Escrito por

Basilio Baltasar

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18 diciembre

Nadie ha contado el número de muertos fabricados por la industria cinematográfica norteamericana. Los extras caídos por exigencias del guión, los secundarios despachados en las primeras secuencias, los protagonistas condenados a perder la vida en la apoteósica coda de los dramas mediocres.

La factoría californiana no parece dispuesta a agotar este filón de ideas. Perfecciona el realismo sucio de la muerte con la tecnología de los efectos especiales y hace más convincente el mito sangriento de la nación americana.

Este narcisismo es misterioso.

Cuando rebrota la polémica – por una súbita matanza de escolares o de clientes en una hamburguesería- se promueven enmiendas contra la venta de armas en los supermercados. Sin embargo, los que reclaman restringir el libre acceso a rifles y pistolas no han comprendido el origen de la perturbada conmoción nacional.

Ignoran que la más sublime inspiración de la violencia americana procede de la religión americana. Hace ya tiempo que el pueblo y los padres fundadores eligieron al dios del Antiguo Testamento. Hubo otras opciones en la joven América pero la de Jehová fue la preferida. Por su magisterio el Estado proclama la pena de muerte, consagra la doctrina del gran dios americano y hace de la Ley del Talión la más radical manifestación de su tutela.

Desde el punto de vista divino, el criminal norteamericano sólo es el intérprete descarriado del edicto testamentario. El escolar ofendido por sus compañeros, el marido humillado por su mujer, el traficante engañado por sus compinches,  se han tomado muy en serio la ley que rige la vida de la nación. Les resulta dilatoria la jerga judicial y temen la astucia de los abogados. Encomendándose al dios de sus padres, se sienten autorizados a empuñar la metralleta.

La pena de muerte es la venganza sacramental de Jehová. El atributo del Estado que administra la violencia y, al mismo tiempo, la cualidad de los creyentes.  Los hombres de fe quieren mantener enchufada la silla eléctrica y los criminales, que hasta un día antes sólo eran ciudadanos libres de tomarse las cosas a su manera, desean abreviar el proceso entre falta y castigo. Nos parecerá disparatado su delirio justiciero, pero los asesinos son fieles a la doctrina de la nación elegida por el dios del Talión. Gente nerviosa e ingenua que cree en el talión de dios.

Lo dice el sheriff de Cormac McCarthy: “este es un país con una historia tremendamente sanguinaria”.

Y aún así, sabiendo lo que hay que saber, al policía le consterna la crueldad de los nuevos criminales. Ni de la guerra que vivió –con sus particulares remordimientos- recuerda semejante espectáculo de ensañamiento y brutalidad. Antes el sheriff perseguía cuatreros, ahora a traficantes de droga. No comprende la metamorfosis de su época y se siente anonadado. Lo que tiene ante si no son hombres fuera de la ley. Ve avanzar su sombra por la línea del horizonte a la hora del crepúsculo y siente un desagradable estremecimiento.

Los soliloquios del sheriff en No es país para viejos (Mondadori, 2006) son una pieza maestra de la introspección biográfica. Su melancolía es elegíaca pero su juicio no es insoportable. En lugar de arrepentirse y olvidar, el sheriff contempla el curso de la vida. Se han disipado las presunciones de la juventud y sólo le queda admirar la ternura de su esposa.

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18 de diciembre de 2006
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Comentario al comentario

El acontecimiento en la polis es un lugar común. Una molestia para el individuo enojado. Pues la mansedumbre es irritante. No importa de dónde provenga la ingenuidad de los creyentes, de los demasiados. Será una fuente indigna de nosotros, los únicos.

El acontecer y sus engaños, sin embargo, nos envuelven.

Mal estaría que interpretara yo lo dicho por mí, pero sea por una vez tan solo. En atención a los decepcionados: la señorita provoquen, pla, andante y pozo (no a Numa, por ahora).

La retórica del régimen anterior y el actual discurso político manejan categorías coloquiales de gran eficacia escénica, por falaz que nos parezca su presunción. Reiteradas hasta la extenuación disfrazan lo sorprendente: el empecinado culto a los muertos y su importancia sagrada en una sociedad aparentemente secularizada.

Lo ancestral palpita como el corazón de un ciervo acorralado.

Es sentimental y justicialista la memoria reivindicada –a mi juicio, imperiosa- pero el espanto y el escándalo de la derecha ofendida es el indicio verdadero.

Su reacción airada nos ayuda a comprender en qué país vivimos: qué ridículas y formidables fuerzas se trenzan en el lugar común de la política, cómo se impone la obcecación, cuánta hechicería ocupa el lugar de la razón, cómo se gobierna el instinto sacramental de los dóciles, cómo se excita su temor sacrílego.

Y hasta qué extremo lo padecen algunos librepensadores, por arrogante que sea su aspecto.

Es triste creer que lo Ilustrado no sucedió en España y que todo está por hacer.

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15 de diciembre de 2006
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15 diciembre

Imitando a Felipe II, Francisco Franco levantó cerca de El Escorial el monumento fúnebre del Valle de los Caídos. Una ostentación de la genealogía igualitaria de los Novios de la Muerte, los legionarios que comandó en África.

Compartiendo la admiración de los dictadores por los arquitectos del viejo Egipto quiso levantar las fundaciones que el paso del tiempo no pudiera cancelar ni someter. Lo consiguió. Sus competidores no llegaron a tanto. Hitler y Mussolini fueron derrotados dos veces: por los ejércitos enemigos y por el ensañamiento que aún merecen. (Stalin, sin embargo, no cayó en desgracia).

Los caídos por Dios y por la Patria bajo la descomunal cruz del monumento fúnebre del Valle eran los de su bando. Al ser glorificados y ensalzados durante treinta y ocho años por las oraciones que los escolares recitaron en la escuela -bajo el pequeño crucifijo de madera colgado junto a la pizarra-, después de ser agasajados de año en año por la fanfarria de las bandas municipales y ensalzados por los desfiles castrenses en la reiterada marcha de la Victoria, los muertos y asesinados del bando vencedor han visto honrada su memoria. 

Los muertos y asesinados del bando derrotado, muchos de ellos sepultados de noche en tierra de nadie, abandonados en la fosa común, esperan la misma retribución simbólica y recibir el homenaje de un funeral no vergonzante.

No hay gesto más ecuánime para liquidar la infame deuda de una guerra civil.

Sin embargo, el bando vencedor de aquella guerra considera esta reclamación una ofensa, una provocación contra el espíritu de la transición.

La indignación del Partido Popular nos ha permitido comprender, al fin, el espíritu de la transición.

Después de haber gozado la gloria de su victoria sobre las huestes enemigas y haber envejecido con el mando único de la nación en sus manos, los vencedores  consintieron: aprobad si queréis la ley del divorcio, la del aborto, montad la España autonómica, lo que queráis. También podéis coger el gobierno. Por qué no.


Ahora bien, eso ni se os ocurra. El culto a los muertos es privilegio del vencedor. No es algo que vosotros podáis hacer. Ni ahora ni nunca.

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15 de diciembre de 2006
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14 de diciembre

Dave Eggers ha escrito la historia de un perro contada por sí mismo: Después de que me lanzaran al río y antes de ahogarme (en Guardianes de la intimidad, Mondadori, 2005).

Su relato es el sencillo fruto de una sagaz comprensión. El pensamiento del perro discurre como la vida del perro. Como si el chucho conociera la máxima wittgensteiana: los límites de mi mundo son los límites del mundo.

Las sensaciones de placer –correr con otros perros por el bosque, dejarse manosear por las niñas de la casa, saciarse de pienso en el jardín- hilvanan su evanescente sentido del tiempo. Y aunque no le agradan los perros violentos ni los humanos despiadados –como el que le tira al río siendo un cachorro- su percepción está exenta de horror trágico. Cuando uno de los suyos aplasta en su mandíbula a una ardilla no siente escalofríos. Le asombra ser rescatado de las aguas y su asombro es el mismo cuando al final se ahoga frente a los perros que juegan en la orilla.

Ahora que el Ayuntamiento de Barcelona se pregunta cómo desalojar a los okupas (sin saber dónde podría instalarse a vivir una tribu urbana de estas proporciones) me acuerdo de su perro.
El perro del okupa no ladra a los transeúntes y mientras el joven malabarista hace en la acera sus números de circo, el perro se acurruca junto a la mochila y dormita. Mide a cada ciudadano con el mismo rasero. Tanto le da que dejes caer una limosna como que pases de largo. Luego, cuando regresan al refugio, una vieja fábrica abandonada por sus dueños, el perro, sin collar ni cadena, espera la hora de la comida.

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14 de diciembre de 2006
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13 diciembre 2006

Thomas Pynchon sale en defensa de Ian McEwan. Lo peor de las acusaciones es que estás obligado a defenderte. Lo mejor, cuando tienes suerte, es que alguien sale en tu defensa. No es frecuente. Por lo general uno acaba hablando como un torero: dejadme solo.


Han identificado en algunos párrafos de Expiación la huella de una enfermera destinada a cuidar soldados heridos durante la II Guerra Mundial. Parece que Ian McEwan se inspiró en la experiencia de esta mujer y algunas escenas de Expiación suenan como si se las hubiera contado –lo cierto es que las escribió en No time for romance, por lo visto una “novela romántica de hospital”.

Dice Pynchon, en defensa de McEwan, que si no hemos estado en el lugar dónde sucedieron los hechos que deseamos narrar estamos obligados a contar con el testimonio de los protagonistas.

No veo qué más podría decirse. Pero si uno lee los fragmentos que han dado origen a la controversia -nimias alusiones a los gestos de la enfermera- resulta difícil entender que un autor como McEwan haya plagiado algo tan insustancial. Sus admirables recursos narrativos hacen incomprensible esta desabrida pereza.

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13 de diciembre de 2006