Escrito por

Rafael Argullol

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01-01-2015

Llegará el día

en que pueda verme

con el tierno ojo del caballo,

y con el afilado ojo del gato

que aguarda la noche sobre la cornisa,

y con el ojo oblicuo de la gaviota

que trae la imagen del mar a la ciudad.

Llegará el día

en que pueda verme

desde la corola azulada del lirio,

y desde el temblor amarillo de la margarita,

y desde el centro de la rosa,

que se abre al mundo

como el centro de todos los centros.

Llegará el día

en que pueda verme

desde el lomo rosáceo de la nube,

y desde la pupila ardiente

del relámpago que cruza el crepúsculo,

y desde el iris abismal

de la estrella que danza en el firmamento.

Llegará, llegará ese día.

Entonces moriré,

entonces naceré.

 

 

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11 de enero de 2018
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12-12-2014

El fuego del volcán

derrite la nieve que rodea al cráter,

y ahora sé que en esa noche

se halla, palpitante, toda nuestra representación,

el hermanamiento del beso y el castigo,

el juego de la eternidad con el instante.

Sobre el Etna, rojizas en el cielo,

aparecen las máscaras del drama y la comedia,

y con ellas el entero relato de nuestra vida.

Podría decir que no ha valido la pena.

Pero mentiría, y no se puede mentir

en presencia de las máscaras celestes.

Valió la pena, nieve;

valió la pena, fuego.


 

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10 de enero de 2018
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30-11-2014

De niño me hubiese gustado

ser el hijo de un farero.

Suponía que así

estaría rodeado todo el día por el mar,

y también toda la noche,

de modo que, desde la cama,

podría escuchar el sonido de las olas

al chocar contra el acantilado.

Luego me olvidé

de ese deseo de la niñez, secuestrado

por los deberes y placeres de tierra adentro.

He despertado, de nuevo, ahora:

ahora -cuando casi

ya no hay faros habitados-

quiero ser el farero

al que, en la niñez,

yo soñaba como padre,

y vivir lo que me falta

rodeado únicamente de mar,

maestro en el canto de las sirenas,

ferviente devoto de Poseidón.


 

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9 de enero de 2018
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06-11-2014

No esperamos el Paraíso,

declarado hace ya tiempo vacío,

ni tememos al Infierno y sus tormentos,

como temieron tantas infelices generaciones

que nos precedieron en el claroscuro de la existencia:

te hemos hecho caso, Lucrecio,

cuando pedías a los hombres desprenderse

de los miedos y de las expectativas

que las religiones habían incrustado en su alma.

Somos libres, como solicitabas,

de las fantasías de ultratumba,

doradas unas, negras las otras,

y vivimos apegados a nuestro presente,

el único paisaje de lo cierto,

o, cuando menos, de lo que puede ser habitado.

Sin embargo, Lucrecio,

seguidores tuyos -aun sin saberlo-,

no hemos obtenido la recompensa que prometías

en tu valiente poema,

y seguimos sin ser libres,

y nuestro pánico no es menor

que en los tiempos de la creencia,

cuando los seres humanos se postraban ante los ídolos.

Únicamente estos han cambiado, Lucrecio,

pero a peor, pues nuestros ídolos ya no exigen fe,

ni regalan paraísos, ni amenazan con infiernos,

y se limitan a morir con nosotros, a consumirse con nosotros,

embarcados, como estamos, hombres y dioses

en una misma nave que cruza la nada.

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8 de enero de 2018
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04-11-2014

Falta un minuto:

puedo imaginar lo que sucede.

Niños cantan en la escuela.

Soldados hacen maniobras en el cuartel.

Lavanderas gritan alrededor de la fuente.

Albañiles blanquean el muro desde el andamio.

Jinetes espolean a sus caballos.

Ancianos discuten ante el mercado.

Sacerdotes hacen una ofrenda a Júpiter.

Pugilistas pelean en el gimnasio.

Nodrizas amamantan a recién nacidos.

Mujeres con túnicas negras acuden al funeral.

Herreros forjan las espadas.

Adolescentes juegan a las anillas.

Amantes gozan en el lecho.

Pompeya está tranquila, confiada:

falta un segundo.


 

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5 de enero de 2018
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23-10-2014

Mientras seguimos ciegos,

envueltos por la suave oscuridad

del vientre materno,

algo escuchamos ya del mundo,

quizá la risa de la madre,

o tal vez el grito de un energúmeno

que en aquel momento pasa cerca,

o bien razonables palabras de amistad,

sin descartar los espasmos del placer,

o la alegría de un canto solitario,

o una piadosa oración, o una violenta blasfemia,

o la proclamación del terror,

o la confirmación de la ternura.

El oído es nuestro primer vigía:

aún somos peregrinos de la gran noche

y ya la vida asalta nuestro silencio.


 

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4 de enero de 2018
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27-09-2014

"¡La especie humana no merece sobrevivir!".

Esta es la conclusión a la que llegan los dioses

-las más sutiles criaturas de nuestros sueños-

tras examinar largamente

las violencias y rapiñas de los hombres.

Lo justo sería su exterminio.

Pero luego los dioses, volubles ellos mismos,

se enamoran de ese varón, de esa mujer,

de ese anciano que cae con dignidad,

de ese niño que ríe alegremente,

ajeno todavía a los crímenes y a las condenas.

"¡Demos a los hombres todavía un plazo!".

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2 de enero de 2018
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16-09-2014

Abrí la caja:

en su interior había un abrigo negro

con una rosa roja prendida en el ojal.

Me enfundé el abrigo y salí a pasear.

Los transeúntes me miraban con asombro

porque no hacía frío para ir con una prenda así.

Sus ojos se clavaban en la rosa roja.

Caminé varias horas, sin rumbo,

hasta que las calles quedaron desiertas.

Me senté en un banco de piedra.

Estaba alegre metido en mi abrigo negro.

Olí la rosa roja: tenía el aroma sutil

de los jardines en los que no se hacen preguntas.

No pregunté por la caja, ni por el remitente de la caja.

No pregunté por qué me habían enviado un abrigo negro

con una rosa roja prendida en el ojal.

No pregunté nada. Y fui feliz.


 

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1 de enero de 2018
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15-09-2014

Algo le fue prometido

a este hombre, sin que él lo pidiera.

Desde entonces camina, solo,

por las calles de la ciudad,

por los oscuros senderos del bosque,

por los arenales y las salinas,

sin tregua, sin descanso,

con las pupilas fijas en un punto del futuro

que siempre se mantiene en la misma lejanía.

Así pasan los días, así pasan los años.

El caminante no ceja en su empeño.

Quiere que se cumpla lo prometido.

¡Al fin y al cabo él nada pidió!


 

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29 de diciembre de 2017
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21-08-2014

Mientras la luz de agosto

se derrama, pródiga, por la tierra,

¡qué delicia saborear el primer higo!

El paso de los años no desgasta la sensación,

y su dulzura siempre nos sorprende,

un puro regalo que apenas merecemos.

Porque, en efecto, nada debe al hombre

la solitaria higuera que ha crecido

en medio de la árida dureza de los campos

o entre las ruinas de casas abandonadas.

No ha habido siembra ni abono ni cultivo,

y la mirada humana ha contemplado con indiferencia

la seca desnudez de su ramaje invernal.

No ha habido hacia ella ni amor ni temor,

las fuerzas que siempre nos ocupan.

Y sin embargo, la higuera,

más justa que nosotros,

acude puntual a la cita con sus dones

y nos concede su roja voluptuosidad.


 

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28 de diciembre de 2017