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Los verdaderos poetas (I)

Por 27 de enero de 2011 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

 

¿Cuándo empezó la persecución de los verdaderos poetas? Algunos estudiosos han propuesto que el cruel fenómeno se remonta a finales del siglo XX, cuando los poetas de la experiencia y de la diferencia se tiraban del moño. Pero recientes investigaciones han sugerido que la represión atroz se inició en la Roma renacentista, en el momento en que un verdadero poeta accedió al papado. Y todo fue que, cuando murió Alfonso Borja, el hábil financiero valenciano que aprovechó ser el papa Calixto III para convertir el purgatorio en el artefacto que remodeló Europa, su sobrino Rodrigo Borja se presentó ante sus ilustrísimas que votaban en el cónclave como un joven cardenal inexperto y humilde: como las votaciones se repetían, no había acuerdo, y todos estaban cansados, les propuso que se pasara al accessit

Hacía mucho tiempo que no se recurría a esa ceremonia, muchos cardenales no sabían en qué consistía, y el propio Borja, buen orador, muy seguro y aplomado, con gran conocimiento de cánones, procedió a explicarla. El accessit es un medio de abreviar las votaciones por escrito, cuando nadie alcanza los preceptivos dos tercios favorables. Cada cardenal ha de aproximarse al altar y decir:  “accedo a los que han votado a Tal”. Estos votos se suman a los escritos y, si se alcanzan los dos tercios, la elección es válida. No les dijo que, en el accessit, las perspectivas de elección pueden dar un vuelco inesperado. Bien porque los votantes minoritarios, ante el temor de ser conocidos como tales, cambian su voto; o bien porque se desvela que los sufragios casi mayoritarios a algún candidato eran una maniobra de distracción. También es lícito no votar a nadie y decir: accedo nemini. El cardenal Nemini ha obtenido muchas veces la mayoría, cuando la rabbia papale hace estragos.

Pero, de repente, cuando algunos aún no acababan de entender qué era el accessit y los votos de la última ronda todavía estaban sin contar, el propio Rodrigo Borja, tras una pausa efectista, proclamó de viva voz su voto al cardenal Æneas Silvio Piccolomini, un literato pobretón en el que nadie había pensado. 

Inmediatamente, se prosternó a sus pies, reconociéndolo como vicario de Cristo. No hizo falta explicar que también es válida la elección por aclamación, inspiracion y adoración. La maniobra era audaz y muy arriesgada. Si, en vez del favorable tumulto esperado, la concurrencia cardenalicia se quedaba indiferente, el desprestigio del adorador y el adorado sería irreparable. Pero el efecto fue fulgurante. Hasta el cardenal Scarampo, el más rico, que ya tenía apalabrada la compra de los votos que necesitaba menos tres, celebró el golpe de mano y aclamó al nuevo pontífice.

Sólo el cardenal D’Estouteville, opulento y ambicioso, que aún se sentía molto papabile, no podía creer lo que estaba pasando, se levantó y clamó furioso: Poetamne loco Petri ponemus?; que vale como decir: “¿Caeremos tan bajo como para elegir papa a un poeta?” Æneas Silvio se permitió recordar que, si bien él padecía el mencionado vicio, el cardenal D’Estouteville tenía uno insalvable: era francés. 

Pío II, el nuevo papa, era un erudito menudo, de ojos saltones, que tomó su nombre de un verso de Virgilio: pius Æneas… Había recibido el capelo cardenalicio de Calixto III y debía la tiara a su sobrino, Rodrigo Borja.

También la inquieta horda de poetas y humanistas entró en efervescencia. En una semana, aparecieron cientos de ditirambos, apologías y retumbos. Ninguno podía reprimir la admiración que profesaba a los escritos del nuevo papa. Pero pronto se vio que Pío II, adulador de papas y prelados diversos, copista de concilios y secretario de emperadores, era un verdadero poeta: también él había sufrido la rabbia papale, siempre había querido ser papa y lo demás era cuento. Todos los verdaderos poetas de la cristiandad sufrieron un amargo desengaño, no eran premiados con cardenalatos, arzobispados ni laureles, por más altura de miras que ponían en la adulación papal. Sólo Filelfo recibió una pensión raquítica en pago de su maledicencia, y el poeta Campanus, por tener un nombre sonoro y ser muy malencarado, recibió un obispado que tenía que sudarse cada día fabricando dísticos como un forzado para gloria de su santidad.

No quedó en eso el escarnio y tormento que Pío II infligió a los verdaderos poetas. Escribió la bula In minoribus agentes donde declaraba execrable la obra de un tal Æneas, particularmente su novela ovina De Euryalo et Lucretia, que estaba siendo objeto de grandes alabanzas por los verdaderos poetas. Pío II renegaba de la obra de Æneas Silvio; sus poemas sieneses, sus comedias alemanas, su hijo alsaciano… todos quedaban sin padre. “No atribuyáis a Pío lo que fue de Æneas”, acababa. Era para volverse loco. Sin saber a quién adular, versificadores y doctos humanistas erraban como almas en pena. Casi un centenar de los más desesperados botaron un bajel en Otranto para ir a la corte del gran turco y mahometizar. Al menos allá, se decían, sabremos con certeza a quién rendir admiración. 

Indignado con aquella fuga de cerebros, Pío II convocó a los príncipes cristianos en Mantua para predicarles la Cruzada contra el gran turco, que recomenzaba su avance sobre Belgrado, envalentonado con la preciosa adquisición de poetas. Llegado el día señalado, ningún príncipe cristiano se presentó en Mantua. Como Pío II no había derrotado a ningún cometa, nadie confiaba en la victoria y, lo más asombroso, nadie se entusiasmaba con la posibilidad de recuperar a los poetas cobistas mahometizantes.

Concibió el papa entonces un plan tremendo. Escribió una carta al sultán Mahomet exhortándole a cristianarse. El latín de la misiva era tan excelso que hubiera corroído de envidia al estilista Cicerón y arrancado tiernas lágrimas al severo Tácito. “Mahomet, —le decía—, ilustre sultán de los turcos, si quieres dilatar tu imperio y hacer glorioso tu nombre, no necesitas oro, ni armas, ni ejército… Basta un poco de agua con que te bautices, te hagas cristiano y creas el Evangelio. Si eso hicieres, no habrá en el orbe un príncipe que te supere ni iguale en poderío. Te llamaremos emperador de los griegos y de Oriente. Ordenaré a todos los cristianos que te veneren y escojan como árbitro de sus litigios. Volverán los tiempos de Augusto y los siglos áureos cantados por los poetas. Habitará el leopardo con el cordero y el ternerillo con el león… las letras latinas y griegas, y también las bárbaras, cantarán tus loores…” Tuvo la delicadeza de pasar por alto el bajel de aduladores del que injustamente se había apropiado y, a cambio, le pormenorizó detenidamente el misterio de la Trinidad y le refutó los errores islámicos con citas del Cribratio Alchorani, de Nicolas de Cusa. Pero el sultán Mahomet, incomprensiblemente, no era sensible a las buenas letras; siguió avanzando, y conquistó Lesbos, y toda Bosnia. 

El poeta Campanus recordaba el episodio en sus memorias y se lamentaba de la ignorancia del turco que, por ser tan suma, impidió que cambiase el curso de la historia: Ah, se Maometto avesse saputo il latino! 

No todos los verdaderos poetas se habían ido. Algunos se quedaron y conspiraban contra Pío II. Tiburzio Porcari planeaba derrocarlo y presidir un Parnaso laico que hiciera un nuevo reparto de laureles. Fue descubierto a tiempo y condecorado con la soga apretada. Piccinino, cómplice del anterior, se había apoderado de Asís y otras ciudades pontificias donde se había laureado a sí mismo. 

Pero, en toda Italia, no había literato a quien odiara más el sumo pontífice que a Sigismondo Malatesta, el tirano insolente que, pese a ser excomulgado y quemado en efigie, seguía haciendo befa del papa y gobernando su ciudad de Rímini. Allá campaba a sus anchas, rodeado por poetas y eruditos a los que imponía trabajos forzados como disertar con elegancia, sostener controversias peliagudas y alabarlo sin cesar, y a quienes, según su capricho, retribuía con un quinta campestre u obligaba a ganar el sustento como acémilas de noria o soldados rasos de su ejército. 

Para liberar al Pío II del disgusto y mortificación que le causaban los verdaderos poetas, el cardenal Borja montaba espectáculos en su honor. Ya por entonces, comenzó a destacar por la pompa, alarde y estruendo de salvas de artillería de sus coreografías audaces.  Como uno de los nombres del papa era Silvio, en un tramo del recorrido de la procesión del Corpus, hizo instalar una selva frondosa de total verismo en donde figuraban cinco reyes con su gente armada y un salvaje despechugado que luchaba con un león en medio de un cañoneo feroz. Fue un gran éxito de público y crítica.

Cuando se produjo la invención del cráneo de San Andrés en Grecia y se trasladó a Roma, también Borja se encargó de organizar el recibimiento, que destacó por su esplendidez. Hubo cortejos de patriarcas recitando versos, ángeles músicos que volaban, una representación de la vida del inquilino del cráneo en diecisiete cuadros vivientes, incluyendo el cielo y las gradas del Altísimo y, por supuesto, pirotecnia.

Pío II apreciaba mucho las creaciones tan entretenidas de Borja, pero, al final, no soportaba la urbe. Pasó la última parte de su pontificado haciéndose llevar por montes y valles en su palanquín. Estaba tan gotoso y apesadumbrado que no podía ponerse en pie ni sostener la pluma entre los dedos. En tan penoso estado, se impuso el deber de escribir algo que definitivamente demostrara que Pío era superior a Æneas. La idea la tuvo un día de siroco en que el mismo cielo se había puesto amarillo de sofoquina. En las cuestas del monte Amiata, los porteadores de la silla, chorreando sudor y atormentados por las moscas rabiosas, tropezaban y sacudían malamente al santo padre que se ahogaba de calor en su cajón. 

Campanus, siempre cumplidor de su deber, dijo que su santidad era como el heroico rey Filipo el macedonio que, según cuenta Tito Livio, ascendió al monte Hæmus sin otro propósito que contemplar su reino y meditar la guerra con Roma. Su santidad callaba. Campanus volvió a la carga.

—Pero, con la diferencia de que su santidad es… como el heroico rey Filipo y el gran Tito Livio, a la vez…

Su santidad no decía nada. 

—Su santidad es como el heroico rey Filipo, el gran Tito Livio… y Petrarca, soberano de los poetas, a la vez…

Por fin, Pío II, petrarquista ferviente, acusó recibo.

—¿Por qué Petrarca?

Campanus recordó cómo el soberano de los poetas emprendió la descripción del golfo de Spezia, porque no había sido cantado hasta entonces, y cómo ascendió al Mont Ventoux para dar cuenta de una emoción que no habían registrado los antiguos ni los contemporáneos. También la visión repentina de los bosques calabreses le hizo reanudar la composición de unos endecasílabos que tenía atascados… 

Pío II asintió. Cuando un verdadero poeta asiente, no tarda en entusiasmarse y aquel entusiasmo fue el origen de la célebre sella stercoraria poetica. El ingenioso vehículo, construido según los planos de Pietro Torrigiani, cumplía los requisitos líricos y jerárquicos al mismo tiempo.

Campanus iba alojado, con su recado de escribir, en el cubículo debajo del orificio estercorario que quedaba ante los pies del papa. Éste profería fragmentos de versos en agraz, comentarios eruditos y descripciones memorables. Fue un verano con un calor de volcán. Sofocado en su cubículo infrapapal, registrando las pontificales excelsitudes que le venían de lo alto, cuántas veces recordaba Campanus con indecible nostalgia la dulzura de los tiempos en que viajaba a lomos de su asno, detrás de la sella gestatoria, ripiando algún que otro dístico y lisonjeando a su santidad. 

Cuando el poeta, aunque romano pontífice, decidió emular a Petrarca y ascender en la sella stercoraria poetica al Mont Ventoux para estercolar muchos versos, comentarios y descripciones, el primer impulso de Campanus fue arrodillarse e implorar piedad. Sin embargo, conociendo  lo inútil de tal recurso ante un verdadero poeta, tuvo la lucidez de contenerse y sugerir a su santidad que la ascensión al Mont Ventoux y el correspondiente estercoleo lírico ya los había hecho Petrarca, y que le reportaría más gloria dirigirse a Ancona, donde miles de cruzados de todas partes se habían reunido para embarcarse contra el turco y, como nadie se ocupaba de embarcarlos, se masacraban entre sí y condenaban sus almas jugando a los dados y blasfemando.

—Su santidad podría describir el famoso puerto de Trajano, arengar a los cruzados y bendecir las galeras… —sugirió Campanus

La travesía de los Apeninos fue especialmente penosa. Pío II cogió una diarrea tan sumamente prolífica que la sella stercoraria poetica hubo de ser provista de otro orificio, éste estercorario sin más. En Loreto, ante una de las cien Madonnas que pintó san Lucas, el verdadero poeta estaba tan decaído y absorto en el redoble de sus borborigmos y trifulcas intestinales que no apreció el turiferio de Campanus, cuando improvisó unos ripios donde decía que el mejor pincel y la más excelsa pluma de la Cristiandad se encontraban frente a frente.

A la vista de Ancona, el Adriático parecía de ceniza y el cielo estaba blanco de calor. Los palanquineros habían dejado la calzada y caminaban campo a través, por la arena dorada y ardiente. Tenían prisa. Pío II llevaba dos horas muerto, echado para atrás en su sella estercoraria poetica, y las tripas le seguían haciendo ruido. 

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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