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La vida privada de María

Por 6 de julio de 2009 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Vicente Molina Foix

Juan Benet decía de ella que tenía un nombre ferroviario, por sus iniciales: M.V.Z. Nos conocimos todos en Madrid a mitad de los años 1970, aunque María Vela Zanetti era entonces la más joven de un grupo de ‘literati’ usuarios nocturnos del pub Dickens, al que iba, decía, de mera oyente. Escuchaba bien, en efecto, pero no paraba de hablar cada vez que se hacía una pausa o en los momentos tiernos. Mucho más instruida (y no sólo en los libros) de lo que era entonces usual entre las chicas de veinte años, María Vela también tenía otra virtud muy apreciada en el grupo: humor. Y todo el mundo se hacía cruces de su belleza, que sigue ahí, mantenida sin quemazón por el fuego del tiempo.

     Aunque su padre era de Burgos y ella misma emitía a veces unas señales castellano-leonesas muy contundentes bajo su aspecto de ondina de los fiordos, las siglas figuradas de su nombre y sus apellidos no parecían referirse ni a Madrid ni a Valencia ni a Zaragoza, los nudos ferroviarios que Benet tenía en mente, con su acendrado fanatismo por la Renfe. María parecía entonces, y eso se fue acrecentando, una viajera de los grandes expresos que circulan desde Mónaco (Mónaco di Baviera, por supuesto) a Venecia, pasando, aunque no sé si esto lo permite la red, por Zagreb.

    Guardo unas fotos suyas, unas cartas breves, unos recuerdos imborrables y unos libros de poesía sucinta, gracias a Dios no adscrita a la llamada poesía del Silencio, ese recuelo del peor (si es que lo hay) Valéry y del peor Jabès. María sorprendió a sus fieles (y a algún infiel como yo) publicando en 1987 los estupendos versos de ‘José’, un libro en el que había un poema llamado ‘Retrato de Otelo’ que empezaba así: "No entiende de colores tu hermosura". A ‘José’ le siguieron, ahora me entero, diez más; yo sólo tengo seis. También leíamos todos, asombrados de que un suplemento como ‘El País de las Tentaciones’ las publicara, sus crónicas de moda, verdaderos camafeos corrosivamente esmaltados de alta cultura, gracia coruscante y sólido conocimiento de la materia tratada. Eran demasiado buenas para ese contexto, y un buen día desaparecieron, para dejar más espacio al ‘manga’ y al ‘indie’.

    Nada me había preparado, sin embargo, para el libro que M. V. Z. acaba de publicar en la selecta editorial Trama o  -dicho como los editores lo dicen en la portada, bajo un manto de conspiradores levemente disimulados- Trama editorial. El libro se titula ‘Maneras de no hacer nada’ y consta de 158 páginas y de una de las prosas de más llamativa calidad que yo haya leído en mucho tiempo, si bien la presentación que se da de la autora en la contraportada, tal vez obra suya, dice que "María Vela Zanetti es una perfecta desconocida en el mundo literario, y tal como ella espera, lo seguirá siendo tras la publicación de estas páginas. Su más persistente deseo es permanecer a la sombra de su luminosa vida privada, monótona pero llena de satisfacciones".

    Dietario, miscelánea de cuentos y viñetas y memorias, centón de listas de amores y odios al modo de Perec o Charles Dantzig, las mejores piezas de este libro trepidante y sereno, utilitario (hay recetas de una cocina que parece comestible) y disolvente, son obras maestras del género epiceno, el género que únicamente se vende -cuando se vende- en establecimientos recónditos, y cuya manufactura desafía las leyes de la demanda y el espacio exterior. Es difícil destacar un texto sobre otro, pero yo destaco dos. En ‘Los padres pueden saltárselo’, que se abre con una cita juguetonamente ‘shakesperiana’, María Vela glosa unas palabras de Strindberg que ya me habría gustado conocer a mí de niño, y de adultos a todos los miembros del clan de los Panero: "la familia es un restaurante que siempre pasa factura". Y la prefiguración de su propia muerte, en ‘Maquíllate o muere’, pasa con envidiable soltura de lo grotesco a lo sublime. "¡Por fin seré vela en un entierro!".

    Tendrían que pedirle a María Vela Zanetti los lectores, y ojalá seamos muchos, que deje de querer tanto a sus perros y a su vida privada en el campo, y se produzca menos intermitentemente, más ciudadanamente, en la plaza pública de la literatura.

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Vicente Molina Foix

 Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019). La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.  Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Foto: Asís G. Ayerbe

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