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Juan Lagardera

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De repente, un novelón en valenciano

Desde su configuración la novela como género literario admite recursos narrativos prácticamente infinitos. Existen grandes corrientes temáticas, no obstante, que apuntan a modo de subgéneros más o menos obvios, desde las novelitas de pulp fiction al noir.

Hay caminos más íntimos pero igualmente clásicos y prolíficos, como las novelas de iniciación, de aprendizaje, la Bildungsroman que dicen los alemanes tomando un rotundo galicismo: la pérdida de la inocencia que transcurre en el mundo contemporáneo desde la infancia a la adolescencia, la juventud, el sexo y los desengaños de toda condición. Tantas cosas que solo existen desde la revolución industrial.

La modernidad, que no la vanguardia, ha dado obras maestras en dicho capítulo, como El guardián entre el centeno, el Retrato del artista adolescente, Demian, El joven Torless, Ada o el ardor, Rojo y negro, David Copperfield… y buena parte de las historias femeninas de Jane Austen o de las hermanas Brontë que tan bien viene reeditando en castellano la colección clásica de Alba editorial. En cambio, la literatura vanguardista, como la música del mismo frente, han resultado carreteras sin salida.

Existen también novelas de la tierra cuyo paisajismo ha fructificado mucho mejor en el cine. Entre mis películas favoritas de este capítulo: Dersu Uzala, Siberiada, Los emigrantes, Las aventuras de Jeremiah Johnson, El renacido, La llamada salvaje, La hija de Ryan, El hombre tranquilo, No man’s land, A años luz…

El relato audiovisual, sin embargo, no favorece los ambientes urbanos. La ciudad funciona de modo superior en la literatura, tal vez porque las historias verdaderamente intensas son siempre humanas, proporcionan mitos y leyendas antropomorfas, tienen poco que ver con la arquitectura.

Una cervecería corriente y moliente, sin valor estético alguno pero visitada en su juventud por James Joyce, se convierte en un espacio de culto para mitómanos del autor de Dublinesses, quien precisamente escribió esta obra entre los cafés literarios de la Trieste de Italo Svevo. Lo mismo ocurre con la Lisboa de Pessoa, el Brooklyn de Auster, el París de Cortázar, la manniana Muerte en Venecia alcanzando el Lido, la Barcelona de Mendoza o el Madrid de Ramón Ayerra.

Una ciudad que no trascienda literariamente no es una ciudad ni es nada que diría el fundador de Planeta, el legendario José Manuel Lara. La ciudad novelada llegó a ser una obsesión en algunos escritores del periodo naturalista. Emile Zola y sus obras sobre la misma París, Marsella o Roma. Oviedo que no existiría sin su Clarín. Blasco Ibáñez que igual narraba la epopeya de un pescador de la Albufera como la de un jornalero agrícola o un tendero del Mercado Central de Valencia.

Y es precisamente a raíz de Blasco, de su negación como escritor vigente, y también en el entorno menestral del Mercado ubérrimo de Valencia, el cuerno de la abundancia bajo sus bóvedas de modernismo agrarista, que una joven novela está causando furor en la capital levantina. Noruega, de Rafael Lahuerta.

Lahuerta ha escrito una obra cenital. La gran novela de la ciudad histórica, de su decadencia a lo largo de los años 70 y 80 fruto del ensanche de la metrópoli y la llegada de legiones de turistas y cruceros. Ese es el contexto en el que su protagonista, un aspirante a escritor como el Martin Eden de London, irá desvelando el paso de la adolescencia en grupo a la subjetividad juvenil, salto decisivo en un novelista.

Noruega es un novelón, y así lo palpan los lectores, pues de boca en boca ha alcanzado ya una segunda edición a pesar de su publicación por una modesta editorial, Drassana, y hacerlo en un valenciano coloquial, perfectamente entendible por cualquiera. Lahuerta espera que alguna de las grandes editoras se interese por lanzarlo en castellano, o bien que el mercado catalán acepte su libro original plagado de modismos sureños.

Al respecto caben algunas reflexiones. La primera que Cataluña es endogámica en casi todos los niveles, incluyendo el literario. En el micromercado de las letras catalanas, que al menos existe como un pequeño mercado, no parecen caber los autores valencianos salvo entre minorías pírricas o cuando el escritor de turno se pasa el día en TV3 declarando su amor y su fe soberanista. Cataluña piensa en términos mentalmente expansivos y ortodoxamente ideologizados cuando habla de los Países Catalanes, pero en realidad ni entiende ni acepta la insularidad ni el sur de su propia cultura, demasiado diversa y criolla para convivir con la idea de una singularidad independiente.

El caso del cantante de Xàtiva, Raimon Pelejero, Al vent, es revelador al respecto: residente en Barcelona desde hace más de cuarenta años, considerado un genuino representante de la cançó catalana, pero conocedor de la realidad valenciana, se manifestó contrario al proceso independentista unilateral, por lo que padeció una excomunión en toda regla por parte del sanedrín nacionalista.

Lahuerta, por lo demás, es un buen ejemplo de convivencia fértil entre dos lenguas y dos culturas en un mismo territorio, cuya vecindad en todos los órdenes hace innecesarias más explicaciones sobre las contaminaciones lingüísticas. El individualismo valenciano, libre de posicionamientos políticos, tiende a la coexistencia cultural. De hecho, podría ser un buen ejemplo de cohabitación entre la castellanidad y la catalanidad a poco que se le propusieran los políticos en un gran acuerdo regional que afinara la enseñanza lingüística.

El autor de Noruega es todo un abanderado de ese tipo de mixturas. De joven fue el dirigente de la peña futbolística de la Universidad Politécnica, el llamado Gol Gran de Mestalla, donde cada domingo de partido se desplegaba una pancarta gigante con algún aforismo inteligente sobre el fútbol como materia de los sueños y emociones, escrita en castellano o valenciano, indistintamente. Igual citaban a Benedetti que cantaban como una de Pau Riba.

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2 de julio de 2021
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La patria a examen

La que se ha armado por una columna periodística y su inclusión en un examen de selectividad valenciana (ahora llamada PAU). A los examinadores se les ocurre dar a leer la pieza “Elogio de los equidistantes” publicada en La Razón por el periodista televisivo Vicente Vallés, rostro conocido ahora en Antena 3. En el artículo, y utilizando como argumento las posiciones moderadas del escritor republicano Manuel Chaves Nogales, se critica a quienes ahora descalifican la Transición política y su programa de reconciliación entre las dos Españas, las dos más extremas sobre las que Chaves Nogales quiso guardar distancias en defensa de la convivencia democrática entre diferentes. Junto al texto de Vallés se les preguntaba a los futuros universitarios “¿en qué consiste para usted ser patriota?”.

Pues bien, desde que se produjeran estos hechos académicos no he dejado de oír los más variopintos argumentos en contra de la idoneidad de la pregunta, formulados, paradójicamente, desde el atrincheramiento ideológico cargado de prejuicios a ambos lados. Los he oído desde la orilla más conservadora poniendo a caldo al profesorado por tratar de descubrir los sentimientos patrióticos del alumnado, dado que en nuestro entorno político todavía se confunde patria con franquismo. La maniobra examinadora, según una visión derechista, pretendería lavar el cerebro de aquellos jóvenes que se consideran patriotas españoles envueltos en banderas rojigualdas.

Pero igualmente resulta reveladora la posición desde la izquierda que se vislumbra tras el comunicado emitido por el comisario político de la enseñanza en CCOO del País Valenciano, que analiza el asunto de manera inversa: según el sindicalista, la pregunta buscaba desautorizar las opciones políticas que critican la Transición (Podemos, es evidente), utilizando a un periodista, Vallés, de “marcado sesgo” anti izquierdista, y cuyos argumentos estarían basados “en un claro falseamiento de nuestra historia democrática, repetidos por la pseudohistoriografía neofranquista: la equiparación entre República y sublevados que no se sostiene de ninguna forma con el conocimiento científico-histórico disponible”.

Como quiera que, en efecto, tenemos a nuestro alcance –y los alumnos del Bachillerato, también– un amplio arsenal de conocimientos (en plural) históricos (que no científicos) así como historiográficos, gnoseológicos y psicosociales… la pregunta, a un servidor, le parece de lo más pertinente, por más que difícil para un alumnado cuya instrucción oficial se ha cursado en los manuales de enseñanza.

Porque, precisamente, rebuscar en la etimología latina de patria o en el uso y abuso del término patria nos llevaría a una genealogía muy ilustrativa de cómo las nociones, cargadas de ideología, se construyen a lo largo de la historia. La patria es de tal idoneidad al respecto que, precisamente, fue elegida como lacónico título de la novela de Fernando Aramburu, relato de los años de plomo en una comunidad vasca azotada por la violencia sin compasión que se exigía a los patriotas.

La patria es la tierra de los padres para los romanos, la inscripción PP, que terminó por distinguir a los defensores de Roma, Cicerón el primero de ellos por sus célebres escritos contra el despotismo de Catilina –cuya traducción cayó en mi selectividad, la primera, en 1975–. Y ya no reaparece hasta finales de la Edad Media, largo periodo durante el que fueron azotados los confines por tribus móviles cuya comunidad se construía por los lazos de la sangre y no por los del suelo. La patria constituyó también la gran comunidad cristiana, bajo la hegemonía del Padre, y tras el monarquismo absolutista tendrá, del mismo modo, connotaciones antiregalistas.

Los americanos que se revuelven contra el imperialismo inglés son patriots (hay una conocida película de Mel Gibson al respecto), y también lo son los hijos de la patria que marchan de Marsella a París entonando el Canto de guerra para el ejército francés del Rhin. La patria está muy documentada en la historia de las revueltas catalanas, cuyos independentistas de todas las épocas siempre han tratado de conseguir buenos textos para su causa, incluyendo la Oda a la patria de Aribau a la que cambiaron el nombre para darle esa coloratura nacionalista que tanto buscaban. Patria, en este caso la valenciana, que también surge en el Himno Regional, en el tramo final de los vixcas, con letra entre morisca y wagneriana de Maximiliamo Thous.

Una patria que no deja de ser similar a la de la Marcha de Otamendi: Por Dios, por la Patria y el Rey / Carlistas con banderas. / Lucharemos todos juntos. / Todos juntos en unión. Que emocionaba tanto a Francoque la declaró himno oficial del Estado Español junto a la Marcha Real y el Cara al sol. Ese Estado Español que gusta decir, término creado por Dionisio Ridruejo para evitar hablar de República y de Reino en el momento de la invasión de las tropas sublevadas desde África. Ridruejo, el alter ego de Chaves al otro lado del espectro.

Da para mucho, sin duda, un comentario de texto sobre la patria. Da para citar a Jürgen Habermas –el penúltimo filósofo marxista– y su difusión del concepto de “patriotismo constitucional” en su particular intento por desarbolar el nacionalismo de las garras de la derecha, Secuencia similar a la que en Francia, tras el magisterio de Ernest Renan –¿Qué es una nación?–…, han desarrollado pensadores procedentes del Mayo del 68, de André Glucksmann a Bernard-Henri Lévy culminando con Alain Finkielkraut defendiendo la identidad colectiva pero hostigados por el nihilismo de las partículas elementales de Michel Houellebecq. Y en nuestro país, Fernando Savater, defensor de los derechos civiles individuales frente a las patrias.

La patria da incluso para un sonado fake en internet, el que atribuye un falso soneto patriótico al liberal Espronceda: Oye patria mi aflicción. Los versos son de un tal Bernardo López aprovechando al Espronceda que escribió una elegía a la patria y un himno al sol. Y hasta la patria rapeante del grupo musical Facto Delafé y las Flores Azules, barceloneses, para quienes la patria es el amor. ¿Da de sí para un examen?

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15 de junio de 2021
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Epicúreos

Para llegar a Elca hay que cruzar un antiguo infierno, las fábricas de ladrillos de Oliva, hoy enmudecidas y sin humos, pero con las chimeneas todavía enhiestas. Elca es un topónimo que apunta a origen árabe y que da nombre a la partida agraria situada al suroeste de Oliva, la última localidad antes de llegar a la provincia de Alicante. Sirve para identificar también un barranco en la misma zona y unas alquerías moriscas en tierras del interior, cerca de Salem. En el promontorio más alto y bonito de aquella partida construyó la familia Brines su casa pairal, un caserón nobiliario de aires coloniales rodeado de jardines y cultivos que vigila, como una atalaya, tanto los campos de naranjos de la propiedad como el paisaje a lontananza, el valle de Pego –donde a punto estuvo de ubicarse Eurodisney antes que en París–, el morro del Segaria, el Montgó y, al fondo, el mar azulado del Mediterráneo.

Hace unas semanas estuvieron los reyes de España en la casa de los Brines, honrando al más grande de sus descendientes, el poeta, el lúcido escritor que ha hecho suya y universal la partida, confundida su propia casa en Elca, cuyo sonido resuena en toda la obra del autor. Una vez allí se puede dejar el vehículo en el parking que Brines ha dedicado a la memoria del malogrado Antonio Cabrera, otro poeta gigante. Elca, la Elca de Brines es un santuario. Podría ser el Jardín que Epicuro creó en Atenas para disfrutar de su modo de entender la vida, rodeado de amigos y sensualidad, en busca de la armonía con la naturaleza, con las riquezas que ofrece la tierra, con un dejarse llevar hasta los umbrales de la existencia. Y así fue, pocos días después de la visita real, el escritor pidió que le sedaran y se dejó marchar.

La geografía de Elca explica a Brines pero también nos explica a los valencianos. Consumidos por el autoodio, la rivalidad entre campanarios, atrincherados en miniestados de pueblo, ni moros ni cristianos, ni castellanos ni catalanes del todo, tantas veces se nos olvidan, demasiadas veces, nuestras virtudes como pueblo. En Elca vemos el mar y la luz, la fortuna de haber nacido entre las Hespérides, con un campo que ofrece el cuerno de la abundancia a pesar de las sequías, lo que satisface a la vida y la hace llevadera y hasta feliz. Aquello que preconizaba Epicuro, precisamente, aceptar el devenir, complacerse con lo necesario, conseguir lo imprescindible pero aprender a no necesitar lo superfluo, fomentar el amor y la amistad, dejarse llevar por los interrogantes de la divinidad pero evitar el fanatismo de lo religioso.

Brines, en su obra, y en su conversación, en su trato humano y cercano, se ha comportado como un sabio clásico, lúcido y gozoso, estoico, pero también metafísico, irónico, tibiamente escéptico y, como Elca, elegante y sobrio a la vez que amante de lo excepcional y artístico. La cultura vital valenciana, la epicúrea, no ha podido emplear mejor su devenir que en dar a luz a un personaje de la calidad de Francisco Brines. Uno se siente orgulloso con ese pálpito, del mismo modo que un renano debe experimentarlo cada vez que escucha la sección de cuerda al completo en una pieza de Beethoven.

Los Brines llegaron a la comarca valenciana de la Safor seguramente desde Mallorca, y fueron agricultores terratenientes que no labradores como algún confuso medio ha divulgado, mientras que los Berlanga vinieron a Valencia, al divertido hotel Londres, desde la venta de Contreras, la frontera con Cuenca. Fidel se quedó gestionando el hotel que da a la plaza del Ayuntamiento desde cuya terraza los amigos veían las mascletás y los castillos de fuegos artificiales. Un edificio en cubillo estilo paquebote de los años 30, racionalista, obra de Javier Goerlich y querido por muchos artistas cuando venían a la ciudad –Campano, Ian Wallace…– , pero que ha sido reinterpretado sin el adecuado talento.

Luis se fue a Madrid –y a París– para estudiar cine tras una juventud aventurera. A pesar de la atmósfera conservadora en la que creció, a Luis le pudo el hedonismo valenciano. Fue un espíritu abierto y socarrón. Y aunque en pleno centenario de su nacimiento, tiene su lógica que todo el cine español quiera rendirle homenaje y apropiarse de su legado, es su tierra natal la que tiene el deber moral de reivindicar la mirada satírica del cine berlanguiano más allá de una velada de los Goya. Aquí debería erigirse el museo a su desprejuiciada memoria.

Con Berlanga reaparece el espíritu epicúreo, el saber vivir dejando vivir a los demás, el que dibuja su alma y su cine de naturaleza mediterránea por más que aderezado con el picante y la mala uva de Rafael Azcona. Solo aquí, entre paellas, tendría sentido recuperar la colección de vello púbico que atesoró el cineasta, como solo en Elda se rinde culto al fetichismo por los zapatos de tacón con los que se recreaba la libido de Berlanga. Aquí se rodó su testamento, París-Tombuctú, tan maltratada por la crítica que no entendió el guiño erótico al mostrar los pechos de Concha Velasco ni el liberador autoanálisis que suponía la erección final de Michel Piccoli.

Ni Brines ni Berlanga cuentan con monolito ni busto escultórico alguno en su ciudad, los grandes epicúreos valencianos, impenitentes, ambos, comedores de arroz e hinchas del casi desaparecido Valencia club de fútbol.

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3 de junio de 2021
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El aullido de Fran en Hollywood

Hollywood es ese territorio habitado por las villas más lujosas donde las modas se construyen en segundos dado el hastío que nutre sus piscinas. Ya no quedan comunistas de bañera como Dalton Trumbo ni mitos alcoholizados al estilo Herman Mankiewicz, ni grandes escritores refugiados entre guiones de medio pelo como le ocurrió a William Faulkner.

Ahora se adaptan novelas de intriga, con mucha trama, y se reescriben historietas de ciencia ficción sobre la herencia de los cómics del siglo pasado. Es un mundo de efectos especiales en el que se pagan fortunas por los derechos de los libros de Stephen King o de J.K. Rowling. Un nuevo viaje a la Luna.

Ese disparate amoral de la principal industria del cine hay que equilibrarlo con un recitativo permanente sobre lo políticamente correcto. Concepto profundamente californiano. Y no caben medias tintas, ni matices ni contextos. Han condenado a Woody Allen, el irónico proustiano de Nueva York, y en su día condenaron a Roman Polanski y sus veleidades narrativas.

Ahora se hacen perdonar encumbrando a Frances McDormand, mujer, afeada por ella misma, e inteligente. Toda su familia y la de su cuñado, también son vecinos de Manhattan.

McDormand, casada con el mayor de los hermanos Coen, Joel, apareció fulgurante en la brillante ópera prima de aquellos mismos muchachos, Sangre fácil, dando pie al nacimiento del mito coeniano y al suspense moderno.

Luego la recuerdo en su paso leve pero clave como la esposa del alguacil en la vigorosa Arde Mississippi (1988, del malogrado Alan Parker), aunque fue a raíz de la exitosa Fargo, en la que se invirtieron los papeles, cuando Frances inició su camino al estrellato como la jefa-comisaria embarazada y bulímica que detenía a un asesino psicópata entre la nieve.

De los donuts a aullar como un lobo en recuerdo de un propio, Michael Wolf, el especialista en sonido de Nomadland de cuyo suicidio se supo a primeros de marzo pasado. No apelaba al espíritu de la manada de los cinéfagos frente a los lujos de los parties. No subrayaba la contradicción entre premiar una película de perdedores y desclasados en la América profunda y asistir encopetado a una gran gala de millonarios.

La sensibilidad coexiste con el smoking, el #metoo con la pedrería de Armani. McDormand, no obstante, ha dejado de maquillarse.

Lamento reconocer que no aguanté más de veinte minutos la película ganadora de los oscar 2021. Tediosa, reiterativa. Al menos no es pedante y tiene la sutileza de no embarcarse en una crítica política, lo cual se lo han reprochado. Tal vez sus productores querían eso, mostrar la radical vaguedad del americano contemporáneo.

Trasladémonos al otro lado, a Maine, en Nueva Inglaterra. No hace muchas semanas que HBO ha repuesto en nuestro país la serie coproducida por la propia Frances y Tom Hanks (con su compañía Playtone). Venía de hacer gorrinadas como todos sus colegas –un breve paso por Transformers– pero terminó en una soberbia interpretación en Olive Kitteridge (2014). Ganó el Emmy, la serie también, varios más. La novela en la que se basa fue premio Pulitzer en 2008 para su autora, Elizabeth Strout.

Olive es un personaje femenino sin concesiones, una profesora de matemáticas jubilada con un carácter inflexible que le sirve de caparazón para enfrentarse al mundo, donde se incluye la bondad casi absoluta e insoportable de su marido y la desequilibrada personalidad de sus descendientes, hijos y nietos de la idiotez y el confort de la clase media universal. Su encuentro con el lunático Bill Murray es una cima descriptiva de la cultura del desafecto que nos acompaña.

Bienvenida Fran al olimpo de las diosas audiovisuales. Mientras tanto, acaba de publicarse en español la segunda novela de Olive, de sus aventuras solitarias, Luz de febrero, en Duomo Nefelibata. ¿Reminiscencias faulknerianas? En catalán lo ha hecho Edicions de 1984.

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11 de mayo de 2021
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Madrid, Madrid, Madrid…

Ramón Ayerra describió como nadie el Madrid de la posguerra, la gran ciudad que reinventó el franquismo bajo la vigilancia del farolillo gallego del Pardo donde vivía el Generalísimo. Ayerra escribió sobre los olores madrileños; de los churros y las porras con chocolate de San Ginés a las papas fritas y los vinagres de sus tapeos por Chamberí, las tortillas y calamares de Atocha, los barquillos o los asados mesoneros de la plaza Mayor. El franquismo gustó también de la concentración populista en la plaza Real, una práctica que procede de la Revolución francesa, y utilizó al Real Madrid como agente diplomático en Europa.

Hasta la llegada del profesor Tierno Galván, Madrid era una capital habitada en las porterías y tomada por las parejas de grises y guardias civiles con tricornio que custodiaban los edificios públicos. Cierto que Ava Gardner y los toreros bebían whisky con soda en Chicote, cuya trasera, el Coq, toleraba el alterne con pelanduscas en plena vigencia de la ley de peligrosidad social con la que el régimen custodiaba la moralidad. Entonces los escritores se reunían en los cafés pero las fiestas eran privadas. La política y el sexo libre se practicaban a puerta cerrada en los apartamentos. De todo aquello surgió la mirada del comentarista de la historia Francisco Umbral, el Spleen de Madrid.

“El que no esté colocado, que se coloque”, dijo en una de sus lapidarias frases el viejo profesor convertido en alcalde matritense, estrambótico portavoz de la Movida. Era el momento de Madrid, de allí al cielo, a las estrofas de Sabina, convertido el castellano en un idioma vocalizable por primera vez desde Nebrija. La prensa en libertad nos dirigía hacia la democracia, Pedro Almodóvar terminaba con el cine tristón guerracivilista y los Pegamoides mostraban su adherencia a la modernidad latina. Madrid inauguraba Arco, el Reina Sofía y un sinfín de galerías. Madrid, ciudad abierta, más que nunca. Llegó la Thyssen y el Caixaforum. La juventud del extrarradio hacía suya la Gran Vía y Argüelles, y convirtió Chueca en un nuevo Village.

La ciudad gris se convirtió en atractiva, las grandes compañías se instalaban en modernos edificios a lo largo de la carretera de la Coruña, hacia Pozuelo y Majadahonda. Mientras las drogas se llevaban por delante a lo mejor de la generación de los 80, Madrid recuperaba su espíritu histórico cortesano. Cada vez más rica y con visitantes y empresarios más ricos. Y a pesar de no creer en las autonomías, a Madrid le habían regalado una, llena de hospitales, escuelas, universidades y empresas públicas. No hubo planificación regional, simplemente Madrid, de donde seguían saliendo todas las autopistas y todos los trenes de alta velocidad de España, se fue convirtiendo en una máquina de engullir provincias vecinas, expandiendo su suelo por cuanta meseta roturada necesitaran sus nuevos polígonos de viviendas.

Madrid hoy es una metrópolis inalcanzable (su historia la cuenta Andrés Trapiello), ni siquiera tal vez por Barcelona. Posee rango mundial, compite con Miami por la capitalidad internacional latina y sus equipos de fútbol ya solo quieren jugar contra los otros gigantes de Europa. A Madrid solo le faltaba popularizar sus luchas políticas. Lo hizo el 11-M cuando otra vez los jóvenes del extrarradio quisieron tomar el centro neurálgico de la ciudad. Lo volvió a hacer dando alas al ultranacionalismo español. Ahora, convirtiendo la batalla electoral por la autonomía en una actualizada carga de mamelucos.

Los nuevos acontecimientos políticos madrileños no representarán más problemas si se ciñen a su propio ámbito. Que Isabel Díaz Ayuso haya levantado la moral de la afligida derecha con un discurso entre neoliberal y libertario que aplauden incluso antiguos socialistas e intelectuales –de Joaquín Leguina a Fernando Savater–, resulta hasta saludable. Que el PSOE apueste por un catedrático de Filosofía, no digamos, aunque al bueno de Ángel Gabilondo parece que le ha dirigido la campaña lo peor del aparato. Lo preocupante es que cualquiera de los dos se apoye en un partido situado en su extremo para poder gestionar a la ciudadanía que tiende a moderada y que siga sin existir ningún asomo de entendimiento entre ambos a pesar de representar a la profunda mayoría mientras el llamado centro, una vez más, parece condenado a diluirse como la mantequilla ante el calor. Hasta Félix de Azúa, una de las mentes creadoras de Ciudadanos, se ha manifestado por Ayuso. Un titular tertuliano: el hundimiento del relato equidistante.

La nueva lideresa madrileña anuncia una victoria para dar alas a un proyecto de Gran Madrid. Un proyecto que tal y como ha señalado otro filósofo kantiano, José Luis Villacañas, ahora en la Complutense, puede rebosar con más de diez millones de habitantes y unos precios inmobiliarios inflacionados como en Londres o París, pero al mismo tiempo sirviendo de espejo político al resto de España, o a la parte seguidista de los grandes medios televisivos, excluyendo a la periferia “de una construcción equilibrada del territorio y las poblaciones” (Villacañas) o que entienda la nación de otro modo. En ese escenario, en el que España se confunde de nuevo con Madrid, no sabemos cuál será el papel secundario de los demás españoles periféricos, y mucho menos cómo podrán llevarse a cabo las relaciones con el alter ego: la sobreactuada y delirante vía independentista catalana –mayoritaria, menestral, benedictina, de soca rel y adolescente.

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3 de mayo de 2021
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Huyendo de la ciudad

Tres meses de confinamiento asomado a los balcones, seis enmascarado por las aceras y otros tres de largas vacaciones en el campo más o menos urbanizado me dejan muy temeroso de los ajetreos de la ciudad. Apenas regreso a la jungla del asfalto, confieso que no entro todavía en el interior de las tiendas, ni en los bares ni en los comedores cerrados de los restaurantes; desde luego no cojo ningún tipo de transporte colectivo ni acudo a concentración humana alguna. Mi vida en la ciudad se ha limitado a ir al supermercado y al mercado, siempre salvaguardando las distancias de protección; y a la panadería, a la farmacia y a las terrazas de mis restaurantes favoritos. Vivo en modo de ventilación constante a la espera, aunque haga frío, y añoro que no tengamos más estufas a la parisiense y los bares no dispongan de mantas para la clientela como en Copenhague.

Tengo la sospecha, además, de que este estado larvario va a durar más tiempo del que se nos dice, si es que alguna vez alguien pudo decir algo convincente al respecto. Que me temo que no, puesto que apenas se ha cumplido ni uno solo de los vaticinios que anunciaron nuestros gobernantes –de cualquier color, quede claro. No ha habido nueva normalidad más que en un suspiro, los riesgos de la inmunidad de manada resultan elevadísimos, la promesa de una vacunación salvífica y universal se ensombrece y la política sobrevive activando falsos conflictos. Nuestros gobiernos son oscilantes cuando gestionan: o dejan que la realidad nos devore, incapaces de atreverse a comprender cómo se organiza el interés público frente a las multinacionales del universo digital, más “matrix” que nunca, o bien son todo inconvenientes y cortapisas frente al dinamismo empresarial, más envalentonado el aparato funcionarial cuanto más pequeño el tamaño de la empresa.

Sin embargo, los tiempos vuelven a estar cambiando como hace medio siglo ya cantase el bardo de Duluth, Minnesota, tanto que el propio cantante-premio nobel ha vendido los derechos de sus canciones a un fondo de inversión dadas las incógnitas que depara el futuro, sobre todo el inmediato. Hace dos veranos le vi por última vez: Bob Dylan parecía una momia. El coronavirus, simple y llanamente, acelera el tiempo. Podremos vivirlo con cierta melancolía, pero la realidad es esa: la idea de las grandes aglomeraciones ha entrado en crisis. Aquel espíritu que respiraban películas como New York, New York, un mundo veloz, de alta densidad, el modelo Manhattan que tantas veces ha narrado Woody Allen, se ha volatilizado. El maestro sociólogo de Benidorm, José Miguel Iribas, preconizó el éxito del urbanismo social: la gente quiere vivir donde hay más gente, donde hay más vida, solía decir. Hoy, ha cambiado de perspectiva.

Otro agitador de ideas urbanistas, el arquitecto holandés mundialmente reconocido, Rem Koolhaas, inauguraba poco antes de la pandemia –en febrero de 2020– una multidisciplinar exposición en el corazón mismo de la gran manzana: el Museo Guggenheim con fachada a la mítica 5ª Avenida, un helicoide invertido que hizo famoso a otro arquitecto, Frank Lloyd Wright. La muestra llevaba por título Country side. The future, pero igual podría haberse llamado “¡Vámonos de la ciudad!”. Su catálogo, en formato pocket, ha sido editado por Taschen.

En suma, Koolhaas y su equipo de investigación, el AMO –que incluye gente de Harvard, la escuela de Bellas Artes de Pekín o la Universidad de Nairobi–, lo que han venido a decir es que la vida urbana es insostenible, que no es viable que el 80% de la humanidad viva concentrado en apenas el 2% del suelo de la Tierra mientras el 98% restante permanece vacío o se dedica en grandes extensiones –agrarias y ganaderas también– a alimentar a esas ciudades. Ese es un mundo ineficiente y absurdo en opinión del holandés, un mundo urbano factible frente al retraso existencial del campo, lo cual, ahora, es una falacia.

Al menos en Europa, ese espacio antropizado en su totalidad como decía George Steiner (en su famosa conferencia sobre Europa, cuya sexta edición en Siruela se ha impreso hace apenas unos meses), ese lugar donde encontramos una cabaña en el recodo más inhóspito de los Alpes, dispone a día de hoy de todos los recursos para satisfacer la vida contemporánea. Así, por ejemplo, resulta difícil no encontrar lugares a más de hora y media de distancia en coche de una gran ciudad que ofrezca de manera habitual alta cultura y educación universitaria…, o a más de media hora de un centro comercial o de un hospital con mínimos asistenciales… Y así podríamos seguir. Como en la vieja y noble campiña inglesa, la del retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, donde no es posible mantener legiones de trabajadores domésticos y otras servidumbres, pero que dispone de agua, luz, gas, teléfono, televisión y wifi sin más limitaciones.

Nos vamos de la ciudad y regresamos al campo, sí… Comprobamos que Amazon llega hasta el último confín al tiempo que las ediciones digitales de la prensa nos conectan instantáneamente con la conciencia mundial. También teletrabajamos, compramos online y, para nuestro asombro, incluso Glovo o Deliveroo son capaces de llevarnos las pizzas recién horneadas con su tropa motorizada hasta el borde mismo de la piscina de igual modo que hace unos años nos acostumbramos a manejar la cuenta del banco, reservar hoteles y comprar billetes para viajar desde el teléfono móvil.

Ahora bien, volver al campo en vísperas del 5G y la inteligencia artificial está muy bien, pero va a requerir solucionar otras muchas cosas, empezando por la gestión de residuos y siguiendo por la propia planificación urbanística. Ha llegado la hora, irrenunciable, de gobernar en la escala del territorio y de la movilidad real de las personas, que ya no es a través de la calle sino de la autovía. Aquellos que se aferren a las viejas estructuras, a las administraciones heredadas, al conflicto ideológico y a la falta de ingeniería de la imaginación, los que se muestren sin versatilidad en las líneas fronterizas de las competencias, los que no sepan fomentar en vez de prohibir, están condenados a la decadencia más irremisible.

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25 de marzo de 2021
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Viejos. A propósito del poeta Brines

Tarde, demasiado tarde llegó el Cervantes para Francisco Brines, a mi entender, desde hace algunos lustros, el mejor poeta vivo en lengua española –y significo lo de española para que quede claro que abarco también a toda la lírica que se produce en Hispanoamérica. Pese al retraso, el día del premio vimos a Brines feliz saliendo por las televisiones, brindando ante las cámaras y mostrándose tan amable y elegante como siempre ha sido con los demás. Lleva gafas de sol perpetuas, como los gángsters, aunque lo hace para no dejar ver que ha perdido un ojo. Tampoco oye. Y anda con toda la levedad que dispone su cuerpo, sin apenas energía motora. Es un Brines carente de autonomía, a expensas de sus cuidadores y los designios de la fundación que ha de preservar su legado y memoria. Pero sigue siendo un Brines excepcional, siempre esteta en la estampa.

Brines es un gigante con una corta obra literaria. Tan corta como rotunda. Ha sabido, como recomendaba Rilke, tachar lo superfluo y aprender a corregirse. Así que no sobra nada en lo publicado. Oro molido, canela en rama, quintaesencia… Nadie como él ha reflexionado con palabras sobre el paso del tiempo y el sentido que éste procura en la vida. Quevediano, pero también metafísico y sarcástico. Hace poco menos de dos años leyó unos haikus durante la ceremonia nupcial por el rito budista de Vicente Gallego, uno de sus queridos discípulos literarios. “Voy a sentarme –dijo antes de leer unas cuartillas–, porque las ruinas ya no pueden seguir en pie”. Antes le concedimos el premio cultural del periódico Levante-EMV en el que habitualmente escribo. No pudo asistir. Su otro gran seguidor, Carlos Marzal, locutó uno de los poemas imperecederos del maestro, Desde Bassai y el mar de Oliva. Me puse a lagrimear.

Gracias a Brines recuperamos el sentido de la dignidad para la vejez, al leerle y al tratarle. Distinción y honra que confieren todo su valor a una existencia larga, un sentido que comparten muchas culturas. La clásica griega, por ejemplo, confiada a sus consejos de ancianos. Los chinos, tan gerontócratas. Y entre los pieles rojas, como muestran los westerns, en donde el mando pertenece a los viejos guerreros menos dados a la violencia. La vejez rescatada como fuente de sabiduría, de moderación y equilibrio. Pero no siempre es así.

El mundo más conservador suele ser anciano, del mismo modo que el tradicionalismo siempre parece añejo tirando a rancio. Y como quiera que el propio Brines y la literatura en general han cantado también a la juventud, terminamos dudando entre los estados ambivalentes de la vida. Elegir uno u otro es cuestión de épocas y de contextos, y de la experiencia de nosotros mismos. Nosotros, hijos de la irrupción de la cultura juvenil de los 60, una de las más osadas y liberadoras de la historia. Pero resulta que aquellos que fumaban marihuana, que viajaron a otros estados de conciencia y agitaron su pelvis liberando la sensualidad física, esos ahora son población de riesgo, de padecer neumonía bilateral por intromisión de un coronavirus antisocial. Y nos recluimos.

Desde aquellos 60 que en España fueron 70 y alcanzaron incluso a la movida de los 80, el mito social ha sido mayormente projuvenil. El cambio y la juventud son las herramientas infalibles para el marketing contemporáneo. «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver», susurraba James Dean. El star system, los héroes deportivos y el rock and roll entronizaron el valor de la juventud. Casi al unísono, Walt Disney modulaba una nueva mirada sobre la infancia y la vida animal. Y dado que, además, los niños empezaron a dejar la fábrica para volver a la escuela, el mismo siglo XX inventó una nueva secuencia vital, la adolescencia, un estadio inexistente hasta entonces en la historia.

En la centuria anterior ocurría todo lo contrario. Tal como relata Stefan Zweig, en la modélica Viena decimonónica y austrohungaresa, los jóvenes se dejaban patillas y barbas al tiempo que engordaban para parecer mayores, dado que la jerarquía social otorgaba el poder y las oportunidades a la experiencia, nunca a lo imberbe. Ahora, en cambio, la práctica totalidad de las investigaciones médicas tienden a buscar cómo mantenernos jóvenes y dejar de envejecer. Jane Fonda incluso promete vida sexual activa más allá de los 80. Buscamos en el ácido hialurónico eliminar la huella del paso del tiempo. No ha de extrañar a nadie en el presente, cuando se restringe el libre albedrío de las personas para combatir la pandemia y no convertir las residencias de ancianos en camposantos, que los jóvenes se revuelvan contra estos principios pues les importa una higa cualquier argumento moral que coarte su camino de felicidad. Nadie se quiere perder el viaje de Lucy a las estrellas. La vida es una fiesta, o una revolución permanente como quiso León Trotsky.

Sin embargo, en el pódium político del mundo se han alternado estos últimos meses dos líderes septuagenarios, Donald Trump y Joe Biden, no mucho mayores que Felipe González. Así lo quería Platón, para quien el mejor gobernante siempre sería aquel que, liberado de las pasiones mundanas sabría degustar el espíritu y la experiencia de la vida. Un cuadro al que responde Biden. En cambio, Trump parece atrapado junto a Melania en aquella máxima de Oscar Wilde: “Envejecer no es nada, lo terrible es seguir sintiéndose joven”.

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9 de marzo de 2021
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Comprender (y soportar) la fragilidad

Azotados por las sucesivas oleadas del coronavirus mutante, la crisis fabril –y ética– de las vacunas, los lunáticos titulares de los tabloides británicos y la escasa edificación de la retórica política presente –en especial la catalana y la madrileña–, resulta sanador volver a los clásicos griegos para tratar de encontrar algún asidero sobre la condición humana ante tantas tribulaciones.

No estuvieron exentos de emociones. Los atenienses –que son los griegos buenos tal como hemos decidido– vivieron con intensidad el siglo V antes de Cristo, algo más de media centuria a lo largo de la cual crearon un imperio naval, promovieron un sistema político que seguimos llamando democracia, se embarcaron en la cruenta guerra del Peloponeso, padecieron una terrible peste que duró más de un lustro, se arruinaron económicamente, fueron invadidos y, finalmente, en el 404, exhaustos, se rindieron ante los temibles hoplitas espartanos.

Todo esto nos lo ha contado, entre otros, Tucídides, cuya descripción de la peste ateniense está considerado el primer gran relato médico de la historia. Hace de ello unos 2.500 años, época en la cual floreció la llamada tragedia griega así como la sátira, vehículos literarios a través de los cuales se exponía la visión de la vida y se educaba a la ciudadanía en una cierta resignación, dado el dominio del azar sobre el destino de los hombres.

No obstante, los héroes y demás protagonistas griegos se rebelaban sin cesar contra la ruleta de la fortuna –motivo central de las creencias medievales, todavía–. Y hubo razonamientos, como el utopismo platónico, que presagiaron un gran futuro para la humanidad a través del dominio de la espiritualidad.

Contra las lecturas más o menos conocidas de ese espíritu helénico, construido entre otros por el pensamiento de filósofos alemanes como Schopenhauer y Nietzsche, conviene rescatar estos días el libro de la neoyorquina Martha Nussbaum (Craven de soltera, premio Príncipe de Asturias 2012), titulado La fragilidad del bien (La balsa de la medusa, 2015), dedicado precisamente a entender el mundo emocional griego.

Nussbaum ha teorizado mucho sobre las desigualdades promovidas a lo largo de la historia, tanto por cuestiones económicas como políticas y también de género e incluso de orientación sexual –mucho antes de que se pusiera de moda y nos invadiera un tsunami de exposiciones plásticas al respecto. En El conocimiento del amor (La balsa de la medusa, 2005), por ejemplo, ya nos sorprendió con un atrevido ensayo en torno a la literatura al considerar la gran novelística, de Henry James a Proust, de Dickens a Homero, como fuente documental para la construcción ética del ser humano.

En La fragilidad del bien lo que nos señala, en cambio, es que el entramado cultural helénico fue toda una construcción para que los griegos sobrellevaran su extrema vulnerabilidad. Pero puede que siguiendo ese razonamiento, toda la civilización humana, incluida la religión, busque precisamente eso, sobrellevar nuestra fragilidad. Y solo ahora, nosotros, hijos de la opulencia, estemos comprendiéndolo en medio de la pandemia. Veníamos de una larga paz augusta. Demasiado tiempo sin conflictos ni grandes tragedias, viviendo un mundo donde lo políticamente correcto, el bien, ha sido, al menos en teoría, hegemónico.

No es extraño que andemos desnortados. Para empezar, no hay una comunicación eficaz ni constructiva, entre otras razones porque ya no se trata de divulgar sino de contemporizar, habida cuenta de que los principios bioquímicos del nuevo virus se desconocen. Éramos semidioses en busca de la inmortalidad a través de la ciencia y la tecnología –según el vaticinio del best seller Homo Deus de Yuval Hariri, el profesor de la Universidad de Jerusalén que a estas horas debe ya estar vacunado por Pfizer. Pero no ha sido así, lo que venimos padeciendo semeja una plaga bíblica de Egipto.

Ignorantes de asuntos tan básicos como las causas de los contagios, desinfectamos hasta los zapatos y desatamos críticas políticas de unos contra otros, de un extremo ideológico al siguiente confín, incluso competimos por países y territorios. En España, cabía esperarlo, nos enzarzamos en debates de campanario y padecimos unas largas ruedas de prensa con generales recordando los viejos tiempos de pomposidad militar y la falta de prosapia de los nuevos políticos. Hasta que decidieron dejar solo al epidemiólogo útil –o inútil, tanto da– de Fernando Simón, el denostado.

En poco más de lo que dura un embarazo, Portugal ha pasado de ser ejemplar a un desastre, y no digamos Ibiza. Empezamos todos encerrados y enseñando civismo a los niños desde los balcones hasta que un spin doctor (el súper asesor de turno) se inventó lo de la “nueva normalidad”. Construimos y deconstruimos nuevos hospitales de campaña. Demonizamos a los chinos mientras proliferaban los negacionismos. El primero que perdió el norte fue Miguel Bosé, hace poco Victoria Abril. Hemos descreído de las vacunas y semanas después se resucitó el espíritu del estraperlo en torno a las primeras que llegaron.

Nos hemos acordado de Unamuno y su “qué inventen ellos”, cuando descubrimos, al fin, que este es un país hospitalario que se gana la vida con sus camareros, y que apenas da para cuatro investigadores de verdad y ninguna fábrica de vacunas, salvo si son veterinarias. Tal vez en el siglo XV y en el XVI fuimos como atenienses, pero ahora padecemos una extrema fragilidad y culpamos siempre al gobierno, como los italianos cuando llueve. Como sea que gracias a las autonomías tenemos políticos de todos los colores haciendo el ganso, acaba esto como en una de las buenas comedias del centenario Berlanga, nuestro último gran educador social.

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28 de febrero de 2021
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Cine y justicia

Ahora que andamos con los dimes del Consejo Superior del Poder Judicial, y a la espera de los diretes, me he tomado la molestia de proponerles un top ten tan del gusto anglosajón sobre al género cinematográfico dedicado a la justicia, empezando por recomendarles que se abonen a cuantas plataformas de televisión puedan y deseen dado que los últimos aparatos reproductores ya son capaces, conectados a internet, de conseguir cualquier película en el archivo infinito de la red. Al parecer, desde que tenemos esta capacidad alienante de ver la tele sin desmayo ha disminuido el consumo de alcohol y hasta el índice de criminalidad.

Así que vayamos a los clásicos. La película predilecta del gran penalista Javier Boix, no puede ser otra que Testigo de cargo (Witness for the Prosecution), obra maestra de Billy Wilder en la que el guapo Tyrone Power consigue engañar a su propio abogado, el inefable Charles Laughton, quien termina fumando puros a pesar de su infarto y fascinado con Marlene Dietrich. La mentira como herramienta de convicción.

Otro clásico, Anatomía de un asesinato, de Otto Preminger, comparte con la película anterior la estrategia del engaño por parte del criminal ante su propio defensor, en este caso el soldado Ben Gazzara frente a James Steward, este último dedicado a la pesca y a fumar en pipa con un amigo jubilado, con quien forma un dúo de solitarios en la América rural. Aunque el clásico de los clásicos es, claro está, el film Matar a un ruiseñor de Atticus Finch / Gregory Peck bajo dirección de Robert Mulligan, cuyo sentido de la justicia y la ética le hace ser uno de los personajes más empáticos sino el que más de la historia del cine –y de la literatura, por más que su creadora, la novelista sureña Harper Lee, firmara una segunda parte (Ve y pon un centinela, publicada en 2015) tratando de liquidar el mito de Atticus. No ha podido.

Cómo no, en esta lista no puede faltar Doce hombres sin piedad (12 Angry Men) de Sidney Lumet, la duda razonable y razonada con Henry Fonda rodeado del mejor elenco de secundarios que se hayan podido concentrar en un escenario tan reducido como la sala de un jurado bajo el mando fotográfico de Boris Kaufman (el hermano de Dziga Vértov). A su altura, la francesa La verité, de Henri-Georges Clouzot, con Brigitte Bardot en el mejor papel de su carrera, una musa del situacionismo parisino. También añadiría al top la producción monumental con actores de postín que llevó a cabo Stanley Kramer sobre el juicio de Nuremberg, que aquí titularon ¿Vencedores o vencidos? (Judgment at Nuremberg). Y debería incluir otra de Spencer Tracy, el afable actor que todos desearíamos como letrado: Una noche traicionera (The People Against O'Hara), de John Sturges.

De las recientes solo seleccionamos El juez, duelo de actores y actitudes complejas, Robert Duvall y Robert Downey Jr. Y una teleserie, desde luego, The Good Wife –y su secuela, The Good Fight–, en las que lo mejor no son los abogados sino los jueces, precisamente, a cada cual más extraviado en su propio mundo. Ya no se parecen en nada a los magistrados de las películas clásicas. Todo ha cambiado, la justicia se ha ensimismado, convertida en un oficio de papeleos y recursos. En nuestro país, además, se suele tardar de uno a dos lustros en instruir una causa. Entonces, me pregunto, si en el tiempo en que se tarda con la instrucción, el acusado se ha arrepentido, pide perdón, restituye lo que pueda del mal cometido y la comunidad de vecinos avala su integración social, entonces qué, ¿cómo se hace justicia?

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24 de febrero de 2021
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El ojo de la arquitectura

Es en las colinas de Segesta, en el occidente de Sicilia, donde puede apreciarse en toda su dimensión la capacidad escenográfica de la arquitectura clásica griega. Desde cualquier ángulo, desde arriba o desde abajo, a pie sin duda –como describe su llegada Guy de Maupassant– pero también a bordo del autobús que asciende serpenteante hasta lo más alto del teatro, el templo dórico que alzaron los habitantes de Segesta es ampliamente visible. El carácter radicalmente retiniano de dicha construcción es mayor cuando los arqueólogos nos dan a conocer que el templo no consta que estuviera dedicado a ninguna divinidad. La colina sobre la que se alza, entre otras muchas que la circundan, debió ser elegida desde tiempos remotos para ubicar elementos totémicos o señalizadores dada su extraordinaria naturaleza como escenario geográfico. Que los griegos alzaran allí uno de sus más canónicos edificios sólo era cuestión de tiempo pues es la arquitectura griega la que inaugura el carácter paisajístico de la construcción. “Exteriorización” le llama M. I. Finley.

Frente al valor estrictamente tectónico de los primeros habitáculos humanos, en los que el vínculo entre la esencia de la casa o de la tierra se extrema y hasta se describe con un idéntico concepto tal como desvela Heidegger, o ante los valores de naturaleza simbólica que egipcios y sumerios confieren a sus geometrías de pirámides y zigurats extraídas de la naturaleza cercana a la que imitan, por no hablar del carácter decursivo e iniciático de los templos faraónicos que más tarde readaptará la basílica de tradición latina… a diferencia de todo ello, los griegos desean la visibilidad de sus construcciones más características. Por eso se buscan colinas y altozanos, pero no inexpugnables al modo íbero o micénico, sino visibles, detectables a distancia por la mirada, desde el mar como ocurre en numerosas ocasiones o, como en Segesta, entre una serie ininterrumpida de montañas. Para Richard Sennet estamos, no hay duda, ante el primer “objeto arquitectónico”, pues para los griegos “el exterior del edificio era importante en sí mismo. Como la piel desnuda [el templo] era una superficie continua, autosuficiente y atrayente”.

Sin embargo, ese carácter objetual de la arquitectura se irá disolviendo en la noche de los tiempos, primero por el utilitarismo romano y después por el regreso de la arquitectura del ritual y la iniciación cristiana. Más tarde será eminente el subrayado de la fachada que constructores góticos, renacentistas y, sobre todo, barrocos, conferirán al hecho arquitectónico. La ciudad ortogonal surgida de la racionalización urbana del XIX no hace sino confirmar tales valores. Y como es sabido, será el tantas veces iluminado arquitecto y agitador Le Corbusier quien considerará esencial el carácter exento de la arquitectura como forma de cobrar una cierta poética del objeto construido. Antes de su revolución en pos del plano libre, en uno de sus primeros escritos, Vers une arquitecture, considerará la Acrópolis de Atenas como una “pura creación del espíritu”, cuyos perfiles dan “la impresión de un acero desnudo pulimentado”. La visión, precisamente, de la Acrópolis nevada me ha devuelto el interés por este texto, escrito hace unos años con motivo de una exposición en la galería Travesía 4 de Madrid.

Desde Le Corbusier, no obstante, la suerte está echada: la historia de la arquitectura, con el advenimiento de su modernidad, enfatizará cada vez más la vertiente visible de lo construido aunque en los últimos años cobren pujanza nuevos rumbos topográficos. Esa evolución del Movimiento Moderno ha sido profundamente objetual por más que teñida de un amplio programa funcionalista, y fue posible a la par que nuevos inventos y revolucionarias tecnologías transformaban el arte de la construcción. Uno de tales inventos, la fotografía, había obrado el milagro de congelar un objeto tangible, una escena real... Su presencia va a transformar tanto “el conocimiento como la experiencia que los seres humanos tienen del mundo”.

Téngase en cuenta que con anterioridad a la invención de la fotografía en 1826 lo arquitectónico sólo se representaba a través del dibujo. De este modo, lo arquitectónico estuvo siempre marcado por su capacidad de ensoñación a través de las imágenes dibujadas dado el evidente carácter a-real de las mismas, y por su capacidad de impacto en la contemplación y uso directos. La arquitectura, más que ninguna otra arte hasta el siglo XIX, se fundamentará en su capacidad de experiencia, en el elemento fundamental de socialización tanto de la mirada como del uso, sobre todo de este último. Es esa escala de relación entre lo construido y lo humano lo que caracterizará históricamente a la arquitectura... salvo en la retiniana Grecia y hasta la invención de la fotografía.

Pero desde 1826 y durante un tiempo, el de la suplantación pictorialista de la fotografía, las imágenes captadas de la arquitectura no pasan de ser meros fondos de escenario. Ni los fotógrafos ni los arquitectos fuerzan la estilización del punto de vista sobre el edificio o, si lo hacen, buscan una composición de carácter pictórico –la famosa imagen del Flatiron de Edward Steichen. Sin embargo, algunos fotógrafos alemanes como Hugo Schmölz o Werner Mantz empezaron a hacer trabajos de encargo para arquitectos racionalistas a partir de los años 20 dando prioridad al espacio arquitectónico. Renger-Patzsch hacía lo mismo con las instalaciones industriales mientras Moholy-Nagy en los talleres de la Bauhaus daba completa autonomía artística a la fotografía. El grupo Octubre, con Alexander Rodchenko y Boris Ignatovich a la cabeza, inauguran el fotomontaje pero, sobre todo, liberan el punto de vista, consiguiendo nuevas perspectivas gracias a picados y contrapicados, angulaciones y líneas que fuerzan construcciones para dislocar la realidad. Desde su etapa seminal, pues, la fotografía de arquitectura se vincula directamente a la modernidad y desarrolla diversos estilos, desde la objetividad al constructivismo.

Definitivamente la fotografía se convierte en el nuevo ojo de la arquitectura. No es extraño que cuando desembarca en los Estados Unidos el arquitecto austriaco Richard Neutra que ya había trabajado con El Lissitzky, se interese de inmediato por colaborar con el fotógrafo Julius Shulman con quien, sin embargo, mantuvo importantes discusiones escenográficas. Shulman había empezado a fotografiar en los años 30 los paisajes urbanos de la dinámica área de Los Ángeles. Es allí donde las nuevas calles y hasta las nuevas autopistas se convierten en postales de recuerdo –y tres décadas después en carpetas artísticas gracias a las fotografías espontáneas, previas a sus pinturas conceptuales, de Edward Ruscha.

En los años 40 y 50 la colaboración entre Shulman y Neutra –junto a otros arquitectos y diseñadores como los Eames– produce algunas de las más características  imágenes arquitectónicas hasta esa época. Shulman humaniza la vivienda moderna incorporando personajes y añadiendo objetos cotidianos –Neutra, en cambio, trataba de quitarlos. Gracias a su dominio de la luz y los contrastes, Shulman consigue articular espacios continuos entre los exteriores e interiores de las casas. Fue tal su influencia que la redactora de una revista de viviendas tradicionales del sur de California llegó a considerar las efectistas imágenes de Shulman como responsables directas del éxito de la arquitectura moderna entre el público norteamericano.

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17 de febrero de 2021