Escrito por

Félix de Azúa

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Pero volver…

 

Falta aún para que aparezca el escritor, nacido ya en el exilio, que regrese a su aldea guipuzcoana para romper a preguntas el ataúd de silencio que aún perdura

En un bonito libro editado por la elegante editorial KRK de Oviedo, el desaparecido escritor alemán W. G. Sebald responde a algunas entrevistas y lo hace con tan buen estilo como el de sus relatos y narraciones que, de haber vivido unos años más, estoy persuadido le habrían valido el premio Nobel. En una conversación con Eleanor Wachtel daba varias vueltas a su exilio alemán, a su pertenencia a Alemania y a la imposible separación entre su literatura y la vida de los alemanes.

Cuenta, por ejemplo, el caso del profesor Paul Bereyter, a quien profesó gran afecto, y a sus lecciones en el pequeño pueblo donde vivió de niño. Solo más tarde, cuando ya había abandonado Alemania, sintió Sebald la necesidad de saber más sobre aquel hombre que había sufrido una cruel persecución durante el periodo nazi, antes de huir, pero que, una vez terminada la guerra, volvió al pueblo. Lo que estremecía a Sebald era el silencio que rodeaba al profesor y aun cuando fue al pueblecito alpino con la sola intención de hablar con él, tampoco entonces, casi veinte años más tarde, quiso Bereyter decir nada. Ni él ni ninguno de sus vecinos. Habían clavado un ataúd de silencio en torno al profesor. Y si bien Sebald sabía perfectamente lo que sin duda había sucedido, no consiguió que ni uno solo de quienes vivieron los años de asesinato y terror nazi dijera una sola palabra.

El arrojo de Sebald en aquel rincón alpino tratando de proyectar alguna luz sobre el suplicio que sus vecinos impusieron al profesor, me recordó a los miles de vascos huidos durante los años de crímenes nacionalistas. Se empiezan a escribir historias más o menos novelescas sobre aquella época de terror, pero falta aún un poco para que aparezca el escritor, nacido ya en el exilio, que regrese a su aldea guipuzcoana para romper a preguntas el ataúd de silencio que aún perdura.

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14 de diciembre de 2021
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Nacida libre

Hay quienes no se percatan de que alguien no vacunado, como un borracho al volante, pone en peligro a los demás. Y no por una causa sustancial, sino por simple capricho

Pillé por azar, en un informativo de la tele, a una señora bien amueblada, con aspecto de madre o abuela de clase alta, seguramente alemana o flamenca, a la que preguntaban sobre las vacunas. ¿Cree usted, decía el locutor, que vacunarse debería ser obligatorio? La señora lo tomaba con cierta vacilación, pero al final afirmaba que lo de la vacuna era algo personal y no veía bien que se obligara a la gente a vacunarse. Me pareció asombroso.

Conozco a un par de personas inteligentes que opinan como la señora alemana. Me parece a mí que hay un curioso entendimiento de la libertad que se aproxima a la anarquía, pero sin el menor designio político o incluso ideológico. Es una visión de la libertad hija del antiguo “porque me da la real gana” aplicado a algunas cosas, pero no a otras. Si el locutor le hubiera preguntado a la mujer si debía obligarse a los borrachos a no conducir autobuses escolares, seguramente la señora habría dicho que sí, que debe obligarse a los borrachos a que no conduzcan autobuses escolares. No me la imagino respondiendo que conducir borracho es algo personal y que debemos respetar la libertad de esa persona.

Lo cierto es que tiene razón en ambos casos. Obligar a algo es siempre restringir la libertad personal. No obstante, es aconsejable hacerlo cuando esa persona amenaza, no ya la libertad, sino la vida de los demás. La señora alemana no se había percatado de que alguien no vacunado, como un borracho al volante, pone en peligro a los demás. Y no por una causa sustancial, sino por el capricho de beber hasta perder el sentido o por una pulsión estética, como Miguel Bosé.

Yo no sé si las vacunas son eficaces, pero no me importa saberlo. Lo que sí sé es que el 60% de los que ahora están entrando en las UCI no están vacunados, según información de los centros sanitarios. Con eso me basta.

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7 de diciembre de 2021
Un grabado en color de Alonso de Ercilla. (GETTY IMAGES)
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No solo oro

 

Es duro para la acelerada sociedad actual leer como si fuera una novela de aventuras las casi 800 páginas de imponentes octavas reales de ‘La Araucana’, de Alonso de Ercilla, pero ahí están

Cada vez que un grupo de beocios derriba una estatua de Colón o exige nuestro perdón, siento un abatimiento que supongo compartido no por ser español, sino como ciudadano de un país civilizado. Es el fascismo populista quien escupe odio y envenena a la gente. Los demás tenemos gran respeto por lo que hicieron los hombres de antaño. Hoy toca hablar de un conquistador.

Al cumplir los 15 años de edad entró a formar parte del grupo de pajes de Felipe II y como tal viajaría por Europa antes de embarcar para las Indias en 1555. Contaba Alonso de Ercilla 23 años cuando se sumó a la expedición que acudió al Chile austral, tras la muerte de Pedro de Valdivia a manos de los indios araucanos. Era como el joven Ismael embarcado a la caza de la Ballena Blanca. Participó en la guerra de Arauco entre indígenas y colonos y de esa experiencia nacería La Araucana, inmenso poema épico que desde el título evoca a Homero y Virgilio. En su obra, tan admirables son los indígenas como los españoles y tienen la nobleza colosal de la estatuaria clásica. El más famoso de los jefes araucanos, Caupolicán, perdura en un célebre soneto de Rubén Darío.

Lo asombroso es que Ercilla canta también el paisaje, la flora, la fauna y la dignidad humana de los nativos australes, como en la espléndida escena que describe a las mujeres araucanas recogiendo las armas de sus maridos muertos en combate y lanzándose fieramente al ataque. Hay momentos que anticipan la invención romántica del buen salvaje que tendría lugar siglos más tarde.

Comprendo que es duro para la acelerada sociedad actual leer como si fuera una novela de aventuras las casi 800 páginas de imponentes octavas reales, pero ahí están, recién editadas por la Biblioteca Castro, para quienes América no sea sólo codicia, crueldad y oro, sino también grandeza, alabanza y creación.

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30 de noviembre de 2021
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Muera Caín

En un país que sólo mercadea con la Guerra Civil, los de Ciudadanos son necesarios

¿Nunca nos libraremos del pasado? Cuando éramos jóvenes nos atraía la izquierda porque miraba al futuro, prometía ayudar a los más débiles si perseveraban por mejorar, veían la educación como una escala de ascenso gracias al talento y el esfuerzo, el porvenir tenía una luminosidad que guiaba nuestra esperanza. La izquierda, ahora, sólo se interesa y se identifica con el pasado, sólo le importa lo acaudalado en memorias sectarias y fanáticas, quiere regresar una y otra vez a viejos fracasos como las repúblicas (dos) o las revoluciones (un montón), hay incluso apologistas del comunismo, una superstición tan rancia como la alquimia. Nuestra izquierda es profundamente reaccionaria: no ve posibilidad alguna de mejora en aquellos jóvenes que deseen formarse, educarse, aprender y lanzarse a mejorar la sociedad. Todo lo contrario, premia a los gandules, considera que suspender es de derechas, que el esfuerzo es facha y que lo mejor que puede uno hacer es no tener la menor ilusión de mejora. Está paralizada por una ausencia total de ideas para el futuro.

En el otro lado de la trinchera, las fuerzas conservadoras se guían fielmente por lo mismo, aunque con el signo cambiado para polarizar con éxito a la población. Si las izquierdas parece que lo único que pretenden es volver a perder la Guerra Civil, las derechas aceptan el envite y se enfrentan para ganar de nuevo. De modo que, por ejemplo, maltratan a la judicatura y aplastan al modo leninista a quien tenga ideas propias, igual que las izquierdas.

Hubo un tiempo en que se podía votar a un partido de centro y liberal. Lo hicieron mal, como todos los partidos, pero son imprescindibles. En un país que sólo mercadea con la Guerra Civil, los de Ciudadanos son necesarios. Ya sé que se están suicidando. Me da igual. Yo les votaré hasta que se extingan.

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23 de noviembre de 2021
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Contrafaz

La mascarilla, contra el antifaz, oculta la parte más indefinida del rostro. Sólo vemos los ojos y eso favorece a las mujeres: suelen tenerlos grandes y expresivos

Lo tenía en el asiento frontero del autobús y podía observarlo con sosiego porque estaba absorto en sus cavilaciones y con los ojos muertos. Le calculé sesenta años. Un porte robusto y unas pobladas cejas a lo Breznev le añadían un toque feroz. Pero lo que atrajo mi atención es que aguantaba sobre las rodillas una enorme bolsa con el nombre del comercio: Le bonnet à pompón. Era como un guerrero vikingo que llevara en el regazo al nieto recién nacido. El negocio del título es ilustre entre las madres madrileñas. Venden ropitas infantiles e imaginaba yo que el abuelo iba feliz con sus tres kilos de ornatos para el bebé.

De ahí pasé al pompón, que en castellano se dice igual, aunque es más literario “borla”. Son ornatos que no han perdido su gracia a lo largo de siglos y me pregunto qué será lo que los hace tan simpáticos. En Estados Unidos se llaman así los grandes plumeros que agitan las cheerleader o animadoras del rugby, baloncesto o fútbol americano. En Escocia y con el nombre de toories adornan las boinas de algunos regimientos escoceses de gran prestigio. Es un adorno, por tanto, que engalana por igual a un severo militar, a un recién nacido o a una bella adolescente. Algo tiene el pompón que su presencia anima cualquier apariencia.

Volví al abuelo. La mascarilla me impedía concluir el tipo de persona que atraía mi atención. La mascarilla, contra el antifaz, oculta la parte más indefinida del rostro. Sólo vemos los ojos y eso favorece a las mujeres: suelen tenerlos grandes y expresivos. Así lo advirtieron los viajeros románticos. No hay visitante inglés, francés o alemán que no admire los “ojos hechiceros” de las españolas. Observen, por ejemplo, los anuncios de Carmen, sea película, libro o espectáculo. Enormes ojos brillantes y sugestivos. Veo pasear con mascarilla muchas más mujeres que hombres. Será por eso.

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16 de noviembre de 2021
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Usted perdone

Ha caído del cielo una culpabilidad universal para todos aquellos que hayan hecho algo en el pasado y también en el presente

Ha caído del cielo una culpabilidad universal para todos aquellos que hayan hecho algo en el pasado y también en el presente. Quizás sea una admonición para que lo aconsejable, a partir de ahora, sea no hacer absolutamente nada. Así lo recomienda la ley Celaá y las instrucciones de Castells para los estudios en España. No hay futuro, pero si lo hubiera, estate quieto y callado o acabarás pidiendo perdón.

La culpabilidad está mal repartida. Los españoles hemos de pedir perdón por la colonización de América, pero los presidentes mexicanos no han de pedir perdón por el sinnúmero de crímenes que se cometen allí todos los días desde los aztecas. Tampoco recuerdo yo que los rusos hayan pedido perdón por los millones de asesinados durante el estalinismo y sus secuelas. O los chinos, o los de Pol Pot, o (más chocante aún) los caudillos cubanos. Como dijo Sloterdijk, la izquierda se perdona a sí misma siempre y sin necesidad de decirlo.

Aún más raro es que nadie le pida a ninguna república o mafia islámica que se disculpe por las matanzas terroristas o por su financiación. Quizás será para que los cristianos no pidamos perdón por las cruzadas. Todo lo cual está muy bien y no lo critico, Dios me libre, pero me gustaría saber qué Señor (o Señora) ordena la selección. Se diría que, si el agredido pertenece a lo que Fanon llamaba “los condenados de la tierra”, el agresor debe golpearse el pecho aunque haga siglos de ello, pero ahora mismo Venezuela, por ejemplo, es un “pueblo condenado” gracias a su fornido sátrapa y nadie de nuestro Gobierno y asociados le exige disculpas al colonizador chavista.

También los varones españoles somos culpables de un tal acopio de atrocidades machistas desde Mio Cid y Don Pelayo que hemos de ir pidiendo perdón a todas horas. Habrá que reinventar La Tebaida y sus anacoretas.

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9 de noviembre de 2021
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Con amo y sin ley

Recuerdo yo que la garantía de un sistema democrático se basaba en la división de los poderes y su equilibrio. La quiebra de ese principio destruye el fundamento de la democracia

Me tiene muy escamado el ocaso de los jueces, el cada vez más extendido desacato a las sentencias, el menosprecio del Poder Judicial, para resumir, la muerte de Montesquieu. Recuerdo yo que la garantía de un sistema democrático se basaba en la división de los poderes y su equilibrio. La quiebra de ese principio destruye el fundamento de la democracia. Si el Poder Judicial no puede controlar los desmanes del Ejecutivo, estamos en una dictadura. Si el Legislativo no puede corregir los errores judiciales, lo mismo. Y si el Legislativo es tan sólo un empleado a sueldo del Ejecutivo, peor.

Cuando medio Gobierno echa fuego por los colmillos, suele ser porque alguna sentencia le perjudica. Y desde luego el populismo mismo no es otra cosa que una anulación del sistema judicial al que los ministros querrían aplastar para imponer su voluntad. No es sólo el Ejecutivo catalán el que actúa como si los jueces fueran de trapo, es también la práctica de un Gobierno tan próximo al totalitarismo como el de Polonia. Cuando el Judicial polaco dice que las leyes europeas están por debajo de sus leyes nacionales está negando la existencia misma de la Unión Europea. Lo consecuente sería su salida. Pero en lugar de la expulsión, el Gobierno europeo opta por unas tímidas multas que finalmente, si se pagan, las pagará la población y no el bolsillo de los facciosos. Lo mismo cabe decir de los nacionalistas catalanes que se niegan a pagar las multas de sus delincuentes políticos. Si se pagan, las pagará la población catalana.

Dado el poder cada vez más descarado del Ejecutivo, el sometimiento de un Legislativo con parlamentos esclavos de los partidos, y el hundimiento del Poder Judicial, ¿alguien duda de que estamos encaminados a dictaduras y absolutismos hipócritas? Venezuela parece señalar el futuro.

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2 de noviembre de 2021
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‘Heauton timorumenos’

Consecuente con sus prejuicios, el Gobierno ha suprimido el estudio de la filosofía. Ya no es necesaria: estamos condenados y nos parece muy bien, vienen a decir

Quizás la primera alarma realmente popular fue la de Oswald Spengler en La decadencia de Occidente, publicada en 1918. El libro fue un fenómeno de ventas a pesar de su densidad. En España lo prologó Ortega y Gasset y fue también muy popular. En su momento se interpretó como el grito angustiado de un alemán tras la derrota de la I Guerra Mundial. La idea de que la cultura de Occidente había dejado de ser relevante se amplió exponencialmente con la carnicería de la II Guerra Mundial. Desde entonces han resonado mil ecos que anunciaban la muerte de la cultura occidental. Heidegger y Wittgenstein le dieron la puntilla. Hoy ya casi nadie duda de que ese final es insalvable y que sólo hay futuro en Oriente.

Sin embargo, los avisos adoloridos, como aquel de Leo Strauss cuando lamentaba que a la filosofía política la hubiera sustituido la ideología, se vieron vigorizados gracias a la profética actividad de los “artistas”. Y eso sucedió en plena Guerra Fría, a partir de los años cincuenta, cuando la red oficial del arte abominó de pintura, escultura, cine y cualquier otro medio representativo. Surgieron los artistas de la llamada “posvanguardia” (conceptuales, land art, performance y mil más) que excusaban su ataque frontal contra la tradición en el rechazo del mercado. Al principio pareció que era difícil vender cosas como la liebre muerta de Beuys. Un error. Ahora sabemos que es casi imposible no sacar dinero (y mucho) de aquello que el mercado del arte llama “arte”, sea este lo que sea. De ahí que en la actualidad casi todo lo que se exhibe bajo esa etiqueta sea, en realidad, propaganda ideológica. Consecuente con sus prejuicios, el Gobierno ha suprimido el estudio de la filosofía. Ya no es necesaria: estamos condenados y nos parece muy bien, vienen a decir. Es un “viva la muerte” progresista.

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26 de octubre de 2021
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Elogio

Muchos indigenistas parece que preferirían reducir nuevamente el mundo a Europa, África y Asia, ya que dan por supuesto que América estaba mucho mejor cuando no existía

 

Hay un célebre chocolate en polvo que no ha logrado disolver su harina de cacao en la leche, de modo que basa la publicidad en alabar los grumos que flotan como náufragos en el líquido tras removerlo con la cuchara. En sus anuncios aparecen niños gordos y hermosos bebiendo con deleite los coágulos flotantes, como si esa fuera la parte buena de su desayuno.

Lo mismo sucede con reaccionarios ontológicos como López Obrador cuando exige perdón a los españoles por haberle traído a la existencia. Muchos indigenistas parece que preferirían reducir nuevamente el mundo a Europa, África y Asia, ya que dan por supuesto que América estaba mucho mejor cuando no existía. Como casi todas las exigencias de la izquierda reaccionaria, muestran un profundo rencor contra el mundo, contra los humanos, contra lo que hay, contra todo lo que no comprenden.

Ya sucedió algo similar en el siglo XVIII, cuando comenzó a ser frecuente que la gente ilustrada e inteligente dejara de creer en el Dios de las iglesias. Alarmados, los que entonces formaban la izquierda reaccionaria pidieron a las autoridades que no prohibieran las religiones supersticiosas, ya que, decían, con ellas la gente analfabeta se quedaba más tranquila. Que hubiera un juicio final apaciguaba la sed de venganza.

También hoy en día se da un fenómeno de devoción oficial y farisaica. La ausencia de religión y el declive de la popularidad eclesiástica, deslustrada por su sexualidad y la codicia inmobiliaria, ha hecho posible una religión que enmiende las injusticias, a sabiendas de que ningún juicio final las remediará. Esa piedad laica, inventada, como es lógico, por los norteamericanos, difunde una fe en la cultura indígena y mágica que quiere dar esperanzas a aquellas agobiadas minorías que se creen colonizadas por la biogenética. Son los elogios del grumo.

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19 de octubre de 2021
'Immanuel Kant' (1768), por Johann Gottlieb Becker.
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‘Quantus tremor’

 

‘Los últimos días de Immanuel Kant’ es un documento de alto valor literario que ahora reedita Firmamento

 

Que Immanuel Kant fue un gran hombre lo demuestra el hecho de que Antonio Machado le dedicara el siguiente cantar: “¡Tartarín en Koenigsberg!/ Con la mano en la mejilla/ todo lo llegó a saber”. Porque en aquella remota ciudad de apenas unos miles de habitantes de la recóndita Prusia oriental, un hombrecillo de escaso tamaño y algo cheposo, sin ayuda de nadie llegó a conocer los más foscos límites de la conciencia. Sus tres “Críticas de la razón” son, aún hoy, la meta final de la filosofía clásica. Luego ya vendría Hegel y a partir de él la desintegración moderna.

Pero incluso Kant, uno de los faros de la historia de la humanidad, era mortal. La muerte de los héroes ha solido propiciar la meditación y la reflexión trascendente, como puede comprobarse en Plutarco, pero el caso de Kant tiene una secuela curiosa. El célebre opiómano inglés Thomas de Quincey copió los apuntes del albacea de Kant, un tal Wasianski, quien había anotado minuciosamente el eclipse del ídolo, y lo tradujo en un documento de alto valor literario, Los últimos días de Immanuel Kant, que ahora reedita Firmamento. Es una narración que espeluzna y al mismo tiempo ayuda, como dije, a la reflexión y al juicio.

La terrible muerte de Kant tiene todos los componentes del horror: la decadencia del cuerpo, el estupor del espíritu, la putrefacción de la conciencia, el final inerme del hombrecillo convertido en un montón de trapos con sus amigos mirando el reloj por ver si se acababa de una vez. No había cumplido los 80 años. Todos los que ya vemos en el horizonte la dentadura amarilla de la Señora, lo hemos leído sin respirar. Los más jóvenes conocerán una vida ejemplar y una muerte modélica. Por fortuna, en toda la primera parte también aparece el Kant vivo, original y benéfico. El relato del opiómano es gran literatura.

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13 de octubre de 2021