Escrito por

Félix de Azúa

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¿Tú crees?

 

Poderes tan musculados como el religioso, el político o el mediático, hace ya décadas que solo se interesan por los “retornos”. Síntoma indudable de su impotencia

Hace ya unos años se reunieron un filósofo bastante popular, Peter Sloterdijk, y un poderoso cardenal, Walter Kasper, en el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos con el fin de debatir acerca de un asunto que consideraban relevante: “el retorno de la religión”. El diálogo lo publicó el diario Die Zeit. ¿Por qué pensaban que se estaba dando tal retorno? Ese punto en ningún momento se explica. Ambos lo creen o aparentan creerlo, pero con matices notables.

Dijo Sloterdijk que, a diferencia del islam, el cristianismo carece ya de fuerza, orgullo y coraje, y que, en contraste con la violencia teológica islamista, “aquello que nos vuelve a inquietar en el monoteísmo se ha vuelto menos visible en el cristianismo que en su bastardo estético, el comunismo”. Para el cardenal, en cambio, la sospecha de que “haya algo que es sagrado, que está fuera de mi alcance y con lo que debo vivir con respeto y veneración” sigue siendo el cimiento del cristianismo. Como se ve, la posición del jerarca aparece en todo momento a la defensiva, a pesar de que el filósofo no se emplea a fondo y le perdona la vida en un par de ocasiones. Es más, para Sloterdijk la cuestión no es de bondad, respeto y comprensión sino de algo irreparable: “No podemos perdonar a los árabes o a los musulmanes que seamos cultural y técnicamente superiores desde hace 200 años”. Esta inversión de la culpa deja al cardenal muy desconcertado.

Pero en mi edición (KRK), la opinión definitiva, la más contundente, se debe al prologuista, Félix Duque: “Lo único que no se pregunta, al menos en los casos aquí examinados, es por qué no vivimos ya más que de retornos”. Y este es el problema. Poderes tan musculados como el religioso, el político o el mediático, hace ya décadas que solo se interesan por los “retornos”. Síntoma indudable de su impotencia.

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18 de enero de 2022
Retrato de Napoleón Bonaparte del pintor francés Jean Auguste Dominique Ingres
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Enviciado

 

T.S. Norio, ha escrito un libro titulado ‘El vicio de Napoleón’ cuyo genitivo es engañoso: no trata sobre algún pecado capital de Napoleón sino de la obsesión del escritor con el gran corso

Si usted cree tener un vicio deje de sentirse culpable porque lo que le sucede es lo contrario, es el vicio quien le tiene a usted. Somos mártires de nuestros vicios y el vicioso suele odiarse por esa irritante comezón. Aunque no todos, así, por ejemplo, en el cuento infantil Pedro y el lobo, sólo cuando está a punto de morir devorado se arrepentirá Pedro de haber mentido toda su vida. Porque una de las cualidades realmente extrañas del vicio es que, aunque sabemos que es dañino, al vicioso le produce placer.

Fue Gregorio Nacianceno quien propuso siete grandes vicios: la vanagloria, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula, la ira y el tedio. Estos serán luego los célebres pecados capitales, pero con el tiempo han ido cambiando e incluso alguno se ha extinguido. En cambio, han aparecido vicios nuevos. Así, por ejemplo, un escritor asturiano, T.S. Norio, ha escrito un libro titulado El vicio de Napoleón (KRK) cuyo genitivo es engañoso: no trata sobre algún pecado capital de Napoleón sino sobre un vicio de T.S. Norio que es pasar la vida obsesionado con el gran corso. Hay mucho napoleópata, gente que no puede prescindir de un sólo detalle: de sus manías, sus portentos, sus líos, sus amantes, su vestimenta, su dieta. Algunos datos son interesantes, como cuando inventó las fake news a partir de 1805 mediante los Boletines de la Grande Armée que mentían sistemáticamente sobre el resultado de las batallas. Otros inventos son más simpáticos, como imponer las hileras de árboles a ambos lados de las carreteras para dar sombra a los caminantes pobres. Y un cierre de Norio: Napoleón es, después de Jesús de Nazaret, el personaje más biografiado de la historia. Así que él añade otra, con la intención de matar a su vicio para siempre. Como el que deja de fumar, pero se guarda la cajetilla con gesto decidido.

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11 de enero de 2022
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Ferroviaria

 

No levantaba la mirada, poseído por una actualidad que se agitaba en la palma de su mano. Era la imagen viva del político

Viajar de Oviedo a Madrid viene a durar unas cinco horas. El día era limpio y soleado. La Cantábrica resplandecía con sus picachos nevados y los dientes de sierra verdinegros de un horizonte dramático. Al tomar asiento me fijé en un hombre menudo de complexión fuerte que ocupaba el sillón frontero, al otro lado del pasillo. Iba, pues, en dirección contraria a la marcha. Me compadecí de él, cinco horas de espaldas son un mareo. Sólo más tarde sospecharía que lo había elegido adrede para evitar distracciones.

El caso es que, a pesar del bozal, su cara me sonaba. Tenía toda la pinta de un mando sindical, un profesional del trabajo ajeno, pero había detalles que me chocaban, como una camisa blanquísima, de un blanco cegador, una blancura que solo luce en un algodón de extremada pureza. Era, además, una camisa hecha a medida que se adaptaba con precisión al cuerpo del político. Una camisa de 500 euros, para entendernos, con las líneas de planchado en mangas y pecho implacables, a lo Mondrian. Aquello era raro porque todos solemos usar ropa de baratillo para un largo viaje como aquel.

Entonces le vi abrir un ejemplar de El País y leerlo con suma atención. Una vez confirmadas sus creencias lo dobló con cuidado y volvió a dejarlo en la mochila Montblanc, al tiempo que sacaba un móvil. Se acomodó confiado y satisfecho. Ya no volvió a levantar la mirada hasta llegar a Madrid. Fueron cuatro horas de fusión con la pantalla, de tecleo, de oír mensajes y leerlos. Estuvo hundido en el aparato como un buzo a la caza de tesoros. Fuera, cimas altivas, relámpagos de nieve y sol, valles con pueblines enanos. Él no levantaba la mirada, poseído por una actualidad que se agitaba en la palma de su mano. Era la imagen viva del político: alguien que quiere arreglar la vida de los demás, pero solo conoce el mundo inmaterial.

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4 de enero de 2022
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El acabose

Un año como este no apetece celebrarlo, pero podemos gozar la fiesta de su entierro. ¡Celebremos que por fin termina!

Al año le quedan tres días. Este 2021 ha sido uno de los peores de las últimas décadas. Más pobreza, más despotismo, más mentiras, más parásitos del Estado, más canallas enaltecidos, más asesinos ensalzados, pero por encima de todo, más muertos por la plaga. Un año así no apetece celebrarlo, pero podemos gozar la fiesta de su entierro. ¡Celebremos que por fin termina! Y que no vuelva.

O quizás sí. En estas fechas es bueno recordar el consejo que repiten todas las tragedias griegas: no se diga de nadie que es feliz, hasta que muera. Dicho a la inversa, mantengamos la esperanza de que el gozo seguirá siendo posible mientras no intervenga la muerte. Puede que alguien opine, cuando muramos, que hemos sido felices. Incluso a lo mejor lo decimos nosotros mismos.

Porque una cosa es la constricción del Estado, la asfixia política, el aplastamiento económico, la crueldad de los poderosos, el absurdo de la vida oficial, pero otra muy distinta la de cada uno con los suyos y su destino. Todavía puede y debe prepararse cada cual para agarrar su propia vida sin permitir que nadie se la arrebate. Ninguna colectividad, ninguna ideología, ninguna intolerancia, racismo o imbecilidad oficial puede robarnos la vida propia. Intervenir para remediar en lo posible los desastres públicos, sea, pero sin comprometer ni un gramo de nuestra individualidad.

Nacemos desnudos y así nos iremos de este mundo. La riqueza siempre es relativa y nunca dejará de haber alguien más pobre que el menos rico. No obstante, hay pobres felices y pobres que odian a los ricos porque creen que son ellos quienes les roban su alegría. A eso se le llama resentimiento. Ojalá que el año próximo nos pille más libres y alejados del odio, del resentimiento y la envidia. Más firmes en nuestras convicciones y por ello mismo más libres. Viva el nuevo año.

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28 de diciembre de 2021
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¿Democracia?

Ha bastado el evidente talento de Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo, para que los varones de su partido se acoquinen e intenten someterlas

A velocidad vertiginosa nuestra sociedad ha pasado del deseo y la pasión por vivir en una democracia parlamentaria, con sus partidos y dirigentes, a la decepción de sus partidos y sus dirigentes. Seguramente siguen siendo necesarios, pero lo cierto es que ya todo quisque sabe que los partidos y sus dirigentes no buscan el bienestar de los ciudadanos, ni siquiera la solución de problemas graves como la salud o el hambre, sino su propia conservación. Los partidos solo quieren preservarse y dar empleo a la tropa. Son empresas mercantiles que deben tratar con cierto respeto a sus empleados, pero lo esencial es el control de los enormes sueldos y negocios de la cúpula, como los bancos que solo benefician a sus consejos de administración. A eso llaman “el poder”. Y es verdad: eso es el poder.

Por esta razón voy siguiendo con interés las historias de dos miembros del Partido Popular que se han tropezado con este desagradable asunto: que sus jefes no quieren reconocer el talento para resolver problemas, sino tan solo la sumisión debida a quienes manejan el dinero. Que los empleados muestren talento no es algo bien recibido por los jefes. Últimamente, hemos asistido a la notoriedad de dos mujeres, Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo, con una inteligencia política destacada. Ha bastado eso, su evidente talento, para que los varones de su partido se acoquinen e intenten someterlas por todos los medios. Si hubieran sido feministas como las de Podemos, defensoras de símbolos y alegorías, nada habría pasado, pero estas dos mujeres hablan de cosas concretas, de problemas verdaderos, y se atreven a ganar elecciones. Esto ha de ser algo intolerable para la cúpula de funcionaros serviles que ahora conduce un partido sin coraje ni inteligencia. El feminismo, cuando es racional y legítimo, aplasta a los hombres sin cerebro.

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21 de diciembre de 2021
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Pero volver…

 

Falta aún para que aparezca el escritor, nacido ya en el exilio, que regrese a su aldea guipuzcoana para romper a preguntas el ataúd de silencio que aún perdura

En un bonito libro editado por la elegante editorial KRK de Oviedo, el desaparecido escritor alemán W. G. Sebald responde a algunas entrevistas y lo hace con tan buen estilo como el de sus relatos y narraciones que, de haber vivido unos años más, estoy persuadido le habrían valido el premio Nobel. En una conversación con Eleanor Wachtel daba varias vueltas a su exilio alemán, a su pertenencia a Alemania y a la imposible separación entre su literatura y la vida de los alemanes.

Cuenta, por ejemplo, el caso del profesor Paul Bereyter, a quien profesó gran afecto, y a sus lecciones en el pequeño pueblo donde vivió de niño. Solo más tarde, cuando ya había abandonado Alemania, sintió Sebald la necesidad de saber más sobre aquel hombre que había sufrido una cruel persecución durante el periodo nazi, antes de huir, pero que, una vez terminada la guerra, volvió al pueblo. Lo que estremecía a Sebald era el silencio que rodeaba al profesor y aun cuando fue al pueblecito alpino con la sola intención de hablar con él, tampoco entonces, casi veinte años más tarde, quiso Bereyter decir nada. Ni él ni ninguno de sus vecinos. Habían clavado un ataúd de silencio en torno al profesor. Y si bien Sebald sabía perfectamente lo que sin duda había sucedido, no consiguió que ni uno solo de quienes vivieron los años de asesinato y terror nazi dijera una sola palabra.

El arrojo de Sebald en aquel rincón alpino tratando de proyectar alguna luz sobre el suplicio que sus vecinos impusieron al profesor, me recordó a los miles de vascos huidos durante los años de crímenes nacionalistas. Se empiezan a escribir historias más o menos novelescas sobre aquella época de terror, pero falta aún un poco para que aparezca el escritor, nacido ya en el exilio, que regrese a su aldea guipuzcoana para romper a preguntas el ataúd de silencio que aún perdura.

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14 de diciembre de 2021
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Nacida libre

Hay quienes no se percatan de que alguien no vacunado, como un borracho al volante, pone en peligro a los demás. Y no por una causa sustancial, sino por simple capricho

Pillé por azar, en un informativo de la tele, a una señora bien amueblada, con aspecto de madre o abuela de clase alta, seguramente alemana o flamenca, a la que preguntaban sobre las vacunas. ¿Cree usted, decía el locutor, que vacunarse debería ser obligatorio? La señora lo tomaba con cierta vacilación, pero al final afirmaba que lo de la vacuna era algo personal y no veía bien que se obligara a la gente a vacunarse. Me pareció asombroso.

Conozco a un par de personas inteligentes que opinan como la señora alemana. Me parece a mí que hay un curioso entendimiento de la libertad que se aproxima a la anarquía, pero sin el menor designio político o incluso ideológico. Es una visión de la libertad hija del antiguo “porque me da la real gana” aplicado a algunas cosas, pero no a otras. Si el locutor le hubiera preguntado a la mujer si debía obligarse a los borrachos a no conducir autobuses escolares, seguramente la señora habría dicho que sí, que debe obligarse a los borrachos a que no conduzcan autobuses escolares. No me la imagino respondiendo que conducir borracho es algo personal y que debemos respetar la libertad de esa persona.

Lo cierto es que tiene razón en ambos casos. Obligar a algo es siempre restringir la libertad personal. No obstante, es aconsejable hacerlo cuando esa persona amenaza, no ya la libertad, sino la vida de los demás. La señora alemana no se había percatado de que alguien no vacunado, como un borracho al volante, pone en peligro a los demás. Y no por una causa sustancial, sino por el capricho de beber hasta perder el sentido o por una pulsión estética, como Miguel Bosé.

Yo no sé si las vacunas son eficaces, pero no me importa saberlo. Lo que sí sé es que el 60% de los que ahora están entrando en las UCI no están vacunados, según información de los centros sanitarios. Con eso me basta.

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7 de diciembre de 2021
Un grabado en color de Alonso de Ercilla. (GETTY IMAGES)
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No solo oro

 

Es duro para la acelerada sociedad actual leer como si fuera una novela de aventuras las casi 800 páginas de imponentes octavas reales de ‘La Araucana’, de Alonso de Ercilla, pero ahí están

Cada vez que un grupo de beocios derriba una estatua de Colón o exige nuestro perdón, siento un abatimiento que supongo compartido no por ser español, sino como ciudadano de un país civilizado. Es el fascismo populista quien escupe odio y envenena a la gente. Los demás tenemos gran respeto por lo que hicieron los hombres de antaño. Hoy toca hablar de un conquistador.

Al cumplir los 15 años de edad entró a formar parte del grupo de pajes de Felipe II y como tal viajaría por Europa antes de embarcar para las Indias en 1555. Contaba Alonso de Ercilla 23 años cuando se sumó a la expedición que acudió al Chile austral, tras la muerte de Pedro de Valdivia a manos de los indios araucanos. Era como el joven Ismael embarcado a la caza de la Ballena Blanca. Participó en la guerra de Arauco entre indígenas y colonos y de esa experiencia nacería La Araucana, inmenso poema épico que desde el título evoca a Homero y Virgilio. En su obra, tan admirables son los indígenas como los españoles y tienen la nobleza colosal de la estatuaria clásica. El más famoso de los jefes araucanos, Caupolicán, perdura en un célebre soneto de Rubén Darío.

Lo asombroso es que Ercilla canta también el paisaje, la flora, la fauna y la dignidad humana de los nativos australes, como en la espléndida escena que describe a las mujeres araucanas recogiendo las armas de sus maridos muertos en combate y lanzándose fieramente al ataque. Hay momentos que anticipan la invención romántica del buen salvaje que tendría lugar siglos más tarde.

Comprendo que es duro para la acelerada sociedad actual leer como si fuera una novela de aventuras las casi 800 páginas de imponentes octavas reales, pero ahí están, recién editadas por la Biblioteca Castro, para quienes América no sea sólo codicia, crueldad y oro, sino también grandeza, alabanza y creación.

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30 de noviembre de 2021
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Muera Caín

En un país que sólo mercadea con la Guerra Civil, los de Ciudadanos son necesarios

¿Nunca nos libraremos del pasado? Cuando éramos jóvenes nos atraía la izquierda porque miraba al futuro, prometía ayudar a los más débiles si perseveraban por mejorar, veían la educación como una escala de ascenso gracias al talento y el esfuerzo, el porvenir tenía una luminosidad que guiaba nuestra esperanza. La izquierda, ahora, sólo se interesa y se identifica con el pasado, sólo le importa lo acaudalado en memorias sectarias y fanáticas, quiere regresar una y otra vez a viejos fracasos como las repúblicas (dos) o las revoluciones (un montón), hay incluso apologistas del comunismo, una superstición tan rancia como la alquimia. Nuestra izquierda es profundamente reaccionaria: no ve posibilidad alguna de mejora en aquellos jóvenes que deseen formarse, educarse, aprender y lanzarse a mejorar la sociedad. Todo lo contrario, premia a los gandules, considera que suspender es de derechas, que el esfuerzo es facha y que lo mejor que puede uno hacer es no tener la menor ilusión de mejora. Está paralizada por una ausencia total de ideas para el futuro.

En el otro lado de la trinchera, las fuerzas conservadoras se guían fielmente por lo mismo, aunque con el signo cambiado para polarizar con éxito a la población. Si las izquierdas parece que lo único que pretenden es volver a perder la Guerra Civil, las derechas aceptan el envite y se enfrentan para ganar de nuevo. De modo que, por ejemplo, maltratan a la judicatura y aplastan al modo leninista a quien tenga ideas propias, igual que las izquierdas.

Hubo un tiempo en que se podía votar a un partido de centro y liberal. Lo hicieron mal, como todos los partidos, pero son imprescindibles. En un país que sólo mercadea con la Guerra Civil, los de Ciudadanos son necesarios. Ya sé que se están suicidando. Me da igual. Yo les votaré hasta que se extingan.

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23 de noviembre de 2021
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Contrafaz

La mascarilla, contra el antifaz, oculta la parte más indefinida del rostro. Sólo vemos los ojos y eso favorece a las mujeres: suelen tenerlos grandes y expresivos

Lo tenía en el asiento frontero del autobús y podía observarlo con sosiego porque estaba absorto en sus cavilaciones y con los ojos muertos. Le calculé sesenta años. Un porte robusto y unas pobladas cejas a lo Breznev le añadían un toque feroz. Pero lo que atrajo mi atención es que aguantaba sobre las rodillas una enorme bolsa con el nombre del comercio: Le bonnet à pompón. Era como un guerrero vikingo que llevara en el regazo al nieto recién nacido. El negocio del título es ilustre entre las madres madrileñas. Venden ropitas infantiles e imaginaba yo que el abuelo iba feliz con sus tres kilos de ornatos para el bebé.

De ahí pasé al pompón, que en castellano se dice igual, aunque es más literario “borla”. Son ornatos que no han perdido su gracia a lo largo de siglos y me pregunto qué será lo que los hace tan simpáticos. En Estados Unidos se llaman así los grandes plumeros que agitan las cheerleader o animadoras del rugby, baloncesto o fútbol americano. En Escocia y con el nombre de toories adornan las boinas de algunos regimientos escoceses de gran prestigio. Es un adorno, por tanto, que engalana por igual a un severo militar, a un recién nacido o a una bella adolescente. Algo tiene el pompón que su presencia anima cualquier apariencia.

Volví al abuelo. La mascarilla me impedía concluir el tipo de persona que atraía mi atención. La mascarilla, contra el antifaz, oculta la parte más indefinida del rostro. Sólo vemos los ojos y eso favorece a las mujeres: suelen tenerlos grandes y expresivos. Así lo advirtieron los viajeros románticos. No hay visitante inglés, francés o alemán que no admire los “ojos hechiceros” de las españolas. Observen, por ejemplo, los anuncios de Carmen, sea película, libro o espectáculo. Enormes ojos brillantes y sugestivos. Veo pasear con mascarilla muchas más mujeres que hombres. Será por eso.

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16 de noviembre de 2021