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White y Crane

Una tarde fría de la primavera de 1894, el novelista Stephen Crane paseaba con su amigo Jim Huneker por el Bowery neoyorkino cuando, al ir a entrar en el restaurante del hotel Everett House, se les acercó un muchacho de no más de quince años que pedía en la puerta; agradecido por los 25 centavos de limosna, el mendigo, hermoso "como un ángel de Rossetti", les siguió hasta el interior del hotel, dándose entonces cuenta Crane de que el chico iba pintado, "carmín en los labios y kohl en los ojos", y perfumado como una mujer pública. Esto sucedió realmente, de creer el relato de Jim Huneker. Lo que siguió al encuentro con el joven y enfermo prostituto Elliott, lo que Crane escribió o no en torno a su figura (nada se ha conservado del supuesto relato inconcluso), es la base sobre la que Edmund White desarrolla esta fascinante novela en dos tiempos y dos líneas narrativas que es Hotel de Dream (Lumen, Barcelona, 2010), eludiendo las trampas, a veces letales, de la meta-literatura, y triunfando además en algo más difícil: crear personajes de personas históricas (Joseph Conrad, Henry James, H. G. Wells, el propio Crane y su mujer Cora, entre otros) sin caer en el guiño para resabiados ni en el pastiche.

    Mezclando la tercera persona narrativa y la voz del autor de ‘La roja insignia del valor', White reconstruye en una serie de capítulos alternos el final de la vida del gran novelista norteamericano, muerto de tisis en un hospital de Baviera antes de cumplir los veintinueve años. Cuando narra, White introduce a la vez, en episodios de gran comicidad, a los escritores de aquel tiempo que admiraban al joven y ya consagrado Crane, aunque de esos capítulos, lo esencial es la semblanza de Cora Taylor, una mujer casada que, después de enamorarse de Crane en Jacksonville, donde ella regentaba el burdel Hotel de Dream, le siguió a Grecia para cubrir como periodista, al tiempo que él lo hacía por su parte, la guerra greco-turca de 1897. La Cora vivamente retratada por White es ardorosa, inteligente, fiel, desconfiada de los literatos que visitan al escritor enfermo y provista de la formidable sensualidad adquirida en su oficio prostibulario: "Le gustaba [a Crane, escribe White en una sugestiva escena sexual del capítulo 14] que Cora conociera tan bien el cuerpo masculino".

    Lo que da sin embargo a ‘Hotel de Dream' su categoría de refinado y conmovedor artefacto novelesco es aquello que White imagina y recrea enteramente a partir de ese cuento nunca encontrado que, según ciertos testimonios, Crane empezó a escribir, tras conocer a Elliott, con el horrendo título de ‘Flores del asfalto'; White lo cree falso y lo cambia por su cuenta a ‘El chico pintado'. Esta parte, que se inicia como contrapunto de la agonía de Crane, acaba apoderándose enteramente de ‘Hotel de Dream', y la desmesurada y trágica pasión que viven en ella el atractivo muchacho y el atormentado banquero Theodore Koch es mucho más que el correlato ficticio de las últimas horas de amor crepuscular entre Stephen y Cora. Ejerciendo su libertad de fabular, White refleja en ‘El chico pintado' el escenario urbano de una Nueva York en sus bajos fondos (ya muy presente en la primera gran novela de Crane, ‘Maggie, una chica de la calle'), traza con una gracia picante los perfiles de un universo gay decadentista y excéntrico, y va desarrollando el destructivo romance de Theodore y Elliott, que tampoco en esta novela imaginaria acaba del todo, aunque sí alcanza un magnífico clímax con los consejos urgentes y precisos que el moribundo le va dictando a Cora para que Conrad o James la puedan concluir. No contaremos el sorprendente giro del desenlace.

   Edmund White, reconocido desde su primera obra maestra ‘La historia particular de un muchacho' y seguramente menos leído que otros autores de su generación (nació en 1940), es a mi juicio el mayor prosista que hoy escribe novela en América. Esto, que convierte la lectura de sus libros en un placer constante, puede ser un tormento para sus traductores. Cruz Rodríguez lleva a cabo su cometido con solvencia; hay algún pequeño problema de comprensión, un feo error o errata al llamar Antonio al Antinoo del emperador Adriano, y, lo que es peor, un desliz al describir la voz (página 16) y también ciertos modismos de Henry James.

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17 de febrero de 2011
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La tesis Chua

 

Una visita se ha dejado un libro encima de la mesa. Hemos hablado de cómo hace furor en América y luego el volumen se ha quedado olvidado. Yo no había tenido nunca en la mano un bestseller americano, este tiene muy buen aspecto y está bien hecho. Se titula Battle Hymn of the Tiger Mother, la autora es Amy Chua, y desde que el mes pasado el Wallstreet Journal publicó un avance bajo el título “Por qué las madres asiáticas son mejores”, causa un comedido revuelo en Upper West Side y alrededores.

Quizá por aquello de que China está de moda, la portada hace un guiño al libro rojo de Mao. La señora Chua, que es profesora en Yale y ha publicado libros sobre transacciones internacionales, globalización, desarrollo y otras materias inauditas, ha hecho un bestseller narrando cómo formó a sus dos hijas para el éxito. No más les prohibió dormir en casa ajena, ir a fiestas de cumpleaños, jugar con el ordenador, participar en el teatro de la escuela y sacar cualquier nota que no fuera sobresaliente, quitando gimnasia y teatro, materias que Chua abomina. Las jóvenes Chua tenían que practicar dos horas al día, una el piano, y la otra el violín. Llegado el caso, no podían ir al baño ni beber agua hasta terminar a satisfacción los ejercicios. Chua presume de haberlas amenazado con cuatro años sin regalos, más la destrucción de todos sus juguetes, como motivación para los pasajes difíciles. Dice que la mayor le ha salido obediente, y fue públicamente expuesta como aspirante a pianista prodigio en el Carnegie-Hall. La menor, en cambio, se pasó al violín y odia ligeramente al piano y su madre.

Chua incide en la preocupación de los padres de clase media por el ascenso social de sus hijos y en el tópico de la superioridad de los niños prodigio de origen asiático. ¡Y todo esto sucede cuando la prensa segura que América le entrega el relevo de superpotencia mundial a China! Con tan fausto motivo, el libro de Chua comparte el mayor número de pilas en las librerías americanas con When China Rules the World de Martin Jacques, que anuncia el acabóse del mundo occidental.

Chua acongoja a los americanos con detalles como comprobar que al matricular a sus hijas en la Juilliard School de Nueva York vio que prácticamente todos los padres eran extranjeros. Y dado que muchos americanos se admiran de la cantidad de genios matemáticos y musicales que engendran los chinos, Chua les dice cómo hacerlo, y para empezar aconseja prohibir a los hijos la elección de hobbys. Entonces los padres americanos se preguntan si la señora Chua es una madre o una monstrua, mientras quedan sumidos en la inseguridad, dado que la última moda parecía ser que eran los hijos quienes educaban a los padres, y el veredicto de Pisa parece cada vez más inclinado a los países asiáticos. Para consuelo de afligidos, siempre se puede apuntar que el suicidio es la segunda causa de muerte entre las jóvenes chinas americanas.

Cuando la hija pequeña tenía cuatro años, confeccionó una tarjeta como regalo de cumple de su mamá, y Chua sostiene que le devolvió el regalo por defectos de fábrica, con la terminante indicación de que podía hacerse mucho mejor, porque ella misma fue educada así, y el éxito habla solo: es la mayor de cuatro chinas que consiguieron ingresar en la Liga Ivy, y hasta su hermana que tiene síndrome Down ganó dos medallas de oro en los Paralímpicos. 

Chua asegura estar orgullosa de haber expedido esta frase en clase: “Ahora contaré hasta tres, y luego quiero musicalidad. Si la próxima vez no es perfecta, cojo todos tus muñecos de peluche y los quemo”. También le honra la confesión de que el método funciona bien solo la mitad de las veces. La pequeña le dijo una tarde: “No soy china. No quiero ser china. Odio el violín. Odio mi vida. Te odio a ti”. Y consiguió permiso para jugar al tenis. 

Chua dice haber llevado al éxito a sus hijas musicales, y también al estrellato, porque espera que el libro también las haga famosas a ellas, ahora que tienen dieciocho y catorce años, y están tan formalizadas que, para destacar, casi no les queda más que el crimen o la calle.

Veo que también ha aparecido la versión alemana del libro. La han titulado Die Mutter des Erfolgs (han renunciado a la espectacularidad del  título original: una traducción literal de Battle Hymn sería Schlachtgesang, pero la preceptiva ordena hipocritear ante tales palabrotas, que sonarían como sacadas de las películas de propaganda de las SS que cautivaron a Grass), le han resaltado el look de libro rojo de Mao, y los comentaristas se han esforzado por hacerse los impresionados.

Algunos expertos en entelequias creen que la publicación podría valer como excusa para un debate entre confucianos y aristotélicos. Pero, por lo visto, la tesis Chua tiene un acompañamiento de ñoño continuo que desmotiva hasta el escándalo. 


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17 de febrero de 2011
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Mentirosos

Uno mintió cuando dijo que no fumaba. Defendió luego su derecho a la mentira poética. El otro mintió cuando dijo de alguien que había sido detenido en una operación policial en Arganzuela contra una trama de explotación sexual. No sé yo cómo hará luego para defender su derecho a mentir. ¿También razones poéticas?

El contraste no puede ser más claro. Uno con la palabra quiere reforzar la retórica falaz de su defensa del tabaco. El otro la utiliza para desacreditar a quien detesta y perjudicarle en su fama y en su reputación. Uno con sus mentiras no perjudica a nadie, salvo a sí mismo. El otro con las suyas hiere y con contumacia: quiere herir y dañar. Hay un abismo entre ambos. Uno jamás habla de moral, mientras que el otro se la lleva a la boca en cuanto le dan la ocasión. La frivolidad de uno y la inmoralidad del otro nos aleccionan sobre el sonido hueco de ciertas palabras y los escasos escrúpulos de quienes percuten sobre ellas como en un tambor. Quien esto hace no es un mentecato, o no solo, es sobre todo un inmoral. Y lo peor es que lo que ha destruido su sentido moral y su credibilidad como periodista no es más que la vanidad.

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16 de febrero de 2011
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Flebas, fenicio muerto

Algunos seguidores de este blog habrán recordado de inmediato el poema de T.S. Eliot que canta la muerte de Flebas el fenicio y cómo le posee el olvido de las gaviotas chillonas, del undoso mar, de las pérdidas y las ganancias.

Phlebas the Phoenician, a fortnigth dead

Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell

And the profit and loss.

    Pertenece a uno de los más bellos poemas del siglo XX, The Waste Land, y de los más oscuros. Superior, a mi modo de ver, al tan celebrado Four Quartets. Ciertamente la muerte por agua es distinta de toda otra muerte.

Richard Henry Dana, de la quinta de Charlotte Brontë, se hizo a la mar en 1834. Marinero del Pilgrim cuando apenas salía de la adolescencia, no regresó al puerto de Boston hasta 1836. Su diario, anotado con las fatigas, gozos, angustias, sacrificios, esplendores y desdichas de un marinero raso, se publicó en España con el título "Dos años al pie del mástil" en traducción de Rivas Cherif. Ha habido luego otras versiones, pero yo le tengo apego a la antigua, escrita en un español sabroso y algo arcaico. Por ejemplo, el nombre del autor viene como Ricardo Enrique (R.E.) Dana, lo que despista porque en las ediciones inglesas aparece, claro está, como R.H.

    Entre otras muchas páginas que ilustran sobre el mundo antiguo de los grandes veleros que doblaban por el Cabo de Hornos para negociar en una California aún española, Dana, que había cursado estudios en Cambridge y cuyo enrolamiento obedecía a razones éticas y psicológicas, nos comunica su descubrimiento de la muerte por agua. En una desdichada maniobra, uno de sus compañeros, criatura de veinte años que trataba de ajustar una gaza en la cofa del palo mayor, cae al agua y se ahoga. Escribe Dana:
    "Siempre es solemne la muerte, pero nunca tanto como en el mar. Muere un hombre en tierra y su cuerpo queda entre los amigos; pero si se cae por la borda al mar, hay tanta precipitación en el suceso y tal dificultad para encontrarlo que el misterio se apodera de todo."

    Conciso y elegante: el misterio se apodera de todo. El cuerpo ha sido engullido por la nada y a nosotros no nos queda el consuelo de ver el despojo de quien fuera alguien cercano y amado. Las fauces misteriosas de la aniquilación se han tragado al amigo. Entonces nos imaginamos en igual situación: nadie cerrará nuestros ojos. Sentimos la augusta soledad del vacío eterno. Es un clásico: nacemos solos y morimos solos, pero más solos aún si no hay compañía para el cuerpo perdido. Por eso es de una crueldad inhumana, patológica, la tortura de los desaparecidos, como en Chile y Argentina, o la más cercana, cutre, miserable, de esos rufianes que tras violar y asesinar a una niña entregaron su cuerpo a la nada para que el mar la devorara.

 

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16 de febrero de 2011
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I. Excepciones a la regla

Como parte de la intensa jornada con que se celebró en Bogotá el centenario de la fundación del diario El Tiempo, me tocó compartir con José Miguel Insulza, actual secretario General de la Organización de Estados Americanos, y con Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, el panel de discusión acerca del futuro de la democracia en América Latina.

            Las preguntas que pueden plantearse sobre el tema son atractivas, además de fundamentales. ¿Hemos avanzado lo suficiente en el camino hacia la conquista de la democracia como sistema de vida, sin vuelta atrás? ¿Será el siglo veintiuno el siglo de la consolidación democrática? ¿Tenemos todos, gobiernos y ciudadanos, una sola visión de la democracia? ¿Ha desaparecido el caudillismo que desprecia las reglas constitucionales y el orden legal, o por el contrario, sobrevive como un fantasma del viejo pasado?

            Que ha habido progresos, fue algo en lo que los tres panelistas estuvimos de acuerdo. Quienes quieren quedarse para siempre en el poder, acomodando a su antojo las leyes, y despreciando y manipulando la Constitución, no son la regla, sino la excepción, y son los que sin duda están expuestos a los vientos de cambio que hoy día soplan con inusitada fuerza desde oriente, esas rebeliones ciudadanas que llenan las plazas y no cesan sus airadas protestas, día tras día, noche tras noche, hasta que el tirano que se cree eterno tiene que marcharse por la puerta de la cocina, huyendo de las iras populares.

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16 de febrero de 2011
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Nuestra naturaleza

De la correspondencia con Felix de Azúa de la que aquí  he venido haciendome  eco, me inquieta el siguiente párrafo sobre el tema recurrente del capitalismo como expresión social de la naturaleza humana : "Es simple condición humana y del mismo modo que los intentos de mejorar esa condición por la fuerza de las armas han conducido a masacres espantosas y a una mayor miseria cuando se produjeron en nombre de Dios, así también cuando se producen en nombre de la filosofía, del proletariado, de la nación o de cualquiera de los dioses secularizados en el XIX".

Interviene Basilio Baltasar en el intercambio de mensajes entre Felix  y yo mismo. Respecto a la tesis de Azúa  relativa a que  el capitalismo vendría a ser la expresión histórica de nuestro código genético,  Basilio me indica que  no ve  inconveniente mayor en aceptarla "como una más de las atribuladas verdades con que la condición humana se enfrenta a su incierto destino". Verdad  que entre otras cosas, explicaría  que el poder financiero se imponga sobre los estados que se hallarían aun tentados de   poner alguna traba a la rapiña de los poderosos sobre los débiles. No obstante Basilio hace la siguiente observación: 

 "Félix deja pendiente el asunto del que estamos hablando desde el año 1: ¿nos resignamos o nos refutamos? ¿Encauzamos la eclosión de nuestra "naturaleza" o damos rienda suelta a sus deseos? Evidentemente, el capitalismo salvaje es una consecuencia del hombre salvaje. Por eso hemos imaginado un proyecto civilizatorio. ¿O no?"

Por hoy dejo la pregunta abierta,  con una precisión: No me parece claro que el capitalismo salvaje sea una consecuencia del hombre salvaje, al menos si por salvaje entendemos un ser humano que, por una razón u otra, ha sido apartado del horizonte del lenguaje y de la vida mediatizada por símbolos. Como muchas de las cosas que remiten al fantasma de un mal radical, la explotación de los humanos no es tanto expresión  de retorno a la selva como expresión del aspecto sombrío de la razón y el lenguaje.

Hace un par de años comentaba aquí mismo mi sorpresa de que el término bestia (utilizado como sinónimo de no civilizado) fuera una y otra vez utilizado para referirse a aquel ser -desde luego bien humano- que en Austria había mantenido a su hija encerrada en un sótano convirtiéndola en objeto sexual. Haciendo una relación de casos de este tipo a fin de justificar una de sus tesis, Freud dice retoricamente "¡pero basta de tales horrores!". Horrores que- como la desolada situación económico social de Haití- tan sólo el hombre provoca...aunque la naturaleza acuda de vez en cuando en su ayuda.

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16 de febrero de 2011
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"Un lieu nommé Oreille-de-chien" en Banon

La villa de Banon

La librería Le Bleuet en Banon

Oreja de perro en versión Gallimard Mi novela Un lugar llamado Oreja de perro ha sido traducida al francés por la estupenda narradora argentina Laura Alcoba, bajo el nombre Un lieu nommé Oreille-de-chien, para editorial Gallimard. Salió a la venta el 3 de febrero y hace unos días un lector de Moleskine Literario me regaló esta bonita sorpresa: Mi libro en la mesa de novedades de una librería preciosa en una pequeña villa francesa, Banon, creada en el siglo XIV, donde además del queso de cabra y la lavanda los libros son una prioridad. Su librería solo cierra una vez al año. Gracias a Luis Aspilcueta por el regalo.  

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15 de febrero de 2011
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Dos escritores impresentables, y un desconocido

La literatura vende, a veces Edward Docx es un escritor británico del que, muy probablemente, ud. no ha oído hablar, así como tampoco yo. Stieg Larsson y Dan Brown son dos escritores (uno sueco y otro norteamericano) de los que quizá ud. (y yo) ha oído hablar demasiado. De eso se trata el artículo de Doczx, de cómo la ficción popular, sin tener argumentos de gran calidad, termina opacando cualquier otra literatura. Dice la nota en The Guardian y traducida en la Revista Ñ:

Estoy entrando en aguas turbulentas. Con Larsson ahora muerto y siendo un tipo tan decente, ¿cómo me atrevo a subir a cubierta para empezar a explicar ?en medio de las tormentas publicitarias y los gritos de Hollywood y la catarata incesante de las ventas? que este trabajo no es muy bueno ni siquiera según los criterios de su género? Bueno, porque, en mi opinión, necesitamos recordarnos la diferencia ?a falta de una mejor terminología? entre ficción literaria y ficción popular; porque, parafraseando mal al ensayista literario Isaac D?Israeli, ?me parece una miserable compulsión nacional sentirse gratificado por la mediocridad cuando tenemos ante nosotros lo excelente?. Hay que discernir muy bien acá porque a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre este tema, el debate tiene mucho de teatralidad. Y esto sirve para ocultar (de ambas partes) una deshonestidad fundamental. Los defensores de la ficción popular no son sinceros en cuanto a las limitaciones, incluso de lo mejor de lo que hacen, siendo a la vez mordaces y falsos en cuanto a la ficción literaria (no hay historia, no pasa nada, etc.). Por su parte, los (igualmente poco sinceros) defensores literarios dicen: ?No nos culpen a nosotros, es culpa del editor ?son ellos los que ponen el rótulo a los libros y nosotros realmente no vemos la distinción?, o, peor todavía, adoptan la postura y el tono de malos actores recitando a Shakespeare y hablan de poesía y de profundidad sin que signifique demasiado ni convenza a nadie. Ambas posiciones son fraudulentas e indican algo (interesante) sobre la forma en que hablamos de literatura y cultura en líneas más generales. Vale la pena volver a abordar la diferencia, ya que todos parecen haberla olvidado o haberse vuelto cautelosos respecto de su articulación. Principalmente esto: que aun lo popular bueno (no Larsson ni Brown) es por definición una forma limitada de escritura. Existen convenciones y éstas limitan el material. Es la forma en que funciona la escritura y montones de personas que no escriben novelas parecen no entenderlo: si necesita un detective, si necesita que su héroe mate al maldito jefe de la CIA, si necesita bromas de compras falsamente feministas, fantástico; pero el correlativo de esas decisiones es una restricción en otras áreas. Si usted sigue las convenciones, un porcentaje significativo del pensamiento y la imaginación queda, entonces, fuera del ejercicio. Muchas decisiones ya están tomadas. De esto se desprende que lo popular tiende a depender de una psicología de lector más simple. Si usted tiene un cadáver en la primera página, la pregunta es: ¿quién lo mató y cómo llegó acá? Y la curiosidad estimula a los lectores durante el recorrido. Como lo hace, por ejemplo, una búsqueda del tesoro (Brown) o la injusticia (Grisham) o el formato de misterio de habitación cerrada (Larsson). Nada de esto significa que escribir buenas novelas de suspenso sea fácil. Sigue siendo difícil. Pero es más fácil. Esas también son las razones que hacen que un policial malo o una mala novela de detectives o de misterio parezcan mucho mejores que una novela literaria mala ?las razones de por qué puede incluso llegar a tener éxito. Aunque un libro popular sea malo, tenemos la curiosidad y la conciencia tranquilizadora de que el escritor finalmente se despachará en contra de las convenciones. La ficción literaria mala, en su mayor parte, carece de esas posiciones alternativas y por lo tanto es mucho peor. Para hacer una comparación: alguien puede decidir montar una gran cadena internacional de hamburguesas y vender millones de hamburguesas. O podría decidir abrir un solo restaurante que ofrezca una noche lasaña de anguila y al día siguiente codorniz bañada en regaliz. A todos nos gustan las hamburguesas y eso no tiene nada de malo. Pero seamos honestos: hay una gran diferencia tanto en la producción como en el consumo de las dos experiencias. Una vez más, vemos por qué la ficción literaria mala es mucho más aburrida que la ficción popular mala. Prestamos más atención al restaurante que afirma haber escogido cuidadosamente los ingredientes y que después empleó habilidad e imaginación para presentarlos en la mesa de una manera original, sorprendente, bella, inteligente y deliciosa. El fracaso en este segundo caso es por lo tanto mucho más irritante. Pero del mismo modo, si usted está en el negocio de la venta de hamburguesas, sus hamburguesas podrán parecer distintas ?puede condimentarlas? pero la verdad es que todas son esencialmente iguales; o se está en el negocio de las hamburguesas o no se está. Por eso los escritores populares no pueden afirmar que lo tienen todo. Pueden llevarse el dinero y las ventas y todo lo que los acompaña. Y podemos admirarlos sinceramente por hacerlo. Pero no habría que permitir que se salieran con la suya sugiriendo que estas cosas nos dicen algo sobre el valor intrínseco o el alcance de su trabajo. Tomemos por ejemplo al [best-séller] Lee Child hablando del tipo de sucedáneo de basura machista que confunde tanto la cuestión: ?El concepto de thriller es: por qué los humanos inventaron la narración hace miles de años. (¿Sí) El mundo era peligroso y estaba lleno de miseria, de ahí que quisieran la experiencia indirecta de sobrevivir al peligro. (¿De verdad?) Es el único género real y todo el resto se desarrolló al costado como lapas. (¿En serio? ¿Lapas?) Yo podría perfectamente escribir una obra de ficción literaria. (No, no podrías.) Me llevaría tres semanas (Seguro que no). Vendería unos 3 mil ejemplares (lo dudo) y sería por lo menos igual de buena que una de la competencia (De ninguna manera). Pero los autores literarios no pueden escribir thrillers. Pueden intentarlo a veces, pero nunca pueden hacerlo. (Crimen y Castigo)?. Me encantaría terminar este artículo abordando las falacias del relativismo, exponiendo los otros errores de concepto que rodean a la ficción popular y la literaria (hay que enfrentarse con la clase) y luego redondear todo con una serie de extractos de cualquier cantidad de buenos novelistas contemporáneos a los que amo ?Franzen, Coetzee, Amis, Proux, Ishiguro, Roth? para ilustrar nuevamente la feliz, rica y texturada diferencia. Pero no hay suficiente espacio. Nuestra cultura está cada vez más congestionada. Existe una enorme presión sobre los libros, una particular presión sobre la ficción y la mayor presión de todas sobre la ficción literaria. Y sin embargo, el idioma, no el fútbol, es nuestro mayor regalo al mundo. De modo que si queremos salvar nuestra excelencia en esta materia de su lenta extinción, simplemente debemos encontrar la forma de exponer más los mejores escritores del idioma a los vagones de gente de una punta a la otra del país que evidentemente siguen teniendo la voluntad y la capacidad de comprar novelas para el viaje. Porque en este momento ?mientras usted lee esto? están siendo sometidos a un intercambio atrozmente malo (y traducido) entre el personaje A y el personaje B en un barco sueco averiado sobre la creación de una industria polaca destinada a fabricar envases para la industria alimentaria. Merecen algo mejor.

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15 de febrero de 2011
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El mal de altura

Tardé años, desde los 10 hasta los 20 por lo menos, en resignarme a no ser nunca alto. Nunca. Otros crecían en la clase sin ningún esfuerzo y ante mi triste asombro. Me quejaba tanto de no llegar la altura de los más encimados que mis protestas provocaron  que mis padres me llevaran a varias consultas médicas, unas para que me recetaran vitaminas otras para que me engañaran prometiéndome una ganancia de tres o cuatro centímetros en los próximos dos o tres años. No hicieron efecto las vitaminas y las mentiras clínicas, a fuerza de repetirse, se hicieron mentiras cínicas. En todo este proceso yo veía en qué tremendo ridículo me colocaba puesto que no sólo declaraba públicamente el pesar de mi pequeñez sino la bochornosa vergüenza de soportarla. Este padecimiento que por la época parecía frívolo o incluso cruel,  respecto a la media de la población,  no era en consecuencia comprendido por nadie. No podía decir que me perjudicara demasiado en la relación con las chicas pero sí me llevaba a esforzarme en los apartes donde procuraba  sacar ventaja a través de la palabra. Una chica me confesó incluso que hablaba como si tuviera cinco o seis  años más. Era precisamente la cifra, más o menos, de los centímetros que me faltaban para presentar una figura elegante.  Poco a poco, sin embargo, basándome en la fatalidad y en las varias novias que había logrado, fui conformándome. Había mucos jugadores de fútbol que me sacaban un palmo pero era fácil en los años cincuenta admirar delanteros, extremos sobre todo, que medían lo mismo que yo.  No terminaba quedándome tranquilo por completo  pero estaba claro que mi rabia, mi envidia, mi resentimiento eran cuestiones que no debía cultivar. 

Cada cual es lo que es: "nadie es mejor que tú  ni tú eres mejor que nadie" me dictó un canónigo que tenía entonces como asesor espiritual y, sobre todo, como modelo cerebral  gracias a las continuas muestras de una inteligencia superlativa. Era tan inteligente como divertido y tan divertido como afiladamente inteligente.  Era tan capaz de convertir lo bueno en malo o lo malo en bueno como si cambiara  el agua en vino y viceversa. Era capaz de revolver un argumento y deducir su contrario con una elegancia que me aficionó mucho a las tallas de la inteligencia y me parece que de ahí viene el que yo no siendo nunca más alto de lo que marcaba el metro supuse que sería acaso más inteligente de lo normal  y, por si faltaba poco, creí hallar una ventaja en mi estatura mediocre porque desde ella era menos fácil distraerse con la vulgaridad del exterior y más sencillo penetrar en los secretos de la mente que mi director espiritual me enseñaba a desentrañar como si partiera almendras.

Director espiritual y médico total. Nunca después he encontrado a nadie  que procurara más confianza ni distracción dentro del indecible tamaño del yo. ¿O sí? O lo que hizo no fue sino agrandar el ego para suplir los tres o cuatro dedos que me faltaban. Y acaso me faltaban precisamente en la frente.

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15 de febrero de 2011
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La velocidad de la revolución

No hay tiempo apenas para tomarse un respiro. Ni siquiera para mantener la atención sobre todo lo que está cambiando. El viernes a mediodía los más escépticos de los occidentales que partían de fin de semana no podían pensar que el lunes a la vuelta todo habría cambiado. Y sólo empezar la semana la oleada árabe sigue en Yemen y en Bahrein, después de golpear todavía muy ligeramente en Argelia, pero ya desborda su ámbito inicial. Hay que cambiar los rótulos: la revolución afecta ahora a los países islámicos, una forma como otra de poner a Pakistán en la perspectiva.

Los buenos conocedores aseguran que así es: el violento mundo del terrorismo islámico que ha crecido alrededor de las madrasas fundamentalistas nos hace olvidar que la demografía y la sociología de esta zona de Asia superpoblada está muy cerca del norte de Africa. Difícil que los jóvenes allí no quieran vivir mejor y vivir en libertad como los árabes y prefieran seguir sufriendo la manipulación fundamentalista. No será una revolución, pero lo que sea va a toda velocidad. Túnez y Egipto no tienen nada que ver, pero eso que se mueve ha derribado ya a dos dictadores y está dando muestras de toda la energía para no parar hasta incrementar la lista. Nada cambia ni nada va cambiar de fondo, aseguran los portavoces de los reflejos conservadores; pero no se conoce ni un solo gobierno de la zona, e incluso más allá, China por ejemplo, que no se haya movido a toda velocidad para amortiguar el descontento y evitar que le pille la oleada. Veremos en qué para todo esto, es verdad. De momento, tanto en Túnez como en Egipto, se ha producido una ruptura democrática. Es decir, las manifestaciones de los ciudadanos han obligado a que quienes detentaban el poder lo abandonaran sin atender a las reglas de juego trucadas que utilizaban para mantenerse en él. Recordemos que en España, tras la muerte de Franco, no hubo ruptura, sino una evolución desde la legalidad franquista hasta la legalidad democrática; una ruptura pactada, ahora podríamos decir una ruptura reformista. En Túnez, con una fuerte tradición constitucional, formalmente se mantiene la legalidad después de la huída del déspota; pero en Egipto ahora hay un gobierno militar de facto, que ha inutilizado la constitución y los procedimientos con los que Mubarak pretendía enredar. Es la diferencia entre lo que va de echar a un dictador a que el dictador se muera en la cama y se celebre el duelo oficial con toda la pompa, aunque luego el cava corra a ríos en bares y casas. No será una revolución, si tanto se empeñan los pesimistas que no creen ni en el cambio político ni en el protagonismo ciudadano del cambio; pero lo que sea tiene toda la alegría y el entusiasmo de una revolución. Además, en un momento especial: cuando el horizonte revolucionario se había eclipsado y todos creíamos, resignados unos y más que satisfechos otros, que los cambios políticos del futuro se realizarían todos después de los debidos conciliábulos en los altos despachos entre quienes saben de estas cosas. No es así. La historia no está escrita. La gente, el pueblo, la ciudadanía puede y debe intervenir en política. Y si vive bajo una tiranía está probado de nuevo, ahora recientemente y gracias a los tunecinos y a los egipcios, que tiene la oportunidad de derribarla. Es un mensaje deprimente para los dictadores y para los países sin libertades, del color que sea, que desborda el mundo árabe e islámico: China y Cuba, por supuesto, Arabia Saudita y Bielorrusia. Con una novedad, además, que la convierte en el primer fenómeno revolucionario del siglo XXI: su carácter vírico, producto de la velocidad con que se transmiten los mensajes a través de los móviles y de la redes sociales: sus efectos globales, producto de la tecnología, pero también de similares condiciones sociales y políticas; y su impronta juvenil, fruto de la demografía explosiva de toda esta zona del planeta. Esta argumentación tiene un corolario. Estos cambios de régimen y estas movilizaciones van a producir un cambio, en muchos aspectos revolucionario, en la forma de conducir las relaciones internacionales. Empezando por la primera superpotencia, cuyo papel, decisiones y estrategias están ahora mismo en revisión y son objeto de crítica por parte de todos los analistas. Un mundo nuevo va a salir de todo esto y una nuevas forma de conducir las relaciones internacionales, haciendo buena la premonición de Julian Assange, pero no aplicada exactamente a la filtración de Wikileaks: The coming months will see a new world, where global history is redefined.

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15 de febrero de 2011
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El Boomeran(g)
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