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Quién ha sido

El saludable escepticismo de los tiempos modernos ha moderado las aspiraciones heroicas de la condición humana y mediante un informado ejercicio de buen humor ha conseguido sosegar la ansiedad de los hombres inclinados a sentir la llamada del destino.

Pero del mismo modo que formas vegetales arcaicas perduran gracias a casi extinguidos sistemas de fecundación, subsisten en nuestras sociedades individuos dispuestos a resucitar caducas maneras de conducir a los hombres.

El anhelo que distingue a los héroes imbuidos por este furtivo instinto de predestinación suele ser un irreprochable fervor altruista, pues la ambición de poner un poco de orden en la sociedad es la única que alienta sus generosos desvelos.

Thomas Carlyle creyó que un solo hombre puede enderezar el rumbo del mundo y dedicó a este héroe su elegía: "Al capitán, al superior, al que asume el mando, al que está por encima de los demás hombres; aquél a cuya voluntad se someten los otros, a éste debe considerársele como el más importante entre los grandes hombres".

No hace falta indagar en las profundidades psicológicas del personaje para comprender la influencia que esta escuela de pensamiento político ha tenido en la formación de José María Aznar. Ya en el congreso de Sevilla, cuando en 1990 conquistó la jefatura del Partido Popular, Aznar se presentó como portador de las cualidades que adornan al héroe: "Abnegación, entrega, hombría de bien y sufrimiento".

Muchos de sus colaboradores creyeron seguir al actor de los discursos que allanan el camino de La Moncloa, pero poco a poco hasta los más incautos adivinaron lo que estaba sucediendo: Aznar se precipitaba a fundir en una única figura su imaginación y su identidad.

La modesta y tímida incubación del espíritu providencial fue dando sus frutos y procurándole la elocuencia que tronaría más allá de nuestras fronteras: "los débiles gobiernos de las democracias occidentales cederán al chantaje de los cuerpos mutilados y sus frágiles sociedades terminarán derrumbándose como naipes".

Los gestos autoritarios y las declaraciones intempestivas podían parecer consecuencia del satisfecho mandato alcanzado en dos citas electorales, pero en realidad pertenecían a un género más elevado de impaciencia. Su mímica delataba sin cesar esa irritación que distingue a los grandes hombres conscientes de estar perdiendo el tiempo. "Hacen falta", decía en Jerusalén, "líderes fuertes y firmes con un claro sentido de su misión".

Sólo un combativo altruismo transmuta el sacrificio personal en la más duradera fuente de placer. Pero comprender la figura heroica de Aznar requiere además saber cómo se propuso pasar a la Historia.

No era suficiente haber salido ileso de un atentado ni entrar en guerra contra Irak. Para dotarse con los rasgos de una personalidad admirable, Aznar debía escenificar la envergadura mítica de su gallardía y mostrarnos el camino que toma un hombre destinado a convertirse en héroe: la renuncia al poder.

Ya en 1996 especulaba sobre sí mismo indirectamente preguntándose en público: "¿Cómo será España cuando la deje dentro de ocho años?".

Con la singular determinación de abandonar el poder, Aznar no sólo quiso asombrar a una población resignada al duradero empecinamiento de los políticos profesionales, sino elevarse por encima de sus colegas y avergonzar a sus adversarios con una grandilocuente lección moral.

Que la ingeniería financiera del Partido Popular garantizara este atajo a la gloria sin cerrar la puerta de su retorno triunfal, no empañaba el lustre que su figura paseó por medio mundo.

En declaraciones al diario francés Le Monde, hechas poco antes de las elecciones de 2004, José María Aznar citaba las dos grandes figuras históricas a las que puede compararse un gobernante sin apego al poder: el emperador romano Cincinnatus y el emperador Carlos V.

Teniendo como antepasados tan ilustres precedentes, es fácil caer en la angustiada desazón, la perturbada confusión y el inquieto desánimo que sufrirá el hombre empujado a ser de nuevo un simple mortal. Pero el acontecimiento que desmoronó la heroica complacencia de su figura, tan disciplinadamente tallada, no fue la bomba de los integristas en Atocha ni la catástrofe electoral del 14-M.

El carisma de la figura a la que Aznar había conseguido insuflar vida propia no provenía tan solo de la abnegada renuncia al mando sino del constante alarde de una rara cualidad: el valor de la palabra dada.

En un mundo sometido a la frivolidad de los charlatanes, hete aquí que surge con orgullo el que habiendo dicho "me voy", añade: "El arte de gobernar no es sólo tomar decisiones y saber mantenerse en el timón cuando soplan vientos huracanados en contra, sino también saber dejarlo".

Cetro diamantino de la misión trascendente que aceptó cumplir, la palabra del presidente Aznar fue la más temible amenaza que podía dirigir contra sus enemigos y el más fiable de los pendones ofrecidos a sus partidarios. ¿No era acaso esta palabra dada y cumplida un motivo de temor y reverencia?

Pero la voluble fortuna altera con crueldad los sueños de los hombres. Explotó la bomba en Atocha, murieron los ciudadanos de Madrid y el temor a perder el poder que había prometido entregar a su sucesor -"para no aprovechar las tendencias caudillistas de España"- le obligó a empeñar su palabra de honor ante los más fidedignos testigos de su confidencia. Durante los tensos momentos posteriores a las explosiones del 11-M, el presidente Aznar telefoneó a los directores de los principales periódicos españoles para hacerles partícipes de su documentada convicción: ha sido ETA, vino a decir.

Temeraria declaración, como comprobaron luego los que no quisieron desconfiar de la palabra de honor dada por un presidente en tan aciagas circunstancias.

Fue suficiente un dramático encontronazo con el destino adverso para que Aznar perdiera el temple propio de los héroes.

Pocas horas después, el presidente en funciones entraba con su esposa en el colegio electoral de Nuestra Señora del Buen Consejo de Madrid y frunciendo el ceño atravesó el tumulto ciudadano reunido para abuchearle. Quién ha sido, quién ha sido, gritaba igualmente furiosa la muchedumbre.

Ahora da comienzo el juicio que sentenciará la autoría de los brutales atentados de Atocha. Después de meses de descabellada polémica, el Partido Popular redoblará sus esfuerzos de agitación, será insistente el despliegue de sus periódicos y vocinglero el oratorio radiofónico contra los jueces y policías responsables de la investigación.

Pero una más completa comprensión del proceso judicial nos exigirá no perder de vista el origen de esta infatigable campaña de sospechas, bagatelas y clamores: el arrojo que un héroe caído puso en rehabilitar su fama.

Artículo publicado en: El País, 16 de febrero de 2007

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16 de febrero de 2007
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ARTE Y MERCADO

Para conocer una ciudad visito los mercados. Allí permanecen los olores esenciales de la ciudad. También allí se conserva el habla popular. Incluso allí se perciben los cambios. Me gustan los mercados, aunque sean unos espacios en extinción. Nada que ver con lo práctico, útil y aséptico de algunos modernos y excelentes supermercados de grandes superficies. Cumplen con el objetivo, pero son otra cosa.

Con  ese espíritu de mirón de mercados, de observador de mercaderes me fui a ARCO en el primer día, en las primeras horas. Son unas horas de mucha actividad, de mover dinero, de paseos de las instituciones, los millonarios, los banqueros y los inversores en general. Dicen que son los días para los coleccionistas. Así será, pero sobre todo es el momento de saber dónde y cómo invertir. Muchas de las obras que se compran están apalabradas antes, están decididas de antemano, por amistad, por indicación del intermediario o por buena posición en “el mercado” del artista y de su galería.

Lo pasé bien. Era como asistir desde cerca de un intercambio de abalorios. Llegan los conquistadores a las tierras indígenas, les quieren cambiar el oro por unos espejos, por una espada o por un fusil…Los indios se hacen los tontos, no saben, no están, no contestan, entonces llegan los intermediarios, los galeristas. Ellos son de la misma raza de los compradores. Son finos, encantadores, hablan idiomas y saben cómo va el mercado. La rareza del artista, del indígena, del buen salvaje  queda domesticada con el intercambio favorable. El indio se lleva su parte. Le gusta que sus juguetitos les gusten a esos señores. Mañana harán más. Se ponen a buscar, incluso a veces encuentran.

Los compradores se van contentos. Hace muchas décadas ya se dieron cuenta que un mingitorio, una mierda seca, el aire de una habitación, la sangre coagulada, un hierro de toneladas, un cartel de un pobre, una foto de los abuelos con un antifaz, unos esqueletos, un insulto… todo está en el mercado. Todo es arte. Todo vale. Todo se puede comprar. Lo malo es que no te devuelven nada cuando no te gusta la compra al llegar a casa. Y es que ARCO, todavía no es “El Corte Inglés”, todavía no es perfecto. Hoy vuelvo. Me gusta este supermercado, es casi tan emocionante como el “Parque de Fieras” del Retiro. Es como volver a los años de la plastilina. ¿Tuve yo plastilina?

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15 de febrero de 2007
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PLOMO

Pablo Escobar, «el patrón» del narcotráfico moderno en Colombia ofrecía un dilema a los que cruzaban su camino: «¿plata o plomo?» La muerte o la corrupción. Ambas opciones hacen parte de la vida en Colombia. Pero luego el reparto es siempre desigual en este país: plata, hay para unos; y muerte, para muchos. Hasta tal punto que la violentología es una disciplina académica. Uno puede ser violentólogo en Colombia como historiador o sociólogo.

Lo más fascinante, claro, para estos científicos es el amplio abanico en el uso de la violencia. Hay de todo: la violencia dentro del matrimonio, como en todas partes; la violencia del delincuente en la calle; la violencia del hampa organizada; la violencia de los poderes económicos y, por fin, la violencia de la guerra. Esta última está muy documentada, por ejemplo, en el libro de Juanita León: País de plomo (Aguilar). Es una compilación que vi de una reportera del diario El Tiempo y del semanal Semana. El libro pertenece a los buenos libros sobre los conflictos, género literario que permite una fuerte competencia entre periodistas y escritores.

Ya he escrito que el mejor libro, para mí, es Un día más con vida de Ryszard Kapuscinski. Todos conocemos Dispatches de Michael Herr sobre la guerra de Vietnam. Pero creo que nada supera Un escritor en guerra de Vasili Grossman de recién traducción al castellano (Crítica). Lo leí en la traducción al inglés y me provocó la misma impresión que Vida y destino del mismo autor: Grossman es el único escritor que puede competir con Tolstoi.

Ahora bien, vuelvo a Juanita León al descubrir, con más de un mes de atraso, un artículo suyo en la revista El Malpensante. No se puede encontrar el texto en Internet: el sitio de la revista busca suscriptores. Pero el artículo, "Ficción y realidad del conflicto", se puede resumir en unas afirmaciones a propósito de la guerra como una actividad lenta, aburrida, poco romántica. Después de dedicar años a los conflictos en su país Juanita León, elabora las nueve reglas de la guerra:

1.    La guerra es más lenta
2.    La guerra es menos emocionante
3.    Guerrilleros  y paramilitares son gente de carne y hueso
4.    La guerra es poco racional
5.    La guerra saca lo mejor y lo peor de la gente
6.    La guerra depende de individuos pero también de estrategias de largo aliento
7.    Las guerras son costosas
8.    La población civil no es ajena al conflicto
9.    La guerra tiene efectos sutiles, permanentes y perversos

Me parece que son reglas universales. Pensando en los grandes textos sobre la guerra (como los dos primeros párrafos de Adiós a las armas de Hemingway, con sus repeticiones y la presencia del tiempo y de las estaciones del tiempo), podemos pensar que una novela que no cumple con estas reglas no es una novela de guerra, a pesar de utilizar la guerra como entorno. Puedo citar dos casos para confirmar la incipiente teoría: Catch-22 de Joseph Heller (fallos frente a las reglas 3, 6 y hasta 9) y Slaughterhouse-5 (Matadero 5) de Kurt Vonnegut (fallos en el 1, 5 y 6).

A pesar de estudiar mucho la relación entre periodismo y literatura, nunca lo había pensado: la guerra es el verdadero territorio de la competencia entre ambos. Y no siempre gana la literatura.

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15 de febrero de 2007
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II. NOMBRES DE LA MELANCOLÍA: CABANGA

            Podríamos leer hüzün como saudade, la palabra del portugués que hemos adoptado al español. Pero en Nicaragua usamos un término singular para designar la melancolía, o la nostalgia por lo perdido, y que abarcaría con ventaja todos los significados del hüzun de Pamuk, y los de saudade: cabanga, que proviene de kaobanga, del idioma africano shanga, o talvez de cauwanka, de una de las lenguas perdidas de los indígenas de Costa Rica, país al que el diccionario de la Real Academia atribuye la procedencia del término, y lo define como melancolía, tenue tristeza, añoranza, nostalgia. Estar acabangado, morirse de cabanga, decimos.

            No sé si cabanga se utilizará en alguna otra parte de América Latina, además de Costa Rica y Nicaragua, pero no es, de todos modos, una palabra común del idioma. Sentimos cabanga, sobre todo, por el ser amado que nos dejó, y tememos, o sabemos, que nunca más podremos recuperar su presencia a nuestro lado. El dolor frente al abandono amoroso, que no se limita a sumirnos en apenas una tenue tristeza, como afirma la Academia, y pasa a manifestarse en apremiante desesperación. Cabanga es la materia de que están hechos los tangos.

            Pero también sentimos cabanga por la tierra lejana, vista desde la ausencia obligada, éxodos o exilios, y en los dos casos, ser amado o tierra lejana, se trata de un sentimiento que más allá de la melancolía que lo engendra, va hacia la exaltación romántica, y nuestra idea de la felicidad interrumpida aleja de la memoria todo defecto en aquello que perdimos, que más bien se ilumina con el esplendor del recuerdo de la perfección. El amor perfecto, la ciudad perfecta, que porque no está más nos quita ahora la paz, y nos hunde en el desasosiego.

            Pero la verdadera perfección de este sentimiento está, más bien, en la imposibilidad de recuperar lo perdido. Es la manera en que la cabanga, animal insaciable, se alimenta a sí misma. Al fin y al cabo, la cabanga viene a ser una manera dolorosa de felicidad.

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15 de febrero de 2007
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EL SILENCIO

Todo lo que se escriba en elogio del silencio es poco.

La facultad de callar y ofrecer un espacio a la indeterminación constituye una virtud que no se mide en términos tangibles sino invisibles, siendo la invisibilidad una creación de holgura en el significado de oportunidad y riqueza incalculables.

En el silencio se incluye la enciclopedia general del saber y de ese modo se vuelve sabio quien escucha y no dice. Toda habla nos limita, nos acota, nos determina o nos define. Exceptuando el mágico alcance de la poesía, cada palabra emitida alza una cerca alrededor del concepto imaginable y lo diseca.

El silencio, por el contrario, sin ataduras, sin confines, libera un desaforado caudal de significación en lo no significado, conserva en su interior la potencia de todo lo no dicho y, como decía Céline, guarda en su corazón lo más terrible por razón de no haber sido pronunciado todavía. Lo impronunciable es el tabú: lo prohibido y lo sagrado. Lo impronunciable es Dios y el Mal. La vida en sus vísceras invisibles, la muerte en su sonoridad inaudible.

El silencio acosa así más que la palabra o el trueno. Su amenaza multiplica la asechanza sin revelarse aún como, por el contrario, proclama y acota la explosión o el terremoto.

El sigilo nos traspasa, el silencio nos ahorca, la falta de sonido nos vacía la vida. Y, al revés: en el silencio se ubica la fuente de la máxima feracidad, allí se localiza la voz nativa, se acumula como en un almacén absoluto de tiempo y espacio original el principio capital del universo.

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15 de febrero de 2007
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Love train

Algunas cosas nunca pasan de moda. Ayer, en la estación de tren de Karlsruhe, le decía a Sven Puchelt que todo lo que sabía sobre Hamburgo se lo debía a Los Beatles. Sven, quien además de trabajar en la librería Litera Dur de Waldbronn tiene una banda de música llamada Lismore, me decía que el disco Love -esa relectura que George Martin y su hijo hicieron para el nuevo espectáculo del Cirque du Soleil- le parecía estupendo, a pesar de su escepticismo inicial. Le pregunté si había leído El Aleph, un célebre cuento de Jorge Luis Borges. En esa historia Borges descubre un aleph, esto es un punto físico en el que es posible ver todo lo que es, y al mismo tiempo; le dije a Sven que para mí el White Album de Los Beatles sigue siendo un aleph musical, un disco en el que puede oírse toda la música que fue y toda la que será.

Borges nunca pasará de moda. Ni Los Beatles. Estoy tentado de pensar que lo mismo ocurrirá con los trenes. Son uno de los mejores inventos del mundo, a pesar de que tantos kilómetros de vías hayan sido regados con la sangre de indígenas, de negros, de hindúes y de coolies, como nos lo recuerda la magnífica novela de Juan Gabriel Vásquez, Historia secreta de Costaguana. Los trenes son más eficientes y más estables -lo cual equivale a decir: más seguros- que los aviones. Cuando son tan cómodos como los trenes europeos, viajar es un placer. En estos días atravieso Alemania de sur a norte. De hecho escribo estas palabras encorvado sobre una cómoda mesa, en mi vagón de segunda clase. La mayor parte de los trenes tiene hasta conexiones para los ordenadores. (Que yo no estoy usando, aclaro. Este texto ha sido escrito a la antigua usanza, con tinta sobre papel.)

Por supuesto, hay trenes y trenes. Aquellos que conectan Buenos Aires con los suburbios fueron criticados durante años: la culpa la tenía el Estado, se decía, que era un pésimo administrador de servicios públicos. Finalmente Menem privatizó los trenes de la peor manera -como lo hizo todo- y ahora están en manos de empresas privadas que, por lo general, ofrecen un servicio que es peor que el de antes. De tanto en tanto las protestas de los pasajeros indignados bloquean la inmensa estación de Constitución. Uno toma los trenes del Ferrocarril San Martín sabiendo dónde pretende bajarse, pero sin saber nunca cuándo -ni cómo- llegará.

A miles de kilómetros de Constitución, el mundo que habito es otro. La Selva Negra ya ha quedado atrás. Mi hija duerme a mi lado, arrullada por el ronroneo de la máquina al desplazarse. El paisaje a ambos lados de la vía es verde: en parte arado en líneas paralelas que sugieren renglones, en parte ocupado por la abigarrada escritura de los bosques. El tren traza su propia línea sobre el terreno, y yo lo imito sobre el papel.

Hoy jueves llegaré a Berlín y mañana a Hamburgo. Una vez allí sucumbiré a la tentación y preguntaré si el Star Club y el Kaiserkeller, aquellos tugurios de puerto en que los jóvenes Beatles tocaban un rock anfetamínico, existen todavía. Quiero conocer la Reeperbahn desde que tenía pocos años y me enamoré de aquella música. Imagino que volveré a sentirme niño si visito esos lugares.

Algunas cosas no cambian nunca.

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15 de febrero de 2007
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UN SEDUCTOR

Estoy leyendo unos cuentos escritos por Georges Moustaki. No están mal, pero nunca serán como sus canciones. Algunas de sus canciones tienen ya casi 50 años, “Milord” sigue viva, sobre todo en la voz de la Piaf. Que no sólo cantó algunas canciones del joven de Alejandría sino que fue su amante durante unos años. Moustaki debía ser un joven hermoso. La primera vez que me encontré con él, yo era muy joven, me pareció un maduro interesante. Ya tenía el pelo bastante blanco, conducía una moto, le acompañaba una mujer hermosa, vestía de cuero negro y se metía en un cine de arte y ensayo. Todo según el guión que uno espera de los mitos de aquellos años. Algunas de sus canciones me acompañan desde quinceañero. Algunas no las olvidaré nunca.

Pero ahora, cuando pienso en él, recuerdo algo que no viví pero que me contaron. Algo que da su imagen de seductor. Y también la nuestra de seducidos por el aura de la fama, creo.

Una amiga mía, muy hermosa, además de pelirroja, estaba citada para una rueda de prensa con el cantante. Han debido pasar diez o doce años. Ella tendría 30 y él más de 60. Estuvo encantador, cercano, amable…y en un momento, se acercó a mi amiga, le dio su  número de habitación y la invitó a subir. Todavía quedaban dos horas para el concierto. Mi amiga se quedó un tanto paralizada. No sabía qué hacer. Dudaba entre sus deseos, su curiosidad, su feminismo, su orgullo o su oportunidad. Estuvo dudando media hora… y subió a su habitación. Después, el concierto y nunca más se supo. No lo olvida. No sé si por tan memorable como historia de sexo, sino por el sujeto del encuentro.

¿Qué hubiera hecho si no hubiera sido famoso?... Es verdad que es un hombre hermoso, un maduro seductor, pero si hubiera sido un guapo o rico desconocido, ¿se hubiera encontrado con él durante una hora en una habitación de una ciudad mediterránea? Creo que no. Me lo contó mi amiga. Sentí envidia, no por Moustaki, sino pensando que nunca me pasaría eso con… digamos Francoise Hardy o Marie Laforet. Vamos, ni con Emma Suárez. Una de las buenas cosas de ser famoso es que te pueden pasar cosas como esa. Es posible que también haya que hacer hermosas canciones, tener unos ojos azules y una voz subyugadora. En fin, que no todos nos llamamos Moustaki.

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14 de febrero de 2007
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El aborto y el mercado de trabajo

Mi visita a Portugal coincide con el referéndum sobre la despenalización del aborto. Durante días, los diarios y la televisión no hablan de otra cosa. Incluso los escritores invitados al encuentro literario dedican algunas de sus intervenciones al tema, la mayoría de ellas en apoyo a la ley que, de aprobarse, permitirá a las mujeres abortar sin restricciones.

En efecto, la mayoría de intelectuales y periodistas que conozco apoyan la norma, que ya existe en casi toda Europa. Y sin embargo, a la hora de hacer campaña, los antiabortistas lo tienen más fácil. Por toda Lisboa hay carteles con el eslogan: “Aún estás a tiempo de salvar muchas vidas: vota no”. ¿Es posible una publicidad más contundente? En el telediario, un hombre nos presenta a su hija –una quinceañera saludable e inteligente- diciendo que su madre la quería abortar. Un correo electrónico masivo y apócrifo te pregunta si considerarías autorizada a abortar a una mujer en caso de que fuese sifilítica, miserablemente pobre y ya tuviese once hijos. Si dices que sí, te responde: “Felicidades. Acabas de matar a Ludwig van Beethoven”.

Sin duda, desde un punto de vista moral, la idea de causar la muerte de un feto indefenso resulta difícil de defender. Pero ¿son inmorales las mujeres que abortan? ¿deben ser consideradas asesinas?

La mayoría de las que aparecen en los telediarios son mujeres sin recursos y con ominosas cargas familiares. Pero también las hay de clase media o alta que sencillamente quieren decidir en qué momento ser –o no ser- madres. La maternidad determina a una mujer para el resto de su vida, y muchas prefieren esperar a tener las condiciones deseadas. Una me dice: “no estoy a favor del aborto. Sólo estoy a favor de que no me metan en la cárcel por sufrirlo, como si no fuera ya bastante difícil tomar esa opción. La gente no va por la vida abortando de puro vicio”.

En el plano moral, la decisión es qué valor debe primar: la vida o la libertad. Hay razones para defender ambas posturas. Ahora bien, la discusión sobre cualquier ley debe considerar otra pregunta, y es: ¿qué tipo de sociedad se construye con ella?

En una sociedad sin aborto, más que los niños no deseados, se multiplican las profesionales no deseadas. Ellas pueden amar a sus hijos y educarlos bien, pero encuentran más dificultades para desarrollar una vida fuera de la familia, su nivel de formación es menor, y el tiempo que pueden dedicarle al trabajo también. Eso las vuelve más dependientes de los hombres. Y, por cierto, resta competitividad al mercado. Las democracias capitalistas más desarrolladas son aquellas en que la mujer se ha puesto a producir y a consumir en mayor grado. Y eso sólo es posible desde que existen métodos de contraconcepción e interrupción del embarazo que permiten a las mujeres controlar la maternidad.

En una sociedad con aborto, en cambio, las personas tienen menos necesidad de formar familias. Michel Houellebecq hace notar en una de sus novelas que el occidente contemporáneo es la primera sociedad de la historia de la humanidad en que la gente no quiere reproducirse. Y es verdad. Las tasas de natalidad son más bajas en los países en que la realización individual de las personas no pasa por criar hijos. En un país con aborto, los profesionales –sobre todo las profesionales- dedican su energía a producir.

¿Es preferible un país de trabajadoras o de madres?

Eso es lo que Portugal ha votado este domingo.

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14 de febrero de 2007
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I. NOMBRES DE LA MELANCOLÍA: HÜZÜN

            En su libro Estambul, memorias y la ciudad, el novelista turco ganador del Premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, dedica un buen número de páginas a explicar y buscar cómo describir la palabra hüzün, que vendría a significar melancolía. Palabras como esa son como espejos de feria que devuelven de manera múltiple la imagen semántica, pues más que significados que pueden anotarse ordenadamente en la entrada de un diccionario, encarnan sentimientos. Hüzün, como Pamuk explica, tiene sus raíces en el Corán: el profeta escribe que el año en que perdió a su esposa Latice y a su tío Ebu Talip, fue para él el año de la melancolía.

            Un  sentimiento de dolor ante algo perdido, que la memoria busca recuperar, y de esa búsqueda sólo queda el fruto negro de la melancolía. La melancolía, melania kolis, el derrame de la negra bilis que ensombrece los rostros, según los viejos cánones médicos de los griegos, para explicar los malestares del alma como resultado de alteraciones de los humores y flujos del organismo. La pasión negra.

            Hüzün, dice Pamuk, no es un estado de gracia ni un concepto poético, sino una enfermedad, asociada no solamente con la pérdida o la muerte de un ser querido, sino también con otras aflicciones espirituales. El amor melancólico por una ciudad, por ejemplo, transformado en necesidad. Sobre esto quiero seguir.

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14 de febrero de 2007
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OPINIONES CRUZADAS

Si de un lado se siente dolor al constatar que nuestra razón no se admite, de otro produce malestar que el otro se avenga enseguida y blandamente a nuestra visión de las cosas.

Los diferentes puntos de vista se celebran mejor entre sí cuando cada uno comparte un fragmento del prójimo y ambos se promueven en la conversación pasando de un decir a otro y corrigiéndose recíprocamente. Las posiciones radicalmente opuestas en lo fundamental generan sufrimiento pero fuera de esta circunstancia queda una amplia zona donde la mezcla de las opiniones, el rebozamiento y la reinterpretación sucesiva generan una melodía cómplice y conjunta de un interés y placer muy superiores al predominio de mi juicio. Más bien la corrección amistosa e inteligente de mi criterio ofrece la oportunidad de una inesperada y distinta intimidad, que aumenta el disfrute del entendimiento.

Estar de acuerdo, y no enseguida ni por autoridad intelectual sino como efecto de los intercambios argumentales, crea una ocasión de bienestar semejante a aquellos espacios públicos donde unos y otros de los presentes comparten la bondad del paraje y la satisfacción del clima. Las zonas comunes son así, en el pensamiento o en el urbanismo, lugares de recreo muy especial para el cuerpo y el alma, que nunca llegarían a un gozo superior sino compartiéndose, traduciéndose, intercalándose.

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14 de febrero de 2007
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