Escrito por

Félix de Azúa

Blogs de autor

Los orígenes

Aún hoy no ha cesado ni el desbarajuste ideológico ni la bronca literaria de las dos Españas nacidas con las Cortes de Cádiz

Es posible que no haya país donde el periodismo haya dado tantas figuras literarias de primer orden. O, dicho al revés, no sé yo si habrá otra sociedad en la que los literatos hayan jugado un papel político tan relevante en la prensa. Quizás en el nacimiento de esta peculiaridad se encuentre la pugna entre liberales y serviles que a principios del siglo XIX sacudió a España entera desde Cádiz.

A raíz de la apertura de las Cortes en la ciudad gaditana, asediados por los invasores franceses, pero al mismo tiempo teniendo a ese país como modelo de ilustración y liberalismo, se produjo una confusión tan grande que todavía persiste. Por un lado, estaban los serviles, es decir, los que odiaban el liberalismo de las nuevas Cortes y defendían la Inquisición y los restantes medios de opresión. Enfrente tenían a los liberales y los ilustrados defensores de la Constitución del 12 (La Pepa) y con la mala conciencia de ser afrancesados, es decir, devotos del enemigo. Un verdadero lío plagado de ambigüedades, miserias ideológicas y desesperación. No muy alejado de la actualidad.

De todos es conocido el tremendo final, el regreso de Fernando VII, apodado El Deseado por un pueblo que ama las cadenas, y la persecución, cárcel y muerte de los ilustrados, los liberales y los afrancesados. Final tristísimo que retrasó la modernización del país por lo menos un siglo. Sus herederos aún perduran, aunque hayan cambiado de nombre, de signo e incluso de ideología. Pero lo curioso es que fue en aquel momento cuando se puso en marcha la muy original vida literaria del periodismo español.

En una antología recogida por Alberto González Troyano (Andalucía: cinco miradas críticas y una divagación, Fundación Lara) se reúnen notables artículos sobre la trágica Andalucía. Clarín, Azorín, Noel, Ortega y Gasset, Cernuda y Gil Albert que muestran la continuidad del conflicto a lo largo de dos siglos. Y aún hoy no ha cesado ni el desbarajuste ideológico ni la bronca literaria de las dos Españas.

Para quien tenga curiosidad, se han editado ya las dos primeras publicaciones que se dieron de picotazos e inauguraron el sarcasmo, el insulto y la calumnia en los años de la Pepa. Son el célebre Diccionario crítico-burlesco de Bartolomé José Gallardo (Ediciones Trea), y su archienemigo el clerical, inquisitorial, y verdugo, el Diccionario razonado de un trepador llamado Justo Pastor Pérez (Renacimiento). Los eruditos que han rescatado ambos textos, Romero Ferrer y Muñoz Sempere el primero y Marieta Cantos el segundo, han cubierto un agujero del periodismo español severamente olvidado. Es curioso constatar que la bronca, la procacidad, el humor sarcástico, el sectarismo, la mentira, todos los vicios del periodismo actual ya estaban inventados hace más de doscientos años, en 1811. Debo añadir que hay una distancia abismal entre la calidad literaria de Gallardo y la gusanera moralista de Pastor Pérez, por decirlo a su manera. Habría que ver dónde y bajo qué siglas caen hoy unos y otros. No es obvio.

Leer más
profile avatar
6 de septiembre de 2022
André Malraux durante la Guerra Civil.
Blogs de autor

Infierno y gloria

 

Malraux comenzó a escribir sus (falsas) memorias en un viaje en barco que duró dos meses a Oriente medio y extremo. Sus dos volúmenes forman una de las obras fundamentales del siglo XX

No hace aún muchas semanas, allá por el mes de mayo, escribía yo en un elegante digital acerca de los cuarenta años de infierno que sufren los grandes autores tras su muerte. No se sabe muy bien por qué razón, pero los editores se olvidan de sus mejores literatos tras su muerte, a veces durante medio siglo. Y ponía el ejemplo de Albert Camus, cuya maravillosa novela Le premier homme no se publicó hasta 1994, siendo así que Camus había muerto en 1960. Las excusas son múltiples, pero la más frecuente es la de “¡Oh, estaba olvidada en una caja de zapatos!”. Si hubieran tenido algún interés no habrían tardado treinta y cuatro años en encontrarla. Citaba también el caso de Samuel Beckett, pero hoy quiero saludar el regreso de uno de los talentos más grandes del siglo XX y una de sus obras fundamentales: las Antimemorias que acaba de editar Penguin en su colección Debolsillo. Una edición lujosa, en dos gruesos volúmenes (más de mil quinientas páginas) de tapa dura, que comprenden la totalidad del texto final publicado en La Pléiade. El editor ha sido Ignacio Echevarría, lo que da idea de la solvencia del monumento.

Porque se trata de un monumento, en efecto. Malraux comenzó a escribir sus (falsas) memorias en un viaje en barco que duró dos meses a Oriente medio y extremo. El resultado es, de acuerdo con Echevarría, “un libro extraordinario, verdaderamente extraordinario. Y asombroso también”. Coincido con el editor: estos dos volúmenes forman una de las obras fundamentales del siglo XX. Y está muy bien traducida.

Pero, cuidado, estas no son unas memorias al uso en las que se cuenta sólo lo que no molesta al autor. No: estas son unas memorias embusteras, llenas de falsedades asumidas y mentiras voluntarias. No por otra razón se llaman Antimemorias. Muchos han destacado ese aspecto, pero al tiempo que asumían que los recuerdos de Malraux, aun siendo falsos, eran verdaderos. El propio autor así lo asume, no se trata de confesiones (por las que siente un profundo desprecio) sino de vida vivida. Su ambición es extrema: “El hombre que aquí podréis encontrar es el que coincide con las preguntas que la muerte hace al sentido del mundo”. Es como si dijera, no se trata de mí, se trata de averiguar qué sentido tiene nuestra existencia y si he logrado enterarme de algo.

No pudo enterarse de todo, aunque lo que nos ha dejado en este libro equivale a media docena de grandes relatos filosóficos, empezando por San Agustín. No obstante, debe de ser la primera obra de un memorialista en la que se unen relato, tratado, ensayo, periodismo, travelogue y toda suerte de géneros, por lo que mi recomendación al posible lector es que lo lea de un tirón y como una novela. Piense que, aunque el diálogo con Mao Zedong sea en buena parte inventado (se conservan las cintas de la entrevista), lo increíble es que Malraux da una visión exacta del enorme país y una anticipación asombrosa de su futuro.

Como él mismo decía, los humanos somos un producto del azar y el mundo es puro olvido. Por esta razón, trabajos como el de Malraux en sus falsas memorias, o el de Proust buscando el tiempo perdido que tanto se le parece, van mucho más allá de la verdad y la falsedad. Plantean preguntas que carecen de respuesta hasta después de la muerte.

Leer más
profile avatar
20 de julio de 2022
Blogs de autor

La huida

Es muy útil distinguir en las narraciones las protagonizadas por un “yo” y las de un “ego”. Las primeras cuentan simplemente lo que hay y lo que ve el autor, mientras que las segundas narran cosas internas o subconscientes

En una ocasión, un grupo de abogados estaba reunido con unos colegas franceses y al término de la negociación, para celebrar lo que habían acordado, el jefe español le dio una palmadita al jefe francés y le dijo: “Bueno, como ya somos amigos, te propongo que nos hables de tú”. El francés puso una cara rara, carraspeó y comenzó con fuerte acento: “Bueno, yo nací en Cahors, mi padre era médico militar…”. Se detuvo al ver la cara de estupefacción de los españoles.

En español los pronombres son traicioneros y los escritores tratan de huir de ellos como del vampiro. Leyendo el último libro de Trapiello, una colección de artículos titulada Extraño país este (La Veleta), me topé con uno que trataba de modo indirecto el asunto. Al parecer, algunos lectores le afeaban a Trapiello el uso constante de “uno”: “Porque uno no lee un libro si no está seguro de que vale la pena”. O bien, “iba uno por Recoletos…”. Se justificaba el escritor diciendo que “uno” es la mínima expresión del “yo” y le permite huir a la tiranía de ese pronombre. Pero entonces añadía que de la ingente literatura autobiográfica de los últimos tiempos él distingue entre los del “yo” y los del “ego”. No voy a resumir los argumentos de Trapiello, pero los voy a usar a mi manera, o sea, los voy a traicionar, ya me perdonará el gran leonés.

A mi modo de ver es muy útil distinguir en las narraciones las protagonizadas por un “yo” y las de un “ego”. Las del yo son históricas y cuentan simplemente lo que hay y lo que ve el autor. Como decía el francés de antes: “Yo nací en Vilna, capital de Lituania”. El ego, en cambio, no narra cosas externas y comprobables, sino internas o subconscientes. Por seguir con el ejemplo: “Era el último año de la guerra y mi madre me parió en un almacén infame, con un palmo de agua en la que flotaban ratas panza arriba y donde amontonaban soldados muertos antes de llevarlos al cementerio”. Esta escena no pudo haberla visto. Era un recién nacido y tardaría un año en ser capaz de distinguir cosas, colores, formas. Así que esa espantosa visión era un fogonazo que le enviaba el subconsciente, quizás a partir del relato de su madre. Literatura del ego.

Literatura del “yo” querían serlo aquellos viajes de Cela, a la Alcarria y por Galicia, en los que no aparecía ni “yo”, ni “uno” sino “el viajero” o “el vagabundo”, pero en presente: “El viajero coge los tres reales de la mesa”, o bien “el vagabundo se bebe un cuartillo de vino”. Son modos de huir al maldito pronombre y de disimular bajo la tercera persona lo que todos sabemos que es el yo del autor. Pero no estoy muy seguro porque no tengo los libros a mano para constatarlo. En cambio, son mucho más frecuentes los viajes del “ego”, sobre todo en la literatura anglosajona, cuyo modelo, El viaje sentimental de Laurence Sterne, es desde el principio hasta el final un ego-trip genial. Muchos cumplen decentemente con un yo, muy pocos con el ego. No corras riesgos innecesarios.

Leer más
profile avatar
5 de julio de 2022
El poeta Rainer Maria Rilke. CORDON PRESS
Blogs de autor

El poeta

 

Rilke ha quedado como el último gran lírico europeo de la edad clásica. Con él empezamos todos los de mi grupo de amigos y con él hemos vivido separaciones, peleas y reconciliaciones

Cuenta Stefan Zweig en sus memorias (El mundo de ayer, Acantilado) cómo estalló en él la pasión literaria cuando, tras concluir el bachillerato vienés, pudo establecerse unos meses en París con la excusa de estudiar para una tesis doctoral. El primogénito había ya tomado el mando de los negocios, de modo que Stefan, segundón, se hubo de esforzar para conseguir ese doctorado en la disciplina que fuera, pues a sus padres les era indiferente que se doctorara en lógica matemática o en agrimensura. Para su doctorado (aunque aún no tenía ni idea de cuál iba a ser) era necesario cursar un año en la Sorbona, así que sus padres le financiaron una estancia que, en efecto, sería decisiva para su carrera.

Fue allí, en aquella ciudad que aún no había sufrido las dos guerras mundiales, donde mantuvo una amistad efímera, pero intensa, con Rilke. Era todavía una ciudad abarcable en la que artistas, literatos, pensadores y políticos tenían una gran proximidad y se encontraban con frecuencia en cafés, restaurantes y bistrós. A Rilke lo adivinó en una de esas reuniones cuando entró un individuo menudo e insignificante, pero que llevaba consigo el gran fantasma del silencio: toda la tertulia calló repentinamente. Rilke no soportaba el ruido.

Han pasado más de cien años, pero todavía creo yo que el modelo de poeta del siglo XX, sigue siendo Rilke. Algo más tarde aparecerían los poetas anglosajones, Auden, Eliot, Stevens, pero son poetas de otra dinastía, con universos absolutamente separados de los mundos líricos europeos. Por ejemplo, los anglosajones habían admitido plenamente su tecnificación y fueron los primeros en analizar la poesía como un objeto técnico. Digo los primeros, porque no puedo ahora constatar si los rusos empezaron antes, pero es indudable que fue la percepción aguda de Auden, Eliot y otros menos conocidos como William Epson, los que transformaron el estudio de la lírica. Recuerdo al grupo de poetas de los cincuenta, Gil de Biedma, Barral, Ferrater, diseccionando un poema como si fuera una clase de anatomía.

Rilke ha quedado, quizás por esta revolución técnica, como el último gran lírico europeo de la edad clásica. Con él empezamos todos los de mi grupo de amigos y con él hemos vivido separaciones, peleas y reconciliaciones. En la juventud es imposible no sentirse devorado por la fuerza de algunos poemas (Torso arcaico), pero luego entra uno en conflicto con sus poemas simbólicos y modernistas (Nuevos poemas) y lo abandona hasta que, ya entrado en años, regresa a los Sonetos a Orfeo y las Elegías de Duino para no separarse nunca más. Son el último momento de una lírica, la europea, indistinguible de la filosofía.

Porque posiblemente en eso consistía la diferencia fundamental entre la renovación técnica anglosajona y la vieja tradición europea, a saber, la conjunción de poesía y pensamiento de los modernos europeos, no solo en los más grandes, como Hölderlin, sino incluso en poetas menores como Valéry. Y seguramente por eso es ya muy difícil nombrar poetas líricos europeos.

Yo conocí a uno de los últimos, Leopoldo María Panero. Su desorden mental le impidió dar forma sólida a sus poemas, tenía el fuego de Dionisio, pero no la fuerza de Apolo. Aun así, algunos de ellos son como el tramo final en la conjunción de poesía y teoría. Desgraciadamente, en su momento la teoría eran Deleuze, Derrida, Lacan, y eso dio a sus poemas un carácter terminal.

Leer más
profile avatar
21 de junio de 2022
Blogs de autor

‘Nudos de vida’, el gran Gracq

Era, a mi entender, el mejor prosista de la Francia del siglo XX, aunque quizás también uno de los mejores moralistas del siglo XVIII, y si bien Julien Gracq siempre trabajó de profesor de geografía, su pasión predominante era la geología. Cuando divisaba una colina, no veía, como nosotros, un montón de tierra y piedras cubiertas más o menos de vegetación, sino que percibía las imponentes y ocultas fuerzas que movían miles de toneladas a lo largo de los siglos. Es decir, conocía la vida secreta de las formaciones geológicas, sus debilidades, su destino, su condena. Como un traumatólogo que no ve la perfección craneal de Scarlett Johansson, sino la presión del arco superciliar y el empuje de los pómulos, signos certeros de un pasado mongol.

Tristes íbamos sus lectores desde que murió en 2007 cuando, por milagro, en 2021 aparecieron 29 cuadernos, etiquetados Notules, en la Biblioteca Nacional de Francia. Algunos no se podrán leer hasta 2027 porque contienen severos juicios de Gracq sobre sus contemporáneos, maldita sea, pero otros, los reunidos bajo el título de Noeuds de vie, sí se han podido editar y aquí están en valiosísima traducción de Lluís Maria Todó como Nudos de vida. Gracq, siempre cuidadoso con sus lectores, explica en qué consisten estos “nudos”, lo dice así: “Cuando la Tierra cuente con veinte mil millones de personas y se debata y se hunda como un hombre engullido en la papilla única y sofocante de lo social, deseo tan solo que mis libros sean testimonio de una época en la que todavía había en el planeta algunos intersticios de vida y soledad, espacios de aguas que no eran enteramente aguas gastadas, un poco de aire que todavía no tenía el sabor de los pulmones de nuestro prójimo”.

Eso es exactamente lo que vive en estos fragmentos deliciosos, inteligentes y líricos, testimonios de un hombre que aún camina por senderos boscosos, campiñas abandonadas, marismas sin fuerza, pueblos sin alma monumental, intentando recuperar la vida de la Tierra para un individuo, uno solo, fuera de la “papilla sofocante de lo social”. Y también juicios, frases y comentarios literarios de una especie que ya no existe: los de un escritor que detestaba y escapaba de la vida social literaria, rechazaba los premios y el reconocimiento, llevaba la vida ascética de un solitario provinciano.

Este hombre, que perteneció al Partido Comunista de Francia para combatir en la clandestinidad a los nazis, comentaba al cabo de los años la célebre frase de Marx: “Ya está bien de comprender el mundo: ahora se trata de transformarlo”. Y bien, comenta, eso es lo que hemos hecho en el último siglo y siempre de un modo más acelerado, de tal manera que cada vez comprendemos menos. Y añade algo terrible: “Me parece que el hombre siente una familiaridad mucho mayor con el mundo surgido del Génesis que con el ser y sobre todo el devenir de lo que ha creado él mismo”. O sea, más cerca de Caín y Abel que de la ingeniería genética. Y un solo miedo universal, el terror ante “el estado vampiro”, un “ogro obsceno y terrorífico que se tambalea en medio de un inmenso rebaño de hombres desnudos”.

Los de la editorial Ediciones del Subsuelo han apostado por unos textos magníficos y tremendos de los que escasamente se pueden vender unos cientos de ejemplares, pero por lo menos que no les quepa la menor duda de que es el libro más actual y más útil que conozco. ¡Y, cielo santo, incluso en traducción, qué prosa!

Leer más
profile avatar
14 de junio de 2022
Blogs de autor

Colaterales

Ha vuelto la selección sectaria de los tiempos de Franco, solo que allí, en donde había que decir lo grande y justo que era el Régimen, ahora debemos manifestar nuestro horror por lo no inclusivo o lo heteropatriarcal

Uno de los efectos más curiosos del eclipse de la individualidad ha sido la politización de absolutamente todo, como si el tronco poderoso de la ideología pudiera sostener nuestra endeble yedra privada, pero no es verdad, ese tronco está podrido y hueco. Nuestra yedra se agarra a la nada y contribuye al vacío. Cuanto más fuerte y sana crezca, mayor será el daño que produzca en aquello que supuestamente la sostiene. Hablen con cualquier jardinero.

Así, por ejemplo, una ley educativa destinada a crear ilusiones en quienes las necesitan conduce al espantajo que se está divulgando por España en los libros de texto. El estudiante no ha de aprender nada, ya lo sabe todo desde el momento en que abraza la moral de la secta, solo ha de obedecer. Y a la inversa, los estudiantes saben que basta con simular una creencia para aprobar. Nos sucedía también a nosotros con la educación franquista. Sabíamos perfectamente qué había que decir con determinados profesores para tener buena nota. Y lo contrario, solo a un loco se le ocurría decir la verdad o dar su opinión sincera ante un esbirro.

Así que ha vuelto la selección sectaria de los tiempos de Franco, solo que allí, en donde había que decir lo grande y justo que era el Régimen, ahora debemos manifestar nuestro horror por lo no inclusivo, lo machista o lo heteropatriarcal. Es lo mismo: en el fondo a nadie le importa demasiado porque saben que no pueden engañar indefinidamente a los estudiantes y que entre ellos se burlan de los profesores del Régimen. Basta con mentir para que te tomen por alguien inteligente.

Lo sorprendente es que esta deriva religiosa (porque se trata de una creencia irracional) coincide con el hundimiento absoluto de las artes y, cómo no, su refugio en la política, que es como decir en la subvención. De modo que si hace unos años estábamos hasta las narices de tanto “¡rebélate!”, “muestra tu rechazo”, o “marca tu diferencia”, aplicado indistintamente a un pantalón o a un producto de galería de arte llamado incluso “obra de arte”, ahora ya ha llegado a su punto de saturación, de manera que sabemos que cuanto se presenta como “rebelde”, “ataque a la sociedad de consumo” y demás eslóganes mercantiles, son ellos los que señalan, justamente, a lo más conservador.

De este modo, los poderes reales consiguen dos objetivos: el primero es que los más débiles crean servir para algo y no se rebelen, ellos que serían los potencialmente más peligrosos. De otra parte, el mercado sigue en manos de quienes controlan las sectas. Ellos, por lo general feroces anticapitalistas, son los que reparten las subvenciones, los (p) jefes del sistema. Porque de eso se trata, de repartir regalos, el maná del Estado, entre la clientela.

Leer más
profile avatar
7 de junio de 2022
Blogs de autor

Tedio y jolgorio

Oscar Tusquets reedita su testamento 30 años después. Desde entonces, se ha afirmado la posición de los ‘tusquetianos’ y ha desaparecido la llamada “escuela de Barcelona”

Cuando hace 30 años comenzó Oscar Tusquets a decir (o quizás a aullar) que estaba hasta la coronilla del arte de vanguardia y que ya no soportaba más progresismo soporífero, las monjas de la corrección (las de entonces) se horrorizaron y salieron huyendo con las sayas arremangadas con ambas manos como si hubieran visto a un fauno en actitud exigente. En Barcelona dominaba entonces, y aún ahora, una arquitectura mona, simple, rebosante de buenas intenciones, mezquina y de venta fácil, la llamada “escuela de Barcelona”. Era la continuación nunca interrumpida del paralelepípedo de cristal sostenido por pilotis innecesarios y otros inventos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero, claro, para que la caja de cristal y acero tenga grandeza la ha de concebir Mies van der Rohe, y los pilotis son cosa de Le Corbusier, pero no de los discípulos terminales de Gropius casi todos nacidos en el medio rural y muy paisajistas de calendario.

Uno se pregunta por qué provocó semejante indignación una pura expresión de gusto, como decir que a uno le parece más elegante la peineta que la barretina, sobre todo cuando algunos del clan posmoderno, como Michael Graves, habían alcanzado considerable reconocimiento entre las vírgenes sensatas. La inquina contra Oscar seguramente se debía a que no le podían perdonar las dos gigantescas columnas dóricas que abrían, en su casa, sobre un huertecillo florentino. Eso y que hubiese montado la mejor cocina profesional de la ciudad para uso y disfrute personal.

Resumiendo, es un asunto que requiere estudios de antropología aplicada: a Oscar la burguesía barcelonesa de ultraizquierda (la misma de hoy) no le perdonaba que gozara, que se divirtiera con un asunto tan serio como la arquitectura catalana, que eligiera el escándalo en una sociedad levítica que todo lo arreglaba en silencio y pagando. Ha de tenerse en cuenta que la grandeza, esa virtud antigua, tan helénica como medieval, está muy mal vista en la sociedad monjil y burguesa de Barcelona cuyos hitos actuales en materia política son Iceta, Montilla e Illa, claros varones de las marcas.

Pues bien, 30 años más tarde vuelve a editar Tusquets (en Tusquets) su testamento con el título Sin figuración, poca diversión, que ya lo dice todo. Ha pasado el tiempo. Se ha afirmado la posición de los tusquetianos, de los punkis, de los brutalistas, de los deconstructivos, de cualquiera con un poco de ambición y ha desaparecido la escuela de Barcelona. También han desaparecido algunos artículos fenomenales de ediciones anteriores como el de la arquitectura del tacón de aguja, quizás para evitar amostazar a las actuales vestales. El libro entero, prefiera uno las cajas de cristal o las columnas de acanto, sigue siendo inteligente, impertinente, divertido, insostenible e instructivo.

Leer más
profile avatar
25 de mayo de 2022
Clase de anatomía de Santiago Ramón y Cajal, situado en el centro, en 1915. ALFONSO
Blogs de autor

En el confín

 

Los que han tenido la fortuna de vivir muchos años han habitado dos mundos diferentes. El de la niñez y juventud poca relación tiene con el de la senectud

Cuando Pérez Galdós y también Pío Baroja veían a un anciano sentado en un banco o echando miguitas a las palomas, se acercaban lentamente, pedían permiso y se acomodaban a su lado. Tras un parloteo sobre el tiempo y el calor procedían a hurgar en la memoria del viejo. Tanto Galdós como Baroja acumularon una montaña de información hablando con aquellos personajes acabados, pero que conocían lo que ya nadie recordaba.

Las memorias de los ancianos son del mayor interés. Tomo por anciano al que ha cumplido más de 75 años y se encuentra en buen uso de su cabeza. En esos 75 años el mundo ha dado una vuelta entera a todo lo que antes fue normal, común, habitual y ahora es ya perfectamente desconocido. Los que han tenido la fortuna de vivir tantos años han habitado dos mundos diferentes. El de la niñez y juventud poca relación tiene con el de la senectud. Es un escenario parecido, pero ya nada está en donde solía.

El clásico es el bienhumorado y simpático Memorias de un setentón, de Mesonero Romanos, que empieza en 1808 con el regreso a España del rey felón y sigue hasta casi el cambio de siglo. Es un viaje al pasado remoto en verdad agudo y bien escrito. No obstante, la admirable Biblioteca Castro acaba de editar un volumen de Obras escogidas de Santiago Ramón y Cajal que contiene dos curiosas memorias. Una, titulada Mi infancia y juventud, comienza donde Mesonero termina, en 1901. Está adornado con fotografías que muestran, entre otras cosas, la miseria profunda en la que nació Cajal, una aldehuela navarra llamada Petilla de Aragón. Como su padre, todo el esfuerzo de Cajal fue arrancarse a la pobreza, pero, sobre todo, a la miseria espiritual e intelectual de aquella España en ruinas.

Lo fascinante, sin embargo, es que el volumen incluye también El mundo visto a los ochenta años que se publicó en 1934, el año de su muerte, y que da cuenta del mundo nuevo. ¿Qué había pasado entre 1852 y 1934? Pues que era otro mundo y el desconcierto que muestra Cajal se expresa de una manera casi dramática en una serie de capítulos en los que repasa todas las novedades que ya no puede digerir. Empieza por las ciudades de su juventud, a las que ha regresado y nada queda de ellas: se ha producido la modernización. El lenguaje, al que reprocha la entrada de infinitos galicismos y anglicismos (¡si viera hoy!), pero además hace una lista de neologismos que nos dejan boquiabiertos: constatar, control, avalancha, financiar… Y así más de cuatro páginas. Palabras que para nosotros son de lo más común y aceptado y que a él le sonaban a rayos. Viene luego la moda masculina y femenina, la “locura de la velocidad” y, en fin, todo el conjunto de novedades que al anciano estudioso le parecían pura pérdida de tiempo y en absoluto una mejora de la vida. Hay páginas asombrosas sobre los separatistas catalanes. He aquí a una de las pocas personas que han pensado, trabajado e inventado en España con la alabanza del mundo entero y es instructivo constatar que todos, listos o tontos, caemos en los mismos hoyos en cuanto el mundo gira un poco la dirección del rostro.

Leer más
profile avatar
10 de mayo de 2022
Blogs de autor

Categoría y miseria

 

Hace unas décadas todo trayecto, antes de llegar a destino, era entretenido por señoras que te vendían bocadillos de atún en las estaciones pueblerinas

Era un tipo enorme, sobre los dos metros y 150 kilos. Recogió con exquisita delicadeza a un perrín blanco y negro que cabría en su mano, pero lo metió en una de esas jaulillas para viajes por entre cuyas aperturas suelen asomar los ojos cohibidos de la animalia. Se le veía al hombre conmovido, como pidiendo perdón, y no dejó de mirar al perro con verdadera compasión mientras arreglaba los papeles en el mostrador.

Luego lo vi sentado en la fila anterior a la mía. Apenas cabía en el espacio asquerosamente estrecho que ha dispuesto Iberia para mantener los sueldos de sus ejecutivos. Le sobraba media pierna, de modo que la azafata tenía que dar un golpe de cadera muy agradable para sortearla. El hombre estaba avergonzado e íntimamente contrito al pensar que quizás su mascota sufría la misma estrechez.

Íbamos como piojos en costura y me admiró la paciencia de los pasajeros y cómo se ayudaban los unos a los otros para poner bultos, mochilas o bolsas en los diminutos maleteros. Cada vez que mi compañero de asiento tenía que mover un brazo se veía en la obligación de pedir disculpas y los dos recomponíamos nuestras posiciones como muñecos mecánicos. Todo lo cual venía después de pasar más de tres cuartos de hora en la cola del check in de Iberia para que nos aceptaran, o no, los paquetes, bultos y mochilas. Un único punto para cientos de viajeros había dispuesto la dirección de Iberia.

El viaje en avión es ya un eficaz acarreo de ganado, la versión posmoderna del invento germano para transportar toneladas de humanos a donde no deberían ir. Yo recordaba aquel soberbio aparato, el Super Constellation de cuatro motores y tres colas, una de las criaturas más bellas producidas por el ingenio humano, y a los antiguos clientes de la aviación civil que parecían recién salidos de una película francesa al bajar la escalerilla con foulards de vivos colores al viento. Ahora éramos lo sobrante, el todo a cien, los que no habíamos podido encontrar en Sevilla un billete de AVE para Madrid. Y no había billete de AVE porque los ejecutivos de Renfe o de Aena, o de lo que sea, se cansan pronto y ya no ponen más vagones ni más trenes cuando consideran que su jornada laboral ha terminado.

Lo peor del viaje es ahora el viaje mismo. Hace unas décadas todo el trayecto, antes de llegar a destino, era entretenido por señoras que te vendían bocadillos de atún en las estaciones pueblerinas. Incluso en los aviones ofrecían unos refrescos con frutos secos un poco rancios, pero pletóricos de buena voluntad. ¿Cómo se ha ido hundiendo el viaje en esta sima oscura? ¿Cuál de las muchas codicias es la que nos ha reducido a la miseria? ¿O serán todas?

Nadie protestó, nadie se quejó, nadie consultó. Era seguro que cualquier reclamación podía provocar hirientes carcajadas. Y al llegar al aeropuerto salimos todos huyendo, algunos de modo atropellado porque no estaban seguros de alcanzar el enlace y corrían demudados y agresivos en busca de cualquier puerta.

Todo esto no se ve en la publicidad, en ella bellas mujeres uniformadas auxilian a atractivas madres con niño y jóvenes enérgicos empujan carritos con sonrientes tullidos. Suerte tenemos de que nuestro ministro de Consumo es comunista. Iberia debe de sugerirle los soñados años de Beria (Lavrenti).

Leer más
profile avatar
26 de abril de 2022
ZUMA PRESS
Blogs de autor

Consolación

 

«Es difícil explicar la muerte a una sociedad que no quiere ni oír hablar del asunto»

 

No sabía yo que hubiera tal cosa como unas rabinas, encarnaciones femeninas del rabino judío de toda la vida. Al parecer (y esa debe de ser una peculiaridad única en todas las religiones del Libro) hay mujeres ejerciendo esa función desde hace tiempo en el ámbito religioso hebreo. Esta novedad es realmente curiosa y poco conocida, aunque lleva ya muchos años existiendo.

Recuerden ustedes que el Talmud es tajante en este punto: «El lugar de la mujer está en la cocina» (Yoma 66B) y seguramente eso explica por qué las madres judías eran tan excelentes cocineras. Sin embargo, hace unos veinte o treinta años, se ha ido imponiendo lo que Jon Juaristi me indica como «el movimiento reformista», una revolución iniciada por Hermann Cohen, kantiano de renombre, que tuvo gran arraigo en los Estados Unidos. Y ya se sabe que lo que decide el judaísmo americano acaba por imponerse en el mundo entero. Hoy día hay rabinas incluso en España.

Bien es verdad que estas mujeres dedicadas al estudio de la Tora (ese es el significado de «rabino») no ejercen funciones sacerdotales, pero es que no hay sacerdotes en la religión judía desde la destrucción del Templo de Jerusalén en el siglo II de nuestra era. Las sinagogas no son templos, sino lugares de reunión.

Todo lo anterior viene como preámbulo a un documento que me ha parecido digno de atención, se titula Vivir con nuestros muertos (Asteroide) y su autora es Delphine Horvilleur, una rabina que ha ejercido en el mundo entero. Esta interesante mujer francesa de unos cincuenta años se ha especializado en acompañar a los deudos en su dolor. Es decir, que las familias, parientes, amigos o amantes la llaman cuando han perdido a una persona muy querida y le piden que las acompañe en el duelo. Ella les da consuelo gracias a su sabiduría y a una inteligencia evidente en el libro. Junto a ellos recita el kadish, elemento esencial de la liturgia fúnebre judía.

Esto me parece muy curioso porque en la religión judía no hay vida después de la muerte. Ni infierno, ni cielo, ni nada parecido. Hay un viejísimo lugar, la Gehena (Gehinom en hebreo), que a veces se ha pensado como lugar de castigo para los malos, pero sólo creen en ella unas pocas sectas ultraortodoxas. En cuanto al Sheol, lugar a donde van los muertos, no tiene ninguna función de castigo o premio, así que el consuelo se hace difícil. No se puede prometer una vida eterna o por lo menos una segunda vida, pero tampoco un castigo para los malvados.

Delphine explica un buen número de casos en los que ha intervenido, entre ellos el de la matanza de la revista satírica Charlie Hebdo donde fue asesinada una amiga suya, y son todos ellos casos muy distintos e instructivos. Digo «instructivos» porque muchas veces he opinado sobre las dificultades actuales para explicar la muerte a una sociedad que no quiere ni oír hablar del asunto. Lo entiendo y me parece bien dedicarse a las series de la tele y al fútbol, pero quienes tenemos hijos pequeños no podemos derivarlos a esos lugares de entretenimiento desesperado. Algo hay que decirles, porque lo preguntan. Delphine tiene el mismo problema y lo sortea como puede.

En el momento final del relato la rabina acude al cementerio judío de Westhoffen, en Alsacia Lorena, donde se ha producido una profanación. Un grupo de bárbaros neonazis ha destruido tumbas y pintado cruces gamadas. Con este motivo reflexiona Delphine sobre la historia de Caín y Abel, el primer asesinato de la humanidad. Pero lo más emocionante es que descubre, entre las tumbas, la de un viejo pariente al que había olvidado, el tío Edgar, y se ve en la difícil y emocionante situación de consolarse a sí misma.

Un libro francamente útil.

 

Este texto fue publicado el 9 de abril de 2022 en The Objective

Leer más
profile avatar
20 de abril de 2022