Escrito por

Félix de Azúa

Rainer María Rilke, en una imagen sin datar.
RIGHTS MANAGED (MARY EVANS P.L. / CORDON PRESS)

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El penúltimo

 

En ‘Elegías de Duino’ Rainer María Rilke se plantea la tarea sobrehumana de abandonar el nihilismo, de recuperar la alabanza, el homenaje, la celebración de la vida y la muerte

Nuestras autoridades educativas han decidido eliminar la Filosofía de los estudios para niños y jóvenes. Con ello no hacen sino seguir la corriente masiva que ha eliminado el pensamiento crítico de la vida intelectual, excepto en aquellas materias y lugares en donde la teoría puede servir para algo práctico y monetarizable, es decir, disponible para el poder técnico.

La desaparición de la Filosofía puede servir para que los mentores más inclinados a una educación profunda y perdurable de sus pupilos elijan la poesía como medio de plantear los problemas que siempre han acosado al pensamiento occidental. Así, por ejemplo, concibo perfectamente un curso de Filosofía a partir del prólogo que Andreu Jaume ha escrito para su traducción de Elegías de Duino de Rilke (Lumen). En esas densas páginas ha glosado la tarea del pensamiento occidental durante dos mil años. Leerlas y comentarlas con alumnos comprometidos puede ser algo realmente notable.

La filosofía occidental nació, como todo el mundo sabe, en Grecia y con el fin de domeñar la bestia devoradora de la conciencia de la muerte y el acabamiento. A diferencia de otras culturas, la nuestra está edificada sobre una convicción muy clara y aguda de que hemos de morir, somos mortales, efímeros e intrascendentes. Desde Parménides y Platón el pensamiento buscó cómo fundar el mundo, el universo, las cosas y nosotros mismos sobre algo duradero. Aquello que merecería la pena de ser pensado era lo que no podía desaparecer en unas pocas estaciones. Y, por lo tanto, el ser, lo que es, lo que las cosas no son era el núcleo de la filosofía.

Esta inspección fue perdiendo fuerza a partir del renacimiento hasta llegar totalmente desarbolada a la revolución burguesa. A partir de ese momento fue tomando cada vez más fuerza el nihilismo hasta convertirse en la única ideología aceptada por los distintos poderes del Estado. Nosotros nos hemos habituado a que el Estado sea la máquina que dispensa justicia de vida y aunque se ponga diferentes disfraces (opulentos, misérrimos, técnicos, benéficos o criminales) lo cierto es que no ofrece ningún proyecto, esperanza o visión que vaya más allá de nuestra vida consumida en un trabajo útil para el poder inmediato y una muerte que se oculta en lugares destinados al disimulo.

Quedó sin embargo un rincón inasequible a la destrucción y ese rincón se puede llamar “lírica”, “poesía” o “arte supremo de la palabra”. El último o penúltimo de esa especie, cada día más extinguida, fue Rainer María Rilke. Y su obra final es un monumento llamado Elegías de Duino. Esa obra enorme es la que ha traducido Andreu Jaume de un modo ejemplar, y le ha añadido un conjunto de documentos de especial interés, como cartas o poemas relacionados con la obra, más los comentarios del autor, muchos de ellos inéditos en español.

En estos 10 poemas finales del poeta se plantea la tarea sobrehumana de abandonar el nihilismo, de recuperar la alabanza, el homenaje, la celebración de la vida y de su hermana inmutable, la muerte. Es decir, de integrar la mortalidad como elemento de cimentación y afirmación de la grandeza del mundo que los humanos podemos ensalzar mediante la palabra. Porque este es el poema final de la gloria de la palabra y de la condición lingüística de los mortales. Luego vendrá nuestro tiempo y el dominio de la imagen.

Por supuesto la edición es bilingüe, pero la potencia de los poemas, como en los de Hölderlin, va más allá de la lengua alemana. Inmenso poema, traducción ejemplar para nosotros, pensada para nosotros. Edición perdurable y por lo tanto verdadera.

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7 de febrero de 2023
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Buena suerte, amigo

Manuel Borja-Villel ha expuesto en el Reina Sofía las ruinas de la revolución del siglo XX bajo la forma del espectáculo político del siglo XXI

 

Nosotros vivimos entre las ruinas de lo que fue una revolución fabulosa, la de las vanguardias del siglo XX. De un modo volcánico, los comienzos de aquella sublevación tuvieron el coraje y la imaginación en llamas del Romanticismo, pero al mismo tiempo llevaban ya el germen destructivo que acabaría devorándolas a ellas mismas.

En un reciente trabajo, Manuel Barrios Casares cuenta la historia de un texto fundacional, el de Hugo Ball, Nietzsche en Basilea (El Paseo). En su breve existencia, Ball, modelo de espíritu combativo y fundador del dadaísmo (aunque pronto se desprendió del mismo), nos muestra el modo en que las enseñanzas de Nietzsche encendieron la mecha de la revolución artística a comienzos del siglo XX. Junto a ese texto se incluye otro ensayo de Ball, ‘Kandinsky’, que también es un buen ejemplo del cóctel molotov que se estaba cociendo con dos elementos químicos sumamente rabiosos, la enseñanza de Nietzsche y el fin de lo divino.

En aquellos momentos iniciales de “la muerte de Dios” nietzscheana se produjo un cataclismo entre las gentes más dotadas para lo espiritual y en consecuencia más doloridas por el ocaso de los dioses. Habituarse a pensar el cosmos como un colosal desierto en el que sólo los humanos tenían la espada de una conciencia clavada en el alma fue tan traumático que resistió dos guerras mundiales y llegó (ya exhausto) hasta nuestros días.

Ahora ya ni siquiera produce agobios cavilar sobre la soledad de los mortales y la cada vez más asumida trivialidad de nuestras vidas destinadas a la nada eterna. No obstante, los comienzos fueron trágicos y al tiempo gloriosos. La muerte absoluta se inició como un jolgorio, un invento, una novedad, una revolución fantástica de formas, colores, sonidos y danzas. Como quería Nietzsche, durante unos años los humanos bailaron sobre sus tumbas.

Nosotros, por desdicha, ya nos hemos ahormado al nihilismo y convivimos con él como con las majaderías que vuelan a la manera de papeles sucios por las televisiones y medios digitales movidos por el viento de la destrucción mental.

Aprovecho este asunto para saludar a un viejo amigo, Manuel Borja-Villel. Nos conocimos hace medio siglo cuando se hizo cargo del museo de Barcelona y tuvimos largas pláticas sobre el futuro de las artes. Ahora ha terminado su tarea en Madrid y sólo él sabe dónde se dirigirá. Su labor en el Reina Sofía ha sido una constatación de lo que vengo diciendo. Ha expuesto las ruinas de la revolución del siglo XX bajo la forma del espectáculo político del siglo XXI. Lo ha hecho bien. Nadie que entienda algo sobre arte, seriamente, ha dejado de percatarse de que hoy sigue llamándose “arte” a un escaparate de agitación y propaganda para lo políticamente correcto.

Ese era el destino de la vanguardia y su cumplimiento es tan interesante como el acabamiento de todo lo que el Romanticismo nos ha dejado en forma de ciudad arrasada.

Cuando aún era Manolo Borja, mi amigo ya sabía que ese era el camino del final del arte, del “arte después de la muerte del arte”, como lo bautizó Arthur Danto. En ese sentido, ha sido un intelectual honesto y ha dejado un ejemplo tan perfecto de acabamiento como el que Hugo Ball dejó como modelo del origen. De la juerga con champagne en el Cabaret Voltaire de Zúrich, a la gélida aula de los catequistas.

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24 de enero de 2023
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Tienes una carta

 

La obra de Proust es tan descomunal que no deja espacio para su autor, el cual se empequeñece hasta tomar el tamaño de un ratón. Lo mismo decía Kafka sobre sí mismo, que siempre menguaba porque quería pasar inadvertido. De modo que la persona de Proust, del ciudadano, quedó en segundo término durante muchos años. Yo diría que hasta los dos volúmenes de la biografía de Painter que publicó el Mercure de France en los años sesenta, nadie había tomado en serio al personaje. Ahora es lo contrario, hay tal cantidad de estudios biográficos sobre Proust que puede resultar abrumador. Mi favorito, de todos modos, es Proust’s way, de Roger Shattuck, que tiene ya más de veinte años.

Tampoco él mismo se tomaba demasiado en serio como ciudadano. En la primera mitad de su vida se convirtió en testigo de sí mismo, o quizás en detective en sentido baudeleriano, como husmeador de los hogares burgueses de París, más algunos nobles, aunque no muy nobles. Su sociedad le tenía por un petimetre sin sustancia, un esnob sin el menor fluido vital o intelectual, un adorador de condesas y halagador de celebridades como Anna de Noailles.

De ahí esas fotografías que aún hoy nos horripilan, como una en la que figura arrodillado a los pies de un banco con una raqueta de tenis, simulando que toca la guitarra ante unas muchachas en flor. Era justo el tipo de carácter que él quería dar a conocer y tras el que se escondía. Hasta muchos años más tarde nadie supo que en aquellas ridículas exposiciones públicas estaba recogiendo datos, documentos, imágenes, caracteres, que luego irían haciendo crecer La Recherche.

Porque ese es el contenido del tiempo perdido, el de los miles de horas que quemó en su frívola juventud usando palabras huecas y gestos estúpidos con gente sin el menor interés y que además le despreciaba. No obstante, él sabía que ese material llegaría un momento en que cristalizaría o cuajaría en una materia distinta y portentosa: la vida de todo el mundo. Algo así como la Ilíada y la Odisea de cualquiera.

Para escribir ese monumento colosal llegó un día en que decidió encerrarse en una habitación forrada de corcho y comenzar a transformar milagrosa, divinamente, toda la basura social en una construcción grandiosa que redimiera nuestra insignificancia. Así, aquel hombrecillo ridículo se convirtió en un dios creador, uno de los mayores artistas que ha conocido el mundo y sólo comparable a los máximos, a Sófocles, a Shakespeare, a Cervantes, a los inmensos inventores de la condición humana.

Escondido siempre detrás de un disfraz de estúpido social, más tarde encerrado en la habitación insonora, parapetado durante toda su vida tras una enfermedad obsesiva y neurótica que le permitía saltarse todas las leyes y reglas de la educación burguesa, es muy difícil llegar hasta el Proust real, al auténtico, el de carne y hueso. Pero hay un camino desviado, un recurso, que es su correspondencia. Como buen escriba compulsivo, se conservan más de 8.000 cartas de Proust. Tarea inmensa y singular ha sido la de Estela Ocampo, la cual ha recorrido ese océano epistolar un par de veces y ahora nos ofrece una selección perfecta en 180 estampas y muy buena traducción de José Ramón Monreal (Acantilado). He aquí el camino subterráneo, que no es el de Swann ni el de Guermantes, y que permite palpar la piel, sin duda fría y sudorosa, de nuestro escritor favorito.

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10 de enero de 2023

José Ortega y Gasset, en la Ciudad Universitaria de Madrid en 1934.

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Tres ortegas

 

Para hablar seriamente sobre los toros hay que separarse lo más posible del ruido político, del jolgorio popular, de la plaza incluso, y ponerse a pensar un poco con los codos sobre la mesa

Parecida a la paloma común, la ortega es un ave algo más robusta, que anida en tierra y ama los pedregales. Pero las ortegas que traigo hoy a este lugar pertenecen a otra especie. También vuelan, pero en un espacio superior. Y aquí las une una actividad humana de lo más infrecuente, la tauromaquia.

El primer vuelo le pertenece a Rafael Sánchez Ferlosio, quien le escribió al torero Rafael Ortega Un as de espadas, que es como tituló el artículo dedicado al matador y recogido en Interludio taurino (El Paseo). Es uno de los mejores artículos jamás escritos sobre el toreo y todos los demás del libro demuestran hasta qué punto un gran escritor es inconfundible y lo que ahora abunda es modesta calderilla.

El abuso político de la tauromaquia ha trivializado un asunto que merece las mejores cabezas y la más elevada prosa. Como esta (Rafael Ortega): “Componía una figura tocada por esa luz dinámica en que la piedra puede volverse liviana como la tela y la tela puede cobrar peso de piedra: la luz inconfundible del barroco”. Ferlosio comparaba la unidad de toro y torero con el Laocoonte. Ya lo había anunciado cuando escribió: “La verónica de Rafael Ortega era a la verónica de Curro Romero lo que la escultura de Bernini a la de Donatello”.

A pesar de su trivialización política, el arte del toreo sigue siendo una de las bellas artes, pero no todo el mundo puede apreciarlo. Ferlosio también tuvo sus furias antitaurinas, pero nunca trivializó. Hace falta mucha inteligencia para juzgar un arte. Pues eso es lo que tenía y aún le sobraba a José Ortega y Gasset, mi segunda ortega, para levantar el vuelo en los admirables artículos recogidos como La caza y los toros (Renacimiento), reeditados ahora por la escasez de las ediciones anteriores. También mi segunda ortega distingue entre el espectáculo (o la fiesta) y el arte. Dice: “De lo que pasa entre toro y torero solo se entiende fácilmente la cogida. Todo lo demás es de arcana y sutilísima geometría o cinemática”. Pasa luego a hablar del toro primigenio (el uro) para explicar el milagro de que aún queden toros bravos en un rincón del mundo. De este animal originario, cuando ya se había extinguido, se conservaba una pieza viva guardada en su parque de Berlín por el rey de Prusia. Y fue Leibniz quien le recomendó que lo hiciera retratar antes de su pérdida. Eso era en 1712, pero el insaciable instinto cognitivo de Ortega acabó conduciéndole a la única figura conocida de aquel uro, editada por Hilzheimer en 1950. Y, efectivamente, tiene un inconfundible aire español, por así decirlo.

No busque usted, sin embargo, la lámina del uro en la edición de las obras completas. Asombrosamente, no viene. Solo la encontrará en la antigua edición de Austral, si aún quedan ejemplares en los vendedores de viejo.

Algún espabilado me estará diciendo: “Pero eso son dos ortegas, ¿y la tercera?”. Pues la tercera es Domingo Ortega, sin relación alguna ni con Rafael ni con José. Fue el dignísimo autor de un libro emblemático, El arte del toreo, publicado por Revista de Occidente en 1950, y que vino adornado con el artículo de Ortega y Gasset Enviando a Domingo Ortega el retrato del primer toro, a modo de epílogo. Con lo que cierro el vuelo de las ortegas.

He aquí que para hablar seriamente sobre los toros hay que separarse lo más posible del ruido político, del jolgorio popular, de la plaza incluso, y ponerse a pensar un poco con los codos sobre la mesa.

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27 de diciembre de 2022
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Hermano lobo

La antipatía que crean los animalistas obedece a que se presentan como defensores de los animales, cuando se mueven más por el sectarismo político que por el afecto

No tengo idea de cuándo comenzó nuestra historia común con los animales domésticos más familiares, como los perros. Al parecer, el lugar más antiguo donde compartieron su vida con los humanos fue Asia, quizás Siberia. Ya llegado el Neolítico, cuando comenzamos a trabajar las primeras utilidades agrícolas y sus granjas, nos siguieron a Oriente Medio. De esto hará más o menos 12.000 años. Desde entonces, y para mejorar su rendimiento en las diversas tareas que se les exigían, fueron creándose por hibridación distintas razas que llegan a las 350, según la Federación Cinológica Internacional.

Todos los perros, al parecer, descienden del lobo y no es difícil imaginar a aquellas fieras hambrientas en los rigurosos inviernos nórdicos arrimándose cada vez más a los poblados de cazadores para robarles alguna piltrafa, hasta que, poco a poco, fueron adoptando una conducta pacífica. Pudo ser un proceso muy lento o, como habrán observado quienes han convivido con estos animales, repentino, si fueron ellos los que decidieron adoptar a los humanos. No es raro encontrar a un animal abandonado, perro o gato, temiblemente fiero e intratable, hasta que, de golpe, mediante una decisión enigmática, te mira de modo incisivo y se deja coger, cuidar y adoptar.

Nuestro trato con animales domésticos es más antiguo que las cuevas paleolíticas y aunque hay gente de mala entraña que los maltrata, la mayoría hemos aprendido (¡de los animales!) a llevar una vida en común tan agradable para unos como para otros. La mejor prueba de ello es la abundante literatura sobre animales domésticos y las tantas veces emocionantes historias de su fidelidad e ingenio. La última publicación que conozco es una traducción de Zoológico privado (Firmamento), donde Théophile Gautier cuenta un puñado de historias sobre gatos, perros, pájaros, camaleones, lagartijas y caballos que convivieron con el poeta. Hay incluso una estupenda escena en un hostal de Sanlúcar de Barrameda donde aparecieron los camaleones. Es una lectura perfecta para niños, los cuales, creo yo, se encuentran en el inicio de la domesticación de los lobos. De cachorro a cachorro, quiero decir, hasta ser inseparables.

Esta es la razón por la que las leyes que los animalistas quieren llevar a los tribunales están severamente equivocadas. La reacción contraria que han encontrado estos proyectos puede parecer que obedece a la protesta de algunos grupos que aún mantienen una actividad económica con los perros, en tanto que cazadores, por ejemplo. Me parece un error. Yo creo que la antipatía que crean los animalistas obedece a que se presentan como defensores de los animales, cuando en realidad sus motivaciones son puramente ideológicas y muchas veces movidas por el sectarismo político más que por el afecto. Lo cual lleva a la aberrante situación de que incitan a la reproducción de los lobos, pero les son indiferentes las ovejas, los terneros o las vacas cruelmente muertas por los depredadores.

Todos hemos conocido personajes de escasa inteligencia que han maltratado a sus pobres bestias. Merecen una corrección, sin duda, porque seguramente son igual de brutos con sus propios hijos, pero eso no justifica la judicialización generalizada. Son los animales, ellos mismos, los que no lo merecen, y los que, si pudieran, se rebelarían por ser degradados a meras víctimas.

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13 de diciembre de 2022
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¿Cómo empezó?

Aquellos a quienes interesa la literatura española tienen una deuda impagable con Francisco Rico

Aquellos a quienes interesa la literatura española tienen una deuda impagable con Francisco Rico. Director de incontables manuales, autor de un sinnúmero de ensayos y artículos, escritor de talento y editor de algunos de los mejores clásicos españoles (entre otros muchos la edición canónica de Don Quijote), su contribución al conocimiento y difusión de las letras españolas no tiene parangón entre los sabios vivos.

Su última producción editorial plantea una interesante paradoja. Ha recogido ensayos publicados entre 1969 y 1993 con el sugestivo título de El primer siglo de la literatura española (Taurus). Es obra juvenil y de apertura, revisada en el momento de cierre no porque se nos vaya a marchar en busca de pastos más tiernos, sino porque su trayectoria está cumplida con creces.

¿Y qué siglo es ese? Pues depende. Se han conservado canciones populares desde el siglo XI, lo cual indica una tradición oral muy anterior. Estas canciones, como tantos poemillas que han llegado hasta nosotros, son de indudable influencia francesa. También las antiguas gestas castellanas del siglo XI nacen por estímulo de la Chanson de Roland. Una obra tan tardía como La disputa del alma y del cuerpo (1201) no es sino la versión al castellano del poema francés Un samedi par nuit. Es la fabulosa herencia de los monjes de Cluny que penetra como una lengua de fuego civilizatorio hacia Santiago.

Incluso el gran poema de Rodrigo Díaz, el Campeador, forma genealogía con los cantares de gesta franceses, tal y como los imaginaba Alfonso X en una línea que va de los caudillos romanos al rey Arturo, a Carlomagno y, finalmente, al Cid. Es decir que la literatura española nace “como una colonia de la literatura francesa”, gracias a los juglares y a los trovadores provenzales. Con ellos aparece esa función que hoy llamamos literaria y que antes no existía (p.38). En aquellos años la diferencia entre algo francés, italiano, español o flamenco no tenía la cortante separación actual.

Todo comienza cuando se desintegra el califato y aparecen los primeros núcleos urbanos, cuando se generaliza el uso del dinero a partir del siglo XII, cuando se constituyen las sedes catedralicias y los grandes monasterios. Es decir que la literatura aparece cuando se está desarrollando una nueva forma de vida sin la cual no habría podido nacer. Lo que llamamos “literatura” no es sino el reflejo de un mundo nuevo, auroral y escrito que se da a conocer.

Es emocionante constatar que la escritura, cuando surge, lo hace imitando a la vieja y prestigiosa oralidad. Así, cuando Berceo escribe aquellos preciosos versos: “Los días non son grandes / anochezrá privado: / escrivir en tiniebra es un mester pesado”, está recordando una chanson de juglar (pres est de vespre / et je suis moult lassé), una imitación que nos trae a la memoria la similitud de los pantocrátores románicos, tan iguales en Burgos como en Sicilia. La singularidad, la originalidad, la propiedad de las ideas, no aparecerán hasta el siglo XV, ni se legalizarán hasta el XVIII. Antes de eso, el mundo del espíritu es internacional y libre. La copia o el plagio no está penado sino todo lo contrario.

Hay mucho más en este admirable ensayo de Francisco Rico, un libro del origen recobrado en su conclusión que, como el autor, en el final recobra su principio.

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29 de noviembre de 2022
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¿De qué se trata?

Liturgia de los días’, de José Antonio Martínez Climent, comunica esa única y sacra luz de la rutina mínima, insignificante, hasta hacer ver que esa es la significación de toda una vida

Me pareció que iba caminando por un secarral de los que van hincando pinchos en los calcetines y de repente, tras unos arbustos, me encontré con un jardín frondoso y poblado. Esa fue la impresión que me produjo Liturgia de los días, de José Antonio Martínez Climent (KRK ediciones). He aquí, por fin, una novela sin personajes, sin argumento, sin historia, sin caracteres, sin moralina, con un narrador omnímodo y la pura literatura como esencia de la narración.

Una liturgia es una ceremonia religiosa y el libro responde a su título: se trata de hacer comprensible el paso de los días. En cada página pone Climent, bajo un potente foco, lo que tiene ante los ojos: pueden ser gotas de lluvia, pueden ser estorninos, pueden ser chopos, viejos chopos que bordean el Pisuerga. No importa lo que caiga ese día ante los ojos del narrador para que de inmediato se proceda a la liturgia. Puede ser, incluso, una visita a la taberna del pueblo, en donde se oyen las voces de los aldeanos, se celebran sus gestos mínimos, se les da una iluminación en verdad religiosa. Así nos seduce la liturgia.

Porque sin duda que hay religión, pero de la otra, no de las que conocemos: una religión propia y personal que considera sagrada su experiencia. El milagro es que logre comunicarnos esa única, excepcional y sacra luz de la rutina mínima, insignificante, hasta hacernos ver que esa es la significación de toda una vida. Un milagro sin duda y que lleva consigo algo inesperado: la divinidad de esas experiencias no es un dios de los ya sabidos, sino una divinidad sin nombre, desconocida y, sin embargo, siempre presente cuando se la ve contra su enemigo, como recortada sobre el formidable torso de la maldad.

La maldad, ya lo sabíamos, es el proceso de estatización que se ha desarrollado en los últimos siglos de un modo impetuoso hasta abarcar todas nuestras actividades y pensamientos. El Estado ha ido creciendo, a partir de la Ilustración, hasta convertirse en el monstruo que ahora nos domina, nos devora, nos explota y nos desprecia. Climent consigue mirar el mundo a través de las grietas de ese coloso y nos muestra cómo puede ser el mundo antes, fuera o liberado del Estado. Todo lo cual se obra sin el menor gesto de moralidad, de partidismo, de pedagogía. Solo se muestra, se enseña, se representa.

El libro lleva como subtítulo Un breviario de Castilla y, en efecto, es un breviario como aquellos que llevaban encima los curas, un agradable tomito que cabe en una mano y que los artesanos de KRK han inventado, quizás sin quererlo. Lo de Castilla, en cambio, es engañoso porque aparecen otras regiones, sobre todo de Levante. Así, algunas zonas de Castellón y Alicante, por ejemplo, pero, entonces, ¿qué Castilla es esa? Pues la de la liturgia, es decir, cualquier lugar en donde sea posible ver, oír o gustar el mundo fuera del Estado, esa es una posible Castilla.

Deja muy claro Climent a quienes considera sus antepasados, y son Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Benet y Jiménez Lozano, los más citados. De distintos lugares, no menos castellanos, vienen Ernst Jünger, Heidegger y algún otro que no puedo recordar. Todos ellos emboscados (en el sentido de Jünger) y todos armados con una prosa literaria que construye mundos, no verosímiles, sino verdaderos, es decir, litúrgicos.

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15 de noviembre de 2022
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Aquellos caballeros

Las clases dirigentes británicas, que son plebeyas, han heredado la capacidad de hacer el ridículo de sus antecesores aristocráticos

Los últimos sucesos en la Gran Bretaña extra europea están conmoviendo antiguas convicciones. Muchos teníamos a los ingleses por un modelo de racionalidad y comportamiento, pero más aún como personalidades a las que no asustaba la originalidad. En resumidas cuentas, como individuos que aceptaban su individualidad y era muy difícil que les afectara la infección colectiva e identitaria. Eran chovinistas, claro, imperialistas, sin duda, pero daban ejemplo de cómo comportarse cuando uno tiene esos defectos y no quiere hacer el ridículo.

La ironía con la que se trataban a sí mismos y a sus manías eran un escudo protector francamente envidiable para un país, el nuestro, que en estas cuestiones de nacionalidad y privilegios muestra el rostro más agropecuario. De ahí que nos gustara tanto la literatura autoparódica de los ingleses, la de Evelyn Waugh o la de P. G. Wodehouse, aunque ese distanciamiento estaba también presente en literatos de fuste como Dickens, James o Conrad y en artistas del cine como los Monty Python. En ellos aprendimos que el único modo de no hacer el payaso con las cuestiones nacionales era tomárselas con mucha distancia y sarcasmo.

Sin embargo, tardamos un poco más en percatarnos de que esas virtudes de la ironía y el sarcasmo no eran las propias de la aristocracia británica, sino más bien algo característico de los plebeyos. Fueron las clases medias y bajas las que se burlaron seriamente de las clases dirigentes desde Shakespeare, cuyos bufones tienen esa retranca popular y socarrona que siempre nos sedujo.

Voy a proponer un ejemplo a modo de prueba del nueve. Lo tomo de Pierre Assouline, cuyo trabajo sobre el retrato (Le portrait, ignoro si hay traducción), lo incluye como rasgo memorable de la personalidad del retratado. Cuenta que a los invitados a la enorme (y horrenda) mansión, la célebre Waddesdon Manor, de los Rothschild ingleses, cada mañana, tras correr las cortinas, el valet preguntaba:

-¿Té, café, chocolate, señor?

-Té, por favor.

-¿Aslam, Souchong, Ceylan, señor?

-Ceylan, por favor.

-¿Leche, crema, limón, señor?

-Leche, por supuesto.

-¿Jersey, Hereford, Montbéliarde, señor?

Podría ser una escena de Pickwik, pero debe subrayarse algo menos conocido. Los Rothschild eran, como todos sabemos, una extensa familia judía sin la menor relación con las clases dominantes, las cuales sólo se permitían el contacto con ellos cuando necesitaban un préstamo. La rama inglesa en particular carecía de cualquier refinamiento y sus gustos eran más bien de clase baja, como se vio hace unos años en ocasión de la subasta del amueblamiento interior del manor, comprado en su mayor parte por los árabes.

Los Rothschild tenían tanto poder que podían permitirse despreciar a aquellos pretenciosos lores y baronets que hacían ascos cuando veían a un judío. De manera que la escena podría muy bien ser una burla sarcástica, inventada por los propios Rothschild. Las actuales clases dirigentes británicas, que son claramente plebeyas, han heredado, sin embargo, la capacidad de hacer el ridículo de sus antecesores aristocráticos.

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1 de noviembre de 2022
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No todo tiempo pasado

 

Los monumentos en la antigua Roma se elevaban como desafío al tiempo, de modo que estaba prohibido repararlos o restaurarlos, pero los renacentistas italianos rompieron esa consideración de la temporalidad y dieron a las ruinas una vida perdurable

Contaba Albert Speer a sus amigos que cuando Hitler examinaba los planos de sus obras colosales, siempre exigía más volumen, más infraestructura metálica, más poderío. Speer se desesperaba, hasta que un día Hitler le expuso su plan: “Lo que yo quiero [dijo el infame] es que cuando dentro de miles de años estos edificios se hayan convertido en ruinas, tengan la misma grandeza de las antiguas ruinas romanas”. Speer idealizó la escena en sus memorias poniéndose como protagonista, mediante una acuarela con ruinas hitlerianas que, dice, agradaron mucho al monstruo.

Tiene la ruina, como objeto de culto, una doble imagen. No debemos olvidar que las palabras “ruina” y “ruin” son familia, pero si la segunda significa “vil, bajo y despreciable” (RAE), la primera sufrió una mutación en el Renacimiento italiano que la convirtió en símbolo sublime, un significado que no recoge el diccionario de la RAE. De tener un sentido peyorativo como amontonamiento de cascotes y pedruscos, pasó a significar la memoria de una Edad de Oro.

Como cuenta con talento y buen estilo Manuel Gregorio González (Las ruinas. Una historia cultural, Athenaica, 2022), esa transformación se llevó a cabo en los siglos XIV y XV por obra de los primeros humanistas, y provocó una revolución gigantesca, no por las ruinas mismas, sino porque inauguraba una nueva concepción del tiempo. En el momento en que aquellos restos lanzaban la imaginación hacia tiempos más grandiosos, dignos y elevados, se escindía la temporalidad en lo que comenzó a llamarse “edad oscura” como opuesta al “Renacimiento”. La oscuridad se debía justamente a la ausencia de luces que se atribuía a la Edad Media y lo que renacía era la razón, la armonía, el orden constructivo, el espacio perspectivo, la luz. La vida de la humanidad quedaba quebrada en dos gigantescos ciclos, el del cristianismo y el de un nuevo clasicismo.

Es sorprendente ese rescate de las ruinas como objetos simbólicos (que llega hasta Hitler) en una época como la nuestra, cuando no hay ni puede haber ruinas. Las que ahora dejamos son como los restos de la ciudad de Dresde, arrasada por el bombardeo aliado, vista desde la altura del Ayuntamiento. Las contempla una turbadora estatua de la Bondad, en una fotografía de Richard Peter tomada en 1945. Es una de las imágenes de entre otras muchas que figuran en este libro admirable.

La paradoja mayor es que en Roma, los monumentos (palabra que significa “momentos”) se elevaban como desafío al tiempo, de modo que estaba prohibido repararlos o restaurarlos. Aquellas familias que construían algo en memoria de sus hazañas debían gastar mucho dinero para que duraran lo más posible. Se dice que algunas noches acudían sirvientes a escondidas para arreglar los desperfectos. Los renacentistas italianos rompieron esa primera consideración de la temporalidad y dieron a las ruinas una vida perdurable que ha subsistido hasta hoy. Bien es verdad que con cambios substanciales: no tienen nada que ver la idea romántica de las ruinas y la renacentista.

Cavilemos, con Manuel Gregorio González, esos cambios y qué sentido tiene vivir en una época en la que las ruinas ya no son posibles más que en su sentido más destructivo.

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19 de octubre de 2022
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Novela histórica; o sea, de las que hacen historia

 

Lo primero que causa asombro en el último libro de Andrés Trapiello (Madrid 1945, ed. Destino) es la minuciosidad del detalle. Sugiere un trabajo de investigación y documentación ingente. Por decirlo de otro modo, lo primero que admira en este libro es la tarea descomunal que se le adivina.

El asunto en sí mismo es sencillo: un crimen, el último, que llevaron a cabo los guerrilleros comunistas que del maquis francés pasaron a constituir una milicia armada en Madrid. Un puñado de estos militantes perpetraron un asalto absurdo e inútil en febrero de 1945 a la subdelegación de Falange en Cuatro Caminos. El resultado, dos muertos, personajes insignificantes, tan pobres como la mayoría de los españoles de entonces y totalmente desconocidos por sus asesinos.

Ese no es, en realidad, el tema del libro, sino más bien la vida de los desamparados y de las clases medias empobrecidas por la guerra, en aquel Madrid de 1945. Y su complemento, la inconcebible burocracia estalinista que está ya organizada como una cadena asfixiante que desde Francia (y menos desde México) va dando órdenes a los desgraciados agentes madrileños sin tener ni idea de cómo son las cosas en la España de Franco. La sumisa obediencia de aquella gente, su torpeza como partisanos, la abnegación que muestran hacia unos mandos (entre ellos, Carrillo) que no eran sino marionetas de los auténticos jefes bolcheviques, producen incluso una cierta compasión piadosa.

De modo que el verdadero protagonista no es sino la ciudad de Madrid en 1945, arruinada, hambrienta, sometida a un aparato policíaco tan envilecido como las autoridades que lo comandaban. Un lugar duro, helado en invierno, infernal en verano, donde nadie tenía ni un duro y en el que abrirse camino para sobrevivir era tan difícil que sólo un experto novelista como Trapiello nos lo puede transmitir con verosimilitud.

El régimen aprovechó un asesinato que apenas merecería una mención en la sección de sucesos para poner en marcha la mayor manifestación que se ha dado nunca en España. Así enviaba un aviso a las naciones que estaban ganando la guerra contra Alemania, como advirtiendo de que no se les ocurriera descabezar el franquismo porque el país entero estaba con Franco.

Las sentencias de muerte y su ejecución, las de cadena perpetua, la condena de los militantes comunistas, tuvieron también otro efecto: acabaron con las guerrillas en España. El Kremlin demolió lo que quedaba del “ejército de liberación”. Esa es la paradoja, aquellos absurdos asesinatos reforzaron al régimen y acabaron con la lucha armada comunista en España.

Vuelvo al comienzo: sólo un trabajo colosal puede dar como resultado esa estampa de Madrid en 1945 maravillosamente retratado por Trapiello, quien, a partir de un documento, el expediente José Vitini y diez más, da cuenta exacta de cada personaje, de cada acto administrativo, de cada detención y tortura, de la vida privada de los protagonistas, incluso de las conversaciones que alcanzó a sostener con algunos supervivientes. Un trabajo inmenso, iluminado por una buena cantidad de fotografías de la época, la mayor parte de las cuales son hallazgos del propio Trapiello en sus famosas cacerías por el Rastro. Una novela histórica, o sea, de las que hacen historia.

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11 de octubre de 2022