es una barrera levantada desde hace siglos. Del otro lado quedan Bluefields, y Bilwi, y Bismuna, y Haoulover, y Pearl Lagoon, ese Caribe que es africano, misquito, zambo, mayangna, creole, garífuna, rama, y también mestizo, el Caribe del wallagallo, el reggae y el maypole. Todo el territorio del litoral estuvo bajo el dominio de la corona inglesa hasta finales del siglo diecinueve. El obispo de Bluefields, monseñor Pablo Smith, dice que estos dos huracanes sumados han sido más catastróficos de lo que fue el terremoto que destruyó Managua en 1972, y exige que el gobierno se ponga a la cabeza del auxilio a la población de las decenas de comunidades que se hayan aisladas entre ríos crecidos y caminos vecinales destruidos, sin techo, sin alimento, con el agua a la rodilla. "La costa" sólo aparece en las noticias cuando caen sobre ella los huracanes, o, tal vez, cuando las bandas de forajidos armados llegan desde el Pacífico a desalojar a sangre y fuego a los misquitos y mayangnas en la reserva de Bosawás para convertir la selva en tierras ganaderas, no importa que Bosawás haya sido declarada reserva mundial de la biósfera. Tienen apoyos poderosos, y con el tiempo reciben títulos de propiedad. Y cuando la abogada misquita Lottie Cunningham, nacida en Bilwaskarma, defensora de los derechos humanos de esas comunidades, ganó este año el Premio Right Livelihood, llamado el Nobel Alternativo, fue una noticia efímera de este lado. Los huracanes lo único que hacen es remover la capa de olvido ancestral que cubre a la costa del Caribe, pero esa capa pertinaz vuelve a asentarse al paso de los días y a ocultar otra vez el paisaje desolado y a sus gentes que quedan chapoteando lodo, buscando recuperar las viejas láminas de zinc que el viento arrancó de sus techos, para volver a empezar. Para colmo, el régimen prohibió la recolección de ayuda destinada a los damnificados, ropa, medicinas, alimentos, y la policía cercó los lugares donde se pretendía recogerla, una de las aberraciones para las que es imposible encontrar explicaciones en un país donde el monopolio absoluto del poder prohíbe la solidaridad, y se apropia de ella. Pero ya desde antes eran damnificados. Son damnificados permanentes. En un reciente artículo en el diario La Prensa el economista Carlos Muñiz se preguntaba cómo es posible que haya nicaragüenses, como los de esas comunidades caribeñas, que vivan en casas que más bien parecen casetas de excusado. Casas que ya estaban allí, fruto del cataclismo de la pobreza, y que seguramente se llevó también la furia del primero o del segundo huracán. Y los damnificados permanentes están por todas partes en el país. Porque hay otra frontera, detrás de la cual está la Nicaragua rural que queda expuesta cada vez por las erupciones volcánicas, los terremotos, las sequías, las inundaciones y los deslaves causados por los huracanes. El Iota alcanzó con su furia todo el territorio nacional, y causó más de treinta muertos, entre ellos una familia campesina de la Comunidad de La Piñuela en el departamento de Carazo, en el Pacífico. Los padres, Oscar Umaña y Fátima Rodríguez murieron ahogados junto con sus dos hijos, David de 11 años, y Daniela de 8 años, cuando las aguas del río Gigante crecieron hasta alcanzar su humilde vivienda mientras dormían. Hay una foto que habla mejor de lo que nadie podría hacerlo acerca de esta tragedia: los ataúdes esperan al lado de la sepultura en que van a ser enterrados, pero sólo son tres. Supongo que habrá habido alguna colecta para comprar las cajas entre la misma gente pobre de la comunidad, pero no ha alcanzado para la cuarta. David, el niño de 11 años, ha sido puesto en un envoltorio de plástico, y así irá a la fosa. Pero eso hubiera sido lo mismo aún sin huracán. David, y los suyos, están entre los damnificados permanentes.
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23 de noviembre de 2020