¿Cuánto tiempo vive un poema, una película, una canción o una novela, en nosotros? Las efímeras es el nombre de un hermoso e inofensivo insecto de la familia de las libélulas, el ser vivo más fugaz: muere apenas unas horas después de haber nacido. En el otro extremo, el más longevo, el único ser imnortal del planeta es un diminuto animal de agua, la venenosa medusa (turritopsis nutricula), que conoce el secreto de la metamorfosis y del eterno renacer. ¿Cuánto tiempo vive en nosotros un amor, una amistad, un amante? Amamos lo pasajero y lloramos su ausencia, nos atrae lo permanente y nos fatiga la repetición. Crecemos con los libros, músicas, teatro y películas que nos explican. Las novelas nos ofrecen, a cualquier edad, otras vidas posibles, experiencias de las que carecemos, y acudimos a las bibliotecas en busca de historias que nos indiquen qué soñaron, qué sintieron o cómo resolvieron o fracasaron hombres y mujeres de otras épocas ante los misterios a los que nos asomamos. Pienso en ello mientras rescato los poemas de Gabriel Ferrater que un día me asombraron y luego dejé de leer. Lo hago con cierto escalofrío al darme cuenta de que en mayo hubiera cumplido cien años y que ahora soy mayor que él cuando los escribió.
Regresar, ya adultos o ancianos, a los libros de juventud, es releernos, enfrentarnos a lo que un día fuimos, reconocer lo que aún permanece o medir la distancia entre lo que quisimos ser y lo que somos y lo que aún querriamos llegar a ser. Releer es mirar al libro a los ojos, a la manera de aquella cita de Platón que Seferis humanizó: «si el ojo quiere verse a sí mismo, ha de dirigir su mirada a otro ojo, pues al extraño y al enemigo lo vemos en los espejos». Conócete a ti mismo, sí, pero atendiendo la mirada del otro para que tu ego no te engañe. Por eso quizás es tan poco frecuente el hábito de releer, porque ir descartando formas de estar en el mundo es decidir olvidos y memoria. En las páginas de algunos de los libros nos veremos extranjeros de nosotros mismos, en otros será como reencontrarnos gozosamente con un viejo amigo y en otros más bajaremos la mirada ruborizados, y tal vez aquella noche no podramos conciliar el sueño, pensando qué queda de aquel otro yo que vibró con los versos alucinados de Hölderlin o se bebió la vida con el cónsul Firmin junto aquella alberca mexicana con hojas secas flotando sobre el limo y el cartel «No se puede vivir sin amor».
¿Cuánto tiempo vive en nosotros un poema, una película, una canción o una novela? Tambien los libros envejecen y mueren. Por sus propios deméritos, y entonces nos deshacemos de ellos, o porque ya cumplieron su misión, y entonces los relegamos a los últimos estantes. Hay autores de los que hicimos bandera cuando los considerábamos secretos y después, cuando se convirtieron en cita común, los arrumbamos sin nostalgia. Y hay autores que ya sabemos demasiado bien. De todos ellos, aguantan mejor los poemas que las novelas. Un truco de pervivencia es leerlos en otros idiomas para regresar con mirada nueva a su lengua original, después de la infidelidad cometida. Pero sin duda alguna, el mayor placer, ese otro tipo de goce que no nos pueden dar los libros inéditos, es la sorpresa de descubrir toda aquella belleza, toda la sabiduría que en su momento, por juventud o por distracción, no supimos apreciar. Me está pasando y es una delicia.
