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En busca de un clásico

Donis Donoghue, profesor de la New York University, sacó antes del verano un libro que no para de atormentarme: “The American classics” (Yale University Press). Otra vez (no sé cuantas veces lo he hecho, de verdad) lo tomé conmigo para un largo viaje aéreo. Es un libro que empieza sin matices: en tres páginas afirma que la literatura norteamericana cuenta con cinco libros que se pueden considerar como “clásicos”. No son cuatro o seis: cinco si no cuatro, afirma Donoghue, que se conoce sobre todo por sus trabajos sobre la literatura inglesa e irlandesa.

Claro que la pregunta es automática cuando se sale de esta manera a un recorrido literario: ¿Qué es un clásico? Donoghue contesta utilizando el famoso texto con un título epónimo de T. S. Eliot. Un clásico, decía Eliot, satisface tres condiciones: expresa una civilización madura, utiliza un idioma maduro y es producto de un creador cuya imaginación es madura. Utilizando estos tres criterios, Eliot afirmaba, en 1944, que toda la literatura europea contaba con dos clásicos: ”La eneida” de Virgilio y “La divina comedia” de Dante. “No hay clásicos en inglés” decía Eliot y Donoghue no se atreve a contestar su afirmación. Aunque...

Aunque hay libros que sobreviven a las interpretaciones que cada generación le pone por encima, capa tras capa de supuesto análisis y visión de su contenido. Sobreviven, aguantan y, explica Donoghue, son clásicos que sobresalen entre los otros libros que obligan al uso de una interpretación específica para mantener su validez. Los críticos Frank Kermode y Lionel Trilling ayudan un poco en ese razonamiento que permite rescatar a cinco obras: los clásicos de Estados Unidos según el autor. Son “Moby-Dick” de Melville; “La letra escarlata” de Hawthorne; “Walden” de Thoreau; “Hojas de hierba” de Whitman; y “Las aventuras de Huckleberry Finn” de Twain. No hay que conocer en gran detalle las costumbres de las ballenas y de los hombres que las cazaban con barcos de vela para entender la locura cósmica del capitán Ahab, y podemos decir lo mismo de los otros cuatro clásicos.

La pregunta, tan enorme que un viaje transatlántico no basta para responder, la pregunta entonces es: ¿cuáles son las obras que corresponden a los criterios de Donoghue en otros idiomas? Hay una trampa, claro: pues el blando niño mal criado de Saint-Exupéry que finge ser un príncipe vive en una obra más fácil de entender para lectores a lo largo del mundo que toda la obra de Proust. La calidad tiene su papel en la selección. Hablamos de una competencia con Virgilio. Por el momento, voy cocinando mi lista tanto en francés como en español. Y, por el número de obras, me siento más cercano a Eliot que a Donoghue. El genio no es un producto de masa.

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9 de diciembre de 2005
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La realeza

Recuerdo algunas discusiones sobre el realismo (o la verosimilitud), a propósito de la novela de Cercas en la que figuraba como protagonista el padre de Sánchez Ferlosio. ¿Se pueden mezclar acontecimientos ficticios e históricos con la justificación del género novelero? ¿No es deshonesto? Bueno, ficción novelesca y acontecimiento histórico no parecen dos especies distintas. Seguramente pueden hibridarse. Son como el whisky y el hielo. Si el whisky es muy bueno, no le pongas hielo. O sí. Casualmente tropiezo con un pasaje de La orgía perpetua, el muy brillante ensayo de Mario Vargas Llosa sobre Flaubert, que me viene al dedillo. En la mitad justa del ensayo, Vargas comenta una carta de Flaubert a Louise Colet en la que dice no poder escribir “lo que ve” (la realidad), sin “transfigurarlo” (la ficción). Este “elemento añadido”, este imponderable, dice Vargas, es lo que da originalidad a la obra y autonomía a la “realidad ficticia”. Pero entonces se le cruza una intuición, no tiene tiempo de desarrollarla, y la deja como nota a pie de página: “1. El elemento añadido, o manipulación de lo real, no es gratuito: expresa siempre el conflicto que es origen de la vocación y puede ser poco o nada consciente por parte del escritor. Naturalmente, el elemento añadido es detectado por el lector en función de su propia experiencia de la realidad, y, como ésta es cambiante, el elemento añadido muda también, según los lectores, los lugares y las épocas”. ¡Menudo jardín derridiano! Nos encontramos con una experiencia A (un fact) que el escritor transfigura inconscientemente en experiencia B gracias al elemento añadido. El lector transforma inconscientemente la experiencia B en experiencia C, según su propio elemento añadido. La coincidencia entre los facts A y C es absolutamente indemostrable, pero ambos, autor y lector, están persuadidos de referirse a lo mismo. De modo que si alguien considera que esa novela es “realista”, lo que está diciendo es que él, el lector, es “real” porque se reconoce en ese texto al cual otorga estatuto de realidad. Dicho en plata: el realismo de las novelas de Flaubert consiste en crear un tipo de lectores realistas. La realidad a la que se refieren autor y lector, sin embargo, no está en ningún lugar, sólo entre las páginas de un libro cuyo contenido es distinto para cada lector. Simultáneamente, quien no considera “realista” o verosímil ese texto (por ejemplo, porque conoció personalmente a Sánchez Mazas) tiene su realidad en otro lugar. Quizás en Tolkien. ¿Qué habría sucedido si el protagonista se hubiera llamado Pérez Martillo? ¿Habría arrastrado al mismo número de lectores? ¿Habrían aceptado su verosimilitud?

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9 de diciembre de 2005
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Amor de contrabando

El muro que separa México de los Estados Unidos está hecho de calaminas baratas y herrumbrosas. Con frecuencia, un sector se viene abajo y se queda así durante días hasta que vengan a repararlo. A la altura de la playa, las placas metálicas son reemplazadas por barrotes gigantescos clavados en la arena que se internan unos metros en el mar. Los ingenieros que colocaron los barrotes calcularon mal el espacio entre ellos. Como era demasiado fácil colarse, ahora han parcheado buena parte de ellos con calaminas. Tijuana llega exactamente hasta el muro. Desde su playa, desde sus cerros, desde su plaza de toros, se ve EEUU. El aeropuerto está al lado de la frontera. La línea marrón de herrumbre atraviesa toda la ciudad. Como si la cortase por la mitad, sólo que no hay otra mitad. Del otro lado sólo hay desierto y patrulleros de la migra. A lo largo de la ciudad, el muro está decorado con las cruces y los nombres de las 3600 personas que han muerto tratando de cruzar. Por la noche, los potentes reflectores de la policía migratoria norteamericana te advierten que no importa a qué hora pases, no importa cómo te camufles, te van a descubrir. Mi anfitrión aquí es el escritor tijuanense Luis Humberto Crosthwaite. Crosthwaite ha sido el guía de Joaquín Sabina. Ha sido el guía de Javier Cercas. Sé que estoy en las mejores manos. Por la tarde, me lleva a conocer burdeles. Primero nos tomamos una cerveza en el Zacazonapan, cerca de la calle Coahuila. Afuera son las cuatro de la tarde, pero en el Zacazonapan ya es de noche. Está en un sótano sin ventanas. Un americano con una camiseta que dice Petrol aúlla canciones de Credence frente a una rockola. De vez en cuando se vuelve hacia una chica de la barra que de vez en cuando le hace caso. Un hombre da vueltas alrededor de la pista de baile. Lleva una mochila. Otros dos beben sendas cervezas en mesas separadas. Todo el mundo tiene cara de estar esperando que algo pase. En un momento dado, el hombre de la mochila se nos acerca. -I’ve got drugs. -No gracias. Y hablamos español. -Que tengo drogas. -Ya, pero de momento no, gracias. -!Buena coca! –nos ofrece con gestos alusivos. Se pregunta qué hace aquí alguien que no quiere drogas. Y qué hace aquí un gringo que habla español. En EEUU, no importa lo que haga, soy Hispanic. Aquí soy gringo. Después vamos al Adelita. Aunque es temprano, el lugar ya está muy animado. Cuesta mirar a cualquier sitio, porque de inmediato se te cruza la mirada de alguna chica. Hay una tarima para los números de baile, y si te sientas cerca de ella tienes que estar dispuesto a que te acosen. Se bajan un poco el calzón para que introduzcas un billete. Se sientan a tu lado. Si eres bueno con ellas te restriegan los pechos por la cara. Eso sí, no les puedes faltar al respeto. Nada de meter mano gratis ni en público. Para empezar, tienes que invitarles una cerveza que cuesta como ocho dólares. Pero aquí todo el mundo parece tener mucho dinero. En el baño, que está excepcionalmente limpio, te venden cigarillos sueltos, chicles de menta, viagra y condones. El ambiente del Chicago Bar es un poco más sofisticado. Y más caro también. El público es más gringo y las chicas tienen personajes, como si fuesen actrices. Está la que tiene cara de virgen, la chica con que saldrías a cenar y al cine. Está la que parece menor de edad, la Lolita felina y experimentada. En una mesa hay dos parejas, que por un momento nos parecen dos matrimonios estables que han venido a ver el paisaje. Antropólogos o sociólogos, esa clase de gente. Sólo cuando los caballeros se van descubrimos que sus acompañantes también trabajan aquí. No todos los americanos vienen en busca de sexo. Sólo quieren conversar, acariciarse, tomar una copa con alguien. Y aquí es más barato que del otro lado del muro. Terminamos la noche en el Miami Bar. Aquí las chicas están sentadas en fila, y puedes sacarlas a bailar por un dólar cada canción. Muchos mexicanos sólo vienen a bailar. Gastan todo su dinero en la pista de baile. Un gordito ha bailado toda la noche con la misma. Uno de camisa a cuadros ya sacó a todas las trabajadoras. En la mesa de al lado hay un hombre con una de las chicas. Ella lleva en sus brazos una muñeca del tamaño de un bebé. Juegan con ella. A veces le hablan. Le pregunto a Luis Humberto: -Y qué más se puede visitar por aquí? -Nada más. Esto es Tijuana. El resto es puro invento. Nos vamos. Aprovechando que su acompañante está distraído mordiéndole el cuello, la mujer con la muñeca nos manda un beso volado.

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9 de diciembre de 2005
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Palinuro

“Tengo una sola ambición: escribir un libro que se mantenga vigente durante diez años”. El audaz propósito de Cyril Connolly, escrito en 1938, se ha cumplido con creces. Setenta años más tarde sigue siendo reeditado. Su mérito es mayúsculo porque no es un novelista, sino un crítico literario. ¿Caso único? ¿Qué comentarista de las letras de los años treinta podemos leer en la actualidad? No ha aguantado ni siquiera Edmund Wilson. En realidad, con aquella frase Connolly señalaba hacia un agujero negro que no ha hecho sino crecer. “Digo diez años porque ése es el tiempo que llevo escribiendo sobre libros y porque puedo afirmar (...) que dentro de poco escribir libros que duren una década, especialmente los de ficción, será un arte extinto”. De Connolly a Juan Marsé ese temor no ha desaparecido sino que se ha intensificado. Hay matices. En tiempos de Connolly el problema afectaba a la rapidez con la que pasaban de moda los autores, a causa del estilo. En consecuencia dice: “Es preciso buscar una calidad que mejore con el tiempo”. Connolly creía que una radicalización del arte literario produciría libros más longevos. Sus modelos para la duración son irreprochables: Eliot, Yeats, Forster.. bueno, y Maugham, el único patinazo de época. Nosotros no podemos contar con ese remedio. Un libro aguanta en librería lo que tarda en venderse. Si no vende, desaparece. Ha de vender mucho el primer mes si quiere durar un año. Y muchísimo el primer año si quiere durar dos. Cuanto mayor sea la exigencia artística del texto, menos posibilidades tiene de durar. Para durar, en todo caso, ha de aplicar la fórmula opuesta y rebajar todo lo posible la calidad artística. Es cierto que algunos libros indudablemente artísticos han alcanzado grandes ventas y se han mantenido años en librerías, como ciertas novelas de Marías, pero hay una variante fundamental. Connolly citaba dos poetas y dos novelistas. Nosotros ya no podemos, honradamente, incluir a los poetas. Ha caído la reina. El rey es más vulnerable que nunca. También intuyó este proceso implacable de acabamiento de la poesía: “Poetas que discuten sobre poesía moderna. Chacales que gruñen en torno a un manantial seco”. Esto escribe en su más famoso libro, La tumba inquieta. Y por esas cosas raras de la vida, como dice la canción, ahora se publica en España una edición de Connolly como no la hay en ningún idioma europeo, incluido el inglés. Admirable trabajo de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla para la editorial Lumen. Figuran dos artículos que no incluye la edición británica: “Los diplomáticos desaparecidos” (1951) y “Barcelona” (1945).

* Un tertuliano preguntaba por la historia de Piaget. Está en: Douwe Draaisma, Why life speeds up as you get older. How memory shapes our past, Cambridge UP.

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8 de diciembre de 2005
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Chávez, ausente y en todas partes

Estoy en Caracas. La República bolivariana de Venezuela ya no es una democracia según el criterio de Montesquieu. La ausencia total de la oposición en el cuerpo legislativo desde las elecciones del domingo pasado pone un punto final a la separación de los poderes. Los tres - ejecutivo, judicial, legislativo – actúan bajo la orientación de una fuerza política única, el chavismo, cuyo único líder es Hugo Chávez.

Me cuesta un poco de esfuerzo encontrar un cartel que se despegue de una pared: “democracia, participación, cristianismo es socialismo”. No hubo mucha propaganda, menos que en otras votaciones, me dicen amigos. Milagro del poder político cuando roza el absolutismo: ya no es necesario mantener la visión permanente de la autoridad. La intuición se confirma al entrar a la librería Alejandría 1, en el paseo de Las Mercedes. Antes, es decir aún a principios de 2005, había una mesa dedicada a Chávez. Revisando la oferta, veo que sólo hay un libro que sobresale, el “Chávez sin uniforme” de Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es un retrato excelente y poco común por su forma: se parece a una novela de aprendizaje. El lector no sigue tanto una cronología sino la historia de la formación de un ego de un tamaño descomunal. Al salir compro la revista Exceso que tiene un artículo sobre la blogosfera venezolana. Revisando el texto, veo que Montesquieu puede preocuparse: ya no hay separación de lo real y lo virtual, pues la fractura entre oficialismo y oposición existe también en el ciberespacio.

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8 de diciembre de 2005
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Nadie, nada, nunca

Se me escapó, el martes por la noche, un homenaje a Juan José Saer en la Maison de l’Amérique Latine. El evento me parecía inverosímil: el escritor argentino llevaba casi cuarenta años viviendo en Francia. Era más parisiense que muchos parisienses. Tanto, que consiguió la rarísima hazaña de publicar la traducción al francés de una novela suya con el título original en castellano: “Nadie, nada, nunca”. Al ver que no conseguía ir al evento me dediqué a recordar si otro escritor latino impuso así el español al francés. En los últimos años creo que no hubo nadie.

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7 de diciembre de 2005
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El Che

Asistí a una tertulia literaria en el antiguo hotel Montecarlo, un hermoso edificio antiguo de mármol en la Rambla de Barcelona. Entre los participantes había un argentino especialmente entusiasta y notablemente culto, que comentaba todo con mucha soltura y conocimiento. En todas partes hay un argentino, pero éste, con su bigote y su pelo largo, me recordaba a alguien. En un receso, me le acerqué. -¿No nos conocemos? Yo soy Santiago, soy peruano. -Hola. Yo me llamo Rubén. -¿Eres escritor? -No, soy el Che Guevara. -Ah. Entonces recordé. Rubén es una de las estatuas vivas de la Rambla. Ahí, entre tiendas de mascotas y florerías, entre marcianos, vampiros y esfinges, él ocupa un taburete, fuma un habano, se pinta de un sepia oscuro y se pone un uniforme de camuflaje. Si le tiras una moneda, recita los discursos del Che: “sobre todo sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”, esas cosas. -¿Cuánto tiempo al día te pasas en la Rambla? -Cinco horas. -Debe ser agotador ¿No? -Más difícil se me haría pasar ocho horas sentado en una oficina. -¿Siempre has trabajado en la Rambla? -No, viajo mucho. Hay una asociación internacional de estatuas vivas en Holanda, y siempre estamos reuniéndonos y promoviendo nuestro trabajo. -Ya. Me dio una tarjeta antes de irse. Ustedes también lo pueden visitar en www.elchevive.org

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7 de diciembre de 2005
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Algo en que creer

¿Necesitamos héroes? Porque el mundo real está lleno de supervillanos, aunque hayan aprendido a camuflarse con los vestuarios del empresario, del estadista y del líder religioso. (Esa fue una de las grandes intuiciones de Ian Fleming, cuyas novelas de James Bond no estaban nada mal: en el mundo contemporáneo, los mejores villanos son siempre hombres de negocios que navegan los ríos de la política y las aguas del crimen tan sólo para aumentar sus ganancias: el Dr. No, Le Chiffre, Goldfinger.) Está claro que nos vendría bien un poco de ayuda en esta batalla desigual. Pero en ese caso, ¿dónde están los héroes? En el cine de hoy, el heroísmo tiende a ser interpretado por personajes de historieta (Batman, un Superman que regresa, los X-Men, Spiderman & Co.) que enfrentan a villanos tan coloridos como ellos para que todo siga igual. Son, en esencia, criaturas anacrónicas, concebidas durante un tiempo en que todavía se creía en la bondad del sistema imperante. (Nótese que los personajes mencionados han sido creados en los Estados Unidos, entre las décadas del ‘30 y del ’60: ninguno después.) Por eso trabajan para perpetuar ese sistema, en vez de derribarlo para crear otro más justo; son conservadores en esencia. Pero por supuesto, hay excepciones como The Constant Gardener, la novela de John Le Carré y también la película de Fernando Meirelles. Allí hay un héroe realista: involuntario, porque no elige serlo sino que se ve virtualmente obligado por las circunstancias; torpe y solitario, en su lucha contra un poder que lo supera con creces; y que cambia nada, o poco, a un precio demasiado alto: ¡pero al menos trata! Por supuesto, cuando uno va a ver las películas de superhéroes sale exaltado. (O al menos esa es la intención de sus productores; por lo general uno sale deprimido por lo malas que son.) Y cuando va a ver The Constant Gardener sale al borde del suicidio; no es lo que se dice el mejor programa para un sábado por la noche. La pregunta es: ¿podemos crear héroes que se enfrenten al Mal que hoy conocemos, en el contexto de relatos que nos exalten en lugar de deprimirnos? En su momento, Matrix demostró que era posible. La tragedia fue que las películas 2 y 3 ya no fueron dirigidas por los hermanos Wachowski, sino por la mismísima Matrix, que destruyó la revolución desde adentro.

………………………

¿Por qué las ficciones hispanoamericanas son tan poco afectas a la creación de héroes? No será porque no los necesitemos. Imagino que debe tener algo que ver con nuestra desconfianza respecto de las instituciones. Los angloparlantes depositan en ellas buena parte de su religiosidad, necesitan creer en su sistema, comulgan con él; en este sentido los superhéroes son santos laicos, embajadores del Bien Supremo. Pero los hispanoparlantes sabemos que las instituciones no han hecho gran cosa por nosotros, más allá de instrumentar la explotación y la represión: ¿por qué aplaudiríamos a alguien que defendiese un sistema que aunque se disfrace de oveja, nos enseña dientes de lobo a la primera de cambio? Lo más frecuente es que nuestros héroes sean pícaros, gente que vive al margen del sistema o que lucra con sus sobras, y que en ocasiones aprovecha la oportunidad de humillar a algún poderoso. Son más bien antihéroes, o a lo sumo héroes trágicos como el protagonista de El Eternauta, la ya clásica historieta de Héctor G. Oesterheld y Solano López: alguien que se ve impulsado a acciones heroicas tan sólo porque quiere recuperar a su mujer y a su nena. El héroe del mundo hispanoparlante es siempre remiso: hace algo porque no tiene más remedio. Si le diesen a elegir, se quedaría en casa haciendo nada. Para actuar en el mundo hay que creer en algo, y la vida en el Tercer Mundo lo forja a uno en el escepticismo. Todo lo que queremos es que nos dejen vivir y que no dañen a nuestros afectos, con eso nos damos por contentos. Los héroes de The Constant Gardener y de El Eternauta parten de la devastación que produce la pérdida de alguien querido, la irrupción de la Historia en el mundo privado: sólo entonces reaccionan, sólo entonces despiertan. Algo parecido a lo que le ocurrió al héroe-narrador Rodolfo Walsh, que hasta 1956 era apenas un periodista, traductor y escritor de cuentos policiales. En el verano del 57, frente a un vaso de cerveza, alguien se le aproxima y le dice: Hay un fusilado que vive. La frase lo pone en movimiento. La promesa de una aventura real lo fuerza a salir de su torre de marfil, y Walsh acepta mezclarse con la Historia para producir una investigación periodística primero (el fusilado era uno de aquellos peronistas a los que la represión policial baleó en un basural de José León Suárez, en junio de 1956) y después uno de los libros más importantes de la literatura argentina del siglo XX: Operación masacre, que inventó la non fiction novel nueve años antes de que Truman Capote publicase A sangre fría. Otro héroe remiso es el Corto Maltés, aquel de las maravillosas historietas de Hugo Pratt. Al mejor estilo del Bogart de Casablanca, el Corto es de aquellos que dice no creer en nada más que en su propio provecho. Su discurso es escéptico, pero su práctica es romántica: el Corto es dueño de una ética vital que no le deja otro remedio que exponer su propio cuerpo para refrendarla. Parece ser que para creer aunque más no sea en la existencia de una ética personal hay que irse al pasado, como también lo demuestra el éxito de las aventuras del Capitán Alatriste. Al menos Alatriste demuestra que es posible que consagremos hoy a un héroe, que no sólo estamos en condiciones de reconocerlo como tal, sino además de valorarlo. Algo en lo que creer, por fin.

………………

Esta noche iré al Malba. Estrenan un documental llamado El último confín, sobre una de las tantas quijotadas que han protagonizado en los últimos años los muchachos del Equipo Argentino de Antropología Forense. Ellos son mis héroes desde hace tiempo.

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7 de diciembre de 2005
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Menos Europa

Tras cinco meses de silencio, el gobierno de Tony Blair ha formulado su propuesta de presupuesto europeo, que se puede resumir en dos palabras: menos presupuesto. Un 8% menos de dinero para los nuevos estados miembros, un recorte de 8.000 millones de euros en el cheque británico y una rebaja de las cuentas comunitarias. O sea, que los gobiernos gasten más en casa y menos en la Comunidad Europea. Tradicionalmente, este tipo de propuestas inglesas recibía una rápida y contundente respuesta de Francia, escandalizada por la falta de conciencia social y el excesivo liberalismo de los ingleses. Pero Francia está callada. Y no es para menos. La cuna de la democracia moderna lleva una temporada de fracasos. Después de encumbrar al ultraderechista Le Pen a la segunda vuelta de las elecciones, sus ciudadanos rechazaron la Constitución Europea en un referéndum. Como cereza del pastel, la violencia callejera del último mes descubrió que su modelo de integración social está desintegrado. Francia no debatirá mucho en el plano internacional, porque ya tiene bastante con contener el previsible avance del Frente Nacional. El modelo europeo surgió como una alternativa a los dos grandes sistemas del siglo XX. El estado del bienestar sumaba la libertad del capitalismo con la igualdad del socialismo, todo con éxito económico. Pero la disyuntiva ya no es la misma. De hecho, ni siquiera los términos políticos tradicionales corresponden con la realidad. Baste recordar que Blair –el que quiere recortar los subsidios, el que fue a la guerra- es un político “de izquierda” y su rival Chirac es “de derecha”. El problema ya no es ideológico sino doméstico: ¿de dónde va a salir el dinero para mantener el bienestar? La competencia de las potencias emergentes como China, la alta edad de sus ciudadanos que cada vez cobran más y pagan menos a la seguridad social, los beneficios sociales que han creado trabajadores poco competitivos, están obligando a Europa a desmantelar sus sistemas de bienestar e igualdad. Para mantener sus economías, la Comunidad necesitará más inmigrantes y mayor flexibilidad laboral, y eso va a causar conflictos sociales. Intentar una integración europea cuando ni siquiera hay una integración efectiva en las calles de París podría terminar colapsando el sistema. El gran modelo europeo, pues, ha ido más rápido en la teoría que en la práctica. De momento, a falta de un modelo claro de desarrollo, forzar una integración demasiado rápida de Europa puede ser el mejor modo de acabar con ella.

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7 de diciembre de 2005
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Villano se busca

Nunca pensé que en un mundo tan pródigo en males me iba a costar tanto encontrar un villano. Me explico. Estoy escribiendo la segunda versión de un guión llamado Superhéroe, que se atreve a imaginar el surgimiento de un personaje de esos tan caros a la imaginería popular en el contexto de una sociedad despedazada por una crisis feroz (económica, social, política, cultural) como la argentina. En la primera versión me salieron bien unas cuantas cosas: por ejemplo la pintura del protagonista, un típico joven de hoy que al verse sorprendido por la concesión de un poder extraordinario, no piensa ni por asomo en salir a hacer el Bien (una fantasía típicamente norteamericana, derivada del complejo mesiánico tan acentuado en los últimos años por conveniencias políticas) sino en divertirse como loco, dejar de trabajar y seducir a la chica de sus sueños. Por supuesto, con el correr de la historia comprende que no puede permanecer del todo prescindente en un contexto de tan extendido sufrimiento y se anima aunque más no sea a pensar, siquiera, por dónde empezar a desatar semejante nudo. En los relatos convencionales del género, el villano es una anomalía en el sistema: la manzana podrida, una excepción a la regla. Por eso es frecuente que esté loco, como el Joker de Batman, o los científicos desquiciados que suelen torturar al pobre Spiderman, o el asesino serial al que se enfrenta el superhéroe de Unbreakable, la película de M. Night Shyamalan. Un gangster también puede funcionar como villano, en tanto significa un quiste corrupto en el cuerpo por lo demás saludable del capitalismo triunfante. En los últimos tiempos el cine ha recurrido hasta el abuso a los traficantes de drogas, a quienes desprecia porque pervierte algo tan maravilloso como el comercio al vender mercancía dañina (es llamativo, en este contexto, el respeto que les tiene a los fabricantes de armas, que producen mucho más daño y son bendecidos por la ley) y ahora prefiere a los terroristas, a quienes concibe como renegados, gente aislada y solitaria que hace lo que hace porque no tolera el bienestar de las mayorías y envidia el american way. ¿Pero qué ocurre cuando el sistema entero es maligno en su esencia, o cuanto menos permite sin ofrecer mayores resistencias un triunfo recurrente del Mal? Entonces los representantes legítimos del sistema se convierten en símbolos de ese Mal. Los potentados económicos. Los líderes religiosos. Los presidentes electos. Los militares. Los legisladores. Sin ir más lejos, aquí estuvo a punto de asumir como diputado electo Luis Abelardo Patti, sobre quien pesan varias causas por homicidios cometidos durante la dictadura militar en la que se desempeñó como comisario. Una moción de último momento impidió la jura, y en los próximos días su situación será debatida en profundidad. Lo que no borra el hecho de que un homicida confeso (porque Patti se vanaglorió en público de sus hazañas en más de una oportunidad) haya sido votado para el cargo por miles de personas para quienes, es obvio, los villanos tan sólo existen en las películas. ¿Se imaginan a Superman haciéndole frente a Bush, o produciendo la bancarrota de la industria petrolera al propiciar la utilización de fuentes de energía alternativas? Resulta imposible, porque para que ello ocurra los muchachos de DC Comics deberían asumir que un sistema que se precia de defender la democracia, la libertad y la justicia ha permitido la entronización de alguien que en la práctica las demuele a diario. Para ello deberían asumir también que un terrorista no es un renegado sino un hijo natural de un sistema injusto, que por ende no desaparecerá hasta que se eliminen las condiciones que lo generaron; y eso es algo que, todos lo sabemos, no ocurrirá en un futuro inmediato.

………………………

He ahí mi dilema respecto de los villanos del mundo actual. Uno de los personajes del guión lo pone a las claras: hoy en día los supervillanos son señores que visten trajes carísimos, que manejan cuentas multimillonarias, industrias, ejércitos privados y a menudo naciones sin que, en la mayor parte de los casos, conozcamos sus nombres ni sus rostros. (Los nombres y rostros que sí conocemos suelen ser los de sus embajadores: el presidente tal, el dictador cual, el periodista equis, el diputado zeta.) Son los hechos y las omisiones de estos supervillanos reales los que determinan el hambre de las mayorías, la difusión de las enfermedades y la persistencia de la ignorancia. Pero aun cuando nadie dude de que cuentan con superpoderes para el ejercicio del mal, son casi opuestos a sus representantes en el terreno de la ficción. Los supervillanos de las historietas están locos, pero los del mundo real son cuerdos, calculadores, lógicos. Los supervillanos de las películas son carismáticos, pero los del mundo real prefieren el perfil bajo. Los supervillanos de la TV son coloridos, pero los del mundo real son grises: no dan puntada sin hilo. Es decir: terribles como personas e inservibles –o poco menos- como personajes. Una película con un supervillano como Aznar sería aburridísima. (Insisto, aun en el mejor de los casos Aznar no sería un supervillano, sino tan sólo un secundón en las huestes del Mal, un henchman, un matón a sueldo.) La crueldad desbordada e imaginativa de un Joker permite el juego de la ficción; en cambio la crueldad fría y metódica de los villanos de la vida real sólo produce escalofríos y le quita a cualquiera las ganas de jugar. ¿Debería resignarme y crear un supervillano carismático? Como escritor es una tentación. Este tipo de personajes suele dar grandes satisfacciones: Moriarty, el Joker y Dracula, por mencionar tan sólo algunos malvados clásicos, son criaturas brillantes y elocuentes, el sueño de cualquier creador: rezuman drama y teatralidad. ¡Pero en este caso me resisto a intentarlo! En los relatos del género el héroe excepcional y el villano excepcional son dos fuerzas que se anulan una a la otra para que todo siga igual; y yo quiero un héroe excepcional (todo héroe lo es, en estos tiempos) que se enfrente a los villanos que son la norma para que ya nada sea igual. Siento que si optase por el camino más fácil, me estaría negando a abordar la noción del Mal que padecemos hoy en nuestro mundo: y si no logramos descularla ni siquiera en el territorio de la imaginación, ¿cómo lograremos hacerle frente en el mundo real?

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J. R. R. Tolkien tuvo una percepción certera cuando hizo de Saurón no tanto un personaje como una fuerza corruptora: poco más que un fantasma, un poder incorpóreo que se apodera de todos aquellos que le dan lugar por necesidad, ambición o inseguridad. Algo parecido sugería Kayser Soze en The Usual Suspects, la película de Bryan Singer: “El mejor truco del Diablo es habernos convencido de que no existe”. Los villanos de este mundo nos han convencido de que no son tales, ellos son tan sólo empresarios, estadistas, funcionarios, industriales, soldados, inversores o profesionales independientes. Y nosotros hemos creído que esa máscara anodina es real. Leemos sus hazañas en las revistas de negocios o de moda, los envidiamos, ¡los votamos! El desafío como narrador es ver más allá, y desmontar el rictus del triunfador-del-mundo-de-hoy para demostrar que existe, por detrás, una inteligencia superior al servicio de intereses puramente personales –o para ponerlo de forma apropiada al género, al servicio del Mal. Sí, ya lo sé, me metí en un berenjenal. Ya les contaré si sobrevivo.

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7 de diciembre de 2005
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El Boomeran(g)
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