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Marchaba el alma de Aquiles a grandes pasos

 

por el prado de asfódelos, feliz, porque había sabido que su hijo era insigne, y se recordaba su nombre sobre la tierra. Y los tallos cargados de flores le acariciaban las rodillas, y las espinilleras broncíneas llevaban pétalos blancos pegados a la sangre costrada. Estaba muerto, y no más se le permitía sentir el contacto muelle de las espatas floridas y cimbreantes en las piernas. Así es la muerte cotidiana en la pradera del Hades.

Pero aquí brotan tenaces entre la dura nieve granizada las hojas puntiagudas de los asfódelos que traen de nuevo el verde, color primera del mundo y en quien consiste su hermosura, pues se viste de verde la primavera, y la vista más lisonjera es aquel verde ornamento, pues sin voz y con aliento, nacen de varios colores, en cuna verde, las flores, que son estrellas del viento. Todos los años se reinicia el drama calderoniano y, a despecho de las heladas tardías y los rústicos incendiarios, estallan incontenibles en la tierra pelada las primeras hojas carnosas y prietas. Tienen prisa, luego pujará el helecho sombrío, y el asfódelo que no haya florecido no dejará posteridad sobre la tierra de los mortales. Salen en las recrevazas que dejó la helada implacable en la dura piel de la tierra.

Algunos sabios se han preguntado por el linaje etimológico del gamón, nombre común del asfódelo, y así, el infatigable Corominas, tras proponer, discutir, y rechazar las diversas  posibilidades, concluye si será “acaso palabra prerromana”. Otros, mucho menos sabios, pero quizá igual de curiosos, hemos querido saber por qué aparece desde la antigüedad esta liliácea en el culto a Perséfone, esposa de Hades, el tenebroso rey de los muertos, y por qué alfombra la pradera del más allá.

Perséfone, hija de Zeus y Deméter, era la doncella por antonomasia y se llamaba Coré. Tras ser raptada por Hades, pasó a ser su esposa y llamarse Perséfone, que significa “matadora de destructores”. Toda la naturaleza detuvo su ciclo hasta que Zeus acordó con su yerno Hades que Perséfone volviera a visitar a su madre en primavera, para regresar al inframundo en la época de la siembra. El asfódelo, que es la primera planta en romper el frío letargo invernal y devolver a la tierra la color primera, forma parte por eso del culto a Perséfone y simboliza su regreso, y el maridaje de la muerte y la vida.

Aquí en vasco le llaman ambullua (del latín ampullula “ánfora minúscula” por la forma de sus tubérculos, que parecen ánforas diminutas) y en los viejos tiempos de la carestía, los ganaderos pobres extraían sus tubérculos de la tierra para alimentar a los cerdos y también para fabricar alcohol. Al narciso de los prados, en cambio, le llaman ambullu gaiztoa, que es “asfódelo maligno” porque tiene un lindo alcaloide, la narcisina, de gran poder paralizante, como es sabido y comprobado: un bulbo de narciso mezclado con el forraje puede hacer malparir y poner malísima a una vaca, ah el narcisismo. Hesíodo, que sabía de campo, dice que los necios ignoran el valor oculto del asfódelo, y es que por lo visto tiene poder curativo de eczemas y postillas del cogote.

Con todo, nos seguimos preguntando cómo es que habiendo pasado el vocablo "asfódelo" del griego asphodelos al latín y la mayor parte de las lenguas modernas, los romances hispánicos, y solo ellos, presentan la forma gamón (ahí están los topónimos Gamonal y Gamoneda, el portugués gamão, el catalán gamó, el navarro-aragonés gambón, castellano antiguo camón) y eso se debe al origen griego del término, porque viene de gamos “matrimonio, unión íntima” que nos remite de nuevo a Perséfone y su eterno ciclo de vida y muerte. La tenaz pujanza de los gamones, su vocación de planta pionera que coloniza la tierra incendiada y el suelo devastado por la tala, su infalible primera posición en el retorno de la color primera, recuerdan el machihembraje de la vida y la muerte. De modo que los romances hispánicos recogieron en el nombre del gamón la quintaesencia del mito griego, lo que de paso muestra cuán poco sabemos del modo y época de la transmisión de las ideas más delicadas de la humanidad.

Hay una tierna piedad irónica en la Odisea que presenta a Aquiles marchando a “grandes pasos” por la pradera de asfódelos del Hades. Mientras en la Ilíada los “grandes pasos” son propios de un héroe viviente y consciente de su fuerza —como Ayax que sale al encuentro de Héctor—, en la Odisea se hace un remedo irónico de la expresión, al hablar de los “grandes pasos” que daba el carnero del cíclope, cuando no iba cargado del peso de Ulises, y de las zancadas dichosas de Aquiles entre los gamones, difunto pero aliviado al saber que su hijo es insigne sobre la tierra.

 

 

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3 de marzo de 2011
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NH_485: mi nuevo libro en Anagrama

Un sueño fugaz, mi nuevo libro Le doy gracias al blog ?Casa de libros perdidos? por considerarme como un ?peso pesado? (espero que no lo diga por el peso, que he perdido en estos meses de rehabilitación) en la oferta editorial de Anagrama para el mes de marzo, junto a Ian McEwan, Amelie Nothomb y Alessandro Baricco.  Lo que ocurre es que mi nuevo libro, una novela dividida en cuentos, Un sueño fugaz, acaba de aparecer en Anagrama. Hoy me llegó la caja con mis ejemplares de autor. La carátula de Eduardo Tokeshi se ve fantástica. Aun no estoy seguro si Océano imprimirá el libro para el Perú o tendrá que esperarse la importación. La distribuidora no se ha comunicado conmigo aun. Apensa sepa algo, les diré cómo es la cosa. Espero que no tengan que pagar, en Perú, 100 soles por mi libro. Solo espero eso. Les dejo aquí la página de novedades de Anagrama para este mes, Y aquí la contratapa de mi libro.  Dice la contratapa:

Hace una década, Iván Thays publicó La disciplina de la vanidad donde un grupo de escritores se angustiaban por saber quienes eran los llamados al éxito literario. Pero dentro de esa novela había otra novela. La de un escritor que tuvo su cuarto de hora de fama, que luego vivió la frustración y el fracaso en la vida y en la obra, va reencontrándose con viejos amigos de un taller literario para adolescentes llamado Centeno, y aceptando en cada encuentro su vida extinguida. Un sueño fugaz es esa novela. Se trata de una road movie literaria que se mueve no a través del espacio sino del tiempo. Un viaje que empieza con un escritor cuarentón que vive en Venecia con una mujer a quien no ama y el fantasma de un hijo fallecido, y termina en Lima, cuando es ya anciano y es visitado por una groupie literaria que lo considera un autor «de culto» y que parece no haberse enterado de que ese hombre vive según la máxima de Rudyard Kipling: «debes encontrarte con el éxito y el fracaso, y tratar a esos dos impostores de la misma manera». Al fin y al cabo, ¿qué es el éxito o el fracaso para aquel que ha descubierto que la vida es tan sólo un sueño fugaz del que estamos condenados a despertar? Con este nuevo libro, el peruano Thays hace ciertas las palabras de Mario Vargas Llosa, quien escribió en su día: «Iván Thays es uno de los más interesantes escritores que han aparecido en América Latina en años recientes.»

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2 de marzo de 2011
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El poeta y algunas patrias

 

 

A cada uno su propio invierno. Aunque hay inviernos propios que parecen refugios para compartir, para huir de hielos y miedos. Yo también quiero estar caliente en mi propio invierno, tener, y compartir, mi invierno propio. Será inevitable que  cada uno tengamos nuestro frío final pero mejor no helarse antes de tiempo. El libro de Luis García Montero, sus recuerdos que nos ayudan a olvidar miserias y recordar lo necesario, es otra vez esa lección tan cercana de cómo ser verdadero sin dejar de ser un fingidor.

No recuerdo desde cuando conozco a Luis García Montero- yo que tantas cosas olvido, y que tantas recuerdo sin querer- pero hace ya bastantes libros y muchas complicidades. También hemos cruzado el Puente de Brooklyn y el Arroyo del Abroñigal. Festejamos vidas, lloramos desapariciones, compartimos copas y soporto su comida de adolescente.

Somos íntimos enemigos de club de fútbol y compartimos exilios de algunas palabras, de algunas conductas y algunas personas que nunca nos acogerían.

Me gustan sus poemas y sus vidas. Capaz de hacernos sentir bien como si el clima se hubiera puesto Luis todo el miércoles. Le han querido los mayores, las generaciones que vivieron y escribieron los cincuenta, y le siguen queriendo los casi no recuerdan el pasado siglo nuestro de todos los demonios. Le gustan las canciones que acortan la distancia entre corazones. Antes de tocarnos una emoción con algún poema dicho en público, le sale un leve tartamudeo que le hace más cercano. Cuando no tenía la vista cansada le sentaba muy bien el sombrero, era un rojo adolescente y excéntrico, ahora con las décadas, le gusta ir con la cabeza al aire, presumiendo de no tener canas. Los poetas, no solo son buenos bebedores de whisky, sino que tienen mucho pelo y son eternamente jóvenes, incluso cuando son muy ancianos y tienen muchas canas.

Luis acaba de publicar un libro que toca dónde duele y dónde da gusto. Que avisa y acaricia. Que recuerda y ayuda a necesarios olvidos. Un libro que nos ayuda a convivir con las dudas.

Le robaría muchos poemas pero copiaré uno que me ha regalado, "Un bar no es una patria, pero su nombre se escribe con la tinta de los mapas:

 

Llegar, abrir la puerta, descender

al cálido refugio en las noches de lluvia.

 

El mundo es insolente en su precariedad,

mantiene las distancias

igual que los poetas engreídos.

 

Pero hay raros momentos de plenitud y abrazo.

 

Recuerdo algunas tardes del otoño

En mi ciudad tocada de violeta,

y oscuridades con jazmín,

y la espalda del mar

-muy de mañana-

cuando el azul y el sol no pertenecen

a lo bañistas o al verano,

sino a la perfección de un mundo convencido

de su propia verdad.

 

 

 

Y recuerdo también la hospitalaria

sonrisa de los bares,

después de que las luces de sus puertas

no hayan defraudado.

 

Bares como descuidos en la lluvia,

en el vientre salvaje del frío y la distancia

o en la prima de todo lo que huye.

 

Me dieron un lugar

con sus sillas vacías,

sus huecos en la barra

y sus botellas firmes  como viejos soldados

de un ejército amigo.

 

El hombre solitario del rincón,

la pareja del beso,

la extranjera de ojos familiares,

el viejo que no quiere envejecer

con sus camisas de colores altos,

el músico cansado que repite

las canciones de un tiempo que fue nuestro,

los raros y sus penas,

las risas y sus labios,

han bebido conmigo,

me han hecho comprender

la violeta que guardan las ciudades

y la verdad que un mundo

que a veces es azul

con un sol en la puerta de su noche.

 

El nombre de los bares

Se escribe con la tinta de los mapas.

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2 de marzo de 2011
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I. Los dioses ya no están de moda

Un exaltado reportero de la cadena Telesur, que transmitía desde la Plaza Verde en Trípoli, donde se concentraban partidarios del coronel Kadafi, no se cansaba de repetir lo que alguno de los manifestantes le había dicho, que el gran líder perpetuo de la Yamahiria era un padre para todos los libios, y más que un padre, un dios. El joven reportero insistía en eso de que Kadafi era como un dios una y otra vez, con verdadero entusiasmo.

            ¿El dictador como un dios? No se trata de nada nuevo. Los césares de la Roma imperial eran elevados a los altares cuando habían muerto, si tenían suerte de que se memoria llegara a ser reverenciada. Pero el dictador como dios vivo, no deja de ser una novedad. El dios represivo y vengador que todo lo puede contra sus criaturas, y que desde una pantalla de televisión ordena cazar como ratas a los réprobos de su fe, mientras muestra las tablas de la ley forradas en color verde, su propia ley, que manda que quien desobedece a dios, encarnado en él mismo, debe pagarlo con la vida.

            La idea que este dictador, el Mahdí, el caudillo,  tiene de sí mismo como dios, y que a través de los aparatos de propaganda la inculca en las mentes de sus más enardecidos partidarios, tiene que ver con la idea de la inmortalidad. Se está en el poder para siempre, y eso descarta la idea de la muerte. Cuando Oriana Fallaci entrevistó en 1972 al rey Haile Selassie, León de Judá, Potencia de la Trinidad, Rey de Reyes, en el palacio de Gebhi en Addis Abeba, y le preguntó al final qué pensaba de la muerte, el soberano inmortal, que no comprendía la pregunta porque no comprendía lo que era la muerte, se indignó al grado de echar por la fuerza a la periodista del palacio.

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2 de marzo de 2011
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El amor de la ausencia

Todo el mundo lo sabe por experiencia directa o delegada. Aquella pareja que ya no nos decía nada y la convivencia con ella había enfermado de tedio, resucita iluminada y deseable tras haberse consumado la separación. La ausencia es la potencia. Y dice  Proust: "Tan extraño es nuestro corazón miserable que abandonamos con un desgarro terrible a los que hemos tenido cerca sin placer". O bien: "El cónyuge debe partir para que finalmente podamos amarlo", Pascal Bruckner, La paradoja del amor (Tusquets).

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2 de marzo de 2011
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Sarkotero y Zapazy

El carácter no es el destino. Al menos en este caso. Nada en sus biografías, en sus virtudes y sus vicios y menos todavía en sus temperamentos acerca a Nicolas Sarkozy y José Luis Rodríguez Zapatero. Menos todavía sus respectivas ideologías. Cabe encontrar, incluso, pulsiones diametralmente opuestas, respecto a Estados Unidos, a la inmigración, al sentimiento nacional, incluso a la mirada sobre las tragedias del pasado de los respectivos países. Y sin embargo, muchas cosas son las que les hermanan y permiten mezclar sus nombres como si fueran intercambiables.

La más evidente de todas es la fecha en que se decidirá su destino y el de sus huestes políticas: en la primera mitad de 2012, momento de las elecciones generales en España y de las presidenciales en Francia. A estas alturas, todavía con tiempo por delante, nadie da ni euro ni por un ni por el otro. Según las quinielas, Zapatero ni siquiera se presentará y Sarkozy perderá. Ambos están amortizados, intentando buscar una prolongación artificial de la vida de sus gobiernos acudiendo a las generaciones anteriores. En el caso de ZP fue Rubalcaba; en el de Sarkozy, Alain Juppé. Ambos componen según muchos de sus propios partidarios unas figuras de mayor carisma político que los titulares máximos del poder. Ambos pertenecen a mundos ajenos al del líder y son mundos superados, el del felipismo uno y el del chiraquismo el otro. Diferencia fundamental: muchos piensan ya en Rubalcaba como sucesor, pero nadie ha pensado que en Francia sea el abuelo el que pueda suceder al nieto. El juego de las similitudes pude dar mucho de sí. Basta con observar los quiebros políticos que han realizado uno y otro, cada uno desde su peculiar posición. Los programas con los que llegaron al poder, progre el uno y antiprogre el otro, han quedado fumigados en ambos casos por la crisis. Sus arrogantes propósitos de liderar iniciativas de alcance mundial, también. En ventaja de Zapatero cabe decir que su Alianza de Civilizaciones se halla en mejor estado de salud que la Unión para el Mediterráneo de Sarkozy. A la vista de las revoluciones árabes, parece mejor orientada hacia el futuro la Alianza que la invención mediterránea. A fin de cuentas, Zapatero se alió con Erdogan y Sarkozy con Mubarak. Para regresar al vínculo que les une, nada secretamente por cierto: ambos aman y ejercen el poder de forma muy similar. Les gusta asumir directamente las responsabilidades. No permiten que se levanten fusibles entre ellos y las decisiones; eso les da todo el mérito cuando lo hay, pero se lo quitan más allá de sus propias responsabilidades cuando las cosas andan mal. La Gran Recesión les ha atropellado a los dos y será muy difícil que consigan levantarse. Lo tiene más difícil Zapatero, porque la economía española es más frágil que la francesa. Pero esa ventaja tiene otra cara: también les está atropellando la revolución árabe, y en este caso quien lleva desventaja, arrollado por la ?Françafrique? todavía viva, es Sarkozy. En sus actuales debilidades Sarko y ZP son hermanos mellizos: si alguno de los dos consigue levantarse contra todo pronóstico se convertirá entonces de verdad en un hombre de Estado.

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2 de marzo de 2011
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Muerte y transfiguración

El nuevo edificio de la Filarmónica de Hamburgo, obra de los suizos Herzog & de Meuron, que abrirá sus puertas dentro de un año, está concebido para ser fotografiado desde el agua. En las simulaciones puede verse la cresta de vidrio y sus puntas en forma de ola rompiente recortadas contra el cielo a 37 metros de altura, pero también reflejadas como fantasma luminoso en el negro espejo del puerto. O para mayor exactitud, en uno de los remansos acuáticos de HafenCity, que es como se llama la ampliación de la ciudad hanseática. La denominación de PuertoCiudad, aunque poco imaginativa, es exacta ya que está creciendo sobre la antigua Speicherstadt, la zona de almacenamiento formada por gigantescas bodegas de ladrillo. Se ha reservado de la demolición una línea de bodegas a lo largo de un canal, memoria del viejo puerto hamburgués. Son como una teoría de bellas esfinges rojas en un bosque de acero y cristal.

El grandioso proyecto, a orillas del estuario que forma la confluencia de los ríos Aster y Elba en su desembocadura marítima, ocupa ciento cincuenta y siete hectáreas en las cuales se levantan o levantarán, según su grado de acabamiento, setenta y ocho proyectos, todos ellos colosales. La sede de la Filarmónica, el llamado Elbphilharmonie Concert Hall, es quizás el más brillante y fotogénico, pero allí están también la central de Unilever, el grupo Spiegel, el Centro de Ciencias Marítimas (quizás la ocasión de que Koolhaas escape al tedio), la compañía Lloyd/Alemania (cuenta con dieciséis mil empleados) o el Museo Marítimo, además de casi seis mil viviendas.

Con mis compañeros de viaje, Carlos, Patricia, Alfonso, Josep, todos ellos arquitectos, recorremos aquella explosión constructiva entre admirados y sobrecogidos. ¿Cómo se financia una ciudad semejante? ¿De dónde sale tal ingente cantidad de cientos de miles de millones de euros? Algunos aspectos son admirables, como el hecho de que toda la ciudad se alce ocho metros sobre el nivel del mar para evitar las crecidas del Elba las cuales alcanzan los tres metros en circunstancias normales, pero el doble con galerna. Sin embargo no se puede evitar la sensación de estar ante un efecto del petrodólar, una Lagos del norte, un Dubai nevado. Lo cual, evidentemente, es engañoso.

El puerto de Hamburgo es el segundo de Europa, detrás de Rotterdam, pero supera a este último en número de contenedores. Todos los que hemos visto la serie "The Wire" sabemos que en los contendores viajan las mercancías más insospechadas, desde carne humana a residuos radiactivos. Es humanamente imposible controlar toda la carga cuando suma tantos millones de unidades. La extensión gigantesca de algunos edificios de HafenCity son simplemente espacios para la acumulación de mercancías, y allí aguardarán el momento estratégico de su distribución. En un proyecto de este tipo están interesados absolutamente todos los hombres de negocios que transportan algo, lo que sea, legal o ilegal, de un continente a otro. Aquí llegan mercancías oceánicas, asiáticas, africanas, americanas o europeas y aquí comienza su distribución. Un jovial perito del puerto, gordo, cervecero y fanático del Barça, al saber que mis arquitectos eran catalanes afirmaba con sonoras carcajadas: "¡Jamás tendrrréis un corrredor mediterrráneo, echadle la culpa a Matrrrit, perrro quienes lo impiden están aquí... o en Brrruselas!". ¿Una competencia portuaria mediterránea a estos dos titanes, Hamburgo y Rotterdam? ¿Un atajo para las mercancías asiáticas que evite el Atlántico? ¡Ni en sueños!

La ciudad hanseática tiene menos de dos millones de habitantes y la región metropolitana algo más de cuatro. Es aproximadamente la escala de Barcelona y su área. Quizás por esta razón hay una nutrida colección de profesionales barceloneses trabajando en el proyecto hamburgués. Para un técnico vocacional ha de ser una oportunidad fabulosa esta de crear una ciudad enteramente nueva con todos los elementos tecnológicos puestos al día. Y con ese presupuesto. Un presupuesto para el que no existe crisis porque estamos hablando del dinero verdadero, no del coyuntural. Estamos hablando de los amos del mundo.

Camino por los terrenos de un futuro parque, aunque creo que no es el que va a construir Beth Galí: me he perdido parte de la explicación, nuestra guía habla a una velocidad vertiginosa y sólo confunde constantemente, pero eso es inevitable, los géneros. Me parece encantadora cuando dice "la sindicata". El parque está al borde del agua y será sin duda un lugar de cafeterías, terrazas, bicicletas y paseos familiares. El clima es riguroso, pero los hamburgueses, gente extraña en Alemania, gente que perteneció a Dinamarca durante más de dos siglos (de 1640 a 1864 el barrio de Áltona, por ejemplo, que es por donde paseo), es también rigurosa. En los terrenos de este parque se alzaba, antes de la Segunda Guerra, la Estación de Ferrocarril. De aquí salieron los trenes cargados de judíos hacia los campos de exterminio. Hay una leve referencia a la masacre, un sobrio homenaje a las víctimas, no podía faltar, pero los habitantes de Hamburgo pagaron cara la arrogancia y la barbarie germanas.

El 28 de julio de 1943 un ataque combinado de la fuerza aérea británica y la armada norteamericana arrojó diez toneladas de bombas incendiarias sobre el puerto y las zonas residenciales de la ciudad. El relato puede leerse en uno de los mejores trabajos de W.G. Sebald, "Sobre la historia natural de la destrucción" (Anagrama), de donde lo transcribo. Dice Sebald: "Un cuarto de hora después de la caída de las primeras bombas, todo el espacio aéreo, hasta donde alcanzaba la vista, era un solo mar de llamas". Las bombas explosivas de cuatro mil libras estaban construidas de modo que arrancaran de cuajo puertas y ventanas, tras lo cual llegaban las bombas incendiarias ligeras que prendían en cubiertas y tejados. Por fin, las bombas incendiarias pesadas penetraban por todas las brechas y corrían como ríos de lava hasta inundarlo todo. Al quemar el oxígeno aceleradamente las llamas provocaron un huracán con vientos de 150 kilómetros por hora, mientras la columna de humo se alzaba hasta ocho mil metros de altura. Cuando los relojes marcaron la llegada del día, seguía siendo de noche. Así permanecería durante semanas bajo una capa plomiza de cenizas en suspensión, pero nadie lo vio.

Se calcula que un millón y cuarto de la población salió huyendo, lo que viene a ser su totalidad descontados los doscientos mil muertos. Comenta Sebald con razón que nunca sabremos la cifra exacta porque hay innumerables testimonios de masas humanas mudas y enajenadas, cubiertas de harapos y quemaduras, vagando por los campos y pueblos hasta tan lejos como Berlín. Si alguien trataba de ayudarles y se les acercaba, escapaban aterrados o se quedaban paralizados en una atonía similar a la que años más tarde se podría ver en Hiroshima. Nadie sabe qué fue de toda aquella gente. Tan tarde como en otoño de 1946, el escritor sueco Stig Dagerman escribía que viajando en tren por la zona de Hamburgo observó durante más de veinte minutos un paisaje lunar sin un solo ser humano visible. Nadie, dice Dagerman, miraba por las ventanillas, y supieron que era extranjero porque yo sí miraba.

Sobre ese cementerio ahora se levanta la nueva HafenCity, opulenta, poderosa, rampante. El bombardeo de arrasamiento de 1943 se llamaba "Operación Gomorra" por la fama de que gozaba el barrio rojo de Hamburgo, uno de los prostibularios más notorios del mundo. Ahora ya no queda nada de aquel pasado. Cuando a veces se me ocurre elogiar a los alemanes por su energía para vencer el remordimiento, la culpabilidad y el resentimiento, siempre hay alguien que comenta despectivo lo aburrida y sosa que le parece aquella gente comparada con nuestra jovial, despreocupada y simpática campechanía. Lástima que tantas virtudes mediterráneas no sean reconocidas más que por gente campechana, despreocupada, y, eso sí, muy simpática. Sin embargo, en ocasiones se puede preferir la grandeza.

Artículo publicado el 1 de marzo de 2011.

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1 de marzo de 2011
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Siglo XXI, año cero

El historiador británico Eric Hobsbwam dio por cerrado el siglo XX en 1989 con la caída del Muro de Berlín y a continuación el hundimiento del entero bloque socialista. Los acontecimientos iniciados en Túnez a finales de 2010 y la caída consecutiva de tres dictadores en el norte de Africa permitiría reelaborar la teoría del siglo corto de Hobsbawm y convertirlo en un siglo largo que termina justo en los últimos días del pasado año, cuando al fin un entero fragmento del planeta, los países árabes, rompen los corsés geopolíticos en los que se hallaban aprisionados y empiezan su marcha hacia la libertad, al igual como lo hicieron hace algo más de dos décadas los países de Europa central y oriental.

Es una novedad absoluta la idea de una revolución democrática en un país árabe, donde la dominación colonial fue sustituida por monarquías feudales o dictaduras laicas. Aunque la influencia soviética en la región empezó a declinar mucho antes de que los regímenes comunistas entraran en crisis, los sistemas políticos que se instalaron, bajo la protección occidental, mantuvieron alejados a todos estos países de las fórmulas de gobierno democráticas, como si fueran fósiles de la guerra fría. Sus regímenes garantizaron el control de los flujos migratorios, el suministro de petróleo y la contención del islamismo político, cobrándose sustanciosos beneficios en su asociación con las potencias occidentales, empezando por Estados Unidos. Las dictaduras árabes habían sobrevivido al siglo XX y penetrado en el XXI con los mismos iliberales pertrechos, pero han sido finalmente los ingredientes de la nueva modernidad los que han terminado con ellas. Muchos son los elementos que hacían incompatible esas dictaduras cleptócratas de aspiración hereditaria con la evolución de estos países: su joven demografía, la penetración de las tecnologías de comunicación, la consolidación de televisiones panárabes globalizadas, el desgaste del islamismo político o el ejemplo de la prosperidad que se expande ya no sólo en Europa y Estados Unidos sino incluso a los países llamados emergentes. Este nuevo muro que acaba de caer obliga a Estados Unidos y a la Unión Europea a poner los relojes a cero en su política respecto a Oriente Próximo, después de veinte años de perder el tiempo. En pocas cuestiones es más clara la congelación del status quo que en el conflicto israelo-palestino, que se encuentra en un callejón sin salida después de casi veinte años que han liquidado por agotamiento y esterilidad el Proceso de Oslo. Aunque también Israel se encuentra ante una difícil encrucijada que le obliga a reformular toda su política árabe y plantearse seriamente si es sostenible su actual política de colonización del territorio palestino. La teoría de la incompatibilidad entre los árabes y la democracia, desmentida por los hechos y sobre todo por las aspiraciones de los revolucionarios, echa una nueva luz sobre los errores de la política exterior de Bush y las vacilaciones y dudas de Barack Obama; pero cuestiona mucho más directamente los planteamientos de la derecha extrema israelí, ahora en el poder. La revolución árabe es una fuerza emergente más en un mundo en cambio, con la salvedad de que a ésta no se la esperaba. La potencia que mayor provecho puede sacar de este nuevo vector, sin embargo, no es árabe. Turquía es el país que mayor beneficio atisba en una evolución democrática en la orilla sur del Mediterráneo, zona geográfica antaño controlada desde la capital imperial Istanbul, en una nueva exhibición no tanta de emergencia como de reemergencia. Turquía puede ofrecer un liderazgo internacional islámico y no occidental, tanto en el terreno económico como en el político. La atracción de su modelo no radica tanto en el paradigma de una laicidad finalmente bajo vigilancia militar como en el empeño del partido islamista en el poder por hacer compatibles la modernidad de una sociedad de mercado con libertades políticas y la hegemonía cultural y religiosa del islam. No es el caso de la República Islámica de Irán, que ha enfrentado las revueltas con extraordinaria ambivalencia. Por una parte, la revolución se ha llevado por delante a varios enemigos de los ayatolas y sitúa bajo amenaza a muchos otros, empezando por la monarquía feudal saudí. Pero, por la otra, el ejemplo de Túnez, Egipto y Libia da alas a la oposición y debilita internamente a la dictadura islamista. El mapa geopolítico que saldrá de esta crisis ya es el mapa del siglo XXI. En la correlación de fuerzas resultante Europa y Estados Unidos tendrán menos palancas para la acción. Es probable, además, que los europeos paguemos muy cara nuestra resistencia a la integración de Turquía, que ahora puede volcarse en construir un gran mercado mediterráneo gravitando en Oriente Próximo y capaz de atraer a Irán. El mismo peligro les espera a los israelíes, que han preferido cerrar los caminos a la paz mientras gozaban de todo tipo de ventajas políticas, estratégicas e incluso morales, pero en un futuro más o menos próximo pueden verse forzados a firmarla habiéndolas perdido todas. La mezquindad europea con el entorno árabe y musulmán fácilmente se girará en su contra, a menos que se produzca una rápida reacción, ahora muy improbable, que ofreciera a los países que se conviertan en democracias el mismo trato que se brindó a los países que salieron del comunismo a partir de 1989. Si geográficamente el norte de Africa no es Europa, hay que reconocer el interés que podría significar para el viejo continente, de demografía declinante y sin fuentes propias de energía, la eventual integración de países que tienen todo lo que nos falta a los europeos. Sería la mayor de las ironías que después de cerrar el paso a Turquía, ahora hubiera que abrir las puertas a unos países que tienen las mismas características que sirvieron secretamente para el rechazo.

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1 de marzo de 2011
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De lo irreductible a un “mapa de las funciones bestiales”

Felix de Azúa me hace diversas observaciones, a propósito de una de mis últimas columnas. Señala con razón que si debemos a la cultura la erección de catedrales, le debemos también gran parte de lo que emponzoña, envilece, degrada  o simplemente hace más gris nuestra vida. Como ejemplo de esto último, Felix me indica la institución del matrimonio, cuya función sería "la culturización de la sexualidad para que no fuera propiamente bestial". Difiero al menos parcialmente: el matrimonio está muy probablemente destinado en efecto a canalizar -cuando no a esterilizar- el deseo, pero no precisamente un deseo de orden bestial.

Psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas encuentran en sus pacientes razones para sospechar que las patologías sexuales no proceden de la bestia en nosotros sino de la cultura misma, de la impregnación de nuestra animalidad por el binomio pensamiento- lenguaje. Quizás  genetistas y neurólogos alcancen lo que Felix designa como " mapa de las funciones bestiales", pero contrariamente a lo que me señala no darán cuenta del amor, simplemente porque éste muy poco o nada tiene de función bestial, no es mera expresión de un "conjunto químico". El amor  tiene obviamente su soporte en   genes y neuronas, pero no se reduce a las potencialidades de las mismas. Implica propiedades emergentes, como casi todas las manifestaciones psicológicas cabalmente humanas. Lo susceptible de "causar una nueva matanza excesiva incluso para las demás bestias" no es "nuestra bestia", sino desde luego nuestra humanidad.

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1 de marzo de 2011
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