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Los snobs, "EL Sol" y Antonio Gastón

 

 

Habíamos enterrado el esperpento del 23-F y nos tocaba divertirnos. Había que tomar las calles, vivir la ciudad y dormir lo menos posible. Madrid se había desnudado en el dos de Mayo, fumaba en Malasaña y bebía por todos los barrios. La ciudad de verdad quería ser alegre y confiada. Algunos se perdieron en el camino, no supieron terminar las noches blancas, otros lo superamos no entendemos bien cómo. Aunque sí sabemos porqué: no queríamos perdernos la vida de una ciudad libre y unos ciudadanos con ganas de pasarlo bien. Y los pasamos. Algunas veces nos pasamos.

Ya nos podían gustar los snobs. Los necesitábamos, como Nueva York tuvo sus snobs en los tiempos de Warhol y el Chelsea Hotel, los ingleses con Bloomsbury o los parisinos en casi todas las épocas, nosotros también tuvimos nuestros snobs. Hay un delicioso libro en la editorial Impedimenta que habla de la historia reciente de lo snobs y el snobismo, todo un acercamiento, muy afrancesado aunque sin abandonar lo anglosajón, que recomiendo a todos los interesados por esa manera de estar en el mundo, quizá de burlarse de él. Se llama "Diccionario de literatura para Esnobs". Apenas hay snobs españoles- escribir esnobs me parece demasiado snob- y sin embargo los hubo, incluso los hay. Si tengo tiempo un día de estos emprenderé la busca y captura de algunos de nuestros snobs más notables. Tendré que limitarme a los vivos porque no quiero invadir territorios de Luis Antonio de Villena y otros estudiosos y preclaros snobs de nuestro mundo.

Hoy he recordado va uno de esos encantadores snobs a la madrileña. Un representante de los mejor del Madrid que sabía divertirse. Antonio Gastón, muerto lenta y lúcidamente después de haber vivido con intensidad días y noches. Hoy lo recuerda el querido Miguel Mora que desde Roma tiene nostalgias de aquellas noches del Madrid interminable de los tiempos en que tanto nos movíamos. Sin Gastón, sin su creación preferida, "El Sol", Madrid no hubiera sido la misma. Noches en ese garito de música y roces, de hermosas y buscadores, de modernos y posmodernos. Frívolas, maravillosas, noches de tragos largos y sueños cortos. El snob de Gastón veía subir la temperatura de su local, mientras ligaba discretamente bebiendo un champagne y veía llegar la hora del cierre desde la mesa de su balcón con vistas. Desde el baile nocturno de nuestra casera feria de las vanidades o desde la barra, admiramos la elegancia de este snob de San Sebastián que dejó la arquitectura para hacer más modernas las noches de Madrid. Ha muerto sin rendirse. "El Sol" sigue vivo y noctámbulo. No es el mismo. Como la ciudad no es la misma. Echaremos de menos a snobs como Gastón, elegante y decadente. Que una vez fue joven y divertido. Sin embargo a  él y a otros snobs tan nuestros, les gustara decir: "Soy joven y rico y culto; y soy infeliz, estoy neurótico y solo"

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24 de febrero de 2011
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Vencedores y vencidos

Las crisis tienen vencedores y vencidos. Cuando salimos del túnel nos encontramos con un paisaje recién estrenado, en el que nada está en su sitio. Algunos jugadores han desaparecido. Otros han quedado disminuidos y contarán poco a partir de ahora. Unos terceros son los que han seguido el consejo del nuevo alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, que ha vencido en las elecciones de su ciudad después de dejar la Casa Blanca de Obama, donde fue jefe del gabinete presidencial, el equivalente a un primer ministro: no desaproveches una buena crisis.

Sucede con las crisis económicas como la que estamos atravesando; pero también con las políticas, como las que afectan a todos los países árabes. En este caso, además, es una crisis revolucionaria, que pone de cabeza para abajo los sistemas de poder que han venido funcionando en toda la zona desde que terminó la etapa colonial. Si la crisis de las hipotecas subprime se llevó por delante la banca de Wall Street, esta crisis revolucionaria ya se ha cargado a tres grandes empresas y monopolios de poder que controlaban nada menos que una población total de 100 millones de habitantes, dos millones de kilómetros cuadrados y tres países enteros, con extensos recursos energéticos y turísticos y el control de una vía de comunicación estratégica como el canal de Suez. Aprovechar las crisis quiere decir utilizarlas para sacar grasa de los negocios actuales e imaginar otros nuevos, acordes con los nuevos tiempos. También estamos hablando de negocios políticos. Los clanes mafiosos derrocados poco podrán aprovechar, pero sus socios, amigos y aliados todavía estarán a tiempo, si espabilan. Dos recientes reacciones proporcionan excelentes ejemplos de capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias. El primero es el del presidente israelí, Simon Peres, en su viaje a España, entusiasmado con la revolución árabe: "La democracia de nuestros vecinos es la mejor garantía para la paz". El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, no le va a la zaga ni en entusiasmo ni en declaraciones. "En lugar de matar a la gente, escúchenla", ha dicho dirigiéndose a Gadafi. Seguro que los bancos, fondos de inversiones y socios empresariales de los tres clanes mafiosos seguirán similar conducta, guiada por las juiciosas y célebres palabras inventadas por Giuseppe Tomasi di Lampedusa en boca de su Gatopardo: "Que todo cambie para que nada cambie". De momento es evidente que algunos se muestran ajenos a la vieja sabiduría del poder y se aferran al mundo antiguo en su hundimiento. La gran mayoría de los países árabes donde la revolución todavía no ha cuajado están maquillando a toda prisa sus miserables sistemas de dominación feudal. Liberación de presos políticos, subsidios a los alimentos, ayudas directas a las familias, destitución de ministros quemados o promesas de reformas constitucionales. Ejemplo de una mediocre reacción a los retos que se les presentan a tales regímenes lo encontramos en las palabras del rey de Marruecos, Mohamed VI, que se niega a responder ante unas pretensiones de democratización que considera demagógicas. Algo similar sucede con las viejas potencias coloniales europeas, perdedoras en sucesivas oleadas de cambios, y perdedoras ahora, a juzgar por sus lamentables reacciones ante la crisis revolucionaria. El caso más sangrante es el de Francia, cuya política exterior ha entrado en barrena al mando de Nicolas Sarkozy, un presidente tachado de aficionado, impulsivo y excesivamente mediático desde las filas de su propia diplomacia. Lo dice el escrito de un grupo de altos funcionarios del Quai d'Orsay, publicado con pseudónimo en el diario Le Monde, en el que denuncian la desaparición de la voz de Francia en el mundo. Todo lo que se aplica a Francia tiene valor también para la Unión Europea, que inaugura el "servicio exterior mayor del mundo" con un naufragio de reglamento. ¿Hay vencedores? Los hay y ya de partida. Turquía, claramente. Quienes buscan la mano que mece la cuna en todo proceso de cambios históricos pueden fijarse en Ankara y en el próspero futuro del islamismo moderado de Recep Tayyip Erdogan. También los habrá por fuerza de su voluntad. Difícil pensar que Israel, abiertamente perjudicado ahora, no pugne por sacar provecho de la crisis. Teherán ya ha movido ficha: dos buques de guerra suyos han entrado en el Mediterráneo por Suez, por primera vez desde 1979. Queda claro que le aprovecha el cambio. Quien nada arriesga, como es el caso de la mayor parte de los países europeos, España incluida, seguro que nada gana. Los rendimientos de las crisis, también las revolucionarias, serán para quien los trabaje.

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24 de febrero de 2011
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Poética del excusado

Edmund White descubrió a Arthur Rimbaud en el váter de un internado de Detroit a la misma edad adolescente en que el poeta francés escribía metido en el retrete externo de la casa materna, su lugar favorito de ensueño. Hay un punto de unión escatológico en algunas obras de estos dos escritores separados por una lengua y un tiempo de casi cien años, pero el ‘Rimbaud' de White (Lumen, Barcelona, 2010) sólo pretende ser, y lo logra, una biografía iluminada por el comentario siempre pertinente de la poesía del genio de Charleville; poco que ver, por tanto, con los brillantes artificios imaginarios de Pierre Michon en ‘Rimbaud el hijo' y con la minuciosa pesquisa tan bien llevada por Charles Nicholl en su ‘Rimbaud en África' (ambos editados aquí por Anagrama). White ha leído todos los libros necesarios y conoce a fondo a Rimbaud y también a Verlaine, que ocupa de modo destacado numerosas páginas del libro; hay algo más, sin embargo, muy de agradecer. El novelista norteamericano resume lo sabido y lo refleja con un instinto narrativo que da a su ‘Rimbaud' trepidación y vivacidad, especialmente al relatar la vida agitada de la pareja en Londres y el famoso episodio del disparo de Verlaine a su amante y el posterior encarcelamiento en Bruselas. Tienen también mucho relieve las figuras de la madre y la hermana de Arthur, de Matilde, la esposa maltratada de Verlaine, del poeta maldito Germain Nouveau y del generoso maestro Georges Izambard.

   "Ya no tengo nada que ver con eso", le dijo Rimbaud a su viejo amigo Delahaye cuando éste, en 1879, le preguntó si seguía escribiendo poesía. El eclipse poético y vital de Rimbaud tampoco queda explicado por White, como por ninguno de sus biógrafos, lo cual, siempre hemos sospechado, beneficia la imagen del joven genio, seguramente odioso, racista y abusivo en su trato con los demás, incluso aquellos que le amaban y le ayudaban. El enigma de su fugacidad hace más fulgurante su truncada vida, y le da a su breve pero fundamental obra caracteres prodigiosos; sin la poética ‘rimbaldiana' y su proclama en favor del desorden sistemático de los sentidos, al siglo XX le habría faltado inspiración para llevar a cabo sus ‘ismos' más determinantes. Lástima que las traducciones de los poemas citados sean casi todas insatisfactorias, pudiendo Lumen haber elegido algunas de las que existen en castellano, realizadas por excelentes poetas españoles y latinoamericanos.

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24 de febrero de 2011
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De firmas y autorías

 

Un mensaje de Antonio Borrallo, que se ocupa de la fotocomposición de Cartas confidenciales sobre Italia de Brosses, anuncia que el libro está a punto de publicarse en Machado Libros, lo que alegrará a unos cuantos, y más cuando lo lean. Esto me recuerda que mientras hoy nos parece necesario que en la página de créditos de un libro se nombre al autor de la maquetación, no hace mucho se consideraba superfluo mencionar al traductor. De la Ilíada, por ejemplo, hay una porción de traducciones españolas, algunas modernas y armadas de comentarios y notas, que no dan noticia alguna sobre quién o quiénes se tomaron tal trabajo. Verdad es que las versiones homéricas sucesivamente copiadas unas de otras avalan el acierto del epitafio con que Ugo Foscolo remató su polémica con el homerista Vincenzo Monti: 

Questi è il Vincenzo Monti cavaliero

Gran traduttor de’ traduttor d’Omero.

Pero no solo en la antigüedad se publicaban traducciones, síntesis y adaptaciones de todo pelaje sin mencionar quién las había hecho. Un ejemplar tomado al azar de la edición española de Selecciones, cuando la revista se editaba por un equipo de redactores en La Habana y otro en Madrid que traducían y adaptaban los resúmenes previos en inglés, presenta una veintena de artículos en español sin que se mencione a quienes llevaron a cabo la transformación y puesta en escena de los textos. Y, como hasta los anuncios están adaptados del inglés, en toda la revista no se publica más que una frase en su versión original y debidamente atribuida a su autor y fuente, la de ahí arriba,  lo que también habla del prestigio del firmante.

Los arqueólogos notarán que Ortega debe referirse a un año no muy distante del que Hemingway reporta en Adiós a las armas, cuyo protagonista se muestra aficionado a la misma cabalgadura, y quizá coincida con la época de redacción de Fiesta, donde un hombre utiliza un rodillo para pintar el nombre del potro bermejo en las aceras de París. Notemos de paso que la publicidad pintada en las aceras no vino de París, sino que es una adaptación de la tradición valenciana de pintar las calles que se introdujo en Madrid en 1892, cuando los transeúntes cabizbajos quedaron advertidos de la inmediata aparición de La araña negra de Blasco Ibáñez, al ver a un operario con una plantilla impregnada en tinta azul que marcaba las piedras del pavimento.

Un ilustre antecedente de las “condensaciones” de Selecciones es la Ilias Latina, que presenta un caso ejemplar sobre la cuestión de la firma y autoría, y desmiente el tópico de que el saber se transmite y mantiene de generación en generación, de modo que cada vez se sabe más.

La Ilias Latina tuvo intenso uso escolar durante la Edad Media y fue clave para el conocimiento de la Ilíada. La obra no es una traducción, sino una recreación de la Ilíada en 1070 versos, que sintetizan el original de modo totalmente sui generis: los primeros doce hexámetros son una traslación literal de los correspondientes iliádicos, en el decimotercero, aparece el primero de los muchos guiños a Virgilio y Ovidio, a continuación se resumen los primeros cinco libros en más de quinientos versos, y luego el poeta vuelve a cambiar de ritmo, para condensar los restantes diecinueve libros según su lectura personal: mientras el XXII ocupa sesenta líneas, el XIII y el XVII quedan reducidos a tres cada uno. 

¿Sabían los lectores antiguos y medievales quién era el autor de la Ilias Latina? Los críticos modernos creen que no, lo que confirma la inexpugnable autosuficiencia del gremio, y resulta un tanto risible, si se sigue la historia moderna de la atribución de la obra. 

En 1875, Seyffert descubrió el acróstico ITALIC*S  en los versos iniciales de la Ilias Latina. Cinco años más tarde, Bücheler completó el descubrimiento, al leer el acróstico SC*IPSIT en los versos finales (o sea,  las letras iniciales de los primeros versos de la composición y las iniciales de los últimos nos dan Italicus Scripsit: “Itálico [la] escribió”, que se puede comparar con “Per Abbat le escrivió” del Mio Cid). La ciencia estableció entonces que el autor debía ser Silvio Itálico, porque no se conocía otro poeta latino llamado Itálico. 

En 1890, Schenkl descubrió el nombre de Bebio Itálico en el encabezamiento de un manuscrito de la Ilias Latina que está en la British Library y data del siglo XV (Bebii Italici poetae clarissimi epithome in quatuor viginti libros Homeri Iliados), y por más que la identidad del “poeta clarísimo” se reforzó con la publicación de inscripciones datadas en los años 80 del siglo I, y dedicadas a Publio Bebio Itálico, cónsul y delegado imperial, se siguió atribuyendo tenazmente la autoría de la Ilias Latina a Silvio Itálico, hasta 1980, cuando Scaffai publicó en Bolonia la primera edición crítica de la Ilias Latina nuevamente atribuida a Bebio Itálico.

El hecho de que el nombre del poeta que escribió la Ilias Latina figure en un códice renacentista demuestra que fue conocido como autor de la obra desde sus felices días allá en el siglo I, hasta por lo menos el siglo XV, para luego ser ignorado hasta finales del XIX, y críticamente reconocido a finales del XX. También sugiere que el acróstico era leído por el lector antiguo mínimamente avisado, igual que el de Rojas en la Celestina, o el de las Partidas alfonsíes. De paso, evidencia que “escribir”, ahora como en la época del Mio Cid y de la Ilias Latina, también significa “componer por escrito”, contra la contumaz tradición pidaliana que exige un “fizo”, del verbo “fer” —o sea, que al final del Mio Cid pusiera “Per Abbat le fizo”— para reconocer que Per Abbat fue autor del Mio Cid

Para acabar con la discusión fatigosa y vacua que quiere distinguir entre fecit y scripsit, debiera bastar saber que Quinto Ennio, reputado padre de la poesía latina y que decía ser la reencarnación de Homero, firmó su obra con un acróstico que decía Q. Ennius fecit (nos lo recuerda Cicerón en De divinatione II, 111). Mientras Bebio Itálico, por su parte, firmó su Ilias Latina con un Italicus scripsit, y no fue por eso menos autor, ni menos poeta.

 

 

 

 

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24 de febrero de 2011
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Una crisis revolucionaria

De mi viejo y olvidado catecismo juvenil. Ni siquiera sé a quién atribuirlo. ¿Lenin? ¿Gramsci? ¿El propio Marx? Escribo de memoria, sin hurgar entre papeles amarillentos. El viejo orden ya se ha hundido pero el nuevo orden no acaba de nacer. No vamos a entrar ahora en cuestiones escolásticas. Estamos además rozando la mitología. ¿Será una revolución o será una revuelta? Es una oleada, sin duda, que pega fuerte de orilla a orilla del mundo. Y se acomoda como un guante a la vieja definición. Convengamos pues, aunque sólo sea para entendernos, que estamos ante una crisis revolucionaria. Saldrá un mundo nuevo del que es muy difícil decir cómo será. Ni siquiera es seguro que nos guste.

Sigamos recordando las citas olvidadas. La que se refería a los tiempos excepcionalmente felices de antes de las revoluciones. Si nos la creyéramos más allá de la mitomanía y de la literatura, deduciríamos que la tremenda prosperidad que hemos gozado hasta 2008 era el anuncio apocalíptico de los tiempos revolucionarios. Leída desde la actual crisis económica, que parece declinar en todo el mundo menos en Europa, la crisis revolucionaria se nos aparece ahora como la ola principal del tsunami que justo ahora empieza a arrear. Calcémonos para lo que se prepara. Quienes buscan sensaciones fuertes en el futuro de Egipto o de Túnez las encontrarán probablemente en el futuro europeo: ¿está preparada Europa para las consecuencias que puede tener esta crisis revolucionaria? No lo están nuestros líderes, siempre a rastras de los acontecimientos; tampoco lo están los partidos y sindicatos. Apenas algunas instituciones civiles. Pero tampoco lo estamos todos nosotros, los ciudadanos acunados por la bonanza de tantos años y demandantes de mensajes populistas y demagógicos. Sigamos pues con la crisis, la que está llegando, la revolucionaria. Ese viejo mundo que se hunde no es el de las dictaduras árabes. Este ya está hundido. Lo que hemos visto estos días enero y de febrero no será una revolución si tanto nos empeñamos en evitar el nombre, pero ya se ha llevado por delante los tres regímenes que querían instaurar dinastías mafiosas en el poder con la aquiescencia occidental. El mundo que se hunde es el nuestro y la crisis revolucionaria es la que nos pillará a todos nosotros, más a los europeos con nuestras entradas de platea que a los americanos instalados lejos en los palcos y en el gallinero. La chispa ha saltado en los países que tienen lo que a nosotros nos falta: energía y población joven. Sabemos al menos de que mal vamos a morir. También podemos pensar, como el Príncipe de Salina en mitad de la revolución, que si algo cambia es para que nadie cambie. Quien no se consuela es porque no quiere.

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23 de febrero de 2011
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Un humano sin rostro

En un nuevo intercambio de escritos, consecutivo a una visita mía al pueblo vinculado a Marcel Proust de Illiers- Combray, en las cercanías de Chartres, Felix de Azúa me indicaba que en el origen de la construcción catedralicia se hallaba el burgo medieval, encarnación ya relativamente sofisticada   de ese capitalismo que en un escrito anterior el mismo Felix venía a considerar como una marca de la condición humana.

 Felix precisa que con Chartres se está refiriendo no particularmente  al arte sino a los constructos simbólicos en general, constructos indisociables del  comercio, la inversión con beneficios y el ingenio industrioso, o sea, "eso que llamamos capitalismo". El Gótico no sería pues inteligible sin su correlación a "la primera revolución urbana de occidente".  Así mientras hubiera proyectos de nuevos Chartres... se daría un  elemento vivificador por el cual la condición humana se redime. El problema es que, a juicio de Felix, en nuestro mundo no se dan precisamente tales proyectos.  Ahora la técnica se hallaría desvinculada de ese lazo con la representación simbólica (así Internet tendría como motor esencial de despliegue el interés financiero). "Y una cultura sin representación-precisa- es como un humano sin rostro".

 Felix indica asimismo que   " los dos siglos de dominio burgués, de 1790 a 1990, han sido tan espantosos como el siglo XVI y las guerras de religión, pero con menores construcciones (las hay, de Beethoven a Proust) y matanzas masivas incomparables con las anteriores".

Hay aquí como un rescoldo de  sentimiento "passéiste". Sentimiento que de alguna manera compartía el propio Marx, para quien  el binomio poder burgués-sociedad fabril, de ser algo más que una etapa inevitable, de no ser superada por la sociedad comunista, supondría instalar al ser humano en el más tremendo de los desarraigos ( ello le habría llevado hasta un esfuerzo por "entender", las razones de los carlistas españoles, aunque la atribución de ese texto haya sido puesta en tela de juicio).  Me recuerda de nuevo la tesis de los paleontólogos a los que hacía alusión en otro escrito y pienso que efectivamente en el París, el Milán, o la Barcelona de los años 60, el desarraigo de un  inmigrante procedente de  sociedades pre-capitalistas (Andalucía, Anatolia o el Mezzogiorno) era mayor que el que hubiera experimentado en una cultura completamente diferente pero no fabril.

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23 de febrero de 2011
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Los infinitos

 

Desde hace bastantes años cunde la certeza de que el espíritu de la narrativa ha buscado refugio en la islas británicas, sintiendo especial predilección por Irlanda. Y John Banville es uno de los nombres fijos a la hora de enumerar ejemplos en los que sustentar  tal aserto.  O una prueba irrefutable de que, digan lo que digan los agoreros, la novela no sólo no está muerta sino que goza de una admirable vitalidad. Al menos en aquella islas. Desde 1970, y con una elegante intermitencia, Banville ha publicado novelas como Eclipse o Imposturas que bastarían para asegurarle un puesto fijo en la lista de los elegidos.

Ahora se descuelga con Los infinitos, una novela publicada en Inglaterra en 2009 y acogida con un entusiasmo no exento de perplejidad porque, para decirlo de golpe, el arranque de la narración es tan lento y titubeante que incluso  sus  más fieles seguidores  tienen tiempo de preguntarse si, en esta ocasión,  el maestro no se habrá columpiado. De entrada, y según se van acumulando las páginas, da la sensación de que se trata de un problema de verosimilitud, como si el propio  Banville no estuviera seguro de que el lector medio vaya a aceptar que la voz narradora es la de un dios, y más concretamente la del viejo Psicopompos, el encargado de acompañar las almas de los mortales hasta el inframundo de Plutón. Por fortuna las cosas empiezan a aclararse cuando queda claro que la presencia del nefando mensajero de los dioses en casa de la familia Godley queda plenamente justificada por el hecho de que el viejo Adam, el patriarca, el insigne matemático  inventor de la teoría del infinito de infinitos, está agonizando y el desenlace se adivina inminente.

Con ello, a la inverosimilitud inicial (¿resulta creíble un relato contemporáneo narrado por Hermes, hijo de Zeus ?) viene a sumarse la sospecha de que a Banville le abruma la perspectiva de tener por delante una novela entera  cuyo protagonista es un enfermo terminal que por insistencia de su mujer ha sido trasladado a la residencia campestre de la familia para que acabe su vida en paz y rodeado de los suyos. Los cuales, dicho sea de paso, no son la clase de personas con las que uno saldría de marcha. Por ejemplo.

Y bien. Contra todo pronóstico, lo que resta al terminar la novela es una intensa,  desbordante, irrefrenable,  gozosa (y por ende también dolorosa ) sensación de sensualidad. Y la dificultad del empeño es  tanto más notable si se tiene en cuenta que, en lo relativo al gozo de los sentidos, el personaje más prometedor, ese  viejo e irredento sátiro llamado Adam Godley, está sumido, por utilizar  una metáfora del propio Banville, en una oscuridad en la que sólo resuenan las puertas que se van cerrando una a una. ¿Hasta la llegada del portazo final? El resto del elenco no es muy prometedor, empezando por Úrsula, la jovencita que a los diecinueve años conoció al  ilustre matemático (más viejo que su propio padre) y al cual se entregó tan incondicionalmente que ahora, una vez llegado el final de su vida matrimonial, está entregada a la botella y  difícilmente cabe concebir para ella un futuro esperanzador. También están Adam, el primogénito, demasiado aplastado por la figura paterna como para concebir una personalidad independiente; Roddy Wagstaff, el dandy supuestamente comprometido con la hija pequeña los Godley pero cuya secreta ambición es llegar a ser el biógrafo oficial del gran hombre. Y Benny Grace, un tipo calvo, gordo, sudoroso y tan ambiguo que incluso se puede dudar de su existencia. El reparto masculino se completa con el propio Zeus,  asimismo un sátiro tan  incorregible que a estas alturas  todavía anda persiguiendo a bellas mortales con la esperanza de degustar, o al menos sentir el roce, de esa pasión amorosa que  permite degustar  a su vez a los mortales, o al menos sentir, el roce de la inmortalidad. Y de ahí el continuo recurso a la sensualidad por parte de unos y otros, pues  incluso Petra, la desdichada benjamina de la familia, cuando recurre a su vieja costumbre de hacerse cortes en los brazos con una navaja de afeitar (para luego llevarse  los antebrazos al pecho y sentir el calor de su sangre corriendo por la piel desnuda), concibe tales cortes como "besos de acero". Y qué decir de la bella Helen, la esposa del primogénito, una actriz teatral de segunda fila pero lo bastante bella como para hacer perder la cabeza a Zeus, quien con tal de prolongar su desesperado abrazo con la bella ordenará parar el mundo y hará que la de los dedos rosados retrase una hora su aparición cotidiana. O sea: cuesta entrar en el relato, pero la perseverancia recibe  el imprevisible regalo de una exaltación de los sentidos.

 

Los infinitos

John Banville

Anagrama

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22 de febrero de 2011
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Nos darán las gracias, no os preocupéis

Sí, agradecerán nuestra inhibición. Rendirán homenajes a nuestro ombliguismo. Cantarán loas a nuestros conservadores y a nuestros populistas, que no les quieren en la Unión Europea, ni como ciudadanos en busca de trabajo ni como miembros de pleno derecho. Exaltarán a nuestros socialdemócratas, que se han codeado con sus opresores en la Internacional Socialista. Levantarán altares al atrevimiento y a la impostura de nuestros más radicales izquierdistas, por su capacidad para disfrazar a los dictadores de liberadores. Echarán flores al Papa y a sus cardenales y obispos, por la arrogancia de su supremacismo cristiano. Glosarán la miseria moral de todos nosotros, nuestros empresarios y nuestros diplomáticos, nuestros dirigentes políticos y sindicales, porque preferimos la intimidad de los tiranos a la proximidad con los ciudadanos por razones muy respetables: suministros energéticos, comercio de armas, vigilancia a la inmigración y al terrorismo. También tendrán un detalle para el silencio glacial de nuestra opinión pública, nuestros artistas y cineastas, intelectuales y periodistas, ocupados en asuntos domésticos más jugosos y sustanciales. Cantarán finalmente nuestra debilidad y nuestra ceguera, la frialdad de nuestros corazones, la ineptitud y la corrupción de nuestros dirigentes políticos.

Cuanto mayor es nuestra debilidad moral, mayor es la fortaleza de los revolucionarios. Cuanto más tiempo Berlusconi, Alliot Marie, y otros dignos gobernantes europeos que han intimado con esos dirigentes mafiosos y corruptos, sigan con responsabilidades de gobierno más se abrirá esa nueva fosa mediterránea, la que hay entre la inmoralidad de los amigos de Ben Ali, Mubarak y Gaddafi, y la moralidad de los otros, los ciudadanos que se han rebelado contra sus dictaduras. Los primeros, nuestros honorables representantes, han sido sus amigos, sus socios y sus hermanos con los que han compartido intereses y negocios; los segundos, son los que durante décadas han sufrido los efectos de su crueldad y su codicia y ahora han derrocado a dos de ellos, y van a por el tercero. Pero el mayor mérito de nuestros vecinos del sur, estos hombres y mujeres que arriesgan sus vidas por su libertad como no se había visto desde hacía mucho tiempo, es que combaten sin ayuda de nadie, sobre todo de Europa. Incluso con todas las reticencias y reservas de quienes debiéramos ayudarles porque nos hemos llenado la boca con las palabras solemnes por las que ellos caen abatidos bajo las balas. Están recuperando la soberanía, la independencia y la libertad. Ellos solos. En realidad, esto es lo que más les irrita a algunos: que caigan tiranos y no sea por decisión del Estado Mayor de Occidente, el que había decidido hasta ahora mantenerlos en el poder en nombre de la estabilidad, el suministro y los sacrosantos intereses europeos y estadounidenses. Lo más grave de la posición europea es que es la expresión de una decadencia que a estas alturas parece ya irremediable. En vez de acoger el despertar democrático de los árabes con alegría y esperanza, aquí estamos los europeos taciturnos y preocupados. Que si llegarán más inmigrantes. Que si no podemos acoger a todos los que llegan. Que si el suministro de energía. Que si los fundamentalistas islámicos. Excusas todas de mal pagador para ocultar nuestros intereses y nuestra incapacidad política y lo que es peor, nuestra ceguera voluntaria. Nuestros temores y creencias no cuentan para nada en este envite. Afortunadamente nada podemos hacer en contra. Muchísimo a favor, clamando ante la sordera de nuestros gobiernos y nuestras instituciones, entre otras cosas. Pero lo peor es no hacer nada o esa miserable política declarativa de Bruselas, siempre a verlas venir, incapaz de mover un euro o hacer un gesto enérgico, diplomático o militar ante la matanza. No dudemos que en el futuro nuestras generosas actitudes serán tenidas en cuenta. Si estos estados petroleros y gasísticos consiguen algún día hacerse con unos gobiernos dignos y serios, que cuenten con el consenso mínimo de sus ciudadanos, veremos cómo tratan a los europeos que en estas horas difíciles les estamos dejando en la estacada después de haberles mantenido durante décadas en la estacada. Nos darán entonces las gracias, en efecto, por darles la oportunidad de emanciparse solos, sin ayuda de nadie, pero no dudemos que nos pasarán las facturas. No es pues el egoísmo tan solo lo que paraliza a Europa ante la revolución democrática árabe, es un egoísmo con adjetivos, ciego y suicida, propio de un continente fragmentado y declinante que no sabe a donde va ni qué quiere.

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22 de febrero de 2011
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Usos y hábitos norteños

En la cafetería de la Kunsthalle de Hamburgo flota el susurro tenue que es habitual en los establecimientos públicos europeos. También constato con satisfacción esos detalles que expresan el respeto de los directivos hacia sus clientes, como que en cada mesa haya rosas frescas del día. En mi país esto sería considerado una cursilería, pero aquí es una deferencia.

Los europeos suelen ser respetuosos. Por ejemplo, en las discusiones se ceden la palabra y no se atropellan a gritos los unos a los otros como en las tertulias televisivas españolas, incluidas las más presuntuosas. Aunque no les interese en absoluto lo que dice su colega o lo consideren una insoportable idiotez, esperan a que acabe de hablar. También es cierto que allí nadie monopoliza la palabra.

Estas señales de respeto hacia el prójimo esconden un respeto más profundo e interesante: el que sienten hacia ellos mismos. Precisamente porque se respetan a sí mismos pueden respetar a los demás. La prepotencia y el avasallamiento se dan cuando una escasa confianza en el peso de los argumentos propios genera pánico agresivo. "Como lo que estoy diciendo es una sarta de trivialidades, voy a intentar que el tipo de ahí delante hable lo menos posible y cuando lo haga que no le oiga nadie", concluye el contertulio español.

En la cafetería algunos clientes hojean periódicos y catálogos mientras los comentan en voz baja con sus acompañantes. Susurros y crujir de hojas, música celestial. Hay un muchacho joven, alto y bien parecido que recoge la vajilla usada mesa por mesa y la va amontonando en un carrito. Debe de padecer alguna leve carencia mental, a la que se añade una cojera de resorte que le obliga a avanzar con saltos unigambistas, como un avestruz al que hubieran amputado una pata. Sin embargo, desarrolla una actividad apremiante, imperiosa, pues no sólo retira a toda velocidad los platos y tazas usados, sino también los que están a medio terminar y lo hace con gesto despótico, como un cabecilla de secta. Los desposeídos no mueven un músculo y siguen hojeando impertérritos sus papeles. Quienes, como yo, se han percatado de los arrolladores modos del muchacho, o bien resguardan en el regazo tazas y platos a su paso, o bien se los entregan con aire de vestal sacrificada.

Cuando salgo de la cafetería está vaciando su última cacería en el lavaplatos. Me mira ceñudo, pero en cuanto señalo la montaña de loza con gesto encomiástico, abre una sonrisa luminosa, radiante, y me guiña un ojo. Luego se abisma de nuevo en el orden.

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22 de febrero de 2011
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III. Una foto que se vacía

Ya no aparece en la foto como anfitrión que hubiera sido de la cumbre, el general José Antonio Remón Cantera, dictador de Panamá, porque había muerto asesinado en una conspiración de gánsteres, mientras veía correar a su caballo en un hipódromo. Pero todos los demás piensan que esa foto en la que rodean complacidos a Eisenhower, es la prueba de su eternidad. Creen que han quedado congelados allí para siempre, en la foto, y en sus cargos.

            Sin embargo, la foto comenzará a despoblarse más rápido de lo que cualquiera pudiera imaginarse, y el primero en hacer mutis por el foro es Somoza, balaceado dos meses después en Nicaragua, y quien, cosas del destino, regresará de nuevo a Panamá en un avión enviado diligentemente por Eisenhower, sólo para morir en el hospital Gorgas de la Zona del Canal; pero logra heredar el poder a sus hijos. A los pocos días, el general Magloire huye de Haití entre huelgas y protestas callejeras, para nada bueno sin embargo, pues quien lo sustituirá es no otro que Papa Doc, François Duvalier.

            En mayo de 1957 se derrumba la dictadura de Rojas Pinilla, anunciada por una rechifla que cae como un coro admonitorio sobre su hija Eugenia y su marido en la plaza de toros de Bogotá. Y justo al año de haberse celebrado la cumbre, en julio de 1957, el dictador Castillo Armas es asesinado en Guatemala por un miembro de su guardia personal. Pérez Jiménez saldrá huyendo de Caracas en 1958, en medio del júbilo popular, y al terminar el año de 1959 también saldrá huyendo Batista de La Habana, a buscar refugio en la República Dominicana donde Trujillo, que ya ha recibido también al derrocado general Juan Domingo Perón, dictador de Argentina, sucumbirá también a las balas en 1961.

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22 de febrero de 2011
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El Boomeran(g)
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