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Formentor. Opertura

Por 11 de septiembre de 2010 Sin comentarios

Basilio Baltasar

 

Además de contar historias, a los escritores se les ocurre a veces hablar de sí mismos. Las memorias, la autobiografía, los diarios llamados personales, y algún otro recurso narrativo se ponen al servicio de un nuevo personaje que resulta ser el mismo autor. El género memorialístico permite dar rienda suelta a lo que uno no ha podido o no ha querido decir en sus novelas. Hay muchas teorías al respecto. A veces se supone que el autor es un ser invisible y otras que no hace más que estar ahí en medio de la trama haciendo siempre de las suyas. Sea lo que sea, el caso es que a veces al autor no le basta ser el padre de sus criaturas y quiere contar las cosas que recuerda haber vivido. En pocas palabras, quiere ser él mismo una criatura literaria. El motivo por el cual un escritor se siente obligado a contar cómo le han ido las cosas en la vida es a veces un enigma. Llega un momento en que su vida es tan interesante como sus propias novelas y cuando se sienta a recordar le parece que todo va encajando de un modo en que parece inevitable preguntarse quién puede haber organizado todo eso que tan bien suena cuando se pone por escrito. La vida, ya se sabe, es un motivo de asombro. Pero la vida que uno ha vivido, si se piensa bien, es un prodigio a condición de que uno tenga memoria suficiente para registrar los detalles que la hacen asombrosa. Este asombro es uno de los motivos que descubrimos en el origen de la pulsión biográfica. Si uno recuerda con todo lujo de detalles cómo le han ido sucediendo las cosas que ha vivido no será extraño sentirse obligado a contar lo que sabe sobre sí mismo. Esto no quiere decir que el autor de las memorias se crea obligado a contarlo todo sobre sí mismo. De hecho uno de los privilegios del género es poner al libre albedrío del autor la potestad de contar lo que quiera. A diferencia de la autobiografía, sometida a una especie de rigor histórico -fechas, hechos y pruebas- la memoria es un ejercicio que discurre a merced del escritor. Como no promete contarlo todo nadie puede echarle en cara los olvidos que vaya teniendo. De hecho, el género memorialístico se parece más a la recreación de una vida que a la crónica de una vida. Aunque hayan ocurrido muchas cosas, y no todas le dejen en buen lugar, el autor elige las que más le importan y deja las demás en la intimidad o las deja caer en el olvido. El autor se considera autorizado a hacer con su memoria lo que le plazca. Por algo es suya. Puede recordar y olvidar, contar o callar, omitir o evocar a medias. También puede corregir el orden en el que sucedieron las cosas o acomodar el sentido de las cosas que dijo. También puede mentir descaradamente. Nadie lo prohíbe. Lo único que esperamos del autor es que la narración de su vida sea interesante. Ya vendrán más tarde los moralistas a desmentirle o los historiadores a enmendarle. O su desbocado ego a traicionarle. A nosotros nos parece muy bien que el autor nos entretenga contándonos historias de las que nada habríamos sabido si no tuviera la deferencia de contarlas. Damos por descontado que la realidad necesita artistas que mejoren el aspecto de los acontecimientos y vayan dando forma narrativa a las cosas que pasan. A veces porque pasan demasiado rápido y es necesario demorarse en su descripción para comprender su sentido. A veces porque suceden con una lentitud exasperante. Sin la decisión del autor no habría manera de entender nada. El conjunto del tiempo pasado parecería una maraña indescifrable de gestos, idas y venidas. Por esto decimos que no esperamos encontrar en las memorias un testimonio fiel, exacto e irrefutable de lo que el autor asegura haber vivido. No esperamos que en el prólogo haya un juramento solemne y que el autor prometa cortarse las venas si es cogido en falta. La verdad no es una preocupación muy frecuente en estos ejercicios de memoria. Lo único que importa es la veracidad con que uno lo cuenta, la sensación de realidad que transmite y las emociones que se liberan ante el lector.

Otra cosa es lo que uno espera encontrar en los diarios llamados personales.

Si algo deberíamos encontrar sin sombra de duda en los diarios personales es franqueza. Esa expresión certera que permite creer que el autor ha dicho lo que piensa. Se supone que en el diario se consignan las cosas que pasan y las cosas que le pasan por la cabeza. Un diario censurado por la corrección pierde parte de su interés. En la soledad del escritorio un escritor debería levantar acta de la más perturbadora de sus ocurrencias y de poco nos sirve su diario si al publicarlo las suprime. Nos consta lo difícil que resulta decir la verdad de lo que uno piensa. De hecho es algo que hacemos cada día y a veces nos agota. Hay que decir sin embargo que es muy gratificante gobernar la tentación de decir la verdad. De hecho la vida sería insoportable si todo el mundo andara por ahí confesando lo que piensa. Pero si algo esperamos de los escritores y de la literatura es que nos enseñe lo que puede llegar a pasar si decimos la verdad.

No es fácil decir la verdad de lo que uno piensa. Sobre todo si afecta a los colegas. Y no crean que los muertos están indefensos. La fama y la gloria ejercen de vigilantes y hay que sortearlos si queremos decir lo que pensamos de ellos. Pero por complicado que sea divulgar opiniones inconvenientes, la literatura a fin de cuentas necesita criterio, rigor, juicio y valor. No es posible dejar pasar de largo un libro sin pronunciarse. Y un escritor que se precia de ser eso que se llama un punto de referencia, un maitre a penser, una autoridad influyente, está obligado a jugársela más de lo que le gustaría. Los mejores lo hacen pero con gran incomodidad.

Lo contrario de la verdad, lo que se opone enérgicamente a ella, no siempre es la mentira. Muchas veces omitimos la verdad de lo que pensamos porque queremos comportarnos con educación. Las reglas de urbanidad han legislado durante mucho tiempo este delicado asunto. Un hombre honrado puede ser cortés sin pasar por ello como un vulgar embustero. En el mundo literario, sin embargo, la cosa se complica. Se supone que todo lo que leemos está sujeto a juicio y que la esencia del gran juego cultural es la sagacidad crítica que permite nombrar y sentenciar con desparpajo. Hay aquí una gran dificultad. El juicio de los hombres de letras no está exento de pasiones y no está claro que este disturbio emocional quede en suspenso cuando van a calificar lo que han leído. A menudo las pasiones se enredan con el discernimiento intelectual y cualquier apacible hombre de letras puede ponerse a gritar como un oso hambriento atado a una estaca. Los excesos son muy groseros e impertinentes pero más allá de las trifulcas que hemos visto en la república de las letras, lo que se espera es conocer las opiniones de los escritores sobre sus colegas. Muchas veces esperamos en balde. La impostura, que tanto se parece a la caballerosidad, resulta ser lo más frecuente. No sabría decir qué es peor. Si andar a guantazos todo el día o esbozar sonrisas temblorosas cuando se da una felicitación. No sé. Fijaos en el fragmento que he sacado del cuaderno de notas de Chejov. Dice: NN se las da de poeta y perora todo el día a favor y en contra de éste o de aquél. Sin embargo, apunta Chejov, ignora por completo que le asiste una absoluta falta de talento. Y luego añade, entre paréntesis: (no lo he leído).

Ahí tenemos un buen ejemplo del riesgo que uno asume cuando está a solas con su diario personal: anotar lo que no diría en público. Uno puede ser déspota, caprichoso, arbitrario y malévolo. Pero la divulgación del juicio es otra cosa: las más estrictas reglas de sanidad moral recomiendan ni pensarlo, las de urbanidad aconsejan no escribirlo, y las reglas de supervivencia, no editarlo.

Esperamos de un autor de memorias que haya vivido una vida interesante pero siempre tendremos en cuenta la agotadora tensión que sufre mientras elabora lo que debería callar y lo que se obliga a contar. De ahí procede el enorme atractivo que hace de las memorias, autobiografías y diarios personales uno de los géneros literarios que mejor revelan la personalidad del autor cuyas novelas tanto nos gustan.

 

Formentor, 10 septiembre 2010.

 

 

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Basilio Baltasar

Basilio Baltasar (Palma de Mallorca, 1955) es escritor y editor. Autor de Todos los días del mundo (Bitzoc, 1994), Críticas ejemplares (BB ed; Bitzoc), Pastoral iraquí (Alfaguara), El intelectual rampante (KRK) y El Apocalipsis según San Goliat (KRK). Ha sido director editorial de Bitzoc y de Seix Barral. Fue director del periódico El día del Mundo, de la Fundación Bartolomé March y de la Fundación Santillana. Dirigió el programa de exposiciones de arte y antropología Culturas del mundo (1989-1996). Colabora con La Vanguardia y con Jot Down. Preside el jurado del Prix Formentor y es director de la Fundación Formentor.

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