Escrito por

Vicente Molina Foix

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Argonautas

Me pregunto qué habría dicho de los patinetes el gran Julio Torri, que trazó en veinte líneas la épica de las bicicletas. A menudo recurro a él como a un oráculo que da a todo respuestas breves, en una obra completa que no llega a las 200 páginas. ¿Escritor de escritores? Tal vez lo fue y lo es en su país, México, aunque tuvo en vida la admiración de algunos huesos nuestros como Valle-Inclán y Juan Ramón, o la de Menéndez Pidal, que tanto ponderaba el manual sobre La literatura española que Torri publicó en 1952, magistral y singularísima condensación muy bien fundamentada en sus lecturas. De fusilamientos, el delgado volumen que contiene su esencial creación literaria, está a precios asequibles en el circuito de segunda mano, pero se trata de un libro y de un autor que tendrían que ser reeditados sin falta en España.

Pensé en su cristalina prosa al ver a esos seres alados que cruzan ante ti o se te acercan por la espalda, imparablemente, en la nueva movilidad compuesta de repartidores con caja de Pandora fast food y figuras altivas como argonautas de naves de un solo tripulante. Torri (muerto en 1970) habló de la misantropía del ciclismo, “raro deporte que se ejercita sentado, como el remar”, definiendo así a la bicicleta: “Lo exclusivo de su disfrute la hace apreciable a los egoístas”.

Es un paisaje nuevo que no sabemos cuánto va a durar y molesta considerablemente al peatón desprovisto de ayuda automotora. Hay riesgo de atropellos, ya se han dado, pero tanto el dispensador de alimentos como el navegador solitario al menos avanzan impulsados por una electricidad limpia, sin combustión dañina. Me quedo sin saber si Torri, brillante analista de Don Quijote, tendría hoy respuesta al porqué estos caballeros rodantes son todos hombres, como si las mujeres, en el tiempo actual de su centelleo, se reservasen la misión de observar y anotar lo que pasa.

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8 de julio de 2021
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Ni verlos

No es ideología ni moral, sino asco. El asco en Hungría se extiende a otros países excomunistas, por hablar hoy solo de esa parte de Europa. El presidente Orbán lo niega: no se trata de humillación, es por el bien de la infancia y el honor de los padres. A los homosexuales no les tenemos odio, dice; nos protegemos de ellos.

De las distintas facetas sexuales lgtbi, un acrónimo que crece, se habla mucho, pero luego bajas del léxico a la calle y encuentras otra cosa. Ni los ultracuerpos trans nos invaden ni los niños son violados a mansalva por los facinerosos del ambiente. Por cierto, sorprende que la iglesia de Roma pontifique al modo húngaro contra la tímida tentativa del gobierno Draghi de aliviar la condición del gay italiano, olvidando que el colectivo mundial donde se da la mayor proporción de pederastas es la Santa Madre.

Pero volvamos a la asquerosidad. Aclarado por fin, después de muchos siglos de anatema y pira, que se puede ser homosexual y buena gente en cualquier ramo (la enseñanza, la medicina, el comercio, entre otros), ¿qué baldón queda? El verlos. Porque, reconozcámoslo, los antiguamente llamados invertidos y bolleras hoy se muestran, y su mostrarse es lo que no se traga. Qué distinto sería si estos seres de otra esfera se limitaran a relacionarse entre sí a escondidas. Ya se les ha dado derechos laborales, el cobro de pensiones, la paternidad, y en selectas parroquias avanzadas los sacramentos incluso. Pero no, siguen dale que dale: ellas y ellos, algunos con tacones de aguja y boquitas pintadas algunos, con pelo a lo garçon y maneras hombrunas algunas. ¿No es exhibicionismo eso? Y encima van a la escuela a informar de que tú, adolescente confuso, o tú, niña dubitativa, podéis ser como ellos el día de mañana. Y como tal ser vistos. Sensibles o irascibles, irritables o amables, entrañables o insufribles. Todo eso sí. Todo menos visibles.

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1 de julio de 2021
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Libra de carne

Habla una mujer joven disfrazada de hombre de leyes en la Venecia del siglo XVI; está el Senado reunido y lo preside el Dux, responsable de dictaminar el proceso que divide a la población. Su célebre alegato empieza así: “La clemencia no es cualidad forzosa. / Cae como la lluvia, desde el cielo / a lo que está debajo. Su bendición es doble: / bendice al que la da y al que la obtiene. / Más poderosa es en los más poderosos.” Las palabras justas de la falsa abogada despiertan el recelo del acusador, el prestamista judío Shylock, que de ningún modo se quiere mostrar clemente con el acusado, el mercader cristiano Antonio.

La escena no ocurrió en la república véneta sino en la cabeza de Shakespeare, donde el dramaturgo mezcló, como solía hacer, un dilema moral, una historia de amor y una tragedia entreverada de comedia de enredo delicioso. Me he acordado de la obra por el problema que ahora tenemos, y probablemente seguirá; no hace falta contarlo. Prefiero dar, en traducción propia, una parte del discurso que Porcia, la disfrazada, inventa sobre una base legal relacionada con una libra de carne humana y una sangre imposible de verter: una fábula sobre el desgajamiento corporal y el odio al que no piensa ni cree lo que tú.

“La clemencia supera la potestad del cetro”, dice Porcia, “y el poder terrenal más se acerca al de Dios / si la clemencia suaviza la justicia […] ninguno de nosotros se salvaría / pidiendo solo justicia. Rogamos la clemencia, / y esa misma plegaria nos enseña a emprender / acciones de clemencia”. La obra, El mercader de Venecia, acaba bien y mal. La falsificación de Porcia salva una vida inocente, la de Antonio, que se queda solo pero vivo, como el inclemente Shylock; los jóvenes marrulleros se salen con la suya, y se casan todos. La carne no es cortada, y no hay derramamiento de sangre. ¿Quedan heridas?

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28 de junio de 2021
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Colón irritable

Me pregunto si habrá que hacer dentro de unos años un lavado a conciencia de la madrileña plaza de Colón; eso si para entonces se llama así y sigue oteando el horizonte el descubridor; sabemos que estas figuras de alcurnia se ven sometidas a un cribado constante, y el que un día se levanta prócer al siguiente yace en el barro.

Nunca he sido un admirador de la plaza en sí, aunque la recuerdo más noble cuando la antigua Casa de la Moneda ocupaba lo que hoy son sus jardines alzados, tan ad hoc para arengas de cualquier tipo. Las moles pétreas resultan feas, la bandera española un poco exagerada de mástil, y da frescor en verano su catarata, que hace ruido y no deja oír bien el manifiesto. Ha habido allí ocasiones que llamaremos -para que no se nos acuse de fraccionalistas- igualitarias: en junio de 2017 se celebró en Madrid el World Pride, y donde el pasado domingo el amo de la voz fue Vox, aquel junio los congregados de diverso género pudieron ser oídos abiertamente.

Lleva un tiempo okupada por las derechas, que van allí a mostrar con periodicidad su mal humor, que deseamos que sea, a la larga, benigno. De momento se trata de acciones preventivas sobre males no producidos, y lo peor es que los que tanto diagnostican son de poco fiar en cuestiones de salud pública. Con ellos no me haría yo ni una resonancia magnética. Por no hablar de colonoscopias, en las que te duermen las zonas sensibles.

Pero no todo en Colón irrita. El discurso rupestre y la horrenda rana gigante en un lateral no deben ocultar lo mejor del lugar, los grupos escultóricos que son las más bellas estatuas de la capital. Una representa a Valle-Inclán erecto y avanzando. La otra homenajea a Don Juan Valera a través de su personaje de Pepita Jiménez, una belleza lánguida cuyos labios de mármol los jóvenes cultos de una generación anterior a la mía besaban, en sus noches de farra, cuando no se podían hacer muchas más cosas.

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18 de junio de 2021
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El hoy de Plutarco

Releyendo las Vidas paralelas me dio por pensar en una posible aplicación Plutarco a nuestra realidad. El propósito del gran polígrafo tardo-imperial no era escribir “historias, sino vidas”, en las que “un hecho de un momento, un dicho agudo y una niñería sirve más para declarar un carácter que batallas […] y sitios de ciudades” (cito por la traducción clásica de Ranz Romanillos). Así que yo, un polígrafo de provincias llevado de más leve intención, establecí un paralelismo local entre dos figuras heroicas llamadas, parecía, a dejar huella, y hoy acalladas, quién sabe si para siempre.

Hace año y medio, Albert Rivera tuvo en sus manos la consumación de una gesta que podría haber cambiado el curso de las aguas, y la desperdició, provocando la primera debacle de un partido en pleno auge. Así nació aventureramente un triunvirato virado a la izquierda cuyos resultados unos juzgamos de un modo y otros de otro. El dios de las urnas (que no para de hablar) dirá. Mientras tanto, Rivera cayó estrepitosamente y ha caído, allí donde empezó sus hazañas, Pablo Iglesias, con sus tres peinados. El triunvirato aguanta.

En las Vidas de Plutarco abundan los espíritus, como es propio de una obra que combina la historia militar con la angustia de las influencias estudiada por Harold Bloom. Julio César tiene en el libro su propia vida, una de las mejores del autor griego, pero no solo eso: asoma en las de otros, soldados o estadistas, y condiciona unas cuantas.

Viendo ahora que en la Asamblea de Madrid no hay escaños para Cs y tampoco se sentará como jefe de la oposición Iglesias, el fantasma de Sánchez retorna. Rivera sufrió en sus carnes su antisanchismo a ultranza; Iglesias fue más listo y le abrazó, como si viera en Pedro a un salvador más que a un socio. Y el que no se salvó ha sido él. ¿Pedro Sánchez un César? Que el presidente recuerde las cuchilladas que sus aliados le dieron a aquel hombre ambicioso.

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10 de junio de 2021
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Rojos y blancos

Una noche fui tomado por bielorruso en un bar de copas de Vilnius donde entré para distraer mis pesquisas de reportero ocasional. Era la primavera del año 2004 y hacía mucho frío en la capital lituana, por lo que yo llevaba un abrigo ampuloso de hechuras; no era de corte militar pero tenía algo de casaca del antiguo régimen. ¿Parecí en aquel bar dudoso un representante de la Guardia Blanca, o miembro camuflado de la KGB? Estaba allí, enviado como otros colaboradores del periódico por EPS, para contar por escrito cómo se vivía en cada uno de los diez nuevos miembros la incorporación a la Unión Europea, y me habían correspondido los tres países bálticos. Del viaje recuerdo la manifestación de dos creencias con fe interrumpida: las iglesias católicas llenas de nuevo en Vilnius (“ir a misa se ha puesto de moda, moda anticomunista”, me dijo una traductora, judía agnóstica, que me acompañaba), y el santuario al aire libre de Grutas Park, donde las estatuas de Lenin, Stalin y otros profetas caídos en desgracia se exhibían sin pedestal en una especie de Terra Mítica del marxismo.

Me he acordado también de las paradas posteriores en Estonia y Letonia, habitados entonces por grandes contingentes de rusos y no pocos bielorrusos auténticos; ahora un periodista opuesto al dictador y títere de Putin ha sido, con su novia, raptado en un avión comercial y nosotros, se dice, vamos a poder viajar quizá pronto a destinos antes cerrados. Una reliquia del paleolítico que conservo es el pasaporte franquista con el listado de los países del telón de acero que no podías pisar. Hay países prohibidos y otros que uno se veda a sí mismo, para evitar que la persecución o el maltrato a sus minorías te haga partícipe por delegación. En lo que a mí respecta, creo que ya no iré nunca a Rusia. Con las ganas que tengo de ver el Hermitage presencialmente.

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3 de junio de 2021
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Granja animal

La naturaleza sin animales es incomprensible, y nosotros sin ellos seríamos poca cosa; lo creo y no he tenido nunca en mi vida más que un periquito hablador en una jaula, aunque he escrito sobre el reino animal escenas de novela y una elegía fúnebre a un chucho. Uno de mis mejores amigos se llama Trotski y es un husky siberiano que vive en tierras calientes. Pascal dijo que “ningún animal admira a otro animal”. ¿Y a los humanos? ¿Es admiración lo que nos tienen o amor perdurable? Depende, claro, de cada especie y raza, de cada hogar, del buen o mal talante de cada propietario. Entre las últimas chorradas del gobierno de Boris Johnson está el proyecto de ley que reconoce capacidad de sentimiento a las que pronto se prohibirá llamar bestias. Con ese motivo me entero de que también en España se quiere modificar el código civil para que los animales dejen de ser tenidos por objetos, haciendo además que los divorciados con mascota ganancial lleven a los tribunales la custodia del gato huérfano de una u otra mano acariciadora. Me parece una buenísima iniciativa cualquier medida que proteja a los animales del abandono y el maltrato, y les asegure, en las casas como en las granjas o cuadras, la higiene, la atención, el acomodo e incluso, por qué no a ellos también, el privilegio de la comida gourmet; me he visto sorprendido en los supermercados por su gran variedad, destacando un “pienso vegano para perros adultos”, aunque es difícil saber si la dieta vegana la quiso el animal o la impuso su dueño. El paquete grande de esta delicatessen zoológica estaba a 85 euros, pero los había más asequibles. ¿Y los millones de seres que pasan hambre en el mundo? Qué tópico, ¿verdad? Se me llamará demagogo, o algo peor, ¿criminal?, si añado que me gusta la pata negra y de vez en cuando saboreo un besugo, que tiene en su cabeza ojos a cada lado, como los míos.

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28 de mayo de 2021
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Sin batalla

Guerras de religión, guerras de ideología, guerras por territorios usurpados, o segregados, guerras de orgullo; terrorismo, racismo, violencia machista. Cuánta, cuánta guerra. Hay sin embargo una sin bandos oponentes, sin bombas ni desfiles. Y sin victorias. Es nuestra guerra peor, y la contaba el pasado domingo en este periódico, en forma de diario, un joven maliense de 25 años, Moussa, que la sufrió. No vamos a decir que su relato fuese original. Salió de Mauritania a primeros de abril en un cayuco con 63 ocupantes, pero sólo él y dos más sobrevivieron al cabo de 22 días de travesía. Los tratantes en carne humana eran descritos en crudo, pero la trama ya sabida le quita al crimen suspense. ¿Crimen?

Se trata de una guerra sin precedentes históricos en los últimos cien años; el pequeño criminal está identificado, pero no se le encuentra, como disculpándole de que busque solo dinero y no gloria racial o militar. Así que dos continentes, Europa y África, y sus mares, están llenos de criminales de guerra sueltos, y el lugar soñado por sus víctimas, Europa, no les impide actuar: no los persigue en sus guaridas, no destruye sus embarcaciones letales, no los juzga ni los condena, demasiado ocupada en los frentes internos. Execrable.

Europa carece de sentido si no acaba con el asesinato a mansalva a manos de unas mafias o de un alto interés geopolítico. ¿Difícil? Nunca se ha dicho que extirpar el crimen sea tarea fácil. Más urgente que ayudar económica y sanitariamente a los países que exportan a sus jóvenes como mercancía es decir la verdad; decirlo todo, incluso lo terrible, por su nombre. Cuánta, cuánta guerra es el título de la gran novela bélica y lírica de Mercè Rodoreda en la que, según escribe en el prólogo la autora catalana, “batalla, lo que se dice batalla, no hay ninguna”. Tampoco ahora las hay abiertamente en la migración. Y se sigue matando.

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20 de mayo de 2021
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Dos caballeros

En los días en que Francisco Brines está por recibir de manos reales el premio Cervantes, muere su antiguo vecino de portal madrileño Caballero Bonald, que lo tuvo en 2012. Creo haber leído todos los libros del escritor jerezano, pero vuelvo al saber su muerte, como a un imán, al último, Examen de ingenios (2017), obra maestra de la prosa memorial peninsular, equiparable en agudeza y gracia narrativa a Españoles de tres mundos de Juan Ramón, a los Retratos contemporáneos de Gómez de la Serna, Los encuentros de Vicente Aleixandre, los Homenots de Pla o el Otoño en Madrid hacia 1950 de Juan Benet.

Los hallazgos verbales, las ocurrencias, la peripecia breve y exacta, los vislumbres propios del buen novelista, hacen del centenar de retratos de Caballero Bonald una galería figurativa difícil de olvidar; al autor le sobran palabras para hacernos visible a José Hierro con su “pinta de cabecilla tártaro”, aunque sigue un buen rato al Azorín anciano por la Carrera de San Jerónimo, una “momia andariega” camino de los cines de sesión continua a los que se aficionó tanto el antiguo viajero noventayochista.

Generoso mas poco adulador, Caballero se fija asimismo en Brines, “aparentemente desentendido de todo lo que no atañe a su probidad”, y el valenciano probo es visto (¿desde la ventana colindante?) como alguien que “a lo más que ha llegado en el terreno práctico es a saber consultar una guía telefónica o un reloj, y aun así nunca ha logrado llegar a tiempo a ningún sitio”. El humor acerado, alguna vez hiriente, es un don perceptible en muchas páginas de Examen de ingenios, pero no se vaya a pensar que este es un libro de venganzas o chismes. Caballero no siempre es caballeresco con sus personajes, si bien sabe rendirse ante los que tienen un arte verdadero. Y cómo acierta con Brines, al decir que en su obra “la verdadera poesía ocupa más espacio que el poema”.

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13 de mayo de 2021
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3800 almas

No se sabe, cuando escribo esto, cómo va el voto en Madrid, pero en el resto de España otras sumas están por resolver; según las últimas noticias, tal vez no lleguen a 3800 las almas afectadas por el tremendo ere del BBVA, que cerraría más de un 20% de sus oficinas. Con la Banca yo me acuesto y me levanto, como todos ustedes, pues nuestra vida es bancaria en dos modalidades, la resignada y la refunfuñona, según nos haya ido en los engranajes de la máquina financiera. He cambiado de pareja varias veces en todos mis años, y nunca de banco, al que tengo, más que un cuelgue, la costumbre de serle fiel; la entidad es abstracta y no siempre me corresponde, pero el rostro concreto de muchos de sus empleados todavía lo recuerdo desde que abrí una cuenta siendo estudiante en el entonces llamado Banco de Bilbao. El siglo XXI, mientras uno trataba de ahorrar para la vejez, también hizo ahorrativo, desde el propio nombre, al BBVA, y mi sucursal, que daba gusto verla de espaciosa que era y bien nutrida, se adelgazó o contrajo: las esperas se hacían largas, el personal cambiaba vertiginosamente, aunque debo decir que la infidelidad sistémica ha quedado en mi caso salvada, hasta la fecha, por el factor humano, hoy reducido a dos personas que atienden con una eficacia extraordinaria. Las aplicaciones, eso sí, aumentan; robots aún no he visto.

No quiero ser truculento al modo del novelista Jim Thompson en su excelente thriller 1280 almas; en mi oficina no ha habido derramamiento líquido. Pero el BBVA, leo en la prensa, ha ganado 1210 millones en lo que llevamos de año, y su consejero delegado responde a las reprimendas del gobierno por los elevadísimos salarios de sus más altos ejecutivos que, si no les pagan millonariamente, se les van a otra empresa. ¿Adónde irán los eres redundantes, con sus cuerpos? ¿Nos iremos nosotros algún día? ¿A la porra?

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6 de mayo de 2021