Escrito por

Vicente Molina Foix

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Laboratorio Erice (Sueño relatado 3)

El crítico Jos Oliver, en la realidad gran amigo de Víctor Erice, me lleva en mi sueño a visitar el laboratorio misterioso donde trabajaba el cineasta. Era una nave desordenada y no muy limpia, con pastelitos rancios y tazas rotas por el suelo, que enseguida abandonábamos los tres para salir a la calle, a observar un cataclismo solar, o bélico, o nuclear, que iba a producirse. En la calle pierdo al grupo, pero llego a ver de lejos a Erice filmando con una pequeña cámara los primeros fenómenos, los mismos que poco después yo veré como único espectador en una proyección privada: imágenes espectaculares aunque no dramáticas, parecidas a las ‘stravaganzas' de los números musicales de Busby Berkeley, un poco modernizadas por los efectos digitales. En la filmación los cielos los cruzaban grandes máquinas y relámpagos fulgurantes, pero no se veía peligro alguno para las masas pululantes por la gran ciudad retratada. Más tarde volvía yo solo al laboratorio, donde el actor Juan Diego Botto estaba caracterizado de Víctor Erice con un maquillaje ‘gore': sangre seca, forúnculos, magulladuras, hinchazones y apósitos de monstruo en el rostro. Pienso mientras lo veo en Antonin Artaud, en sus guiones de cine no-realizados, que me gustaría que Erice realizase y estoy dispuesto a encargarle o incluso a producirle yo mismo; el problema ahora es que Erice (o su sosias Botto) aparece y desaparece entre risotadas macabras y tazas de porcelana que se rompen contra el suelo. Uno de los dos, o ambos, me muestran sus trabajos fílmicos amateurs, que no recogen, para decepción mía, la hecatombe atmosférica ocurrida. En realidad, esas pequeñas películas caseras no representan nada, ni ofrecen imágenes visibles. ¿Por una extrema radicalidad cinematográfica del cineasta o porque mi cabeza ya se ha despegado de ellos y está ahora, encima de mi cuerpo, en la terraza de un café en el que, segundos antes de sonar el despertador, oigo a mi (existente) amiga Domitilla Cavalletti ordenar perentoriamente una consumición al camarero? 

 

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20 de abril de 2009
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Artaud encendido

"Soy cabeza sin huevo, no concibo nunca", escribió Antonin Artaud en una de las anotaciones de sus cuadernos de Rodez de mayo de 1946. El fantasma de la esterilidad es sólo una de las paradojas de este grafómano desbordante cuya obra impresa, en la hasta ahora única edición completa, ocupa no menos de diez mil páginas repartidas en treinta volúmenes, con libros de poesía, ensayos, obras teatrales, guiones de cine y una vasta y alucinada correspondencia. Muy leído y seguido profusamente en los años 1960 y 1970, cuando fue inspirador de un tipo de pensamiento lírico discontinuo que bordeaba a menudo los límites de la locura y la trasgresión moral, Artaud sería hoy -si nos fiamos de la escasez de títulos suyos al alcance de los lectores españoles- un autor un tanto evaporado. Sin embargo, por encima de los delirios de una prosa percutiente y repleta de hallazgos de convulsiva belleza, se puede decir que no ha habido un escritor de tan alta calidad y dimensión en toda la literatura irracionalista francesa y posiblemente europea del siglo XX, por mucho que su militancia surrealista fuese breve. Al releerle en estos comienzos del XXI (y en su país al menos su obra y su figura vuelven a suscitar una gran atención), Artaud mantiene vigente el núcleo de unas preocupaciones que son las nuestras: el cuerpo como máquina de producción del placer y depósito de la angustia, la invasión de lo religioso en la esfera de lo privado, la nueva espiritualidad laica, la némesis medicinal y la búsqueda de experiencias extremas a través de las drogas, la vida primitiva y el viaje a las antípodas de nuestro regimentado primer mundo.

La Casa Encendida ha inaugurado hace un par de semanas en su sede central de Madrid una extraordinaria exposición Artaud, en la que predominan sus dibujos y autorretratos, los documentos que nos recuerdan al actor de algunas grandes películas de Dreyer, Pabst o Abel Gance y al dramaturgo y director de escena, al gran agitador de voz tronante; nadie que visite las salas de La Casa Encendida debe privarse de escuchar por los auriculares allí instalados la grabación histórica del programa radiofónico que Artaud realizó en 1947 para la radio nacional francesa, en el que, acompañado por actores y amigos de su entorno, él mismo encarna el papel del vidente y del severo aguafiestas. El programa, ‘Para acabar con el juicio de Dios', fue prohibido por la dirección de la radio, y no se emitió (por France Culture) hasta 1973. Artaud moriría pocos meses después, el 4 de marzo de 1948, a los 51 años. Quizá no pudo acabar con el juicio de Dios, como pretendía, pero ni los ‘electroshocks' a que fue sometido en distintos hospitales psiquiátricos, ni la censura ni el caprichoso curso de las modas han conseguido que este "suicidado de la sociedad" (así llamó él a Van Gogh en uno de sus textos más radicales) haya sido sepultado en el olvido. Seguiremos escuchándole en este blog.

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17 de abril de 2009
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Mi semana santa

Me quedé en mi casa en Semana Santa, sin hacer penitencia. Leí dos excelentes novelas españolas, ‘Las manos cortadas', de Luisgé Martín (Alfaguara), y ‘Otras islas', de Manuel de Lope (RBA), sobre las que volveré en este blog, vi una lustrosa película británica, ‘La Duquesa', por fidelidad a dos actores que sigo sin falta, Charlotte Rampling y Ralph Fiennes, y luego tuve una experiencia religiosa, la más espiritual que un laico podía tener esos días en Madrid. Consistió en acudir -mientras por la ciudad desfilaban los pasos con sus ignominiosos lacitos blancos-  a un edificio noble del Paseo de Recoletos, entrar por su ante-patio ajardinado, depositar en un taquillón la mochila que llevaba y, sin pagar entrada, iniciar un viaje al más allá lleno de sorpresa y vorágine, de sublime invención y humor capcioso. Todo ello se encuentra en lo que para mí supone la más bella y arrebatadora exposición de arte del momento, ‘Max Ernst: ‘Une semaine de bonté', abierta en la sede central de la Fundación Mapfre hasta fines de mayo.

      Lo curioso de este fulgurante viaje a lo maravilloso es que hace exactamente 73 años ya se realizó en el mismo paseo madrileño donde ahora se exponen los collages originales de Ernst. Fue aquella vez  entre marzo y abril sólo, y del conjunto de láminas faltaban cinco, censuradas (habiendo entonces un gobierno republicano) por el mismo espíritu ultramontamo que ahora decide poner símbolos del más rancio nacional-catolicismo en las procesiones. En las salas del llamado Museo de Arte Moderno, situado en los bajos de la Biblioteca Nacional, fueron mostradas durante la primavera del 36, con insólita celeridad, las estampas de los cinco cuadernos compuestos en el verano de 1933 por el pintor surrealista de origen alemán y publicados al año siguiente. España venía de un retraso secular, en el que, tras el paréntesis o espejismo de la Segunda República, caería de nuevo al ganar Franco la guerra, pero, con amputaciones y todo, las avanzadas y tan influyentes "composiciones supra-realistas" de Ernst (así se anunciaban) causaron sensación. Hubo polémica en la prensa, asistencia masiva y visitantes ilustres, como un joven falangista, Dionisio Ridruejo, quien, cien días antes de tomar las armas al servicio del fascismo, recorre las salas de Recoletos coincidiendo con conocidos de las dos orillas ideológicas a punto de enfrentarse: Luis Escobar y Vitín Cortezo por un lado, Pablo Neruda con Delia del Carril por el suyo. Ridruejo, que evocaría ese día en sus Memorias, quedó fascinado por los "imantadores objetos surrealistas".

      ‘Una semana de bondad', como las otras dos grandes novelas-collage de Ernst, se inspira en el folletín gráfico del siglo XIX, al que aplica, con tijera y pegamento, el tratamiento de choque de una escritura plástica en la senda del automatismo surrealista más puro. Los cinco cuadernos expuestos en Mapfre, en un elegante y sugestivo montaje, cuentan una historia a su modo dislocado y ‘deslocalizado', y es aconsejable hacer la visita con tiempo, pues las láminas se van leyendo, en su contundente sutileza, como páginas de una larga novela por entregas subliminales. Las cinco desaparecidas "por razones especiales" en la muestra de la acera de los pares de Recoletos en 1936 están ahora, por supuesto, expuestas (y debidamente señaladas para el visitante); su blasfemia es, para nuestro temperamento hoy curtido en mayores osadías expresivas, juguetona antes que injuriosa, y no me imagino ni siquiera a Monseñor Rouco saliendo a la calle bajo palio para anatematizar a Max Ernst.

    Los cinco capítulos de ‘Una semana de bondad' son trepidantes en su siempre rico juego de contrarios, desde los primeros episodios leoninos hasta el agitado final sin desenlace. Pero son las partes centrales, los cuadernos segundo (correspondiente al lunes de la semana), tercero (martes) y cuarto (miércoles), los que más conmueven o remueven: el agua fluctuante por todos los rincones de la conciencia, los animales fantásticos cruzando la raya entre la naturaleza y la monstruosidad, y ese pájaro edípico abriendo con su pico la puerta de un espacio sagrado donde el lector de esta obra puramente visual, una de las grandes novelas del siglo XX, no necesita postrarse ni ponerse cadenas para llega al éxtasis.

 

 

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15 de abril de 2009
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Mi pelotazo inmobiliario (Sueño relatado 2)

Recibo una carta perfumada que lleva el membrete de la Comunidad de Madrid. La huelo y la abro. Va firmada por Esperanza Aguirre. La presidenta, escribiéndome en nombre de su gobierno, me propone la cesión gratuita de una vivienda cómoda y amplia donde por fin, pienso, podré dar cabida a toda mi biblioteca. El inconveniente del ofrecimiento es que el piso forma parte de las dependencias de la sede oficial del gobierno, aunque está situado en una parte retirada de las mismas. Vuelvo a oler la carta. La oferta me parece, en principio, limpia, ajena a cualquier tufo de corrupción; tal vez las autoridades estén dando casas gratis a los escritores de la comunidad (como se hace, o se hacía antes de la crisis, en Islandia. Pero en Islandia son pocos. ¿Cuántos escritores vivimos en Madrid, oriundos y nativos, estables o de paso, publicados e inéditos?).

     Reúno en el apartamento prestado donde vivo ahogadamente a un grupo de amigos y, antes de mostrarles la carta oficial, les explico su contenido. Ninguno quiere olerla, ninguno la lee. Sólo dos me animan a aceptar la proposición de Esperanza Aguirre; el resto se escandaliza, vaticinando que en cuanto se sepa la noticia de mi aceptación todo el mundo irá contra mí, acusándome, dice Luis, de "haberme vendido al enemigo". ¿Podré seguir escribiendo en El País? Los amigos más adversos a la idea me rodean, como policías estrechando el cerco de un delincuente. Dudo, cae la carta al suelo, se desprende de ella su aroma a nada. El nuevo piso sería el lugar soñado para mis libros, más que para mí mismo. Me despierto.

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8 de abril de 2009
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Madonna y yo

Madonna está de gira por España, y yo la sigo en todos sus conciertos, o ella me sigue a mí, con gran despliegue de previsiones, preparativos y guardaespaldas. Torrelavega, Tárrega, Teruel, Titulcia, lugares quizá no muy idóneos para macro-conciertos pero todos empezados por t. En todos estoy presente. ¿Iba a llegar Madonna finalmente al pueblo, al hotel de la carretera donde soy su único ‘fan'? No se sabía, pero yo por si acaso estaba allí esperándola, confiado, aunque sin saber si ella me encontraría adecuado, lo suficientemente en forma, ya que cada vez que, en el pasado, nos encontrábamos, ella me examinaba escrupulosamente. Mi temor ahora era haber engordado demasiado de uno a otro concierto español.

     Una noche, Madonna no llega a su hora al sitio convenido donde, contratada para cantar, se la ha anunciado y las multitudes esperan. Secretamente, soy informado de que ella sí llegará. Es cuestión de paciencia. La espero durante muchas horas, toda la noche, pero llega, efectivamente, y se produce nuestro encuentro bajo el chaparrón que ha empezado a caer. Madonna se quita la gabardina, se sacude las polainas de tacón en la alfombrilla, me sonríe. La veo demasiado gorda. Me despierto.

 

EPÍLOGO.

Aunque nunca lo hago, puse el título ‘Madonna y yo' a este sueño que tuve hace dos lunes y anoté al levantarme. Como explicaba en el texto de presentación del blog, mi punto de partida en él es onírico, pero contaminado por lo diurno y lo real, sin interpretaciones de diván (no sería yo la persona adecuada para hacerlas). Por eso no le doy importancia al hecho de que en estas últimas semanas, y quizá el mismo día antes del sueño, hubiera yo visto fotos de la cantante norteamericana sobre la noticia del intento de adopción  de una niña en Malawi, un país africano que ahora mismo no sé dónde está. Ayer he sabido que un juez de Malaui ha rechazado la petición de Madonna, pese a contar ella con el apoyo del gobierno. La niña en cuestión, Mercy James, aparece retratada con los ojos turbios, al modo que ya es habitual en la prensa y la televisión para mostrar a la infancia y a la policía. Siempre que los veo, esos rostros difuminados de nuestros pequeños y nuestros guardianes de la ley me recuerdan las plasmaciones tópicas de las figuras humanas en ciertos cuadros de Magritte y de Dalí.

Algunas veces, las entradas de este blog serán el estricto recuento de un sueño. Éste es el primero de una serie que llamaré ‘Sueños relatados'.

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6 de abril de 2009
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La diputada ‘freaky’

Las electas del PP andan últimamente, las reales y las de ficción, muy levantiscas. Una de carne y hueso bastante atractivos ambos, la diputada autonómica Arantza Quiroga, denunció el domingo pasado en una entrevista realizada por Joseba Elola en El País sentirse víctima de una trama friki, que en el periódico se escribía, según la normativa de estilo ‘ancien régime', freaky. Pues bien, la cabeza de lista por Guipúzcoa y futura presidenta del parlamento vasco opinaba, entre otros asuntos, sobre la nueva ley del aborto, para ella "una insensatez". Quiroga es papista, aunque no más que Benedicto XVI. Se educó en el colegio Eskibel de San Sebastián, perteneciente al Opus Dei, el mismo centro en el que ahora estudian sus cuatro hijos varones. "No soy miembro jurídico del Opus Dei. Pero me gusta cómo forma a las personas". A partir de ahí, su locuacidad no paraba de dar sustos. "Yo nunca usaría el preservativo" (nadie se lo ha pedido, tal vez, y desde luego nadie la obliga); "el preservativo no es la solución. ¿A qué males? La señora Arantza dice respetar las ideas de los demás, pero se queja de que, por decir cosas así, los demás no respetan las suyas. Pretende ignorar que el Papa y la Obra de Dios, si de ellos dependiera, prohibirían, entre otras libertades, la de utilizar el capote, la bonita palabra franco-taurina para el condón. Y remataba así la faena: "Desde que el PSOE está en el gobierno, es difícil decir lo que piensas sin que parezca que eres un freaky. Parece que mi opción de vida es algo a extinguir".

    Yo me sentí freaky una vez dentro del Opus, dentro, para ser exactos, de la morada-madre del Opus Dei en Torreciudad. Sucedió en un viaje que, a cuenta de El País, hice en el verano de 1991, para escribir después mi parte correspondiente de un ‘Mapa de España' literario encargado a distintos escritores. Yo elegí Aragón, y disfruté enormemente conociendo, bien acompañado, esas tierras un punto ásperas pero dotadas de una singular armonía entre la belleza recia de sus paisajes y el refinamiento de sus múltiples obras de arte. La realidad aragonesa también me ofreció en la semana que pasé viajando dos momentos oníricos: uno de ensueño, el otro de pesadilla. El ensueño fue recorrer, como un zombie en un filme de terror español, las calles de Belchite, intactas en su elocuente desolación desde el fin de la guerra civil. La pesadilla, el santuario de Torreciudad, erigido en las cercanías del hermoso pueblo oscense de Barbastro, donde nació el fundador de la Obra, San José María Escrivá de Balaguer. Si el lector de este blog siente curiosidad por saber más detalles de aquel (remunerado) acto mío de frikismo, más intelectual que espiritual, puede entrar en el fichero asociado (al final de este texto) donde se reproduce un largo fragmento del correspondiente artículo publicado en su día, ‘Las ruinas del cielo'. Añado un dato que entonces no pude incluir. Torreciudad es un decorado de horror todo él, gigantesco, opulento, casi vacío en la fecha en que yo lo visité; algo así como el Hotel Overlook en la temporada baja en que lo ocupa Jack Torrance y su familia (en El resplandor, la novela de Stephen King y la correspondiente película de Kubrick realizada en 1980). Hice mi recorrido, hice en un momento dado mis necesidades, escribí mi artículo días después y me olvidé del asunto. No del todo. Me asaltan últimamente sueños hidráulicos asociados a lo que en cierto lenguaje sexual se llama water sports, y los wáteres por donde mi inconsciente navega no son los fastuosos toilets de color rojo que Kubrick hizo construir copiando un diseño de Frank Lloyd Wrigt, sino los mingitorios que la Obra de Dios tiene, con hucha para el óbolo del usuario, en Torreciudad. La conexión fecal del dinero, tan estudiada por Freud y Weber, también salpica, sin protecciones, a los numerarios del Opus.



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3 de abril de 2009
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La dama del portal

Desde hace dos semanas, una señora duerme en mi portal sobre un lecho de cartones, rodeada de bolsas de plástico y amparada del tráfico de la calle por un paraguas. No pretendo establecer con ella los vínculos de solidaridad y culpa que el escritor Alan Bennett formó con la excéntrica anciana que acabó instalada en su jardín, tal y como nos cuenta en el delicioso libro ‘La dama de la furgoneta', recién publicado en Anagrama. Pero tampoco, sin pecar de auto-compasivo, puedo evitar una cierta preocupación: he soñado más de una vez, desde hace años, con la imagen de un hombre descalzo, desaliñado, hablador a solas, que arrastra por la ciudad sus bolsas. No estoy (por el momento) en la pobreza, pero ese hombre era yo. Aunque soy aseado, rara vez consigo salir de casa, y menos aún regresar a ella, sin llevar bolsas, a veces poco llenas: libros, revistas, fruta, botellas. Yo me hago a mí mismo la compra, y ese sueño es la pesadilla de un sin-techo: la acumulación y acarreo constante de todas tus posesiones.

     A la señora que duerme en mi portal la veo de refilón. Se instala, según me ha dicho el portero, pasadas las 12 de la noche, sin duda para no molestar más que a los trasnochadores como yo. Por esa misma condición, cuando por la mañana, nada temprano, bajo a comprar los periódicos, ya no está. Me pregunto dónde pasa el resto del día, consciente de que así empezó a involucrarse Bennett con la Miss Shepherd de la furgoneta. ¿Será mi señora una de las personas que ahora, según dicen las crónicas, acuden en gran número a los comedores sociales gratuitos? ¿Rebuscará en las basuras, como se hace, sistemáticamente, a las puertas de los supermercados y los restaurantes? No sé la calidad ni el volumen preciso de los desechos que mis vecinos y yo dejamos cada día en los contenedores de la acera, a pocos metros del lecho de cartón de esta ‘homeless', pero ya todos, ella y nosotros, somos posibles reos de delito. En su celo arbitrista y veleidoso, que adopta una iniciativa supuestamente ecológica y viola casi todas las demás, el ayuntamiento de la ciudad donde vivo, Madrid, prohíbe hurgar en la basura, y ha dictado al respecto unas durísimas ordenanzas de limpieza con multas muy elevadas.

    Pasaríamos así a ser culpables los vagabundos y los acomodados, ya que la ley municipal quiere hacer a todos los ciudadanos con casa responsables de lo que dejan en la calle. Y eso en ciudades donde no los mendigos, sino los niñatos, se dedican los fines de semana a volcar los ‘containers', a vaciar papeleras y destripar las bolsas de distintos colores que tú has depositado cuidadosamente, quizá pensando, como en mi sueño recurrente, que un hombre desaliñado y hambriento que arrastra un carrito cargado de humildes pertenencias se acercaba a reciclar tus sobras y comer tu yogurt caducado.

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1 de abril de 2009
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Ciego en la playa

Cuenta Montaigne que Alejandro Magno, al ir a acostarse, y por miedo a que el sueño le distrajera de lo esencial, dejaba siempre una mano fuera del embozo, y dentro de ella una bolita de cobre; cuando se dormía, la bola caía de la mano sobre un recipiente colocado al afecto junto al lecho, despertándole y permitiendo así que el monarca volviera a sus pensamientos. Novalis, menos aparatoso, se hacía despertar en mitad de la noche, sin bol ni bola, aunque preocupado de tener siempre en la mesilla una vela y un cuaderno donde transcribir sus sueños.

    Yo no llego a tanto, pero la edad me facilita las cosas. A mis años, el hombre suele sentir la necesidad de orinar en mitad de la noche, y ese incordio tiene su lado romántico-alemán, pues facilita la acotación de los sueños en la espesura del letargo; se recuerda (y se puede anotar, como yo hago, a lo Novalis, con luz eléctrica) la primera entrega del inconsciente y, si la vejiga vuelve a apretar, una segunda, quedando todavía el último recuento de la mañana. La fisiología al servicio de la interpretación de los sueños.

    Hoy, sin embargo, al despertar, mi sueño más patente pertenecía a otro durmiente, y ni siquiera puedo pretender originalidad. La imagen que flotaba en mi cabeza está en la secuencia que más me ha impresionado de Los abrazos rotos, aquella que sucede en Lanzarote después del accidente de automóvil que deja ciego al protagonista, Mateo Blanco (Lluís Homar), a partir de ese momento convertido en Harry Caine. Acompañado de su fiero ángel tutelar Judit (el nombre bíblico no puede ser casual) y del hijo de ella, Diego, aún un niño, Mateo/Harry hace detener el coche e insiste en que, mientras su amiga resuelve unas cuestiones de intendencia en el pueblo, desea bajar desde la carretera a la orilla. Por los ojos de Judit (Blanca Portillo) pasa una sombra mortal, la tentación de ahogarse, la que también siente una mujer herida y de nombre doble, Sylvia/Mariana (Charlize Theron), en el arranque de la excelente película de Guillermo Arriaga Lejos de la tierra quemada. Pero Judit le deja descender del coche y, guiado por la mano del niño, el hombre se adentra en una playa de surfistas y cometas. Es una escena hondamente trágica en su brevedad; de espaldas a la carretera, frente a un mar que no puede ver, Mateo/Harry es un padre ciego, un equivocado víctima de una pesadilla, como, en un episodio muy similar al borde de un acantilado, lo es otro padre engañado, cegado y con su noble nombre desvirtuado, Gloucester, el vasallo de El rey Lear de Shakespeare, una obra que he seguido sintiendo a lo largo de la mañana como fondo tal vez casual de este elocuente ensayo sobre la ceguera que es la última película de Almodóvar.

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30 de marzo de 2009
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Sueños y despertares

Empecé a contarle con detalle a una amiga un sueño que había yo tenido la noche antes, un sueño trepidante, hípico más que edípico, lleno de saltos de obstáculos, pero ella, después de oírme hasta el final con cortesía, me dijo: "Yo no le doy importancia a los sueños". Nunca se me había ocurrido atribuirles a los sueños importancia, aunque una actividad que nos entretiene casi un tercio de nuestras horas alguna intriga ha de tener. Se puede, evidentemente, vivir sin recordar los sueños ni concederles valor, del mismo modo que muchos, pudiendo darse el lujo de comer bien, sólo se alimentan para subsistir.

Hace poco menos de dieciséis años, el 9 de julio de 1993, decidí tomarme en serio los sueños e incluso hacer con ellos un poco de literatura. Desde el Romanticismo, y aun antes, numerosos poetas y prosistas han practicado de un modo onírico la escritura automática, pero lo mío iba a ser diferente: el sueño como ‘delicatessen' del menú del día. En la primera página de un libro blanco forrado de tela con dibujo de flores negras, el regalo de un antiguo amor que no me guardaba rencor, anoté: "Diario de sueños", sin saber si iba a ser más constante que en el bachillerato, cuando hice un primer amago de diario que sólo duró unas semanas. Sí sabía el motivo que esa segunda vez me llevaba a intentarlo. Desde febrero comparecía de forma frecuente en mis sueños Juan Benet, el gran amigo y maestro muerto en la madrugada del 5 de enero de aquel año, y en julio me puse a la tarea de trascribirlos al despertarme cada mañana, como una manera de retener por escrito las apariciones de una figura tan querida, tan esencial, tan intempestivamente desvanecida.

En los días posteriores de ese verano continué las anotaciones, incluso cuando los sueños no tenían a Juan de protagonista, y también consigné algunas actividades o sucesos diurnos. El diario no se ha interrumpido desde entonces, y hoy va por su vigésimo libro, unas cinco mil páginas en total, calculo a ojo, escritas todas a mano y a tinta, siguiendo la pauta de empezar con el relato de los sueños tenidos la noche anterior (cuando los recuerdo), y añadiendo después -sin cortapisas ni pudores, pero sujeto, eso sí, a la arbitrariedad de las ganas o al cansancio- lo visto, lo leído, lo experimentado o lo escuchado, fuera y dentro de casa, en el resto de cada jornada.

En este blog, que si llevara un título bien podría ser ‘Diario del dormido y del despierto', hablaré de los sueños, pero no sólo de los que uno tiene en la cama. De la continuidad en la vida diaria de esa narración discontinua tan única y tan preciosa que se crea, se desarrolla, se alberga momentáneamente en la cabeza y después se pierde sin remedio. Del amor al sueño y de algunos sueños amorosos, sin por ello esquivar la decepción que tantas veces sigue al despertar, cuando se empieza a tomar contacto con el mundo leyendo un blog de otro, un periódico, oyendo la primera mala noticia del día. Esos informes de lo real sucedido mientras dormíamos nos sacan del reino soñado, y como tal poseen la crueldad del periodismo, donde gobierna absolutamente el ‘kitsch', según decía Hermann Broch. La realidad, en efecto, insiste en tener mal gusto, pero siempre nos queda, para ser príncipes, recuperar de noche las sábanas.

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25 de marzo de 2009