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Abajo la muerte

"No se explica [me decía Eduardo Arroyo] que manifestándose cada dos por tres a causa de cuestiones sociales y políticas no haya una sola manifestación siquiera contra la terrible fatalidad de la muerte" Y viéndose, viéndonos los unos a los otro, no hallamos motivo mayor para entrar en una violentísima rebeldía que esta imposición tan absurda, inhumana y radical. Es posible que en otros tiempos y bajo otros criterios, a la muerte se la recibiera mal pero aún así se la recibiera. En todas las civilizaciones, de aquí o allá, se han preparado ceremonias, mobiliario, perfumes y cantos para acoger su llegada. Pero ¿ahora qué? Si perfumes, cantos y pócimas se dirigen absolutamente a vivir y vivir, ¿qué sentido tiene seguir atados a este potro de tortura y, encima, sin negar la espera?

 

Se mire como se mire, sea de manera política o simplemente emocional la muerte es de una brutalidad gigantesca. Nadie puede hacer tanto y tan mal como para recibir este castigo. Y siendo así ¿qué sentido tiene que nos muramos?

 

Pues sí: antes tenía sentido morirse y gracias a la defunción asumíamos casi todo, aún de mala gana, gracias a las importantes promesas de compensación en el cielo. Sin embargo llegado a 2011, callado el cielo, vacío el cielo, desacreditado el cielo por los mismos que creen en él, no hallamos la menor base que pueda justificar su vigencia. ¿A las barricadas? A las barricadas. Porque una de dos: o tomamos cartas en este traicionero asunto o, cuando menos se espera, nos devasta.

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7 de febrero de 2011
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El naufragio mediterráneo de Sarkozy

Es un fracaso largamente incubado. Desde su concepción durante la presidencia francesa de la Unión Europea, en el segundo semestre de 2008. Recordemos: frenar el ingreso de Turquía en la UE; equilibrar el peso de Alemania; recuperar el protagonismo que había quedado en mano de España con el Proceso de Barcelona; y, sobre todo, dorar los laureles del joven Jefe del Estado recién elegido (mayo de 2007).

Sarkozy celebró la primera cumbre de la Unión para el Mediterráneo, con Mubarak de copresidente, en París, el 13 de julio de 2008, en los días gloriosos de la presidencia europea. Pero luego todo ha ido llegando tarde y mal. Se aprobó la instalación de la secretaría en Barcelona y se nombró a un diplomático jordano, Ahmad Masadeh, como secretario general. Pero no se celebró la cumbre bianual durante la presidencia española de la UE en el primer semestre de 2010. Y fue suspendida de nuevo e indefinidamente después de que se intentara celebrar en noviembre. La copresidencia, reglamentariamente en manos de un país de la orilla norte y otro de la sur, Francia y Egipto en la primera rotación, terminaba en 2010 con la segunda conferencia, dos años después de su constitución, sin que se hubiera previsto la prórroga o la repetición. Ahora podemos optar: o está vacante o, peor todavía, se la asignamos todavía a Mubarak. Si se tiene en cuenta que el secretario general también ha dimitido el pasado 26 de noviembre, por oscuras e inexplicadas razones, veremos que la UpM es un pollo sin cabeza. Y sin alas: el único proyecto listo, sobre los recursos hídricos, no llegó a buen puerto por una discusión incomprensible entre árabes e israelíes sobre si había que mencionar a los ?territorios ocupados? o a los ?territorios bajo ocupación? al hablar de Cisjordania. Este es el balance de los dos años y medio de UpM, cuando estalla la revolución democrática árabe. Unas instalaciones barcelonesas, 43 banderas frente a Pedralbes y una veintena de funcionarios sin jefes. Y nada más: ni rumbo ni destino. Ahora Sarkozy está en otras cosas. En las dimensiones mundiales de la presidencia del G20. Pero que esté en otras cosas no significa que reconozca su fracaso. Al contrario: el viernes pasado todavía osó decir que ?ante la situación en Egipto, no sólo la Unión por el Mediterráneo es necesaria, sino que es indispensable?. Francia tiene a un presidente que ha naufragado con la UpM y a una ministra de Exteriores, Michèle Alliot-Marie, quemada por sus relaciones con el clan cleptócrata que estaba en el poder en Túnez. El juego ha quedado ahora descubierto. Y quien ha puesto las cartas boca arriba han sido los ciudadanos árabes sometidos a dictaduras que reclaman sus plenos y legítimos derechos civiles. Si no se avanzaba era por una razón muy sencilla. Porque no había argumentos suficientemente convincentes para los socios del sur, que no eran los pueblos sino los dictadores. Querían más dinero. También por esta razón se ha ido Masadeh. El Proceso de Barcelona, que Sarkozy quiso corregir y controlar, era más ambicioso, incluso en exceso. Su mayor objetivo era alcanzar una zona de libre comercio para la zona mediterránea en 2010. Tenía también un capítulo dedicado a cooperación política y seguridad, con especial énfasis en los derechos humanos. A pesar de su lenta dinámica, era lo más parecido a la Conferencia de Helsinki, celebrada en 1975, en la que los disidentes de los países comunistas encontraron una referencia donde apoyar sus exigencias de libertad. Sus acuerdos impulsaron las revoluciones de 1989. Nada parecido ha conseguido Europa en relación a los países árabes. Pudo serlo el Proceso de Barcelona. Pero no lo ha sido la UpM, concebida como unión de proyectos en la que no se habla de política. Si estamos a tiempo, debiéramos convertir la UpM en una unión para la democracia y la libertad en todo el Mediterráneo.

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7 de febrero de 2011
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Renacer de sabores

Tímidos toldos de colores brotan de la nada, se estrenan sombrillas bajo las cuales abundan los batidos de frutas y los chicharrones de cerdo, los portales de algunas viviendas se convierten en improvisadas cafeterías con llamativas ofertas. Todo eso y más crece por estos días en las calles de mi ciudad, a raíz de las nuevas flexibilizaciones para el trabajo por cuenta propia. Algunos de mis vecinos hacen proyectos para abrir un taller de reparación de zapatos o un local donde componer refrigeradores, mientras avenidas y plazas se metamorfosean con el empuje de la iniciativa privada. La camisa de fuerza que atenazaba la iniciativa parece aflojarse. Sin embargo, también están los que esperan cautelosos, hasta comprobar si realmente esta vez las reformas en el plano económico resultan definitivas y no van a echarse atrás como ocurrió en los años noventa. En apenas unos pocos meses, desde que se anunciara la ampliación del número de licencias para labores independientes, los resultados se muestran halagüeños. Hemos comenzado a recuperar sabores perdidos, recetas añoradas, comodidades escondidas. Más de 70 mil cubanos han sacado nuevos permiso para trabajar por su cuenta y riesgo y otros miles reflexionan en serio sobre las ventajas de abrir una pequeña empresa familiar. A pesar de la cautela de muchos, de los impuestos todavía excesivos y de la ausencia de un mercado mayorista, los recién estrenado comerciantes han comenzado a hacerse notar en una sociedad marcada por el inmovilismo. Se les ve montar sus timbiriches, colocar vistosos carteles anunciando las mercancías, redistribuir sus viviendas para crear una cafetería y ofertar servicios de peluquería o manicure. La mayoría tiene la convicción de que esta vez han llegado para quedarse, porque el sistema que tanto los asfixió y satanizó en el pasado ya ha perdido la capacidad de competir con ellos.

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6 de febrero de 2011
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Colm Toibin cuentista

colm toibin Luego de dos novelas espectaculares, The Master y Brooklyn, el irlandés Colm Toibin se dedica a los cuentos en el libro The empty family publicado en EE.UU. por Viking. Antonio Muñoz Molina adelanta la traducción al castellano y comenta en ?Babelia? el libro de cuentos de este extranjero perpetuo, radicado hace décadas en Barcelona pero pendiente del mundo norteamericano e inglés. Dice la reseña:

Extranjería y disimulo, huida y regreso, lealtad y ruptura, impudor y contención, son los temas que se entrelazan de nuevo en el último libro de Tóibín, The Empty Family,una colección de relatos. Ningún gran músico tiene un repertorio ilimitado. Cada comienzo es otra vez un inmediato sumergirse: Estoy de vuelta aquí. Puedo asomarme y ver el cielo delicado y la línea débil del horizonte y el modo en que la luz cambia sobre el mar. Tóibín escribe sobre gente que se marchó hace tiempo y que vuelve llamada por el remordimiento, o por la nostalgia, o por la enfermedad o la muerte de esas personas queridas que mantienen los lazos y alimentan la culpa del que se atrevió a marcharse. Los detalles del origen o de la huida importan menos que la realidad del desarraigo o que la pesadumbre de un regreso demasiado tardío: una decoradora de cine que viaja desde Los Ángeles a Irlanda para el rodaje de una película; una hija de una familia burguesa catalana que tuvo que irse al exilio y vuelve después de la muerte de Franco; un emigrante paquistaní que no sale nunca de las pocas calles del Raval de Barcelona en las que sucede su vida desterrada y furtiva. Pero en la deserción también está la libertad: en Barcelona, en 1975, en el carnaval alucinante de las vísperas de la muerte de Franco, el temeroso estudiante irlandés encuentra la temeridad y la desvergüenza del amor. También en Barcelona, en ese presente que a los escritores de ficción españoles nos cuesta tanto llevar a las novelas, el emigrante paquistaní elude la vigilancia policiaca de su comunidad para entregarse al amor de su vida. Y cada uno de ellos afirma con naturalidad su presencia soberana en el mundo. Hace falta mucho talento para que los personajes ocupen del todo el espacio que ha abierto para ellos un autor que no tiene miedo de volverse invisible

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6 de febrero de 2011
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Semana Negra con misterio

La semana negra de Barcelona BC Negra de Barcelona trae un misterio: ¿Quién el es autor de L?home que dormía al cotxe?? Nadie lo sabe. Dicen que es un autor catalán famoso escondido bajo un seudónimo. Puede ser. Lo que sí ocurre de todos modos es que es un éxito de ventas y de crítica. Desde luego, la editorial Errata Naturae, experta en suplantaciones (ver el post anterior) es la encargada de editarla. Dice la nota en El País:

¿Has leído el libro ese del que todo el mundo habla? ¿Sabes quién es el autor? Los pasillos de la semana negra barcelonesa son tan interesantes como los actos que se celebran, siempre llenos a reventar. La novela de la que los del mundillo hablan, escrita en catalán, publicada por Ámsterdam, se titula L?home que dormía al cotxe (El hombre que dormía en el coche), firmada con un seudónimo que no pasa desapercibido: Nil Barral, que es también el protagonista de la historia. Dicen sus editores que este presunto Barral es ?uno de los escritores más reconocidos? de Cataluña, que esta novela es la primera de una serie y que si oculta el nombre es porque forma parte de la intriga.

Por si el misterio fuera poco, lleva en la mismísima portada una recomendación de unescritor y lector excelente, Andreu Martín: ?La novela negra más brillante e ingeniosa que he leído en el último año?. A Martín, que ayer recibió el sexto Premio Carvalho, lo tienen frito, incluso hay quien sospecha que él es el autor. Lo niega rotundamente. Todo el mundo sabe que Martín es tan generoso como lo era Manuel Vázquez Montalbán, al que, por cierto, Nil Barral dedica un guiño en su novela. También le han preguntado a Martín si es él Héctor Malverde, el anónimo autor de la excelente Guía de la novela negra (Errata Naturae). ?Pero ni siquiera la he leído?, contesta resignado.

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6 de febrero de 2011
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Un incendio que se extiende

El suicidio de Mohamed Buazizi fue la chispa. Pudo ser otra. Había tanta leña y era tan seca que lo incomprensible es que el fuego no hubiera prendido antes. La hoguera inicial, en Túnez, tenía unas causas muy claras y se declaró en un territorio delimitado, sin papel estratégico y sin centralidad en el mundo árabe. Pero saltó enseguida a los países vecinos y sobre todo a Egipto, y la razón es muy sencilla: también allí había el mismo tipo de leña seca, lista para arder, esperando la chispa.

Egipto es otro asunto. Su centralidad árabe es absoluta. Su emplazamiento estratégico también. Sin contar con su papel como garante de la estabilidad. El faraón que lo regía desde hace 30 años estaba perfectamente seguro de sus alianzas. Con Israel: Netanyahu mantenía con él unas relaciones más estrechas que con cualquier otro jefe de Estado del mundo. Con Estados Unidos: en el álbum de fotos del egipcio están todos los presidentes desde 1981, a cual más deferente y afectuoso. Con la Unión Europea: este delincuente que ordena atacar a los periodistas es, junto a Nicolas Sarkozy, el copresidente de la Unión para el Mediterráneo, cuya secretaría tiene la sede en Barcelona. El incendio se está llevando por delante a regímenes que tienen todos en común su odio jurado al Irán de los fundamentalistas chiitas y su buena disposición a dejarse comprar por el dinero occidental para comportarse con relación al terrorismo, el tráfico de droga, la inmigración e incluso la causa palestina. En cada uno de estos capítulos estos amigos tan poco recomendables han sabido utilizar los conflictos como un cuchillo de doble filo. Si desde Washington o desde Bruselas no se accede a sus chantajes, desde sus palacios cerrados se ordena abrir la espita de alguna de las cañerías tóxicas. Los mujabarats, sus servicios secretos, se encargan del trabajo sucio, incluida la movilización callejera, como esta semana en El Cairo; mientras sus diplomáticos sonríen y negocian nuevas ayudas. La leña seca es, ante todo, una demografía pujante y joven, pero sin otro horizonte que no sea el paro y la miseria. A ella se añaden unas economías sin resuello, incapaces de atrapar los retos de la modernidad y golpeadas por la crisis financiera, la caída del turismo y el aumento de los precios de los alimentos, a excepción de los países con recursos energéticos. Pero el impacto más notable entre la población joven es el de la globalización tecnológica y cultural, que les incorpora de pronto a la modernidad en las comunicaciones y les aleja del islamismo político. Son nuestros vecinos, son como nosotros y no pueden seguir aguantando ni un día más que les limiten sus libertades y les arruinen la vida unos gendarmes corruptos que hemos puesto en sus casas para vigilarlos. El incendio no ha hecho más que empezar.

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6 de febrero de 2011
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Cocido madrileño

A la Casa de la Panadería no se va a comprar pan, se va a otros menesteres municipales. Pero parece que el nombre del edificio nos lo acerca, lo pone a nuestro nivel, consigue la sensación de que entramos en uno de aquellos hornos antiguos en que todo el mundo iba a hacer sus magdalenas y rosquillas. Ahora vamos a resolver trámites, pero con el olor lejano de lo casero, lo cotidiano, lo artesano. Una palabra como panadería nos llena la cabeza de sensaciones buenas, sobre todo a los que conocimos tahonas de verdad con panaderos de verdad que amasaban y espolvoreaban la harina manchándose hasta las cejas. Ahora sólo vemos el producto. Muchas pastelerías son pura fachada. Venden pasteles que no sabemos de dónde vienen, bollería industrial, baguetes de goma blanca que se limitan a dorar en el microondas. Quedan pocos hornos de barrio donde puedas ver las manos que han hecho la milhojas que te llevas a la boca. Yo afortunadamente conozco uno, veo al panadero y le doy las gracias por hacerme pasar tan buenos ratos con sus bizcochos y empanadas. Y a él le gusta oír que el esmero y la fantasía que pone en lo que hace son apreciados. Los oficios desaparecen, todo se hace en lugares lejanos como China, en fábricas que nunca veremos. O en cocinas industriales. Ya no me fío de ese cocido madrileño que sirven en algunos sitios (ni siquiera voy a llamarlos restaurantes) con el tocino perfectamente cortado en un cuadrado, el chorizo que parece medido con una regla y algo que declara que no acaba de salir de los fogones. ¿Alguien sabe que ocurre con este asunto del cocido? ¿Circula un cocido industrial que nos sirven como casero? Puesto que no somos capaces de exportar y universalizar nuestros platos de fondo por lo menos no nos los carguemos en casa.

En los mismos mercadillos de artesanía, que tanto menudean por nuestro Madrid, hay muy poca auténtica artesanía. ¿Dónde se confeccionan las prendas de mercadillo? ¿Quién las distribuye? ¿De qué nave y de qué polígono sale todo lo que tiene toque mercadillo? La ropa colgada de las paredes de los puestos, los collares, las pulseras son tan falsamente artesanales como las tartas de la mayoría de las pastelerías. Este año han aparecido los ponchos de lana y continúan los pantalones hippies a rayas de toda la vida y las faldas rizadas que son marca de la franquicia de mercadillo. En Madrid se han creado más plazas y espacios para que se instalen. Pero la oferta nos decepciona a los amantes del mercadillo, a los que nos gusta tirarnos un buen rato de puesto en puesto esperando encontrar lo que nunca veríamos en una tienda normal. A veces me encuentro con alguna caseta donde está el que ha trabajado la plata, el cuero, la cerámica que tengo ante los ojos. Y que no quiere sólo vender, quiere conquistar con sus piezas. Este tipo de venta ha perdido atractivo porque se ha convertido en eso, en simple venta aburrida y repetitiva.

            No sólo una dependencia del Ayuntamiento como la Casa de la Panadería tiene el nombre de un oficio, otros como La Tabacalera, El Matadero o la Fábrica de Cervezas El Águila se han convertido en espacios dedicados a la cultura, los espectáculos, las exposiciones. Cada vez que entramos en El Matadero para ver una obra de teatro, entramos también en algo fundamental que preferimos olvidar: comemos seres vivos a los que tenemos el detalle de matar antes. Los mataderos también han caído en un mundo paralelo de donde salen las chuletas de riñonada envasadas. Esta sociedad violenta y cínica no soporta que se le retuerza el pescuezo a un pollo y mucho menos despellejar un conejo, pero qué bueno está con tomate ¿verdad? Preferimos no saber de dónde vienen las chuletas, la ropa barata y el dinero. Preferimos ser ñoños y sensibleros. Nos hemos despegado tanto de la realidad que mientras amamos al pollo somos capaces de patearle el hígado al compañero de trabajo y no digamos al que pretende un puesto de trabajo. El Matadero nos recuerda que somos carnívoros y La Tabacalera que los que fumamos no tenemos por que ser una pesadilla para los que tenemos al lado, y estoy totalmente de acuerdo con la ley antitabaco. Pero también me gustaría que se eliminara la enorme humareda que, en invierno con la calefacción y en verano con el aire acondicionado, expulsa al aire el centro comercial que hay frente a mi casa y que casi me impide abrir las ventanas y que me hace toser. Sería un detalle antihumos.

 

 

 

 

 

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5 de febrero de 2011
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Visita a la Librería de Mala Poesía

 


A la Librería de Mala Poesía se entra por una puerta doble y noble que directamente lleva a la gran mesa de las antigüedades. Porque en esta librería profunda lo más importante no son las novedades (al fin y al cabo identificables como malas desde su populoso nacimiento por un mero cálculo de posibilidades), sino las viejas ediciones que el tiempo ha degradado, convirtiéndolas en curiosidad estrambótica, énfasis de estilo, o fantasma bibliográfico.
 

Sin embargo, la pulcritud elegante de esta librería reclama una suerte especial de atención, casi la reverencia del lector obediente.
 

Me detengo ante la mesa de raros, que son escasos y, por eso, menos valiosos.
 

Deduzco que esta librería demuestra la confesión casual de la peor literatura como otra divagación erudita. Y, por lo mismo, no está consagrada a la ironía correctiva ni tampoco a confirmar el buen gusto dominante. De otro modo, declara el carácter excepcional de la poesía, incluso de la muy mala.
 

Me demoro en la curiosa edición de un folleto bellamente impreso en París a fines del siglo XIX. No es exactamente un libro, aunque lo simula: parece uno de esos almanaques indistintos que hay que leer entre avisos publicitarios y consejos de salud. Es un panfleto estrafalario, que me gustaría tener, pero su precio es irrisorio, y dudo.
 

Sigo hacia la iluminada sala de las naciones, donde hay estantes severos para cada país. Llego a la sección francesa, dedicada a poetas grandes, menores y olvidados. La de Inglaterra está organizada según la dicción distrital de sus bardos. Previsiblemente, la estantería italiana sigue el vasto diccionario de los ismos. En cambio, España se distribuye de acuerdo a sus lenguas regionales, recargadas de juegos florales  y  premios en especies. Me sorprende la sección norteamericana, robusta y frecuente, dedicada a las variaciones biográficas del sujeto. Pero no hay ironía en esta exibición de lo peor de nosotros mismos; por el contrario, hay una resignación católica. Tal vez la cruda sal de la nostalgia.
 

Me asalta el temor de que ésta sea sólo en apariencia una librería. ¿No encubrirá a una sociedad secreta dedicada al culto perdido de la poesía? Reconozco esa presunción de la verdad como la pregunta que uno espera resolver con unos versos.
 

Amo la luz de Garcilaso, la vehemencia de John Donne, el fuego apagado de Baudelaire, el silabeo de Emily Dickinson. Ninguno de esos poetas está aquí, pero todo los reclama y al mismo tiempo los delata. Estoy solo en este templo vacío donde sobrevuelan los pájaros salvajes de la poesía de Vallejo.
 

Vuelvo a la alta estantería de la lengua española, y me sobresalta la desagradable sospecha de una revelación. Los delgados volúmenes se acomodan unos sobre otros, azorados, con la inocencia de su propio bochorno, brutal tipografia y títulos imposibles. Parecen escritos en el balbuceo de la sinceridad pueblerina, que fascinó a Stendhal.  Hasta los nombres de los poetas resuenan repetidos.
 

Algún lector truculento debe haber seleccionado estas secciones y estantes para probar la vida dudosa de la poesía en tiempos del mercado universal, la baba de la fama, y la amnesia. Los poemas malos, decía Darío, no acaban nunca.
 

No obstante, temo que estas evidencias escondan una certeza mayor. Y me retiro convencido de que la profusión iletrada promete la inteligencia de Wallace Stevens, el arrebato de Zanzotto, el arabesco de Celan, el ardor de René Char, el paladeo de Lezama Lima. Después de todo, me digo, el corazón del lector está más allá del bien y el mal, en el centro del lenguaje, puntual, como un animal contentadizo.
 

¡Pobre lector!, protesto y salgo, seducido por estas ominosas sirenas palpitantes que le prometen, bajo la luna de papel, una noche de margaritas y zafiros.

 

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4 de febrero de 2011
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Una joven sin nombre

 

Es verdad, Paris no se acaba nunca. Y cada año seguimos pensando que siempre nos quedará Paris. La ciudad a la que desde muy jóvenes tuvimos que escaparnos para tantas cosas. La primera vez, o la segunda no lo tengo tan claro, estaba en los cines una película mítica. Una película prohibida en aquella insoportable España de censuras y mentiras. En París, además de canutos fumados en la tumba de Oscar Wilde,  garitos de jazz, bares de vino barato, libros robados en Masperó, sueños revolucionarios pequeño burgueses y amores en buhardillas de amigos, vimos "El último tango". Nos enamoramos fugazmente de María Schneider y deseábamos ser duros y decadentes como Marlon Brando. La verdad es que no llegamos a ser ni Jean Pierre Leaud.

La película nos tocó el corazón y el cerebro, nos conmocionó por su soledad, por su fuerza erótica y por la música de tangos tristes de Gato Barbieri. Ya admirábamos a Bertolucci, pero ahora era una de nuestras referencias mayores. Nunca Marlon Brando había estado tan seductor. Ni nunca una chica como nosotros fue tan eróticamente libre en el cine.

Acaba de morir María Schneider, nos han quitado un paisaje de nuestra juventud. No era la más guapa, ni tenía el mejor cuerpo, era complicada, cercana a los caminos peligrosos y no fue capaz de superar su papel de Jeanne, esa amante entregada a los encuentros furtivos, al amor físico y a los deseos de su amante dominador. También nosotros hemos deseado alguna relación como aquella. El encuentro de dos personas que se desconocen en todo, pero que se aman con una intensidad quizá insoportable. "No names, no names", decía el personaje de Brando, Paul a su compañera de juegos sexuales, a su fugaz amor encontrado por azar. No había que saber ni su nombre, ni su vida, ni su pensamiento o sus problemas. Solo encontrarse para amarse. Una manera de irse conociendo y desconociendo. Una forma de encontrarse y de huir.

Pocos años después, después de haber rodado en España una película de Antonioni con Jack Nicholson, "El reportero", María fue reclamada por Buñuel. Ella estaba destinada- y contratada- para ser la protagonista de la última película de Buñuel, "El oscuro objeto del deseo". Llegó a Madrid, se encontró con don Luis y al día siguiente ya estaba de regreso a París. No sabemos exactamente que pasó en ese encuentro. Se dice que era un momento en que María estaba muy enganchada a algunas drogas. Algo de ella no gustó a Buñuel. La cambió por dos actrices: Ángela Molina y Carole Bouquet, una de las soluciones más imaginativas de la historia del cine. Ahora no imaginamos la película sin ese doble reparto para el papel que solo debería haber interpretado María Schneider. Como tampoco podemos imaginar "El último tango" sin la interpretación de aquella joven que nunca superó su interpretación en aquél tango en París.

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4 de febrero de 2011
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II. Reacciones en cadena

En el año de 1944 Centroamérica conoció el efecto dominó que hoy están viviendo los países árabes, porque el fuego se está pasando también a Yemen, a Jordania, a Argelia. Se acercaba el fin de la Segunda Guerra Mundial, y la lucha contra el nazifascismo hacía soplar vientos democráticos  que los dictadores de las repúblicas bananeras ignoraron, confiados en el sempiterno apoyo de los Estados Unidos.

            Esta colección era de marca mayor: el general Maximiliano Hernández Martínez, presidente de El Salvador, que había ordenado la matanza de miles de indígenas en Izalco en 1932; teósofo, curandero y quiromante, tenía ya trece años en el gobierno, reelecto siempre en comicios en los que aparecía como candidato único. El general Jorge Ubico, presidente de Guatemala, con los mismos años de permanencia en el poder que su par de El Salvador, tanto se creía la reencarnación de Napoleón Bonaparte que se vestía y se peinaba como él. El general Tiburcio Carías Andino, presidente de Honduras, a la que gobernó desde 1932 como su propia hacienda; maestro de escuela, abogado, y militar, había ideado una silla eléctrica de voltaje moderado para sentar en ella a los prisioneros políticos remisos a declarar sus culpas contra el régimen. Y la cuarta perla de ese collar, el general Anastasio Somoza García, impuesto en el poder en Nicaragua por las tropas de intervención de Estados Unidos en 1934, el más marrullero de todos.

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4 de febrero de 2011
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