Escrito por

Sergio Ramírez

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Lengua cortada

Afirma Claudio Eliano en su Varia historia, que el tirano Hanón de Cartago, en su insolencia, para eliminar las conjuras y conspiraciones ordenó por decreto que los naturales de la ciudad no podrían hablar entre ellos, bajo pena de hacerles cortar la lengua.  Pero los ciudadanos consiguieron sortear la prohibición haciéndose señas con la cabeza o gesticulando con las manos, levantando las cejas, y aún con expresiones de los ojos, todo en burla y desacato.

Entonces, mediante otro decreto, mandó prohibir los gestos.  En señal de protesta y rebeldía, la gente se concertó una mañana en la plaza, y al unísono rompió en abundante y amargo llanto. De manera fulminante, otra vez por decreto, fue abolido el derecho de llorar. Así quedaron suprimidas las palabras, los ademanes, y aún la libertad natural de los ojos de derramar lágrimas.

Me viene esta historia a la cabeza ahora que en Nicaragua ha sido declarada fuera de le ley la Academia Nicaragüense de la Lengua; es decir, han sido prohibidas las palabras, consecuencia de lo cual, ya se sabe, es el silencio. El director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, lo ha puesto mejor que nadie: “cortarle la lengua a la gente e ir un paso más allá en la opresión”.

Seguramente habrá pronto en Nicaragua una Policía del Silencio, cuidando de que nadie se comunique entre sí, de modo que la gente no pueda pronunciar las palabras viejas en calles, plazas y mercados, ni inventar ninguna palabra nueva en los bares y las barberías.

La lengua que cuenta, inventa, juzga, condena e impreca, se burla, el poder absoluto la juzga siempre sospechosa de atrevimiento y sedición. La boca es la puerta de toda rebeldía, y también es puerta de la risa, con la que no congenian tampoco las tiranías, que siempre están de mal humor.

Hanón no se ríe, menos de sí mismo. Y odia las bromas irreverentes, lo mismo que cualquier clase de invención, porque la libertad de crear que se halla en las palabras le parece sediciosa; por eso, entre las prohibiciones de sus decretos entran las novelas, y las letras de las canciones, de las que siempre sospecha mofa a su majestad.

La lengua, por lo tanto, pasa ahora en Nicaragua a la clandestinidad. Academias, de ahora en adelante, solo las militares. Ya antes que la Academia Nicaragüense de la Lengua había sido suprimida la Academia de Ciencias. Ciencias y letras, ¿para qué?

 Los ciudadanos de Cartago se abstenían de hablar en público, y lo hacían por medio de gestos; pero, en privado, lejos de los oídos de los esbirros de Hanón, sin duda se comunicaban en susurros en las alcobas, en los baños públicos, en los caminos y parajes solitarios. Y en las cocinas.

  En El fin del Homus Sovieticus, Svetlana Aleksiévich recuerda como en los años de la dictadura del proletariado, el lugar donde la gente se congregaba para hablar, fuera del alcance de la policía secreta, era en las cocinas. La cocina se convirtió en confesionario y conspiradero, donde los vecinos se intercambiaban los zamizat, las copias al carbón de libros y folletos prohibidos por la censura oficial, y donde podían desahogarse, pese al miedo.  Porque el fiel compañero del silencio impuesto por decreto es el miedo, que una vez apartado da paso a la rebeldía.

Pero en Nicaragua no se prohíben solo la academia que cuida de las palabras. A la fecha son 440 las organizaciones de la sociedad civil que han sido declaradas fuera de la ley, bajo la acusación de que todas, por el hecho de ser independientes, actúan como agentes extranjeros, y significan por tanto un peligro inminente para la soberanía nacional, que ahora reside no en la nación sino en la pareja gobernante.

Las palabras, y también la memoria hay que erradicarlas. El Instituto de Historia de Centroamérica, que guardaba la colección más valiosa de documentos y fotografías de la nación, ha sido clausurado por decreto, lo mismo que la Fundación Enrique Bolaños, que poseía la biblioteca digital más importante del país.

Son sospechosos también quienes se organizan para avistar pájaros, proteger reservas silvestres, o cultivar la ejecución de instrumentos musicales. Un vistazo al último de los decretos que suprimen asociaciones civiles, nos puede dar una mejor idea:

La Fundación para el Desarrollo de las Reservas Silvestres Privadas de Nicaragua; la Asociación de Pianistas, la Asociación Teatral Quetzalcóatl, la Sociedad de Gestión Colectiva de Derechos de Autor. Y la Asociación Nicaragüense de Pediatría, médicos que curan niños por instrucciones del enemigo extranjero.

Hanón desconfía de quienes se organizan libremente de manera solidaria, porque sospecha que, aunque se trate de una fundación que promueva la operación de labios leporinos, o que procure quimioterapia a los niños con leucemia, lo hacen en contra suya.

Pero nada es gratuito, sin embargo, ni caprichoso, ni fruto de la irreflexión de un momento. Todo obedece a un diseño maestro, que tiene por fin inmovilizar a los ciudadanos y desaparecer sus iniciativas, hasta llegar al control total de la sociedad. Cada quien, en su casilla asignada, moviéndose nada más cuando el Hanón lo decida.

Hanón, el Gran Hermano, te vigila. Si te mueves de tu nicho, te corta la lengua.

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6 de junio de 2022
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Una isla en un mar de tormentas

Vine a vivir a Costa Rica el mismo día que me había casado, el 26 de julio de 1964, un viaje de bodas que se convirtió en una estancia de catorce años que fueron los de mi formación como escritor. Un ambiente ideal porque San José, la capital, era una ciudad pequeña y tranquila, pero con librerías bien dotadas, atendidas por libreros de verdad, en las que se celebraban tertulias literarias, y cuando conocí, en la que tenía lugar cada tarde en la Librería Lehmann de la avenida central, a José María Cañas, dueño de la hazaña de haber escrito la novela Infierno verde, que trataba de la guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, sin haberse movido nunca de la redacción del periódico que dirigía.

Había también una espléndida Biblioteca Nacional, desgraciadamente derruida años más tarde para convertir el solar donde se asentaba en un vulgar estacionamiento, y donde me sentaba a conversar con su director, afable y erudito, don Julián Marchena. Y el Teatro Nacional, una reliquia del siglo diecinueve, por el que pasaban afamadas compañías de ópera, y en cuya sala mayor se podía escuchar a la Orquesta Sinfónica Nacional; y numerosas compañías de teatro que actuaban en al menos ocho salas independientes, nutridas por directores y actores que llegaron luego exiliados, huyendo de las dictaduras del cono sur.

Y aquellos fueron también mis años de conocer, toda una novedad para mí, el mundo de la democracia, rara para quien, viniendo de una país sometido a una dictadura familiar, se encontraba de pronto en otro donde se podía ver al presidente de la república, entonces don Francisco Orlich, entrar a un restaurante y sentarse en la mesa de al lado, acompañado por un par de amigos, sin escolta ni aparato militar. La leyenda decía, y no es extraño que haya verdad en ello, que al presidente don Otilio Ulate, una década atrás, lo había atropellado un ciclista cuando cruzaba la calle frente a la plaza de la Artillería en San José.

Costa Rica era desde entonces una rareza, de verdad, en la Centroamérica plagada de dictaduras militares, donde los coroneles se orinaban en los muros de la patria, según el poema de Otto René Castillo, poeta convertido en guerrillero y capturado y asesinado en aquellos mismos años sesenta; una región donde cada ola de exiliados iba a dar siempre a Costa Rica, abierta desde entonces como tierra de acogida. Una isla de libertad cercada por un mar de tormentas.

Parte esencial de esa rareza de que hablo, era que el ejército había sido abolido, y los dineros públicos, en lugar de gastarse en tanques y cañones, se invertían en la educación. Y más rareza aún, era que la abolición de las fuerzas armadas, decretada en 1948, había sido consecuencia de una revolución triunfante que, en lugar de afianzarse en los cuarteles, mandó cerrarlos y convertirlos en museos.

Aquella guerra civil, ganada por las fuerzas encabezadas por José Figueres, electo luego democráticamente a la presidencia, fue breve. El poeta nicaragüense José Coronel Urtecho, agudo en sus juicios, solía decir que los costarricenses sólo tomaban las armas para no tener que volver a pelear. Ya antes habían derrocado a la dictadura de los hermanos Tinoco en 1919, rareza también, y una rareza estrafalaria, en un país como Costa Rica. En términos centroamericanos, aquella fue una dictadura efímera, porque duró sólo dos años. La de los Somoza en Nicaragua duró cincuenta, y esta otra de ahora lleva ya quince y pretende extenderse por siempre.

Aquellos años fueron para mí de exilio, y hoy, viviendo de nuevo en el exilio, he vuelto para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Nacional, y otro de la Universidad de Costa Rica, y mediante esos reconocimientos honoríficos  siento que se me otorga la ciudadanía cultural de este país en el que en tantos sentidos me reconozco, y que, tantos años después, sigue siendo la rareza que descubrí en 1964, porque la democracia sigue arraigada sobre las bases firmes puestas décadas atrás, lo mismo que sus instituciones.

El país ha cambiado tras medio siglo, claro está. San José, la tranquila ciudad provinciana asentada en el valle central y cercada por montañas de tarjeta postal, que podía recorrerse en escasa media hora de oeste a este, desde San Pedro de Montes de Oca hasta Escazú, se ha trocado en una urbe caótica de tráfico infernal, donde cada día surgen nuevas torres de edificios, nuevas urbanizaciones, nuevos centros comerciales, y donde crecen también las desigualdades sociales, con toda su cauda de males.

Pero los emigrados no han dejado de fluir, y más bien el número de quienes llegan desde Nicaragua se multiplica, empujados por razones económicas, en busca de trabajo, y también por los vientos del exilio, periodistas, dirigentes sindicales y gremiales, líderes de oposición, sacerdotes, activistas de derechos humanos, profesores universitarios, dirigentes estudiantiles, profesionales, empresarios.

Es la otra Nicaragua, que crece cada día en Costa Rica, miles que, como yo, cuando llegué aquí hace más de medio siglo, aprenden en este país la lección diaria de la libertad y la democracia, que tan útil nos será en el futuro.

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23 de mayo de 2022
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El reino del silencio

 

Uno de estos días me encontré en Madrid con el joven músico nicaragüense Jandir Rodríguez, cuya canción Héroes de abril se volvió un verdadero himno en contra de la represión del año 2018. Esa canción, que se volvió viral en las redes, fue el motivo para que ahora se encuentre desterrado.

La música se encuentra bajo implacable persecución en Nicaragua, bajo el designio de someter al país al más absoluto silencio. Un silencio donde solo se oiga la voz oficial en los altoparlantes. Los artistas que se hallan en la lista negra tienen prohibición de actuar en público, y los dueños de los locales donde usualmente se presentan, bares, restaurantes, lugares de diversión, han sido amenazados con el cierre si les dejan ocupar los escenarios.

Jandir huyó hacia Guatemala, donde ha grabado su último disco, Volar, y ahora busca quedarse en España. Estudiaba medicina en Nicaragua, pero en la Universidad Nacional hicieron desaparecer su expediente académico, de manera que ya no pudo continuar su carrera.

La semana pasada, en una comparecencia en la Universidad Loyola en Sevilla, antes de que yo empezar a hablar, pasó al estrado un adolescente, estudiante de violín en la escuela oficial de música en Managua, para interpretar unas piezas de Carlos Mejía Godoy. Y luego me contó su historia. Su hermana, que estudia ahora en Sevilla, huyó del país después de la represión del mes de abril hace cuatro años, y al muchacho, debido a este vínculo familiar, le hicieron la vida imposible en la escuela. Ahora ha sido acogido en un conservatorio en España.

Carlos Mejía Godoy. La revolución de los años ochenta en Nicaragua no se explicaría sin Ernesto Cardenal, que le dio una voz profética con su poesía, y sin Carlos, quien le puso la banda sonora. Ambos le dieron relieve mundial a aquella gesta.

Hoy Ernesto está muerto, y su funeral se convirtió en el peor de los escarnios contra su memoria, cuando las turbas oficialistas asaltaron a gritos la misa de cuerpo presente que se celebraba en la catedral de Managua; y para que se sepa que la venganza contra él no ha terminado, la Asamblea Nacional, obediente a los designios de la dictadura, ha cancelado hace unos días  la personería jurídica que amparaba la comunidad fundada por él en 1982, en el archipiélago de Solentiname del Gran Lago de Nicaragua.

Carlos vive en el exilio en California, y sus canciones han sido confiscadas, pues las usan en los actos oficiales de la dictadura en contra de su voluntad, y de sus derechos como autor, mientras él atraviesa a diario grandes dificultades para sobrevivir lejos de Nicaragua, alcanzado por la edad y por las penurias.

Lo mismo pasa con su hermano, Luis Enrique Mejía Godoy, otro músico de los grandes en la historia del país, quien vive ahora exiliado en Costa Rica. Los Mejía Godoy, un clan numeroso, son todos músicos, creativos y diversos. Uno de ellos, Luis Enrique “El Salsero”, que vive en Miami, ha sido cuatro veces ganador de los premios Grammy.

Días atrás, Carlos Luis Mejía, uno de los hijos de Carlos, fundador de La Cuneta Sound Machine, venía en viaje de regreso a Nicaragua desde Estados Unidos, y cuando hizo escala en San Salvador la compañía aérea le notificó que, por órdenes de las autoridades en Managua, no podía embarcar. Lo dejaron también en el exilio.

Monroy & Surmenage es una banda de rock alternativo, que este abril celebró sus quince años de haber sido fundada con un concierto, en el que participaron más de cuarenta músicos. El director de la banda, Josué Monroy, estrenó esa noche una canción en recuerdo de los jóvenes caídos bajo las balas en aquel otro abril, y al día siguiente la policía rompió los portones de su casa y se lo llevó preso, al mismo tiempo que eran capturados también Salvador Espinoza y Xóchitl Tapia, dueños de SaXo Producciones, organizadores del concierto, y Leonardo Canales, otro productor.

 Todos ellos, tras ser interrogados por días y noches, fueron expulsados del país. Si sus familiares presentaban los boletos aéreos, serían llevados directamente al aeropuerto. Si no, serían procesados por lavado de dinero. También fue expulsada la cantautora Emilia Arienti, de nacionalidad italiana.

En la narrativa oficial, paralela a la realidad, y que se busca imponer por medio del silencio, la despiadada represión de abril de 2018 nunca existió, ni existieron los más de trescientos muertos caídos bajo las balas de los paramilitares. Cualquiera que contradiga este discurso, es reo de traición a la patria, o es acusado de lavado de dinero.

Me he despedido de Jandir, que partía esa noche en tren hacia Barcelona, con su guitarra en bandolera. Ha sido el encuentro entre un músico y un novelista, los dos en el exilio porque somos parte de la conspiración de las palabras. Novelistas, poetas, compositores, todos a rodar fortuna lejos de las fronteras porque no tienen cabida en el país del silencio, donde las palabras y la imaginación han sido declaradas subversivas.

Un silencio que nos permitirá un día, prestando las palabras a la poeta también en el exilio en España, Gioconda Belli, escuchar los pasos del tirano que se marcha.

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25 de abril de 2022
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Regreso a la oscuridad

Esta es una época en que muchos de los grandes dogmas del siglo veinte se apagaron para dejar paso a otros fragmentados y pequeños, pero dogmas al fin; desde las verdades alternativas, a los negacionismos, a las cancelaciones, todo atizado igual que las hogueras donde ardían los réprobos que se atrevían a alzar sus voces en contra de las verdades absolutas. Esas hogueras son hoy digitales, y en lugar de acercar un cerillo basta dar un clic.

Hace poco pasó por mi vista un meme muy aleccionador: la turba bíblica, armada de piedras, se dispone a lapidar a la mujer adúltera. Atrás, hay alguien que lo que tiene en la mano es un teléfono móvil “¿No vienes a apedrear a la mujer pecadora?” le pregunta uno de los ajusticiadores morales. “Prefiero trolear en redes sociales…así puedo tirar la piedra y esconder la mano”, responde.

Antes, las opiniones banales, las descalificaciones envenenadas, las mitologías cotidianas, las injurias, corrían como un río subterráneo. Hoy estallan en las redes pulsadas por manos anónimas, dirigidas no pocas veces desde las granjas de troles, donde se producen mentiras al estilo de Goebbels, e inducen a otros a sumarse a la corriente de las falsedades. Para saber cuántos de esos autos de fe digitales son salidos de esas fábricas de propaganda, capaces de provocar alzamientos callejeros, afianzar dictaduras y alterar resultados electorales, hay que leer el libro Esto no es propaganda, de Peter Pomerantsev.

Mi maestro Mariano Fiallos Gil, rector de la pequeña universidad donde estudié, nos prevenía en contra de los ardides de la mentira disfrazada de verdad absoluta. Y predicaba el estado de alerta para revisar lo aceptado como verdad, porque la insistencia en la certeza es ya la caída en el error, las semillas del dogma generando la mentira.

Toda verdad absoluta, solía decir, sobre todo si se convierte en un sistema de ideas capaz de generar poder, ha conspirado siempre contra la integridad del ser humano, única medida de todas las cosas. Las verdades inflexibles e insustituibles, son dañinas cualquiera que sea su ámbito. Y, peor, las verdades ideológicas, que llevan a los alineamientos ciegos.

Una filosofía de la libertad, que es la base de lo que él llamaba humanismo beligerante. El humanismo en acción, crítico y siempre renovado, no el de los libros apolillados de los claustros.

Saber que nada de lo que es humano nos es ajeno, como Terencio en El verdugo de sí mismo. Y, como Erasmo, que no hay humanismo sin tolerancia, y que son los intolerantes los que siempre acusan de herejes a quienes no piensan igual; así lo explica, entre risas sosegadas, en su Elogio de la Locura. Y como Voltaire, que encontraba en el dogma el peor enemigo de la condición humana.

La mutabilidad del pensamiento como herramienta de la mutabilidad del espíritu. El esplendor de la edad de la razón, que comienza con Giordano Bruno, quemado en la hoguera, y se extiende hasta Voltaire autoexiliado en Ferney.

 "Comprendo que la duda no es un estado muy agradable pero la seguridad es un estado ridículo", había dicho Voltaire cargando siempre de ironía sus frases. Dudo, luego existo. La premisa revivida de Montaigne: "¿Qué sé yo?" en contra de la petulancia de la otra, "¡qué no sabré yo!". Cuando se llega a ser dueño de la verdad absoluta, el mundo se detiene en la locura de las ausencias, como temía Erasmo.

Los temores sobre la verdad absoluta son hoy más modernos que nunca, cuando todas las preguntas de la filosofía regresan a buscar el verdadero sentido del humanismo, que es el ser humano, soterrado antes bajo el culto del estado, luego bajo el culto del mercado, y ahora bajo el culto de las polarizaciones, alentadas por la propaganda, la gran diosa de la nueva era.

Si los viejos dogmas han sido fragmentados, hay algunos de las antes que permanecen intactos, como fantasmas del viejo pasado.

Para los antiguos nostálgicos de la guerra fría, y del paraíso carcelario que fue la Unión Soviética, y que son capaces de heredad su pensamiento pétreo a otros más jóvenes,  las bombas que caen en Ucrania sobre las estaciones de trenes, los mercados, los hospitales, las filas del pan, las ejecuciones en frío de civiles, maniatados y vendados, por las tropas rusas en retirada, son fabricaciones de la propaganda occidental, o son culpa de la OTAN por no respetar las seguridades geopolíticas de Rusia, imperio de segunda, pero imperio al fin y al cabo; o habrá que justificar los crímenes de guerra, o callarse, para no hacerle el juego a los Estados Unidos.

Verdades alternativas, lejos del humanismo, que comienza por la compasión, que no puede discriminar. Si se despoja de ese supuesto ético a cualquiera idea de socialismo, la ideología se convierte en una herramienta del crimen, alineada con el pasado, o lo que queda de él, o lo que se busca revivir de él.

Putin como sucesor de Stalin, en un regreso a la rigidez axiomática que busca encontrar nostalgia en el totalitarismo, y se convierte en el molde de la intolerancia, que lleva a la deshumanización del pensamiento. Todo vuelve así hacia la oscuridad del dogma.

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11 de abril de 2022
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Estos también huyen

En este tramo de la carretera que cruza el desierto de Coahuila hay un reguero de mochilas de todos los colores, cobijas y piezas de ropa, al pie de las puertas abiertas de un furgón de carga. Allí iban encerrados, a una temperatura infernal, 64 migrantes con destino a Estados Unidos. El sábado 5 de marzo, cerca del poblado de Monclova, y cuando faltaban 300 kilómetros de recorrido, fueron abandonados por los coyotes con los que habían contratado el viaje en la ciudad de México.

Clorinda Alarcón, nicaragüense, tenía apenas 20 años, y 8 meses de embarazo. La madrugada del 12 de febrero había salido de su lejana comunidad del Hormiguero, en el mineral de Siuna, junto con su esposo Pedro Manzanares, una niña de tres años, y su hermano Saturnino. Vendieron la casa y sus enseres, y todo quedaba atrás en sus vidas. La noche del viernes 4 de marzo ella llamó desde algún lugar de Coahuila a Cenia, su hermana mayor, para decirle que se iban acercando a la frontera.

Se dieron cuenta de que los coyotes los habían abandonado en medio de la nada porque el furgón no se movía. “Estábamos más muertos que vivos, casi todos desmayados por la asfixia, y entonces decidimos abrir un hoyo en la parte trasera del tráiler y sacamos a un chavalo delgado para que pudiera abrir por fuera porque si no nos hubiéramos ahogado toditos”, cuenta Pedro. En la angustia por salir, pisotearon el vientre de Clorinda, que se había caído. Murió en el hospital al segundo día, víctima de “síndrome de disfunción multiorgánica”. El niño también. “Muerte fetal”, declararon los médicos.

El viernes 4 de marzo, la noche en que Clorinda habló con su hermana Cenia por última vez, otro grupo de migrantes buscaba atravesar las aguas del río Bravo cerca de Piedras Negras, también en el estado de Coahuila. En la oscuridad, metidos en la corriente hasta la cintura, hacían una cadena con las manos para evitar ser arrastrados.

Angélica Silva, también nicaragüense, formaba parte de la cadena, y uno de los hombres que cruzaba con ella le había hecho el favor de cargar a su niña de cuatro años, Angélica Mariel. Casi al alcanzar la orilla del otro lado, la madre fue arrebatada por la corriente, pero logró alcanzar la otra orilla. El hombre fue arrastrado también, y no pudo retener a la niña.

Es lo que ella cuenta a la emisora “La Rancherita del Aire”, desde Eagle Pass, en Texas. Escuchó a la niña gritar pidiendo auxilio, pero que por alguna razón creyó que la habían rescatado del lado mexicano.

Al fin la encontró, aguas abajo, la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. Fue identificada por la vestimenta que llevaba, una licra de color negro y una blusa de botones rosados y medias del mismo color.

 A la madre le fue concedido asilo político. Su intención era llegar a Miami, donde tiene familiares. Ahora debió seguir el viaje sola.

 Gabriela Espinoza, de 32 años, de Managua, también pereció en el río Bravo el 21 de marzo. Según la Voz de Coahuila, un pescador intentó inútilmente rescatarla mientras era arrastrada por la corriente.

Había iniciado su viaje el 15 de febrero. Quería reunir dinero para mejorar la vida de su madre, María Mercedes Espinoza, dueña de una pulpería. “¿Para qué te vas a ir, mi hijita? Me estás dejando ya vieja de 71 años, mejor quédate conmigo, sos mi única hija mujer”, le suplicó, pero no pudo hacerla desistir. “Ella quería que yo viviera como una reina”, dice doña María Mercedes.

El cuerpo se encuentra ahora en una morgue en México y la repatriación cuesta 7 mil dólares, que la familia no tiene. Para pagar al coyote tuvieron que vender un solar.

Es un drama que se multiplica en miles de vidas. Sólo en diciembre de 2021 la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos reportó más de 15 mil detenciones de nicaragüenses que intentaban cruzar desde México, y en todo ese año la cifra llegó a 87 mil personas.

En El Paso, Texas, los nicaragüenses se entregan por centenares cada día a las autoridades en la esperanza de recibir asilo, pero no todos tienen suerte, y muchos son rechazados y obligados a regresar a México. Y para llegar hasta los pasos fronterizos hay que exponerse a los engaños de los coyotes, a extorciones de la policía, a los secuestros por bandas criminales. Y el riesgo constante de la muerte.

Es un éxodo sin precedentes, motivado cada vez más por razones políticas. Huyen de la represión, de la venganza gubernamental que se ceba en los que disienten y son vigilados en sus barrios, o en sus trabajos en los ministerios y entidades de gobierno. Haber estado presente en una de protesta es ya un delito, opinar en las redes sociales también. Decir algo contra el régimen en un chat es suficiente para ser encarcelado.

Ahora que la atención mundial se concentra en los miles que huyen de sus hogares en Ucrania, para librarse de las bombas ultrasónicas de Putin, no olvidemos a estos otros refugiados que huyen de una dictadura de la que sólo se sabe muy de vez en cuando.

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28 de marzo de 2022
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Una izquierda jurásica

 

Así como desde lejos es imposible apreciar los relieves de un paisaje, hay que adentrarse en los meandros de la izquierda latinoamericana para darse cuenta de que está lejos de representar un todo homogéneo. La variedad es extensa. Una izquierda que tomó en algún momento las armas y creyó en la revolución; una izquierda que nunca se desapegó del credo de la tercera internacional; la izquierda populista, que llegó al poder para quedarse; la izquierda nostálgica, la izquierda académica. La nueva izquierda.

Pero lo que un examen cercano mejor nos deja ver es la división entre izquierda autoritaria e izquierda democrática. Entre la que considera anatema todo lo que se oponga a la hegemonía de un solo partido o de un solo líder; y la que busca rescatarse a sí misma afirmando su fidelidad a la democracia sin apellidos que permite elegir libremente a los gobernantes, y se adhiere al respeto a las libertades públicas y a los derechos humanos. Ni democracia proletaria ni democracia burguesa. La democracia.

“Izquierda cobarde” llama Nicolás Maduro a esta izquierda que se atreve a desembarazarse de los ropajes del pasado que huelen a naftalina. Y la invasión de las tropas rusas a Ucrania ha servido para dejar patente esta diferencia fundamental, que desde las concepciones ideológicas del poder se extiende a los alineamientos geopolíticos.

La falla geológica que se abre en el paisaje entre izquierda autoritaria e izquierda democrática, la vemos mejor al comparar las declaraciones del caudillo boliviano Evo Morales con las del nuevo presidente de Chile Gabriel Boric.

 "Rusia ha optado por la guerra para resolver conflictos. Desde Chile condenamos la invasión a Ucrania, la violación de su soberanía y el uso ilegítimo de la fuerza. Nuestra solidaridad estará con las víctimas y nuestros humildes esfuerzos con la paz", escribe Boric en un tuit. En otro tuit, Morales escribe: “hacemos un llamado a una movilización internacional para frenar el expansionismo intervencionista de la OTAN y EE.UU. La humanidad clama por pacificación, la conflagración no es la solución. La hegemonía armamentista e imperialista pone en riesgo la paz mundial”.

El lenguaje de Evo Morales es una herencia de la guerra fría, cuando la izquierda latinoamericana creía su deber militante no apartarse del evangelio del Kremlin.  Es así que cuando en agosto de 1968 las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoeslovaquia para aplastar “la primavera de Praga”, Fidel Castro, que entonces representaba a toda la feligresía revolucionaria, respaldó la intervención apelando a los intereses supremos del socialismo mundial.

Sólo había un imperialismo, el de los Estados Unidos; la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia defendían la Paz Mundial. Evo Morales, medio siglo después, no se aparta de ese guion.

Por una suerte de artilugio ideológico, Putin encarna a ese mundo soviético de los manuales leninistas anterior a Gorbachov, aquel mismo de ancianos miembros del politburó, que protegidos con gruesos gabanes y sombreros de fieltro revistaban los desfiles militares desde arriba del mausoleo de Lenin, desfile que cerraban los cohetes cargados con ojivas nucleares, las mismas con las que Putin amenaza hoy al mundo sino le dejan consumar su conquista de Ucrania.

Putin, cuyo apoyo político se teje en una red de organizaciones ultranacionalistas y antisemitas, padrino de una mafia de oligarcas multimillonarios que se apropiaron de los despojos de la era soviética, y decidido a reconstituir la vieja Rusia de los zares, es para los nostálgicos de la vieja izquierda uno de los suyos, y por eso mismo justifican la invasión de Ucrania, o apartan la vista y se diluyen en declaraciones que no dicen nada.

Lula de Silva, sin señalar quién invadió a quién, ofreció un consejo conciliador tanto a Putin como a Zelenski: “gobernantes, bajen las armas, siéntense en la mesa de negociaciones y encuentren la salida del problema que los llevó a la guerra'”. Y nada más. Muy cerca, quién lo diría, de Bolsonaro, que en vísperas de la invasión voló a Moscú para tomarse la foto de ocasión con Putin y que al regresar a Brasil declaró: “no tomaremos partido, seguiremos siendo neutrales”.

Boric, al contrario, recuerda con sus palabras que, si la izquierda tiene algún fundamento, es el humanismo, y que las guerras de agresión son un crimen. Quien no puede quitarse las telarañas ideológicas de los ojos para ver los bombardeos sobre la población civil, los ataques aéreos contra hospitales y edificios de apartamentos, el éxodo de millones de seres humanos obligados a buscar refugio en los países vecinos huyendo de la destrucción y la muerte, demuestra su fidelidad a la izquierda jurásica, o se ha quedado perdido en los vericuetos del cinismo y la dualidad.

Nada más sublime, agreguemos, que estas opiniones de un científico social argentino de izquierda, publicadas en un diario de Buenos Aires: “las apariencias no siempre revelan la esencia de las cosas, y lo que a primera vista parece ser una cosa -una invasión- mirada desde otra perspectiva y teniendo en cuenta los datos del contexto puede ser algo completamente distinto”.

Igual que la famosa frase atribuida a un presidente mexicano de tiempos del PRI, pero que en realidad es de Mario Moreno, Cantinflas: “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”.

 

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14 de marzo de 2022
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Rusia y un socio obsequioso

Como parte de las medidas de aislamiento que los países europeos han tomado en contra de Rusia a consecuencia de la invasión a Ucrania, el avión en que viajaba hacia Moscú Viacheslav Volodin, presidente de la Duma, fue impedido de volar sobre el espacio aéreo de Suecia y Finlandia, y tuvo que desviarse muy hacia el norte para llegar por fin a su destino.

Esta noticia, entre tantas que se publican a raíz de esta guerra en la que Vladimir Putin juega con la sangre ajena el juego imperial de zar de la Santa Madre Rusia, no me daría pie para iniciar este artículo si no fuera porque el avión del camarada Volodin venía de Nicaragua, un destino que, en estas circunstancias, a muchos no dejará de parecer extraño. ¿Qué hace en Managua el presidente de la Duma, cuando los cohetes rusos caen sobre las ciudades ucranianas?

Volodin fue recibido con pompa y circunstancia, y uno de los hijos de Ortega le dio la bienvenida oficial. Hablando en una sesión del parlamento nicaragüense, convocada en su honor, dijo, con la misma cara de jugador de póker que pone Putin, que "la población de Ucrania no tiene que temer a la operación pacificadora, porque está dirigida a la desmilitarización.

Reunido Volidin esa misma tarde con la pareja presidencial, Ortega aprovechó para otorgar su respaldo sin reservas a la invasión, tal como lo había hecho días atrás delante de otro enviado del Kremlin, el viceprimer ministro Yuri Vorisov, quien llegó en visita oficial el 17 de febrero.

En medio de la guerra de agresión contra Ucrania, escogen Nicaragua como destino en busca de respaldo diplomático, lo cual no deja de ser ocioso, pues no necesitarían afanarse tanto si saben de antemano que cuentan con la adhesión obsequiosa de Ortega.

Ya en septiembre del 2008, después que Rusia había arrebatado a la república de Georgia los territorios de Abjasia y Osetia del Sur, Ortega corrió a reconocerlos como países independientes. Su canciller de entonces hizo unas declaraciones bastante cándidas respecto a las relaciones con estos dos protectorados: “estaremos actuando a través de nuestros amigos, probablemente Rusia, para establecer contactos más estrechos con ellos”. Los otros únicos países en el mundo en avalar el despojo fueron Vanuatu, Tuvalu y Nauru, pequeñas islas perdidas en el océano pacífico. Y Venezuela.

En 2014, Ortega se apresuró en respaldar, oficiosamente también, la ocupación rusa de Crimea, donde mandó establecer un consulado, iniciativa que esta vez no acompañaron ni siquiera Vanuatu, Tuvalu y Nauru. Y ese mismo año, al concluir una visita oficial a Cuba, Putin ordenó hacer una escala de un par de horas en Nicaragua porque no quería regresar a Moscú sin mostrar personalmente a Ortega su agradecimiento por tanta largueza, “un socio muy importante en América Latina” según sus propias palabras.

Una sociedad afectiva, asunto de cariño y agradecimiento, pero que no se traduce en muchos beneficios para el propio Ortega, que en medio de su propio aislamiento busca aliados estratégicos, aunque sea lejanos, como la propia Rusia, China, Corea del Norte, o Irán.

Cada vez que se da una de estas visitas de funcionarios rusos se habla de grandes proyectos de cooperación; pero hasta ahora todo se ha traducido en que el ejército de Ortega ha recibido viejos tanques refaccionados de la segunda guerra mundial, y el gobierno partidas de autobuses que no duran ni un año en buen estado, y a los que hay que adaptar pues no vienen acondicionados para climas tropicales; además de una antena de comunicación terrena que algunos toman por un sistema de espionaje.

Y ahora, para expresar su entusiasmo por la invasión a Ucrania, Ortega escogió nada menos que la celebración del aniversario del asesinato del general Sandino, el 21 de febrero; y allí reconoció también la “proclamación de la independencia” de las repúblicas de Donetsk y Luhanks, las partes del territorio ucraniano que Rusia busca segregar.

  "El presidente Putin ha dado un paso hoy, donde lo que ha hecho es reconocer a unas repúblicas que, desde el golpe de 2014, siendo fronterizas con Rusia, no reconocieron a los gobiernos golpistas y crearon su gobierno " dijo, hablando desde las cavernas enmohecidas de la guerra fría, al tiempo que justificaba los preparativos bélicos para invadir Ucrania como acciones para asegurar la paz, “ante la escalada del conflicto por parte de Estados Unidos y los países europeos”.

Para quienes hayan olvidado una parte esencial de la historia de Nicaragua, debemos recordar que Sandino, defensor de la soberanía nacional, se alzó en armas en 1927 en rechazo a la intervención armada de los Estados Unidos, cuya marina de guerra había ocupado el país casi de manera continua desde 1909, imponiendo al país gobiernos títeres, préstamos financieros leoninos y tratados onerosos, como el tratado Chamorro-Bryan de 1914 para la construcción del canal interoceánico, un acto de despojo territorial que Ortega repitió en 2013 al firmar con el aventurero chino Wang Ying un tratado similar.

Usar la efeméride del asesinato de Sandino ordenado por Anastasio Somoza, el fundador de la dinastía, para justificar una intervención imperialista como la que Rusia ha perpetrado en contra de Ucrania, es volverlo a asesinar.

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1 de marzo de 2022
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Los juicios de Managua

En Managua se están celebrando juicios para condenar a los prisioneros políticos encarcelados desde mayo del año pasado, cuando el régimen quiso eliminar cualquier riesgo en contra del fraude electoral que ya estaba montando y que culminó con la cuarta reelección de Daniel Ortega en noviembre.

Los juicios de Managua recuerdan en muchos sentidos a los juicios de Moscú, que se celebraron entre 1936 y 1938 en contra de figuras políticas relevantes que representaban algún tipo de amenaza para el poder de Stalin; unos juicios que le sirvieron también para imponer el terror entre aquellos que abrigaran algún mal pensamiento y quisieran de alguna manera revelarse. Mejor el silencio que el tiro en la nuca.

Se parecen en cuanto al siniestro catálogo de delitos. El famoso artículo 58 del Código Penal de Stalin estaba diseñado para eliminar adversarios, disidentes y potenciales enemigos, y sacarlos del juego. Traición a la patria, traición a la revolución, atentados contra la soberanía nacional, colaboración con potencias extranjeras; un artículo que se iba reformando de acuerdo a las necesidades de la represión. Parecidos delitos están contenidos en las leyes que fueron dictadas en Nicaragua de manera expresa antes de que comenzaran las redadas de prisioneros; sólo que ahora, además de la traición y el menoscabo de la soberanía, esas leyes contemplan los ciberdelitos, y se castigan los chats que contengan palabras ofensivas contra la familia en el poder, y hasta los memes; ya no se diga la difusión de noticias “que promuevan el odio y la disensión social”.

En los juicios de Moscú, los prisioneros comparecían delante del tribunal con el ánimo quebrado tras largas sesiones de tortura, la luz siempre ardiendo en sus celdas, sacados constantemente a medianoche para ser interrogados. En los juicios de Managua hay prisioneros que, tras meses sin ver la luz del sol, y sin saber si es de día o de noche, han empezado a perder la memoria y a olvidar el nombre de sus hijos; a otros se les está cayendo la dentadura, o se han convertido en esqueletos de tanto peso que han perdido, y también son levantados a cualquier hora de la madrugada para llevarlos a interrogatorio y preguntarles siempre lo mismo.

Pero a ningún han logrado doblegar. Ana Margarita Vijil, a quien se le impidió hablar durante el juicio, sólo tenía derecho de poner su firma al pie del acta de condena. Y debajo de la firma escribió: “prisionera política”. Fue sentenciada a diez años de prisión por “conspirar para cometer menoscabo a la integridad nacional”.

Y si los juicios de Moscú se celebraban en una sala de la Corte Suprema de muchos dorados y cortinajes, en cambio, los juicios de Managua tienen lugar en secreto dentro de la propia prisión, sin acceso a la prensa. Y los reos no tienen derecho a la palabra, que escasamente se concede a sus abogados.

Pero en ambos casos se trata de condenadas dictadas de antemano. Jueces y fiscales no son más que comparsas de una puesta en escena. Y si los juicios de Moscú podían durar semanas, con desfile de testigos y confesiones públicas de los acusados, los juicios de Managua no duran más de dos o tres horas, y no hay más testigos que los propios policías. Y los jueces tampoco deciden las penas. Eso ya está resuelto desde más arriba desde sus cabezas.

Tampoco los prisioneros que sufren enfermedades graves, o los de edad avanzada, de los que hay varios, son apartados de los rigores del régimen carcelario que tiene mucho de crueldad vengativa. El comandante Hugo Torres, héroe de la lucha guerrillera contra Somoza, acaba de morir a los 73 años, víctima de una enfermedad terminal de la que sus carceleros hicieron poco caso. Aún muerto, en las redes oficialistas siguen llamándolo traidor. En diciembre de 1974 había sido parte del comando armado que tomó en Managua la casa de un alto funcionario de Somoza mientras se celebraba una fiesta, y el comando logró canjear a los invitados por los presos políticos que pudieron volar hacia Cuba, entre ellos Daniel Ortega. Triste y terrible. Habiendo liberado a Ortega de la prisión, ahora Hugo Torres ha muerto en una prisión de Ortega.

Y al tiempo que se celebran los juicios de Managua, decenas de organizaciones no gubernamentales están siendo ilegalizadas, entre ellas universidades privadas que sufren el despojo de sus instalaciones, y miles de estudiantes son dejados a la deriva. Universidades obedientes, o nada.

Cuando los juicios de Moscú se celebraron, en el mundo hubo poco eco de aquel bárbaro montaje. La opinión pública y los periódicos tenían entonces cosas distintas de qué ocuparse: la amenaza del nazismo, el cerco de Madrid.

Hoy también, cuando se llevan a cabo los juicios de Managua, el mundo tiene otras cosas de que ocuparse: la impávida cara de jugador de póker de Putin negando que quiera invadir Ucrania, y el presidente Biden insistiendo en que la invasión es inminente.

Mientras tanto, el martillo de los comparsas de Ortega disfrazados de jueces, que golpea al dictarse una condena tras otra dentro de los muros de la cárcel convertida en tribunal, no se escucha. Nadie lo escucha.

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15 de febrero de 2022
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El poeta que siempre resucita

Rubén Darío murió en León de Nicaragua el 6 de febrero de 1916, de modo que ahora se cumplen 106 años de aquella fecha tan lejana, pero a la vez cercana. La obra de un poeta tan trascendental, que marcó una época y sigue marcando a la literatura de nuestra lengua, se acerca a nosotros mientras el hecho de su muerte se aleja en el tiempo; es la manera de sobrevivir en las palabras que él renovó un día, porque hoy vivimos en una lengua que ya no es la misma desde que su poesía la cambió, despertándola de un largo letargo.

Una de las pruebas de su permanencia es que es un poeta doméstico y a la vez trascendental. La musicalidad de sus versos hizo que generaciones los aprendieran de memoria, sobre todo aquellos que contaban historias de princesas tristes de esperar y niñas que suben al infinito a robar una estrella sin permiso del papá; y que inspirara la letra de los tangos y los boleros. Y, por otro, lado, la poesía que interroga sobre la vida y la muerte, como en Lo fatal, que para García Márquez era el gran poema de la lengua castellana.

Nació el 18 de enero de 1867 en una aldea olvidada de las estribaciones de la cordillera madre de un país pequeño, pobre y desangrado por las guerras civiles, que entonces no figuraba en los mapas del mundo. Habían llegado los años de una paz precaria, después de que los eternos liberales y conservadores, confrontados en bandos irreconciliables, se unieron, y con ellos todo Centroamérica, para expulsar a los filibusteros del esclavista sueño William Walker que se habían apoderado de Nicaragua.

En 1867 gobernaba el general Tomás Martínez, y ese año mandó a levantar un censo del que resultó que el número de habitantes no superaba los 150 mil; le pareció desdoroso que fuesen tan pocos, y ordenó aumentar 100 mil más. Un país rural despoblado, mayormente analfabeto, donde eran escasas las escuelas.

Y el 23 de febrero de ese mismo año, días después del nacimiento de Darío, apareció en el diario oficial la noticia de que un águila real había sido encontrada en uno de los parajes de la misma sierra madre: “su cabeza pequeña, viva, inteligente, está adornada por un círculo de plumas negras en su extremidad, formándole una corona” escribe el cronista anónimo. “…Hasta hoy no se creía que en Nicaragua hubiese águilas, y mucho menos águilas reales”. Un augurio. Un águila real abría sus alas para cobijar el nacimiento de un poeta que llegaría a ser el símbolo del país entero.

El águila fue presentada como obsequio al general Martínez, quien terminaba su segundo período presidencial, y aunque intentaba reelegirse ya no pudo hacerlo; ya se ve que es esa una vieja tradición esa en Nicaragua.

Cuando Darío regresó en 1907 tras largos años de ausencia, el país entero se volcó a recibir al príncipe de las letras castellanas, pues ese era ya su título; volvía, según el ditirambo de los discursos, nimbado por la gloria. En la estación del ferrocarril de León los artesanos desuncieron los caballos de la carroza descubierta, y se pegaron al tiro para arrastrarlo; niñas disfrazadas de canéforas regaban pétalos a su paso, y la carroza atravesaba bajo arcos triunfales. Pocos lo habían leído, porque los analfabetos seguían siendo mayoría. Pero era el héroe que regresaba después de haber conquistado el mundo.

No fue así en 1915 cuando volvió para morir. El tren pitó tristemente cuando entró a la estación desierta a la medianoche, y lo llevaron a alojarse en una casa falta de muebles y aún de una cama, que fue comprada de urgencia. Desahuciado, lo que más bien se esperaba era su muerte, para que su cadáver pudiera ser velado en noches interminables, cambiado cada vez de vestidura, en uniforme de embajador, con peplo griego, el féretro descubierto paseado por las calles antes de ser enterrado en la catedral, despojado del cerebro.

El sabio Luis H. Debayle se empeñó en medirlo y pesarlo; quería saber si era más grande y pesaba más que el cerebro de Víctor Hugo, porque la primacía del genio se determinaba según onzas más, onzas menos. Pero fue objeto de un pleito a bastonazos cuando el cuñado de Darío, que quería venderlo a un museo extranjero, quiso arrebatárselo de las manos a Debayle, y la urna que lo contenía cayó al empedrado de la calle.

De allí fue recogido para llevarlo al cuartel de los marinos de Estados Unidos, que hacían las veces de policía, porque entonces Nicaragua era un país ocupado.

Quizás adonde de verdad Darío había regresado no era a la tierra natal que nunca se apartó de su mente, el sol de encendidos oros y las calurosas noches tropicales bajo las estrellas, sino al infierno. Antonio Machado, desde el otro lado del océano, se preguntaba en un poema escrito al saber la noticia de su muerte: “¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno/y con las nuevas rosas triunfantes volverás?”

Vuelve cada año triunfante, y vuelve siempre, porque permanece en las palabras. Palabras inmarcesibles, como a él mismo le gustaba decir.

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31 de enero de 2022
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Una tarima engalanada

Cao Jianming es uno de los catorce vicepresidentes del comité permanente de la Asamblea Nacional Popular de China, y ha sido enviado a Nicaragua para estar presente en la cuarte toma de posesión consecutiva de Daniel Ortega. Es un largo viaje, desde el otro lado del mundo, hacia un país que acaba de entrar en la órbita de las relaciones expansivas del nuevo celeste imperio de Xi Jinping. Pocos son los invitados que habrán de acudir, la mayoría de bajo nivel, o de nivel mediocre, como el propio Jianming.

Por eso, su sorpresa debe haber sido mayúscula cuando al bajar del avión advierte que lo espera una guardia de honor a la que habrá de pasar revista como si fuera un jefe de estado. En un país de estrictas jerarquías como el suyo, tal anomalía protocolaria es imposible. Pero en Nicaragua sí. Él representa a China y eso es suficiente, así fuera ujier de la Ciudad Prohibida.

Pero lejos de allí se da otra escena que también es inusual, por no decir extraña. Ese mismo día, 10 de enero, el presidente López Obrador comparece en una de sus “mañaneras”, las conferencias de prensa que ofrece temprano de cada día en el Palacio Nacional de la ciudad de México. Un periodista le pregunta si su gobierno enviará algún representante a la toma de posesión de Ortega.

            −Todavía no se decide −responde, bastante desconcertado−. ¿Cuándo es…la toma de posesión?

            −Hoy −le informa el periodista.

            −Ah… ¿Hoy? No sabía.

            El periodista le dice entonces que la noche anterior la cancillería ha anunciado que no enviara a nadie a la ceremonia.

            −¿Y a qué horas es la toma de posesión? −pregunta el presidente.

            −No sé la hora −responde el periodista.

            −Vamos a ver si da tiempo de que llegue alguien…porque nosotros tenemos buenas relaciones con todos. Con todos −repite el presidente−. Y no queremos ser imprudentes.

            −¿Sería una imprudencia que no fuera ningún funcionario mexicano a la toma de posesión? −continúa el periodista.

Entonces el presidente responde que México no puede hacer a un lado su política de autodeterminación de los pueblos. Y recuerda cómo el gobierno pasado, por quedar bien con otro gobierno, expulsó al embajador de Corea del Norte.

Seguramente estaba consciente de la imposibilidad de que un enviado llegara a tiempo, ya que ha dispuesto que tanto él como sus funcionarios sólo pueden utilizar vuelos comerciales. Y a la tarima de los invitados en Managua terminó subiendo el encargado de negocios de la embajada mexicana, ya que no hay un embajador.

A este episodio tan singular, se le ha dado el cariz de una desautorización bastante ruda a su propio canciller, Marcelo Ebrard, quien habría buscado sumarse a la inmensa mayoría de los países latinoamericanos que dejaron solo a Ortega en su farsa. Pero también merece otra lectura.

Si el presidente de México ni siquiera sabe cuándo toma posesión Ortega, y tampoco sabe, en consecuencia, la hora de la ceremonia, no es que esté desinformado nada más. Lo que demuestra es la nula importancia que Nicaragua tiene en su política exterior, un cero a la izquierda.  Será por eso mismo que al canciller Ebrard no le pareció necesario informarle que no enviaría a Managua a nadie, ni siquiera a un funcionario de tercera categoría.

Y así se saca en claro que jamás se le había ocurrido al presidente López Obrador asistir él mismo, invitado como estaba; o enviar a su canciller, o a alguien de su gobierno.

Al contrario, lo que hace es tomar distancia, y colocar a Nicaragua en un lugar poco privilegiado: al lado de Corea del Norte. Buenas relaciones con todos, dice, y recalca la palabra todos, es decir, demócratas y dictadores. Por eso reprocha al gobierno de Peña Nieto, haber expulsado en 2017 al embajador del dictador hereditario Kim Jong-un.

Y de imprudencias hablando, Argentina, que tampoco envió a ningún delegado, se hizo representar por su embajador en Managua, Daniel Capitanich, entusiasta hincha de Ortega, quien se sentó en la misma tarima de honor en que se encontraba el vicepresidente para asuntos económicos de Irán, Mohsen Rezai.

El personaje está acusado en los tribunales argentinos de ser responsable, nada menos, del atentado terrorista contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ocurrido en 1994, en el que murieron 80 personas y más de 300 resultaron heridas, un crimen de lesa humanidad. Hay una orden de captura internacional librada por la Interpol contra él.

Al concluir la ceremonia, hubo una foto de familia en la que Ortega aparece junto al propio Rezai, el presidente de Cuba, Miguel Diaz Canel, y el de Venezuela, Nicolás Maduro. Es la foto que debe haber sorprendido ingratamente al presidente Fernández de Argentina, y en la que López Obrador jamás hubiera querido estar.

La cancillería argentina dirigió una nota diplomática a la de Nicaragua por la presencia de Rezai, que “constituye una afrenta a la justicia y a las víctimas del brutal atentado terrorista”. Un lamento, no una protesta: "el gobierno argentino lamenta profundamente tomar conocimiento de la presencia en la República de Nicaragua del señor Rezai…".

Y la tarima en Managua se queda en su lugar, sin desarmar, hasta la próxima toma de posesión, cuando Ortega vuelva a traspasarle el poder a Ortega.

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17 de enero de 2022