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El Boomeran(g)

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Foster, el amante no sentimental

Coincidiendo con el medio siglo de profesión de Norman Foster, la revista Arquitectura Viva le ofrece el homenaje de un supernúmero de 350 páginas en cuché y a todo color. ¿Una barbaridad?

Foster es de por sí un bárbaro. Lo es en sus casi 400 proyectos en todos los lugares imaginables del mundo y en su presencia ante la vida que podría parecer orgullosa si no fuera como su admirable actitud de un deportista elemental. A sus casi 80 años hace bicicleta a diario y, en el amor, si se le ve cerca de Elena Foster, no parece haber perdido un gramo de testosterona. De ahí se deduce también la potencia de sus grandes edificios (estadios, pabellones o torres) y una inclinación hacia lo que Fernández Galiano califica como artistas "ingenuos".

En efecto, hay una clase de artistas "sentimentales", como Wagner, y hay otra personalidad de creador "ingenuo", como Verdi. Los arquitectos de corte sentimental como Borromini, Le Corbusier, Moneo o Koolhaas suelen pasarlo muy mal aunque digan que no se cambiarían por nadie. Son artistas a la manera romántica, o de crucifixión, que les hace crear padeciendo, y al revés. Dan a luz con dolor y se torturan en beneficio del mundo y de sí mismos. Los "ingenuos", por el contrario, son tipos que se lo pasan la mar de bien. Tienen una idea no a través de un tortuoso paso por el averno sino como ángeles que nacieran espontáneamente de Dios. Norman Foster es de esta clase y eso explica, probablemente, que no se haya muerto con un cáncer ni que haya caído exhausto ante la envergadura y número de sus proyectos alzados como un titán.

¿Un titán? Una vez le dije a Saénz de Oiza que profesionalmente me parecía "un titán" y me respondió: "Sí, un Titanlux". Los ingenuos son de esta clase. Tintan la historia con su trabajo simple y obrero. Ni se dan cuenta ni dan importancia al resultado. Calatrava es, por hablar de un personaje en candelero, la mezcla de ambas tipologías: de un lado hace aquello que le viene en gana y, de otro, aparece como "el gran masturbador" sentimental.

Foster es, en cambio, como son Bernini, Gaudí, Mies o Sejima, hijos de la inspiración. Hijos naturales de la idea que les sobreviene, sencillamente sale a pasear. ¿Qué mayor recompensa para un artista que no sentirse artista?

Lo digo porque ser o autoconsiderarse artista es una condena. Los "sentimentales" son muy sensibles a esta consideración y en su trayectoria se proponen -incluso a su pesar- cumplir una misión sagrada. Por el contrario, los "ingenuos" no sienten que deban cumplir con mandato alguno. Son lo que son y hacen lo que Dios quiere sin pasar por el expediente de la crucifixión.

Efectivamente, no sería posible hacer tanto como Norman Foster ha hecho si hubiera tenido que matarse en cada realización. Es decir, estaría ya muerto. Si vive y colea es gracias a que no ha pedaleado para hacer músculo sino que posee músculo génico para pedalear. En consecuencia, la admiración que despiertan las obras de Foster no las suscita su esfuerzo sino su placer. Es decir, la repartición comunitaria de su gozo y la bendición de su ocurrencia expandida para la concurrencia que lo ve.

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31 de enero de 2014
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En el zoológico disecado

-¿Es un dinosaurio, mamá?

-No, es un camello –responde la madre.

-Pero tiene pinchos en la espalda, como los dinosaurios.

-Son para la joroba –explica el hombre que va con la madre-. ¿Has visto las jorobas de los camellos?
El niño examina de nuevo los huesos en el escaparate y niega con la cabeza.

-Es un dinosaurio –afirma con seguridad.

En realidad, el esqueleto parece el de un pequeño brontosaurio. Pero da igual. Rápidamente algo más llama la atención del niño. El museo de Zoología parece un castillo embrujado con torres, almenas y huesos de animales en las paredes. Y la voz de ese hombre carece de la autoridad de los padres. Más bien, parece un jugador estrenándose en la primera división, entusiasta pero inseguro.

La exposición temporal está dedicada a los orígenes del universo. Entramos en una sala oscura. En una pantalla circular se proyecta el Big Bang. Estrellas y sistemas galácticos flotan a nuestro alrededor. En una esquina hay un pequeño marciano verde de plástico y una molécula de agua del tamaño de una licuadora. El pequeño lee alguno de los carteles y pregunta:

-¿Qué es “energía oscura”?

La mamá mira a su amigo. Supongo que es biólogo o físico, porque intenta explicar.

-Es la energía que mueve el universo.

-¿Cómo la gasolina de los planetas?

-Algo así, pero invisible.

-No entiendo.

El hombre trata de explicárselo, pero el niño lo ignora. Ahora le interesa un simulador de tsunamis: en una especie de gran pecera, una ola se eleva y cae, arrasando la maqueta de un pueblecito y el amor propio del hombre.

Apenas son las diez de la mañana, y aún no hay nadie más en el museo. Se me hace difícil disimular que los estoy mirando, pero la pareja está muy concentrada en el niño, y en su propio sistema planetario íntimo. Cuando el pequeño se queda mirando el esqueleto de la ballena, o cuando se pone a corretear entre los escaparates, rozan sus manos. En una ocasión, al amparo de una columna, ella le estampa a él un beso furtivo en la mejilla, como para darle ánimos. A su lado, un cartel advierte: “no somos el centro del universo”.

Subimos al segundo piso por unas escaleras decoradas con cabezas de ciervos. El niño quiere colgarse de una cornamenta, pero su madre logra impedirlo. Cuando paso a su lado, ella le está diciendo en voz baja pero con firmeza:

-Quiero que te tranquilices un poco ¿vale?

Arriba nos recibe un armario lleno de tarántulas, escorpiones y otras alimañas. Hay un cangrejo japonés de un metro de largo. El niño está completamente excitado ante estos bichos:

-¿Podemos tener un escorpión en casa? ¿Podemos?

La mamá se ríe.

-¿No te vale ya con un gato?

-El gato es aburrido.   

Hemos entrado en un mundo disecado. A nuestro alrededor, una jauría de leopardos, osos polares, puerco espines, y víboras nos muestra los dientes, huye de nosotros, se esconde bajo una piedra u olfatea el aire en busca de alimento. Tienen escaparates en vez de jaulas, y sus vidas están hechas de aserrín. 

Al niño le llama la atención el cerdo hormiguero. Arriba de él, un cartel explica que tiene una cría por parto. El niño pregunta:

-¿Los cerdos hormigueros quieren a sus hijos?

-Sí –responde la madre-. Todos los animales quieren a sus hijos.

-No. La profe Natalia dice que las boas se comen a sus hijos.

-Nosotros no te vamos a comer a ti –dice el hombre tratando de ser divertido.

-Tú no eres mi padre –le responde el niño de inmediato. 

Supongo que es la frase que el hombre temía escuchar, porque sin decir nada retrocede quedamente hasta el escaparate de los monos. Ahí, el mandril lo amenaza con los colmillos al aire, pero el chimpancé parece querer consolarlo. Frente a él, como un espejo, hay un esqueleto humano.

La madre se arrodilla frente al niño y le dice algo, pero yo prefiero no escuchar. Me fijo en la hiena y el lobo. Sus lenguas están hechas de un material parecido a la cera de las velas, como si se estuviesen derritiendo.

Después de un rato, mis tres observados se reúnen frente a las aves de presa. No se dicen nada en especial. De pie entre el buitre y el halcón, el niño le da un beso al hombre. Al principio, se resiste. Pero luego, incluso parece un beso espontáneo.

-¿Quieres un helado? –dice el hombre. El niño quiere.

Para salir del museo hay que pasar entre un elefante disecado y un esqueleto de bisonte. El niño intenta treparse al elefante, pero esta vez, su madre consigue disuadirlo sin mucho trabajo. Afuera, en el parque de la Ciudadela, un grupo de gente hace tai chi. Una madre lleva a su bebé en un carrito. Un anciano pasea con una enfermera del brazo. Desde la puerta del museo, un domingo por la mañana, la luz se ve más clara, y los seres humanos parecen unos animalitos inofensivos. 

Artículo publicado en: El País, octubre 2007.

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12 de noviembre de 2007
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11-M: LA HORA DE LAS CULPAS

La sentencia del megajuicio por los atentados de Atocha ha revelado el funcionamiento de la célula yihadista más letal de Europa. Sin embargo, España muestra más interés por la pelea entre sus partidos políticos

El 11 de marzo de 2004, poco antes de las siete de la mañana, Jamal Zougam descendió de una camioneta blanca Renault modelo Kangoo junto a otras dos personas. Llevaban sendas mochilas deportivas, y se dirigían a la estación de cercanías de Alcalá. Ahí tomaron distintos trenes con destino a la estación de Atocha en Madrid, a media hora de trayecto. Según la declaración de tres testigos, Zougam subió en el último, el de las 7.14.

A las 7.38, el vagón de Zougam hizo explosión en la estación de Santa Eugenia. Otras nueve cargas llegaron a Atocha, produciendo un total de 191 víctimas mortales y 1857 heridos. El atentado fue el mayor de estas características en territorio europeo.

Pero ese día, una mochila no estalló. Fue descubierta después del atentado en la comisaría de Puente de Vallecas. En el interior había cinco kilos de un explosivo de uso minero llamado Goma 2-Eco, temporizado y alimentado por un teléfono celular. La tarjeta del teléfono pertenecía a Jamal Zougam.

Zougam tenía antecedentes penales en varios países, pero no por terrorismo, sino por tráfico de drogas y homicidio. Había escapado de la justicia en Marruecos y durante años se había dedicado al tráfico de estupefacientes en España. Desde los años noventa, muchos magrebíes que llegaban a Madrid trabajaban para él vendiendo drogas al menudeo. Estaba bien situado cuando comenzó el boom del éxtasis. Un proveedor de Ámsterdam le ofrecía las pastillas a sesenta céntimos, y el consumidor final pagaba doce euros. Ganó mucho dinero. Compró un BMW.

También consumía. Su esposa dice que a veces cerraban una discoteca todo el fin de semana para él y sus amigos. Se enganchó sucesivamente con heroína y pastillas. Las pastillas lo ponían muy agresivo. Nadie quería tener problemas con él. Alguna vez, acuchilló a un drogadicto, que finalmente retiró los cargos a cambio de una dosis.

Pero Zougam estaba harto de esa vida. Europa no había sido lo que él esperaba. Quería cambiar. Buscaba una salida. Tras una de sus condenas penales, abandonó las drogas por sí mismo, y empezó a acudir más a la mezquita. También obligaba a asistir a los rezos a otros traficantes, a los que premiaba con dosis. Quería ser una mejor persona. Empezó a vestirse con ropa árabe tradicional. En su casa no corrieron más drogas, ni duras ni blandas.

No abandonó sus negocios, sin embargo. Sólo dejó de sentirse culpable por ellos. La religión le ofrecía un consuelo: tú no eres el malo, ellos te convirtieron en esto. Europa invade a los musulmanes en sus tierras y los desprecia en la suya. Lo que tú haces es sólo justicia. Y puedes hacer más.

El intelectual

En esta etapa, Zougam entró en contacto con el tunecino Sarhane Ben Abdelmajid Fakhet, ex estudiante del doctorado de Economía. Sarhane era un intelectual talentoso, pero al perder su beca, se había visto obligado a vender ropa y chucherías.

También encontró en la religión refugio para su frustración. Pero además, tenía una lectura política de la realidad. En la mezquita de la autopista M-30, su grupo de oración había sido públicamente regañado por el imam debido a su arrogancia. Uno de ellos, Amer Azizi, había estado en un campo de entrenamiento en Afganistán, y reunía a sus acólitos para mostrarles videos de Osama bin Laden y sus lugartenientes. Decía que las oraciones no bastaban, que el Islam demandaba acciones más contundentes. Sarhane lo admiraba.

En 2001, tras los atentados del 11-S en Nueva York, se desató la persecución a las células de Al Qaeda en Europa. Azizi desapareció, y muchos de su grupo fueron detenidos. Súbitamente, Sarhane se convirtió en el líder de la célula radical. Y cuando España intervino en la guerra de Irak, las órdenes que se propalaron por la red fueron terminantes: “hay que sacar al perro de Aznar”.

El atentado del 11-M contó con el cerebro político-religioso de Sarhane y el dinero y los contactos criminales de Zougam, entre una compleja red de responsabilidades. Pero la mochila los traicionó a todos. La policía rastreó no sólo el origen de la tarjeta telefónica, sino el resto de tarjetas vendidas en ese paquete y las comunicaciones realizadas con ellas, incluso el lugar físico donde habían sido realizadas. Con esa información, apenas dos días después de las explosiones, Zougam fue el primer detenido.

El 3 de abril, la policía localizó un piso en Leganés donde sospechaban que podía esconderse un grupo de terroristas. Rodearon el local. Los del interior, alertados, comenzaron a disparar a las 16.00. A las 18.20, desde ese inmueble, Sarhane llamó a su madre a Túnez para despedirse de ella. Había tomado una decisión. A las 21.00, la policía decidió entrar, voló la puerta con una pequeña carga explosiva y lanzó gases lacrimógenos al interior de la vivienda. Como respuesta, los siete ocupantes detonaron 20 kilos de explosivos. Murieron en el acto.

Entre los escombros, la policía halló videos proselitistas de Al Qaeda, archivos con información militar y reivindicaciones de los atentados. El explosivo que acabó con el apartamento era el mismo que encontraron en los trenes. 

Ésta es parte de la reconstrucción de los hechos que ha efectuado el juez Javier Gómez Bermúdez. La sentencia encuentra culpables a 21 de los 28 acusados por los atentados. Zougam recibió la condena más larga: 42.922 años de cárcel. En total, las penas de prisión suman 120.755 años.

La instrucción pone de manifiesto el perfil de los terroristas: residentes europeos con alto grado de frustración de sus expectativas personales. También resalta la unión crucial entre cuadros religiosos y elementos provenientes del mundo criminal. Además, muestra el complejo funcionamiento de Al Qaeda, que opera tanto desde la Red como por medio de agentes móviles. Pero en España, el debate ha pasado por alto esos detalles. Para la opinión pública, el tema importante es otro. 

La otra guerra

“Ni ETA ni Irak”, “Ni ETA ni conspiración”, “La Audiencia establece la verdad de los atentados”, “La mentira, condenada”. Son los titulares de al prensa española tras la sentencia. Paradójicamente, hablan más de políticos que de terroristas. Y más de ETA que de la Yihad.

Durante los últimos tres años, el debate no se ha centrado en quiénes fueron los autores, qué medidas se están tomando para evitar que se repita o cómo apartar a los musulmanes del radicalismo. No. El tema de discusión ha sido: ¿quién miente? ¿la derecha o la izquierda?

En la esquina izquierda, el Partido Socialista, el diario El País y la cadena Ser de radio. Tras los atentados, estos medios acusaron al Partido Popular, por entonces en el gobierno, de querer endilgarle las bombas al terrorismo vasco contra toda evidencia. El 11-M, España estaba a tres días de las elecciones generales, y el presidente José María Aznar había apoyado con entusiasmo a EEUU en su invasión de Irak. Si el atentado era una venganza islamista, la población podría castigar al presidente en las urnas. En cambio, si era obra de ETA, los españoles lo respaldarían masivamente.    

En la esquina derecha, el diario El Partido Popular, el diario El Mundo y la cadena de radio Cope defendían que no se podía cerrar ninguna vía de investigación. El ministro del Interior Ángel Acebes insistió en esa afirmación aún cuando se había encontrado la camioneta Renault con grabaciones del Corán y detonadores de explosivos. Pero no convenció. Ese domingo, el PP perdió unas elecciones que todas las encuestas daban por ganadas una semana antes.

El PP no dejó de insistir desde entonces en la participación de ETA. José María Aznar declaró: “las pruebas indican la más que posible participación del grupo ETA en esta masacre”. El ex ministro Acebes: “es necesario saber el alcance real de la sombra de ETA”. Otro dirigente añadió: “los socialistas no han querido esclarecer si ETA tenía o no relación con la trama”.   

El abogado del acusado Jamal Zougam recogió esta versión en su escrito de defensa, que acusaba al grupo vasco de las bombas de Atocha. Las pruebas de la defensa se sometieron a contradicción en el plenario sin éxito. El tribunal citó a declarar a etarras presos, que negaron cualquier relación con estos atentados. Finalmente, la sentencia leída el miércoles considera que ninguna evidencia avala esa tesis. 

¿La sentencia da por zanjada la discusión? No. El titular de El Mundo resaltaba el jueves que el tribunal no había encontrado autores intelectuales más allá de los condenados, y titulaba: “Absueltos los cerebros del 11-M”. Sobre la misma base, el líder del PP, Mariano Rajoy, declaró: “seguiremos apoyando cualquier investigación, ya que los acusados como autores intelectuales no han sido condenados”. Después, el ministro del Interior y los portavoces populares no han dejado de intercambiar descalificaciones.

De hecho, lejos de haberse fijado un consenso, han entrado en escena más versiones. Ahora, la asociación de víctimas del atentado considera que las sentencias son demasiado blandas, y estudia una apelación. Un portavoz del Departamento de Estado de EEUU ha admitido que la sentencia “no nos gusta”. Algunos medios de prensa de ese país exigen que el tribunal encuentre un vínculo directo con la estructura de Al Qaeda.

La sentencia ha establecido una verdad jurídica indiscutible. En ella, cada sector encontrará la verdad política que le interese. Pero esta discusión dice más sobre la sociedad española que sobre lo que ocurrió esa mañana del 2004. Y a veces uno olvida de qué estábamos hablando.
               
Artículo pulblicado en: La Tercera, noviembre 2007.

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5 de noviembre de 2007
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EXTRAÑOS EN UN TREN

El video de la agresión racista en un tren escandalizó a la opinión pública y a las instituciones españolas. Pero ¿son ellas inocentes?

Sergi Xavier Martín Martínez (21 años) debe estar contento. Los juzgados lo han tratado con amabilidad. El sábado, un juez le tomó declaración y vio con él el video que lo ha hecho famoso. Es la grabación de la cámara de seguridad de un tren de cercanías. En la imagen, Xavier aparece acosando a una inmigrante ecuatoriana menor de edad. La amenaza. Le toca el pecho. Apretada contra la ventanilla, la chica trata de no mirarlo. Él le acerca la cara y la insulta, mientras le cuenta a un amigo por teléfono cómo zurró a un árabe. Ella trata de fingir que él no está. A Xavier, eso le parece muy divertido. Le da una bofetada. Repite que odia a los inmigrantes. Le empuja la cabeza. Antes de irse, como despedida, le patea la cara. Ante el juez, Xavier admitió ser la persona que aparecía en las imágenes. En su defensa alegó que no recordaba nada porque iba muy borracho. El juez lo dejó en libertad.

Las imágenes se difundieron en televisión dos días después, escandalizando a la opinión pública. De inmediato, una nube de fotógrafos y periodistas rodeó la casa del agresor. Y Xavier comenzó a hacerse famoso.

A los primeros camarógrafos, los trataba de espantar a manotazos. Pero por la tarde, al ver su casa rodeada, decidió salir a tomar una cerveza, arrastrando tras de sí a un séquito de cámaras y grabadoras. Una chica se acercó a saludarlo. Él la abrazó y bromeó sobre su popularidad. Se pasó la tarde en la barra del bar, haciéndoles gestos insultantes a sus paparazzi. Al final, empezó a cobrarles por hablar. Al primero le pidió un paquete de tabaco. Cuando empezó a conocer mejor el mercado, su preció subió a dos mil euros.

Hace unos meses, con ocasión de unos disturbios raciales en Alcorcón, fui a hacer un reportaje a esa localidad. Como se notaba que yo era periodista, se me empezaron a acercar todos los maleantes, fumones y pequeños delincuentes de la zona, que querían contarme su historia. Muchos de ellos se enorgullecían de haber estado en la cárcel y me mostraban sus cicatrices. La mayoría fumaba hachís mientras me hablaba. Todos aseguraban con entusiasmo que librarían a Alcorcón de inmigrantes. Esos chicos no eran capaces de reconocer a un extranjero ni teniéndolo enfrente, como ocurrió conmigo. Pero estaban genuinamente convencidos de odiarlos a todos. Le pregunté a uno:

-Pero si tú eres ladrón y asaltas con cuchillo y has estado preso, no entiendo: ¿qué te molesta de los inmigrantes? No pueden ser peores que tú.

-Claro que sí, tío. Los ecuatorianos ocupan todo el día las canchas de fútbol de los niños ¿Comprendes? Yo seré ladrón, pero nunca me he metido con los chavalitos.   

Lo que más les gustaba a mis informantes era cubrirse la cara y posar para la foto como bandas de delincuentes. Los entusiasmaba la perspectiva de salir en el periódico.

Xavier tiene un perfil similar: fue abandonado por su madre. Su padre es alcohólico. En el colegio se autolesionaba y ha pasado años en tratamiento psiquiátrico. No tiene trabajo. Su historia penal incluye antecedentes por robo con violencia y robo con intimidación a los diecisiete años. Para alguien como él, los inmigrantes son un escalafón de la pirámide social más bajo que él mismo, un grupo que le permite sentirse menos marginal. Desde su punto de vista, atacarlos es un servicio social, quizá, el único que puede prestar.

Y la sociedad lo premia. Como sale en la televisión, sus vecinos están todos pendientes de él. Aunque no aprueben lo que hizo, lo rodean para hacerle preguntas. Algunos sueñan con aparecer también en las noticias, aunque sea un segundo. Y finalmente, los redactores le pagan por contar que estaba borracho, algo que antes hacía gratis.

Un gamberro, un chico problema, vive sintiendo que es escoria social, y que el mundo tiene cuentas que saldar con él. Sólo hay dos tipos de personas que pueden hacerlo sentir mejor: los inmigrantes y los periodistas. Ahora, Xavier tiene de los dos.

Un pacífico pueblecito

La Colonia Güell, donde Xavier vive con su abuela, está a media hora de Barcelona y es el único barrio obrero declarado de interés cultural. Fue concebida hace más de un siglo por el empresario Eusebi Güell para albergar a los trabajadores de su fábrica textil, y se convirtió en un exitoso experimento social. Güell aisló a sus empleados de los conflictos sociales de la ciudad, y les ofreció beneficios culturales y religiosos. Para construir la iglesia del pueblo contrató a Gaudí, e incluso las casitas tienen detalles modernistas. Hoy en día, la fábrica ya no está, pero la colonia es un idílico pueblecito turístico separado del mundo, con cancha de fútbol y espacios infantiles.

Para los vecinos del pueblo, Xavier es una víctima de los periodistas, una manada de energúmenos armados con cámaras que han venido a alterar la paz de su existencia. Si preguntas por la Colonia, te dirán que Xavier tiene problemas de adaptación, pero no es racista. De hecho, ha trabajado con inmigrantes. Y tampoco fue especialmente agresivo con la ecuatoriana. Puestos a medirlo, ha golpeado mucho más a algunos españoles. Según los pobladores de la Colonia Güell, su estúpida travesura ha sido engordada y deformada por los medios de prensa con el mezquino fin de vender ejemplares.    

Esta gente no es de extrema derecha, ni xenófoba. Simplemente, conocen a Xavier de toda la vida. He visto a madres de narcotraficantes y terroristas jurar que su hijo no puede haber delinquido o no con mala intención, porque ellas lo han visto desde que gateaba y sonreía en una cuna. Admitir los hechos reprobables de uno de “nosotros”, nos obliga a cuestionar muchas cosas de nuestros vecinos, nuestros valores y nuestra vida. La reacción natural ante estos hechos es cargar la culpa sobre otros.

La cuestión es ¿exactamente quiénes son los otros?

Frecuentemente, me encuentro con españoles que se expresan contra los inmigrantes. Cuando protesto, descubro que no me consideran uno. Al principio, pensaba que era por ser blanco. Luego he conocido a gente abiertamente racista que convive con chinos o andinos sin el menor problema. No les molestan los inmigrantes que conocen, que “se han adaptado bien”. Les molestan “los otros”, una categoría abstracta frecuentemente alimentada por las noticias de los periódicos.

Y lo que molesta siempre es rentable políticamente. En las recientes elecciones suizas, el partido Unión Democrática de Centro hizo campaña con un afiche en que tres ovejitas blancas echaban del corral a una ovejita negra. Su programa incluye la expulsión de extranjeros con condenas penales, la prohibición de construir minaretes en las mezquitas y el veto a la libre circulación de rumanos y búlgaros. Ha tenido la victoria más contundente en la historia del país: 29%. Los extranjeros forman el 20% de la población suiza. Tienen derecho a pagar impuestos. Se les permite aportar a la seguridad social. Se controla que sólo entren para áreas económicas en las que no queda más remedio que aceptarlos. Pero no votan.

El fenómeno en España se ve venir. La comarca donde se registró el ataque de Xavier, Barcelonés, es tradicionalmente muy contraria al Partido Popular. En las últimas elecciones municipales, sin embargo, el PP de Badalona concentró su campaña audiovisual en la “amenaza inmigrante”. Fue la única localidad de la comarca donde el PP aumentó su caudal de votos.

Mientras tanto, Xavier no puede quejarse. El juez lo obliga a comparecer diariamente ante la policía, pero lo hará en su domicilio. Y vive en un lugar muy bonito, con vecinos muy amables.

El Estado contra los inmigrantes

El debate de esta semana en España no sólo gira en torno a la violencia racista. Otro tema fundamental es si el Estado está en condiciones de enfrentarla.

Tras su primera declaración, Xavier quedó libre porque el fiscal no se presentó. La fiscalía aduce que el juez no les avisó de la gravedad de los hechos. El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña lo niega. Todos están de acuerdo en que en las instituciones necesitan más personal. Hizo falta que tomaran cartas en el asunto en ministro de Justicia, la fiscal jefe de Cataluña y el propio presidente de Ecuador, que fichó a un prestigioso penalista para llevar el caso a los tribunales y envió a la ministra de relaciones exteriores. Incluso el presidente español calificó los hechos de “deleznables”.

Aún así, la fiscalía tardó cuatro días en pedir el arresto. Y cuando la petición llegó al juzgado, a las 15.40, el juez ya se había marchado. Cuando finalmente el juez tomó una decisión, dejó libre a Xavier.  Según su informe, considera que Xavier le propinó a su víctima un pellizco en el pecho, pero que en ellos “no se aprecia delito contra la libertad o la indemnidad sexual”. Tampoco aprecia lesión psíquica en la víctima a pesar de que afirma “sentir miedo por la agresión... acudir acompañada a su centro de enseñanza... problemas para conciliar el sueño” y el uso de gelocatil.   

Hay casos más graves: el congoleño Miwa Buene fue atacado en febrero por un hombre que gritaba vivas a España, lo llamaba “mono” y lo conminaba a largarse a su país. A consecuencia de la agresión, Miwa Buene quedó tetrapléjico. Está en una silla de ruedas, con el cuerpo paralizado de la barbilla para abajo. Su agresor ha sido reconocido por un testigo y por él mismo pero, ocho meses después, sigue libre.       

En el año 2006, la ONG SOS Racismo recibió 534 denuncias, 158 de ellas por casos de xenofobia, 89 por agresiones directas. A esas hay que sumarles las denuncias penales donde el juez no toma en cuenta la motivación racista. Y las que no se denuncian porque las víctimas carecen de documentación y temen por su situación legal. Y sobre todo, las que no se denuncian por un factor que distorsiona cualquier cálculo: el miedo.

En el video del tren, sin ir más lejos, hay un tercer personaje: va sentado al otro lado del vagón y también es latinoamericano. Es testigo de toda la agresión contra la chica, pero no se levanta, ni dice una palabra. Cada vez que puede, mira para otro lado. Parte de la opinión pública condena la cobardía de este joven. Pero quienes mejor lo entienden son los propios inmigrantes. Uno de ellos me dice:

-Mira lo que ha pasado después. Ni siquiera una campaña en televisión, dos presidentes y dos ministros consiguen que se arreste a un agresor con pruebas filmadas ¿Qué garantías tenía el testigo de que no lo acuchillarían impunemente? Peor aún: ¿Qué garantías tenemos todos los demás de que eso no nos ocurrirá?   

Artículo publicado en: diario La Tercera, octubre 2007.

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29 de octubre de 2007
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Paisaje después de la batalla

La narrativa peruana, invitada de la XXV Feria Internacional del Libro de Barcelona, ha sido marcada por la guerra y la huida 

A lo largo del siglo XX, la narrativa peruana forjó dos buques insignia que no dejaron de bombardearse mutuamente, cada uno de ellos con una versión distinta de la política, la literatura y la vida. Me refiero a José María Arguedas y Mario Vargas Llosa.

Arguedas era un autor mestizo, socialista y rural. Concebía la literatura como una lucha política a favor de los oprimidos, especialmente del mundo andino. En cambio, Mario Vargas Llosa es un autor blanco, liberal y urbano, que defiende la literatura como creación de un universo paralelo a la realidad, libre de subordinaciones ideológicas. Arguedas se suicidó en 1969, y tras el derrumbe de la izquierda política, sus libros fueron perdiendo visibilidad internacional. Vargas Llosa fue candidato a la presidencia, y hoy en día, su nombre es reconocido en el mundo como sinónimo de la literatura peruana.

El duelo entre ambos tuvo un claro ganador. Sin embargo, el choque entre ambas visiones continúa determinando la literatura de mi país. Los escritores de mayor edad siguen separándose a sí mismos en dos grupos: en una esquina del ring, los andinos, seguidores de Arguedas como Luis Nieto Degregori, Óscar Colchado, Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso (quien aún se proclama marxista). Estos autores, en la tradición latinoamericana de los años 60, combinan temáticas sociales con una gran complejidad formal.

En la otra esquina, los costeños, como Alonso Cueto, Fernando Ampuero o Guillermo Niño de Guzmán, prefieren textos realistas e intimistas escritos con mayor economía de recursos bajo la  influencia de autores anglosajones como Carver o Hemingway. Y por cierto, tienen más sentido del humor que los primeros. Sin embargo, en los últimos años, algunos de ellos han escapado a esta definición. La obra del novelista Jorge Eduardo Benavides es una muestra de gran ambición estructural, en la tradición de Vargas Llosa, y dirige el foco hacia la violencia política y la corrupción del Perú, igual que el Cueto de La hora azul o Grandes miradas.

El regreso de estos autores a los temas sociales ha tardado más de dos décadas. Y la razón de su tardanza está fuera de la literatura: en la guerra. Durante los años ochenta, las visiones del mundo aquí descritas colisionaron en ámbitos mucho más concretos –y sangrientos- que la narrativa. El conflicto armado entre la banda maoísta Sendero Luminoso –originaria de la Sierra Sur- y el estado peruano –centrado en la capital-, causó casi 70.000 muertes y desapariciones. Como en pocos conflictos, la cifra de bajas fue muy similar de ambas partes. Tras 12 años de fuego y muerte, no parecía que las palabras pudiesen servir para algo. No parecía posible introducir algún sentido en el caos. Y, a pesar de la derrota de Sendero, esta vez no había un ganador tan claro. Sólo millones de perdedores.

Quizá por eso, muchos de los escritores peruanos surgidos después optaron por inventar sus propias geografías personales. A partir de los 90, los narradores no escriben para retratar al Perú sino para huir de él. Mario Bellatín ambienta sus historias lejos de cualquier referencia a un país concreto. Iván Thays ideó Busardo, una ciudad de ecos mediterráneos. Los personajes de Leyla Bartet recorren Tokio, Caracas, Bulgaria. Enrique Prochazka viaja de la ciencia ficción al Asia medieval. Y tras ellos llegaron Luis Hernán Castañeda, con títulos tan elocuentes como Casa de Islandia u Hotel Europa. O Ezio Neyra, cuyos falsos policiales están ambientados en Lima, pero bucean en las ciénagas de la infancia y la identidad individual.

Por supuesto, esta rápida clasificación –como todas- es parcial y deja muchos cabos sueltos. Por ejemplo, sería difícil situar aquí a Fernando Iwasaki, cuyo sentido del humor se mueve con la misma soltura en el barroco español y en las calles del centro de Lima. Y por supuesto, cuesta encajar a Daniel Alarcón. Sus personajes son desaparecidos y guerrilleros. Sus escenarios son los barrios pobres de Lima y la selva azotada por el ejército. Así las cosas, cuesta creer que Alarcón creció en Alabama y escribe en inglés.

Y es que el Perú se está mudando. Los peruanos –como los colombianos, dominicanos, ecuatorianos- ya no nacen sólo en el territorio nacional. Mientras los que están dentro tratan de huir, los emigrantes buscan su memoria y su origen en el territorio de la ficción. No es fácil precisar qué define a un peruano. Ya no es su punto de residencia. Ni siquiera su lengua. Y por supuesto, en ningún caso es su temática.

De hecho, los géneros tampoco son lo que fueron. Arguedas, obsesionado con documentar la realidad peruana, se sorprendería al ver que lo más innovador de la literatura peruana es el periodismo. Sergio Galarza acaba de publicar en España una crónica sobre Los Rolling Stones en el Perú. Sergio Vilela escribió la historia de la creación de La ciudad y los perros. Gabi Wiener, radicada en Barcelona, prepara un libro sobre el sexo en locales de intercambio de parejas. Toda una nueva generación de escritores busca historias en una realidad que desborda a la ficción, y en un mundo cada día más ancho y más ajeno. 

Artículo publicado en: El País (Cataluña), 3 de octubre de 2007.

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3 de octubre de 2007
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Refinamiento de los verdugos

Hoy, el búnker de Berlín-Hohenschönhausen es conocido mundialmente por La vida de los otros, el último gran éxito del cine alemán. Pero durante cuarenta años, nadie supo de su existencia. Su posición no figuraba en los mapas, ni su nombre en las listas de edificios oficiales. Los vecinos se imaginaban lo que ocurría detrás de los centinelas y el alambre de púas, pero nadie lo sabía a ciencia cierta. Sólo quienes entraban eran informados de dónde se encontraban: en la cárcel preventiva del Ministerio para la Seguridad del Estado, la temible Stasi.

Berlín-Hohenschönhausen estaba dedicada exclusivamente a presos de conciencia. Por sus celdas pasaron líderes de manifestaciones, testigos de Jehová o políticos críticos secuestrados en Berlín Oeste, pero también disidentes comunistas como el editor Walter Janka, y políticos caídos en desgracia como Paul Merker. Y con frecuencia, ciudadanos comunes y corrientes, que ni siquiera eran concientes de estar haciendo algo ilegal. Tras la caída el Muro de Berlín, el edificio fue convertido en un museo, y muchos de sus antiguos prisioneros hoy guían a los visitantes. Uno de ellos es un ex hippie que se pasó un año y medio encerrado por tener un grupo de rock.

El paseo turístico comienza por la sección más antigua, llamada “El submarino”, un pabellón subterráneo inaugurado por los soviéticos tras la ocupación de Berlín. El submarino no tenía ventilación, y la mitad de sus celdas carecían de ventanas. Para dar una idea de la humedad y el calor de las instalaciones, basta señalar que el personal penitenciario se construyó ahí una sauna para sus momentos de relax.

Entre los instrumentos de tortura que se exhiben al visitante en este pabellón destacan tres: el primero, una habitación hermética donde encerraban al prisionero con unos diez centímetros de agua cubriendo el suelo. Después de una semana sin poder dormir ni sentarse, y con la humedad calándole los huesos, por lo general se mostraba colaborador. El segundo sistema, una cubeta en que colocaban en la cabeza de la víctima mientras gotas de agua le caían sobre la nuca. Esto los ablandaba en unos cinco días. El último sistema no es tan fácil de comprender a simple vista: se trata de una puerta abierta en un muro, pero la puerta no da a ninguna parte. El guía explica que la celda es el muro. El prisionero era emparedado en un espacio de 1.5 x 0.4 m. Ése era el más eficiente.

Antiguos prisioneros políticos de Argentina y Chile que han visitado el pabellón soviético coinciden en un detalle: les parece un jardín de infantes. Las víctimas de Videla o Pinochet tuvieron que soportar ataques con perros y ratas. Sus guardianes les inyectaban somníferos y los arrojaban desde aviones. Les aplicaban la picana en los testículos. Las violaban. Los métodos de Berlín, en cambio, muestran un alto nivel de sofisticación en el uso de la violencia.

Para empezar, los tormentos del submarino no eran ejecutados directamente por personas, sino por cosas. Las víctimas no tenían que enfrentarse a sus verdugos durante la tortura, y en ningún caso eran necesarias las palizas. Además, los instrumentos no dejaban cicatrices ni marcas físicas. Nada de quemaduras o traumatismos. El submarino está diseñado para quebrar la voluntad, no los huesos. Por supuesto, la gente se moría. Se calcula que el primer año fallecieron más de 3000 personas. Pero lo importante que nadie los mataba personalmente. Ningún individuo era responsable de su suerte.

Tras la instauración de la RDA, la Stasi hizo construir a los presos un nuevo edificio, en el que refinó el sistema aún más. A partir de los años cincuenta, los internos ni siquiera sabían adónde los conducían. Ingresaban al recinto con los ojos vendados y ocultos en un camión que decía PESCADO (Con el tiempo, como el pescado escaseaba, fue necesario cambiar el camuflaje por FRUTAS Y VERDURAS). Y una vez dentro, perdían todo contacto con el mundo.

Tampoco estaban permitidas las relaciones entre los internos. Ninguno sabía quién estaba encerrado al lado. No había un comedor ni duchas comunes. Desde luego, tampoco era posible relacionarse con los carceleros o los interrogadores. Para asegurarse de ello, el personal rotaba frecuentemente. Los presos podían pasar años sin más contacto humano que el de los interrogatorios.  Cada vez que alguno abandonaba su celda, se encendía una luz roja en el pasillo. Era la señal para que nadie más circulase.

Los prisioneros de la Stasi no tenían vestimenta propia: llevaban un chándal azul y unas pantuflas de reglamento. Tampoco tenían nombre. Se les llamaba por su número de celda. Cualquier característica individual, cualquier rasgo de personalidad, era borrado.

El reglamento del presidio estaba lleno de normas absurdas, que era imposible respetar por completo. La más increíble era la obligación de dormir boca arriba y con los brazos extendidos. Durante la noche, cada diez minutos, un oficial se asomaba por la mirilla de la celda y despertaba a los internos que no durmiesen en la posición correcta.

¿Por qué una posición obligatoria para dormir? Una razón tenía que ver con los presos y otra, con los guardianes. Los primeros debían saber que eran vigilados constantemente, y que eso formaba parte de su condena. La mayor parte de sus pesadillas –especialmente de las mujeres- tenía que ver con las mirillas de las puertas y los ojos que observaban a través de ellas todos sus movimientos. En cuanto a los guardianes, era necesario que percibiesen que los internos incumplían las normas constantemente. Sólo así se sentirían justificados para castigarlos con dureza.

En efecto, todo en estas instalaciones está diseñado para evitar el complejo de culpa de los funcionarios. Las cortinas de las salas de interrogatorios están bordadas con flores y encajes. El papel mural estilo años setenta recuerda a las primeras películas de Almodóvar –eso sí, en colores opacos y sosos-, y las losetas del pasillo producen un efecto “casa de la abuela”. Nadie golpeaba a los internos, y en toda la visita, no se ve un solo instrumento de tortura física.

El terror de Berlín era aséptico y esterilizado, como cualquier trabajo de oficina, porque estaba sistematizado, y por tanto no era responsabilidad de nadie en particular. Los guardias realizaban su monstruosa misión en la misma atmósfera rutinaria que un registrador de la propiedad. Los interrogadores eran caballeros amables que decían: “usted puede salir de aquí cuando quiera. Sólo tiene que echarnos una mano, igual que han hecho ya sus amigos”.

El trabajo en esta cárcel no era destruir el cuerpo sino las certezas de los individuos, que forman la base de su voluntad. Aislados del espacio y de los hombres, despojados de identidad e intimidad, los humanos se derrumban. Por eso, el objetivo de la política penitenciaria, a largo plazo, ni siquiera era recabar información útil, sino anular la iniciativa de los internos.

Significativamente, la tortura más extrema y última parada de la visita es el cuarto oscuro. Encerrado ahí, el preso no sabía si era de día o de noche, y las paredes estaban acolchadas para que ni siquiera pudiese darse cabezazos contra las paredes. No sólo estaba privado de un lugar y de un nombre, sino que ni siquiera era capaz de distinguir el día de la noche, y la cordura de la demencia. En esa habitación, donde se diluían las últimas certidumbres de los hombres, la prisión alcanzaba el punto más alto de burocratización de la crueldad.    

Artículo publicado en: El País, 30 de septiembre de 2007.

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1 de octubre de 2007
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Historia de dos continentes

El 20 de mayo de 1911 tuvo lugar una esplendorosa fiesta de sociedad. Desde las diez de la noche, elegantes carruajes y automóviles transitaron por Aragón y Roger de Lluria. En ellos se desplazaban damas con sombreros gigantescos tupidos de plumas, y caballeros con pajaritas y bigotes atusados. Su destino, un palacete en el pasaje Méndez Vigo. La fiesta incluyó una cena espléndida y dos orquestas que alternaban rigodones aragoneses con ritmos caribeños y valses con two steps. La música no paró de sonar hasta el amanecer. Según diría la prensa, los invitados “lo más selecto de la ciudad y de la numerosa y distinguida colonia americana”. La ocasión: la fundación de la Casa de América.

Corrían tiempos fastuosos en Méndez Vigo y, por cierto, en el planeta que estrenaba siglo. En México triunfaba la revolución. En Perú se descubría Machu Picchu. El hombre conquistaba el Polo Sur. El primer estudio cinematográfico se abría en Hollywood. El Titanic conocía el mar. El futuro parecía un lugar feliz, y aún nada había tenido tiempo de hundirse.

La Casa de América de Cataluña –la primera de Europa- no era en realidad una institución cultural como se entiende hoy en día. Más bien, era un centro de negocios que respondía a las realidades del nuevo siglo. La relación de España con América Latina había dado un vuelco desde el fatídico 1898. Tras la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, la economía colonial había terminado de derrumbarse. EEUU inauguraba su hegemonía en la región a costa de la Metrópoli derrotada. Los negocios españoles en las ex colonias quebraban, incapaces de enfrentar la libre competencia. Los productos americanos llegaban a la península mucho más caros. Y con ellos, regresaban los que se habían ido a hacer la América y habían terminado deshechos por ella.

La nueva institución reunía los contactos de todos ellos. Más de 80 agentes comerciales en todo el continente recababan información sobre posibilidades de mercados, infraestructura, procesos legales y materias primas. La información más valiosa estaba reservada a los socios de la Casa que aportasen cuotas más altas, pero la consulta de periódicos y documentación pública era gratuita. Por primera vez, una entidad entendía a América Latina como un socio comercial, ya no como un bebé rebelde. Quizá la iniciativa surgió en Barcelona porque los catalanes no habían tenido tiempo de ser ciudadanos del imperio (un real decreto les había prohibido la entrada a las colonias hasta el siglo XVIII). O quizá simplemente sea cierto aquello de que son más pragmáticos.

Pero los años dorados no se prolongarían. Primero llegó la I Guerra Mundial. La posterior crisis económica redujo a la mitad el número de socios de la Casa. Y cuando ya se había recuperado, estalló la Guerra Civil. Las bombas de los nacionales no sólo volaron los edificios y el puerto de Barcelona, sino también una manera de entender América Latina.

Muchos de los socios de la Casa –entre ellos Francesc Cambó y el primer secretario general Rafael Vehils- se exiliaron en América. Los que quedaron, nunca consiguieron vencer la desconfianza de un régimen caracterizado por la nostalgia colonial. La Casa tuvo que sobrevivir alquilando sus máquinas de escribir y vendiendo el papel viejo. La mayoría de sus contratos fueron rescindidos. Finalmente, en 1948, Manuel Fraga abrió un Instituto de Cultura Hispánica y la Casa de América desapareció como tal para convertirse en su delegación.

El regreso de la democracia renueva el proyecto, y desde el año 2006, la institución recupera su nombre. Pero el mundo ya no es el de hace un siglo. Hoy en día, no hace falta tener agentes en América Latina. Los latinoamericanos están aquí, y son un porcentaje creciente de la población catalana. En este contexto, la Casa de América dedica buena parte de sus esfuerzos a la integración mediante la cultura. Financia proyectos culturales de asociaciones de inmigrantes, pero sobre todo, brinda a sus autores apoyo logístico y los pone en contacto con las instituciones que puedan respaldarlos, creando redes de difusión cultural que puedan funcionar por sí mismas.

Además, en un mundo globalizado, los problemas de un país son los problemas de todos los demás. Casa de América es un centro de intercambio de conocimiento y reflexión. Cuando vino Sergio González, un escrupuloso investigador del feminicidio en Ciudad Juárez, se reunió con representantes de los mossos d’esquadra especializados en violencia de género, drogas y mafias. El ministro boliviano de Agua, Abel Mamani, conferenció aquí con las ONGs que trabajan en su país. Aleida, la hija del Che Guevara, desbordó el pequeño auditorio con cientos de personas.

Toda esta historia está colgada de las paredes del local de Casa de América (Córcega 299, entresuelo) en una exposición que reúne a sus protagonistas: desde Cambó hasta Carlos Fuentes, desde Vehils hasta Carlos Monsiváis. Maragall. Gilberto Gil. Juan Manuel Serrat. El juez Juan Guzmán. Gabriel García Márquez. Los rostros que pueblan la exposición encarnan mucho más que la historia de una institución: la historia de dos continentes y sus miradas mutuas, a veces coquetas y curiosas, a veces violentas, a lo largo del convulso siglo XX.       

Artículo publicado en: El País, agosto 2007.

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7 de septiembre de 2007
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Turquía en ambos lados del espejo

El castillo blanco, la última novela de Orhan Pamuk traducida al español, narra las aventuras de un científico veneciano capturado por los turcos en el siglo XVII. Ya en tierra firme, el científico es adquirido como esclavo por un astrónomo local ansioso por aprovechar sus conocimientos para ganarse el favor del sultán. Pero esclavo y amo guardan entre sí un notable parecido físico. Y conforme transcurre la trama, empiezan a confundir sus historias, sus vidas y sus memorias hasta borrar los límites entre uno y otro. En una de las escenas más expresivas, los dos personajes se miran juntos en el espejo, y no consiguen discernir quién es quién.

La metáfora de Pamuk describe con gran precisión la actualidad política turca, que responde a esa misma crisis de identidad. La última convocatoria de elecciones anticipadas significó un nuevo choque entre el pasado musulmán –el del país y el del candidato Abdullah Gül- y el laicismo de estado occidental. Pero al final, con la previsible elección como presidente de Gül, el conflicto se cierra volviendo al punto de origen.

De cara al interior, el principal reto del nuevo presidente será apaciguar a las Fuerzas Armadas, guardianes del laicismo desde la fundación de la Turquía moderna. El último golpe de Estado, hace sólo diez años, forzó la dimisión de un ejecutivo islamista. Y este 16 de agosto, en su discurso de despedida del cargo, el general del Ejército Egeo Sukru Sariisik advirtió que su institución protegería a la república secular “contra toda amenaza interior o exterior, especialmente contra los esquemas mentales arcaicos, como ha hecho en el pasado, hasta la eternidad”.

Sin embargo, parece improbable que los pragmáticos islamistas turcos pongan en riesgo los límites entre iglesia y estado. Por lo pronto, Gül ha garantizado que nada cambiará y ha tratado de recabar apoyos entre todos los sectores sociales. El velo musulmán que luce su esposa no parece una razón de alarma demasiado contundente. La constitución de un gabinete de consenso bastaría para aplacar los ánimos.

El verdadero obstáculo se sitúa en el frente exterior. Durante años, el gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, en el que Gül ha ocupado precisamente la cartera de Relaciones Exteriores, ha jugado todas sus cartas a la integración en una Comunidad Europea que le hace ascos. Hoy, la izquierda turca considera que Erdogan obedece mansamente a Europa, brinda apoyo militar a sus campañas y liberaliza la economía ampliando la brecha social, sin recibir nada a cambio. La extrema derecha, que se alimenta del nacionalismo despechado, les ha robado a los islamistas moderados un puñado de escaños parlamentarios en las elecciones de julio.

El hiperactivo Nicolas Sarkozy, que además se está convirtiendo en la única cara visible de Europa, no les pone las cosas más fáciles a Erdogan y Gül. La propuesta francesa de una “relación privilegiada” con Turquía como parte de una liga Mediterránea ha sido tomada como un insulto por amplios sectores del país. Un periodista de Estambul me dice: “Libia prácticamente ha secuestrado a un grupo de enfermeras para liberarlas a cambio de armas. Nosotros hemos pasado por un proceso de reformas y estamos construyendo un estado con garantías y libertades. Pero la propuesta de Sarkozy pone a ambos países en el mismo saco. ¿Debemos tratar de complacer a unos estados que ni siquiera saben quiénes somos?”

La respuesta, al menos en algunos sectores sociales, empieza a ser que no. Europa es un club exclusivo, pero no es el único. Muchos de los analistas y escritores con que hablo durante mi viaje siguieron con interés la cumbre de la Organización de Cooperación de Shangai, que estuvo sazonada con ejercicios militares conjuntos de Rusia, China, Kirguistán, Kazajistán, Uzbekistán y Tayikistán. Desde ese escenario, Putin reclamó un mundo multipolar en clara alusión a la hegemonía norteamericana. La presencia de Irán como miembro observador también fue elocuente.

El acercamiento de Turquía a la Organización de Cooperación de Shangai ni siquiera se ha planteado, pero en Ankara, algunos analistas opinan que se puede convertir en una alternativa interesante a la altivez de la UE. De momento, la organización parece demasiado débil en comparación con la OTAN o el Mercado Común Europeo, pero tiene otras ventajas: por un lado, les ahorra a sus miembros las incómodas exigencias de credenciales democráticas. Por otro, países como India y Pakistán ya han mostrado interés por ingresar en ella. Finalmente, en un grupo con miembros menos ricos, la importancia relativa de Turquía sería mayor.

La palabra clave de todo esto es “energía”. Según los defensores de un acercamiento a Asia, conforme la política internacional se vuelve más dependiente del petróleo, el gas y el uranio, aumenta el interés geopolítico de Turquía como umbral entre los yacimientos de Asia Central y los sedientos consumidores europeos. Ocupada como está en ser una cofradía cristiana, Europa no parece considerar siquiera ese aspecto.

Hasta ahora, nada de esto pasa del territorio de la conjetura. Pero sin duda, Turquía no será la única perjudicada con el rechazo de la UE, y quizá, ni siquiera la principal. En cierto modo, ese país siempre será un espejo con dos caras, como el de la novela de Pamuk. Si Europa no reconoce su propia imagen en ese espejo, podría descubrir, cuando ya sea tarde, que el cristal se ha vuelto transparente, y que Turquía está del otro lado. 

Artículo publicado en: El País, 29 de agosto de 2007.

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31 de agosto de 2007
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Escombros

Cuando hay una catástrofe en tu país, y tu estás en una playa a quince mil kilómetros de distancia, te sientes culpable. Es absurdo, porque tampoco podrías hacer nada si estuvieses ahí, pero es inevitable. Llamas y escribes a la gente que conoces sólo para saber cómo están. En el fondo, sabes que están bien. Pero quieres escucharlo. Algo te dice que estabas en el lugar equivocado, y te sientes mal por haber sido feliz mientras todo se venía abajo. Literalmente.

Durante el terremoto peruano de la semana pasada, la mayoría de mis amigos y parientes estaban en Lima, a unos cuatrocientos kilómetros del epicentro. Aún a esa distancia, los edificios se sacudieron y algunas casas viejas se vinieron abajo. Los limeños estamos habituados a los movimientos sísmicos. Sabemos que hay que guardar la calma, evitar los ascensores y colocarse al aire libre o bajo los dinteles de las puertas. Pero por lo general, para cuando llegamos a ellas, todo ha terminado. Esta vez, en cambio, el movimiento continuó. Parecía que nunca acabaría. 

Los primeros días, cuando llamaba, me daban un reporte de muertos. Van trescientos. Van cuatrocientos cincuenta. A partir de los quinientos, han dejado de contar. No sé si se han cansado o es que ya nadie espera encontrar los restos que faltan.

La zona afectada es litoral desértico. Casi no llueve. Por eso, las casas de los pobres son de adobe, incluso de estera. Y hay muchos pobres. En Chincha, por ejemplo, se concentra la mayor población negra del país, porque ahí estaban las antiguas haciendas azucareras en que trabajaban los esclavos.

Pero cuando veo las noticias y hablo con los peruanos, percibo que lo más precario no eran las viviendas, sino los vínculos sociales. Los tenderos han empezado a vender el agua y los víveres al doble del precio. Los transportistas cobran el triple por llevar a la gente a la zona. Los asaltantes campean a sus anchas aprovechando la falta de luz eléctrica. Muchos pobladores perciben que su supervivencia sólo es posible a costa de los demás. El producto de la miseria material es la miseria moral. Es difícil ser solidario cuando te estás muriendo.

Cuando llegue el momento de reconstruir, habrá que empezar a repartir dinero y recursos. Habrá que decidir quién recibe y quién no. Para entonces, será necesario tener un proyecto común en la región que permita rescatar la economía sin descuidar a los damnificados. A mediano plazo, ese es el reto más difícil del Estado: rescatar de los escombros un tejido social.

Artículo publicado en Tiempo, el 24 de agosto de 2007.

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24 de agosto de 2007
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El secreto Prochazka

No consigo recordar cómo llegó a mis manos un ejemplar de Un único desierto. Sé que nadie me había hablado de él, y que lo hallé husmeando en alguna biblioteca. Pero no recuerdo si era la de mi casa, o la de alguno de los amigos que nos robábamos libros mutuamente. Incluso he olvidado cuándo ocurrió. Mi imagen mental de esta lectura parece demasiado antigua para ser posterior a 1997, su año de publicación.

Supongo que mi memoria ha querido rodear al libro de un halo de misterio, como si fuese el hallazgo de un manuscrito perdido. Yo no conocía ningún otro título de ese autor, ni de esa editorial con nombre de aventura a lo desconocido: Australis. Y al menos en mi imaginación, el apellido de Enrique Prochazka tenía ecos góticos de Europa Oriental. Pero sin duda, el ingrediente principal del secreto Prochazka eran los propios relatos, que me abrieron las puertas de un universo inexplorado. 

En esos años –esto sí lo sé con seguridad- yo devoraba cuentistas limeños: Ribeyro, Bryce, Cueto, Ampuero, Loayza, Niño de Guzmán. Además, acababa de descubrir a los latinoamericanos reunidos de la antología McOndo, compilada por Alberto Fuguet y Sergio Gómez. Con esos antecedentes, mi concepto del cuento se había vuelto muy compacto, y podía resumirse en cinco reglas. Quitando el principio básico de la brevedad, un cuento tenía que ser 1) urbano, 2) realista, 3) intimista, 4) clasemediero, y preferentemente 5) triste.

Ya. Estaba Borges, estaba Cortázar, pero eso había sido hacía mucho tiempo (Supongo que cuando tienes veintidós años, “mucho tiempo” es muy poco en realidad). En todo caso, daba igual. Mi vida podía estar llena de complicaciones e incertidumbres, pero al menos, yo tenía claro qué es un cuento.

Hasta que Un único desierto barrió mi única certeza.

Los personajes de estos cuentos no se llaman Alberto ni Pedro, sino Frithleif, Kazka o, mi favorito, Choktoi el Teócrata, Sacerdote Espléndido de todos los Valles de Zungaria. Sus peripecias no discurren por Lima la gris, por las cantinas del centro o la garúa del malecón, sino por Rusia, Camboya o Filipinas. Ni qué decir que no son poetas malditos o funcionarios mediocres, sino arqueros, sacerdotes, hechiceros de la Edad Antigua, la Edad Media o el siglo XX.

Todos consideran –incluso el autor, según el Testamento que incluye en la primera edición- que estos son cuentos borgianos. Y sin duda, el tema recurrente del doble y los escenarios enciclopédicos lo emparentan con el autor de El Aleph. Pero las ficciones de Prochazka no se agotan en esa influencia. Hay referencias literarias mucho más explícitas, como Orwell o Kafka. Y sobre todo, hay un universo creativo más personal del que su propio autor parece reconocer.

Los personajes de Un único desierto se enfrentan siempre a leyes cósmicas que escapan a su control. El revolucionario del futuro traza un juego de poder circular, el arquero se dispara a sí mismo, el electricista no consigue morir, y todos se aproximan en cada párrafo a un descubrimiento fatal, y a menudo mortal. Todos son especialistas en un arte, y consideran que todos sus movimientos están bajo su control. Pero su soberbia les hace transgredir un límite. Entonces descubren que sólo son piezas en un engranaje infinito, peones en el ajedrez del universo. Las historias de este libro retratan la impotencia del sabio, que cree en su conocimiento como una herramienta para trascender a los demás y entiende tarde, demasiado tarde, que ese conocimiento tan sólo lo guía directamente al abismo. Que todo su aprendizaje vital no ha sido más que el camino hacia la muerte.

Para mí, o al menos para el lector que yo era a fines de los años noventa, el mundo real era un lugar previsible, poco interesante y, lo peor de todo, profundamente feo. En el Perú de esos años, los seres humanos eran unas alimañas regidas por objetivos mezquinos cuando no francamente desagradables. Las máximas que guiaban la vida eran, más o menos: gana dinero, ten sexo y engaña a quien puedas, y si así no eres feliz, es probable que seas idiota. La televisión te exigía eso todo el tiempo, desde el programa de Laura Bozzo hasta los vladivideos. En la literatura, todo el mundo quería escribir como Bukowski. Los de mi edad salíamos de la universidad, nos estrenábamos en la vida, y se sentíamos obligados a convertirnos en algo repelente o huir.

Un único desierto fue uno de los escapes más bellos. Quienes lo descubrimos, encontramos en sus páginas un mundo en el que reinaba un orden. No me refiero a un orden político o social, sino a una armonía cósmica. Unas leyes que estaban por encima de los hombres y del tiempo, y unos personajes de ambiciones tan desmesuradas que trataban de dominarlas. Honestamente, nos habría bastado con cualquier aspiración más alta que una bragueta. Pero Un único desierto era mucho mejor.

Mi recuerdo más intenso del libro es que estaba lleno de poderosas imágenes visuales. Yo volé con Taylor mientras huía de la cárcel, y comí tortugas en una isla desierta con Valderrama, conquistador de la nada. Recibí un medallón de manos de Conrado de Mazovia y le disparé a Bu flechas que no podrían perderse. Y por unos instantes, mientras convivía con esos personajes, creí de verdad que el mundo era ése, y no la ciénaga que encontraba al abrir los ojos. Le estoy profundamente agradecido por eso a Enrique Prochazka. 

Pocos meses después de leer el libro, descubrí que Enrique Prochazka y yo teníamos una amiga común. Ella trabajaba con él en un ministerio. Recuerdo que me costó asimilar que el fantasma de Prochazka se materializase, para colmo, trabajando en un ministerio: ¿De verdad es un ser humano normal? ¿No vive entre conjuros y hechizos? ¿Tiene una oficina? ¿Va al baño? Yo también era empleado público, y pensé vanidosamente que huíamos de lo mismo, y que durante la fuga, él me había permitido acompañarle en un tramo de su camino.

Nunca lo conocí personalmente.    

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17 de agosto de 2007