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La nueva normalidad de la tortura

Se está confirmand lo que muchos se temían y que la Unión Americana para las Libertades Civiles de Estados Unidos (ACLU) había denunciado ya el pasado mes de julio. La Administración demócrata del admirado Barack Obama está asumiendo como una nueva normalidad una parte del peor legado de su antecesor George W. Bush con relación al recorte de derechos y libertades, como es el mantenimiento de detenciones indefinidas de sospechosos de terrorismo, los tribunales militares de excepción y los asesinatos selectivos, que se han incrementado en los dos últimos años. La ACLU reconoce los progresos en derechos humanos de la nueva Administración demócrata, como prohibir categóricamente la tortura y los centros de detención secretos de la CIA o dar a la luz pública los informes jurídicos de la anterior Administración que autorizaban la tortura. Pero ha asumido como un legado inamovible e incluso ha ampliado otro tipo de prácticas que según esta institución de vigilancia democrática vulneran ?los valores básicos que están en los fundamentos de la fuerza y la seguridad de nuestra nación?.

Una sentencia de un tribunal federal de apelación reforzó esta pasada semana la actitud de la Casa Blanca respecto a los detenidos sospechosos de terrorismo. El tribunal rechazó por un solo voto de diferencia (seis a cinco) que cinco prisioneros de la CIA supuestamente torturados por encargo en prisiones de terceros países pudieran emprender acciones legales ante tribunales estadounidenses. La demanda, presentada también por la ACLU, tuvo que resolver ?un penoso conflicto entre derechos humanos y la seguridad nacional?, según uno de los jueces que decidió sobre el caso. Acosado salvajemente desde la derecha, erosionado por la crisis económica y sobre todo por la pérdida de puestos de trabajo y encadenado todavía a las funestas consecuencias de las guerras preventivas y las políticas antiterroristas de Bush, Obama no tiene márgenes de maniobra para progresar en su programa de derechos civiles. Al contrario, tiene fuertes presiones de los militares y de los agentes secretos para que lo abandone. Obama no tan sólo carga con parte del legado de Bush en derechos humanos, sino que además se ve obligado a defenderlo. La ACLU emprendió la acción judicial contra las torturas bajo Bush y la ha seguido con Obama, cuya Administración ha recurrido en defensa del secreto de Estado y en contra de los derechos de estos detenidos. La tortura ha quedado prohibida con Obama, pero no el secreto sobre las torturas del reciente pasado y por tanto las que puedan producirse secretamente en el presente. The 'New York Times' zanjó el caso con un editorial este pasado jueves cuyo título dice todo sobre su posición: ?La tortura es un crimen, no un secreto?. 

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12 de septiembre de 2010
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Kjell Askildsen reseñado

Kjell Askildsen  La traducción en Lengua de Trapo del escritor noruego Kjell Askildsen fue uno de los mayores aciertos editoriales de las últimas décadas. Una suerte que nos hayan descubierto a este narrador absolutamente extraordinario, al que muchos podrían ?acusar? de minimalista pero no lo es, de ningún modo, aunque es cierto que sus recursos literarios están reducidos a la mínima expresión.  En ADN Cultura apareció una reseña de Debora Vásquez sus Cuentos Completos, editados por Lengua de Trapo, donde me entero (después de leer su obra no es difícil anticiparlo) que el sujeto es un huraño.  Dice la reseña:

El primer libro de Kjell Askildsen (Mandal, Noruega, 1929) fue prohibido por inmoral en la biblioteca pública de su ciudad natal. Pero el escandinavo no claudicó. ?La literatura -confiesa- es el único punto en mi vida en el cual tengo la sensación de estar seguro de mí mismo.? La traducción de su obra a más de veinte lenguas prueba que no estaba muy errado. Askildsen es un hombre discreto y poco afecto a dar entrevistas. Aunque domina perfectamente el inglés (tradujo a Samuel Beckett y Harold Pinter, entre otros,) a los cronistas extranjeros sólo les responde en su lengua materna. Vive en las afueras de Oslo y hace más de diez años que no publica. Cuentos reunidos compila cuatro de sus excelentes volúmenes de relatos. Treinta y seis textos en total que Fogwill -oficiando en esta ocasión de editor- reorganizó con buen tino, desatendiendo el orden cronológico para privilegiar ?un contrapunto de personas narrativas, extensiones relativas e intensidad del conflicto dramático?, que vuelve al libro sumamente dinámico y evidencia la pareja calidad del conjunto. Algunos de los cuentos son tan escuetos que cortejan el género del microrrelato, sin contraer, por fortuna, ninguna de sus mañas: chistes obvios, parábolas de bolsillo o mitologías prêt-à-porter . Como en las narraciones de Hemingway -uno de los escritores favoritos del noruego, junto con Alain Robbe-Grillet y Claude Simon-, los relatos de Askildsen esconden más de lo que muestran y se abstienen de dar explicaciones. Los finales, por lo general abiertos, instalan una falsa calma: treguas domésticas que barren la incomodidad debajo de la alfombra tras reacciones violentas. El desencadenante de estas crisis maritales o entre consanguíneos es por lo general un detalle menor. Pero la trascendencia que adquiere esa pequeñez expone el mundo de rencores enmudecidos y cohibidas intenciones que acechan a todo vínculo. (?) Los personajes que habitan estos relatos son gente a la que nadie saluda en el día de su cumpleaños. Seres cínicos dispuestos a tergiversar una anécdota de la infancia para atizar la ira de un hermano. Parientes que hacen visitas sólo si el otro se partió un fémur. Gemelos que se cruzan en la calle después de once años y fingen no reconocerse. Paranoicos que callan para no dar a entender nada. Ausentes crónicos en entierros de padres y madres. Susceptibles congénitos, como el narrador de ?No soy así, no soy así?: ?Mi hermana me dijo que el trasero de mis pantalones estaba muy brillante por el uso. Yo lo sabía, pero me irritó que hiciera ese comentario, porque nunca he tolerado que un parentesco del que no tengo ninguna culpa justifique la falta de tacto?. Gente que no sabe de apremios económicos (?ser noruego -señala Fogwill en el prólogo- es contar con un ingreso per cápita de sesenta mil dólares anuales?), trabaja poco y tiene tiempo de sobra. Tiempo de vacaciones, de ocio o de retiros tempranos. Tiempo para observar a un vecino o a dos moscas apareándose. Mundo de voyeurs en el que no faltan los largavistas para hacer foco en jardines propios o ajenos. Pero la indiscreción no termina ahí: hurgar en la basura del cónyuge, como lo hace el protagonista de ?El comodín?, o leerle el diario íntimo a la hermana, como sucede en ?Los invisibles?, son prácticas lícitas. Saberlo todo acerca del otro es el fin que justifica los medios. Carente de descripción de lugares y personas, la prosa eficaz y somera de Askildsen descuella en los diálogos sincopados, y a menudo sin entrecomillar, en donde prima la incomodidad de los silencios, la frase hecha que obtura la comunicación y un oído absoluto a la hora de captar el desacople entre pensar y decir. (?) Askildsen, cuyo alter ego puede adivinarse en el viejo cascarrabias de ?Últimas notas de Thomas F. para la humanidad?, declaró en alguna ocasión: ?No me gusta un relato que no crea desasosiego?. Y su obra demuestra que no miente. Al transitar sus Cuentos reunidos el lector queda con una sensación de invernal aridez debajo de los zapatos. Algo parecido a lo que le sucede al matrimonio que no sabe qué hacer con el animal que aparece muerto en el sótano de su casa. Hasta que el hombre, desoyendo a su pareja, se impone: ?Cuando la tierra se desheló, enterró al perro en la huerta. Erna no dijo una palabra, pero al llegar la primavera, la huerta quedó sin cultivar?.

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11 de septiembre de 2010
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Formentor. Opertura

 

Además de contar historias, a los escritores se les ocurre a veces hablar de sí mismos. Las memorias, la autobiografía, los diarios llamados personales, y algún otro recurso narrativo se ponen al servicio de un nuevo personaje que resulta ser el mismo autor. El género memorialístico permite dar rienda suelta a lo que uno no ha podido o no ha querido decir en sus novelas. Hay muchas teorías al respecto. A veces se supone que el autor es un ser invisible y otras que no hace más que estar ahí en medio de la trama haciendo siempre de las suyas. Sea lo que sea, el caso es que a veces al autor no le basta ser el padre de sus criaturas y quiere contar las cosas que recuerda haber vivido. En pocas palabras, quiere ser él mismo una criatura literaria. El motivo por el cual un escritor se siente obligado a contar cómo le han ido las cosas en la vida es a veces un enigma. Llega un momento en que su vida es tan interesante como sus propias novelas y cuando se sienta a recordar le parece que todo va encajando de un modo en que parece inevitable preguntarse quién puede haber organizado todo eso que tan bien suena cuando se pone por escrito. La vida, ya se sabe, es un motivo de asombro. Pero la vida que uno ha vivido, si se piensa bien, es un prodigio a condición de que uno tenga memoria suficiente para registrar los detalles que la hacen asombrosa. Este asombro es uno de los motivos que descubrimos en el origen de la pulsión biográfica. Si uno recuerda con todo lujo de detalles cómo le han ido sucediendo las cosas que ha vivido no será extraño sentirse obligado a contar lo que sabe sobre sí mismo. Esto no quiere decir que el autor de las memorias se crea obligado a contarlo todo sobre sí mismo. De hecho uno de los privilegios del género es poner al libre albedrío del autor la potestad de contar lo que quiera. A diferencia de la autobiografía, sometida a una especie de rigor histórico -fechas, hechos y pruebas- la memoria es un ejercicio que discurre a merced del escritor. Como no promete contarlo todo nadie puede echarle en cara los olvidos que vaya teniendo. De hecho, el género memorialístico se parece más a la recreación de una vida que a la crónica de una vida. Aunque hayan ocurrido muchas cosas, y no todas le dejen en buen lugar, el autor elige las que más le importan y deja las demás en la intimidad o las deja caer en el olvido. El autor se considera autorizado a hacer con su memoria lo que le plazca. Por algo es suya. Puede recordar y olvidar, contar o callar, omitir o evocar a medias. También puede corregir el orden en el que sucedieron las cosas o acomodar el sentido de las cosas que dijo. También puede mentir descaradamente. Nadie lo prohíbe. Lo único que esperamos del autor es que la narración de su vida sea interesante. Ya vendrán más tarde los moralistas a desmentirle o los historiadores a enmendarle. O su desbocado ego a traicionarle. A nosotros nos parece muy bien que el autor nos entretenga contándonos historias de las que nada habríamos sabido si no tuviera la deferencia de contarlas. Damos por descontado que la realidad necesita artistas que mejoren el aspecto de los acontecimientos y vayan dando forma narrativa a las cosas que pasan. A veces porque pasan demasiado rápido y es necesario demorarse en su descripción para comprender su sentido. A veces porque suceden con una lentitud exasperante. Sin la decisión del autor no habría manera de entender nada. El conjunto del tiempo pasado parecería una maraña indescifrable de gestos, idas y venidas. Por esto decimos que no esperamos encontrar en las memorias un testimonio fiel, exacto e irrefutable de lo que el autor asegura haber vivido. No esperamos que en el prólogo haya un juramento solemne y que el autor prometa cortarse las venas si es cogido en falta. La verdad no es una preocupación muy frecuente en estos ejercicios de memoria. Lo único que importa es la veracidad con que uno lo cuenta, la sensación de realidad que transmite y las emociones que se liberan ante el lector.

Otra cosa es lo que uno espera encontrar en los diarios llamados personales.

Si algo deberíamos encontrar sin sombra de duda en los diarios personales es franqueza. Esa expresión certera que permite creer que el autor ha dicho lo que piensa. Se supone que en el diario se consignan las cosas que pasan y las cosas que le pasan por la cabeza. Un diario censurado por la corrección pierde parte de su interés. En la soledad del escritorio un escritor debería levantar acta de la más perturbadora de sus ocurrencias y de poco nos sirve su diario si al publicarlo las suprime. Nos consta lo difícil que resulta decir la verdad de lo que uno piensa. De hecho es algo que hacemos cada día y a veces nos agota. Hay que decir sin embargo que es muy gratificante gobernar la tentación de decir la verdad. De hecho la vida sería insoportable si todo el mundo andara por ahí confesando lo que piensa. Pero si algo esperamos de los escritores y de la literatura es que nos enseñe lo que puede llegar a pasar si decimos la verdad.

No es fácil decir la verdad de lo que uno piensa. Sobre todo si afecta a los colegas. Y no crean que los muertos están indefensos. La fama y la gloria ejercen de vigilantes y hay que sortearlos si queremos decir lo que pensamos de ellos. Pero por complicado que sea divulgar opiniones inconvenientes, la literatura a fin de cuentas necesita criterio, rigor, juicio y valor. No es posible dejar pasar de largo un libro sin pronunciarse. Y un escritor que se precia de ser eso que se llama un punto de referencia, un maitre a penser, una autoridad influyente, está obligado a jugársela más de lo que le gustaría. Los mejores lo hacen pero con gran incomodidad.

Lo contrario de la verdad, lo que se opone enérgicamente a ella, no siempre es la mentira. Muchas veces omitimos la verdad de lo que pensamos porque queremos comportarnos con educación. Las reglas de urbanidad han legislado durante mucho tiempo este delicado asunto. Un hombre honrado puede ser cortés sin pasar por ello como un vulgar embustero. En el mundo literario, sin embargo, la cosa se complica. Se supone que todo lo que leemos está sujeto a juicio y que la esencia del gran juego cultural es la sagacidad crítica que permite nombrar y sentenciar con desparpajo. Hay aquí una gran dificultad. El juicio de los hombres de letras no está exento de pasiones y no está claro que este disturbio emocional quede en suspenso cuando van a calificar lo que han leído. A menudo las pasiones se enredan con el discernimiento intelectual y cualquier apacible hombre de letras puede ponerse a gritar como un oso hambriento atado a una estaca. Los excesos son muy groseros e impertinentes pero más allá de las trifulcas que hemos visto en la república de las letras, lo que se espera es conocer las opiniones de los escritores sobre sus colegas. Muchas veces esperamos en balde. La impostura, que tanto se parece a la caballerosidad, resulta ser lo más frecuente. No sabría decir qué es peor. Si andar a guantazos todo el día o esbozar sonrisas temblorosas cuando se da una felicitación. No sé. Fijaos en el fragmento que he sacado del cuaderno de notas de Chejov. Dice: NN se las da de poeta y perora todo el día a favor y en contra de éste o de aquél. Sin embargo, apunta Chejov, ignora por completo que le asiste una absoluta falta de talento. Y luego añade, entre paréntesis: (no lo he leído).

Ahí tenemos un buen ejemplo del riesgo que uno asume cuando está a solas con su diario personal: anotar lo que no diría en público. Uno puede ser déspota, caprichoso, arbitrario y malévolo. Pero la divulgación del juicio es otra cosa: las más estrictas reglas de sanidad moral recomiendan ni pensarlo, las de urbanidad aconsejan no escribirlo, y las reglas de supervivencia, no editarlo.

Esperamos de un autor de memorias que haya vivido una vida interesante pero siempre tendremos en cuenta la agotadora tensión que sufre mientras elabora lo que debería callar y lo que se obliga a contar. De ahí procede el enorme atractivo que hace de las memorias, autobiografías y diarios personales uno de los géneros literarios que mejor revelan la personalidad del autor cuyas novelas tanto nos gustan.

 

Formentor, 10 septiembre 2010.

 

 

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11 de septiembre de 2010
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Juegos africanos

Por lo visto, al igual que sucede otros años, uno de los entretenimientos favoritos de nuestra policía local es dispersar a los vendedores ambulantes africanos que venden bolsos falsos y otras baratijas cerca de las tiendas de lujo del paseo de Gràcia. No creo que se trate de detenerlos sino de asustarlos, con maniobras bastante rutinarias ante las que los espigados inmigrantes, la mayoría senegaleses, dan muestras de su habilidad en el repliegue, tanto de sus mercancías como de sus propias personas. No dudo que con estas batidas la policía cumple con su obligación de reprimir actividades ilegales o ilícitas; pero, la verdad, en todos estos años, me ha parecido que la hostilidad de los ciudadanos con respecto a estas actividades era mínima y, además, por qué no confesarlo, en un mundo de apabullante estupidez en relación a las marcas, tiene bastante gracia que por cuatro pavos uno, si quiere, pueda adquirir guccis, pradas, vuittons y lo que desee, aunque son falsísimos.

El otro día observé una de estas heroicas intervenciones de nuestra policía local. A mi lado un agente de paisano informaba por teléfono a sus compañeros de uniforme sobre la posición de los vendedores ambulantes. De ignorar el asunto, hubiera creído que asistía a los prolegómenos de una arriesgada redada en la que se capturaría a peligrosos terroristas. Luego, como era de esperar, hubo cuatro gritos y se produjeron las consabidas carreras. El agente de paisano informó a no sé quien que la operación ya había sido completada. Todo muy profesional.

Lástima, pensé, que tal profesionalidad no se aplique con igual rigor en el caso de las manadas de borrachos y de las turbas vociferantes que, noche tras noche, causan molestias infinitamente superiores a las que provocan los vendedores de bolsos y gafas falsos. A muchos ciudadanos nos gustaría tener una policía en condiciones de acabar con la falsedad incomparable de una ciudad incapaz de cumplir sus propias normas.

El País, 31/07/2010

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11 de septiembre de 2010
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Prosa por el 11 de setiembre

 
 
 

Pude, por fin, visitar “Ground zero.” Te confieso que lo había evitado deliberadamente. No sólo por eludir a los turistas pornográficos, sino porque el luto no había terminado. Cómo medir la dimensión de la tragedia. Por el número de muertos o por la sombra que nos dejó.  Ha sido, sigue siendo, un asombro sombrío.

 

Con las construcciones en marcha, todavía este junio descontentadizo, se han encontrando restos humanos.  El lugar de la tragedia es ahora una tumba encubierta.

 

Pertenece al lenguaje de las catástrofes el que cada uno tenga una memoria distinta de las Torres cayendo. Tal como se ha demostrado en este caso, hasta los testigos terminaran narrando experiencias contrarias. Porque si la memoria es una economía del olvido, en la de una catástrofe el lenguaje ya no nos acoge, zozobra. La “cero zona” es esa resta.

 

Qué monumento sería suficiente para las víctimas de lo mucho que puede el hombre contra el hombre. Casi todo lo que se ha construído es entrañablemente ofensivo. Desde el monumento a los caídos, levantado por los pálidos ofendidos de la Guerra Civil, hasta la desagradable estela a las víctimas del terrorismo en la calle Tarata, en Lima, que impone el nombre del alcalde como custodio de la memoria, ese exhibicionismo  público termina siendo obsceno. 

 

Me temo que el Museo del  11 de Setiembre, que se construye bajo tierra, en el mismo lugar donde estuvieron las Torres, y debe inaugurarse en un par de años, sea otra representación agonista.  Se sabe que mostrará las columnas originales de las Torres Gemelas. De las 2,752 víctimas no se ha podido identificar  a 1,100; el Museo tendrá que albergar los miles de mínimos fragmentos sin nombre. Alrededor del jardin, seis nuevos rascacielos empiezan a ser levantados. Se espera que sea menos espectral el nuevo Port Authority diseñado por Santiago Calatrava.

 

No se a tí, pero a mi las Torres Gemelas nunca me parecieron un prodigio arquitectónico sino un ominoso exhibicionismo. No me extraña que Lewis Mumford las haya descalificado por su diseño claustrofóbico. Después de la tragedia, he descubierto que otros también han sentido, caminando a su sombra, la inquietud de lo siniestro.  Rosalba Campra, la escritora argentina, lo ha escrito mejor que yo: lo monumental nos intimida como precario. Qué son las torres sino desafíos de poder, y  cuántas veces se han venido abajo en la historia de la ambición humana.

 

Mis muertos favoritos, lo tengo dicho, son dos. El peruanito que recibe una llamada del restaurante Windows on the World ofreciéndole unas horas extras para mañana, a la hora del desastre. Su madre dijo que él nunca habría rechazado trabajar más. Y el colombiano, empleado de una inversora, que esperando turno frente al ascensor, al abrirse las puertas le ofrece su lugar a una mujer sollozante. Su padre dijo que en ese gesto reconocía a su hijo. Son doblemente dos, por dentro, hasta hacer sentido.

 

De vuelta de Nicaragua, una estudiante me contó que ese 11 de setiembre, desde la escuelita en construcción, vio a un campesino que subía la montaña. Lentamente llegó hasta ella y le dió un abrazo. Reciba, le dijo, mi más sentido pésame, por la desgracia que sufre su país.  Ella encendió la radio al horror. Pero aquel campesino la había acogido en el lenguaje.

 

 

 

 

 

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11 de septiembre de 2010
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El fin de la disonancia

Kike Mujica, director de la revista Qué Pasa, me pidió un texto sobre Chile y los chilenos con motivo de su bicentenario. Esto es lo que escribí. 

En mi relación con Chile y los chilenos hubo una disonancia cognitiva durante mi infancia y adolescencia en Bolivia. Estaba lo que me decían de ellos en el colegio y en el barrio: que eran invasores, gente en la que no se podía confiar, materialistas y despiadados (basta ver el lema de su escudo, afirmaba un amigo); el día del Mar era en cierta forma el día del Enemigo: se nos arengaba para estar listos y recuperar algún día lo que había sido nuestro, pero también se nos enseñaba a odiar a nuestros vecinos. Todo lo hacía más fácil la abstracción: ni mis amigos ni yo conocíamos a un chileno en persona.
 
Por otro lado, estaba lo que aprendía en clases de literatura en ese mismo colegio. Yo fui uno de esos que a los quince años usó Veinte poemas de amor para conquistar a una chica. Además, en el Wilsterman (equipo de fútbol de mi ciudad natal) habían jugado dos chilenos a principios de los setenta (Abel Gangas y Víctor Hugo Bravo), y luego Víctor Eduardo Villalón, el único chileno que llegaría a nacionalizarse y vestir la casaca boliviana (para las eliminatorias del mundial del 78). Eran de los más sacrificados y no paraban de correr. Por último, a fines de mi infancia me acompañaba Condorito todas las semanas. Me divertía tanto que no me molestaba que estereotipara a los bolivianos a través de Titicaco (después de todo, yo también estereotipaba a los chilenos).

Continué con esa vida doble y contradictoria hasta que me fui de Bolivia. El siguiente chileno que conocí fue en Buenos Aires a mediados de los ochenta. Se llamaba José Donoso y había venido a la feria del libro. Le pedí una entrevista para un periódico boliviano y, cuando accedió, fui corriendo a buscar sus novelas. Descubrí que su esposa era boliviana y me emocioné. Impulsado por su generosidad, durante varios días seguidos me acerqué al stand de Seix Barral en la feria para sentarme a su lado mientras él firmaba ejemplares y saludaba a los escritores argentinos que venían a rendirle pleitesía. Me recomendó lecturas y dio consejos para que apostara de una vez por todas por la escritura. Le dejé un manuscrito de cuentos y un mes después recibí una breve carta de Santiago en la que decía que le había parecido flojo pero que continuara escribiendo. Ese pequeño gesto fue enorme para mí: afirmó mi vocación.

Poco después un amigo me hizo notar una obviedad: le había hecho una entrevista muy larga a un escritor chileno y no le había preguntado una sola vez sobre el mar. Error de aprendiz de periodista, respondí. Error de boliviano, dijo. Es que, ¿no podía hablar con un chileno sin tocar ese tema? Reconocía que lo había olvidado por completo. Pero luego dejé la culpa de lado y pensé que otra cosa era la importante para mí: esa vez en Buenos Aires, Chile dejó de ser una abstracción y adquirió una voz, unos gestos. Descubrí que había prioridades y que no me dejaría ganar por el peso de la historia. La disonancia desapareció: a partir de ese momento podía, simplemente, admirar y querer a mis vecinos.     

(Qué Pasa, 11 de septiembre 2010)

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11 de septiembre de 2010
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Mujica Laínez, 100

Mujica Laínez y su monóculo Luis Antonio de Villena recuerda a Manuel Mujica Laínez en su centenario. El autor argentino de Bomarzo murió, a los 74 años, en 1984. Vale la pena echarle una mirada a un escritor que siempre ha pasado un poco bajo la sombra de su generación, pero que es extraordinario. Dice la nota en ?El Cultural?:

Resulta un punto raro estar en el centenario de un gran escritor al que uno trató (y con mucha amistad) algo más de diez años, pero que murió en abril de 1984, con setenta y tres y apariencia de más, porque Manuel Mujica Láinez, para casi todos ?Manucho?, nacido en Buenos Aires en 1910, de una familia patricia venida a menos, como le gustaba recordar, siempre aparentó, con su aire distinguido y elegantísimo, más edad de la que tenía. Con su monóculo, su sello de oro y su escarabajo final, parecía un viejo lord de otro tiempo, cosa que no le gustaba que le dijeran cuando estuvo por última vez en España (primavera de 1982) porque era cuando la guerra de las Malvinas y él era un argentino patriota, que en ese momento debía estar (y estaba) contra su querida Inglaterra.  (?) Aquí triunfó sobre todo -y en medio mundo- con una gran novela histórica sobre un duque jorobado en el Renacimiento italiano, que curiosamente no está falta de íntimos rasgos autobiográficos. Hablo de Bomarzo (sin duda su obra más conocida y plurieditada) que se publicó en 1962, el mismo año que Rayuela de Julio Cortázar. Ambas novelas tuvieron un premio internacional conjunto y Julio le escribió a Manucho proponiéndole (puro humor cortazariano, que al otro lo divirtió) editar juntos los dos tomazos con el título -a elegir- de Boyuela o Ramarzo… Manucho escribió otras novelas históricas, hasta El Escarabajo de 1982, que yo presenté en Madrid con él, pero ninguna cosechó el éxito de Bomarzo, ya un clásico. Para otros, Mujica Láinez era, ante todo un cuentista extraordinario y mago, que a menudo sabía enhebrar distintas historias como en Aquí vivieron (1949), historia de una quinta en San Isidro, cerca de Buenos Aires, donde los relatos independientes ocurren a lo largo de la historia en el mismo lugar y se van engarzando uno con otro. Espléndida es su última colección (aparecida poco antes de su muerte). Un novelista en el Museo del Prado -1984- donde no sólo demuestra el gran conocimiento que tenía de nuestra gran pinacoteca, sino que se permite sacar a los personajes de los cuadros célebres en la noche y hacer que se hablen, se enamoren o se confundan, como cuando los cortesanos y divertidos pastores de Watteau se meten, sin darse cuenta, en la barca de La laguna Estigia de Patinir, y cuando se percatan ya parece tarde… Gran viajero a la antigua (cuando yo lo conocí en 1974, llevaba casi un año de viaje, con un joven amigo, fuera de una Argentina turbulenta que en ese momento no le gustaba), Manucho llevaba bien algunas contradicciones: Casado y padre de familia, conservador de clara estirpe liberal, era homosexual y al fin no lo ocultaba, yendo siempre con un amigo bastante más joven al que llevaba a todas partes, desde reuniones literarias a cenas con la infanta Margarita y su esposo, que fueron amigos suyos. Manucho (siguiendo sus orígenes culturales y sus gustos) prefirió siempre, pese a su vastísima cultura, ser tenido mejor por un ?artista? que por un ?intelectual?. En los tiempos que vivió, ésa no era una buena elección porque su lado aparentemente frívolo o mundano, tapaba su vertiente más seria. Pero él aceptó ese envite, y probablemente algo perdió en la apuesta. 

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10 de septiembre de 2010
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Gustavo Ferreyra, premio Emecé

Gustavo Ferreyra recibe el premio Emecé Un jurado compuesto por Tununa Mercado, Martín Kohan y Fabián Casas decidió que la novela Doberman del argentino Gustavo Ferreyra (antor de novelas como El amparo, El desamparo o El director) ganase el premio Emecé de Novela 2010, el más antiguo de Argentina. La nota en revista Ñ:

En diálogo con Clarín, Ferreyra se declaró ?feliz?: ?Es una alegría recibir un premio después la trayectoria que yo tengo en la literatura. Tengo una sensación de felicidad?. ¿Qué cree un escritor de culto como él que el reportará la exposición pública de un premio? ?No lo sé, recién está sucediendo; supongo que el libro será un poco más visible. De cualquier manera, es el premio más literario?, opinó sobre el galardón, dotado con 25 mil pesos en concepto de adelanto de derechos de autor. Doberman relata la historia de Joaquín Riste. Cuando niño, era un soñador paranoico y resentido, que intentaba escapar a su infancia oprimente en un monoblock del barrio de Flores mediante la construcción de un mundo imaginario, en el que él era un doberman y un showman que fascinaba al público. Ya adulto, Riste se convierte en chofer y mano derecha de un alto funcionario de la cancillería del gobierno de turno. Corre el año 1994. En tiempos en que lo único que parece importar es el éxito a cualquier costo, el personaje se despoja de su personalidad con tal de encajar en el mundo. Durante una crisis nerviosa que lo conduce al psiquiátrico, recibe la visita del funcionario que lo envía a una misión internacional en Polonia. Una vez allí, su obsesión por los perros lo lleva a perseguir a cuantos encuentra vagabundeando por la ciudad. Pero, enamorado de una actriz polaca, Riste se obsesiona también con los comunistas, a los que ve por todos lados en plena confabulación. 

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10 de septiembre de 2010
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IV. El duro entre los duros

En las carpas del sheriff Joe, donde llega a meter en cada una hasta dos mil prisioneros, y sobre las que ejerce plena soberanía, también está prohibido tomar café, o ponerle sal o pimienta a la comida. Es un régimen puritano, y sobre todo cruel, donde los prisioneros no se rehabilitan, sino que deben sufrir un castigo verdadero, tan duro y desagradable que quien lo experimente no tenga ganas de volver a delinquir jamás.

Estas medidas que llevan la dureza policíaca hasta la ignominia, y que incluyen la transmisión en vivo por un canal de televisión del momento en que los prisioneros son fichados al momento de su ingreso a la cárcel, sin que se les haya probado hasta entonces ningún delito, nunca han contribuido a disminuir los delitos en Phoenix, sino que más bien aumentan, pero este fracaso continuado no quita popularidad al sheriff Joe, que sigue siendo visto como el John Wayne de las películas, en lucha a brazo abierto contra el crimen. Y los peores criminales son hoy en día los inmigrantes.

 Un personaje de historieta cómica, o de película del oeste, que alimenta la imaginación furibunda de los red neck, sus conciudadanos de pescuezo rojo que aplauden a rabiar el uso de sus métodos contra los latinos, ahora redoblados en sus alardes de dureza. Una popularidad que crece, en vez de empeorar, después de haberse alzado en desafío a la resolución de la jueza federal Susan Bolton, que ha ordenado dejar sin efecto partes sustanciales de la ley SB 1070, lo que impide al sheriff Joe detener o interrogar inmigrantes indocumentados, pero de lo que no hace ningún caso.

Como en los tiempos del lejano oeste, él sigue siendo la ley. El más duro entre los duros de los guardianes de la supremacía blanca.

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10 de septiembre de 2010
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