Escrito por

Vicente Molina Foix

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Los dos reyes

 

Érase una vez un país donde reinaba un padre recto que había llegado al trono por vías torcidas y tenía un hijo que le salió tarambana. Pero el viejo rey cayó enfermo, y el príncipe, sin dejar su vida tabernaria y faldera, tuvo la presunción de la majestad y sentó la cabeza bajo la corona del padre, que estaba adormecido en su alcoba y se la había quitado. El padre murió pronto, los compañeros de farra del heredero, uno de ellos muy grueso, fueron apartados de la corte, el joven rey ganó una batalla y se hizo el monarca más amado por su pueblo. Esos dos reyes existieron, y los cronistas de su verdadera época narraron sus hechos de guerra y sus controversias, que un poeta, el más grande que hubo en aquel país tan ininterrumpidamente monárquico, convirtió doscientos años después, con la bravura del drama histórico y el espíritu de la comedia, en tres obras maestras: las dos partes de Enrique IV y Enrique V.

Ahora mismo vivimos los españoles, que también sabemos lo nuestro de reinas licenciosas y reyes arrebatacapas, un drama en el que hijo y padre intercambian papeles en un cast familiar con estrella invitada: un joven rey sensato, una discreta reina plebeya, un cuñado preso, unas hermanas borrosas (o borradas), y dos princesas, todavía niñas pero ya con aplomo, que han visto a su abuelo en la picota y lo verán, seguramente, hacer mutis o irse al destierro. Tampoco nos han faltado cronistas, no todos del mismo calibre; unos investigando pagarés, otros pescando en el lío revuelto de las sábanas sucias. Para que la historia de estos seres humanos poderosos y en parte descarriados se cerrase con plena justicia pero evitando el gore de la venganza, ayudaría un Shakespeare que captara en ellos su verdad profunda, sus engaños, los servicios prestados, dirigiendo una mirada final a los inocentes de una familia rica e infausta.

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29 de julio de 2021
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Iceta

Le vi bailar en un estrado una rumba, o lo que fuese aquello, pero salvo eso no tengo nada contra él. Dicen los enemigos del gobierno que Miquel Iceta no pertenece a la cultura, ni viene de ella, y me pregunto yo dónde estábamos todos antes de leer libros y entrar en un museo. Reconozcamos que Iceta no tiene la cintura de Nureyev, ni el don de la palabra de Szymborska, y que su humor catalán no iguala en sarcasmo al de Josep Pla. Esos artistas y tantísimos otros de hoy y del futuro no quieren a un semejante haciendo cabriolas o versos o exquisitos planos-secuencia. Lo que necesitan es el estímulo de alguien que les entienda en sus requerimientos más básicos y menos pretenciosos: sus derechos de autor, el apoyo a una creación que devuelve con creces tal ayuda al destinatario: todos nosotros. El público.

Nadie nace para ser ministro de Cultura o directora general de Bellas Artes. Por el contrario, una ministra de Hacienda ha de saber de números, y el de Exteriores chapurrear alguna que otra lengua extranjera. Hay oficios que requieren una inspiración, y otros que se aprenden con el estudio. Hace algo más de un año tuve ocasión de oír, en un homenaje teatral, al entonces recientemente nombrado ministro de Cultura Rodríguez Uribes, que estuvo un poco novicio. Pasados doce meses, en idéntica circunstancia, Uribes ya sabía de lo que hablaba, y acertaba en sus diagnósticos; quince días después, con la lección sabida, salió del ministerio.

El mejor ministro de Cultura de la democracia no fue el mejor escritor que ocupó ese sillón, Jorge Semprún. El mejor ministro de Cultura de la democracia fue Javier Solana, que estudió Química y dio clases de Física. Ahora leo que Iceta dejó la química por la militancia. Interesante el vínculo político entre ciencias y artes. Quizá todo consista en encontrar la fórmula que haga de la cultura disfrute y panacea.

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23 de julio de 2021
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¿Última vaca?

Se proyecta aún en cines de España, y su directora Kelly Reichardt es la coqueluche de los cinéfilos: los franceses, siempre tan suyos, ya se la han apropiado, pero incluso en entornos más ásperos, como el mainstream norteamericano y el público español, es de culto. No voy a hablar aquí, sin embargo, de méritos fílmicos ni del argumento de su western pre-moderno, muy bien reseñado en estas páginas por Elsa Fernández-Santos, sino de la vaca esencial de First Cow, película a la que aludimos. Diré solo, para no estropearles la fascinante trama, que el mamífero protagonista es una criatura explotada sin sufrir violencia; ayuda a la humanidad, representada en el film por dos frescales y una lista de espera de compradores de aquello que la vaca produce, que es la leche.

Si no lo he entendido mal, lo que actualmente se preconiza entre la gente más sostenible son tres cosas: hacer guardar la línea a los que por nada engordamos, cambiándonos la sabrosa chuleta por un conglomerado; evitar la deforestación del planeta; luchar para que el pedo de los cuadrúpedos, transformado en gas invernadero, no arruine la atmósfera. Buenas causas las tres en un planeta ideal que aún no tenemos, pero al que aspiramos. ¿Por presión de un ministro? ¿Por modas que ahora molan? Los malos humos del mundo son naturalmente dañinos, y nos amenazan a todos. Pero hay peligros peores que un filete con grasa o un par de huevos fritos de una gallina tal vez apretujada en su corral; el peligro de muerte por no tener nada que comer, aunque sea vacuno o avícola.

Todos los animales sienten y padecen, y junto a ellos está, temeroso de sus fauces o deseoso de sus apetecibles entrañas, el animal humano. Ese ser que defeca y conduce o vuela y fuma y ensucia el agua con su basura y no siempre cede un poco de sus sobras a quien todo le falta.

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15 de julio de 2021
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Argonautas

Me pregunto qué habría dicho de los patinetes el gran Julio Torri, que trazó en veinte líneas la épica de las bicicletas. A menudo recurro a él como a un oráculo que da a todo respuestas breves, en una obra completa que no llega a las 200 páginas. ¿Escritor de escritores? Tal vez lo fue y lo es en su país, México, aunque tuvo en vida la admiración de algunos huesos nuestros como Valle-Inclán y Juan Ramón, o la de Menéndez Pidal, que tanto ponderaba el manual sobre La literatura española que Torri publicó en 1952, magistral y singularísima condensación muy bien fundamentada en sus lecturas. De fusilamientos, el delgado volumen que contiene su esencial creación literaria, está a precios asequibles en el circuito de segunda mano, pero se trata de un libro y de un autor que tendrían que ser reeditados sin falta en España.

Pensé en su cristalina prosa al ver a esos seres alados que cruzan ante ti o se te acercan por la espalda, imparablemente, en la nueva movilidad compuesta de repartidores con caja de Pandora fast food y figuras altivas como argonautas de naves de un solo tripulante. Torri (muerto en 1970) habló de la misantropía del ciclismo, “raro deporte que se ejercita sentado, como el remar”, definiendo así a la bicicleta: “Lo exclusivo de su disfrute la hace apreciable a los egoístas”.

Es un paisaje nuevo que no sabemos cuánto va a durar y molesta considerablemente al peatón desprovisto de ayuda automotora. Hay riesgo de atropellos, ya se han dado, pero tanto el dispensador de alimentos como el navegador solitario al menos avanzan impulsados por una electricidad limpia, sin combustión dañina. Me quedo sin saber si Torri, brillante analista de Don Quijote, tendría hoy respuesta al porqué estos caballeros rodantes son todos hombres, como si las mujeres, en el tiempo actual de su centelleo, se reservasen la misión de observar y anotar lo que pasa.

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8 de julio de 2021
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Ni verlos

No es ideología ni moral, sino asco. El asco en Hungría se extiende a otros países excomunistas, por hablar hoy solo de esa parte de Europa. El presidente Orbán lo niega: no se trata de humillación, es por el bien de la infancia y el honor de los padres. A los homosexuales no les tenemos odio, dice; nos protegemos de ellos.

De las distintas facetas sexuales lgtbi, un acrónimo que crece, se habla mucho, pero luego bajas del léxico a la calle y encuentras otra cosa. Ni los ultracuerpos trans nos invaden ni los niños son violados a mansalva por los facinerosos del ambiente. Por cierto, sorprende que la iglesia de Roma pontifique al modo húngaro contra la tímida tentativa del gobierno Draghi de aliviar la condición del gay italiano, olvidando que el colectivo mundial donde se da la mayor proporción de pederastas es la Santa Madre.

Pero volvamos a la asquerosidad. Aclarado por fin, después de muchos siglos de anatema y pira, que se puede ser homosexual y buena gente en cualquier ramo (la enseñanza, la medicina, el comercio, entre otros), ¿qué baldón queda? El verlos. Porque, reconozcámoslo, los antiguamente llamados invertidos y bolleras hoy se muestran, y su mostrarse es lo que no se traga. Qué distinto sería si estos seres de otra esfera se limitaran a relacionarse entre sí a escondidas. Ya se les ha dado derechos laborales, el cobro de pensiones, la paternidad, y en selectas parroquias avanzadas los sacramentos incluso. Pero no, siguen dale que dale: ellas y ellos, algunos con tacones de aguja y boquitas pintadas algunos, con pelo a lo garçon y maneras hombrunas algunas. ¿No es exhibicionismo eso? Y encima van a la escuela a informar de que tú, adolescente confuso, o tú, niña dubitativa, podéis ser como ellos el día de mañana. Y como tal ser vistos. Sensibles o irascibles, irritables o amables, entrañables o insufribles. Todo eso sí. Todo menos visibles.

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1 de julio de 2021
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Libra de carne

Habla una mujer joven disfrazada de hombre de leyes en la Venecia del siglo XVI; está el Senado reunido y lo preside el Dux, responsable de dictaminar el proceso que divide a la población. Su célebre alegato empieza así: “La clemencia no es cualidad forzosa. / Cae como la lluvia, desde el cielo / a lo que está debajo. Su bendición es doble: / bendice al que la da y al que la obtiene. / Más poderosa es en los más poderosos.” Las palabras justas de la falsa abogada despiertan el recelo del acusador, el prestamista judío Shylock, que de ningún modo se quiere mostrar clemente con el acusado, el mercader cristiano Antonio.

La escena no ocurrió en la república véneta sino en la cabeza de Shakespeare, donde el dramaturgo mezcló, como solía hacer, un dilema moral, una historia de amor y una tragedia entreverada de comedia de enredo delicioso. Me he acordado de la obra por el problema que ahora tenemos, y probablemente seguirá; no hace falta contarlo. Prefiero dar, en traducción propia, una parte del discurso que Porcia, la disfrazada, inventa sobre una base legal relacionada con una libra de carne humana y una sangre imposible de verter: una fábula sobre el desgajamiento corporal y el odio al que no piensa ni cree lo que tú.

“La clemencia supera la potestad del cetro”, dice Porcia, “y el poder terrenal más se acerca al de Dios / si la clemencia suaviza la justicia […] ninguno de nosotros se salvaría / pidiendo solo justicia. Rogamos la clemencia, / y esa misma plegaria nos enseña a emprender / acciones de clemencia”. La obra, El mercader de Venecia, acaba bien y mal. La falsificación de Porcia salva una vida inocente, la de Antonio, que se queda solo pero vivo, como el inclemente Shylock; los jóvenes marrulleros se salen con la suya, y se casan todos. La carne no es cortada, y no hay derramamiento de sangre. ¿Quedan heridas?

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28 de junio de 2021
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Colón irritable

Me pregunto si habrá que hacer dentro de unos años un lavado a conciencia de la madrileña plaza de Colón; eso si para entonces se llama así y sigue oteando el horizonte el descubridor; sabemos que estas figuras de alcurnia se ven sometidas a un cribado constante, y el que un día se levanta prócer al siguiente yace en el barro.

Nunca he sido un admirador de la plaza en sí, aunque la recuerdo más noble cuando la antigua Casa de la Moneda ocupaba lo que hoy son sus jardines alzados, tan ad hoc para arengas de cualquier tipo. Las moles pétreas resultan feas, la bandera española un poco exagerada de mástil, y da frescor en verano su catarata, que hace ruido y no deja oír bien el manifiesto. Ha habido allí ocasiones que llamaremos -para que no se nos acuse de fraccionalistas- igualitarias: en junio de 2017 se celebró en Madrid el World Pride, y donde el pasado domingo el amo de la voz fue Vox, aquel junio los congregados de diverso género pudieron ser oídos abiertamente.

Lleva un tiempo okupada por las derechas, que van allí a mostrar con periodicidad su mal humor, que deseamos que sea, a la larga, benigno. De momento se trata de acciones preventivas sobre males no producidos, y lo peor es que los que tanto diagnostican son de poco fiar en cuestiones de salud pública. Con ellos no me haría yo ni una resonancia magnética. Por no hablar de colonoscopias, en las que te duermen las zonas sensibles.

Pero no todo en Colón irrita. El discurso rupestre y la horrenda rana gigante en un lateral no deben ocultar lo mejor del lugar, los grupos escultóricos que son las más bellas estatuas de la capital. Una representa a Valle-Inclán erecto y avanzando. La otra homenajea a Don Juan Valera a través de su personaje de Pepita Jiménez, una belleza lánguida cuyos labios de mármol los jóvenes cultos de una generación anterior a la mía besaban, en sus noches de farra, cuando no se podían hacer muchas más cosas.

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18 de junio de 2021
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El hoy de Plutarco

Releyendo las Vidas paralelas me dio por pensar en una posible aplicación Plutarco a nuestra realidad. El propósito del gran polígrafo tardo-imperial no era escribir “historias, sino vidas”, en las que “un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirve más para declarar un carácter que batallas […] y sitios de ciudades” (cito por la traducción clásica de Ranz Romanillos). Así que yo, un polígrafo de provincias llevado de más leve intención, establecí un paralelismo local entre dos figuras heroicas llamadas, parecía, a dejar huella, y hoy acalladas, quién sabe si para siempre.

Hace año y medio, Albert Rivera tuvo en sus manos la consumación de una gesta que podría haber cambiado el curso de las aguas, y la desperdició, provocando la primera debacle de un partido en pleno auge. Así nació aventureramente un triunvirato virado a la izquierda cuyos resultados unos juzgamos de un modo y otros de otro. El dios de las urnas (que no para de hablar) dirá. Mientras tanto, Rivera cayó estrepitosamente y ha caído, allí donde empezó sus hazañas, Pablo Iglesias, con sus tres peinados. El triunvirato aguanta.

En las Vidas de Plutarco abundan los espíritus, como es propio de una obra que combina la historia militar con la angustia de las influencias estudiada por Harold Bloom. Julio César tiene en el libro su propia vida, una de las mejores del autor griego, pero no solo eso: asoma en las de otros, soldados o estadistas, y condiciona unas cuantas.

Viendo ahora que en la Asamblea de Madrid no hay escaños para Cs y tampoco se sentará como jefe de la oposición Iglesias, el fantasma de Sánchez retorna. Rivera sufrió en sus carnes su antisanchismo a ultranza; Iglesias fue más listo y le abrazó, como si viera en Pedro a un salvador más que a un socio. Y el que no se salvó ha sido él. ¿Pedro Sánchez un César? Que el presidente recuerde las cuchilladas que sus aliados le dieron a aquel hombre ambicioso.

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10 de junio de 2021
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Rojos y blancos

Una noche fui tomado por bielorruso en un bar de copas de Vilnius donde entré para distraer mis pesquisas de reportero ocasional. Era la primavera del año 2004 y hacía mucho frío en la capital lituana, por lo que yo llevaba un abrigo ampuloso de hechuras; no era de corte militar pero tenía algo de casaca del antiguo régimen. ¿Parecí en aquel bar dudoso un representante de la Guardia Blanca, o miembro camuflado de la KGB? Estaba allí, enviado como otros colaboradores del periódico por EPS, para contar por escrito cómo se vivía en cada uno de los diez nuevos miembros la incorporación a la Unión Europea, y me habían correspondido los tres países bálticos. Del viaje recuerdo la manifestación de dos creencias con fe interrumpida: las iglesias católicas llenas de nuevo en Vilnius (“ir a misa se ha puesto de moda, moda anticomunista”, me dijo una traductora, judía agnóstica, que me acompañaba), y el santuario al aire libre de Grutas Park, donde las estatuas de Lenin, Stalin y otros profetas caídos en desgracia se exhibían sin pedestal en una especie de Terra Mítica del marxismo.

Me he acordado también de las paradas posteriores en Estonia y Letonia, habitados entonces por grandes contingentes de rusos y no pocos bielorrusos auténticos; ahora un periodista opuesto al dictador y títere de Putin ha sido, con su novia, raptado en un avión comercial y nosotros, se dice, vamos a poder viajar quizá pronto a destinos antes cerrados. Una reliquia del paleolítico que conservo es el pasaporte franquista con el listado de los países del telón de acero que no podías pisar. Hay países prohibidos y otros que uno se veda a sí mismo, para evitar que la persecución o el maltrato a sus minorías te haga partícipe por delegación. En lo que a mí respecta, creo que ya no iré nunca a Rusia. Con las ganas que tengo de ver el Hermitage presencialmente.

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3 de junio de 2021
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Granja animal

La naturaleza sin animales es incomprensible, y nosotros sin ellos seríamos poca cosa; lo creo y no he tenido nunca en mi vida más que un periquito hablador en una jaula, aunque he escrito sobre el reino animal escenas de novela y una elegía fúnebre a un chucho. Uno de mis mejores amigos se llama Trotski y es un husky siberiano que vive en tierras calientes. Pascal dijo que “ningún animal admira a otro animal”. ¿Y a los humanos? ¿Es admiración lo que nos tienen o amor perdurable? Depende, claro, de cada especie y raza, de cada hogar, del buen o mal talante de cada propietario. Entre las últimas chorradas del gobierno de Boris Johnson está el proyecto de ley que reconoce capacidad de sentimiento a las que pronto se prohibirá llamar bestias. Con ese motivo me entero de que también en España se quiere modificar el código civil para que los animales dejen de ser tenidos por objetos, haciendo además que los divorciados con mascota ganancial lleven a los tribunales la custodia del gato huérfano de una u otra mano acariciadora. Me parece una buenísima iniciativa cualquier medida que proteja a los animales del abandono y el maltrato, y les asegure, en las casas como en las granjas o cuadras, la higiene, la atención, el acomodo e incluso, por qué no a ellos también, el privilegio de la comida gourmet; me he visto sorprendido en los supermercados por su gran variedad, destacando un “pienso vegano para perros adultos”, aunque es difícil saber si la dieta vegana la quiso el animal o la impuso su dueño. El paquete grande de esta delicatessen zoológica estaba a 85 euros, pero los había más asequibles. ¿Y los millones de seres que pasan hambre en el mundo? Qué tópico, ¿verdad? Se me llamará demagogo, o algo peor, ¿criminal?, si añado que me gusta la pata negra y de vez en cuando saboreo un besugo, que tiene en su cabeza ojos a cada lado, como los míos.

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28 de mayo de 2021