Escrito por

Roberto Herrscher

Jacqueline DuPré y Daniel Barenboim
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Parejas musicales: amores, pasiones y conflictos en el escenario

Estar enamorados y hacer música juntos. Nada parece ser más romántico. Los músicos profesionales que encontraron el amor en un escenario, una sala de ensayos, un conservatorio o un estudio de grabación tienen algo con lo que las demás parejas solo pueden soñar despiertos: volar juntos, crear, danzar con la voz, con instrumentos, juntando su arte y sus caminos vocacionales con la vida diaria, vivir con sus compañeros artísticos, estar siempre unidos.
A lo largo de la historia ha habido muchas parejas musicales. Por suerte se conservan grabaciones que testimonian estas uniones que van más allá de la partitura. Aunque en muchos casos la pasión y la intensidad de una personalidad artística también han llevado a peleas, envidias, traiciones y rupturas, el embrujo de escuchar en vivo a una pareja que comparte el arte que los inflama es inigualable.

Nuestro placer culposo
El 29 de junio actuarán en el Liceu la exquisita mezzosoprano checa Magdalena Kožená y su esposo, el célebre director Sir Simon Rattle, en su poco habitual faceta de pianista. Junto a ellos subirán al escenario seis ejecutantes de instrumentos de cuerdas y viento, para transitar por un abanico de obras de cámara de Strauss, Ravel, Brahms, Stravinsky y Chausson, para terminar con los grandes compositores de la tierra de Kožená: Antonin Dvorak y Leos Janacek.
En la web del teatro se lee: “Es un placer dar la bienvenida a estos artistas inmensos y tener la sensación de que, como público, estamos invitados a escuchar este concierto como si estuviéramos en el sofá de casa”.
No de la casa nuestra, apunto yo: la de ellos, como si nos metiéramos en su intimidad, su disfrute de hacer música juntos.
Este placer culposo de colarnos en lo que para una pareja de artistas es la máxima intimidad ha hecho a lo largo de las décadas que conservemos el recuerdo de conciertos memorables, y atesoremos discos que vuelven a la vida estas formas intensas de amarse en público.
En algunos casos, la alianza duró toda la vida. Fue, por ejemplo, el encuentro personal y artístico entre la soprano Joan Sutherland y el director Richard Bonynge, ambos australianos, que los llevó a incursionar durante 40 años en el repertorio del olvidado bel canto operístico en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, y reflotar juntos obras de Gaetano Donizetti y Vincenzo Bellini que no se ponían en escena desde hacía siglos. Como necesitaban un tenor… la mayoría de estos discos que registran la unión de Bonynge y Sutherland incluyen a un Luciano Pavarotti en su esplendor vocal.

Amor representado
Por supuesto, cuando la pareja representa a un amor escénico la impresión para el público es mayor. Una rutilante pareja de cantantes fue por dos décadas la del tenor francés Roberto Alagna y la soprano rumana Angela Gherogiu. Hasta su sonado divorcio, se sacaban chispas como apasionados y trágicos amantes en las óperas de Giuseppe Verdi y Giacomo Puccini.
A veces es la fama de uno de ellos la que empuja la carrera del otro, como sucedía hasta el congelamiento de sus carreras por la crisis ucraniana con la más famosa soprano de la actualidad, Anna Netrebko, y su segundo marido, el tenor Jusif Eyvazof, de menor “cachet”, a quien ella imponía en los elencos de las óperas que los grandes teatros que querían contratarla.
El caso de Netrebko es paradigmático en varios sentidos. Su marido anterior, el barítono uruguayo Erwin Schrott, también era cantante. Casi no compartieron escenario, pero la intensidad de Schrott en las tablas (es hipnótico en sus interpretaciones de Don Giovanni y Fígaro) le hizo protagonizar una bochornosa escena de celos en pleno recital con su esposa y el tenor Jonas Kaufman. Cuando en el final de un dúo de amor éste estampó un beso en los labios de la Netrebko, Schrott se acercó con un pañuelo a limpiarle el rouge, ante la mirada aterrada de su esposa.
Ese fue su última aparición pública como pareja.
Pero la intensidad de las relaciones entre músicos se suele expresar de forma más armónica. Y en sus memorias, muchas veces la admiración y el deleite al hacer música juntos es lo primero que surge, antes que la atracción física o la unión espiritual.

El sonido del amor

Una legendaria pareja de músicos, el cellista Mstislav Rostropovich y la soprano Galina Vishnevskaia, fueron modelo de comprensión y apoyo mutuo en los duros años del estalinismo. Él siempre decía en entrevistas que en el momento en que la vio por primera vez (cantando, por supuesto) se enamoró para siempre. Para acompañar a su esposa en recitales, Rostropovich tocaba el piano. Eran dos apasionados: en las interpretaciones de ambos la expresión extrema de los sentimientos primaba por sobre la belleza del timbre o la perfección técnica.
Juntos ayudaron a muchos perseguidos y exiliados, y fueron expulsados de la Unión Soviética cuando alojaron en su casa al escritor disidente Aleksandr Solzhenitsyn. Sin patria y sin pasaporte, la pareja deambuló por Europa y Estados Unidos hasta que pudieron regresar en 1990, tras la Perestroika. Cuando cada uno de ellos actuaba, era usual ver al otro, arrobado de emoción, en el palco.

A propósito de Rostropovich, es curioso que, al pensar en músicos enamorados, me viene a la memoria una gran cantidad de violoncelistas. ¿Qué tendrá este instrumento, que parece contener las penas y las alegrías y remedar la voz humana desde la placidez hasta la furia?
Es el caso de Pau Casals y su última esposa, la puertorriqueña Marta Montañez, 60 años menor que él. Ella, estudiante de cello, fue discípula del maestro, hicieron música juntos, fundaron festivales en Francia y Puerto Rico, y ella lo acompañó hasta sus últimos días y preside la Fundación Pau Casals. Tras la muerte su marido, Marta se casó con otro cellista, Eugene Istomin.
Y la pareja musical catalana más activa en los últimos años, la de Jordi Savall y Montserrat Figueres tiene en su eje un instrumento precursor del violoncello moderno: la viola da gamba, con la que Savall desempolvó partituras perdidas de una extraña belleza arcaica. Montserrat Figueres murió de cáncer en 2011, pero los discos que ambos grabaron siguen hablando de la paz, el diálogo intercultural y el legado musical de su tierra catalana.

Un volcán de emociones
Pero probablemente la cellista más apasionada, más trágica y más genial en que uno pueda pensar es la inglesa Jacqueline DuPré, que formó pareja artística y marital con el legendario pianista y director argentino-israelí Daniel Barenboim.
En su autobiografía Mi vida en la música, Barenboim cuenta que conoció a DuPré, en 1967 en una cena en casa de un pianista chino amigo de ambos. “Íbamos a pasar la velada tocando música de cámara. Jacqueline y yo sentimos de inmediato una fuerte atracción mutua, tanto en el sentido musical como en el personal. Alrededor de dos o tres meses después decidimos casarnos”.

Las cuatro páginas que escribe sobre su primera mujer se centran en ella como intérprete, y para un lector para quien la música no sea el centro de su vida, parecen frías y extrañas para hablar de la esposa de su juventud. “Le horrorizaba todo lo que fuera falso o insincero o artificial. Tenía algo que muy pocos intérpretes tienen, el don de hacer sentir a los demás que en realidad ella iba componiendo la música a medida que la interpretaba. (….) Había algo en su manera de tocar que era absoluta e inevitablemente correcto, en lo que respecta al tempo y la dinámica. Tocaba con mucho rubato, con gran libertad, pero resultaba tan convincente que uno se sentía como un pobre mortal frente a alguien que poseía algún tipo de dimensión etérea.”

Esto dice Barenboim en el último párrafo que le dedica: “Tenía una capacidad para imaginar el sonido que no encontré jamás en ningún otro músico. En realidad, era una criatura de la naturaleza, una música de la naturaleza con un instinto infalible”.

“Criatura de la naturaleza” es una expresión extraña para referirse a la esposa. El tormentoso final de la relación, con DuPré ya aquejada de esclerosis múltiple y Daniel ya instalado en su nueva relación con la pianista Yelena Bashkirova, dio pasto a las revistas del corazón. Una película de Hollywood, Hilary y Jackie, refleja la versión de Hilary, la hermana de menor de Jacqueline, muy negativa sobre el director y perturbadoramente reveladora de intimidades sobre la cellista.

Para los melómanos, quedan grabaciones míticas de Barenboim y DuPré tocando las sonatas para cello y piano de Beethoven, Chopin y Frank, él dirigiendo la obra en que ella descolló más que nadie, el Concierto para cello de Edward Elgar (la cara de arrobamiento de la ejecutante mientras su marido dirige la orquesta es impresionante) y sobre todo un documental sobre la grabación del quinteto La Trucha de Schubert, con sus amigos Itzak Perlman, Pinchas Zuckerman y Zubin Mehta, donde ambos están en estado de gracia.

El barítono Dietrich Fischer-Dieskau recuerda en sus memorias el impacto que le produjo haber visto a DuPré y Barenboim tocar juntos en Roma. “Se habían casado poco antes, en Israel durante la Guerra de los Seis Días (junio de 1967) y una energía, como un fuego brotaba de estos dos músicos brillantes. No era difícil ver en Jackie una intérprete superlativa. No había limitaciones artísticas en esta mujer que tocaba frente a mí, a veces de forma soñadora, otras tempestuosa”.

Enamorarse haciendo música
Es curioso que el gran amor del mismo Fischer-Dieskau, el mejor intérprete del Lied alemán, haya sido también una cellista. El cantante conoció a Irmgard (Irmel) Poppen en una clase de Historia de la música en el conservatorio en Berlín, en plena Segunda Guerra Mundial, en 1943. Ambos eran adolescentes. “Una chica hermosa se sentaba algunos bancos delante del mío. Mi corazón, que latía salvajemente, me empujó a hablarle”.

La invitó al teatro… y cuando escribió sus memorias, 60 años más tarde, todavía se acordaba de la obra que habían visto. Pero Dietrich fue llamado a filas por el estado nazi. En una de sus últimas noches antes de ser enviado a la guerra en Italia, hicieron música juntos. “Acompañándola al armonio, descubrí con gran placer que estaba ante una gran cellista. Esa noche el bombardeo fue duro, pero solo reparé marginalmente en el infierno de fuego y el humo ácido que me rodeaba mientras caminaba de vuelta a mi casa”.

Tras la guerra y luego de tres años de confinamiento como prisionero, Fischer-Dieskau pudo volver a casa. En la biografía que Hans Neunzig escribió sobre el músico, se relata una peligrosa y romántica huida: en la Alemania ocupada por los ganadores de la guerra, a Dietrich le correspondía vivir en la zona estadounidense y a Irmel en la francesa. Escapando de los guardias, pudieron juntarse e iniciar su vida común en una casa modesta, pero con un cuarto de música y un gran piano.

Con el nacimiento de dos hijos y el creciente éxito del cantante, Irmel fue relegando su propia carrera. En 1963 ella quedó embarazada otra vez, pero al nacer el bebé, murió de eclampsia. Solo y con tres hijos, fueron los amigos los que levantaron el ánimo del barítono, que soñaba con morir para estar con su esposa.

Una década después de la muerte de Irmel, y después de dos matrimonios que terminaron mal, el músico encontró nuevamente ese mismo sentimiento de amor completo (artístico y de atracción espiritual y física) durante un ensayo de Il Tabarro, de Giacomo Puccini.

Así cuenta en sus memorias cómo empezó su relación con la soprano Julia Varady: “Tenía un corazón cálido y una emoción a flor de piel, un estupendo sentido del humor; radiaba empatía. Cuando hablaba de su infancia en Rumania, sobre sus padres y las bromas con sus hermanos, la visión de una vida simple que yo creía haber perdido para siempre. Y por supuesto, quedé devastado por su voz inimitable, el sonido de la pasión tormentosa, el brillo triunfante de sus notas agudas que hacían que incluso la Reina de la Noche (de La flauta mágica de Mozart) pareciera fácil de cantar”.

La última frase de las memorias de Fischer-Dieskau es para su último amor, que vive la música como él. “Hoy Julia comparte todos mis miedos y mis alegrías”.

En 1990 tuve la dicha de ver y escuchar, por única vez, a estos dos grandes cantantes. Fue en la sala de la Filarmónica de Berlín. Eran solistas de la Misa Solemne de Beethoven. Cuando salí de la sala, abrumado por la emoción, me topé con ellos, altos, espléndidos, esperando un taxi en la noche de invierno berlinés. Noté que estaban tomados de la mano.

Componer para la voz del enamorado
En sus memorias, Fischer-Dieskau, dice que tras la muerte de Irmel la carta de condolencia que más lo emocionó fue la profunda misiva que recibió de una pareja de amigos queridos: Benjamin Britten y Peter Pears.

Britten fue el más grande compositor inglés después del barroco Henry Purcell. Su extraordinaria maestría se desplegó en obras sinfónicas, corales, de cámara, pero sobre todo en una serie de óperas (Peter Grimes, Billy Budd, Sueño de una noche de verano) que son a la vez innovadoras y profundamente teatrales y comprensibles para el gran público. Su pacifismo lo llevó a oponerse incluso al fervor militarista en la Segunda Guerra Mundial. Su homosexualidad, en un tiempo en que era inaceptable, lo llevó a plasmar en sus obras la tragedia del distinto, del perseguido, del paria de la sociedad.
El compositor vivió una relación de amor pleno y a la vista de todos con su pareja de toda la vida, el tenor Peter Pears, gran intérprete del papel del Evangelista en las Pasiones de Bach. Para Pears escribió Britten la mayoría de sus obras, y en 1962 le destinó el papel de tenor en su obra magna: el Réquiem de Guerra, un himno pacifista que combina la liturgia en latín con los versos del gran poeta Wilfred Owen, muerto en combate en la última semana de la Primera Guerra Mundial.
Britten quería que los versos de Owen fueran cantados por el inglés Pears y el alemán Fischer-Dieskau, y los melismas en latín por Vishnevskaia. La Unión Soviética no la dejó viajar para el estreno, pero sí pudo cantar en el disco; así unieron en sus voces a las naciones europeas que se enfrentaron en la guerra.
Esa grabación, dirigida por Britten, es escalofriante. Fue lo último que grabó Dietrich antes de la súbita muerte de su esposa. Lo primero que grabó Galina en el idioma que la acogería con Dmitri al huir juntos de su tierra. Y el proyecto común de una pareja de músicos ingleses a quienes la burla y la incomprensión nunca pudieron separar.
Quiero dar la última palabra de este recorrido por el amor en la música a la reina Isabel de Gran Bretaña. En diciembre de 1976, mientras la Iglesia de Inglaterra que ella presidía todavía condenaba la homosexualidad, Isabel se enteró de la muerte de Benjamin Britten. Como apunta con gran sensibilidad Alex Ross en el final del capítulo dedicado al compositor en El ruido eterno, la monarca envió un telegrama de condolencias a Peter Pears, su gran amor.

Este reportaje fue publicado como texto de apertura de la revista Cultura/s de La Vanguardia el sábado 28 de mayo de 2022

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9 de junio de 2022
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Este es ‘El mejor periodismo chileno’ de 2021

El 22 de marzo de 2022, Matías Vallarino, de 21 años, murió tras ser amarrado, pateado en la cabeza, golpeado con palos y hierros y asfixiado por una turba de vecinos que lo confundieron con un ladrón. El joven había entrado al antejardín de una vecina de La Florida huyendo de asaltantes que lo atracaron en un parque. Entre los atacantes había un trabajador de seguridad ciudadana de la comuna de Providencia.
¿De dónde venía tamaña crueldad, esa furia asesina? Cuando escuché en la radio sobre ese linchamiento, me pareció insoportable, pero a la vez comprensible. Yo había leído El justiciero imaginario, texto que ganó el Premio Periodismo de Excelencia en la categoría de Reportaje en el año 2017. En ese texto, Rodrigo Fluxá y Arturo Galarce diseccionan el caso de Pablo Oporto, un comerciante que se paseaba por radios y canales de televisión alardeando de que se había visto “obligado” a matar a una docena de delincuentes, algunos de ellos menores de edad, que intentaron asaltar sus negocios. Ante el discurso de la falta de seguridad en los barrios, Oporto se convirtió en un héroe. Incluso un canal lo puso a cuestionar las propuestas en seguridad de la entonces candidata presidencial Beatriz Sánchez.
Hace un lustro, este texto de la revista Sábado de El Mercurio ponía el dedo en la llaga: Oporto era un mentiroso, no había matado a nadie. Pero gran parte de la sociedad, como se leía en las muestras de apoyo en las redes sociales y en su éxito mediático, veía con buenos ojos su mentiroso derrotero letal. El mitómano fue desenmascarado. Pero detrás y debajo de lo obvio, la admiración por el que mata como conducta aceptable ante la ola de robos mostraba una enfermedad social que desde entonces no hizo sino crecer en las calles chilenas.
Esto hace el periodismo en profundidad, que mira más allá de la anécdota (un farsante dice que mató a 12 y todo era mentira) para hacernos pensar en qué nos mostraba la historia de Oporto de un país con un pasado reciente de violencia y asesinatos ilegales por parte de aparatos del Estado.
Desde hace 19 años que el Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado elige a grandes periodistas, editores, profesores y pensadores de la comunicación para que seleccionen, como prejurados y jurados finalistas, a aquellos trabajos periodísticos que logran ir más allá: los que descubren las causas, las consecuencias, las tendencias, lo que está pasando y lo que muestra el germen de lo que vendrá.
Este libro es un ejemplo cabal de ello: los textos contenidos aquí, ganadores y finalistas de las categorías Investigación, Reportaje, Crónica y Entrevista en periodismo escrito, sacan a la luz lo oculto y aplican la linterna y la lupa para que veamos con claridad lo que se nos quiere ocultar o lo que no podíamos o queríamos ver.
El 2021 fue un año de agitada agenda noticiosa y electoral. Inició su trabajo la Convención Constitucional, se renovó el Congreso y el joven Frente Amplio llegó a La Moneda de la mano del presidente Gabriel Boric. Antes, el gobierno de Sebastián Piñera debió sortear nuevas cepas del Covid 19, y la posibilidad de una segunda acusación constitucional tras las revelaciones de la investigación Pandora Papers, que expuso posibles delitos en la venta del proyecto minero Dominga. Los retiros de los fondos de pensiones siguieron tensionando la agenda política y económica, en paralelo al alza de las tasas de interés y el fantasma de la inflación. En este libro, que recoge lo mejor del periodismo nacional, encontrará algunos ecos de estas noticias que dominaron la agenda, pero también trabajos que tienen la cualidad de abrir agendas propias, al visibilizar temáticas hasta entonces poco o nada recogidas por la prensa. Un buen ejemplo de ello es el trabajo ganador en la categoría de Entrevista, un texto en el que un padre sordo es entrevistado por su hija periodista y al final le pregunta a su entrevistadora cómo se ha sentido ella siendo hija de no oyentes. Esta publicación precedió a la elección de CODA, película ganadora del Oscar que trata muchos de los mismos temas. La mayoría de los medios fueron a hurgar en el mundo invisible de los sordos y su relación con sus hijos oyentes tras la noticia que venía de Hollywood. Sin embargo, este mundo desconocido para muchos estaba ya contenido en la modesta revista digital chilena emf (es mi fiesta), gracias a la visión y la pluma de la periodista Karla Sánchez Layera, quien no tuvo miedo en meterse con su historia familiar y con un tema que no estaba en la agenda de nadie.
Los reportajes del incansable Ciper muestran la independencia que deben conservar los medios ante irregularidades a la derecha y a la izquierda. Al investigar y publicar sobre los negocios turbios del presidente Sebastián Piñera junto con LaBot y sobre las cuentas abultadas de la candidata Karina Oliva, muestran que los medios realmente independientes no investigan solamente a los que defienden ideas distintas a las de sus periodistas o sus lectores.
En un momento en que el Colegio de Periodistas de Chile abrió una controversia al manifestar públicamente su apoyo al actual presidente Gabriel Boric en la segunda vuelta contra José Antonio Kast, es importante resaltar la importancia de conservar el principio básico que para los periodistas “los nuestros” no son los políticos afines a nuestras ideas, sino los intereses del público y la sociedad.
Año tras año, en estos libros algunas firmas y medios se repiten: son los que van construyendo una carrera sólida que es fundamental agradecer y premiar. Por ejemplo, después de ganar el Premio Escrito el año pasado por su extraordinaria crónica “Los soldaditos del narcotráfico”, que develaba el drama de niños a quienes el Estado colocaba con indolencia en manos criminales, este año Matías Sánchez de revista Sábado de El Mercurio se luce con la investigación a fondo de otro horror contra la infancia: las niñas alojadas en hogares “protegidos” que son captadas por redes de proxenetas para ser usadas en redes de prostitución infantil. Es también el caso del gran investigador Andrew Chernin, co-ganador del premio mayor en 2018 por la investigación del “me too” chileno contra Nicolás López y Herval Abreu, ahora firma en La Tercera uno de los textos más inquietantes y con mayor repercusión del año 2021: la entrevista al convencional constituyente Rodrigo Rojas Vade, un trabajo periodístico que abunda en datos y denota un alto nivel de investigación, y donde quedó al descubierto que no tenía cáncer, pese a haber construido su personaje público y su campaña para llegar a la Convención Constitucional, sobre el mito de un hombre en lucha contra esta enfermedad,.
Pero el Premio Periodismo de Excelencia y sus libros anuales son también un espacio donde surgen voces, plumas y medios nuevos: nombres a los que prestar atención en el futuro. Este año destaca Pousta, un medio que creció desde ser un blog sobre cultura y entretenimiento en 2009 a mutar hacia una exitosa plataforma de comunicación multimedial. Son buen ejemplo de esta apuesta sus dos trabajos finalistas que figuran en este libro: un reportaje sobre los niños que no conocen la lluvia en un país donde a las empresas extractivas no les falta el agua y otro sobre la clase media convertida en “precariado”, endeudada y siempre al borde del descalabro económico y mental.
Dos medios digitales orgullosamente feministas, La Otra diaria (“Tres disparos en el bosque”) y emf (“Cuando nacieron yo lloraba mucho porque eran oyentes”), muestran que todos los temas se pueden y deben tratar con enfoque de género, de derechos humanos y poniendo la lupa en los olvidados y los perseguidos.
Entre todos, tradicionales y recién llegados, muestran que incluso en tiempos de crisis económica general y de los medios en particular, se puede hacer trabajo honesto, creativo y valiente sobre los asuntos que importan.
Hay aquí miradas nuevas a temas de siempre (paraísos fiscales, abuso de menores) y asuntos nuevos (los negociados con las compras de la pandemia); personajes conocidos (el famoso escritor Emmanuel Carrère) y voces que deben oírse (Anthony, el adolescente arrojado al Mapocho por carabineros); hay relatos con elementos literarios e informes precisos sobre datos y números.
Hay mucho presente rabioso, y también lugar para el rescate de gestas olvidadas, como la primera marcha de gais y travestis a meses del golpe de Estado de 1973.
¿Cuáles de estos reportajes, crónicas y entrevistas se leerán en el futuro como el preanuncio de cosas que sin esta visión no serían notadas? ¿Cuáles quedarán por años en la memoria de sus lectores, como a mí me sucedió con “El justiciero imaginario”?
Quedan todas y todos invitados a encontrar en estas páginas los trabajos que no se limitaron a seguir la agenda impuesta por el poder, sino que bucearon en lo nuevo, y encontraron las bellezas y los males que estaban por florecer.

(Este texto es mi prólogo a El mejor periodismo chileno 2021, publicado en mayo de 2022 por Publicaciones Universidad Alberto Hurtado)

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23 de mayo de 2022
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Gobernar en prosa: En el Chile de Boric ahora viene lo difícil

 

El inicio del gobierno de Gabriel Boric muestra las dificultades de vencer los tremendos desafíos de un país enfrentado a numerosas crisis. Algunas centenarias, otras que vienen de los remezones del estallido social de 2019 que llevaron al poder a su grupo de dirigentes estudiantiles de hace diez años. Se acabó la poesía de los días inmediatos al triunfo: ahora hay que gobernar en prosa.

No había pasado una semana desde este 11 de marzo en que se instaló el gobierno de izquierda, cuando ya apareció la primera crisis. Su ministra del Interior, la ex presidenta del Colegio Médico Izkia Siches, viajó el 15 de marzo, casi sin preparación y sin avisar a quienes debía, a lo más profundo del conflicto mapuche: la localidad de Temocuiciui, donde la última vez que entró la policía de investigación hubo muertos. Y la recibieron con tiros al aire y la quema de vehículos a pocos kilómetros.
El equipo de Siches (la mayoría también médicos) le armó una reunión en la zona más violenta de los ataques a las empresas forestales y la represión forestal, con el padre de Camilo Catrillanca, el joven comunero mapuche asesinado por un comando policial el 14 de noviembre de 2018. Pero para entrar en el territorio la negociación y el permiso no eran con Marcelo Catrillanca sino con los líderes de la zona. Incluso el mismo Catrillanca declaró después que el viaje había sido improvisado. Un periodista especializado en las interioridades del gobierno, con mucha experiencia en asuntos de seguridad, reveló para este artículo que la ministra había ido con tan poca conciencia de la complejidad y peligro de su primera misión que llevó a su bebé de diez meses.
Un baño de realidad para un gobierno de treintañeros que hace apenas una década estaban marchando en las calles, representando a la Federación de Estudiantes Universitarios en lucha contra el primer gobierno de Sebastián Piñera. Los principales ministerios ahora están en manos del grupo de jóvenes que marchaban con Gabiel Boric: Giorgio Jackson (Frente Amplio) y Camila Vallejo (Partido Comunista). Siches es de la misma generación.
El día de la toma de posesión hubo muchos gestos hermosos. Cantantes como Pedro Aznar y actores como Nona Fernández fueron invitados al evento. Las escritoras Isabel Allende y Gioconda Belli besaron al flamante mandatario. El presidente cerró su discurso en La Moneda con una paráfrasis de las últimas palabras de Salvador Allende, esas de que más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre (¡y la mujer, corrigió el feminista Boric!).
Ya había recitado poemas de Enrique Linh ante los empresarios, había recibido de regalo un muñeco de Pokemon de parte del gobierno de Japón en atención a su afición juvenil. En Argentina deleitó su afición a Los Redonditos de Ricota.

¿Otro retiro?
Mientras este número está en preparación, el Congreso chileno está discutiendo un nuevo retiro del 10 por ciento de los fondos previsionales de los trabajadores. Durante la pandemia y en contra de lo que quería y rogaba Piñera, los legisladores, incluyendo a la oposición que ahora es gobierno, aprobó tres retiros. De las escasas bolsas de ahorro que tenían en las Administradoras de Fondos de Pensiones, AFP (Chile fue el primer país que privatizó las jubilaciones en la región, y lo que cobran es una ínfima parte de los sueldos, que ya son bajos), la clase media y baja pasó las estrecheces de la pandemia comiéndose los propios ahorros.
Los diputados Boric, Jackson y Vallejo, junto con la izquierda entera, votaron a favor de los retiros. Piñera envió el tercer retiro al Tribunal Constitucional para que lo declarara ilegal, y los jueces no le dieron la razón.
Ahora Boric tiene que contar con fondos para sus planes sociales (subir las pensiones, subir el sueldo mínimo, inversiones en salud, educación, vivienda, transportes…) y su gabinete económico está en contra del cuarto retiro. Pero quiere seguir adelante con más retiros la izquierda que no está en su alianza, junto con parte de la derecha que ve en esta contradicción terreno para debilitar al nuevo gobierno y dejar al desnudo su cambio desde los principios al pragmatismo.
¿Cómo puede seguir sacando plata de los ahorros y bajar impuestos y al mismo tiempo tener capital para las inversiones? Su ministro de finanzas, el pragmático ex presidente del Banco Central Mario Marcel, le dice que aprobar más retiros es pan para hoy y hambre para mañana. Pero sus ex compañeros de bancada le retrucan que la gente tiene hambre hoy y que cuando estaban en la oposición ellos criticaban a Piñera por oponerse a lo mismo que ellos se oponen ahora.

Problemas en el sur, en el norte y en la capital
En el sur arrecian las tomas de terrenos, las quemas de maquinaria forestal y los cortes de ruta de los activistas mapuche. La represión militar y policial, el remedio de Piñera, no funcionó. Pero la estrategia del diálogo también tiene peligros. Debe aplicarse con mucha pericia y mano firme. En el norte, la invitación del ex presidente dada en la ciudad de Cúcuta en febrero de 2019 a los venezolanos (“vénganse a Chile, ¡tenemos trabajo para todos ustedes!”), provocó una avalancha migratoria, donde entraron también muchos otros, sobre todo colombianos. La frontera norte es enorme y poco vigilada. La población está angustiada. Algunos organizaron manifestaciones contra los inmigrantes y en imágenes que recorrieron el mundo, quemaron los enseres de los recién llegados, incluyendo carpas, abrigos y carritos de bebés.
Los jóvenes izquierdistas que ahora están en el gobierno se alzaron contra el discurso xenófobo y la propuesta de expulsión masiva del rival de Boric en la segunda vuelta, el ultraderechista José Antonio Kast. Esa no es la solución.
Pero sí hay un problema. ¿Y cuál es la solución?
Por ahora, el nuevo gobierno prorrogó el Estado de Excepción en el norte. Seguirá patrullando el ejército. En el sur decidieron levantarlo, y sacar a las Fuerzas Armadas. Pero todavía no se ve un plan en ninguno de los extremos de un país larguísimo cuyo Estado nunca fue capaz de abarcar los inmensos problemas de su inquietante geografía.
Y en las calles de Santiago… la transformación de los rebeldes en autoridades también tiene inmensas dificultades. Una de las más peliagudas se refiere a los insistentes pedidos del núcleo duro que llevó adelante las protestas desde el 18 de octubre de 2019. Miles de manifestantes se enfrentaron con carabineros y fueron heridos, algunos muertos, afectados en su visión, llevados a juicio… y hay un marasmo de situaciones legales dispares. Algunos tienen sentencia condenatoria, muchos están hace más de un año en prisión preventiva sin juicio, algunos están acusados o condenados de quemar o saquear negocios, oficinas públicas, iglesias, universidades, mobiliario público.
Yo mismo vi a jóvenes exaltados sacar a la Avenida Vicuña Mackenna, a media cuadra de Plaza Italia (llamada por la protesta Plaza Dignidad) muebles, bancos e incluso objetos en custodia en el Museo de Violeta Parra y quemarlos en medio de la avenida. Siento una mezcla de bronca, culpa e incomprensión por haber visto esto. Una parte de mí hubiera preferido no ver la destrucción vandálica, sin sentido, de algunos exaltados. Pensar que la violencia desmedida de los carabineros fue a columnas de manifestantes pacíficos. Pero si no todos fueron pacíficos, ¿qué hacer con ellos?
Los defensores de los “presos de la revuelta” cantan “Libertad, libertad, a los presos por luchar” cada viernes en la misma plaza, y durante días clamaban a las puertas de la Moneda Chica, el comando en el que Boric y su equipo armaban el nuevo gobierno desde las elecciones hasta la asunción.
¿Liberar a todos? Si lo hacen, buena parte de los moderados que votaron al actual gobierno van a pensar que ganó el caos, que está permitido el desorden, que se premia los destrozos e incluso los ataques físicos a comerciantes que defendían sus negocios. Si no lo hacen, el sector más radical de la protesta va a tildar al gobierno de traidor y vendido. Ya lo están haciendo.

¿Gobernar para radicales y posibilistas?
Y es que Boric y sus caras nuevas vienen con un doble mandato que parece imposible de cumplir. Por un lado, las exigencias del estallido social: un radical cambio de rumbo en materia económica, social, política, cultural, un gobierno para el pueblo y contra los grandes empresarios que vienen ganando fortunas con Pinochet y con todos los gobiernos, de centroderecha y centroizquierda, que recibieron del dictador la mano tendida de la transición pacífica, a cambio de que cambie lo mínimo. Como dijo el primer presidente democrático, el democristiano Patricio Aylwin, una transición “en la medida de lo posible”.
La calle, al menos ese es el relato heroico del estallido social, pidió lo imposible, como un Mayo del 68 sudaca y millenial. Y lo imposible suele ser… imposible, a menos que se haga un gobierno más confrontativo que el de Allende.
Del otro lado, están los políticos del ala centroizquierda de estos 30 años de democracia. Los ex presidentes Ricardo Lagos y Michelle Bachelet le dieron su apoyo sin condiciones a su antiguo crítico feroz Boric. Ante la amenaza de un candidato ultra como Kast, nostálgico de la dictadura, que quería solucionar el problema de la inmigración construyendo una zanja, que proponía militarizar a pleno la macrozona sur, eliminar el Ministerio de la Mujer, echar atrás los logros en materia de derechos sociales… la centroizquierda votó y apoyó a los jóvenes que querían expulsarlos del poder.
Y ahora gobiernan juntos, porque buena parte del gabinete viene del Partido Socialista y de esa Concertación contra la que se rebelaron los jóvenes del 18 de octubre.
Con estos moderados ganaron las elecciones. ¿Pueden ahora darles la espalda?
¡Qué bien que estábamos durante esa larga espera de casi tres meses que empezó el 19 de diciembre, en que Boric ganó la presidencia y en la misma esquina de la Alameda donde en 1970 Allende había dado su discurso de victoria, saltó vallas y abrazó a una multitud sudorosa mientras en los parlantes sonaba música de Víctor Jara, Los Prisioneros y el genial grupo de muñecos televisivos 31 Minutos!, podría decirse mirando las cosas en perspectiva.
Pero llegó el 11 de marzo y terminó la fiesta de la asunción y fue necesario empezar a gobernar.

Congreso en contra
En lo que para muchos analistas es la sabia e incomprensible picardía del votante chileno, al gobierno de Gabriel Boric le tocó una victoria alambrada de límites, peligros y derrotas.
El mismo día en que salió victorioso en la primera vuelta electoral y le tocó la fortuna de enfrentarse a la opción que más le convenía, el ultraderechista Kast (con lo que desde el centro hasta todos los que le tienen más miedo al fascismo que a la alianza de estos antiguos estudiantes con el comunismo), se eligió por otro lado un Congreso donde el bando de Boric está en franca minoría.
Sí, en las presidenciales los viejos partidos de la Concertación de centroizquierda y la coalición de Piñera Chile Vamos, de centro derecha, salieron en cuarto y quinto lugar. Fue sorprendente que además de los primeros dos lugares, que abrían el camino a la segunda vuelta, para Boric y Kast, los aspirantes de los partidos que habían gobernado por 30 años el país, desde el momento del regreso a la democracia en 1990, no salieron ni siquiera en el tercer puesto. Ese sitio le correspondió a Franco Parisi, un tecnócrata populista que no pudo pisar suelo chileno durante la campaña por sus deudas por impago de sus obligaciones económicas con sus hijos.
Pero en las legislativas ganaron por mayoría los viejos partidos. Los viejos diputados y senadores aliados de los poderes fácticos nacionales y regionales, los candidatos puestos a dedo por las maquinarias de los partidos que tienen casi cero credibilidad y apoyo en las encuestas de opinión.
El presidente ni siquiera consiguió ganar el voto legislativo en su propia ciudad de Punta Arenas, en el lejano sur. Y esas cámaras de Diputados y Senadores, donde el nuevo gobierno tendrá que negociar cada una de sus leyes, le harán rebajar más aún las expectativas de cambio brusco y los sueños de los maximalistas.
En la noche en que asumió el poder, Boric dijo a la multitud enfervorizada que se agolpaba fuera de La Moneda que iba a ir “lento” porque quería llegar “lejos”.
Tendrá que negociar mucho y con mucha mano izquierda para lograr algo en un poder legislativo adverso. Por eso puso en la Secretaría de Gobernación, su línea de contacto con el parlamento, a su mano derecha Giorgio Jackson, su ladero durante los 8 años en que ambos estuvieron dando batalla como diputados.

El gran peligro del referéndum
Y, a diferencia de cualquier otro presidente anterior y también de los que vendrán, su gobierno tendrá que lidiar con los avances de la Convención Constitucional.
Entre los 155 convencionales (hoy 154) elegidos en mayo de 2021 y que empezaron a reunirse el 4 de julio, la relación de fuerzas políticas no es ni como fue en la elección presidencial ni tampoco como en la mucho más conservadora elección de diputados y senadores.
La gran preponderancia de convencionales independientes, que no obedecen a los viejos pero tampoco a los nuevos partidos, algo que tanto gustaba cuando se empezaron a ver tantos líderes sociales, científicos, escritores, académicos, representantes de pueblos originales, figuras emblemáticas del estallido, periodistas, ahora que cada día sale la información de cómo se está escribiendo la nueva Carta Magna, las propuestas extremas, o contrastantes, y las disputas internas en la convención, están siendo un dolor de cabeza constante en un gobierno que se lo juega todo a que el texto constitucional que salga de esa olla de elementos tan variopintos gane en el referéndum de salida.
Sí, referéndum de salida, porque en la negociación entre las fuerzas políticas que permitieron una salida pacífica y legal al estallido, se decidió que debía votarse si el pueblo quería cambiar o no la constitución de 1980, hecha en plena dictadura (el “Sí” ganó por un 80 por ciento), después se eligieron los miembros de la Convención, y cuando esta termine su labor, por ahora fijada para el 4 de julio de este año, habrá un nuevo referéndum donde se votará “Sí” o “No” al flamante texto.
Un “No” sería un desastre para el gobierno que apuesta al cambio. Pero la derecha, que perdió abrumadoramente en la votación para convencionales, ya está haciendo campaña para el “No”, mientras que los que harán campaña para el “Sí” esperan con cortesía exquisita que esté redactado el texto para empezar su movilización.
Todos los días se discuten en los medios los avances de las distintas comisiones y las votaciones en plenario. ¿Se convertirá Chile en un estado plurinacional? ¿Se respetará la justicia indígena? ¿Hasta qué grado, en qué materias? ¿Se limitará el poder del presidente, que es más fuerte que en la mayoría de los países de la región? ¿Se eliminará el Senado? (¿Puede el gobierno apoyar esta eliminación si depende del apoyo de partidos que tienen más fuerza en la cámara alta que en la baja?)
¿Habrá control político a la justicia, a los planes educativos, a los medios de comunicación? ¿En qué medida se descentralizará un país tremendamente centralizado? ¿Garantizará la constitución el agua, la vivienda, la salud, la educación, el sueldo mínimo, los derechos sociales y reproductivos?
Se han presentado cientos de iniciativas populares para incluir artículos en la nueva constitución, que van desde la inviolabilidad del dinero en las cajas previsionales (para evitar la renacionalización de las pensiones) hasta los derechos de los animales y la libertad absoluta de los grupos religiosos. Muchos de estos aportes ciudadanos están en abierto conflicto con otros (los defensores de la fe contra los impulsores de la división total entre Iglesia y Estado, por ejemplo) o con la visión mayoritaria dentro de la convención, como por ejemplo lo relativo a la nacionalización de la minería. Los debates, lógicos en un órgano con miembros representativos de grupos tan variados, crean una sensación de lentitud, torpeza y desorden que los partidarios del rechazo están explotando desde el primer día.
El gobierno de Boric tiene que proteger, apañar y acompañar amorosamente el camino de la convención sin dar imagen de estarlo haciendo, porque se supone que es totalmente independiente y la administración de turno no debería inmiscuirse.

Un mundo incierto y en llamas
Y por último, en el terreno internacional tampoco le tocó una constelación fácil al flamante gobierno chileno. El país con el que tiene más cercanía, donde tradicionalmente viaja en primer lugar un nuevo presidente de Chile, la vecina Argentina, está en una crisis importante, con un gobierno dividido en su interior (¿con cuál Fernández le conviene aparecer más amistoso a Boric, con Alberto o con Cristina?). Y no se puede descartar que en las próximas elecciones venga un gobierno “de otro palo”.
El partido en el poder en Bolivia es cercano ideológicamente, pero a nivel de Estados sigue candente la crisis limítrofe y la salida al mar. Hubo gestos amistosos con el presidente Pedro Castillo de Perú, pero su posición no es firme en su país. Todos están en crisis política, y económicamente apenas levantando la cabeza de la pandemia y el encierro. Y más con la crisis energética y de alianzas en la guerra provocada por la invasión rusa a Ucrania. Y en Brasil, al menos hasta octubre… ¡está el ultraderechista Jair Bolsonaro!
En los últimos días ya no se ve tan seguido, tan sonriente ni tan poético al presidente más joven de la historia de Chile. Debe tomar decisiones de peso, que no podrán dejar a todos contentos. Va a tener que empezar a lidiar con errores, que a veces incluso podrán llegar a ser serios, de sus ministros, que son sus queridos amigos de la lucha universitaria. Deberá ceder para conseguir algo de sus rivales, sin los cuales no podrá gobernar tranquilo.

Al final, a modo de post scriptum: Boric acaba de cumplir 36 pero ya le estoy empezando a ver algunas canas, incipientes arrugas.
Ojalá sea fuerte y sabio y siempre honesto, y ojalá el pueblo chileno, que esperó tanto, sepa ser paciente y tolerante con él.
Ya siento nostalgia del lindo tiempo de la poesía, pero hoy las letras ya se están desparramando hacia la prosa, hacia los márgenes de la hoja tirante.

Este texto fue publicado en el número de Abril de 2022 de Le Monde Diplomatique (Uruguay)

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13 de abril de 2022
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Mirarnos en el espejo de Dennis Littler

 

Esta foto se llama “John, Paul, George and Dennis”, y fue tomada el 8 de marzo de 1958 por Mike McCartney, en la recepción de la boda en Liverpool de Ian Harris con Jackie Gavin. El novio era primo de Paul McCartney.

En uno de los grupos de Facebook que sigo sobre Los Beatles (soy muy fan) alguien puso el otro día esta foto, asegurando que era la primera foto en color de The Quarrymen (los fans del cuarteto ya sabrán que es el nombre del primer grupo de los adolescentes Paul, John y George). En la foto el más joven es el niño de la izquierda, George Harrison: recién había cumplido 15 años.

“Fue fotografiado”, explica el autor del post, “tocando su guitarra Hofner President, un modelo acústico sunburst al que añadió una pastilla. Un John Lennon de mejillas sonrosadas se encuentra en el centro de la imagen, parcialmente oculto detrás de los mástiles de guitarra cruzados de Harrison y McCartney. Lennon tocaba una guitarra acústica oscura, probablemente su primer instrumento en un estado decente luego del banjo, una Gallotone Champion de tres cuartos. A la izquierda de Lennon estaba Paul McCartney, tocando una guitarra acústica Zenith Model 17 archtop fabricada por la compañía alemana Framus. Esta fue la segunda guitarra de McCartney”.

Encuentro que esta foto es extraordinaria. Después de escuchar mil veces las canciones de la futura banda de estos tres genios (faltaban años para que apareciera Ringo Starr), después de leer varios libros y toneladas de artículos sobre sus vidas, caminos artísticos e ideas, después de ver el gran documental de Peter Jackson con material inédito sobre el final de la banda… aquí está el germen de los artistas más influyentes en la música popular de la segunda mitad del siglo XX.

Mírenlos: están a punto de saltar como felinos sobre sus propios personajes, a punto de convertirse en ellos mismos. El sonrosado Lennon tiene algo que decirnos, algo que comunicar al mundo. Toda su rubicunda cara está volcada a transmitir un mensaje. Todavía no sabíamos que más de medio siglo más tarde seguiríamos viviendo en sus sueños. Paul quiere tremendamente que lo miremos, que lo admiremos, que lo amemos. Su mensaje es él mismo; es la estrella, que consigue meternos en la cabeza y el espíritu sus canciones perfectas junto con su personaje de trovador guapo e intenso. En el rincón, George ya está tranquilamente desesperado por hacerse notar; sus manos tocan como el gran guitarrista que siempre fue, pero sus ojos nos miran como intentando un diálogo preciso, individual: él tiene algo propio para compartirnos.

Es casi impúdico estar viendo esta foto: son nuestros queridos artistas antes de ser los que amamos, es el pájaro majestuoso aún dentro del cascarón, la mariposa en su larva, Shakespeare aprendiendo a deletrear, Mozart garabateando en su primer pentagrama.

Pero de todos los elementos de esta foto, a mí lo que más me impresiona es el Dennis de “John, Paul, George and Dennis”. ¿Quién es este gordito con corbata a rayas, pulóver de figuras geométricas, vaso grueso de cerveza negra y cara de nada?

“Dennis Littler era un invitado a la fiesta que bebía cerveza fuerte y era vecino de Ian Harris”, ese es el dato que proporciona quien subió la foto al grupo de admiradores de los Beatles. Harris, el novio de 19 años, lo debe haber invitado porque eran amigos, o porque le hizo un favor, o porque se lo encontró en la calle y quiso que su boda estuviera más concurrida. Las cosas suelen suceder con menos razones que en las novelas. De la misma forma en que tal vez la madre de Ian le debe haber dicho: ¿no recuerdas a tu primo Paul, el que toca la guitarra? Bueno, tiene un grupo ahora, ¿por qué no lo invitas a que toque en tu boda? E Ian, que probablemente no lo había escuchado, pensó que era una buena idea. Por un par de libras y unas pintas de cerveza, los muchachos tocaron en la boda. ¿Habrá durado el matrimonio de Ian con Jackie? ¿Seguirá en contacto con su primo Paul?

Pero no quiero salirme de mi duda esencial. ¿Qué pasó con Dennis? ¿Habrá tenido conciencia de que una vez, por casualidad, entró en una foto con los futuros músicos de los que hablaría el mundo entero? ¿Se habrá dado cuenta acaso de que Mike estaba sacando una foto y él entraba en el encuadre?

Realmente parece en esta foto como un ser de otra galaxia: de la nuestra. Es como cualquiera de nosotros, un muchacho tranquilo, apocado, con los anteojos ya empañados por la cerveza, incapaz de hacer rimar el pulóver con la corbata. Destinado a una vida que solo quedará en la memoria de los suyos, como casi todos.

Lo busco en Internet. Lo encuentro. Dennis Littler es hoy un señor mayor, con cuerpo rotundo y cara abotargada, que recuerda esos días de finales de los cincuenta en varias entrevistas por aniversarios de los Beatles. “Cuando Paul, John y George empezaron a ensayar con su propio grupo en casa de tía Ginny (la madre de Ian), ellos nos admiraban. Querían juntarse con nuestra banda. Nostros los rechazamos, eran demasiado jóvenes y sin experiencia; todavía estaban en el colegio. Nosotros eramos algo mayores, con algo más de trayectoria…”

Dennis recuerda que John Lennon le pedía que le prestara su guitarra de 19 libras; la del futuro Beatle era un castigado instrumento por el que había pagado una libra y media. Pero según recuerda Littler, en tres semanas los chicos tocaban ya mucho mejor que ellos. “Paul lo hacía mejor que mis mayores esperanzas”.

La guitarra era para diestros, Paul era zurdo, pero en minutos ya dominaba cualquier melodía.

Vuelvo a mirar la foto. Claro, en la única foto que trascendió de Dennis Littler está sosteniendo su vaso de cerveza con la mano derecha. Pero es el gesto, la mirada, la actitud lo que llama mi atención. ¿Será que yo sé, que todos sabemos, lo que después pasará con George, John y Paul,? Vuelvo a mirar la foto. Veo ahora que el fotógrafo aficionado Mike McCartney no pudo enfocar a los músicos sin Dennis. Estaba casi metido en el rincón con ellos, pegado a sus guitarras, como una presencia incómoda, tal vez recordándoles que él era el chico mayor dueño de la buena guitarra, el que ya había actuado en bares y había ganado unas libras en este oficio. Parece pensar: “a ver cómo lo hacen estos chicos”… y no se imaginaba que estos chicos cambiarían la historia de la música.

Somos nosotros los que vemos a los genios en ciernes y al joven aterradoramente normal que sorbe su cerveza negra mientras la genialidad se le manifiesta en sus narices.

Sin Dennis esta foto no sería tan genial, tan premonitoria, tan terrible. Dennis somos nosotros. Estábamos ahí. El fuego ardía a nuestro lado, no en nuestro interior. ¿Cómo pudo soportarlo el bueno de Dennis Littler todos estos años?

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10 de abril de 2022
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Deutsche Grammphon: el mítico sello amarillo busca nuevos públicos

La prestigiosa y otrora adusta casa de los genios de la música clásica Deutsche Grammophon, con 122 años de historia, presenta a sus jóvenes intérpretes en discotecas, los fotografía como ídolos pop y dedicó sus mayores esfuerzos de 2021 al concierto del compositor de Hollywood John Williams con la Filarmónica de Viena. ¿Le funcionará este camino hacia un público que le da la espalda a su arte?

A comienzos de 2021, muchos aficionados a la música llamada clásica recibimos con sorpresa los insistentes mensajes por redes sociales del “concierto del año”: se trataba de la Filarmónica de Viena tocando bandas sonoras de las películas de John Williams. En vistosos clips de uno o dos minutos, el mismo compositor dirigía fragmentos de La guerra de las galaxias, Parque Jurásico, La lista de Schindler y E.T., entre otros. Entrado el año, las redes se volvieron a llenar con la presencia de Williams con la Filarmónica de Berlín. La web del sello discográfico incluía videos de Williams manifestando su alegría y el público aplaudiendo como niños con juguete nuevo.
Al mismo tiempo, artistas consagrados como Daniel Barenboim, Yo Yo Ma y Anne Sophie Mutter y otros valores emergentes como el pianista sueco Víkingur Ólaffson y la directora lituana Mirga Gražinytė-Tyla aparecen en portadas de discos como estrellas pop, en acantilados de tormenta, con vestidos vaporosos, o ante un fondo impresionista de luces borrosas; las presentaciones de novedades discográficas vienen con sus clips que relacionan fragmentos de música con ideas sobre la libertad, la pasión y los sueños juveniles.
En uno de estos álbumes debut, Nightscapes de la arpista alemana Magdalena Hoffmann en noviembre de 2021, la portada es un primer plano de la bellísima cara de la intérprete mirando un paisaje difuso, como una cortina de agua o de tul, en tonos desde el celeste lavado al morado intenso. Media cara se va difuminando en los tonos del fondo, mientras su mitad precisa se adentra con fiereza en la lejanía. El texto que acompaña el lanzamiento dice: “A la noche, todo se vuelve más íntimo, más sentido, con múltiples capas”, observa Hoffmann. “La oscuridad invita a mirar hacia adentro, mientras el alma despliega sus alas – y así también la imaginación”.
¿Qué está pasando en la otrora adusta marca de referencia de las obras clásicas?
Hubo una época en que la etiqueta amarilla con una sobria corona de tulipanes (que diseñó el consultor publicitario de Siemens Hans Domizlaff en 1900) era sinónimo de un espíritu elevado, en el firmamento de los grandes maestros.
El cantautor francés Vicent Delerm (un flaco sutil e irónico con guitarra, como un moderno Georges Brassens) tiene una canción de su disco Kensington Square de 2004 dedicado a una “chica Deutsche Grammophon”, que prefiere las interpretaciones del legendario director germano Wilhelm Furtwrangler a las canciones de Jean Pierre Mader (supongo que podría ser otro trovador pop, pero hace rimar Mader con Furtwrangler), y que te sorprende eligiendo el claustro medieval de Marmande antes que Disneyland (obvio, Delerm también consigue rimar Marmande con Disneyland).
La chica de la canción es fina, es lánguida, es inolvidable. Y los long plays de DG, con reproducciones de cuadros románticos en las tapas, se mezclan en el piso de los amantes bohemios con botellas de vino a medio tomar, ceniceros rebosantes y la exquisitez de los gustos compartidos.
Probablemente la unión de música de alto vuelo, diseño atractivo y negocio redondo ya estaba en la mente del fundador de la compañía, el alemán Emile Berliner (1851–1929), quien inventó el gramófono, creó la fábrica para industrializarlo y forjó el primer logo de su marca, el perro que mira dentro de la bocina mientras suena el disco. Es His Master’s Voice, La voz de su amo. Mientras, en Estados Unidos, Thomas Edison inventaba el fonógrafo. Pero el gramófono de Berliner resultó ser más fiel al sonido original, y más fácil de manejar.
La compañía empezó a contratar a los grandes nombres del canto y la interpretación, mientras desarrollaba tecnologías que llevaban el complejo sonido de una orquesta sinfónica al microsurco del disco de pasta, después al de 78, 45 y 33 1/3 revoluciones por minuto. En 1946, fue la primera compañía en desarrollar la grabación magnética.
Doce años más tarde, vino la revolución del disco estereofónico. Deutsche Grammophon lo celebró lanzando en stereo el poema sinfónico de Richard Strauss “Also sprach Zarathustra” dirigido por una de sus estrellas, Karl Böhm.
En la década siguiente, irrumpió en el firmamento de la marca su director emblema: Herbert von Karajan. Con su grabación de las nueve sinfonías de Beethoven en 1963, marcó un hito en las grabaciones “de referencia” y fue un tremendo éxito de ventas.
A lo largo de 40 años, Karajan grabó para DG 405 horas de música, con obras desde el barroco hasta el siglo XX. Su repertorio preferido, el período romántico, incluyó todas las grandes sinfonías y conciertos, muchas veces grabados con distintos solistas. Algunos de sus jóvenes protegidos, como la violinista Anne Sophie Mutter y el pianista Evgeni Kissin, siguen ligados al sello.
El maestro fue un fanático de la perfección artística y de los adelantos tecnológicos. En 1981, Karajan presentó en el Festival de Salzburgo el Disco Compacto junto al gerente de Sony Akio Morita. Su primer CD fue otra obra de Richard Strauss (su sonoridad rotunda y envolvente es ideal para probar los límites de la grabación): La sinfonía alpina, con su Orquesta Filarmónica de Berlín.
Pero las cosas están cambiando en DG. Lo anunció en un artículo de mayo de 2019 el crítico de música clásica de El País Pablo L. Rodríguez: “Deutsche Grammophon mira hacia el futuro con un ojo en el pasado. Lo demuestra la portada de este disco. Actualiza la habitual imagen del director de orquesta de mediana edad que representaba Herbert von Karajan. Y ahora, bajo el mítico sello amarillo de la corona de tulipanes de Hans Domizlaff vemos a una joven llamada Mirga Gražinytė-Tyla. La postura es similar: expresión concentrada, ojos cerrados y batuta apuntando al cielo. Esta lituana de 32 años parece destinada a cambiar la historia”.
En una entrevista en 2020 con la revista Grammophone, el director general de DG, el Dr. Clemens Trautmann enfatizaba que no veía ningún conflicto entre las decisiones y estándares artísticos y las necesidades comerciales.
“La mayoría de las veces, las apuestas más audaces y creativas en términos musicales son también las más lógicas en términos de marketing y ventas. Abren nuevas áreas de mercado”. Y puso el ejemplo del ciclo de Myrga Gražinytė-Tyla, quien no eligió el repertorio habitual sino dos sinfonías del casi desconocido compositor soviético Miroslav Weinberg. “Era muy osado, y fue un éxito de ventas, además de las excelentes críticas”.
Clemens Trautmann es en sí mismo un fascinante ejemplo del nuevo camino del sello amarillo. Se formó como clarinetista y luego se doctoró en derechos de propiedad y adquisiciones. Tras trabajar en la poderosa editorial Axel Springer y en el Instituto Max Planck, volvió a la música para dirigir DG. En la entrevista defiende el acercamiento a nuevos públicos con los Lounges Musicales, sesiones de prestigiosos artistas clásicos en sitios de jazz, rock y música electrónica. Pero su gran avance es la grabación de obras de compositores actuales como Thomas Adès, Max Reich, Philip Glass y John Adams. “¿Hay algo más excitante que escuchar una obra por primera vez, la música que se está componiendo ahora mismo? En un mundo saturado de streaming de las mismas obras, es genial tener esta música fresca”, dice Trautmann.
Los fanáticos del sello no dejaron de notar el cambio. Cuando salió Fragmentos en agosto de 2021, con su desafiante presentación (“¿Qué pasa cuando algunos de los más vanguardistas talentos de la escena musical electrónica son invitados a reimaginar las obras de los pioneros del pasado?”), el miembro del grupo de debate Talkclassical.com que se hace llamar Neo romanza opina: “Yo creo que DG tiene una crisis de identidad. Dios mío, con el maravilloso catálogo de viejas grabaciones que tenía antes de empezar a hacer este kitsch”. SanAntoine le contesta: “Ahí está el punto. Mientras sigan reimprimiendo sus viejos discos, cultivar nuevos mercados es un aspecto distinto de su plan de negocios. No tenemos la obligación de seguirlos en ese camino, pero sospecho que hay un público ahí que ellos buscan”. Y para cerrar la discusión, el moderador, Art Rock, informa: “Hace décadas que cruzaron el río, con las colaboraciones de la mezzosoprano Anne-Sofie von Otter y Elvis Costello, con Tori Amos cantando ciclos basados en temas clásicos, y con Sting tocando baladas de (el laudista del siglo XVII) John Dowland”.
Desde su nacimiento al comienzo del siglo pasado, Deutsche Grammophon se ha mantenido en un sorprendente y extraño balance, entre mantener las esencias y avanzar a lo nuevo. Ya hace medio siglo lanzó un sello plateado, Archiv, para innovar en ser puristas y tocar el barroco con instrumentos originales. Ahora busca alianzas con músicos afines de otras tradiciones, crossover con artistas populares y la presentación de sus estrellas como ídolos actuales. Afuera las corbatas y retratos serios, adentro las melenas al viento y los paisajes vaporosos. Bajo el liderazgo de un entusiasta músico-abogado, este puede ser el camino para que Mozart y Philip Glass se encuentren con la generación de Spotify.

Este reportaje fue publicado en la revista Cultura/s de La Vanguardia el 6 de febrero de 2022.

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3 de marzo de 2022
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Cristian Alarcón: El cronista antes del salto a la ficción

Hace tres décadas que Cristian Alarcón no deja de sorprendernos. Es cronista, fabulador, inventor de proyectos narrativos, gestor de sueños de verdad y justicia a partir de la palabra, mentor de al menos dos generaciones de periodistas narrativos en América Latina. Y ahora Premio Alfaguara 2022 con su primera novela, El tercer paraíso.
En 2010 Marcela Aguilar me convocó junto a otros escritores y profesores a presentar y entrevistar a los “domadores de historias” del continente. Tuve la suerte y la alegría de escribir sobre los dos primeros libros de Cristian, que forjaron su fama de cronista de los mundos de la droga, el crimen, la rebeldía y la dignidad. Al final, veo que anuncia el camino “al campo”, a la naturaleza, que bulle y brilla en su novela, que leeremos muy pronto. Ya estaba en su cabeza hace 12 años. Este es el perfil-entrevista que salió en Domadores de historias. El capítulo se llama: La revelación

* * *

No conozco ningún periodista latinoamericano que se haya acercado tanto como Cristian Alarcón a los rigores del método antropológico de la observación participante, con su combinación de ciencia y ética. Y la diferencia no sólo están en la investigación ‘de campo’. Mientras se sumerge en el mundo de los desconocidos y despreciados, este reportero erudito también se nutre de teoría y literatura y se zambulle como un psicólogo en sus propios sentimientos y reacciones ante lo que descubre. Y al final, cuando está a punto de ahogarse, se eleva a la superficie y escribe como un poseso, como un iluminado.

El periodista narrativo suele ir, ver algunas escenas, anotar y contar lo que vio. Puede escribir como los dioses, pero casi siempre se pasea por la realidad como un turista atento. El antropólogo, en cambio, busca presenciar y averiguar tantas escenas y tantas historias que al final es capaz de armar su tesis doctoral o su libro académico con el convencimiento que da la ciencia. Su problema suele ser el opuesto: tiene muchísimos datos e historias, pero muchas veces le falta el garbo, la elegancia y el nervio de la literatura.

En Estados Unidos, unos pocos periodistas en profundidad, como Ted Conover, J. Anthony Lukas o Peter Matthiessen, han combinado investigación a fondo con gran estilo. Yo al menos nunca había leído a un reportero latinoamericano hacer esto con tal compromiso y maestría. Eso es lo que hace tan especiales los dos libros que hasta ahora ha publicado Cristian Alarcón: Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Norma, 2003) y Si me querés, quereme transa (Norma, 2010).

Para hacer Cuando me muera quiero que me toquen cumbia se pasó año y medio metido con los ‘pibes chorros’, los jóvenes y niños ladrones, el eslabón más bajo de la cadena de miseria y violencia del país rico y soberbio.

Los pibes chorros tenían un santo propio, el Frente Vital, un chico que murió baleado por la policía y al que le rezaban con desesperación. Alarcón reconstruye la vida y la muerte del Frente, relata escenas tiernas y terribles con los chicos, con los adultos que fueron chicos, mezcla con maestría la vida de la calle, la lógica del robo, la miseria, el no futuro, el embrujo oscuro de la violencia, el sadismo de los policías. La voz que habla siempre es la del narrador y la historia sigue linealmente la cadena de descubrimientos del autor mientras se interna en el submundo de las villas miseria.

En los años siguientes, Cumbia se convirtió en un libro exitoso, comentado, admirado, pero no salía la secuela. En mis encuentros con Cristian, me contaba que estaba investigando una historia mucho más compleja y cuya escritura debía ser más poliédrica.

Así pasaron siete años. Recién a principios de 2010 emergió el nuevo libro.

Y sí: Si me querés, quereme transa cumple gran parte de las promesas y expectativas que muchos habíamos depositado en el libro anterior. Cristian Alarcón puede seguir subiendo, claro, pero pienso que aquí llegó a cotas inusitadas en la profundidad de investigación y en el trabajo de la estructura, el estilo, el ritmo, la tersura brillante de la prosa.

Transa, en el argot de la calle, quiere decir vendedor de droga. La autora de la frase, la que exige que la quieran transa, es la endurecida, práctica, hipersensible Alcira, uno de los personajes más fuertes y dolidos de la literatura argentina. El libro es la historia y el viaje a la inquietante y compleja psiquis de Alcira, quien regentea una casa tomada en permanente construcción, donde vende droga, defiende como leona a su familia y sus incondicionales, e impone su lógica.

El libro es también la historia de Teodoro, el último de los peruanos que se masacran entre sí para quedarse con el negocio, pero que también luchan a punta de pistola por su honor y su dignidad. Cristian Alarcón cuenta la historia de Teodoro, su hermano, sus aliados, sus competidores, sus enemigos en el tenebroso mundo de la controlada violencia de estos narcos que bajaron de las montañas de Perú para adueñarse de una selva urbana en medio de la ciudad que se cree europea.

En sus páginas brilla, como en el libro anterior, la prosa poética de Cristian, su forma de relatar escenas vistas y vividas. Pero también se echa más para atrás, para reflexionar y aportar un riquísimo contexto histórico, sociológico, psicológico y antropológico. Y junto con la voz del narrador, surge la brillante construcción de unos ‘monólogos autobiográficos’ de sus protagonistas: Alcira, Teodoro y un puñado más. Son voces que surgen, como si salieran de una lámpara oriental, y destilan el fluido de la manera de pensar y sentir de cada uno. Veo en estos relatos en primera persona la influencia del genial El emperador, el libro seminal de Ryszard Kapusinski.

Por Cumbia, Alarcón ganó el Premio a la Integridad Periodística del prestigioso North American Congress of Latin American (NACLA). Después de Transa le ofrecieron ser director académico del proyecto Narcotráfico, Ciudad y Violencia en América Latina de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y el Open Society Institute.

Pero conocí a Cristian mucho antes de estos logros y honores. Fue en Ciudad de México, en marzo de 2001. Ambos fuimos al primer taller que Ryszard Kapuscinski dio para la FNPI, la vuelta del maestro a Latinoamérica 30 años después de haber cubierto la región para la agencia polaca PAP. Allí Cristian contó su proyecto, y su temor a meterse demasiado. “¿Cuánto hay que meterse con el mundo del que uno está escribiendo?, ¿hay un límite?”, recuerdo que le preguntó al maestro polaco.

Yo ya sabía que Cristian había empezado en el periodismo por el lado del compromiso personal, sin separar nunca su lucha y sus crónicas. Estudió en la más antigua y politizada escuela de periodismo de Argentina, en la Universidad de La Plata. En 1993, uno de sus compañeros, Miguel Bru, fue secuestrado por la policía de la provincia y desapareció. La necesidad de contar y de luchar por Miguel – a quien llamaron el primer desaparecido de la democracia – movilizó a sus compañeros, y Cristian empezó a escribir del tema en el entonces joven diario porteño Página 12.

Pasó más de una década en Página escribiendo de crímenes, cubriendo y descubriendo los desmanes policiales, después pasó a la revista TXT y al diario Crítica. Desde entonces, sus crónicas salieron en Gatopardo, Rolling Stone, Etiqueta Negra y Soho, pero su corazón se volcó, se derramó sin paliativos en sus libros, extremadamente ambiciosos.

La última vez que lo vi en Buenos Aires Cristian invitó a su casa y me llevó a su placar. Allí me mostró con orgullo las camisetas de su ahijado, Juan. Juan es el hijo de Alcira. La protagonista de su último libro le insistió por años en que él fuera el padrino de su hijo. Después de mucho negarse, aceptó, y la escena en que Juan es bautizado y Cristian se convierte en su padrino es una de las más emocionantes de Si me querés, quereme transa.

Cristian Alarcón acaba de cumplir 40 años, está en un momento dulce, alto de su carrera, y no para. Dí con él en un hotel de Monterrey, en la mañana del martes 21 de septiembre del 2010. Su voz sonaba pastosa, lírica, extrañamente lúcida al otro lado de la línea telefónica, habida cuenta que había bailado y bebido hasta las 5 de la mañana en la fiesta de los premios de la FNPI. Pero al mediodía salía para Nuevo León, para dar un taller, así que después de despertarlo, lo esperé a que se duchara y se tomara unos cafés en el bar del hotel. No había tiempo que perder.

Le propuse una entrevista que repasara cronológica y temáticamente su obra y su método. Acostado en la cama, después de hartarse de café pero otra vez con los ojos cerrados, me decía que sí, que dale.

–¿De qué planeta vienes, Cristian? Quiero decir, ¿dónde naciste y creciste, y qué de eso afectó lo que eres y haces ahora?

–Vengo de una aldea campesina en Chile, antes de entrar en el pueblo de La Unión, que fue creada después del terremoto de 1960 y del tsunami que destruyó gran parte de la región. Algunos de mis tíos fueron los primeros pobladores de este barrio, que se construyó con las casas que donó para las víctimas del terremoto el estado de Georgia. Cada estado de EEUU donó un barrio en Chile para los damnificados. Vengo de una madre enfermera, de un padre electricista, de una nana que me crió hasta los 5, en 1975. Vengo del campo, del Chile profundo…

–¿Cuándo cruzaste a Argentina?

–Fuimos a Bariloche, a Neuquén, cruzando la confluencia del Neuquén y Limay. Ahí viví hasta terminar la secundaria a los 17, y me fui a La Plata a estudiar Ciencias de la Comunicación…

–¿A qué edad empezaste a pensar que querías ser periodista?

–Hace poco estábamos jugando con unos amigos a acordarnos de cosas, y me acordé que a los 7 años, en un intento por seducir a mi maestra, de la que estaba enamorado, inventé una especie de juego del cuerpo humano, y en medio de ese juego me acordé lo que me había gustado el descubrimiento de que podía inventar. Me costaba mucho jugar. No tenía juguetes. Me dediqué siempre a leer, la lectura se transformó para mí en el exilio, en un refugio cada vez más vivo. El tedio del viento patagónico, el frío del invierno, el calor del verano lo fui compartiendo con La vuelta al mundo en 80 días, mucho Verne, entre los 7 los 12 años…

–Recuerdo que hace unos años me contaste que cuando fuiste a La Plata entraste en el mundo de la política, de la lucha por los derechos humanos, como algo lógico, casi natural… ¿Era el espíritu de la época y lo que se respiraba ahí, o lo traías con vos?

– Las dos cosas. Sí, ya venía politizado: hubo dos hechos políticos que me marcaron pronto. Cuando estaba en la secundaria yo era dirigente estudiantil, era una época de efervescencia a mediados de los 80, era insoportable a los 13 años, y cuando estaba en cuarto año hubo un intento de golpe y en el Alto Valle había resabios de grupos fascistas de la dictadura. Fue secuestrada una amiga, y era un momento de crisis personal porque mis padres me amenazaban con regresarme a Chile, a un internado de curas. Yo tenía terror de eso, y esa experiencia originó ciertos componentes posteriores. Y ya en la universidad, en 1993 desaparecieron a uno de mis compañeros de la carrera de periodismo en La Plata, Miguel Bru, y yo ya estaba colaborando con Página 12 en el suplemento de La Plata y empecé a publicar sobre esa investigación que hicimos… Yo estaba en la comisión que peleaba por Miguel y contra la impunidad, y al mismo tiempo escribía sobre el caso en el diario…

–¿Qué es para vos el trabajo de periodista de diarios? ¿Qué hiciste, qué aprendiste y qué te enseñó la experiencia de reportero?

– Desde el comienzo de mis estudios yo quería publicar en un diario. Desde muy pronto yo estaba buscando dónde publicar, tenía 18, 19 años cuando transitaba redacciones buscando un espacio, y antes de terminar la carrera ya estaba trabajando como redactor de policiales en un diario local, Hoy, que todavía existe, que era la competencia de El Día, el diario conservador. Por las tarde hacía policiales, investigaba crímenes locales. Me acuerdo el crimen de un pintor que había aparecido a la vera del camino que llevaba de La Plata a Punta Lara acribillado a balazos, y decían que se había suicidado…

–¿Por qué policiales?

– No logro recordar si yo elegí policiales o si fue otra cosa… Yo había escrito siempre sobre sociedad en un suplemento de los sábados. La primera nota que publiqué fue sobre los viajes de egresados del secundario, pero me llamaban mucho los temas policiales. Leía mucho, había descubierto los clásicos, a los 20 me había bajado todo Raymond Chandler, todo Dashiell Hammett, Patricia Highsmith, Georges Simenon… todo. Me había dejado seducir por la literatura policial. En la sección de policiales era feliz, me parecía fantástico hablar con policías y ladrones.

– Y en eso, estando en policiales de Página 12, te tocó el primer taller de crónica con Kapuscinski en México, donde nos conocimos. ¿Cuánto te influyó ese taller de Kapuscinski? ¿Esa experiencia fue importante para el paso que estabas por dar?

– Sí, claro. Yo todavía no había entendido las dinámicas que el periodismo me podía dar por un lado para huir del periodismo, y por otro para llevarlo hasta las últimas consecuencias. Kapuscinski nos definió el concepto del taller propio, que era la angustia que todos teníamos de trabajar en redacciones y no poder producir textos narrativos de calidad. Y todos los que salimos de ahí y escribimos libros o creamos medios después, como Graciela Mochkovsky que escribió su biografía de Jacobo Timerman, Julio Villanueva Chang creó Etiqueta Negra, Juan Andrés Guzmán fundó The Clinic, Boris Muñoz hizo un libro de crónicas de Estados Unidos, Juanita León publicó su País de plomo, casi todos salimos de ahí a seguir las lecciones del maestro…

–¿Vos ya sabías que querías escribir un libro o fue a partir de eso?

– Tal vez las dos cosas. El libro salió en el 2003, yo ya estaba escribiendo, había empezado, pero tenía mucho respeto, ya tenía un contrato con la editorial… Yo me había planteado escribir un libro antes, que eran historias de hijos de desaparecidos, en ese momento estaba enamorado de Josefina, una hija de desaparecidos de La Plata, una de las fundadoras de la organización H.I.J.O.S., y un día Juan Gelman le manda una carta a los chicos pidiendo permiso para hacer su libro Ni el flaco perdón de Dios. Esa carta la recibí yo en un departamento que Josefina tenía en el Abasto, cuando estaba en la mitad de la escritura de mi libro. Fue como una aplanadora que me pasó por encima. Me aterroricé ante la idea de que compararan mi trabajo con el del Poeta, y ese libro nunca lo terminé…

–¿Te parece que lo terminarás algún día?

– No sé, tal vez. El texto está ahí, como lo dejé ese día.

–¿Y cómo fue tomando cuerpo lo que finalmente se convirtió en tu primer libro, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia?

– Yo soy muy maníaco y ‘workahólico’, así que trabajaba todo el día. No sé en qué momento lo decidí, pero poco a poco, todo el tiempo libre que me dejaba el diario lo iba invirtiendo en mis propias historias, pensando en publicarlas también en Página. Un año y medio me llevó investigar una mafia de policías de la Zona Norte del conurbano bonaerense, que asesinaban a chicos por la espalda. Los editores del diario eran remisos a publicarme los avances de esa investigación. Pero yo venía con datos, con pruebas, con historias que no podían soslayar y me tenían que publicar. Era un gran placer poder ‘colar’ esas publicaciones diarias. Era el viejo orgullo de sentir que yo tenía una historia única, que podía producir cambios políticos y sociales… Al final el capo de la mafia policial fue sentenciado con pruebas que surgieron de la investigación, a 22 años de cárcel por homicidio, y su lugarteniente también fue preso. Yo me sentía muy washiano, quería ser Rodolfo Walsh…

– … Pero el libro que hiciste al final no es sobre los policías sino sobre los chicos…

– Cuando ya conseguí eso (que los policías fueran presos), creía que el libro iba a ser sobre el escuadrón. Incluso creo que el contrato con Norma lo hice sobre ese tema. Pero después me dije: ‘qué aburrimiento, tener que mostrar todas esas pruebas otra vez, ya lo sabe la gente…’ yo quería contar otra historia, y yo tenía pasión por una literatura más contemporánea, y el día clave fue el día en que descubrí la historia del Frente Vital, en santo de los pibes chorros. En ese momento sentí que tenía una historia entre manos, una historia que tenía el vértigo de la violencia urbana y todos los ingredientes del pop…

– Yo lo releí en estos días justo antes de leer el otro, y es una historia complicada de contar, ¿no? El Frente es un personaje que está siempre ausente, pero al mismo tiempo siempre presente…

– Sí, es el muerto eterno. Gustavo Gorriti me critica de que la trama está suspendida, que las historias no terminan, que no ato las cosas, como si de alguna manera inconsciente estuviera no cerrando el relato en un intento de abrir sentidos…

– Yo lo veo mucho como un relato de voces, más que de hechos, el susurro, el murmullo, los chismes. Los silencios son muy elocuentes…

– Ya las páginas de los diarios contestan todas las preguntas, quieren llenar los silencios. Yo quiero muchas veces dejarlos flotando…

– En Cumbia la que habla es tu voz. ¿Cómo creaste la voz narrativa? ¿Usaste palabras de ellos, quisiste imitar los ritmos y cadencias de cómo hablan estos chicos?

– Yo quería escribir un folletín, estaba obsesionado con la obra de Manuel Puig, y me gustaba mucho lo neobarroco, había leído a Lezama Lima. Pero en un momento sentí que me había ido de la forma, del estilo que corresponde al relato policial, y cuando empecé a escribir me fui reencontrando con lo que consideraba propio del policial…

– Pero ¿cómo te salió escribir así? ¿Fuiste contando y el estilo te salió fluido, o tuviste mucho trabajo para encontrar la forma de narrar?

– Déjame que haga memoria… Por el tercer capítulo siento que lo encontré. Después en Transa me pasó lo mismo. Al principio iba despacio, pero después ya ni tenía que mirar las notas, los documentos, nada. Sin mirar escribía y escribía, y me salía solo. Yo soñé con ellos durante todo un año, los tenía dentro. Estaba tomado por ellos, muy tocado. No podía hablar de otra cosa…

– ¿Te afectó, te sigue afectando la historia? ¿Saliste? ¿Se puede salir? ¿Se debe salir?

– Yo me dejo tomar. No tengo filtro. Lo único que he hecho durante todos estos años es psicoanálisis con una analista lacaniana, pero vivo de una manera intensa la vida con las situaciones, con cada una de las personas de las que escribo, esta vida espantosa de ellos la padezco yo.

–¿Cuánto tardaste en poder emprender otro libro?

– Muy poco. No puedo vivir sin estar metido en una historia larga. Es una sensación sublime de estar siempre sobre una tabla de surf, montando una ola. La imprevisibilidad que tiene una historia de largo aliento no la tiene nada: ni las condiciones de una noticia ni nada. Me resulta natural tener un chip, un archivo con información periodística y literaria al mismo tiempo, estar todo el tiempo sacando más y más información real y al mismo tiempo buscando las posibilidades literarias de cómo contarlo. Quiero saber cómo va a hablar un personaje, saber que el habla del personaje no es el testimonio, es más que las palabras que está volcando ante el grabador, esa construcción que está haciendo para mí. Quiero saber cómo va a terminar hablando.

– Construyes entonces sus voces literarias a partir de sus voces ‘reales’. ¿Y con los nombres? Dices que todos están cambiados. ¿Cómo construyes los nombres de estos personajes? ¿Cómo eliges los seudónimos?

– Son musicales, tienen el mismo ritmo de los reales. Deben sonar iguales.

– Es casi como el pastor que pone un nuevo nombre al acólito, ¿no?

– Sí, hay como un bautizo. Esos seres, cuando los renombras, adquieren otra entidad. El otro día llevé a Philippe Bourgois (el gran antropólogo norteamericano especializado en contar, desde la ciencia pero con enorme pericia narrativa, las vidas y estrategias de supervivencia de colectividades de pequeños traficantes de drogas y de drogadictos en las calles de EEUU) a la casa de Alcira, Denis y Juan. Y él los llamaba con los nombres de sus personajes. Alcira hizo un ceviche de dos pescados y calamar, una causa peruana, y Denis después de tantos años fue el anfitrión y Alcira fue a la cocina y cocinó, y ella que es tan fálica y tan masculina le cocinó, lo atendió como una esposa servicial. Y Philippe los llamaba por sus nombres de ficción… fue maravilloso.
En Cuando me muera, Matilde, Marco, Chaías, tienen más que ver con personas que existen. Chaías es mi abuelo, Isaías Casanova, que será el personaje de mi tercer libro. Israel, que es el nombre real de ese personaje, es una palabra hermana de Chaías, así que también hay una relación de sonidos. Hay paralelismos que a veces sólo yo veo. Otras me recuerda cosas, como Matilde, que se lo puse por Matilde Urrutia, la mujer de Neruda…

– En el primer libro decís que el cambio de nombre es para preservar su integridad, y en Transa decís que es para no colaborar con el poder judicial y la policía. ¿Por qué ese cambio?

– Los personajes de Cumbia son menores de edad, y los otros son mayores, y los crímenes que se les imputan a los de Transa son más graves, de sangre. Sería miserable darlos a conocer. La integridad tiene que ver con sus movimientos biográficos, no puedo darlos a conocer. Tuve que cambiar todo, el nombre del barrio, las calles, todo. Y también quiero que no sean perjudicados por el libro con el correr de los años, porque tengo la ambición de que sean libros que sigan siendo leídos por muchos años. Es mi ambición, perdurar. Una de las cosas más maravillosas que me pasaron, de meterme en ese mundo considerado bajo, sucio, y mostrar lo brillante. Y que ellos lo vean así, ir a una cárcel y ver mi libro manoseado, baqueteado. Bien usado.

– ¿Del primero al segundo ves un cambio, un progreso, una mejora?

– Sí, creo que Transa es un libro mejor. No soy quién para juzgarlo, pero creo que es un libro mucho más ambicioso, resultado de una experiencia extrema, adulta, de transitar de otra forma el territorio. Fui jaqueado por el territorio del Frente y sus personajes, sufrí y juré que nunca me dejaría volver a atrapar por algo así. Ahora me siento agotado, vuelvo a renegar y quiero otro tema muy distinto. Me vi totalmente tomado por mis personajes, me convertí en el teléfono de urgencias del barrio, yo no tenía cumpleaños de amigos, vida familiar, nada. Yo tenía que estar en la villa noche y día, cada vez que tenía tiempo libre. Eso me hacía llevar una vida prosaica, neurótica, vivía entre la intensidad de la villa y la intensidad de necesidad artificiales que necesitaba para hacerme cargo. Eso era en Cumbia; en Transa el compromiso y la intensidad subieron, porque todo era más…

– Encontré en la página 120 una frase que creo que es el eje, el credo de todo esto: “En mi ética la mayor virtud está en la verdad, la verdad está lejos de las comisarías y los tribunales; la verdad está solo en la calle.” ¿Es así?

– (Se ríe, le agarra un ataque de tos, se vuelve a reír) Estas cosas las escribo en un estado de exceso. Estas cosas nunca las anoto en libretas.

– Pero inmediatamente te contradecís, porque sacás mucho de causas judiciales, de entrevistas con policías, jueces y abogados….

– ¡Ahí está la construcción del personaje del cronista! Esa frialdad para construir como personaje al cronista la adquirí con el segundo libro. En el primero era mucho más yo, un cronista mucho más presente y protagónico y en la edición me dediqué a limarlo para dejarlo sólo como un estúpido que tenía miedo todo el tiempo a los tiroteos.
En el segundo también lo limé, porque mi yo es enorme y soy un ególatra terrible, me encanta hablar de mí mismo, pero después agarro la guadaña y empiezo a mutilarlo (carcajadas). En Transa el cronista no soy yo, sino que es el personaje que le da una certeza al lector, y piensa que el lector quiere que le den una certeza sobre el lugar donde está parado. Claro que me contradigo porque hay una investigación que yo disimulo. Es como la mujer adúltera y procaz que parece santa. O el jugador que puede disimular su vicio. A mí me encanta jugar con esa mentira. ‘Yo soy el cronista de la calle’, digo. Y en realidad, no pude hacer ese libro hasta que no leí 54 causas judiciales con los homicidios, los desgrané, y esa renuncia al periodismo de investigación como forma de contar es una toma de posición literaria. Renuncio a las primicias, a los nódulos fálicos del periodismo, a la construcción del héroe, soy un anti-héroe porque lo quiero ser.

– ¿Tuviste problemas para elegir con quién ibas a terminar? El personaje de Alcira termina en la escena tierna de la ceremonia del bautismo de su hijo, pero después de eso viene el final duro, la última de las masacres en la villa, el triunfo a sangre y muerte de las fuerzas de Teodoro…

– No le quería regalar todo a ella, hasta el final. No sé si se lo merece. Creo que Teodoro se lo merece más. Me peleo con ella, es como mi madre, poderosa y tan fálica, y me dan ganas de castrarle ese vergón que construye con su carácter… ya no soporto la misoginia de estas mujeres que exhiban el falo enorme...

–¡Tomá!

– Por favor, esto ponelo. De toda la entrevista, te pido que pongas por favor esto que acabo de decir, para llevárselo a mi analista. Sí, estoy harto, pero al mismo tiempo me produce una fascinación, esa fascinación que me sigue produciendo Alcira, que es power, alegre, enamorada, que se la pasa amando y odiando… siempre.

–¿Viste algún paralelismo entre su personaje y el personaje femenino fuerte que domina Cumbia, que para mí es Sabina, la madre luchadora del Frente Vital, que se enfrenta a la policía por su hijo muerto y se enfrenta a los otros pibes chorros para que no se maten?

– Sabina es más bien la viuda de su propio hijo. Eso es más fuerte. Parece que perdió a su hombre, y es su hijo. Es el roble en medio de la tempestad, que resiste al huracán, que sigue en pie cuando todos cayeron. Esa idea de supervivencia, de la virtud de lo vital es muy importante para mí. Hay una cita sobre el vitalismo extremo en ese libro. Hay un sociólogo, Zygmunt Bauman, que habla de tribus urbanas, de la modernidad líquida y esas cosas, que retoma el tema del vitalismo, que creo que es inevitable, ineludible para leer la contemporaneidad, y los símbolos de eso son extremadamente contemporáneos. El vitalismo está relacionado con la posibilidad de desacralizar todo: la vida, la muerte, la religión, el dolor, la angustia, las corporaciones, el Estado, el pasado, el futuro, está más allá del bien y del mal…

– Pero también en Transa hay mucha guerra y mucha violencia. Noto un trabajo tremendo de construir la épica de las batallas entre los narcos, las matanzas, los asesinatos, el tiempo que se detiene como en las películas para contar minuciosamente los momentos de matar y morir. Para mí es casi como las batallas de El señor de los anillos…

– (carcajadas) ¡A mí me encanta El señor de los anillos! Lo leí de chico, y cuando voy por la vida pienso que las personas están divididas entre elfos, hobitts… Estaríamos entre El señor de los anillos y Germán Arciniegas, el mundo del bosque, la selva, los olores. El olor y la traición son los temas de mis libros. Y es en el mundo de la selva, ¿no?, donde se construyen los olores. No me puedo sustraer a eso, y eso está construido sobre la foresta, la selva barroca, como toda selva, sin muchos matices lumínicos, la luz que queda, que toca. Luminosidad compleja, el sol penetrando en los ramajes, llegando a tocar imperceptiblemente el último de los hongos y los seres que reptan por la tierra, pero llegando a todos, creo que escribo desde esa posición.
Y voy a escribir ahora sobre eso, a volver al fondo de la casa de mis abuelos, treparme al cerezo, ya derribado pero que sigue en mi memoria. Ahora eso está lleno de casitas, pero me trepo hasta la última rama para otear el horizonte desde arriba. Esa visión maravillosa de un mundo posible, asible, narrable, alejarse de todas las angustias que la vileza del cotidiano puede producir para sobrevolar impune e inmune sobre todo…

–¡Chapeau! Creo que te agarré maravillosamente con la guardia baja, en esta mañana de resaca y medio dormido, ¿no? (carcajadas de Cristian en el tubo). Alejarte y acercarte, es lo que siento que hacés en todos tus textos. En Transa siento que tomaste dos decisiones que no son la misma decisión: la de meterte tanto hasta el grado de convertirte en padrino en la familia de tus personajes, y la de contarlo en el libro. No sé si fueron la misma decisión en un momento, o si fueron dos…

– Fueron dos, fueron dos, y con el tiempo he aprendido a no especular. Tomo decisiones. No me paso pensando las cosas, las maduro a fuego lento, no puedo vivir todo el tiempo cuestionándome, hay una neurosis que no soporto, la inseguridad… sé que no quiero hasta que quiero, pero no estoy todo el tiempo pensando quiero, no quiero, quiero, no quiero…. Y yo supe que no quería ser el padrino del niño, hasta que en un momento sí quise. Todo en el libro es verdad, todo, todo, y es cierto. Está caricaturizado, pero es cierto. Y el día que quise saltar no tuve vuelta atrás, no me lo replanteé y tampoco me puse a pensar en qué pensarían los demás…

– Sería un insulto pensar que hiciste ese acto personal para el libro, claro que no, pero ¿cómo decidiste contarlo?

– Estoy tirado en la cama y me estás haciendo sentir como en el consultorio del psicoanalista… pero mirá, así me salen los libros. Cuando pude escribir esa escena, la del bautismo, me separé. Literal. De mi pareja, de mi casa, de mi ciudad, me fui y huí a Río de Janeiro a la terraza de mi amigo Ricardo Corredor con vista al Cerro Redentor, otra asociación libre, ¿no? Así redimiéndome de una relación, de las relaciones con el mundo, a escribir esta escena, este libro, acompañado de una amiga que estaba escribiendo su novela. Ahora ya salí de todo eso, logré terminar el libro, me deja feliz pero agotado, y estoy listo para volver al sur…

– Como Pino Solanas, como Carlos Sorín….

– … como la canción de Caetano (canta: Vuelvo al sur…), sí pero vuelvo a mi tierra, a mi tierra mapuche, y al campo. Y a mi necesidad espiritual….

– Entonces te vas de los territorios de estos libros. No vas a completar una trilogía, una cartografía de los males de la sociedad poniendo el dedo en los más vulnerables o los más despreciados….

– Vamos a ver, porque quizás debería haber escrito primero el que voy a escribir ahora. Siempre estoy escribiendo sobre el campo, sobre lo rural, una y otra vez. Quiero convencerme de que soy un ser urbano o suburbano, ¡y al final me encuentro campesino y bruto! Todos éramos del campo, de hace poco o de hace mucho… Antes las ciudades eran otra cosa, prolongaciones de lo rural, excusas para la economía, para el orden social, para el Estado, y el campo está lejos, se puede escapar de los jueces y los impuestos… claro que es una idea romántica, ahora el sistema capitalista entra en el campo. Pero para mí lo contemporáneo es la imposición de un orden institucional sobre la vida. Es muy gracioso porque cuando me metí con estos personajes que vienen de la violencia rural y la terminan expresando en la violencia urbana, con personajes que vienen de paisajes agrestes a agitarse en torno a una villa, mis amigos sociólogos me decían que podía ser leído como reaccionario, asociar el campo a la barbarie y la ciudad a la civilización.
Pero más que sociológico es filosófico. Hay algo de lo sublime que está en la noche del campo, los murmullos, el cambio de la temperatura, la soltura, la tranquilidad, es el momento de las historias, la noche. De la oralidad andina de mis personajes, del pensamiento, de la reflexión, del silencio asociado al más allá, a lo espiritual también, del rezo, de la comunicación con el uno mismo, la introspección. La música, la guitarra, la baguala, la ranchera, es el momento de la radio, de la onda corta, la vieja radio de los años treinta y cuarenta, un mundo lejano que llega por ondas, y es el momento del sexo, del amor, de la dominación pero que no es la del día. Al día el hombre domina la tierra, el clima, los animales, y en la noche domina a su mujer. Es hermosa la noche en el campo, ¿no?, es el momento más sublime…

– ¿Contás para qué, estás en un lucha, una guerra, te parece que sirve para algo?

– Acabo de participar de un seminario sobre mafias y narcotráfico, y acabo de inaugurar la red de periodismo policial de America Latina Cosecha Roja. En ese contexto tomé la decisión laboral y política de no estar como autor, y me pregunto, no, cuántos pueden escuchar lo que digo, en qué contexto puedo hablar y ser escuchado. En los debates de lo actual no sé si sirve, si esto sirve para algo. No sé si se puede hacer algo con el narcotráfico en el mundo desde la palabra. Me propuse tanto no quedar pegado a la misión… ¡que me parece que lo logré!
Obvio que las radios y las televisiones me llaman para comentar sobre el último chorro o la última batalla entre narcos, pero rechazo esos lugares, la identificación con ese tipo de expertos. Me lo advirtió Sergio Parra, el poeta chileno, hace muchos años en una conversación en el bar El Toro: ‘no te conviertas en un experto’. Hay que saber entrar y salir. Hay que lidiar con eso.
Cuando me pregunto para qué, lo que me preocupa es el para qué de la literatura: para que los lectores comprendan algo que no sabían, para que se sientan hermanados con las vicisitudes de los otros. En el otro está la respuesta a todo. En mi devenir está el otro, como uno mismo que es otro. Soy para el otro. Escribo para el otro. Para mí, la experiencia. Para ti, el discurrir, el flujo. Si hay un para qué es el ‘para otro’, no para mí. Vivo y escribo para otros. Cada vez siento más el placer de dar. Contrastar, contraponer, evidenciar, desnudar, lograr que sea más que lo que es, que sea lo que tiene que ser… lo que busco es eso, al final: lo que no pueda mentirme…

– ¡No mientas más, flaco!

– Eso es: ¡ya no me mientas más!, ¿no?… (Y termina con una larga y sorda carcajada de satisfacción).

Se acabó el tiempo. Tiene que tomar su avión. Nos despedimos entre los reverberos de risa. No sé por qué, pero estoy seguro de que, después de que colgamos los respectivos aparatos, la risa seguirá viajando por las líneas telefónicas, subirá al ciberespacio, rebotará en el satélite y volverá a bajar en algún rincón húmedo y perdido de esa selva barroca donde Cristian Alarcón se agazapa para saltar sobre su próximo libro.

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26 de enero de 2022
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Es mucho peor: Lo que yo esperaba de 2022 hace diez años

A comienzos de 2012 el entonces jefe de redacción de la legendaria revista española El Ciervo, Alexis Rodriguez Rata, nos pidió a varios periodistas y escritores que pensáramos cómo nos íbamos a informar en una década. Era difícil. Facebook llevaba menos de diez años, Twitter era más nuevo, Instagram estaba naciendo, ni hablar de Tik Tok o Telegram. Ya existía Youtube pero no los youtubers. Y a nadie se le ocurría que Whatsapp se convertiría en algo más que una forma de escribirse y mandarse mensajes de audio, como un Gmail pero más ágil.

Lo que escribí hace diez años me parecía pesimista. Y leído ahora, es inocente, poco preciso, limitado.

Lo más importante es que en esa época yo imaginaba que el peligro de las redes sociales como reemplazo de los medios era comercial: su propósito era, imaginaba yo, vendernos más, dirigir nuestro afán comprador. Después supimos de Cambridge Analytica y la forma de usar las redes sociales para torcer elecciones y referéndums, para vigilarnos, para moldear nuestra visión del mundo y de nuestros vecinos, para hacernos descreer de los datos y la ciencia.

Releo hoy lo que publiqué en El Ciervo hace diez años. Me angustio. Estamos mucho peor. Juzguen ustedes.

Esto es los que escribí en enero de 2012:

¿Cómo me voy a informar dentro de 10 años?: Abriéndome camino entre la lluvia de mensajes de los informadores interesados

¿Cómo se informan hoy los jóvenes? Los diarios, la tele y la radio ya son marginales: todo viene por la pantalla de la laptop o notebook y por la pantallita de los móviles y los iPod y los iPad. No soy experto ni especialmente afecto a las nuevas tecnologías, pero como cualquier periodista de hoy, sé que los medios tradicionales tienen los días contados y que en 10 años todos nos informaremos de forma digital. El único límite a la pequeñez de los dispositivos es lo incómodo que resulta leer en pantallas demasiado pequeñas. Si no, todo se podrá ver en un reloj de pulsera, como ya hacía premonitoriamente James Bond en los años setenta.

Pero para mí lo más importante no es el cómo, sino el qué. Antes había que esperar a pie de quiosco o a que se prendiera el viejo aparato de tele para ver qué nos ponían. Estábamos a merced del criterio de quienes controlaban el acceso de la información. ‘Gatekeepers’, guardianes de la puerta. En los ochenta, Noam Chomsky los denunció como censores: lo ‘noticioso’ era lo que les convenía a ellos que supiéramos. Sí, podíamos suscribirnos a pequeñas revistas, ir a la biblioteca, ajustar la antena para escuchar radios internacionales. Pero la oferta era limitada, y por eso se formaban cofradías de información secreta, que compartían lo prohibido o aquello que los medios al uso no querían difundir.

Ahora casi todo está ahí, afuera. La red es un inmenso depósito, y por Facebook y Twitter nos llegan más links por minuto de nuestros amigos, contactos y gente a quienes seguimos de lo que podemos llegar a leer o ver. Pero los mismos poderes políticos y sobre todo económicos que antes decidían que algo fuera de difícil acceso, hoy dirigen nuestra mirada a lo que ellos quieren: si hablamos con nuestros amigos de Moscú, nos llega la publicidad de vuelos a Rusia; si compramos comida, nos ofrecen vinos para acompañar; si averiguamos por una casa de campo, nos inundan de publicidad de turismo rural. Lo hacen los publicistas, y lo hacen cada vez más las usinas de propaganda política. ¿En tu familia hay votantes de tal partido? Ahora van a por ti. Vigilan nuestros hábitos de consumo y nos atosigan de mensajes.

Por otro lado, las recomendaciones de nuestros amigos y falsos amigos corporativos, que nos espolean desde las redes sociales, nos van achicando la posibilidad de sorprendernos con cosas nuevas, con lecturas y películas y con ideas distintas a las que estamos acostumbrados a escuchar. El lema es “si te gustó aquello, te gustará también esto”. Y así nos vamos arropando en nuestros viejos gustos. Nos bombardean con mensajes y productos nuevos, pero son copias de lo que ya probamos y compramos antes.

¿Recuerdan cuando íbamos a la librería, recorríamos los estantes y nos dejábamos sorprender por un autor que ni sabíamos que existía? Era la época de charlas con gente inesperada que nos desafiaba con ideas muy distintas a las nuestras. En 10 años ya casi no saldremos a buscar noticias y mensajes nuevos: vendrán a por nosotros. Es un camino imparable. Y el desafío ya no será tanto buscar en el desierto, sino sacudirnos la maraña de lo muchísimo que nos quieren vender a todas horas para poder sorprendernos con algo que nos cambie, que nos abra la cabeza.

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21 de enero de 2022
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El mejor periodismo chileno 2020: prologar la excelencia necesaria

¿Cómo elegir lo mejor entre tantos trabajos periodísticos de calidad, hechos con esfuerzo y trabajo duro, iluminados por una prosa vibrante, atentos a temas novedosos o tomando temas remanidos desde una mirada sorprendente?

El secreto, para mí, está en buscar aquellos textos que tengan varios de estos componentes.

Así es el ganador de esta última versión: Soldaditos del narcotráfico, de Matías Sánchez, publicado en la revista Sábado de El Mercurio. Cuenta el auge del narco en las barriadas pobres de Santiago con un enfoque y un lenguaje que emocionan desde el primer párrafo.

Y también Sigma: el código secreto de los suicidios en el metro, el ganador en la categoría de Periodismo Universitario, de Camilia Bohle y Valentina Medina, de la Universidad Diego Portales. ¿Por qué a nadie se le ocurrió antes relatar la vida y las angustias del personal al que le toca la angustiosa tarea de “limpiar” después de que un desesperado se tira a las vías del metro?

A partir de este año soy el director del Premio Periodismo de Excelencia que desde hace 19 años otorga la Universidad Alberto Hurtado y que es reconocido como el principal premio a lo hecho durante el año en Chile.

Somos aliados del Premio Gabo, el más importante de la región, y nuestros ganadores participan cada año en el Festival Gabo. Como director y coeditor del libro donde publicamos los textos finalistas y nominados, El mejor periodismo chileno, me tocó escribir el prólogo. Lo escribí en junio de 2021.

Intenté hacer honor a la calidad y la valentía de los trabajos que seleccionamos para pasar del reino de lo efímero para eternizarse en un libro.

Mientras escribo estas líneas para presentar y celebrar lo mejor del periodismo escrito en Chile en 2020, llegan noticias terribles de Bielorrusia: el dictador Alexánder Lukashenko envió un cazabombardero para obligar a un avión de línea a aterrizar en su territorio y así detener a un joven periodista opositor que viajaba a bordo. Al redactar estas líneas, no se conoce el destino de Román Protasévich, fundador y editor jefe del canal de noticias Nexta, que transmite por la red de mensajería Telegram.

Nexta es parte de la vibrante y valiente ola de nuevos medios para un nuevo público. Transmitía en vivo para la juventud bielorrusa lo último de las protestas contra unas elecciones amañadas y la represión feroz de la policía. La amenaza de los líderes autoritarios y corruptos, en cambio, es más vieja que la imprenta de Gutenberg, mucho más vieja que los testimonios de la bielorrusa Svetlana Alexiévich de las madres de los soldados muertos en Afganistán y las viudas de los bomberos achicharrados en Chernóbil.

En América Latina las cosas no están mucho mejor. Decenas de periodistas como Javier Valdés y Miroslava Breach fueron asesinados en estos años por mafias del narco en México, la prensa libre es perseguida por informar sobre los desaparecidos en las revueltas de Colombia. En Chile, si bien no se llega a esas cotas, las acusaciones sin fundamente del gobierno a quienes investigan sus prácticas y critican sus decisiones afectan la credibilidad y veracidad de los periodistas independientes.

También periodistas chilenos fueron vigilados por las fuerzas del orden, como Mauricio Weibel por el Ejército, cuyos negocios estaba investigando. Como el mismo Weibel denunció en televisión, en regiones muchos colegas son vigilados y amenazados, y están más expuestos y menos protegidos.

Muchos periodistas fueron detenidos, golpeados y sus instrumentos de trabajo fueron arrebatados durante el estallido. Un estudio del Observatorio del Derecho a la Comunicación cifra en 69 los casos de detenciones de periodistas en 2020, el mayor número desde la dictadura. Entre estos se encuentran los colegas Paulina Acevedo y Álex Cuadra, quienes fueron detenidos ilegalmente por Carabineros este año.

Un caso grave de ataque a periodistas, cuyos autores todavía no han sido identificados, se produjo en la Región del Biobío contra el equipo de TVN dirigido por el periodista Iván Núñez, que terminó con el camarógrafo Esteban Sánchez herido con cinco impactos de bala y con la pérdida de uno de sus ojos.

Todos estos casos nos llevan a estar alertas, denunciar los ataques a la prensa y la libertad de expresión y defender la información libre, que es uno de los valores centrales de un país democrático. Los que crecimos en dictadura, ya sea aquí o en países como el mío, Argentina, sabemos cuánto se pierde cuando una sociedad no puede contar con un periodismo libre, veraz, sólido y respetado.

Por eso es tan importante reconocer el trabajo que se logró hacer bajo extenuantes circunstancias, en medio de una triple crisis – de la economía nacional, de los medios y de las condiciones en que debieron trabajar los reporteros y editores. Entre otras circunstancias, quienes lean este libro en años venideros deben saber que todo lo aquí publicado se investigó, escribió y editó bajo un toque de queda que comenzó en octubre de 2019 y que cuando escribo estas líneas, en mayo de 2021, pasó de ser una respuesta al estallido a intentar contener la pandemia sin pausa, y todavía rige.

Este libro es un reflejo de estos tiempos convulsos y fascinantes. Surgieron nuevos personajes perfilados, entrevistados, denunciados y celebrados en estas páginas: la clase media harta, los movimientos sociales (mujeres, indígenas, jubilados sin jubilación, enfermos sin hospital, trabajadores sin empleo, familias sin hogar, inmigrantes sin futuro. Los trabadores de la salud y la educación, menospreciados por los millonarios de las finanzas y ahora convertidos en los esenciales. Y la “primera línea”, un concepto creado por los jóvenes manifestantes al calor de las revueltas.

En estos reportajes, crónicas, entrevistas e informes de investigación se encuentra una vista atrás a los 30 años que, en la visión de los manifestantes, fueron un vaso lleno de promesas incumplidas que se colmó con los 30 pesos de aumento del metro. Hay una nueva mirada a las instituciones otrora intocables, como los carabineros y los militares. Y nuevos dramas, como el narcotráfico, que se apropia de los barrios humildes y del futuro de los jóvenes sin futuro, como el protagonista del estremecedor texto ganador.

En estos relatos se cuenta cómo se queman iglesias y universidades, arden llantas y bancos de madera, se lastiman ojos, se gasea y balea y se encarcela injustamente a manifestantes, se usan cartuchos de gas lacrimógeno como munición y cómo en casos extremos carabineros ebrios balean a mansalva y otros disfrazados de manifestantes incitan a la violencia.

Los autores denuncian fraudes y robos privados y públicos, lamentan las muertes por coronavirus, celebra el enorme esfuerzo de los profesionales de la salud y cuestionan las cifras oficiales de la pandemia. Investigan un proyecto minero y la pesca ilegal. Viajan con un kawéskar y narran el horror de una mujer maltratada encerrada con su agresor. Como potente ejemplo de investigación de abusos sexuales contra las mujeres, dejan al descubierto el “me too” en el fútbol femenino. Y en las entrevistas, entre tanto protagonista joven en otras secciones, toman la palabra los sabios de la tribu: Claudio Bertoni, Ángela Jeria, Sol Serrano, Marta Cruz-Coque y Patricio Manns.

El periodismo que brilla en estas páginas no solo cuenta y explica con valentía la verdad. Nos ayuda a formar nuevas generaciones de un público ávido de saber, entender y participar con conocimiento de causa.
A las puertas de un proceso refundacional con la nueva constitución, lo más valioso del buen periodismo son sus lectores, oyentes, televidentes, usuarios activos. Es para ellos que tantos colegas se juegan la salud y hasta la vida día a día en las calles y en las redacciones. Y también en las aulas: este año el premio universitario tuvo más postulantes que nunca, y de más universidades de todo el país.

¿Qué podrá encontrar un historiador del futuro en este libro sobre el periodismo de este año que comenzó en pleno estallido, siguió con una inesperada pandemia y terminó con un ilusionante referéndum para cambiar la constitución y soñar con un nuevo país?

La mayoría de los hechos aquí fijados son dolorosos, injustos repudiables. Pero, con limitaciones y dificultades, la cofradía de profesionales de la palabra pudo hacer con ellos excelente periodismo.

Quienes organizamos el premio, junto con el fervoroso ejército de prejurados y jurados, los autores y autoras de estos textos y sus editores, los fotógrafos, diseñadores e infografistas y el gremio entero, podemos mirarnos en el espejo de estos trabajos y sentir que, aunque falta mucho para construir el país deseado, también hay mucho terreno ganado: en “El mejor periodismo chileno” brillan la calidad, el rigor, la ética, la investigación acuciosa, las preguntas punzantes, las conclusiones sólidas, y destellos de estilo que vuelan alto y nos emocionan.

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14 de diciembre de 2021
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Volver al escenario de las pesadillas

Escribí esta crónica en 2006, cuando volví a las Malvinas para escribir mi libro Los viajes del Penélope. Iba a ser un capítulo en el centro del libro, pero con mi editor Sergio Olguín decidimos que no tenía cabida allí. Sin embargo, me pareció siempre que en ella decía algo importante para mí. Se la ofrecí a la revista Puentes, editada por Juan Bautista Duizeide. Estoy muy contento con que haya salido a la luz allí. Ahora, a pocos meses de los 40 años de la guerra, quiero compartirla por aquí, con una muy buena foto de Tony Smith que tomó el escritor viajero Eddie Mulholland.

Tony Smith, guía turístico ‘kelper’, se especializó en llevar turistas, historiadores, periodistas y ex combatientes a los campos de batalla de la Guerra de las Malvinas. Tony es Clase 62, como yo, como la mayoría de los veteranos argentinos, y pasa parte del año en Buenos Aires porque está casado con una argentina. La suya es una mirada única para reflexionar sobre las heridas que dejó la guerra a ambos lados del Atlántico.

Tony Smith es el único malvinense que actuó en dos películas argentinas.
En la primera, Tony ni siquiera notó que lo estaban grabando. Recién cuando vio el producto terminado se dio cuenta que, sin saberlo, se estaban burlando de él y de su gente. La película se llamaba ‘Fuckland’, y cuando Tony la menciona se le tuerce la cara.
A pesar de esa experiencia, no lo dudó cuando, cinco años más tarde, una productora argentina le ofreció hacer un pequeño papel en otro film. Esta segunda película se llamaba ‘Iluminados por el fuego’.
Estamos tomando un café en una elegante confitería de Palermo. Tony está casado con una argentina y pasa parte del invierno en un departamento en esa zona elegante de Buenos Aires, donde brillan más carteles en inglés que en Puerto Stanley.
Soy un ex combatiente argentino, estoy haciendo un libro que en parte refleja mi experiencia de guerra, estoy a punto de viajar a las Malvinas y un colega y amigo me recomendó los servicios de uno de los pocos guías de las islas especializados en giras bélicas y visitas a los campos de batalla: Tony Smith.
Tony estará en Buenos Aires durante mi estadía en las islas. No podrá ser mi guía, pero aceptó verme y darme información y consejos. Poco a poco, antes pero sobre todo después de mi viaje, se transformará en mucho más que una ayuda para el viaje.
Es media mañana, tenemos el mapa de las Malvinas desplegado entre los cafés con leche y las medialunas, y no me acuerdo cómo fue que salió en la conversación el pasado cinematográfico de Tony.
Yo había visto las dos películas en Barcelona, donde vivo, y, como todas las películas sobre Malvinas desde Los chicos de la guerra en 1985, me dejaron angustiado y ofuscado.
Iluminados por el fuego se dio en los cines con mucha publicidad después de que ganara el festival de San Sebastián. Fuckland, por alguna extraña razón, apareció en un festival de cine ecológico en Gavá, un pueblo de los alrededores de la capital catalana. Fue muy comentada en su momento porque el director, José Luis Marqués, había decidido grabarla en gran parte con cámara oculta y siguiendo los principios de un movimiento danés llamado ‘Dogma’, que prohíbe el uso de la luz artificial y el trípode. El método busca un cine que se asemeje al documental, con mucho uso de actores no profesionales y de la improvisación.
La película fue vendida como una obra que “sienta los precedentes de un nuevo formato, la ficción/verdad, donde los límites entre la realidad y la ficción se desdibujan y el azar está presente casi como un protagonista más”.
* * *
“A fines de 1999 me llamaron desde Buenos Aires para pedirme que viniera a buscar a un turista argentino y le hiciera un tour por los campos de batalla,” recuerda Smith. En 1999 se firmó un acuerdo entre Argentina y Gran Bretaña que permitía por primera vez desde la guerra la visita de ciudadanos argentinos a las islas. El 5 de agosto se había realizado un muy mediático y accidentado primer vuelo con argentinos.
Cinco meses más tarde, el 11 de diciembre, desembarcaba en el aeropuerto de Stanley el actor Fabián Stratas, protagonista de la película. Stratas era un prestidigitador argentino que el director había encontrado trabajando en las calles de Nueva York.
Este es el argumento de Fuckland: Fabián, un argentino empecinado con la reconquista de las Malvinas, viaja a las islas para seguir la guerra usando un nuevo método: seducir y hacer el amor con la mayor cantidad de isleñas posibles, pinchar los condones y lograr así inundar las Malvinas de argentinitos, que en una generación lograrían lo que no pudieron Leopoldo Fortunato Galtieri y el efímero gobernador Mario Benjamín Menéndez.
El protagonista va grabando sus hazañas con cámara escondida, y en cada encuentro con un malvinense, comenta en voz baja a la cámara su desprecio por las ideas y las costumbres de los locales y su alegría por ser portador de la innata e inteligentísima gracia propia de los argentinos. Tal como prueban cada semana los programas de cámara escondida en la televisión, casi cualquier persona grabada con este método queda ante los ojos del espectador como un perfecto imbécil.
Además de Stratas, la película sólo contó con un participante ‘voluntario’: una joven actriz inglesa contratada por Internet, que hace el papel de la única kelper que el Don Juan criollo logra seducir. En una escena desagradable y con tintes violentos, Fabián apura el contacto sexual con su conquista en una playa ventosa y desierta. Cuando la ví en Barcelona me fue imposible desligarme de las noticias que todos los días habían traído los diarios y la televisión durante los últimos tres o cuatro años: las violaciones y abusos sexuales como arma de guerra por parte de las tropas serbias en el conflicto de la ex Yugoslavia.
En la primera escena, Fabián escucha en el aeropuerto la explicación de un oficial británico sobre la peligrosidad de las minas terrestres que quedan sembradas por las dos islas principales. Su personaje toma las advertencias como un insulto a los argentinos que vienen a bordo. “La culpa es nuestra. Nosotros pusimos las minas”, dice la voz en off de Fabián, como si no fuera cierto.
Saliendo de la Terminal se sube al Land Rover del guía que había contratado y, poniendo el bolso con el agujero por donde graba la cámara escondida dirigida al chofer y le va dando conversación mientras la voz en off sigue haciendo comentarios con tono sobrador: “¿Ya se habrá dado cuenta que soy argentino? Fucking Argie. Se cae de culo.”
Pero Tony dice: “¿Este paisaje te recuerda un poco al sur argentino, la Patagonia?”, demostrando que obviamente sabe de dónde viene el otro, y que el insulto está sólo en la cabeza del que cree que el otro también lo desprecia y tampoco se lo dice.
Su primera salida es al pub, siempre con la cámara oculta. Mientras toma cerveza y nadie le habla, el Fabián en off dice al espectador: “My name is Fabián. I’m from Argentina. Y me cagan a trompadas”.
Va a los baños y se mete en el de damas. “Hey, it’s ladies!”, le advierte en voz alta una señora que está saliendo del servicio. “¡Qué amorosa la gorda!”, nos dice el protagonista, como si nos diera un codazo cómplice.
La película da un giro al final, porque la chica que se había acostado con Fabián le deja grabado en su cámara ‘secreta’ un mensaje donde lo acusa de soberbio, egoísta y mentiroso, pero ya es tarde para que los espectadores desprevenidos den vuelta atrás y miren las islas y la aventura del intrépido visitante con ojos distintos que los suyos.
“Me metí en un cine de Buenos Aires a ver la película y no lo podía creer”, dice Tony Smith. “Hacían aparecer como si todo estuviera prohibido, como si estuvieran desvelando un gran secreto, y en realidad el único lugar donde está prohibido grabar es el aeropuerto, porque es un aeropuerto militar”.
Cuando volvió a Puerto Stanley, Tony se alegró de que sus vecinos no hubieran oído hablar de la película. “Ya desde el nombre es realmente fuerte. Se lo toman como un juego, en los carteles parece algo muy gracioso, pero no sé si se dan cuenta de lo fuerte que es la palabra, el concepto. O tal vez sí se dan cuenta, y es mucho peor”.
* * *
Tony Smith tiene mi edad, la edad de los ex combatientes argentinos de Malvinas. Nació en una pequeña estancia en la isla Gran Malvina, y estuvo trabajando de mecánico en Puerto Stevens durante todo el conflicto.
“Los únicos argentinos que vimos fueron unos pocos soldados que bajaron de un helicóptero pocos días después de la invasión. Yo estaba fascinado con el helicóptero. Los soldados no nos prestaban mucha atención. Mi amigo, el hijo del administrador, le preguntó al jefe: ‘¿qué van a hacer cuando vengas las tropas británicas?’ Y el oficial le dijo: ‘No, seguro que no vienen. En unas semanas todo va a volver a la normalidad, y el único cambio va a ser que nosotros estaremos a cargo’.”
Al rato el helicóptero se fue, y Tony y su amigo siguieron el resto de la guerra por la BBC y por los relatos de sus vecinos.
El chico ya había tenido contacto con la dura vida de trabajo en las islas en ese primer trabajo, a los 15 años, desmontando la planta de hierro corrugado con el mismo barco en el que yo pasé la guerra, la goleta Penélope.
En esa época sólo quería un trabajo donde pudiera estar al aire libre. “El campo malvinense es un lugar tranquilo y pacífico para vivir, pero para un adolescente es bastante aburrido. Yo estaba excitado con las operaciones militares, pero también tenía miedo. Sabía lo que la dictadura estaba haciéndole a miles de argentinos. Con todas sus fallas, nosotros siempre habíamos vivido en una democracia”.
Al final de la guerra, Tony y su amigo, el hijo del administrador, aprovecharon que las tropas de regreso a casa ofrecían lugares en los barcos. Hicieron el viaje hasta Inglaterra en el Norland y así conoció la metrópolis.
Yo también viajé en el Norland. Cuando terminó la guerra, nos quedamos una semana de prisioneros y el 20 de junio subí con cientos de soldados más a ese ferry que habitualmente hace la ruta entres Escocia y Holanda. A la mañana siguiente llegamos a Puerto Madryn, donde empezó mi vida de ex combatiente.
Apenas el Norland dejó a sus prisioneros argentinos, volvió a Puerto Stanley y embarcó a los Guardias Escoceses que habían combatido en el monte Tumbledown. Con ellos compartió viaje Tony Smith.
“Había pasado demasiado poco tiempo desde los combates y los soldados no habían bajado a la tierra. Yo no creía mucho de las historias que contaban, glorificaban todo. Una noche hubo una fiesta a bordo. Empezaron a emborracharse y decían ‘atacamos esta posición y los cuerpos volaban por todos lados’. En un momento un tipo se paró y tiró una botella al otro lado de la sala y empezaron una pelea. Nosotros estábamos en medio y estos locos se estaban tirando sillas. Le dije a mi amigo que me iba a dormir, y desde el camarote oía que empezaban a pelear otra vez. A la mañana tuvieron que traer al carpintero para que arreglara el desastre, pero ya los tipos se habían calmado mucho. Estaba sacándose todo eso del sistema. Al día siguiente empezaron a contar otro tipo de historias, menos gloriosas y mucho más terribles”.
Después de trabajar unos años como mecánico en Puerto Stanley, Tony decidió montar su propio taller. En 1989 el incipiente fenómeno del turismo le dio la idea de combinar su experiencia como conductor y mecánico con su deseo de vivir al aire libre. Sus primeras excursiones fueron a las colonias de pingüinos rey al norte de Puerto Stanley. “Empecé a buscar otras especies y otros lugares. Les pedía permiso a los dueños para visitar sus playas con turistas”. Al principio venían en los vuelos de la Fuerza Aérea Británica, unos 20 ó 30 por vuelo. Casi todos de Gran Bretaña o Europa del Norte.
“Estaba haciendo tours de vida silvestre cuando un primo mío le dio mi teléfono a un productor de la televisión inglesa que estaba preparando un programa para el décimo aniversario de la guerra. Así es como empezó todo”.
Smith trabajó con el equipo de filmación, el productor quedó satisfecho y le pasó su nombre a la BBC. El canal público trajo para el aniversario a tres ex combatientes británicos. El que más impresionó a Tony fue Simon Weston, un veterano corpulento y afable de los Guardias Galeses que sufrió severísimas quemaduras cuando se incendió el buque de transporte Sir Galahad durante el desembarco en San Carlos.
“Él no entró en combate. Lo hirieron antes de desembarcar. Le habían hecho al menos 60 operaciones para tratar de darle una cara. Fue uno de los más quemados. El director me decía que muchos no querían hablar ni interactuar con la gente, pero Simon contaba cosas. Sin embargo no se lo oía como una persona tranquila, actuaba y hablaba todo el tiempo. Decía que había perdido muchos amigos, que pensaba que no había valido la pena”.
En los años que siguieron a la contienda Simon Weston se había transformado en una voz – y una presencia – que denunciaba los terribles efectos de las guerras. “Me pidió perdón, porque sabía que yo sí pensaba que había valido la pena, pero me explicó por qué él pensaba que el precio había sido demasiado alto. Recuerdo que fue la primera vez que conocí a una persona que me hacía cambiar mi manera de ver las cosas. Podía entender qué veía, qué sentía él”.
En el grupo que trajeron para ese programa también había un oficial de los Marines. “Caminaba en frente de la cámara como si estuviera guiando a su tropa. Nos llevó desde abajo hasta arriba de la montaña, por todas las etapas de la batalla. En un momento dijo: ‘no, ahora me acuerdo de más cosas. Vamos a hacerlo todo de nuevo’. Hacía mucho frío y yo me imaginaba cómo debió haber sido esa batalla. Llegó a la cima y dijo: ‘Acá es donde nos paramos y vimos tan cerca las luces de Puerto Stanley, los autos con sus luces paseando por las calles’. Le pareció surrealista que en la montaña se estuvieran matando y ahí abajo hubiera un pueblo donde la vida seguía”.
Tony sentía mucha curiosidad y necesidad de entender lo que había pasado. Empezó a recorrer los campos de batalla. “Los isleños no van nunca a esos lugares, hay algunos que quedaron exactamente como estaban. Es increíble la cantidad de cosas que todavía están desparramadas en los pozos, en las montañas”.
Después del programa de la BBC lo empezaron a llamar veteranos británicos para que los llevara a los lugares donde habían combatido. Algunos de sus vecinos le recriminaron este costado ‘lúgubre’ de su oficio de guía, pero Tony lo ve como una experiencia fuerte y casi como un servicio público. “Algunos sufren un bajón emocional. Puede ser un minuto o dos, pero les ayuda a sacarse de encima una piedra pesadísima. En las Malvinas lo llamamos ‘enterrar los fantasmas’.”
“Una vez vino un marine. Estaba en un crucero por Sudamérica con su esposa y las islas estaban en el itinerario. Me escribió un e-mail diciendo que quería que lo llevara a San Carlos, donde su regimiento había sido bombardeado. Pedí un permiso especial, porque es zona restringida. Sólo tenía de 9 de la mañana a 5 de la tarde, a la noche tenía que estar de vuelta en el crucero, y el viaje es muy largo. El tipo parecía el típico soldado profesional, un tipo duro. Llegamos y me empezó a explicar lo que había pasado, cómo los soldados argentinos llegaron y tiraron una bomba donde estaba su grupo, y cómo la onda lo tiró a un pozo. Algunos de sus hombres murieron en la explosión. De uno de ellos no quedó prácticamente nada. En un momento el hombre se detuvo y me dijo: ‘Perdóneme. Tengo que alejarme un rato’. Y se fue por el campo”.
Cuando volvió, el marine le dijo que apenas acabado el bombardeo se puso a escribir en un papel la lista de los muertos. “Después del bombardeo sacó el papel y vio que había empezado a escribir la misma lista seis o siete veces. Ahí se dio cuenta de lo afectado que estaba. Creía que tenía el control de la situación, y en realidad estaba en estado de shock. Cuando me estaba contando la historia, de pronto le empezó a pasar lo mismo. Esa noche, tomándonos unas cervezas en el barco, me dijo que nunca se había imaginado volviendo al mismo lugar y que lo afectó mucho que todo estuviera exactamente como lo había dejado”.
Unos tres años después de su primera visita a las Malvinas, volvió Simon Weston. Ya se había convertido en una personalidad de la televisión, el ex combatiente mediático.
“Estaban haciendo un programa de Navidad conectando a militares que estaban en distintos lugares del mundo, y Simon era el anfitrión. Esa vez los militares organizaron todo y yo no participé, pero un día salí y ví a Simon caminando en una calle de Stanley. Se iba alejando, pero su cabeza con parchotes de pelo era inconfundible. No sabía si querría hablar conmigo, pero corrí a saludarlo y lo noté mucho más relajado, mucho más como una persona normal”.
La televisión volvió a traer a Simon Weston a las Malvinas por tercera vez, para un programa sobre héroes que salvaron vidas o hicieron algo notable y no fueron reconocidos. “Simon los iba presentando. Estuvieron una semana haciendo el programa y pasamos bastante tiempo juntos. Un día estábamos los dos sentados en un acantilado, mirando el mar. Era un precioso día de sol, y él me dice: ‘Me siento como si hubiera venido a las Malvinas por primera vez’. Ahí sentí que había dejado finalmente atrás el sufrimiento de la guerra”.
* * *
Estuvimos sentados toda la mañana en ese bar de Palermo y, si bien no pudo ser mi guía en Malvinas, Tony Smith fue el primer y el último embajador de su gente, me ayudó a preparar el viaje y encontrar a la gente que buscaba, y a mi vuelta, nos volvimos a sentar en la misma mesa. Ahora quería que me contara los viajes que hizo con ex combatientes argentinos.
“Llevé a docenas y docenas de británicos, pero sólo un puñado de argentinos. Sólo en 1999 pudieron empezar a ir, y casi ninguno sabía inglés. Yo había elaborado mapas con las posiciones de todos los regimientos de los dos ejércitos, y eso me ayudó mucho a guiar a los argentinos”.
Igual que con los británicos, los primeros ex combatientes argentinos que llevó Tony vinieron con un equipo de televisión. “Trajeron a dos que habían estado en pozos de zorro muy cerca el uno del otro. Los llevé al lugar y apenas reconocieron el sitio se olvidaron de las cámaras y la gente. Se pusieron a buscar como locos y no pararon hasta encontrar cada uno el pozo exacto donde habían pasado casi toda la guerra. Cavaron, trajeron piedras, movieron cosas, hasta que dejaron los pozos tal como los recordaban”.
Pero una vez terminado el trabajo, Tony Smith se extrañó por el comportamiento tan distinto de cada veterano.
“Uno quiso dejar el pozo como había estado en la guerra, con las cosas que acababa de poner y sacar. El otro volvió a poner cada cosa tal como lo había encontrado. No sé si necesitaba hacerlo así o porque creía que era cortés dejar las cosas como estaban. Parecían como una tumba abierta y una tumba cerrada”.
Tony también se acuerda de un oficial de ejército que manejaba un carro blindado. “Me pidió que lo llevara cerca de Moody Brook, donde había estado su grupo. Caminó solo y miró por todos lados. Levantó una plancha de hierro y ahí abajo encontró un guante de cuero. Estaba contentísimo, me dijo que esos guantes tenían un valor emotivo muy grande para él, y que encontrar uno había sido importante para él. Hicimos un picnic, era un día precioso. Cada tanto me manda mails. ¡Hasta un día me lo encontré de casualidad saliendo de un cine en Buenos Aires! No lo podíamos creer”.
* * *
En el 2005, cinco años después de ver atónito Fuckland en un cine de Buenos Aires, Tony Smith otra vez hizo de guía turístico en una película argentina, pero esta vez con su consentimiento.
Durante el viaje de 1999, la intensa semana en que viajó a las islas un grupo de argentinos, casi todos periodistas, Smith había conocido a Edgardo Esteban, el autor de las impactantes memorias de la guerra Iluminados por el fuego. Esteban era el único ex combatiente del grupo, y a su vuelta escribió un relato del viaje, que pasó a convertirse en un extenso prólogo de su libro a partir de entonces.
El cineasta Tristán Bauer tomó esa combinación – la experiencia del regreso y el dramático viaje de vuelta a las islas – como el tema de su película. Esteban Leguizamón, el protagonista y alter ego de Edgardo Esteban, es un periodista porteño de televisión cuyas pesadillas de la guerra vuelven a azotarlo en la vigilia de la larga agonía de su mejor amigo, que se suicida.
La película combina la muerte de Antonio Vargas, el ex combatiente suicida, el pedido de su viuda para que Leguizamón lleve su placa identificatoria a Malvinas y el viaje del periodista al lugar del que su amigo no pudo volver, con flash-backs de los violentos combates, los momentos de camaradería de los soldados y las actitudes soberbias y miserables del teniente a cargo de su regimiento.
Esteban, representado con emoción contenida por Gastón Pauls, llega a Puerto Stanley y se aloja frente al parque infantil con el barco que madera y los columpios. “Todo está listo para mañana. Tony te pasará a buscar a las 9,” dice la señora del hostal.
“¿Cuántas minas hay todavía enterradas?”, pregunta Leguizamón.
“Unas 25.000”, contesta Tony Smith.
“¿Y trataron de sacarlas?”
“Al principio, sí. Pero era demasiado peligroso y tuvimos varios heridos”, cuenta el personaje de Tony mientras maneja su Land Rover, y con el mismo tono con el que su persona genuina contestaba mis preguntas en la entrevista. “Es una pena, porque esta es la playa donde yo iba a jugar cuando era chico. Ahora toda el área es un gran campo minado”.
En la penúltima escena de la película, el ex combatiente que vuelve le pide al guía que lo deje solo, se mete en su pozo y encuentra la foto y el reloj que había dejado ahí en 1982. “Los viejos amores que no están, la ilusión de los que perdieron… todo está guardado en la memoria”, canta León Gieco, mientras Esteban llora abrazado a la vieja foto.
“No lo filmaron en el lugar mismo, pero no importa”, dice Tony. “Creo que muestra la realidad de la guerra y el sufrimiento de los ex combatientes argentinos, de lo que nosotros sabíamos tan poco”.
* * *
Volver. Siempre se vuelve, sobre todo por las noches, al corazón de la guerra, pero en el siglo XX empezó un fenómeno nuevo: empezaron a volver en masa los ex combatientes al lugar donde pelearon, donde mataron, donde una parte de cada uno quedó muerta y enterrada.
En los años treinta los ingleses y norteamericanos empezaron a volver a las trincheras de Francia y Bélgica donde habían sufrido la Gran Guerra. Tal vez a enterrar, revivir o visitar a sus fantasmas. Europa y Asia recibieron durante los cincuenta y sesenta la visita de los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial. Muchos norteamericanos vuelven ahora a Vietnam a tratar de hacer las paces con el horror.
¿Para qué volver? Yo volví buscando la historia de una pequeña goleta de madera llamada Penélope, donde pasé los días más intensos de mi paso por la guerra. Fui a Malvinas como periodista, a pedirle a la gente que me contara cosas que salen en estos días en mi libro.
Pero también, es cierto, fui como los demás a ‘enterrar fantasmas’. Me estaba buscando, y me sigo reconociendo en las historias de los extraños turistas desorbitados que lleva Tony Smith hasta el escenario de sus pesadillas.
En sus historias me siento más angustiado y menos solo, y entiendo un poco mejor por qué quería volver a las Malvinas. Tal vez todos, de una u otra manera, tenemos alguna vieja guerra a la que necesitamos y tememos volver con un Tony Smith en el papel del Virgilio de la Divina Comedia. Solo así podemos emprender el descenso al infierno que necesitamos.

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1 de diciembre de 2021
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En el principio fueron las cosas

 

Ya está en las librerías el primer libro colectivo que tuve la dicha y el privilegio de dirigir, pensar y soñar, convocar autores, editar, prologar. En un principio quise llamarlo Contar desde las cosas, pero el sagaz director de Editorial Carena José Membrive me propuso uno mucho mejor: La voz de las cosas.

Ya hicimos tres presentaciones presenciales, en Madrid, Barcelona y Bariloche, con cinco de sus 23 autores. Seguiremos lanzando campanas al vuelo y celebrando sus voces; el libro está siendo leído, citado y comentado en varios países y siento que es un hermoso objeto que celebra las historias que nos regalan las cosas que nos rodean y nos dan sentido.

Quiero compartirles hoy este texto, que juega con el Evangelio según San Juan y con las obras de media docena de autores que admiro. Es el comienzo de la introducción. Desde este elogio de las cosas y sus “miradas” desde los cinco sentidos, me lanzo a aventurar teorías sobre la descripción, sobre la arqueología, sobre las cuatro partes del libro.

Me costó mucho pulir este breve inicio. Espero que les guste.

En el principio fueron las cosas. El espíritu estaba en las cosas y de las cosas surgió la vida, de ellas brotaron los poemas, con ellas se construyeron las ciudades, se irguieron las catedrales y se diseñaron los silenciosos jardines. De las cosas venimos, pero de ellas nos desentendimos, para nuestra perdición.

Cuando los primeros humanos comenzaron a darles nombres, las cosas se asombraron, porque llevaban millones de años innominadas y orgullosas, felices y relucientes. Antes de la entronización del verbo y antes de que supiéramos qué hacer con ellas, ya estaban aquí.

En el principio fueron las cosas. De ellas surgía un aura misteriosa, una luz entre opaca y fluorescente, un sonido de un picor entre ácido y sibilante, un color a fruta a punto de caer del árbol. O tal vez un color a perro que huye, como dice Robert Hughes que es el color de la ciudad de Barcelona. O incluso un color parecido al amarillo ámbar, una luminiscencia tenue que decía Jorge Luis Borges que lo acompañaba cuando la ceguera se cerraba en sus ojos.

Las cosas también cantan. ¿A qué suenan las cosas? El sonido de las cosas tal vez se manifiesta al caer, como afirma el novelista colombiano Juan Gabriel Vázquez, o empieza a hablarnos en el momento en que se terminan de formar, o cuando alguien las mira con atención. O no suena a nada de eso, sino al dulce silbido que surge de la garganta del alfarero, de la costurera, de los exquisitos artesanos que transforman la materia inerte en cosa.

¿A qué les huelen las cosas? El olor de las cosas nos recuerda decididamente a sus antiguos dueños, o al fondo de las entrañas de la tierra de donde surgieron sus materiales, o a la profundidad de los dolores que acompañaron su abismo. Las cosas huelen a miedo, a deseo, a inicio y a catástrofe.

Al tacto, las cosas son tan suaves o tan ásperas como las yemas de nuestros dedos. Nos tocamos a nosotros mismos cuando acariciamos las cosas.

Las cosas nos interpelan, nos llaman, nos preguntan, nos traen a la memoria a los que no están y nos indican quiénes somos y quiénes dejamos de ser hace tiempo.

Somos nuestras cosas. Las cosas están vivas. Laten. Lloran. Ríen. No nos dejan mentir.

Sin las cosas no sólo no podríamos construir el mundo. Tampoco podríamos contar una historia: por eso, en este encuentro de relatos y miradas, un grupo de cronistas de América latina nos hemos propuesto contar desde las cosas.

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28 de noviembre de 2021