Escrito por

Vicente Molina Foix

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Morada

El morado le sienta bien a la Semana Santa, como el luto a Electra, pero esta vez los colores han estado algo revueltos. Las vírgenes y los jesuses nazarenos, confinados, como nosotros, aunque ellos mostrando sin tapujo las lágrimas y espinas de su dolor a los fieles que iban a visitarles, sin ser exactamente convivientes suyos. Y las procesiones por dentro, que son las más angustiosas, como todos sabemos. También muy triste ver el tambor de Calanda sonando fuerte pero subido a un balcón. Ahora bien, como imagen de la semana me quedo con la del ariete rompiendo una puerta en un piso del centro de Madrid.

Es bueno que la justicia ponga coto a los excesos de la autoridad, y entrar en casa ajena a hachazos sin duda es una manera algo brusca de irrumpir. ¿Irrumpir? ¿No es el deber de la policía interrumpir una violación flagrante de la convivencia y de los horarios establecidos en una grave crisis?  Pero aquí viene el mac guffin de la calle Lagasca, por decirlo al modo del cine negro. Los vecinos sufrientes que llamaron a las fuerzas de seguridad ante el jolgorio y el amontonamiento en la madrugada (ambos prohibidos legalmente), trataban de dormir y cuidar su salud; no permitir el acceso a ese piso estruendoso era una manera de esquivar la denuncia y proseguir el delito, cuya verdadera dimensión era imposible saber a puerta cerrada; dentro había, se supo después, 14 transgresores, un número no desdeñable de los más de 10.000 sancionados y en algunos casos detenidos, por toda España, entre Jueves Santo y Domingo de Resurrección. ¿Piso turístico lleno de 14 infractores? Morada inviolable, dicen otros, tal vez los mismos que dicen que eso dice la ley. Pues que se lo digan al vecino que llevaba cinco noches soportando fiestas en el edificio, y hastiado llamó a la policía. A él y a los demás habitantes pacíficos que estaban, de verdad, pasándolas moradas.

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9 de abril de 2021
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Cantó el cisne

Sorprende que destacados intérpretes que podrían encarnar en un escenario a Electra o a Hamlet, a Max Estrella o a Bernarda Alba, se hagan concejales o incluso consejeros autonómicos. Cuando Glenda Jackson abandonó en plena gloria el cine y el teatro para ser una oscura backbencher laborista, la pérdida fue dolorosa. Otra gran artista comprometida con las causas de izquierda, Vanessa Redgrave, ha sido, por fortuna, ambidextra; en una mano las octavillas trotskistas que toda su vida ha repartido, en la otra el último guión de Hollywood.

Los que no le votan se burlan ahora de Toni Cantó, y algo hay en efecto de vodevil de puertas giratorias en su vaivén, aunque no es ni mucho menos el único del gremio político que practica ese género. Tuve ocasión de asistir a su debut teatral en una comedia de éxito, Los ochenta son nuestros; el jovencísimo actor estaba entonces verde como una ensalada monocolor, pero pasó poco tiempo y se le volvió a ver trabajando con gran aplomo el repertorio clásico (Shakespeare, Valle-Inclán), dirigido por maestros de la profesión de la talla de José Carlos Plaza y Juan  Carlos Corazza. En 1992, tras un casting en el que desfilaron una docena de galanes de primera magnitud, fue el elegido por Bob Wilson para protagonizar Don Juan último, su primer montaje en lengua castellana, producido por el CDN; en un amplio y magnífico reparto, Cantó daba brillante réplica a Julieta Serrano, que hacía de la madre del libertino, en un texto más bien arduo del que yo era autor. Lo último que le vi fue un Mamet, y una vez más el actor hacía olvidar al alter ego público, como ha de ser.

El 4 de mayo no le voy a votar, y me alegraré si la lista en la que figura fracasa en las urnas. Pero pagaré con gusto cuando vuelva a cantar; en las tablas, no en los escaños.

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1 de abril de 2021
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Lo vacuno

En la larga espera del pinchazo definitivo me puse a lucubrar, y de ahí al delirio hay un paso. Lo di. Prados verdes, manadas circunspectas, forraje ilimitado: las vacas. Se trata de uno de los mamíferos menos expresivos y más exprimidos de la tierra, excepto en la India, donde se les ve con muchos humos, altivos y seguros de ellos mismos, sabedores, por ciencia infusa animal supongo, de que allí son sagrados, y si atropellas accidentalmente a una vaca te la has cargado tú, no a ella. Sé lo que me digo.

El alma delirante, una vez desatada, no se acobarda, y así salté de la vaca a las vacunas: su lentitud exasperante en la Unión Europea, que con tanto bombo anunció hace meses un programa que se incumple, mientras lo cumplen bien gobiernos tan mal mirados como los de Israel, Gran Bretaña o Serbia. También está mejor que nosotros uno de nuestros tres vecinos, Marruecos; de una población de 36 millones, el reino alauita ya ha vacunado a más del 15%, frente al paupérrimo 4% español. De la irritación al chiste fácil; ¿tienen pezuñas vacunas los políticos más borregos?

Me saca de la broma y de mi ignorancia doña María Moliner, que de tantos atascos y tantas dudas me ha sacado en una vida de consultas a su diccionario. Vacuna: “Viruela que se forma en las ubres de las vacas, de cuyo pus se fabrica el virus que se inocula para preservar de las viruelas, o cualquier otra enfermedad”. Hasta aquí la precisión elocuente de Moliner. Vacuna, vaccine, vaccino, la misma raíz etimológica en distintas lenguas, desde que a comienzos del XIX la medicina descubrió en ese pus una salvación, haciendo de todos, hombres y mujeres, el derivado lácteo de una madre engendradora y un infinito rebaño de amas de cría, cuadrúpedas y adoptivas, que hasta de sus infecciones nos dieron remedios. Parsimoniosas pero productivas. Lo contrario del mundo nuestro actual.

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26 de marzo de 2021
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A  cara  limpia

 

Es curioso que Suiza, un país del que no teníamos queja, haya prohibido el uso público de algunas variantes del velo islámico. Más allá de consideraciones piadosas, aplaudo que esta civilizada federación de cantones a la que en una famosa película, El tercer hombre, se le achacaba la irrelevancia de haber solo inventado en 500 años de democracia y paz el reloj de cuco, tome una decisión política de este calibre mientras el universo entero se ve obligado -cada vez que salimos de casa- a taparse la cara. Que la cara es el espejo del alma lo dijo Cicerón, y lo refrendó el refrán; ambos tenían razón. ¿Se imaginan ustedes entablar relaciones con almas que llevasen el 70% oculto? Solo pensarlo asusta. Siempre me han parecido más amenos los rostros al desnudo: las mujeres sin velos y los hombres sin barba poblada. Por eso mismo me gusta que ellas y ellos no tengan pelos en la lengua, pero que si llega el momento se suelten la melena. Y de repente un día, hace un año, se acabó este ir por las calles a cara descubierta. Aprensivo al principio, he sido luego, como la mayoría, un cumplidor sufrido de la prudente medida, arrostrando el picor, el vaho en los lentes, el lagrimeo, el moqueo, e incluso un cierto brote de acné senil en una tez que se había mantenido bastante limpia.  Aunque también reconozco que una cara tapada puede esconder un mundo que, al desvelarse, fascine. ¡Hay tantos misterios guardados al otro lado del espejo! La cosa es que esta decisión suiza tomada tras un referéndum con corto margen de síes puede dar ideas a los tantísimos noes que andan dispersos por la cristiandad. Estos días de aniversario y marchas he estado pensando. No en quienes reniegan de la mascarilla por razones quiméricas, sino en las musulmanas de velo involuntario y burka que, de poder hacerlo, muchas se quitarían.

     
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18 de marzo de 2021
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Hay espíritus

Hace un par de semanas participé en una sesión de espiritismo. Fue un acto voluntario que tenía para mí la curiosidad de lo ignoto y el placer de encontrarme con gente amiga que hacía tiempo que no veía. La mesa de los espiritistas no era aquel día practicable, tampoco había médium de carne y hueso, y las voces llegaban con la nubosidad que estos contactos extrasensoriales es lógico que tengan. En un momento dado algo se interfirió en ese más allá del mundo inmaterial y perdí el nexo con los otros espíritus afines. Pero la reunión continuó sin mí satisfactoriamente, se tomaron conclusiones, ninguna de ellas de carácter metafísico ni conminatorio, y un aviso escrito en mis dispositivos de uso doméstico-laboral me hizo saber que yo, muy atrasado respecto a media humanidad, acababa de ser desde mi casa copartícipe, con otras diez personas, de una sesión de “Zoom”.

No se rían de mí, todavía. Ni me tengo por un palurdo ni soy el enemigo de la modernidad antropocena. En la medicina, por ejemplo, me alegra que las máquinas vean más que nosotros, y doy la bienvenida, sin necesitarla de momento, a la robótica, como se la di en su día a la semiótica, sin entenderla. Sólo pido un poco de piedad con el torpe o el comodón, con el distraído, con el mayor de edad analógico, y mi queja, una vez asumida por irremediable la dictadura de lo digital, va contra el imperialismo de las aplicaciones. Empieza a ser normal que en los bancos, los centros deportivos y otras instituciones y recintos, si no te aplicas no eres nadie. ¿Seguirá estando mal visto oponerse a esas coacciones cuando, acabadas las olas del coronavirus, el mar esté en calma? Desconfío de los negacionistas pero confieso ser presencialista prudente, vocalista en vivo aunque tapado, lector táctil. No olvidemos la vida en directo, en la que los códigos sean el de no matar ni robar y el de circular sin atropellar.

   
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15 de marzo de 2021
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Lista de mejores films 2020

 

Doy con involuntario retraso esta lista de mejores films 2020 solicitada, como cada año por el novelista Juan Francisco Ferré para su propio blog.

 

1. Mank, de David Fincher (vista en cines). Una película sobre el poder de la palabra, que refuerza la noción de que también la imagen fílmica tiene su elocuencia, su retórica y su prosa poética.

2. Zumiriki, de Oskar Alegria. Tras su extraordinaria ‘quest’ Emak Bakia, el cineasta navarro se construye su propia cabaña en la orilla del río Arga y se busca a sí mismo.

3. Martin Eden, de Pietro Marcello, o la vuelta de un verismo romántico, con melodías que refuerzan el substrato operístico de una larga y fructífera tendencia del cine italiano.

4. Habitación 212, de Christophe Honoré, otra música más galante y caprichosa, en la que se ve al fondo a Jacques Demy, pasado por la escritura automática del surrealismo.

5. The Human Voice, de Pedro Almodóvar. Una mujer, un perro y un decorado, para redefinir de modo fulgurante la historia comprimida de un abandono amoroso; tan Cocteau como el propio cine de Cocteau.

6. Invisibles, de Gracia Querejeta. Monólogos y diálogos que componen una saga erótica en la que tanto hablan las bocas femeninas como el fuera de campo.

7. Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, de Arnaud Viar, o la fortaleza incomparable del cine francés a la hora de trascender una trama trivial en una parábola.

8. Under the Skin, de Jonathan Glazer, el tardío film sorpresa del año; sobrevalorado, hipnótico, dégoûtant, sabroso y tan enigmático como, en ex-aequo, la película alemana ‘Estaba en casa…pero’ de Angela Schanelek.

9. Si me borrara el viento lo que yo canto, de David Trueba (Movistar). Excelente documental con visos de docudrama cómico sobre el canta-autor Chicho Sánchez Ferlosio, un personaje legendario, al menos para la gente de mi edad.

10. Verano del 85, de François Ozon. Tan prolífico como desigual, este relato es vintage ozon, que sólo por ver a Valeria Bruni Tedeschi en acción valdría la pena.

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9 de marzo de 2021
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Contenidos

La primera manifestación de tu vida es como el primer beso: recuerdas el dónde y el a quien, pero no a qué supo. El futuro es un sabor incierto. Después de una larga vida de manifestante resoluto aunque pacífico contemplo con curiosidad el mapa de las actuales protestas callejeras, prestando especial atención a las de Barcelona, no tanto por su inusitada violencia como por sentimentalismo; fue la ciudad donde, sin vivir en ella, me manifesté el 11 de septiembre de 1977 en la Diada de Tarradellas. Besos, aquel día gozoso, di muchos a quien me llevó del brazo.

Como vengo de un tiempo antiguo y muy largo, las causas por las que me movilicé antes en el Madrid antifranquista de mi juventud, siendo ineludibles tenían la adrenalina de la peligrosidad: todas estaban prohibidas. Mi primera manifestación permitida y multitudinaria hube de hacerla fuera de mi país, protestando en otoño de 1973 y en Londres, donde vivía entonces, por el derrocamiento de Salvador Allende. Pocos años después ya se pudo ocupar la calle en España, y supimos de otras injusticias, de otros crímenes, de otros derechos todavía por conseguir. Se hacía conciencia al andar.

Guardo en la memoria con especial viveza la de febrero del 2003 por la Guerra de Irak, casi tres millones en toda España unidos por el No a la guerra. Yo la recuerdo porque se hizo eterna en el lento trayecto de Cibeles a Sol; siempre he sido andarín, pero mis huesos ya se me quejaron, y aún no quiero llevar, por presumido, un sillín desplegable.

En la televisión destaca mucho el fuego barcelonés. Ya no hay manifestación que se precie sin contenedor en llamas, aunque es verdad que contra el franquismo la basura se lanzaba peor: había demasiada. Aquellos primeros besos robados a la concupiscencia de la libertad los veo llenos de contenido, ardientes con razón. Quemar por quemar es como un gatillazo.

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4 de marzo de 2021
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Rap y RIP

Me sentí emparejado a Pablo Hasél, aunque no estoy en la cárcel, solo preso. La cosa comenzó el pasado septiembre, cuando unos nuevos vecinos llegaron al piso situado encima del que habito y pusieron música, creo que incluso antes de poner las camas. El concierto no se ha interrumpido desde entonces, ni de día ni de noche, siendo su repertorio algo similar al rap, modalidad sonora de la que me confieso indocumentado pero en la que voy adentrándome a mi pesar. Un domingo, después de 5 meses altisonantes, con pataleos y gritos (pues parece que el rap no amansa, como otras músicas, a las fieras, ni apacigua a los hombres), uno de esos jóvenes vecinos rapistas dijo, ante mis protestas, la fórmula mágica: “tengo mi libertad de escuchar música”. ¿Escuchar? Yo la oigo, sin captar los matices de sus letras, que me suenan, un piso por debajo, como el rezo de un rosario.

A todas estas apareció Hasél, apoyado por un amplio espectro (social): acólitos vándalos y gobernantes celosos de proteger la libertad de expresión. A quienes vivimos mal que bien de la expresión escrita, dicha o cantada, esas protecciones nos resultan poco de fiar; alguno de nosotros, los mayores, recordamos el tiempo de la verdadera falta de libertad expresiva en las artes, muy bien reflejada por cierto en la reciente novela de Manuel Gutiérrez Aragón Rodaje. ¿Y se acuerdan ustedes de la tan pregonada “libertad de acceso a la cultura”? Ese era el lema de los piratas del disco y del libro, de quienes hoy se habla menos, quizá porque haya más o naveguen bajo estandartes de camuflaje.

Mis vecinos no quieren mi muerte violenta “al modo Hasél”, ni yo a ellos les deseo la cárcel; voy en son de paz. Pero ayer, mientras escribía esta columna bajo el fragor de sus letanías, tuve un recuerdo: las voces estentóreas y el ruido de las armas, hace 40 años, en el lugar de la palabra.

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26 de febrero de 2021
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En cola

Hace un año empezaron a caerse cosas, al principio sin gran estrépito: un homenaje en Málaga, una cita con una amiga previsora, la inauguración protocolaria de ARCO. El viaje se canceló por falta del homenajeado; mi cita tuvo lugar, ya con gel en las manos; y en un autobús municipal fui, un día después de abrirse, a la feria de arte, cuyo país invitado, Italia, era mal visto sanitariamente aquel 27 de febrero, lo que no impedía mirar de soslayo a los stands de las galerías italianas ni, a los valientes, visitarlas. El primer desconsuelo personal fue el anuncio de que el 19 de marzo no podría presentarse en la sede del Instituto Cervantes el libro póstumo de Jaime Salinas, acto que hoy, en el segundo año de la era Covid, quizá habría sido denunciado por nuestros vigilantes de la moral, ya que el gran editor documenta en sus cartas un ménage-à-trois internacional. El segundo desconsuelo también ocurrió en marzo. La Filmoteca Española daba un completo ciclo de Agnès Varda, y yo tenía entrada para ver un programa suyo que desconocía; al llegar al cine Doré me encontré con las primeras restricciones a la movilidad: los asientos había que espaciarlos, y eso suponía una cola previa. Soy, desde que viví un tiempo en el Reino Unido, un rebelde a la sumisión de las colas, que allí son más un acto social que una costumbre cívica; con gran fastidio me fui sin Varda. El dios de la impaciencia me castigó: a los 15 días me vi pidiendo la vez en la charcutería, para acceder al metro, y hasta en el ascensor de mi casa. La cola como programa de vida. Después vino la magnitud de la espera en la enfermedad; los turnos de la muerte. Así que se me han bajado los humos, y ahora estoy suspirando por ir, en fila india, a la vacunación.

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18 de febrero de 2021
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Padilla y Chaplin

Qué buena idea que en medio de las cautelas salga en los cines, junto a los estrenos restringidos, alguien que nos hará reír mientras lloramos. El chico, un apogeo sublime en este valle de lágrimas, fue el primer largometraje de Chaplin, y la buena idea sería digna de continuación, pasada la pandemia, con los reestrenos de lujo de sus películas grandes, con y sin Charlot; hay diez de ellas, así que durante un largo periodo de tiempo se podría resucitar una cada año y hacer felices a quienes no las vieron o no las recuerdan. Las diez son obras maestras del cine mudo (y sonoro): incunables de un arte que él popularizó sin vulgaridad.

Pero hablemos ahora de José Padilla, otro gran popular, y de Almería. La vida de este magnífico compositor cuyas melodías casi todo el mundo ha tarareado, además de oído reiteradamente, era desconocida, al menos para mí, algo ya remediable gracias al documental Descubriendo a José Padilla, que está en Filmin y se verá el 19 de este mes dentro de los Imprescindibles de la 2. Chaplin vivió largamente, al contrario que Padilla, muerto en Madrid a los 62 años; ambos triunfaron en sus dominios, se hicieron ricos, perdieron sus riquezas, amaron con profusión, y un día de 1931 tuvieron en Londres una colisión involuntaria que acabó en los tribunales. Uno de esos incunables del cineasta, Luces de la ciudad, usaba sin permiso música robada de otra cuna, La violetera, que acompaña las apariciones de la florista ciega de quien se enamora el vagabundo. Padilla, autor asimismo de muchas otras canciones de enorme difusión (El relicario, Estudiantina portuguesa, Princesita, Valencia), ganó el pleito internacional y obligó a los productores a incluir su autoría en los títulos y en los derechos. Un caso de apropiación indebida por el que el músico, además de dinero, hizo su entrada en el noble registro de los anti-piratas.

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12 de febrero de 2021