Escrito por

Félix de Azúa

El poeta Rainer Maria Rilke. CORDON PRESS
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El poeta

 

Rilke ha quedado como el último gran lírico europeo de la edad clásica. Con él empezamos todos los de mi grupo de amigos y con él hemos vivido separaciones, peleas y reconciliaciones

Cuenta Stefan Zweig en sus memorias (El mundo de ayer, Acantilado) cómo estalló en él la pasión literaria cuando, tras concluir el bachillerato vienés, pudo establecerse unos meses en París con la excusa de estudiar para una tesis doctoral. El primogénito había ya tomado el mando de los negocios, de modo que Stefan, segundón, se hubo de esforzar para conseguir ese doctorado en la disciplina que fuera, pues a sus padres les era indiferente que se doctorara en lógica matemática o en agrimensura. Para su doctorado (aunque aún no tenía ni idea de cuál iba a ser) era necesario cursar un año en la Sorbona, así que sus padres le financiaron una estancia que, en efecto, sería decisiva para su carrera.

Fue allí, en aquella ciudad que aún no había sufrido las dos guerras mundiales, donde mantuvo una amistad efímera, pero intensa, con Rilke. Era todavía una ciudad abarcable en la que artistas, literatos, pensadores y políticos tenían una gran proximidad y se encontraban con frecuencia en cafés, restaurantes y bistrós. A Rilke lo adivinó en una de esas reuniones cuando entró un individuo menudo e insignificante, pero que llevaba consigo el gran fantasma del silencio: toda la tertulia calló repentinamente. Rilke no soportaba el ruido.

Han pasado más de cien años, pero todavía creo yo que el modelo de poeta del siglo XX, sigue siendo Rilke. Algo más tarde aparecerían los poetas anglosajones, Auden, Eliot, Stevens, pero son poetas de otra dinastía, con universos absolutamente separados de los mundos líricos europeos. Por ejemplo, los anglosajones habían admitido plenamente su tecnificación y fueron los primeros en analizar la poesía como un objeto técnico. Digo los primeros, porque no puedo ahora constatar si los rusos empezaron antes, pero es indudable que fue la percepción aguda de Auden, Eliot y otros menos conocidos como William Epson, los que transformaron el estudio de la lírica. Recuerdo al grupo de poetas de los cincuenta, Gil de Biedma, Barral, Ferrater, diseccionando un poema como si fuera una clase de anatomía.

Rilke ha quedado, quizás por esta revolución técnica, como el último gran lírico europeo de la edad clásica. Con él empezamos todos los de mi grupo de amigos y con él hemos vivido separaciones, peleas y reconciliaciones. En la juventud es imposible no sentirse devorado por la fuerza de algunos poemas (Torso arcaico), pero luego entra uno en conflicto con sus poemas simbólicos y modernistas (Nuevos poemas) y lo abandona hasta que, ya entrado en años, regresa a los Sonetos a Orfeo y las Elegías de Duino para no separarse nunca más. Son el último momento de una lírica, la europea, indistinguible de la filosofía.

Porque posiblemente en eso consistía la diferencia fundamental entre la renovación técnica anglosajona y la vieja tradición europea, a saber, la conjunción de poesía y pensamiento de los modernos europeos, no solo en los más grandes, como Hölderlin, sino incluso en poetas menores como Valéry. Y seguramente por eso es ya muy difícil nombrar poetas líricos europeos.

Yo conocí a uno de los últimos, Leopoldo María Panero. Su desorden mental le impidió dar forma sólida a sus poemas, tenía el fuego de Dionisio, pero no la fuerza de Apolo. Aun así, algunos de ellos son como el tramo final en la conjunción de poesía y teoría. Desgraciadamente, en su momento la teoría eran Deleuze, Derrida, Lacan, y eso dio a sus poemas un carácter terminal.

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21 de junio de 2022
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‘Nudos de vida’, el gran Gracq

Era, a mi entender, el mejor prosista de la Francia del siglo XX, aunque quizás también uno de los mejores moralistas del siglo XVIII, y si bien Julien Gracq siempre trabajó de profesor de geografía, su pasión predominante era la geología. Cuando divisaba una colina, no veía, como nosotros, un montón de tierra y piedras cubiertas más o menos de vegetación, sino que percibía las imponentes y ocultas fuerzas que movían miles de toneladas a lo largo de los siglos. Es decir, conocía la vida secreta de las formaciones geológicas, sus debilidades, su destino, su condena. Como un traumatólogo que no ve la perfección craneal de Scarlett Johansson, sino la presión del arco superciliar y el empuje de los pómulos, signos certeros de un pasado mongol.

Tristes íbamos sus lectores desde que murió en 2007 cuando, por milagro, en 2021 aparecieron 29 cuadernos, etiquetados Notules, en la Biblioteca Nacional de Francia. Algunos no se podrán leer hasta 2027 porque contienen severos juicios de Gracq sobre sus contemporáneos, maldita sea, pero otros, los reunidos bajo el título de Noeuds de vie, sí se han podido editar y aquí están en valiosísima traducción de Lluís Maria Todó como Nudos de vida. Gracq, siempre cuidadoso con sus lectores, explica en qué consisten estos “nudos”, lo dice así: “Cuando la Tierra cuente con veinte mil millones de personas y se debata y se hunda como un hombre engullido en la papilla única y sofocante de lo social, deseo tan solo que mis libros sean testimonio de una época en la que todavía había en el planeta algunos intersticios de vida y soledad, espacios de aguas que no eran enteramente aguas gastadas, un poco de aire que todavía no tenía el sabor de los pulmones de nuestro prójimo”.

Eso es exactamente lo que vive en estos fragmentos deliciosos, inteligentes y líricos, testimonios de un hombre que aún camina por senderos boscosos, campiñas abandonadas, marismas sin fuerza, pueblos sin alma monumental, intentando recuperar la vida de la Tierra para un individuo, uno solo, fuera de la “papilla sofocante de lo social”. Y también juicios, frases y comentarios literarios de una especie que ya no existe: los de un escritor que detestaba y escapaba de la vida social literaria, rechazaba los premios y el reconocimiento, llevaba la vida ascética de un solitario provinciano.

Este hombre, que perteneció al Partido Comunista de Francia para combatir en la clandestinidad a los nazis, comentaba al cabo de los años la célebre frase de Marx: “Ya está bien de comprender el mundo: ahora se trata de transformarlo”. Y bien, comenta, eso es lo que hemos hecho en el último siglo y siempre de un modo más acelerado, de tal manera que cada vez comprendemos menos. Y añade algo terrible: “Me parece que el hombre siente una familiaridad mucho mayor con el mundo surgido del Génesis que con el ser y sobre todo el devenir de lo que ha creado él mismo”. O sea, más cerca de Caín y Abel que de la ingeniería genética. Y un solo miedo universal, el terror ante “el estado vampiro”, un “ogro obsceno y terrorífico que se tambalea en medio de un inmenso rebaño de hombres desnudos”.

Los de la editorial Ediciones del Subsuelo han apostado por unos textos magníficos y tremendos de los que escasamente se pueden vender unos cientos de ejemplares, pero por lo menos que no les quepa la menor duda de que es el libro más actual y más útil que conozco. ¡Y, cielo santo, incluso en traducción, qué prosa!

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14 de junio de 2022
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Colaterales

Ha vuelto la selección sectaria de los tiempos de Franco, solo que allí, en donde había que decir lo grande y justo que era el Régimen, ahora debemos manifestar nuestro horror por lo no inclusivo o lo heteropatriarcal

Uno de los efectos más curiosos del eclipse de la individualidad ha sido la politización de absolutamente todo, como si el tronco poderoso de la ideología pudiera sostener nuestra endeble yedra privada, pero no es verdad, ese tronco está podrido y hueco. Nuestra yedra se agarra a la nada y contribuye al vacío. Cuanto más fuerte y sana crezca, mayor será el daño que produzca en aquello que supuestamente la sostiene. Hablen con cualquier jardinero.

Así, por ejemplo, una ley educativa destinada a crear ilusiones en quienes las necesitan conduce al espantajo que se está divulgando por España en los libros de texto. El estudiante no ha de aprender nada, ya lo sabe todo desde el momento en que abraza la moral de la secta, solo ha de obedecer. Y a la inversa, los estudiantes saben que basta con simular una creencia para aprobar. Nos sucedía también a nosotros con la educación franquista. Sabíamos perfectamente qué había que decir con determinados profesores para tener buena nota. Y lo contrario, solo a un loco se le ocurría decir la verdad o dar su opinión sincera ante un esbirro.

Así que ha vuelto la selección sectaria de los tiempos de Franco, solo que allí, en donde había que decir lo grande y justo que era el Régimen, ahora debemos manifestar nuestro horror por lo no inclusivo, lo machista o lo heteropatriarcal. Es lo mismo: en el fondo a nadie le importa demasiado porque saben que no pueden engañar indefinidamente a los estudiantes y que entre ellos se burlan de los profesores del Régimen. Basta con mentir para que te tomen por alguien inteligente.

Lo sorprendente es que esta deriva religiosa (porque se trata de una creencia irracional) coincide con el hundimiento absoluto de las artes y, cómo no, su refugio en la política, que es como decir en la subvención. De modo que si hace unos años estábamos hasta las narices de tanto “¡rebélate!”, “muestra tu rechazo”, o “marca tu diferencia”, aplicado indistintamente a un pantalón o a un producto de galería de arte llamado incluso “obra de arte”, ahora ya ha llegado a su punto de saturación, de manera que sabemos que cuanto se presenta como “rebelde”, “ataque a la sociedad de consumo” y demás eslóganes mercantiles, son ellos los que señalan, justamente, a lo más conservador.

De este modo, los poderes reales consiguen dos objetivos: el primero es que los más débiles crean servir para algo y no se rebelen, ellos que serían los potencialmente más peligrosos. De otra parte, el mercado sigue en manos de quienes controlan las sectas. Ellos, por lo general feroces anticapitalistas, son los que reparten las subvenciones, los (p) jefes del sistema. Porque de eso se trata, de repartir regalos, el maná del Estado, entre la clientela.

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7 de junio de 2022
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Tedio y jolgorio

Oscar Tusquets reedita su testamento 30 años después. Desde entonces, se ha afirmado la posición de los ‘tusquetianos’ y ha desaparecido la llamada “escuela de Barcelona”

Cuando hace 30 años comenzó Oscar Tusquets a decir (o quizás a aullar) que estaba hasta la coronilla del arte de vanguardia y que ya no soportaba más progresismo soporífero, las monjas de la corrección (las de entonces) se horrorizaron y salieron huyendo con las sayas arremangadas con ambas manos como si hubieran visto a un fauno en actitud exigente. En Barcelona dominaba entonces, y aún ahora, una arquitectura mona, simple, rebosante de buenas intenciones, mezquina y de venta fácil, la llamada “escuela de Barcelona”. Era la continuación nunca interrumpida del paralelepípedo de cristal sostenido por pilotis innecesarios y otros inventos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero, claro, para que la caja de cristal y acero tenga grandeza la ha de concebir Mies van der Rohe, y los pilotis son cosa de Le Corbusier, pero no de los discípulos terminales de Gropius casi todos nacidos en el medio rural y muy paisajistas de calendario.

Uno se pregunta por qué provocó semejante indignación una pura expresión de gusto, como decir que a uno le parece más elegante la peineta que la barretina, sobre todo cuando algunos del clan posmoderno, como Michael Graves, habían alcanzado considerable reconocimiento entre las vírgenes sensatas. La inquina contra Oscar seguramente se debía a que no le podían perdonar las dos gigantescas columnas dóricas que abrían, en su casa, sobre un huertecillo florentino. Eso y que hubiese montado la mejor cocina profesional de la ciudad para uso y disfrute personal.

Resumiendo, es un asunto que requiere estudios de antropología aplicada: a Oscar la burguesía barcelonesa de ultraizquierda (la misma de hoy) no le perdonaba que gozara, que se divirtiera con un asunto tan serio como la arquitectura catalana, que eligiera el escándalo en una sociedad levítica que todo lo arreglaba en silencio y pagando. Ha de tenerse en cuenta que la grandeza, esa virtud antigua, tan helénica como medieval, está muy mal vista en la sociedad monjil y burguesa de Barcelona cuyos hitos actuales en materia política son Iceta, Montilla e Illa, claros varones de las marcas.

Pues bien, 30 años más tarde vuelve a editar Tusquets (en Tusquets) su testamento con el título Sin figuración, poca diversión, que ya lo dice todo. Ha pasado el tiempo. Se ha afirmado la posición de los tusquetianos, de los punkis, de los brutalistas, de los deconstructivos, de cualquiera con un poco de ambición y ha desaparecido la escuela de Barcelona. También han desaparecido algunos artículos fenomenales de ediciones anteriores como el de la arquitectura del tacón de aguja, quizás para evitar amostazar a las actuales vestales. El libro entero, prefiera uno las cajas de cristal o las columnas de acanto, sigue siendo inteligente, impertinente, divertido, insostenible e instructivo.

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25 de mayo de 2022
Clase de anatomía de Santiago Ramón y Cajal, situado en el centro, en 1915. ALFONSO
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En el confín

 

Los que han tenido la fortuna de vivir muchos años han habitado dos mundos diferentes. El de la niñez y juventud poca relación tiene con el de la senectud

Cuando Pérez Galdós y también Pío Baroja veían a un anciano sentado en un banco o echando miguitas a las palomas, se acercaban lentamente, pedían permiso y se acomodaban a su lado. Tras un parloteo sobre el tiempo y el calor procedían a hurgar en la memoria del viejo. Tanto Galdós como Baroja acumularon una montaña de información hablando con aquellos personajes acabados, pero que conocían lo que ya nadie recordaba.

Las memorias de los ancianos son del mayor interés. Tomo por anciano al que ha cumplido más de 75 años y se encuentra en buen uso de su cabeza. En esos 75 años el mundo ha dado una vuelta entera a todo lo que antes fue normal, común, habitual y ahora es ya perfectamente desconocido. Los que han tenido la fortuna de vivir tantos años han habitado dos mundos diferentes. El de la niñez y juventud poca relación tiene con el de la senectud. Es un escenario parecido, pero ya nada está en donde solía.

El clásico es el bienhumorado y simpático Memorias de un setentón, de Mesonero Romanos, que empieza en 1808 con el regreso a España del rey felón y sigue hasta casi el cambio de siglo. Es un viaje al pasado remoto en verdad agudo y bien escrito. No obstante, la admirable Biblioteca Castro acaba de editar un volumen de Obras escogidas de Santiago Ramón y Cajal que contiene dos curiosas memorias. Una, titulada Mi infancia y juventud, comienza donde Mesonero termina, en 1901. Está adornado con fotografías que muestran, entre otras cosas, la miseria profunda en la que nació Cajal, una aldehuela navarra llamada Petilla de Aragón. Como su padre, todo el esfuerzo de Cajal fue arrancarse a la pobreza, pero, sobre todo, a la miseria espiritual e intelectual de aquella España en ruinas.

Lo fascinante, sin embargo, es que el volumen incluye también El mundo visto a los ochenta años que se publicó en 1934, el año de su muerte, y que da cuenta del mundo nuevo. ¿Qué había pasado entre 1852 y 1934? Pues que era otro mundo y el desconcierto que muestra Cajal se expresa de una manera casi dramática en una serie de capítulos en los que repasa todas las novedades que ya no puede digerir. Empieza por las ciudades de su juventud, a las que ha regresado y nada queda de ellas: se ha producido la modernización. El lenguaje, al que reprocha la entrada de infinitos galicismos y anglicismos (¡si viera hoy!), pero además hace una lista de neologismos que nos dejan boquiabiertos: constatar, control, avalancha, financiar… Y así más de cuatro páginas. Palabras que para nosotros son de lo más común y aceptado y que a él le sonaban a rayos. Viene luego la moda masculina y femenina, la “locura de la velocidad” y, en fin, todo el conjunto de novedades que al anciano estudioso le parecían pura pérdida de tiempo y en absoluto una mejora de la vida. Hay páginas asombrosas sobre los separatistas catalanes. He aquí a una de las pocas personas que han pensado, trabajado e inventado en España con la alabanza del mundo entero y es instructivo constatar que todos, listos o tontos, caemos en los mismos hoyos en cuanto el mundo gira un poco la dirección del rostro.

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10 de mayo de 2022
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Categoría y miseria

 

Hace unas décadas todo trayecto, antes de llegar a destino, era entretenido por señoras que te vendían bocadillos de atún en las estaciones pueblerinas

Era un tipo enorme, sobre los dos metros y 150 kilos. Recogió con exquisita delicadeza a un perrín blanco y negro que cabría en su mano, pero lo metió en una de esas jaulillas para viajes por entre cuyas aperturas suelen asomar los ojos cohibidos de la animalia. Se le veía al hombre conmovido, como pidiendo perdón, y no dejó de mirar al perro con verdadera compasión mientras arreglaba los papeles en el mostrador.

Luego lo vi sentado en la fila anterior a la mía. Apenas cabía en el espacio asquerosamente estrecho que ha dispuesto Iberia para mantener los sueldos de sus ejecutivos. Le sobraba media pierna, de modo que la azafata tenía que dar un golpe de cadera muy agradable para sortearla. El hombre estaba avergonzado e íntimamente contrito al pensar que quizás su mascota sufría la misma estrechez.

Íbamos como piojos en costura y me admiró la paciencia de los pasajeros y cómo se ayudaban los unos a los otros para poner bultos, mochilas o bolsas en los diminutos maleteros. Cada vez que mi compañero de asiento tenía que mover un brazo se veía en la obligación de pedir disculpas y los dos recomponíamos nuestras posiciones como muñecos mecánicos. Todo lo cual venía después de pasar más de tres cuartos de hora en la cola del check in de Iberia para que nos aceptaran, o no, los paquetes, bultos y mochilas. Un único punto para cientos de viajeros había dispuesto la dirección de Iberia.

El viaje en avión es ya un eficaz acarreo de ganado, la versión posmoderna del invento germano para transportar toneladas de humanos a donde no deberían ir. Yo recordaba aquel soberbio aparato, el Super Constellation de cuatro motores y tres colas, una de las criaturas más bellas producidas por el ingenio humano, y a los antiguos clientes de la aviación civil que parecían recién salidos de una película francesa al bajar la escalerilla con foulards de vivos colores al viento. Ahora éramos lo sobrante, el todo a cien, los que no habíamos podido encontrar en Sevilla un billete de AVE para Madrid. Y no había billete de AVE porque los ejecutivos de Renfe o de Aena, o de lo que sea, se cansan pronto y ya no ponen más vagones ni más trenes cuando consideran que su jornada laboral ha terminado.

Lo peor del viaje es ahora el viaje mismo. Hace unas décadas todo el trayecto, antes de llegar a destino, era entretenido por señoras que te vendían bocadillos de atún en las estaciones pueblerinas. Incluso en los aviones ofrecían unos refrescos con frutos secos un poco rancios, pero pletóricos de buena voluntad. ¿Cómo se ha ido hundiendo el viaje en esta sima oscura? ¿Cuál de las muchas codicias es la que nos ha reducido a la miseria? ¿O serán todas?

Nadie protestó, nadie se quejó, nadie consultó. Era seguro que cualquier reclamación podía provocar hirientes carcajadas. Y al llegar al aeropuerto salimos todos huyendo, algunos de modo atropellado porque no estaban seguros de alcanzar el enlace y corrían demudados y agresivos en busca de cualquier puerta.

Todo esto no se ve en la publicidad, en ella bellas mujeres uniformadas auxilian a atractivas madres con niño y jóvenes enérgicos empujan carritos con sonrientes tullidos. Suerte tenemos de que nuestro ministro de Consumo es comunista. Iberia debe de sugerirle los soñados años de Beria (Lavrenti).

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26 de abril de 2022
ZUMA PRESS
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Consolación

 

«Es difícil explicar la muerte a una sociedad que no quiere ni oír hablar del asunto»

 

No sabía yo que hubiera tal cosa como unas rabinas, encarnaciones femeninas del rabino judío de toda la vida. Al parecer (y esa debe de ser una peculiaridad única en todas las religiones del Libro) hay mujeres ejerciendo esa función desde hace tiempo en el ámbito religioso hebreo. Esta novedad es realmente curiosa y poco conocida, aunque lleva ya muchos años existiendo.

Recuerden ustedes que el Talmud es tajante en este punto: «El lugar de la mujer está en la cocina» (Yoma 66B) y seguramente eso explica por qué las madres judías eran tan excelentes cocineras. Sin embargo, hace unos veinte o treinta años, se ha ido imponiendo lo que Jon Juaristi me indica como «el movimiento reformista», una revolución iniciada por Hermann Cohen, kantiano de renombre, que tuvo gran arraigo en los Estados Unidos. Y ya se sabe que lo que decide el judaísmo americano acaba por imponerse en el mundo entero. Hoy día hay rabinas incluso en España.

Bien es verdad que estas mujeres dedicadas al estudio de la Tora (ese es el significado de «rabino») no ejercen funciones sacerdotales, pero es que no hay sacerdotes en la religión judía desde la destrucción del Templo de Jerusalén en el siglo II de nuestra era. Las sinagogas no son templos, sino lugares de reunión.

Todo lo anterior viene como preámbulo a un documento que me ha parecido digno de atención, se titula Vivir con nuestros muertos (Asteroide) y su autora es Delphine Horvilleur, una rabina que ha ejercido en el mundo entero. Esta interesante mujer francesa de unos cincuenta años se ha especializado en acompañar a los deudos en su dolor. Es decir, que las familias, parientes, amigos o amantes la llaman cuando han perdido a una persona muy querida y le piden que las acompañe en el duelo. Ella les da consuelo gracias a su sabiduría y a una inteligencia evidente en el libro. Junto a ellos recita el kadish, elemento esencial de la liturgia fúnebre judía.

Esto me parece muy curioso porque en la religión judía no hay vida después de la muerte. Ni infierno, ni cielo, ni nada parecido. Hay un viejísimo lugar, la Gehena (Gehinom en hebreo), que a veces se ha pensado como lugar de castigo para los malos, pero sólo creen en ella unas pocas sectas ultraortodoxas. En cuanto al Sheol, lugar a donde van los muertos, no tiene ninguna función de castigo o premio, así que el consuelo se hace difícil. No se puede prometer una vida eterna o por lo menos una segunda vida, pero tampoco un castigo para los malvados.

Delphine explica un buen número de casos en los que ha intervenido, entre ellos el de la matanza de la revista satírica Charlie Hebdo donde fue asesinada una amiga suya, y son todos ellos casos muy distintos e instructivos. Digo «instructivos» porque muchas veces he opinado sobre las dificultades actuales para explicar la muerte a una sociedad que no quiere ni oír hablar del asunto. Lo entiendo y me parece bien dedicarse a las series de la tele y al fútbol, pero quienes tenemos hijos pequeños no podemos derivarlos a esos lugares de entretenimiento desesperado. Algo hay que decirles, porque lo preguntan. Delphine tiene el mismo problema y lo sortea como puede.

En el momento final del relato la rabina acude al cementerio judío de Westhoffen, en Alsacia Lorena, donde se ha producido una profanación. Un grupo de bárbaros neonazis ha destruido tumbas y pintado cruces gamadas. Con este motivo reflexiona Delphine sobre la historia de Caín y Abel, el primer asesinato de la humanidad. Pero lo más emocionante es que descubre, entre las tumbas, la de un viejo pariente al que había olvidado, el tío Edgar, y se ve en la difícil y emocionante situación de consolarse a sí misma.

Un libro francamente útil.

 

Este texto fue publicado el 9 de abril de 2022 en The Objective

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20 de abril de 2022
Rutger Hauer, como el replicante Roy Batty en 'Blade Runner'
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Última

 

Permitan que cite un proverbio francés en el original, y luego lo traduzco: Partir c’est mourir un peu, mourir c’est partir un peu trop. O sea que partir es morir un poco, pero morir es partir demasiado. Bueno, pues no muero, pero sí parto. Me han acompañado a lo largo de muchos años en este rincón humilde y cálido. Hemos conocido épocas buenas, malas y peores. No hemos llegado al extremo de haber visto cosas que nadie podría imaginar: “Naves de combate en llamas en el hombro de Orión, relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser, todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir”. Y no las hemos visto porque no somos Rutger Hauer, que es quien modificó el guion de Blade Runner y añadió este admirable colofón. ¡Ojalá fuéramos Rutger Hauer!, pero sólo somos un minúsculo habitante del planeta Tierra y por mucha importancia que nos demos los humanos cada uno en su casa (no tenemos nada más valioso que nuestra pobre persona), no superamos el valor de una lombriz que horada paciente un agujero en la tierra para depositar su huevo. Bien es verdad que William Blake, que los conocía bien, dijo de los gusanos algo imperecedero: “La lombriz bendice el arado que la parte”. Y así es. Cuando uno es un buen gusano, un gusano educado, un gusano del que sus hijos y nietos se sentirán orgullosos, no puede sino aplaudir el verso de Blake, quien, por otra parte, siempre me ha parecido un pelmazo.

Así que no es cosa de morir todavía, pero sí de partir, aunque no tanto como para dejarles a ustedes huérfanos cada martes de qué bobada se le habrá ocurrido al Azúa este. De modo que a partir del día 26, martes, me encontrarán en otro lugar del periódico que me vio nacer y quizás me verá morir. Espero encontrarles de nuevo dentro de unos días, ¡no se vayan demasiado!

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12 de abril de 2022
Un aula vacía en un colegio público. Kike Taberner
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Ignaros

 

Sean quienes sean los que están pariendo la ley educativa más absurda de todos los tiempos, lo cierto es que la están haciendo a la medida de su entendimiento

La ley de educación que se está forjando en las catacumbas del Gobierno (aunque es improbable que ni un solo alto cargo socialista arroje a sus hijos a semejantes fauces) es un prodigio de transparencia. Un documento tan fiable sobre el alma progresista como lo es la radiografía de un tuberculoso sobre sus pulmones.

Primer punto: los gobernantes que nos someten a sus doctrinas no son educadores. Ellos creen que la educación es un útil que sirve para fabricar súbditos destinados a votar a los partidos llamados “de izquierda”. Ninguna otra actividad mental o física de los niños les interesa más que su futura papeleta. Que vote progresista, aunque sea un tarugo, vienen a decir, dando por supuesto que no hay en ello una temible duplicación.

Segundo punto: no hay un autor, un responsable, un ideólogo que ponga rostro, nombre y explicación a este artículo de ingeniería social. Por lo menos con aquella señora Isabel Celaá, que ahora sabemos que era (y seguirá siendo) millonaria, podíamos identificar un personaje con toda la suerte de desatinos que proponía.

Tercer punto: sean quienes sean los que están pariendo la ley educativa más absurda de todos los tiempos, lo cierto es que la están haciendo a la medida de su entendimiento. Así, por ejemplo, la supresión de los suspensos debe de ser algo que llevan sobre la conciencia desde que pisaron su primer colegio. Saben que la ocultación del fracaso, disimularlo o mentir sobre el mismo, conduce al éxito en España. Lo que ya le ha sucedido a mucho alto cargo actual. Todo lo cual explica que los socialistas pudientes envíen a sus hijos a colegios privados, preferentemente extranjeros, sobre todo en sociedades tan sectarias como Cataluña. Que los pobres sean ignorantes está sancionado por la ley de Dios, pero que también lo sea el hijo de un ministro, eso es algo intolerable.

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5 de abril de 2022
Serguei Prokófiev
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Ópera infernal

 

‘El ángel de fuego’, obra nunca estrenada en vida de Prokófiev, vive un éxito apoteósico en el Teatro Real

¿Qué huracán despeinaría la cabeza de Prokófiev cuando en 1919 compuso El ángel de fuego? Tenía 28 años, sufría Rusia la revolución leninista, pero lo que impera en esta ópera es la represión sexual. De hecho, aunque varios críticos la vinculan con los ensayos de Freud sobre la histeria, a mí me recuerda con mayor precisión los trabajos previos de Charcot con las enfermas mentales del hospital de La Salpétrière, tan distintos al racionalismo del vienés

La heroína, Renata, es un personaje durísimo para cualquier soprano: está viva en escena a lo largo de más de dos horas para contar que de niña vivió en la alucinada compañía del ángel Madiel, con quien jugaba a las muñecas, pero cuando llegó a la madurez sexual la adolescente le exigió al ángel su concurso carnal. El ángel huyó espantado y desde entonces Renata lo busca incansable entre los humanos, presa de un hambre sexual que la llevará por las trampas del ocultismo, la brujería, la magia negra y los demonios posesivos, para acabar en un convento donde será sometida a exorcismo. La ópera nunca se estrenó en vida del compositor.

Es indudable que el mundo que sugiere el libreto (sobre una novela de Bruisov) tiene su lugar más apropiado en el siglo XVI y menos en 1950, que es el momento elegido por Calixto Bieito para su puesta en escena. Sin embargo, dado que las alucinaciones de Renata nunca se ven, sólo se expresan en la endemoniada partitura, son atemporales y obedecen a la enfermedad mental de la heroína.

No obstante, el protagonista de la ópera es la orquesta, dirigida con talento excepcional por Gustavo Gimeno. Y lo más sorprendente es que Bieito, capaz de poner en escena La Pasión según San Mateo en tanga, reduce eficazmente las alucinaciones sexuales de Renata con sobriedad y elegancia. Un prodigio. Éxito apoteósico del Teatro Real de Madrid.

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29 de marzo de 2022