Escrito por

Félix de Azúa

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‘Tolle, lege’

‘La vida pequeña’, de José Ángel González Sainz, es un libro sabio, o mejor, un conjunto de reflexiones en busca de la sabiduría

Hay muchos libros interesantes, placenteros o útiles, pero hay pocos libros sabios. Son libros sabios los ensayos de Montaigne, las cartas de Séneca, las glosas de Don Sem Tob, los pecios de Ferlosio, en fin, un puñado. Guardando las distancias (José Ángel González Sainz me odiaría si lo comparara con los anteriores), su recién editado La vida pequeña (Anagrama) es un libro sabio, o mejor, un conjunto de reflexiones en busca de la sabiduría. Sesenta y tres capítulos que deben leerse despacio y a uno por día.

No es fácil decir por qué este es un libro sabio, ni mucho menos lo que la sabiduría cuente en la actualidad. Me valgo de un ejemplo de Don Sem Tob, el cual confiesa que se tiñe las canas, no por vanidad sino para que nadie acuda a importunarle con preguntas difíciles tras constatar que es un anciano. El sabio se tiñe de beocio para que le dejen en paz. Es la misma táctica que elige González Sainz para esbozar las más arduas cuestiones en modo “teñido”, o sea, con bella prosa literaria.

Pero ¿en qué consiste la sabiduría?, pues en “la festiva asistencia a lo que hay ahí cada vez en un ahora”. No es, como se ve, un saber académico. Esto no se aprende en la universidad y no puede ser el fruto de la enseñanza porque es “un saber colérico que al cabo se acaba transformando en una rara serenidad melancólica”. O lo que es igual, se alcanza la sabiduría cuando “pacificamos la guerra que nos mueven los continuos chorros de imágenes y palabras a todas horas y con mil ruidos” en cada ahí y ahora. Para ello hay que conquistar un silencio a ultranza, “como limpieza previa” o preludio del saber. Sin silencio no puede haber atención o sabiduría. Quienes no sigan estos avisos cuenten con el capítulo Teoría del perfecto gilipollas para conocerse mejor.

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8 de junio de 2021
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Por fin

Estamos tratando de sobrevivir sin ningún sentido, orientación, proyecto o finalidad. También la historia humana ha perdido todo horizonte y se ha convertido en periodismo

Dado que ha concluido la Liga de fútbol ahora ya puede volver a empezar. Las diversiones tienen mucho predicamento gracias a que se terminan. Es esencial que haya un final para que algo cobre sentido. Si no hay un fin, un término, no hay modo de saber qué sentido tiene el asunto o la experiencia. Tal es la función del orgasmo. En tiempos clásicos la historia de los humanos era cíclica y cuando un círculo se cerraba, otro empezaba y por eso podían adivinar el futuro. El cristianismo cambió la figura: la historia progresaba hasta la vida eterna, pero después del juicio final. Cuando el cristianismo fue perdiendo clientela apareció la historia moderna, es decir, el fluir de una duración sin final y por lo tanto sin sentido, el puro acontecer.

Una historia sin final genera tanta aflicción como la vida humana, la cual, precisamente por no esperar sino la muerte, es imposible que tenga sentido. Morir no es un final, es la aniquilación de todo final, de modo que, para remediar el agobio, los modernos empezaron a suponer finales de la historia. El más famoso es el de los marxistas: un progreso continuo hasta la extinción del Estado y de la lucha de clases. Una vez constatado que el resultado del marxismo era el opuesto, es decir, que sólo subsistía un Estado cada vez más opresor y violento, este truco dejó de tener encanto.

Podríamos seguir mirando hacia atrás, como hizo Karl Löwith, en busca de las historias antiguas y sus ensalmos salvíficos, pero no hay tiempo. Estamos ahora tratando de sobrevivir sin ningún sentido, orientación, proyecto o finalidad. También la historia humana ha perdido todo horizonte y se ha convertido en periodismo, en una niebla de noticias. No es fácil tenerse en pie azotados por el torbellino de las novedades.

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1 de junio de 2021
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Quién te ha visto…

Los sediciosos catalanes odian a Barcelona, la menos nacionalista de sus ciudades, y los barceloneses son inhábiles para defenderse de la ruina Anduve la semana pasada por Barcelona. Hacía un año que no la pisaba. Recorrí el barrio del Museo de Arte Contemporáneo (Macba), edificio y plaza muy estimados por la Escuela de Arquitectura de aquella ciudad cuyos mandarines trataron de gentrificar buena parte del Raval. Con toda objetividad se puede decir que en un año no sólo no ha habido mejora alguna, sino que todo ha decaído. Es una ruina.

El caso es que los sediciosos catalanes odian a Barcelona, la menos nacionalista de sus ciudades, y los barceloneses son inhábiles para defenderse. Los muros sucios de garabatos y signos macabros, las calles tomadas por patinetes, ciclos, tablas, patines y toda suerte de baratijas, los domicilios robados legalmente, todo recuerda al Nápoles de hace 40 años, pero sin gracia.

El proceso que ha llevado a la ruina a aquella parte del país está muy bien descrito en el sagaz ensayo de Anne Applebaum titulado El ocaso de la democracia (Debate). Allí describe el temible cuadro del actual populismo fascistoide. Los casos de Hungría y Polonia, que conoce de primera mano, son demasiado parecidos al de la Cataluña sediciosa. Una pulsión autoritaria y agresiva por parte de unos burgueses mal alfabetizados, resentidos y de una singular incompetencia, aunque expertos en el manejo de las pasiones de una muchedumbre irracional y pía a la polaca.

Por supuesto el fenómeno no se reduce a la Europa post-bolchevique, a Trump, a Vox o al Brexit. Applebaum menciona el caso de Venezuela donde estuvo en 2020 para constatar el cruce del rancio marxismo-leninismo con el corrupto populismo nacionalista. Extrema derecha y extrema izquierda se abrazan, como la CUP y los separatistas. Eso sí, con la benevolencia del Gobierno de España.

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25 de mayo de 2021
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¿Con quién andas?

No es en absoluto fácil distinguir a un imbécil de un malvado. Uno de los modos más eficaces de proceder a la distinción es observar con quién se trata el personaje

No es en absoluto fácil distinguir a un imbécil de un malvado. Cierto: lo más abundante es el malvado que además es un imbécil, pero lo interesante es que a veces puede uno pensar de alguien que es un malvado, que hay que andarse con ojo y a poder ser esquivarlo, cuando en realidad se trata de un simple tontazo. La distinción es relevante porque el malvado hace maldades dolorosas, en tanto que el imbécil, aunque por pura estupidez pueda causar daño, también da risa.

De modo que es prudente aprender a distinguir. Uno de los modos más eficaces de proceder a la distinción es observar con quién se trata el personaje. Si sólo se asocia con idiotas, no hay peligro o no suele haberlo. El malvado prefiere la compañía de gente inteligente, si se deja. El malvado los usa en su beneficio y luego los humilla, los hiere, los arruina y los elimina. Por esta razón hay que fijarse mucho y en política perdonar sólo a los bobitos.

Un ejemplo. Los franquistas de la inmediata posguerra eran casi todos ellos muy malvados. Fusilaban, desterraban, censuraban, encarcelaban, reprimían. Con el tiempo se les fueron debilitando las fuerzas mentales y acabaron por ser simplemente una masa de idiotas que ni siquiera distinguía a la gente valiosa de la que no valía una higa. Por esta razón cometían errores ridículos. Censuraban las novelas de Vargas Llosa, cortaban películas de Ford o metían en la cárcel a estudiantes inocuos. Eran el hazmerreír de Europa.

Y así como las compañías son excelente señal para distinguir entre malvado y necio, la segunda señal es aún más certera: todo aquel que hace el ridículo suele ser un idiota. Ni siquiera tiene entidad para ser malvado. Aplicado a la política, permite entender mejor el acoso a Cercas y Trapiello.

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18 de mayo de 2021
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La culpa

Muchos años antes de que René Girard editara su definitivo ensayo ‘La violencia y lo sagrado’, Benjamin Britten concebía una de las más grandes óperas del siglo XX, ‘Peter Grimes’

Muchos años antes de que René Girard editara su definitivo ensayo La violencia y lo sagrado sobre esa misteriosa víctima que concentra el odio de una comunidad hasta el linchamiento, Benjamin Britten concebía una de las más grandes óperas del siglo XX, Peter Grimes. También él, dispuesto ya a regresar a Inglaterra, se sentía como una víctima propiciatoria, porque sabía que sus dos pecados, la homosexualidad y el pacifismo, serían inmediatamente condenados por una sociedad que en aquel momento aún estaba sufriendo las bombas alemanas. Quizás por eso esta sea su ópera más profunda, lírica y brutal, aunque las dudas sobre el libreto lo dejaron medio cojo y con un final ambiguo.

El chivo expiatorio es un pescador, Peter Grimes, a quien las gentes de un pequeño pueblo costero odian con furor. Las causas de este odio no están claras. No ha cometido ningún crimen, pero dos de sus ayudantes, sendos niños rescatados del orfanato, han muerto mientras trabajaban para él. Fueron muertes accidentales, pero los fariseos del pueblo acusan a Grimes de asesinato. Nunca sabremos qué había detrás de esas muertes. La homosexualidad o la pedofilia fueron eliminadas del libreto expresamente por Britten y Pears, pero ese es el fantasma que cubre con su negro manto toda la obra.

El montaje del Teatro Real de Madrid es portentoso. Voces, orquesta y dirección son soberbios en esta creación que tiene una dificultad enorme, sobre todo porque cuenta con un coro que se mueve y danza como si fuera un personaje más. La puesta en escena por una vez no trata de imponer su fantasía sobre la música, sino que la acompaña con cariño y talento. Por si no la pilla en Madrid, la versión del Real viajará a Londres, París y Roma. En todo caso, no se la pierda.

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11 de mayo de 2021
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La caída

‘El mundo de la antigüedad tardía’, de Peter Brown, se ha vuelto a editar y es una lectura esencial porque nos encontramos en un momento análogo

Hace 50 años, un profesor de Princeton, Peter Brown, publicó un trabajo que daba un giro a la historiografía de la antigüedad. Frente a la imagen tradicional de una Roma decadente que era arrasada por hordas de tribus nórdicas que entraban a caballo y destruían y mataban todo lo que se les ponía por delante, Brown tuvo la audacia de proponer una imagen opuesta. No hubo tal decadencia, no hubo tal invasión bárbara. Roma se convirtió en un imperio de enorme poderío que dominó parte de África y Asia con su centro en Constantinopla. Era una defensa del cristianismo bizantino desde una perspectiva nueva. Resumido brutalmente, Brown defendía que la nueva religión creó un coloso oriental aún más fuerte y culto que el de Occidente y que este era el verdadero Imperio Romano.

La reacción fue violenta. La nueva visión iba en contra de quienes amaban un mundo clásico de estatuas perfectas y edificios admirables, los herederos de Schiller, pero también de los que tenían el cristianismo por una plaga que hubiera destruido el mundo occidental. Era un anacronismo: nada tenía que ver el cristianismo del que hablaba Brown con la tremenda historia de destrucción y opresión del papado romano, pero el antipapismo de buena parte de la universidad anglosajona se sublevó.

Hoy día, pocos niegan la visión de Brown, cuyo El mundo de la antigüedad tardía se ha vuelto a editar (Taurus) y es una lectura esencial porque nos encontramos en un momento análogo. ¿Son los dominios técnicos, las colosales empresas de comunicación, algo parecido a una invasión bárbara? ¿Es el puritanismo y el fanatismo de la izquierda reaccionaria una resurrección del cristianismo? ¿Vivimos una decadencia o lo contrario? Y, sobre todo: ¿vuelve el Imperio de Oriente?

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4 de mayo de 2021
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‘Sostenella’

Quienes ocupamos espacios públicos en los diarios deberíamos tener la humildad de confesar nuestras preferencias. Y a eso voy

Mi próxima columna coincidirá con las elecciones a la comunidad de Madrid. Aunque usted viva en Polvazares o en un arrabal de Bogotá, seguro que ya se ha enterado de que la así llamada izquierda española se ha lanzado en tromba, como los bárbaros sobre Roma, para tomar la capital de España. Aterrados de obtener unos resultados infames y bien merecidos, están tratando de destruir a la actual presidenta, Isabel Díaz Ayuso, porque lo ha hecho sobradamente bien como para abochornar al Gobierno de socialistas, nacionalistas, separatistas y peronistas. Quienes ocupamos espacios públicos en los diarios deberíamos tener la humildad de confesar nuestras preferencias. Y a eso voy.

En el bloque de ideología extrema o fanática dominan dos grupos, Podemos (Pablo Iglesias) y Más Madrid (Mónica García). Del primero no hay nada que decir, él mismo se ha desacreditado de tal manera que nada puede salvarlo. Pero la señora de Más Madrid es un personaje curioso. Ha dicho una y otra vez que ella es médico y médica, pero ha prometido que lo primero que hará es desmantelar el Hospital Isabel Zendal porque lo construyó Ayuso. Allí me vacunaron y me pareció una institución ejemplar. Un médico o médica que quiere destruir hospitales no inspira confianza. Junto a estos dos grupos está también Vox, la derecha tradicional. La verdad es que hasta el momento sólo han recibido pedradas de grupos fascistas antifascistas, pero aún no tienen un programa claro. No me fío.

Hay tanto obispo en el PP que sólo me queda Ciudadanos, partido que ha cometido un sinnúmero de errores y los está pagando al borde de la extinción. Pero no quiero que desaparezca, sino que se restablezca y apoye a Ayuso. De modo que ya saben lo que estaré votando cuando me lean: la resurrección.

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27 de abril de 2021
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Insensatos

El linchamiento de Javier Cercas lo hemos hecho posible los españoles. Somos nosotros, además de los fanáticos de TV-3, quienes lo hemos calumniado y buscado su destrucción

Por fortuna, todo el periodismo, incluso el más mercenario o sumiso, ha defendido a Javier Cercas. Tengo para mí que no le hacía falta. Sabe defenderse solo. Sin embargo, la unanimidad ha venido al pelo para poner de manifiesto algunos detalles.

El más abyecto es que el lugar donde se perpetró la calumnia contra el escritor fue la televisión pública catalana, un organismo que pagamos todos los españoles por medio de las transferencias a la Generalitat. El linchamiento de Cercas lo hemos hecho posible los españoles. Somos nosotros, además de los fanáticos de TV-3, quienes lo hemos calumniado y buscado su destrucción.

El segundo detalle es que esta vileza ha puesto de manifiesto el fondo oculto de los nacionalistas catalanes. Sabemos que son los continuadores del carlismo ochocentista, pero en su puesta al día han asimilado los procedimientos mendaces y criminógenos del franquismo. El fondo fascistoide de buena parte del supremacismo catalán ha destacado de tal manera que ya ningún equidistante o alma bella puede seguir equiparando el separatismo totalitario catalán con la democracia española.

Y el tercero y no menos esclarecedor es que los escuadrones del veneno, el odio y la calumnia son socios de los partidos que se llaman a sí mismos “de izquierdas” o “progresistas”. El profesor Félix Ovejero ha escrito un libro luminoso sobre lo que él bautizó como “la izquierda reaccionaria”. En este oxímoron está contenido todo el fracaso de la izquierda española, la que colabora con una derecha (la de siempre en Cataluña y País Vasco) cada vez más proclive al totalitarismo. Puede que algún separatista de los que apoyan a Sánchez vaya de buena fe, pero la mayoría sólo sigue sus instintos más arcaicos. Y se los financiamos.

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20 de abril de 2021
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¿Qué se debe?

Nos inclinamos a creer que las calumnias políticas y las ‘fake news’ son cosa actual, un invento reciente. Lo cierto es que fue una práctica constante a partir del siglo XVIII

Nos inclinamos a creer que las calumnias políticas y las fake news son cosa actual, un invento reciente. Lo cierto es que fue una práctica constante a partir del siglo XVIII a medida que se adensaba la nueva clase burguesa, centro y diana de todo engaño. Si ahora parece algo nuevo es tan sólo porque ha aparecido un nuevo tipo de ciudadano atontado que se cree las majaderías de internet. No es una práctica nueva, es una clase nueva.

Una de las más hermosas fake news que se pueda estudiar es la que promovió la Encyclopédie Méthodique, enorme producto de colosal influencia en todo Europa. En 1782 publicó un volumen de geografía donde apareció la maldita pregunta: “¿Qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?”. Como es lógico, el texto era un amasijo de calumnias, informes tergiversados, juicios hipócritas y sobre todo falsedades. El problema es que donde más gente lo tomó al pie de la letra fue, naturalmente, en España. A partir de ese momento comienzan las dos greñas, la de los que la odian y la de quienes se creen obligados a defenderla. Así como las damas madrileñas se vistieron de Carmen (la de Mérimée) con perfecta candidez, así también aparecieron los “rancios” (defensores de España) y los “felones” (traidores afrancesados). Los dos bandos iniciaban la divisoria entre ilustrados y castizos, liberales y carlistones, las dos Españas en pugna que se dan de bastonazos hasta el día de hoy con Podemitas y Voxistas. Una plaga.

La historia entera y la aparición del primer diario insumiso español, El Censor, así como la figura sulfúrica de Forner, está en ¿Qué se debe a España?, de Francisco Uzcanga. Se lee mejor que una novela porque el autor es un literato de raza.

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14 de abril de 2021
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Poema

Entiendo que Faulkner leía el Antiguo Testamento como si fueran narraciones de pueblos arcaicos, pero los Evangelios como poesía contemporánea

Como todos los viernes santos, también este año volví a ver la obra maestra de Nicholas Ray, Rey de reyes. Siempre la dan en un canal u otro. Es la historia de Jesús de Nazaret y, a mi entender, la mejor de todas las versiones filmadas. Es sobria, pegada al texto evangélico, poco sentimental, nada demagógica y sólo le reprocho que Jeffrey Hunter no dé, realmente, la imagen de un palestino del siglo primero.

Quiso el azar que esos días anduviera yo leyendo el estupendo tomo de entrevistas a William Faulkner (León en el jardín) que ha reeditado Javier Marías en su ineludible editorial Reino de Redonda. Uno de los presentes, un japonés, le plantea una curiosa pregunta: ¿cómo es que cita siempre el Antiguo Testamento, pero nunca los evangelios? La respuesta de Faulkner ya me había llamado la atención la primera vez que la leí, hacia 1970. Responde el escritor que el Antiguo Testamento es uno de los más robustos y hermosos relatos populares que conoce, pero el Nuevo Testamento es filosofía e ideas, algo propio de la poesía. Y añade que lee los evangelios como si oyera música. Entonces no lo entendí y pensé que era otro de los múltiples equívocos que tuvieron lugar en su experiencia japonesa. Este año, sin embargo, y gracias a Nicholas Ray, me he percatado de que llevaba toda la razón.

El relato evangélico es poesía como lo son las tragedias de Sófocles o de Esquilo, cantos ardientes y sabios sobre la desdicha humana, sus miserias, su aniquilación, pero también sobre la grandeza de los héroes y su capacidad para superar el horror de la injusticia, la opresión y la muerte. Entiendo que Faulkner leía el Antiguo Testamento como si fueran narraciones de pueblos arcaicos, pero los Evangelios como poesía contemporánea. Y así ha de ser.

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7 de abril de 2021