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El poder soberano

El poder soberano es el que tiene derecho a disponer de la vida de los súbditos. Es así en sus orígenes remotos y sigue siendo así en esencia en las formas más evolucionadas de la soberanía, que rige o venía rigiendo hasta ahora en los límites acotados de un territorio. Siempre se ha creído que la superación de las soberanías nacionales se produciría por su reabsorción desde nuevas instancias multilaterales. Este sería el caso si llegara a existir una jurisdicción penal internacional con capacidad y mandato para actuar en cualquier rincón del planeta. El derecho a disponer de la vida de los seres humanos quedaría confiado así a una suprema instancia del derecho.

Algo se ha avanzado en esta dirección, como muestra la notable actividad de la Corte Penal Internacional en la persecución de los criminales de las guerras balcánicas. Pero en paralelo ha avanzado otra ámbito de acción soberana universal, ajena al derecho, y que por ello mismo no puede merecer el nombre de jurisdicción, como es la ejecución sumaria sin detención previa, sin investigación probatoria ni juicio público y contradictorio por parte de las autoridades estadounidenses de aquellas personas a las que consideran que ponen en peligro vidas e intereses de su país. Para que tenga lugar tal tipo de operación no basta con la voluntad de realizarlas. Muchos Estados de todos los tamaños y potencia han realizado anteriormente ?asesinatos selectivos?, Estados Unidos entre otros, mediante la actuación de agentes de sus servicios especiales en el extranjero. Lo que caracteriza y define las actuales transformaciones en este tipo de acciones es el uso de una tecnología sofisticada, como son los aviones teledirigidos, que permiten eliminar a extraordinaria distancia a cualquier víctima previamente seleccionada, sin necesidad de contacto ni siquiera visual con el objetivo. La muerte en Yemen del dirigente de Al Qaeda Anuar el Aulaki es la acción más espectacular y publicitada de una actuación de amplio alcance en la que Estados Unidos está eliminando con gran paciencia y precisión a decenas si no centenares de militantes y dirigentes de grupos que tienen declarada la guerra a Washington en puntos muy distintos del planeta, Al Qaeda entre otros, y fundamentalmente en Afganistán, Pakistán, Yemen y Somalia. Uno de los más graves problemas de estos avances tecnológicos en las formas de librar esta especie de guerra es el efecto de la emulación. Algún día Rusia o China van a intentarlo, y también Corea del Norte, Irán o Arabia Saudí, países todos ellos que suscitan escasa confianza. Hay un país, como Israel, que ya está en la vanguardia y del que se puede decir que ha marcado el camino a Washington, pues ha sido pionera en asesinatos selectivos y probablemente también en el uso de los drones. No basta o es muy poco útil una visión meramente pragmática y utilitarista de estas acciones armadas. Quienes no quieran acogerse al garantismo judicial a la hora de criticar y emitir su valoración sobre estas ejecuciones extrajudiciales, y se sientan en cambio tentados a defender el uso legítimo por parte de Obama de unas armas con las que se desembaraza de enemigos evidentes de su país y de un peligro cierto para sus conciudadanos, deben pensar precisamente en la emulación que desencadenan estas actuaciones. Todos los países que se precien querrán tener acceso a esta tecnología, poseer su equipamiento en drones y luego ejecutar sumariamente a sus enemigos peligrosos en el extranjero, algo sumamente peligroso si además son países o poderes antidemocráticos e iliberales quienes pueden disponer de ellas. Los drones configuran la idea tenebrosa de un poder soberano planetario, cuyo control y escrutinio queda fuera del alcance de quienes están sometidos o protegidos por su acción letal. Como máximo, pueden controlarlo unas instituciones nacionales o locales que necesariamente no se preocuparán de los intereses y los derechos del conjunto de los afectados, todos los seres humanos. Basta con imaginar la construcción de un catálogo de enemigos de la paz y de la humanidad, ejecutables por una orden presidencial desde Washington, para que nos demos cuenta del laberinto legal y moral en el que nos están metiendo o nos estamos metiendo.

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3 de octubre de 2011
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El debut de T.J. Portátil

Bienvenidos al debut mundial de TJ Portátil, el text jockey itinerante que mezcla bases de textos inéditos que recibe desde diferentes países. TJ Portátil, que por estos días estará presentándose en Madrid, publicará esporádicamente en este blog sus trabajos de mezclas. Para su bienvenida, nos ha hecho llegar un texto llamado: "Una noche parado en Latinoamérica".

 

 

 

UNA NOCHE PARADO EN LATINOAMÉRICA
Por TJ Portátil

 

Estoy parado en la esquina de La Paz y Francisco de Quevedo, son las 9:34 de la noche en Zapopan. Afuera del bar, un hombre moreno con franela en mano demanda con aliento alcohólico 20 pesos a todo aquel cliente que llega para beber su estrés. Esto es muy de México

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Bv. San Juan y Velez Sarsfield, son las ocho de la noche en Córdoba. Desde acá se pueden ver tres kioscos y cuatro cafeterías donde la gente está sentada cómodamente, conversando y tomando café en pequeñas tazas blancas. Entre la parada de colectivo y el puesto de cospeles, pasa una bella joven de cabello negro hasta la cintura. Un señor la mira y se voltea imantado su pasar. Esto es muy de Argentina.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Vespucio y Colón, son las once de la noche en Santiago. Frente a mí, dos chicos de jockey y pantalones a la rodilla se pasean entre los autos con una botella llena de un líquido inmundo. En la luz roja, ofrecen limpiar los parabrisas, cosa a la que casi nadie accede. Tiran el chorro igual, aunque no reciban más que un insulto. Esto es muy de Chile.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de la avenida Colmena y la Plaza San Martín, son las 11. 30 de la noche en Lima. A mi lado están dos Michael Jackson haciendo su paso lunar. Uno disfrazado y el otro no. Hacen su show y piden dinero.  A unos metros, un grupo de personas discute sobre la política energética de Ollanta Humala en acaloradas discusiones. Llega un agente de serenazgo, una especie de policía municipal y grita: ¡Circulando, circulando! Luego usa su vara de goma para abrirse el paso entre adultos mayores, homosexuales, putos y emos. ¡circulen, circulen!, repite. Esto es muy de Perú.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Cramer y Federico Lacroze, son las nueve de la noche en Buenos Aires.  Estoy en la puerta de una confitería antigua que tiene grandes ventanales con marco de madera barnizada y el nombre "Via Lacroze" escrito con pintura descascarada en los vidrios. Dentro hay varias mesas de madera y hombres de mediana edad y panzas prominentes que toman cerveza Quilmes y comen pizza de muzzarella. Algunos ven un partido de futbol; otros leen el diario. Esto es muy Argentina.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Monterrey y Campeche, son las diez de la noche en el Distrito Federal. Dos borrachos salen de la cantina Villa de Sarria fumando y con vasos desechables en la mano. La cortina metálica se cierra detrás de ellos.  En la otra acera, en el mercado de Medellín,  las luces siguen prendidas.  Flores, frutas, colores, y algunas personas que todavía trabajan. Hace calor y huele a fruta descompuesta. Una voz metálica, magnetofónica, se repite una y otra vez desde una bicicleta de andar lento: "Tamales. Oaxaqueños. Calientitos."  Una pareja camina rápido hacia alguna fiesta. No voltean. En la misma acera un indigente los observa. Mudanzas chava Pérez e hijos, Óptica Grecia, Metalmecánica, Tortillería, Fotos cinco minutos: todo apagado; el día muere. Un automóvil entra en el Motel Campeche.  La música de la cantina cerrada se cuela hacia el exterior por entre la cortina.  Esto es muy México.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina Cufré y Martín García. Son las nueve de la noche en Montevideo. Cinco jóvenes sentados en el cordón de la vereda se pasan la botella de cerveza uno al otro. No hablan. Solo se hacen gestos cuando una mujer bonita pasa cerca de ellos. En la vereda de enfrente hay una parrillada que ofrece, escrito con tiza en una pizarra colocada en la puerta, asado y achuras a buen precio. Esto es muy Uruguay.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Eje Central e Independencia, son las 19:30 de la noche en la ciudad de México. La calle es un hervidero de personas: oficinistas trajeados que salen de trabajar y se refugian en las cantinas, mujeres de tacones y copetes altos que caminan con los pies destrozados, vendedores ambulantes que suben su mercancía en "diablos" y la llevan a cuestas, como un caparazón, repartidores en bicicletas que se cuelan entre los carros, como peces plateados, familias indígenas que tocan la armónica para conseguir unos pesos, adolescentes de pantalones entubados que andan como si la vida fuera una película y los demás fuéramos los extras, ancianos que han vivido en el Centro desde que tienen memoria y todavía salen al pan con pasos lentos y cansados. Esto es muy de México.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Banco Reparo y Punta Perdices, son las 10 de la noche en Las Grutas. Aquí hay una obra en construcción,  una radio a pilas apoyada en un ladrillo y un perro huesudo hurgando entre bolsas plásticas. Tres albañiles sin casco ni mameluco comen pizza de parados y toman cerveza del pico. Esto es muy de Argentina.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de las calles Oriente y Garcia Moreno, son las siete de la noche en Guayaquil. Armados de un gran frasco de pegamento casero, mucho papel periódico, viejos trozos de madera y una larga botella de cerveza, con un doliente vallenato como fondo musical, dos hombres sudorosos dan forma a uno de los cientos de monigotes que son vendidos en la ciudad para incinerarse con petardos y fuegos artificiales cerca de la medianoche del próximo 31 de diciembre, en la tradicional quema de "años viejos". Esto es muy de Ecuador.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parada en la esquina de Maipú y Urquiza, son las 10.23 de la noche en Rosario. De un lado, la Aduana, un enorme edificio antiguo con una gran escalinata, en frente "Pasaporte", un bar tradicional de aires europeos, parisinos. En su vidriera se lee WI FI y entre las letras se logra divisar, de fondo y como contradiciéndolas, el interior del lugar con lámparas añejas, las paredes forradas con cuadros, un entrepiso cubierto con cajas de vino de años remotos y un caballito de calesita situado al lado de la puerta. Aquí afuera, tres jóvenes amigas con voces veteranas se ponen al día con los chismes del barrio, un anciano con sus bigotes teñidos de nicotina fuma de su pipa, y en un rincón una pareja combate con sus miradas. Ella tiene sus rizos sujetados y los ojos tristes, él tiene un estilo tanguero de los años '30, con aires de fanfarrón, que va perfecto con el estilo del bar. Sin embargo, las apariencias engañan y de repente ella le dice "Si sos celoso no es mi culpa" y con una risa nerviosa el comienza a acariciarla, su aura de compadrito se desvanece. Adentro, la tele pasa el partido de Argentina-Brasil. El malevo pide la cuenta y le pregunta al mozo: "¿Cómo va el partido?", y aquel le responde: "Vamos perdiendo, como siempre, culpa de Messi que no hace nada". Esto es muy de Argentina.

¿Dónde estoy parado ahora?

Estoy parado en la esquina de Avenida de las Torres y Dr. Nabor Carrillo, son las 20:30 de la noche en el D.F. Es la hora pico de tráfico. Precisamente aquí, la avenida deja de ser de dos carriles para convertirse en un solo río de luces rojas; los autos luchan por alinearse en una vía. Nadie cede el paso. Cada quien pelea su pequeño lugar en el mundo. Hay 5 policías apostados en este cruce, intentando poner orden. Con sus pitidos incesantes y órdenes contrapuestas logran exactamente lo contrario. La esquina se ha convertido ya en un gran estacionamiento. Esto es muy de México.

¿Y ésta noche, dónde estarás parado tu?

 

 

Bases del texto: Pierina Paolini (México), Pablo Douzet (Chile), Julia Andrés (Argentina) María Inés Herrera (Argentina), Diana Romero (Ecuador), Regina Zamorano (México), Carlos Tapia (Uruguay) ,  Esteban Lleonart (Argentina), Camilo Olarte (México ), Franco Nobell (Argentina), David Gavidia (Perú), Anna Lozano (México)

 

Produce: Escuela Móvil de Periodismo Portátil

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3 de octubre de 2011
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Monos sabios

En 1968 amábamos menos a los animales, desde luego en España, donde no se reconocían sus derechos a una vida digna ni se veían las actuales y coquetísimas residencias para mascotas, siendo poco común asimismo el ‘prêt-à-porter' canino que hoy se vende en boutiques especializadas. Tampoco se tenía conocimiento directo de la especie simia, pues el único lugar de la península donde había monos en abundancia era Gibraltar, reñida plaza británica en suelo español. De ese modo, recuerdo el formidable impacto del estreno de ‘El planeta de los simios' de Franklin J. Schaffner, un éxito a nivel internacional y, como este verano se ha comprobado, una leyenda viva, pues tras haberse realizado en los primeros años 70 cuatro secuelas fílmicas y dos adaptaciones televisivas, una de ellas en dibujos animados, hubo un ‘remake' de la película original de Schaffner firmado  -en el augural año 2001-  nada menos que por Tim Burton, y ahora sigue triunfando en las pantallas ‘El origen del planeta de los simios', que trata de alumbrar los puntos oscuros de la saga.

      En un principio estaba, naturalmente, la novela homónima del francés Pierre Boulle (que no he leído) y el guión por lo visto fiel que hicieron dos pesos pesados de la industria como Michael Wilson (guionista de ‘Lawrence de Arabia', ‘El puente sobre el río Kwai' y algunos de los primeros ‘jamesbonds') y Rod Serling, el creador de la mítica serie ‘The Twilight Zone'. La película, otra emanación, sin duda casual, del mirífico 1968, era una fábula progresista algo ñoña, dotada de escenas y diálogos de gran encanto y potente en su iconografía; el mensaje (el término cuadra en este caso) predicaba no ya la buena conciencia animalista entonces poco más que tenue sino una proposición pan-humanista a modo de parábola inversa: a la inveterada crueldad del hombre con los seres inferiores le sucede un mundo cambiado en el que los dominantes primates son elocuentes y belicosos mandatarios que ejercen su despotismo sobre unos desastrados humanoides que ni siquiera tienen el don del habla.

      En la película de Schaffner los monos tardan treinta minutos en aparecer, contando mucho en ella el prolegómeno futurista de la nave perdida, la exhibición varonil del personaje de Taylor, interpretado por un fornido Charlton Heston (aunque antes que él rechazaron el papel Marlon Brando, Paul Newman y John Wayne), y la minuciosidad de los efectos de maquillaje, que en su día asombraron al mundo (y premió la Academia de Hollywood) y cuarenta años después nos parecen tan rudimentarios como los de las figuras de cuento infantil de ‘El mago de Oz'. Los simios de aquel film fundacional eran arbitrarios y despiadados según el modelo humano, exterminan y cazan a los pobladores originales de sus territorios, los llevan enjaulados o colgados de palos a su poblado (un decorado de estudio que se asemeja bastante a las urbanizaciones levemente futuristas que por aquel entonces construía en la costa mediterránea Ricardo Bofill), y se hacen fotos jactanciosas ante las piezas cobradas, como los cazadores en las monterías.

     Pero en el seno de esa sociedad avanzada y brutal crece, como en todas, la semilla del progreso, representada por una pareja de monos ilustrados y benéficos, la Doctora Kira y el Doctor Cornelius. Sensacional en la época que dos grandes actores como Kim Hunter y Roddy McDowall, irreconocibles bajo la pelambrera y la nariz chata y hendida, se prestaran a hacer de chimpancés, así como el audaz beso inter-genérico que se dan al final la doctora simia y el hombre blanco, hoy, al revisar la película, tanto los personajes como la carga aleccionadora que les marca (y hace tan tediosa la larga escena del juicio de los monos a los hombres), resultan ingenuos y trillados en comparación con el moderno cine de apocalipsis y utopías. Tim Burton, que más de treinta años después tuvo no diré que mejores maquilladores pero si más malicia, convirtió a la doctora, ahí llamada Ari (y portentosamente encarnada por la que a partir de ese rodaje sería su esposa, Helena Bonham Carter), en una intelectual de izquierdas, un tanto "rive gauche" hasta en el atuendo, y muy lasciva desde que pone sus ojos en los pectorales del explorador caído del cielo, encarnado en el ‘remake' por el supremo ‘boy next door' del cine americano, Mark Wahlberg. También alcanzan momentos de sarcástica brillantez en el film de Burton los enfrentamientos con el malvado Thade, el siempre inquietante Tim Roth, capaz de trasmitir su espíritu esquizoide y sus tendencias ‘sadianas' aun bajo las capas de afeite y látex.

       La recientemente estrenada ‘El origen del planeta de los simios', segunda película de un tal Rupert Wyatt, es, si cabe, más avanzada en la ética y en la técnica, logrando sobre todo en las escenas de la prisión-refugio de los cuadrumanos  (¿Guantánamo?) un vertiginoso ímpetu narrativo gracias al uso de las cámaras de precisión llamadas "cabezas calientes" y los efectos digitales en posproducción. El avance del progreso también se nota en los animales, humanizados en la fusión de actores especialistas y novísimos procedimientos de ‘motion capture'; el simio principal, César, tiene en sus ojos verdes más expresión que los actores enteramente humanos, tanto los buenos (James Franco, Freida Pinto) como los malvados (John Lithgow, Brian Cox, malgastados por la sobreactuación). La media hora final de la huída y la toma del Golden Gate es trepidante, aunque su colofón no se hará tan célebre como el de Schaffner, con la ruina de la Estatua de la Libertad en la playa, o el procazmente genial de Burton mostrando la efigie de Abraham Lincoln metamorfoseado en orangután en lo alto de las escalinatas de un Capitolio controlado por la hordas simias. En el desenlace de esta nueva entrega de la serie, que bien puede no ser la última, los monos otean el horizonte de San Francisco subidos a los árboles de donde fueron desplazados, esperando tal vez el reencuentro con su naturaleza. Es un final que refuerza el vínculo de la saga con la más grande película simiesca jamás realizada, ‘King Kong' (1933), que confirió a su gorila la rudeza, la ternura no exenta de deseo y el signo del oprimido, por descomunal que fuera la criatura traída de la selva.

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3 de octubre de 2011
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Episodios Nacionales. Segunda serie, I y II

La Fundación José Antonio Castro acaba de poner en las librerías ls segunda serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Vuelven a ser dos tomos de casi mil páginas cada uno y que acogen diez relatos que transcurren, grosso modo, a lo largo del agitado reinado de Fernando VII, empezando en 1814 con la huida de España de José Bonaparte y terminando en el Tomo II con la muerte del rey (1833) cuando ya resuenan los tambores y los cañonazos anunciadores de la primera Guerra Carlista.

Galdós tenía unos treinta y dos años cuando decidió dar continuidad a los primeros Episodios Nacionales, empezados en 1872 y terminados en 1875. Sin apenas tomarse tiempo para recobrar el aliento, el ya muy prestigioso escritor canario empezó un nuevo tour de force literario que terminó tan sólo tres años después a base despacharse un tomo de más de doscientas páginas cada seis meses.

El hilo conductor de la primera entrega eran las andanzas y amoríos de un joven apasionado  llamado Gabriel de Araceli, al que le tocaba experimentar los acontecimientos ocurridos entre la (desastrosa) batalla de Trafalgar y la (exitosa) batalla de los Arapiles, que supuso la derrota final de los ejércitos napoleónicos. En esta segunda entrega, el hilo conductor es Salvador Monsalud, un joven mucho más ambiguo y contradictorio que el anterior, pues empieza como jurado de José Bonaparte, es decir, alguien que ha jurado fidelidad total a un rey extranjero aupado al trono por la fuerza y que ahora camina hacia el exilio (El equipaje del rey José). Su condición de acérrimo del todavía hoy recordado como Pepe Botella  le va a costar muchas fatigas durante el Absolutismo (1814-1820), le valdrá honores y prebendas con el Trienio Liberal (1820-1823) y volverá a sufrir fatigas, penalidades y exilios durante la  tristemente llamada Década Ominosa (1823-1833).

El periodo napoleónico fue más  claro desde el punto de vista político, pues sólo se podía ser patriota o afrancesado, dándose en este segundo bando la trágica circunstancia de que los mejores defensores de los ideales humanos puestos en circulación por la Revolución Francesa se encontraron de pronto propugnando los mismos valores  que propugnaban los ejércitos invasores. Por lo tanto, esa relativa claridad ideológica también  facilitó las cosas desde el punto de vista literario. Cosa que no se puede decir el periodo abarcado en la Segunda serie de los Episodios Nacionales, y de ahí que, para empezar, el protagonista empiece por ser un traidor al que le va a costar Dios y ayuda encontrar para vivir un lugar bajo el sol. Téngase en cuenta que, en su conjunto, durante el siglo XIX se vivieron en España algo así como dos invasiones armadas, tres guerras, cuatro magnicidios, otros tantos exilios y abdicaciones reales  y al menos 40 golpes militares, muchos de los cuales terminaron con los instigadores en el  sillón presidencial … o bien en el paredón.   Semejante desbarajuste no permitía una narración ordenada y lineal, como ocurría en la primera entrega, y en la presente Galdós hubo de recurrir a los saltos en el tiempo, a diferentes voces narradoras y, como señala Ermitas Peñas, el editor de la presente versión, incluso a métodos de distanciamiento netamente cervantinos.

El resultado, en mi opinión, sigue siendo prodigioso y en abierta oposición al dicho popular según el cual segundas partes nunca fueron buenas. Curiosamente, gracias a que en las librerías también acaban de aparecer una serie de ensayos del escritor Juan Benet reunidos en una magnífica edición que Ignacio Echevarría ha preparado para Mondadori,  el lector tiene ocasión de contrastar la ininterrumpida serie de elogios que siguen suscitando los Episodios Nacionales con la opinión del citado Benet, inequívocamente contraria. “Mi aprecio por Galdós es escaso”, dice Benet en el apartado  correspondiente, “[…] y su culto es una desgracia nacional”. En insiste: “Escritor de segunda fila elevado al rango de patriarca de las letras”. Debe tenerse en cuenta que Benet decía esas cosas en 1970, una época en la que todavía existía la censura (a la que acusa de tener una preparación intelectual similar a la de “una mesa petitoria”) y en la que la izquierda ejercía una tiranía inmisericorde sobre la producción literaria, exigiendo  sin rodeos que ésta fuese socialmente comprometida. Por esa razón, si el lector se fija, verá que el adjetivo más contundentemente utilizado contra la escritura de Galdós es “sociológica” (como opuesta a “literaria”). Pero también podrá comprobar que de ese estigma no se escapaban ni los mismísimos Zola y Balzac. Pero ya digo que, sobre todo, es una ocasión única de volver a leer a Galdós, maravillarse con la fluidez de su prosa, y luego  contrastar la opinión propia con los bien fundamentados exabruptos benetianos.

 

Episodios Nacionales

Benito Pérez Galdós

Biblioteca Castro

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3 de octubre de 2011
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Una incertidumbre menos

De todas las sorpresas que nos puede deparar 2012, una ha quedado ya descartada. No sabemos si Obama alcanzará su segundo mandato presidencial o si un republicano lunático y extremista será el próximo inquilino de la Casa Blanca. Tampoco si un socialista conseguirá desbancar a Nicolas Sarkozy como presidente de la República. Tenemos la quiniela bastante segura respecto a la futura cúpula del comunismo y del Estado chino, la quinta generación después de Mao Zedong, aunque habrá que esperar al congreso del omnipotente Partido único para conocer la correlación de fuerzas interna entre los mandarines que rigen la nueva superpotencia emergente. Donde no queda margen para el error es en Moscú: ya sabemos los resultados de las elecciones presidenciales de marzo.

Quienes siempre hacen la apología de lo previsible en política pueden estar satisfechos. La democracia soberana rusa ha proporcionado toda una lección de cómo evitar los cabos sueltos, fuente siempre de conflictos, respetando las sagradas apariencias de los procedimientos electorales. Habrá elecciones. Con distintas opciones. La Constitución, que prohíbe al presidente presentarse a un tercer mandato, será respetada, sin necesidad de cambiar las reglas de juego a mitad del partido. Y, sin embargo, todo saldrá según lo previsto. Por si no estaba claro. Las democracias soberanas solo son democracias en el nombre, es decir, en la apariencia de una farsa electoral con urnas y papeletas. No hay división de poderes. No hay control parlamentario del ejecutivo. Menos todavía lo hay del judicial. Los medios de comunicación se hallan encadenados, los periodistas independientes son acosados y a veces asesinados. La libre empresa funciona si se somete al poder; en caso contrario, se convierte en actividad delictiva, que comporta la desposesión y la cárcel. Y eso sí, quien se somete a las tácitas reglas de la autocracia puede llegar lejos, en poder y en riqueza. A esto se dedica la nueva burguesía de los 'siloviki', los exmiembros de los servicios secretos que tienen en Putin a su máximo representante. Presidente y primer ministro los últimos doce años, ocho y cuatro respectivamente, el jefe de los 'siloviki' será presidente como mínimo los próximos seis. Llegó al poder como primer ministro de un Borís Yeltsin convertido en una ruina, en agosto de 1999; el último día de aquel año se convirtió en presidente interino; y ya no se ha ido. Presidente en 2000 y de nuevo en 2004, ante la imposibilidad de una inelegante reforma constitucional que le diera un tercer mandato --aunque sí la hizo para alargar cada período de cuatro a seis años?, dejó a Dmitri Medvédev que le calentara la silla y ahora va a enfilar doce años más, seis y seis, que le colocarán en el olimpo ruso de los autócratas, junto a Stalin (31 años), Bréznev (18) y los zares más longevos.

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2 de octubre de 2011
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Una defensa de María Kodama

 

Le debo a Borges la amistad de María Kodama. Los conocí a ambos en 1982, cuando visitaron la Universidad de Texas, en Austin, donde él había sido profesor visitante en 1961, y en 1968 había dictado una memorable conferencia sobre el Quijote, que finalmente recuperé y acaba de ser publicada por Claudio Pérez Míguez en Ediciones del Centro con el título propicio de Mi amigo Don Quijote. Lamentablemente, la presentación del libro, que contó con María, ha sido interrumpida por una serie de falsas imputaciones y malentendidos que me veo obligado a responder.  María, hay que decirlo, es víctima de la poca fe periodística, pero  no puede pasarse la vida respondiendo a las falsificaciones sentimentales de la obra de Borges, los errores de información sobre su papel de albacea de la herencia de su marido, y las agresiones que, de pronto, alguien le dirige sin concederle el derecho a réplica.  La obra de Borges estuvo pésimamente editada (hay erratas hasta en la edición de Alianza Editorial), y a cuidar su larga  restauración ha dedicado pasión atenta. Ha dado también batalla contra un penoso poema que se le atribuyó a Borges y circuló en el Internet hasta que, por fin, parece que ha dejado de ser observado.  Gracias a la Agencia Andrew Wylie la obra borgeana está mejor editada en inglés y en francés.  Borges recibía 200 dólares por una conferencia, sus derechos de autor fueron modestos, y por demás austera su vida. Sólo al final conoció cierto alivio, lo que le permitió elegir el lugar donde morir.  María tuvo que dar otras largas batallas legales para que su matrimonio, que algunos pretendieron no reconocer, fuese ratificado.  El juicio tomó seis años, cortes distintas y varios países. Quienes disputaban la herencia querían declarar senil a Borges, pero en cada lugar donde buscaron pruebas los desmentía su legendario ingenio vivo. Dedicó ella no pocos años, yo creo que demasiados, a refutar los errores y disparates en las biografías, memorias, usos y abusos del hombre y su nombre. Y los derechos que por fin Wylie puso en orden, los fue ella utilizando en esas batallas de amor perdidas, porque aun si las ganaba todas, los difamadores no valían la pena.

Ha ido, por otra parte, comprando manuscritos de Borges, de los que hay muy pocos, aunque han ido siendo vendidos por los amigos y parientes que se quedaron con ellos, y hay quien ha ofertado hasta la corbata de Borges. Es cierto que Borges regaló algunos de sus manuscritos, que fueron ofertados, y gracias a ello la Biblioteca Nacional de Madrid atesora el original de “El Aleph,” al que he dedicado muchos años; y en Austin, en el Ramson Humanities Center, encontré “Los Rivero,” tres páginas de lo que bien pudo haber sido la única novela de Borges. Horrorizado de esa posibilidad, Borges abandonó el proyecto, según mi lectura. Seguramente de la Biblioteca saqueada de Victoria Ocampo provienen las primeras ediciones de los primeros libros de Borges, que hoy venden los anticuarios de Boston a 45 mil dólares el ejemplar.

Hasta Bioy Casares editó o se dejó editar un Diario estrafalario de sus conversaciones con Borges, que yo leí como un prolijo acto de parricidio. Cada página dice que Borges “comió en casa,” sin reparar que ya Borges había dicho que era preciso acompañarlo a la mesa, aunque en esa casa se comía mal. Bioy  fue un hombre moralmente de mal gusto; Borges estuvo hecho en la pasión ética.

No, de ninguna manera el celo de María Kodama se debe a los derechos de autor, lo que sería de justicia, sino a una causa más noble. Borges le dedicó sus años más felices, ella le dedicó la vida. Uno no puede menos que agradecérselo. Extraordinariamente, sobre todo en Buenos Aires, no ha sido fácil reconocerle esa grandeza de ánimo.  Y no siempre por mala fe, también por ignorancia, que primero ignora toda delicadeza. He coincidido con María en Caracas, en Nueva York, donde le hicimos un reconocimiento memorable a su trabajo fecundo, en Providence, en Rosario, en Paris, casi siempre al azar de coloquios y congresos. Nunca ha reclamado un pasaje, ni honorarios, ni derechos. A veces, con sus millas ha logrado pasar a clase preferente, como si hubiese ganado la lotería. Y siempre de buen humor travieso. He publicado una edición crítica de “El Aleph” en El Colegio de México y el mismísimo Wylie me  autorizó a hacerlo, por órdenes de María, aunque no hubiesen derechos de autor. Y nadie ha cobrado una peseta por las dos ediciones artesanales que ha hecho Ediciones del Centro en Madrid.  En un mundo literario donde cualquiera espera paga por reseñar libros que no ha leído, y donde no pocos duplican sueldo a costa del erario, la rara integridad de María Kodama supongo que es casi incomprensible. Espero que María me excuse el énfasis, pero estoy rompiendo una lanza.

De manera que el leve escándalo desatado por algunos blogs respecto al libro de Agustín Fernández Mallo, El hacedor (de Borges), Remake (Alfaguara, 2011)  anda descaminado si presume que es por dinero que María Kodama ha protestado la reapropiación ingeniosa de AFM.  La idea del homenaje le gustó, lo que no le gustó es el libro. Pero tampoco viene de allí su queja. El juego de reescritura que plantea AFM es intrigante porque de antemano está condenado al fracaso: es improbable hacer otro El hacedor  y, en efecto, él no lo pretende sino que ensaya lo que va del original a la copia, pasando por la glosa, la reescritura, la intervención, la reapropiación, operaciones todas que privilegian el artificio. En algunas páginas el libro logra la rara agudeza de la prosa de AFM, que convierte al texto en la huella del lenguaje de paso, en una suerte de objeto excéntrico,  como un fragmento salvado de la saturación de la lectura. Aunque este no es el mejor libro de AFM, me interesó ese procedimiento y el riesgo del asedio, que felizmente culmina demostrando que es capaz de otra cosa que el catálogo algo escolar de las copias beatas.  Pero no es la glosa ni la reescritura lo que descorazonó a María: es el hecho de que el libro tenga como prólogo casi el mismo prólogo de El hacedor de Borges y como epílogo buena parte del epílogo de Borges.  Además, claro, de que lleve los mismos títulos de los textos de ese libro. Este marco es más literal  (a lo Pierre Menard) que borgeano (formatos descentrados), y probablemente acotan la “puesta en abismo” de la textualidad borgeana; pero requerían de una advertencia gráfica (¿comillas?, ¿facsímil?, ¿otra tipografía?) y de una aclaración más explícita de las fuentes en la sección de notas, que es suficientemente prolija como para incluir la advertencia de que “todo parecido con Borges no presupone la inocencia del lector.”

Se lo he comentado a María, y hasta he apelado a las operaciones de traslado que Borges practicó sobre la Enciclopedia Británica a propósito de Historia universal de la infamia, tanto como he lamentado que la editorial no tuviera un lector más alerta, que hubiese propuesto al menos encomillar lo ajeno.  Pero quisiera, ahora, proponer una alternativa en el espíritu compartido de la inteligencia borgeana para imaginar otro libro de AFM, en verdad ya previsto por su lucidez formal. Este nuevo libro es, claro, el mismo, sólo que lleva una página suelta, escrita por el lector, quien busca dirimir cual es la parte de El hacedor que le toca rehacer en este debate de curiosos pertinentes.  Esa página propone a la consideración de los conjurados lo siguiente:

 

Posdata de 2012

Excusa, lector, las evidencias: si hay una frase digna de la memoria literaria no es mía, es de Borges o, como dijo él, tuya en tu lectura. Este libro es un homenaje personal a Borges, un taller de leer  El hacedor, una glosa gozosa, su reescritura menardiana. Pero, sobre todo, presupone en ti la lectura del  Quijote de Cervantes y de El hacedor de Borges. En verdad, la lectura de la literatura misma, esa vida imaginaria, porque todo gran libro ya no es nuestro, ni mucho menos de quien lo rehace. Es, tal vez, de quien ha pagado por el, y ya corre a que le devuelvan el derroche. Esto es, inevitablemente se pone a escribir otro tomo de la Comedia de la lectura. Por lo mismo, no te extrañe que el título de cada texto de este Remake venga directamente de El hacedor de Borges, así como el Prólogo y también el Epílogo, en buena parte. Son conjuros al empezar y al despedir tu lectura, en memoria de quien está en el recomienzo del afán de rehacerlo todo en este español que, gracias a Borges, nos ha tocado.

El otro, el mismo,

AFM

 

Posdata predatada. En la tesis del Remake cabría firmar este Epílogo con cualquiera de los varios nombres del autor, ­­­pero lo puede firmar el lector que se anime a reescribirlo como otra voluta logo-excéntrica.  Naturalmente, el juego sería ya una liberación de la penuria de estas polémicas, allí donde solo debería haber admiración. Si algún lector se anima a enviarnos su propio Epílogo, que sea por favor epifánico.

 

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1 de octubre de 2011
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Los 7 años de Estruendo Mudo

La edición de Los ríos profundos con que se celebra el aniversario La editorial Estruendo Mudo cumple 7 años el día de hoy. Parece increíble que una hoja impresa por los dos lados, repartida gratuitamente en librerías, se haya convertido en la editorial alternativa más célebre y con mejor backlist del Perú. Mérito enorme de Alvaro Lasso y de la gente que ha sabido convocar a lo largo de estos siete años. Para celebrarlo ha decidido presentar una edición especial de José María Arguedas (en su centenario) y su novela más importante: Los ríos profundos que incluye textos críticos. La presentación (con celebración incluida) será hoy a las 9.00 pm en el Centro Cultural de España (Jr. Natalio Sánchez 181. Frente a la Plaza Washington). Hay que confirmar la invitación. Pueden enterarse más en esta página de Facebook. La nota dice así:

Los ríos profundos en edición especial, que conmemora los 100 años del nacimiento de José María Arguedas, incluye un dossier con las bellísimas fotografías aparecidas en la edición  de INIDE de 1972  y otras inéditas, imágenes de portadas de ediciones del libro en otros idiomas, y un conjunto de textos críticos en que participan Oswaldo Reynoso, Luis Hernán Castañeda, Chalena Vásquez, Dora Sales y Peter Elmore quienes nos regalan inteligentes perspectivas, lúcidos estudios y conmovedoras semblanzas acerca de la novela y su celebrado autor. Editado por Estruendomudo y con el auspicio del Centro Cultural de España. A esta presentación se suma la celebración de los 7 años de intensa labor de Estruendomudo, Álvaro Lasso director de la editorial ha invitado a todos los escritores que en este tiempo han publicado a una firma masiva de libros. La obra de José María Arguedas es uno de los testimonios artísticos más auténticos de nuestra literatura. En ella, además de la admirable mirada del antropólogo, confluyen el fuego y la nostalgia de sus primeros años, de su vida compartida con los campesinos de Andahuaylas, que le enseñaron no solo el quechua, sino también ?hicieron mi corazón semejante al suyo?. Su ficción transmite la misma guerra entre lenguas y espíritus que luchó en la vida, tensión que ha mantenido viva su literatura y ha motivado esta nueva edición de Los ríos profundos. A propósito del centenario de su nacimiento, proponemos nuevas lecturas del clásico arguediano, de manera que continúe el diálogo que el autor planteó a lo largo de su creación: el de comprender la identidad de un país como el Perú.

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30 de septiembre de 2011
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Ejemplo no azaroso

Supongamos que, enfrentado a los retos de la kantiana Crítica de la Razón Pura e inmerso en los párrafos  sobre la universalidad del principio de causalidad (asunto que separaba a Kant de Hume),   el estudiante o estudioso de filosofía se entera de que la Mecánica Cuántica tiene razones para sostener que en determinadas circunstancias (concretamente en ausencia de lo que los físicos llaman una preparación) la medición  de un mismo atributo físico, realizada exactamente en las mismas condiciones  sobre múltiples copias absolutamente idénticas de una misma partícula y excluida la  intervención de cualquier variable perturbadora... no da necesariamente como resultado un mismo valor cuantitativo. Inevitablemente ese estudiante encontrará que se tambalea un principio regulador  tranquilizante para nuestro comercio con el orden natural,  la polémica de Kant con Hume adquirirá para él una inesperada  resonancia,  querrá estar al tanto de este asunto de manera precisa  y con ello se apresta a una dificilísima aventura.

Pues aunque sea cierto que en ausencia de concepto propio de la cosa una metáfora ya es mucho, en materia de ciencia la metáfora deja insatisfecho. Las explicaciones "cualitativas" de algunos de los tremendos (filosoficamente hablando) asuntos  de la Mecánica Cuántica no hacen otra cosa que avivar el apetito. La exigencia de intelección cabal se impone, y esta se hace imposible sin un mínimo de recursos técnicos. Habrá aquí también una inflexión en sentido contrario a la arriba señalada. Tenga o no  el estudiante  de filosofía  previa formación matemática, se sentirá en todo caso obligado a actualizarla en un sentido concreto. No se tratará en absoluto (como Hegel decía en  su crítica de la tentación pitagórica en materias  filosóficas) de "someter al espíritu a la tortura de convertirse en máquina", es decir de sustituir la vida (excitante precisamente  porque perturbada y llena de equívocos) de los conceptos por la asepsia de los números, sino de hacer de los números auxiliares que participan de la energía misma de aquello a lo que auxilian.

 

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30 de septiembre de 2011
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II. Caballos bailarines

En la misma Epístola, Rubén nos dice, además:

                                   Me complace en los cuellos blancos ver el diamante.
                                   Gusto de gentes de maneras elegantes
                                   y de finas palabras y de nobles ideas.
                                   Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas
                                   trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos,
                                   mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos...

            Éste es un sibarita retratado de cuerpo entero, que en el mismo poema se confiesa un nefelibata, término este último que designa a quien camina siempre entre las nubes, con los pies lejos de las asperezas del suelo terrenal, en busca de capearse de ser herido por las mezquinas intrigas que, como en el caso de Rubén, llegaban a buscarlo hasta el refugio de su piso de la rue Marivaux en París, donde vivía cuando escribió esta confesión autobiográfica que es la Epístola. A pesar de todas sus precauciones, cuando se trata de toda esa caterva de intrigas, rencores, envidias, se confiesa siempre indefenso. Un sibarita nefelibata, dos palabras que son parte de la pedrería del lenguaje modernista.

            Los sibaritas, que nos heredaron el vocablo, se dice que fueron los habitantes de Sibaris, un pueblo griego tan inclinado a regalarse con placeres, que había enseñado a bailar a sus caballos de guerra al son de la música, afición de la que tomaron ventaja sus enemigos para derrotarlos, pues durante una encarnizada batalla no hicieron más que allegar una orquesta y ponerla a tocar aires festivos, con lo que al oír aquel concierto de trompetas, chirimías, cornos y tambores, los caballos rompieron filas y encantados de la vida se pusieron a bailar, sin cuidarse de los jinetes que fueron lanceados a gusto.

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30 de septiembre de 2011
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Los límites de Evo Morales

Hace poco más de un mes, el 15 de agosto, cuando se inició la marcha indígena convocada en protesta contra la construcción de una carretera, el presidente Evo Morales dijo: “Cuando se presentan este tipo de problemas, para mí no es nada. Algún ministro se asusta”. Después de que esa marcha fuera reprimida por la policía el pasado domingo, con el saldo de varios indígenas detenidos, la protesta popular creció tanto que quizás Evo se haya asustado un poco. Dos días más tarde, dos ministros renunciaron y  se  anunció que diez parlamentarios indígenas abandonarían la coalición del MAS (sin esos parlamentarios Evo perdería los dos tercios necesarios para aprobar leyes sin debate, como lo ha venido haciendo). No solo eso: en mensaje a la nación Evo anunció que suspendería la construcción de la carretera mientras se hicieran consultas a la población. Para entonces, el movimiento se siente con la fuerza suficiente para exigir la cancelación del proyecto, lo que obligaría a buscar otra ruta para la carretera.

El conflicto indígena ha obligado a Evo a retroceder por segunda vez en menos de un año. El pasado diciembre, el gasolinazo –alza del precio de la gasolina para que esta se adecuara a su costo en países limítrofres-- fue otra medida que llevó a la gente a la calle y asestó un golpe duro a la popularidad del presidente (nueve meses después, aun no se ha recuperado: en una encuesta reciente, recibe un 36% de apoyo). Lo novedoso de estas crisis ha sido que la protesta proviene sobre todo de los movimientos sociales afines al partido de gobierno; en el último caso, el añadido simbólico es que son indígenas quienes dicen no sentirse representados por Evo.

La carretera motivo de la discordia iba a dividir el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), creado en 1990, sin que los pueblos indígenas que viven en esa región hubieran sido consultados, según lo manda la propia Constitución impulsada por el gobierno de Evo. Para muchos, se cayó la máscara ecologista e indigenista de Evo, mostrando que él es, antes que nada, el líder sindical de los productores de coca del Chapare (los más beneficiados con la construcción de la carretera).

Las crisis de los últimos meses muestran que Evo ha encontrado los límites de su poder. Hubo un momento en que su inmenso capital político le permitió “refundar” el país aprobando una nueva Constitución, arrinconar los deseos de autonomía de departamentos económicamente poderosos como Santa Cruz y burlar las leyes a su antojo para desmantelar cualquier intento de oposición a su gobierno. Y muestra que el estilo autoritario, centralista, bajo el viejo molde del caudillismo latinoamericano, puede gobernar pero no construir un Estado. Sin instituciones sólidas, el caudillo termina siendo víctima de las mismas fuerzas que lo encumbraron. Evo recibió un Estado en crisis; su carisma, su capacidad de convocatoria, maquillaron esa crisis, pero no la trascendieron. Su discurso etnopopulista de izquierda, además, trazó una serie de coordenadas de las que no puede desviarse; se sabe que, tarde o temprano, el gobierno debe dejar de subvencionar la gasolina y aumentar el precio, pero esa medida es vista más como de un gobierno neoliberal –las cosas deben costar lo que dice el mercado que cuesten-- y no como de uno que se debe al pueblo; se sabe también que quizás se necesiten más carreteras para vincular internamente al país, pero éstas no pueden hacerse sin la venia de las comunidades indígenas a las que se les ha prometido autogobierno. Así, el modelo desarrollista de Evo naufraga en medio de sus contradicciones internas.   

El TIPNIS traerá cola. Por lo pronto, la oposición ha aprovechado para tomar la iniciativa, se ha reinventado como defensora de derechos indígenas que antes criticó duramente y busca responsables de la decisión de usar la fuerza para reprimir la marcha (los policías dicen que actuaron siguiendo órdenes de un fiscal, los fiscales dicen que no dijeron nada, el ministro de Gobierno acusó a  su viceministro, el viceministro dice que no sabía nada, el presidente dice que de él no partió la orden…). A pesar de eso, la oposición carece de liderazgo visible. Si ese hecho tranquiliza a Evo, sí deberían inquietarle los movimientos sociales que lo llevaron al poder; son ellos quienes, ante un sistema institucional que su gobierno ha debilitado, podrían hacerlo tambalear cualquier rato. De hecho, ya lo están haciendo.  

(El País, 29 de septiembre 2011)

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29 de septiembre de 2011
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