Escrito por

Vicente Molina Foix

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Santos y camaradas

“El pueblo italiano siempre ha despreciado a los hombres que no son sino hombres: es un pueblo que está siempre a la búsqueda de Dios, que arde siempre en el deseo de verlo con sus propios ojos, de tocarlo con sus manos, de besarlo con sus labios, de oírlo con sus oídos, en todas sus manifestaciones, en todas sus formas, en todos sus disfraces humanos. Los italianos saben muy bien que Dios existe”. Estas palabras son de Curzio Malaparte, una de las grandes figuras literarias del período de entreguerras mundiales seducida por la retórica sanguinaria de los dictadores; en su caso, él las refería a Benito Mussolini, y formaban parte de un retrato literario que Malaparte dejó inconcluso y publicó en sus dos secciones fragmentarias la editorial Sexto Piso bajo el título Muss/El gran imbécil.

Malaparte vivió menos años (1898-1957) que otro gran poeta fascista, Gabriele D´Annunzio (1863-1938), pero los vivió más tarde, por lo cual tuvo tiempo de ver con mayor profundidad de campo los estropicios y las baladronadas del Duce, a quien comenzó ya a atacar en la década de los 40, siendo expulsado Malaparte del partido de Mussolini antes de la Segunda Guerra Mundial, durante la que colaboró en tareas de informante y espía con los Aliados. Por el contrario, D´Annunzio fue plenamente, hasta su muerte, un seguidor contumaz aunque no dócil del dictador italiano, y es ese periodo final de la vida del escritor de Pescara la que refleja El poeta y el espía (Il cattivo poeta, Italia, 2020), la película de Gianluca Jodice: la vida de un santo (libertino) y un héroe (mártir de guerra), vista a través de los ojos del joven oficial al que el gobierno mussoliniano, celoso de las extravagancias visionarias que el gran poeta nacional llevaba a cabo en su micro Valhalla del Vittoriale, junto a las orillas del lago de Garda, envía como espía protector de alguien que, como se afirma en el verso de Gimferrer, “Tuvo el don de decir con verdad la belleza” (del poema Sombras en el Vittoriale del libro de 1966 Arde el mar). Y como, al decir de Malaparte en ese esbozo biográfico de Muss ya mencionado, “un santo y un héroe son lo mismo” para sus compatriotas, a la plebe italiana “le gusta vivir en la continua espera de un milagro, en el ansia continua de saber si el que aparecerá por la esquina de la calle será un gendarme o un ángel” (cito por la traducción de Juan Ramón Azaola en Sexto Piso). El actor y director de cine Sergio Castellitto lleva a cabo una composición magistral del histrión que probablemente fue D´Annunzio, siempre deseoso de la adoración, no toda ella nocturna, y de los favores femeninos, a los que respondía con su florido talento: varias de sus obras menos perecederas son las piezas dramáticas que le escribió a su amante Eleonora Duse, y la legendaria Duse estrenó.

La película de Jodice se ve con notable fascinación, en gran medida por su arte, y hablo aquí del arte que envolvía cada una de las fantasías o ensueños del poeta, tanto en su refugio lacustre del Vittoriale, ampliamente filmado, como en los trasfondos arquitectónicos, siempre lucidos, de la estética imperio-fascista del régimen, así como en sus desfiles y ceremonias; el rito fúnebre que le rinde el 1 de marzo de 1938 el propio Duce, dispuesto a superar en gesticulación dolorida y correajes marciales al fallecido es sin duda la escena más elocuente del film.

Se me hizo ameno pensar, mientras la veía, y siendo Konchalovski un peso pesado del cine soviético pujante en la época del Telón de Acero y posteriores deshielos, que Queridos camaradas imitase tal vez el formato, el color y el espíritu del polaco autor de Ida y Cold War Pawel Pawlikowski: el ocupante que le saca provecho al ocupado. El minimalismo en blanco y negro, el predominio de las escenas intimistas, la desolación del paisaje, funciona en Queridos camaradas como antídoto de la tradición lírico-telúrica del gran cine ruso post-revolucionario, que Andréi Konchalovski encarnó con gran efectividad al menos en su épica saga Siberiada (1979).La nueva película empieza con una escena de cama, aunque pronto se sabe que sus partenaires son gente de la política; la mujer, magníficamente interpretada por la actual esposa del director, Yuliya Vysotskaya, tiene un cargo de responsabilidad en el Partido, y le declara al amante entre suspiros su nostalgia del tiempo en que Stalin, muerto en 1953, mandaba. Pero nos hallamos en 1962, Kruschov está al frente del gobierno, y en la provincia donde sucede la acción sucedió realmente, en la ciudad de Novocherkassk, esta revuelta con más de treinta muertos a manos del ejército, desconcertado por unas órdenes superiores que empujaban al disparo de las armas de fuego y el uso de tanques contra la población civil salida a la calle para apoyar a unos obreros huelguistas. Es todo un contraste, tras el culto a las personalidades megalómanas que El poeta y el espía muestra con tanta prosopopeya, ver en Queridos camaradas en mero retrato de pared o imagen de noticiero la efigie de Kruschov.

Es sabido que los MijalKov Konchalovski, con y sin guión en sus apellidos, forman una dinastía cinematográfica, en cuyo árbol genealógico no vamos a adentrarnos aquí. Dejando de lado al padre de ambos, autor de libros infantiles y guionista, yo siempre fui incondicional del hermano menor, Nikita Mijalkov, aunque tanto éste como el mayor Andréi fueron sospechosos (y como tal, acusados) de connivencia con los gerifaltes de los regímenes anteriores a la caída de la Unión Soviética. Andréi hizo carrera en Hollywood, ya entrado en años (ahora tiene 83), y para mí, que no he seguido su filmografía puntualmente, este muy conseguido retrato de una disidencia y una pérdida de fe comunista se abre a dos interpretaciones: el ajuste de cuentas con el propio pasado político o la soterrada loa del estalinismo. Si elegimos la primera lectura, hay que destacar el brío de las secuencias de asalto y represión de los ciudadanos (con ecos de El acorazado Potemkin); la segunda añadiría a la personalidad de la mujer alto mando una capa de enigma y ambigüedad. En cualquier caso, la película progresa hasta una segunda mitad de largo viaje a la noche en la que la pesquisa (con final feliz) abre puertas a una reconciliación. ¿De una sola familia, la de ficción? ¿Del propio cineasta con su entorno natal?

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1 de diciembre de 2021
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Antonio y Cleopatra

Representada, seguramente por primera vez, en una fecha imprecisa de 1606, Antonio y Cleopatra no volvió a los escenarios hasta pasados 150 años, lo cual más que de fracaso habla de unas circunstancias que ayudan hoy a entenderla mejor en su osadía y su gran ambición tragicómica. Fue además escrita, y también esto es significativo, a continuación de cuatro obras maestras del más alto periodo shakespeariano, precediéndola Otelo, Medida por medida, El rey Lear y Macbeth.

En 1677, setenta años después de aquel probable estreno y trascurridos más de sesenta de la muerte de Shakespeare, un buen poeta y comediógrafo de la Restauración, John Dryden, puso en escena Todo por amor (All for Love), “escrita en imitación del estilo de Shakespeare” confiesa el propio Dryden, y esa tragedia sobre Marco Antonio y la reina egipcia tuvo tanto éxito que eclipsó a su modelo; el original de Shakespeare sería rescatado ya en el siglo siguiente, en 1759, por una de las figuras legendarias del teatro británico, David Garrick, cuyo Antonio daba réplica a la Cleopatra de otra gran actriz del momento, Mary Ann Yates. Aun así, la obra no entró en el repertorio, y lo que sigue es mi interpretación somera y tentativa de las razones de esa incomprensión o temor a un texto actualmente considerado esencial dentro del canon del Bardo: un texto en exceso atrevido para aquellos siglos que veían fluir la sangre con gran derrame en los escenarios, y abundaban en la representación de incestos y estupros, pero en los que la intimidad carnal sin freno de una ilustre pareja histórica podía escandalizar.

Ya en su primera escena, Antonio y Cleopatra revela los componentes opuestos y tan bien ensamblados que la caracterizan; la voz de una opinión pública desconfiada que, en boca de dos ciudadanos de Alejandría lamenta, no sin racismo, la chochez de un militar de rango como Antonio enamorándose perdidamente de una “gitana con tez de betún”. Para esos ciudadanos recelosos, al igual que para la alta jerarquía que comparece poco después en Roma, Cleopatra ha hecho del general romano “el hazmerreír de una ramera”, y la descripción despectiva no es tan huera como parece. Si hay algo que destaca en esta tragedia es la idea de diversión, de placer gozoso que sostiene el desarrollo de la pasión y casi podría decirse que proyecta a los enamorados en un más allá hecho de sensualidad verbal y disfrute de la risa. No puede ser casual a tal respecto, sino premeditada ingeniería dramática, que las escenas de las agonías y muertes de los amantes (acto IV escena 15 y acto V escena 2) transcurran en un constante equilibrio entre lo conmovedoramente patético y lo descacharrantemente cómico. En sus crisis de celos, en sus desplantes, en sus golpes bajos y sus zalamerías, en sus acusaciones mutuas y sus gloriosas reconciliaciones, está la clave de una contienda erótica en la que ni ella ni él desean quedarse en segundo lugar. De ahí lo extraordinario que la primera frase pronunciada por la reina en la obra sea ese “Si es en verdad amor, dime cuánto”, a lo que Antonio, entrando al trapo, responde “Pobre es el amor que deja sacar cuentas”. Cielo y tierra, sublimación y rencillas domésticas, van a ser en esa larga fase postrera de su relación los dos polos que les mantenga unidos y al fin les destruya.

Amada Cleopatra por otros hombres de abolengo antes de conocerse Antonio y ella (cosa que se resalta en los diálogos con una mezcla de impudor y vanidad), la reina de Egipto quiere evaluar el amor del triunviro para estar segura de que, llegado el momento inevitable de la confrontación de Oriente y Occidente, el valor de su ligazón sentimental superará al otro gran poder que está en juego, el poder político; un territorio desplegado entre los campamentos, las naves de guerra, los palacios y las alcobas, lo que da paso a muy vivas escenas de conspiración, mangoneo, traiciones y alianzas de conveniencia.

Es sabido que Cleopatra, hija de reyes y reina ella misma, fue una mujer curiosa y sabia, lectora y escritora (a ello se alude en la escena 3 del acto III), pero también estratega astuta en un universo de hombres sibilinos a los que no es aventurado decir que les atraía su belleza, su arrojo y su labia. Shakespeare, el más consumado artista de la elocuencia teatral, lo es tanto por boca de reyes o princesas como cuando hace hablar a los más siniestros sicarios y a los bufones menos compasivos; en esta obra los criados, los centinelas, los agoreros profesionales y los mensajeros se expresan con una dignidad y un sentido inapelables, lo que quizá justifique a los ojos de la pareja protagonista las ganas de mezclarse y hacer fiestas con la servidumbre y la soldadesca. Aunque las batallas de ingenio que ambos pelean constantemente, sin dejar de amarse, no tienen parangón. La tragedia de Antonio y Cleopatra, antes de serlo, es una de las comedias más chispeantes del autor.

Es también una obra en la que una de las recurrencias mayores de Shakespeare, la paternidad y sus reflejos filiales, aparece de un modo singular, distinto al que se da en Hamlet o El rey Lear, en los dos Enriques IV y el Enrique V, en El mercader de Venecia y en El rey Juan. Cleopatra es hija y heredera de los Tolomeos, y para continuar esa dinastía de la que tan orgullosa se siente, insiste y maniobra con la finalidad suprema de que su hijo, un desdibujado Cesarión, posible retoño de Julio César, la continúe y la afirme. Por su parte, Antonio tiene en el dramatis personae del Bardo una condición única: ser personaje muy central en Julio César (1599), y desempeñar en 1606 uno de los roles titulares de esta tragedia egipcia. Es muy de subrayar que en su primera encarnación Shakespeare dote a Marco Antonio de una gran contención y dignidad en la austera y muy hermosa oración fúnebre tras el asesinato de Julio César en el Senado romano, y siete años más tarde le confiera al mismo personaje una oratoria colorista, asiática la llama Plutarco, cuajada de metáforas y ocurrencias que se equiparan y desafían a las de Cleopatra, reina oriental. Dentro y fuera del lecho, en el puente de mando naval o al frente de las tropas, Antonio tiene en su mente como referencia o modelo al admirado Julio César; tampoco Cleopatra le olvida, aunque siente rabia de que su sirvienta Carmia, tan avispada, compare a los dos hombres, poniendo a su antiguo amante por encima de su definitivo amor del presente.

La voluptuosidad de Antonio y Cleopatra se acentúa por la edad que han cumplido; como tantas parejas actuales, los dos vienen de un pasado amoroso nutrido y con descendencias cruzadas. Su madurez les apremia pero les da también sabiduría. El poder de atracción de Cleopatra, basado no sólo en su físico sino en su palabra y en la resonancia de su memoria, da pie a breves y picantes intentos de seducción, en los que Shakespeare es maestro. Y tienen mucho peso los perjudicados principales: Octavia, intercambiada en una transacción de alta política, Enobarbo el auto-castigado por su breve abandono al jefe, Lépido; Sexto Pompeyo (otro hijo con angustia de las influencias paternas), el adolescente Eros, de ambigua y delicada fidelidad a su señor Antonio. Y, naturalmente, el vencedor Octavio César, que no hay que confundir con el gran general; se trata de su ahijado y sobrino segundo, que consiguió el laurel de emperador ambicionado por su tío.

La macabra danza amorosa entre el deber y el placer, así como el desfile constante de adivinos y mensajeros, tiene un memorable momento teatral y melódico, en la escena 3 del acto IV, que también ha pasado en una condensación de veinte líneas a la historia de la literatura. Me refiero al extraordinario poema del griego de Alejandría C.P. Cavafis El dios abandona a Antonio, escrito en 1910 y para Luis Cernuda una de las cumbres de la poesía del siglo XX, como sin duda lo es toda la obra de Cavafis. Citando las Vidas paralelas de Plutarco (al igual que Shakespeare en varias de sus piezas), Cavafis, que compuso un buen número de poemas sobre el entorno de nuestra pareja de amantes, entona en sus versos el lamento de un mundo que, tanto para Cleopatra y Antonio como para el oscuro funcionario civil fallecido en 1933 que él fue, desapareció cuando las pasiones de amor extremo empezaron a estar mal vistas en sus respectivas épocas. Ellos dignificaron, dice el poeta, esa ciudad extinta que no fue un sueño. Y que si lo fue merece seguir siendo oído en la celeste música de la palabra.

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4 de noviembre de 2021
Luis de Pablo © EuropaPress
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Música, maestro

Íbamos unos jóvenes ignorantes, pero curiosos, a unas dependencias ministeriales de la España de Franco, y un señor elocuente y no muy alto hacía a pecho descubierto y sin papeles una presentación de músicas que nunca antes habíamos oído: Pierre Boulez, Stockhausen, John Cage, Mauricio Kagel, y Carles Santos, que viniendo de Castellón hizo al piano una provocación dadaísta que no le pareció oportuna al presentador y a nosotros, inciertos estudiantes de Letras, de Económicas, de Derecho o de Ciencias, nos resultó fabulosa por lo inexplicable. Pero pasaron los años, casi veinte, los conciertos de ALEA en la imprevista sala del Instituto Nacional de Previsión dejaron de hacerse, o yo de ir, y un buen día de los primeros años 80 conocí, la noche del estreno de su primera ópera, Kiu, a Luis de Pablo, aquel hombre enjuto y hablador que estaba al frente de esas tardes de música rabiosamente contemporánea; entretanto yo había sabido que él mismo la practicaba, con muy amplio reconocimiento sobre todo fuera de España, a pesar o precisamente por razón de que uno de los mayores empeños de Luis era desactivar esa especie de autocastigo típicamente español que sostiene que nuestro idioma hablado no está hecho para el lenguaje elevado de la música seria, y la ópera española sería, según tal criterio, poco menos que un imposible metafísico, no dejando al drama vocal otra vida  más allá de la zarzuela.

En dichas ocasiones, que he podido presenciar de cerca más de una vez en los cuarenta años de amistad y colaboración con Luis, el dulce y bien templado maestro bilbaíno podía saltar como una fiera, dejando sus zarpazos muy bien argumentados en la piel del contendiente.

A todas estas, habiéndome yo aficionado, sin base teórica, a la música llamada clásica en dos de sus polos más extremos, el barroco y el siglo XX tonal y atonal, incurrí una noche de 1984 en uno de los errores más felices de mi vida, y por eso quizá nunca he olvidado la situación, la cena posterior a un curso de verano de la Universidad de San Sebastián en el que el cine era considerado en sus relaciones con la novela y la música. Luis, pensando en una segunda ópera, estaba leyendo novelas que le sirvieran de posible inspiración o armadura escénica para esa nueva obra de teatro cantado. Yo lamenté entonces en voz alta que al ser tan parva la nómina de las óperas actuales, sobre todo en nuestro país, la noble figura del libretista había prácticamente desaparecido. ¿Dónde estaban los Da Ponte, los Boito, los Hofmannsthal, los Béla Balazs, los Auden o los Forster, las Colette y las Gertrude Stein, los Brecht y los Cocteau españoles?

Luis de Pablo no se arredró, y tampoco debió de encontrar una novela o pieza teatral apropiada. Así que poco tiempo después recibí una llamada, larga de conversación y jugosa, como solían ser las suyas hasta que hace pocos meses dejaron de producirse y de ser largas, aunque nunca aburridas. Lo que el músico no perdió en el declive de su salud que le ha llevado a la muerte es el humor, la sonrisa y una buena cara, aunque uno le suponía sufriente, sobre todo de haber perdido ese don de la palabra fluida y rica que señalaba su conversación y sus diálogos, y le hizo, a partir de un momento dado de su carrera, volcarse en las palabras como si quisiera extraer de ellas, con el instrumental de la orquesta, todo aquello que el maestro tenía aún por decir.

Aparte de una música incidental para un montaje de un texto escénico mío que dirigió María Ruiz en la Sala Olympia, de unos poemas que él convirtió en piezas corales, tres fueron los libretos originales que yo escribí para él a partir de esa llamada telefónica, siendo uno inédito y no puesto en música. Pero la última colaboración, nuestra tercera ópera conjunta, ha supuesto para mí una reconsideración del libro y de su intervención en él, que hace ahora más hondo el dolor de su desaparición. Pocos años después de su publicación y del Premio Nacional de Literatura 2007 que el libro obtuvo, Luis me llamó (y hablamos también ese día mucho rato) para proponerme hacer de El abrecartas “mi última ópera”, dijo, “porque la España que describes es la España que yo conocí y quiero poner en música”.

Yo no he podido ver ni oír todavía su abrecartas, ya que no sé leer partituras. Los que saben y están preparando las representaciones de febrero de 2022 me hablan de su osadía, de su grotesco humor, de su rotunda mezcla de lo épico con lo lírico, dentro de lo dramático. Lo trágico es que el maestro no estará sentado en el Teatro Real cuando suene por fin todo lo que él imaginó y creó. Pero estará la voz de su música.

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13 de octubre de 2021
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Muertes  novísimas

Antes de ser novísimo, Antonio Martínez Sarrión, el excelente poeta que acaba de fallecer, les tomó el pelo a varios de quienes pocos años después, en 1970, serían sus compañeros de antología. Sarrión, encuadrado por Josep Maria Castellet entre los Seniors, había conocido en Madrid a dos estudiantes copartícipes de la rama juvenil de aquel Nueve Novísimos, extravagantemente bautizada por Castellet como la coqueluche y distinguida por su culteranismo no siempre bien reposado, sus ansias libertarias o libertinas al menos y, como filia más extrema, la cinefilia. De hecho, los nueve poetas, no tan venecianos como se dijo que eran, estaban ligados, en una mayoría de siete a dos, por su amor al séptimo arte, amor fou en algunos casos, que Sarrión, en un soneto suyo anónimo en las páginas de Film Ideal, ridiculizaba desde la primera estrofa: “Soy cahierista yo, soy cahierista. / Amo tremendamente una manzana / que Dandridge lanzaba con desgana / en un film de Otto Preminger, realista”, siguiendo su monólogo en broma con el amatista de Stanley Donen, el grana de Minelli y, en los tercetos finales, con otros excesos novísimos: “Metafísica pura de miradas, / puesta en escena, ritmo delirante, / son términos que uso con frecuencia. / Adoro aquellas décadas doradas / del cine americano, antipedante; / lo demás se me antoja impertinencia”.

Film Ideal era desde mediados de los años 1960 el trasunto de la revista francesa Cahiers du cinéma (la de Godard y Bazin, la de Rohmer y Truffaut), y la Dandridge del poema satírico la protagonista negra del musical Carmen Jones de Preminger, director muy adorado entonces por cahieristas oriundos y filmidealistas adheridos. El Cahiers francés procreaba cineastas, mientras Film Ideal, que publicó ese soneto burlesco del outsider Sarrión, albergaba en régimen de colaboradores habituales a poetas estables y transeúntes, en un conglomerado también ideológico que comprendía al falangista culto y algo desengañado del yugo y las flechas Marcelo Arroita-Jaúregui, el socialista de carnet Miguel Rubio, el coronel togado progresista Miguel Sáenz, hoy, además de muy notable traductor, académico de la Lengua, o Juan Cobos, colaborador directo de Orson Welles. Todos, ellos y nosotros, los críticos más jóvenes, bajo el mando editorial de Félix Martialay, periodista y militar de gustos hollywoodienses más bien confederados, que acabaría siendo director del diario de extrema derecha franquista El Alcázar.

La incursión catalana en Film Ideal, que ya contaba entre sus mejores firmas con la del barcelonés José Luis Guarner, fue un desembarco de dos estrategas de gran talento, Pedro Gimferrer y Ramón Moix, quienes, amando el cine de autor del mismo modo pasional que los demás filmidealistas, añadían a la trama de sus artículos la referencia y cita de la mejor poesía contemporánea, la voz melódica y el esmalte de la ópera romántica, el conocimiento de la moderna novela anglosajona. Da gusto hoy releer los ensayos largos y las reseñas que entonces escribían en Film Ideal un poeta como Gimferrer ya reconocido (Arde el mar es de 1965), y el novelista en ciernes Ramón (Terenci) Moix. Ambos cambiaron sus nombres, pero nunca la exaltada consideración del cine como una de las bellas artes. Sus textos sobre películas y directores amados son de una agudeza y una calidad literaria comparables a los que en sus lenguas escribieron por ejemplo Colette, Graham Greene, Alberto Moravia, James Agee o Cabrera Infante, y están, si no me equivoco, sin recoger en libro, aunque tanto Moix como Pere Gimferrer dieron a la imprenta reflexiones, memorias e historias del cine. Y aunque ella no publicó (que yo sepa) artículos cinematográficos, Ana María, la hermana menor de Terenci, mostraba en sus cartas una sensibilidad, no exenta de delirio, y unos gustos de espectadora que hacen compañía elocuente a sus poemas y relatos. Sus amables pero empecinadas discrepancias fílmicas con Rosa Chacel (sobre Godard especialmente) recogidas en el estupendo epistolario De mar a mar recuerdan que los Novísimos nacieron respetando a la generación del 27 en buena medida por la cinefilia de tantos de sus escritores: Lorca, Ayala, Benjamín Jarnés, la citada Chacel, Alberti, Zambrano, Aleixandre hasta el final de su vida.

La noche de la muerte de Martínez Sarrión, un hombre que se dejó literalmente la vista en los libros, recordé taciturno que aquel amigo querido que iba a ser la ceniza de su provechosa vida y su substancial obra de poeta y memorialista salió a relucir días antes en un congreso Novísimo celebrado en Astorga, no habiendo él podido viajar ni leer en público. Más de una sombra sobrevoló la sala del Teatro Gullón de la ciudad maragata donde se celebraban las sesiones, o quizá fue solo una alucinación mía. Sombras de la memoria y asimismo del cine, que es en su esencia un arte hecho de luces y sombras. Los Panero, que dan allí nombre a una calle, a una casa, a instituciones y a buenas iniciativas municipales, permanecen hoy en sus libros pero también de manera tan fantasmática como llamativa en esa pantalla pequeña o grande donde seguimos viéndoles (a la madre Felicidad Blanc, al hijo mayor Juan Luis y al pequeño Michi) como actores seguros de su papel en El desencanto, de Jaime Chávarri. Los demás personajes de la película, muertos y vivos, cruzan o se les nombra, llenando sin embargo con su ausencia los dos leopoldos, el padre y el hijo intermedio, una Astorga que nunca les vemos pisar. Aun así se convierten ambos en la cara y la cruz del retrato de familia; el padre, muerto prematuramente, en tanto que fundador de la estirpe, Leopoldo Mª como protagonista real y antagonista de los demás paneros, tan espadachines como él pero menos certeros.

Aunque en la fase final del rodaje de Chávarri, en septiembre de 1975, ya había navegado por mares de locura, Leopoldo Mª, el poeta amigo que más admiré de todos los Novísimos mientras tuvo cordura en su escritura, sobresale en la película por la inteligencia y el vigor inflexible de sus estocadas. No congeniando, Sarrión y Leopoldo Mª eran ambos producto del Surrealismo, Antonio del más puro, Leopoldo Mª del más esquinado y proscrito, el de Artaud y Crevel. Es un gran acierto de construcción dramática hacer salir por primera vez a Leopoldo Mª, el menos cinéfilo de los 9 Novísimos, ya avanzado el film y caminando él como un zombi entre tumbas, que pueden dar idea de que son las de sus antepasados astorganos, cuando en realidad, y por ahorro, el plano está filmado en Loeches, el pueblo madrileño. Sarrión, que habla muy bien de la película en Jazz y días de lluvia, el tomo III de sus memorias, grabó su voz, sin contraplano de imagen, en una escena de diálogo tabernario que el montaje definitivo convirtió en un monólogo de Leopoldo Mª. Otro trampantojo poético que el cine admite, con y sin cahierismos.

La mañana después del congreso quise visitar los lugares sagrados de los Panero. En la casa familiar, que se ha restaurado pero está aún cerrada, emerge en el jardín, visto desde la verja, la estatua de Leopoldo padre como un tótem que ninguna invectiva filial ha logrado hacer tabú. A pocos metros está la catedral, una de las más bellas de España, el palacio arzobispal de Gaudí, aquí medievalista antes que modernista, y en un corto paseo, el cementerio, donde se hallan las tumbas de tres generaciones de paneros. De la última quedan las cenizas de Michi, que pasó sus días finales de vida pedigüeña en Astorga, y una porción repartida de las de Leopoldo Mª, como si nunca este díscolo pudiera darse entero entre sus consanguíneos. Felicidad Blanc tuvo su propio entierro en el Norte, y tampoco está el mayor, que reposa  de su trashumancia en Cataluña, donde vive su viuda. Ellos son, como lo dicen abiertamente a cámara en El desencanto, los últimos en llevar su apellido paterno, sin trasmitirlo.

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1 de octubre de 2021
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Los dos reyes

 

Érase una vez un país donde reinaba un padre recto que había llegado al trono por vías torcidas y tenía un hijo que le salió tarambana. Pero el viejo rey cayó enfermo, y el príncipe, sin dejar su vida tabernaria y faldera, tuvo la presunción de la majestad y sentó la cabeza bajo la corona del padre, que estaba adormecido en su alcoba y se la había quitado. El padre murió pronto, los compañeros de farra del heredero, uno de ellos muy grueso, fueron apartados de la corte, el joven rey ganó una batalla y se hizo el monarca más amado por su pueblo. Esos dos reyes existieron, y los cronistas de su verdadera época narraron sus hechos de guerra y sus controversias, que un poeta, el más grande que hubo en aquel país tan ininterrumpidamente monárquico, convirtió doscientos años después, con la bravura del drama histórico y el espíritu de la comedia, en tres obras maestras: las dos partes de Enrique IV y Enrique V.

Ahora mismo vivimos los españoles, que también sabemos lo nuestro de reinas licenciosas y reyes arrebatacapas, un drama en el que hijo y padre intercambian papeles en un cast familiar con estrella invitada: un joven rey sensato, una discreta reina plebeya, un cuñado preso, unas hermanas borrosas (o borradas), y dos princesas, todavía niñas pero ya con aplomo, que han visto a su abuelo en la picota y lo verán, seguramente, hacer mutis o irse al destierro. Tampoco nos han faltado cronistas, no todos del mismo calibre; unos investigando pagarés, otros pescando en el lío revuelto de las sábanas sucias. Para que la historia de estos seres humanos poderosos y en parte descarriados se cerrase con plena justicia pero evitando el gore de la venganza, ayudaría un Shakespeare que captara en ellos su verdad profunda, sus engaños, los servicios prestados, dirigiendo una mirada final a los inocentes de una familia rica e infausta.

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29 de julio de 2021
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Iceta

Le vi bailar en un estrado una rumba, o lo que fuese aquello, pero salvo eso no tengo nada contra él. Dicen los enemigos del gobierno que Miquel Iceta no pertenece a la cultura, ni viene de ella, y me pregunto yo dónde estábamos todos antes de leer libros y entrar en un museo. Reconozcamos que Iceta no tiene la cintura de Nureyev, ni el don de la palabra de Szymborska, y que su humor catalán no iguala en sarcasmo al de Josep Pla. Esos artistas y tantísimos otros de hoy y del futuro no quieren a un semejante haciendo cabriolas o versos o exquisitos planos-secuencia. Lo que necesitan es el estímulo de alguien que les entienda en sus requerimientos más básicos y menos pretenciosos: sus derechos de autor, el apoyo a una creación que devuelve con creces tal ayuda al destinatario: todos nosotros. El público.

Nadie nace para ser ministro de Cultura o directora general de Bellas Artes. Por el contrario, una ministra de Hacienda ha de saber de números, y el de Exteriores chapurrear alguna que otra lengua extranjera. Hay oficios que requieren una inspiración, y otros que se aprenden con el estudio. Hace algo más de un año tuve ocasión de oír, en un homenaje teatral, al entonces recientemente nombrado ministro de Cultura Rodríguez Uribes, que estuvo un poco novicio. Pasados doce meses, en idéntica circunstancia, Uribes ya sabía de lo que hablaba, y acertaba en sus diagnósticos; quince días después, con la lección sabida, salió del ministerio.

El mejor ministro de Cultura de la democracia no fue el mejor escritor que ocupó ese sillón, Jorge Semprún. El mejor ministro de Cultura de la democracia fue Javier Solana, que estudió Química y dio clases de Física. Ahora leo que Iceta dejó la química por la militancia. Interesante el vínculo político entre ciencias y artes. Quizá todo consista en encontrar la fórmula que haga de la cultura disfrute y panacea.

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23 de julio de 2021
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¿Última vaca?

Se proyecta aún en cines de España, y su directora Kelly Reichardt es la coqueluche de los cinéfilos: los franceses, siempre tan suyos, ya se la han apropiado, pero incluso en entornos más ásperos, como el mainstream norteamericano y el público español, es de culto. No voy a hablar aquí, sin embargo, de méritos fílmicos ni del argumento de su western pre-moderno, muy bien reseñado en estas páginas por Elsa Fernández-Santos, sino de la vaca esencial de First Cow, película a la que aludimos. Diré solo, para no estropearles la fascinante trama, que el mamífero protagonista es una criatura explotada sin sufrir violencia; ayuda a la humanidad, representada en el film por dos frescales y una lista de espera de compradores de aquello que la vaca produce, que es la leche.

Si no lo he entendido mal, lo que actualmente se preconiza entre la gente más sostenible son tres cosas: hacer guardar la línea a los que por nada engordamos, cambiándonos la sabrosa chuleta por un conglomerado; evitar la deforestación del planeta; luchar para que el pedo de los cuadrúpedos, transformado en gas invernadero, no arruine la atmósfera. Buenas causas las tres en un planeta ideal que aún no tenemos, pero al que aspiramos. ¿Por presión de un ministro? ¿Por modas que ahora molan? Los malos humos del mundo son naturalmente dañinos, y nos amenazan a todos. Pero hay peligros peores que un filete con grasa o un par de huevos fritos de una gallina tal vez apretujada en su corral; el peligro de muerte por no tener nada que comer, aunque sea vacuno o avícola.

Todos los animales sienten y padecen, y junto a ellos está, temeroso de sus fauces o deseoso de sus apetecibles entrañas, el animal humano. Ese ser que defeca y conduce o vuela y fuma y ensucia el agua con su basura y no siempre cede un poco de sus sobras a quien todo le falta.

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15 de julio de 2021
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Argonautas

Me pregunto qué habría dicho de los patinetes el gran Julio Torri, que trazó en veinte líneas la épica de las bicicletas. A menudo recurro a él como a un oráculo que da a todo respuestas breves, en una obra completa que no llega a las 200 páginas. ¿Escritor de escritores? Tal vez lo fue y lo es en su país, México, aunque tuvo en vida la admiración de algunos huesos nuestros como Valle-Inclán y Juan Ramón, o la de Menéndez Pidal, que tanto ponderaba el manual sobre La literatura española que Torri publicó en 1952, magistral y singularísima condensación muy bien fundamentada en sus lecturas. De fusilamientos, el delgado volumen que contiene su esencial creación literaria, está a precios asequibles en el circuito de segunda mano, pero se trata de un libro y de un autor que tendrían que ser reeditados sin falta en España.

Pensé en su cristalina prosa al ver a esos seres alados que cruzan ante ti o se te acercan por la espalda, imparablemente, en la nueva movilidad compuesta de repartidores con caja de Pandora fast food y figuras altivas como argonautas de naves de un solo tripulante. Torri (muerto en 1970) habló de la misantropía del ciclismo, “raro deporte que se ejercita sentado, como el remar”, definiendo así a la bicicleta: “Lo exclusivo de su disfrute la hace apreciable a los egoístas”.

Es un paisaje nuevo que no sabemos cuánto va a durar y molesta considerablemente al peatón desprovisto de ayuda automotora. Hay riesgo de atropellos, ya se han dado, pero tanto el dispensador de alimentos como el navegador solitario al menos avanzan impulsados por una electricidad limpia, sin combustión dañina. Me quedo sin saber si Torri, brillante analista de Don Quijote, tendría hoy respuesta al porqué estos caballeros rodantes son todos hombres, como si las mujeres, en el tiempo actual de su centelleo, se reservasen la misión de observar y anotar lo que pasa.

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8 de julio de 2021
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Ni verlos

No es ideología ni moral, sino asco. El asco en Hungría se extiende a otros países excomunistas, por hablar hoy solo de esa parte de Europa. El presidente Orbán lo niega: no se trata de humillación, es por el bien de la infancia y el honor de los padres. A los homosexuales no les tenemos odio, dice; nos protegemos de ellos.

De las distintas facetas sexuales lgtbi, un acrónimo que crece, se habla mucho, pero luego bajas del léxico a la calle y encuentras otra cosa. Ni los ultracuerpos trans nos invaden ni los niños son violados a mansalva por los facinerosos del ambiente. Por cierto, sorprende que la iglesia de Roma pontifique al modo húngaro contra la tímida tentativa del gobierno Draghi de aliviar la condición del gay italiano, olvidando que el colectivo mundial donde se da la mayor proporción de pederastas es la Santa Madre.

Pero volvamos a la asquerosidad. Aclarado por fin, después de muchos siglos de anatema y pira, que se puede ser homosexual y buena gente en cualquier ramo (la enseñanza, la medicina, el comercio, entre otros), ¿qué baldón queda? El verlos. Porque, reconozcámoslo, los antiguamente llamados invertidos y bolleras hoy se muestran, y su mostrarse es lo que no se traga. Qué distinto sería si estos seres de otra esfera se limitaran a relacionarse entre sí a escondidas. Ya se les ha dado derechos laborales, el cobro de pensiones, la paternidad, y en selectas parroquias avanzadas los sacramentos incluso. Pero no, siguen dale que dale: ellas y ellos, algunos con tacones de aguja y boquitas pintadas algunos, con pelo a lo garçon y maneras hombrunas algunas. ¿No es exhibicionismo eso? Y encima van a la escuela a informar de que tú, adolescente confuso, o tú, niña dubitativa, podéis ser como ellos el día de mañana. Y como tal ser vistos. Sensibles o irascibles, irritables o amables, entrañables o insufribles. Todo eso sí. Todo menos visibles.

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1 de julio de 2021
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Libra de carne

Habla una mujer joven disfrazada de hombre de leyes en la Venecia del siglo XVI; está el Senado reunido y lo preside el Dux, responsable de dictaminar el proceso que divide a la población. Su célebre alegato empieza así: “La clemencia no es cualidad forzosa. / Cae como la lluvia, desde el cielo / a lo que está debajo. Su bendición es doble: / bendice al que la da y al que la obtiene. / Más poderosa es en los más poderosos.” Las palabras justas de la falsa abogada despiertan el recelo del acusador, el prestamista judío Shylock, que de ningún modo se quiere mostrar clemente con el acusado, el mercader cristiano Antonio.

La escena no ocurrió en la república véneta sino en la cabeza de Shakespeare, donde el dramaturgo mezcló, como solía hacer, un dilema moral, una historia de amor y una tragedia entreverada de comedia de enredo delicioso. Me he acordado de la obra por el problema que ahora tenemos, y probablemente seguirá; no hace falta contarlo. Prefiero dar, en traducción propia, una parte del discurso que Porcia, la disfrazada, inventa sobre una base legal relacionada con una libra de carne humana y una sangre imposible de verter: una fábula sobre el desgajamiento corporal y el odio al que no piensa ni cree lo que tú.

“La clemencia supera la potestad del cetro”, dice Porcia, “y el poder terrenal más se acerca al de Dios / si la clemencia suaviza la justicia […] ninguno de nosotros se salvaría / pidiendo solo justicia. Rogamos la clemencia, / y esa misma plegaria nos enseña a emprender / acciones de clemencia”. La obra, El mercader de Venecia, acaba bien y mal. La falsificación de Porcia salva una vida inocente, la de Antonio, que se queda solo pero vivo, como el inclemente Shylock; los jóvenes marrulleros se salen con la suya, y se casan todos. La carne no es cortada, y no hay derramamiento de sangre. ¿Quedan heridas?

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28 de junio de 2021