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Termina el apagón

Sentada en los butacones de un hotel abro mi laptop, noto el lento parpadeo del emisor de WiFi y veo el rostro adusto de los custodios. Este podría ser un día más tratando de entrar con un proxy anónimo a mi propio blog y saltando la censura con algunos trucos que me permiten asomarme a lo prohibido. En el borde inferior de la pantalla un cartel anuncia que estoy navegando a 41 kilobytes por segundo. Ironizo con una amiga y le advierto que mejor aguantarse el pelo para no despeinarnos ante tanta ?velocidad?. Pero poco me importa la banda estrecha en esta tarde de febrero. Estoy aquí para alegrarme, no para deprimirme nuevamente con la maldita circunstancia de una Internet apocada por los filtros. He venido a comprobar si la larga noche de la censura ya no se cierne sobre Generación Y. Me basta un clic y logro entrar a la portada que desde marzo de 2008 no veo en un sitio público. Me sorprendo tanto que grito y la cámara que observa desde el techo graba los empastes de mis muelas en una carcajada incontrolable. Después de tres años, mi espacio virtual vuelve a ser avistado dentro de Cuba. Las razones para este desbloqueo las desconozco, aunque puedo especular que la celebración en La Habana de la Feria Internacional de Informática 2011 haya traído a numerosos invitados extranjeros ante los que es mejor dar una imagen de tolerancia, de supuestas aperturas en el terreno de la expresión ciudadana. También es posible que después de haber comprobado que bloquear un sitio sólo lo vuelve más atractivo para los internautas, los policías cibernéticos han optado por exhibir el fruto prohibido que tanto satanizaron en los últimos meses. Si se trata de un accidente tecnológico que será enmendado, arrojando nuevamente sombras sobre mi diario virtual, entonces ya habrá tiempo para denunciarlo en voz alta. Pero por el momento, hago planes sobre una larga estancia entre nosotros de las plataformas www.desdecuba.com y www.vocescubanas.com Esta es una victoria ciudadana sobre los demonios del control. Les hemos arrebatado lo que nos pertenece, esas plazas virtuales que son nuestras, con las que van a tener que aprender a convivir y a las que ya no pueden negar.

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9 de febrero de 2011
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La televisión de la televisión

La televisión por las mañanas, no cabe duda,  realiza un servicio particular sobre millones de seres particulares pero también realiza un servicio general a infinidades de espacios y seres generalizables.

Hay quien, siguiendo la animadversión sobre la que llaman "la caja tonta", no han salido de su tontería anacrónica y aborrecen la televisión vespertina y, sobre todo, matutina, pero esta actitud, cuanto más conspicua es, menos ayuda a entender con lucidez la importante realidad matinal del mundo. Todo el mundo matinalmente se halla cubierto por la pantalla de esa emisión televisiva, liviana, sana, insignificante y sosegante que decide el estar benéfico de incontables salas de estar, de innumerables bancos de cocina, de infinitas habitaciones de hospital y de eternas emisiones colgantes sobre las barras de interminables bares y pubs vacíos.

Nunca la televisión es quizás más auténtica que durante ese tiempo vano. Nunca, además, será más verdadera que cuando, por su cuenta, sin miradas ajenas que la ven o la juzgan, discurre autónomamente y se comporta como un  dócil y servicial suceso a lo ancho del planeta.

En  unas casas hay quien tiene los programas establecidos para cada hora si su situación de desempleado o de enfermo les permite marcar el tiempo de acuerdo a su voluntad y preferencias. Estos son como los centinelas de la programación y para los cuales se estudia y fija la parrilla en cada departamento de la empresa. Son también estos, los consumidores audiovisuales puros puesto que representan al consumidor por excelencia de nuestra época de consumición ininterrumpida. No engullen lo que ven mientras critican, no reciben lo emitido con  la menor sombra de interés. Ven y oyen lo audiovisual sin guarniciones, complementos o excrecencias. Son quienes se sirven de lo audiovisual sin pretexto y sin consciencia. Son además consumidores extremadamente puros porque tampoco escogen esto o aquello con alguna intencionada determinación sino que se ofrecen al menú que la pantalla desee ofrecerles y, al igual que los pacientes de los hospitales, metabolizan con entera humildad, servidumbre y resignación los platos. Son pacientes sin impaciencia, televidentes sin exigencias, elementos basales de la intercomunicación automática legitimada en el hecho mismo de emitir y de no recibir, de ser emisor sin exigencia de receptor.

Pero también, un paso en este mundo blanco es el que se desarrolla como una performance solitaria en aquellos hogares donde la televisión funciona  sin que nadie se encuentre en la pieza, nadie la vea o le preste la menor atención. Esta televisión funciona por entero a su aire o para sí. En su aire, creando su aire y sin ninguna contaminación ni aliento exterior.

No hay ojos ni oídos ni cuerpo alguno para ella sino que ella misma se escucha, si se escucha, o se ve, si lo deseara hacer sin contemplar posiblemente nada. Su espectáculo repetido o calcado fuera como reflejo de su espectáculo interior, a la vez desprovisto de función.

Sola pero plena, sin audiencia pero sin suspensión, la televisión vive a sus anchas y en el mejor de los mundos imaginables para cualquier  programación incluida no ya la peor programación sino la nula programación. Sin crítica ni censura, sin juicio positivo o negativo, sin intromisión ni destino. El aparato emisor funciona en estado puro en el  funcionamiento estricto o  sin ninguna función. No sirve a nadie, nadie la sirve, no se representa  ni nadie la hace presente. Su presencia redunda en la ausencia y ella misma es una ausencia en movimiento.

Esta entelequia que habita a nuestro lado cumple el sueño ideal de la TV. Ser para sí y en sí. No proporciona ventajas a su dueño a la manera de los trabajos esclavos, no necesita ser mejor ni peor para recibir el aplauso o la condena de las gentes. Ella misma consiste en el absoluto de la TV, sin causa ni fin igual a la TV antes de haber sido concebida, igual a la TV después de haber desaparecido la Humanidad.

Indiferente, sigue y sigue encendida sin atenerse a la energía eléctrica que consume ni tampoco a la energía de los posibles actuantes ante las cámaras que acaso formen parte del mismo mundo sin espectadores ni emisores, criaturas anonadas en sí. Porque puede ser incluso cierto que esas cámaras responsables de emitir tampoco tengan tras de sí a unos u otros  realizadores y funcionen sin la intervención de mano o  cerebro algunos. Cámaras que graban y transmiten sin mediación de nadie y para nadie. Sin la colaboración directa de ninguna mente ni con la intención de llegar a mente alguna. Son como composiciones amentales, sementales de sí. Compuestos de un mundo onanista que acaso, gracias a su imposibilidad de copulación, determinen la nueva parte creciente del mundo, desprendida de fertilidad. Un mundo deshabitado de individuos actuantes, un mundo sin complejos ni destinos, un mundo transparente o sin fin. ¿Puede admirarse una obra mayor? ¿Una programación de superior escalofrío?  

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9 de febrero de 2011
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Congénitamente incompatibles con la democracia

A ojos del mundo, hasta bien entrados los años 80, lo éramos los españoles. Muchos en España también lo creían, franquistas sobre todo. Cuando murió el viejo general, pocos pensaban que la historia que entonces empezaba acabara bien. El espectro de la guerra civil se paseó de nuevo en la imaginación de unos y otros. Aunque fue utilizado por los agoreros, también funcionó como uno de los motores más eficaces para la reconciliación entre los españoles. Nadie quería dejarse llevar por la maldición de repetir nuestra historia trágica. El éxito de la transición española, la recuperación de las autonomías para las nacionalidades históricas primero y para todas las regiones que se apuntaran después, el ingreso en las instituciones europeas y la entrada en un período de prosperidad como no se había conocido nunca antes fueron los corolarios que desmintieron el tópico: los españoles no éramos congénitamente incompatibles con la democracia.

No era una obviedad. Esta idea lamentable que nos dejaba en la cuneta de la civilización era la prolongación de una ideología de raíz sobre todo anglosajona que consideraba incompatible la latinidad católica con las libertades públicas y las formas de la democracia parlamentaria. El prejuicio se extendía, por supuesto, a todas las afueras y suburbios de la Europa blanca y capitalista, empezando por los países colonizados, y ha mantenido sus efectos hasta hoy mismo, cuando los tunecinos y los egipcios han empezado a dinamitarla. En realidad, esa ideología sigue todavía en acción en muchos análisis y declaraciones que estamos viendo estos días sobre los peligros de las transiciones democráticas, los temores que suscitan los Hermanos Musulmanes y la imprescindible estabilidad que necesita el polvorín de Oriente Próximo. Todo conduce al final a lo mismo: a considerar a los árabes incompatibles con la democracia. No son los árabes los únicos que suscitan tal tipo de pésimos pensamientos. Lo mismo sucede con China y sus profundísimas ideas enraizadas en el confucianismo. Son perfectas para que los mandarines mantengan su poder y para que quienes hacen tratos mercantiles con los mandarines puedan lavarse las manos sobre la falta de libertades de los ciudadanos chinos. Nos convencemos así de que a fin de cuentas son congénitamente incompatibles con la democracia. Que están condenados a la tiranía o al caos. Estas son ideologías supremacistas, propias de gentes que se consideran ellas mismas superiores y consideran también superior su cultura. Pueden disfrazar estos pensamientos de antirelativismo y de liberalismo. A veces incluso utilizan argumentos anticoloniales para descalificar la supuesta ingerencia que supone interesarse por los derechos humanos en las dictaduras amigas. Pero pertenecen a un repertorio neocolonial que los hechos han ido desmintiendo desde hace ya muchos años. Avergüenza que además sirvan como anillo al dedo a los dictadores para mantenerse en el poder. Son gentes que, como Franco, creen que a los pueblos, como a los niños, no se les puede dejar solos. No es extraño que contemplen estupefactos la oleada revolucionaria que ha llegado al mundo árabe y que algún día también llegará a China.

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9 de febrero de 2011
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Otra estupidez juvenil

Hubo una época, ahora ya incomprensible, en la que los mejores cerebros de mi generación eran maoístas, o sea, seguidores del camarada Mao Tse Tung, lo que da una idea del alto nivel generacional. Eran maoístas Piqué (el millonario), Borja (el que lleva mil trescientos años en el Ayuntamiento de Barcelona), Vila Matas (el gran artista), Hernández (esta era del cine), en fin, muchos... y yo incluido, qué le vamos a hacer.

    Nos habían seducido los de la revista parisina Tel Quel, cuya cabeza visible era un mentecato que luego se pasó al marketing de sí mismo con notable éxito, y sobre todo el viejo Jean-Paul Sartre, el maoísta más raro que se ha visto en la faz de la tierra. ¿Por qué era maoísta aquel pequeño burgués de ideas reaccionarias y prácticas perversas? Nadie lo ha explicado aún, ni amigo ni enemigo.

    Los maoístas de Barcelona fracasamos con marmórea rotundidad, lo que es una pena porque ahora tendríamos un gobierno dirigido por Ar Tur Mas, faro del orbe, rapado al cero, con uniforme de alzacuello. Los días señalados le veríamos agitar desde lo alto de Montserrat "el llivre cuatribarrat del camarada Mas". Todos los demás nos dedicaríamos a tareas agrícolas, lo que nos ahorraría muchos quebraderos de cabeza.

    El caso es que aquella enfermedad juvenil del maoísmo a mi me la curó de la noche a la mañana un libro titulado Les habits neufs du président Mao, o sea, Los nuevos trajes del presidente Mao. Lo había comprado con mucho optimismo porque creí que iba a favor, pero en cuanto comencé a leerlo me percaté de que era la más despiadada, salvaje e inteligente destrucción de alguien a quien a partir de aquella lectura di en ver como un payaso carnicero. En realidad eran dos los payasos, el presidente Mao y yo, el texto no dejaba resquicio a la duda. El autor del panfleto, Simon Leys, era el tipo más inteligente con el que yo me había cruzado aquel año de 1971 y los diez anteriores.

    Leys siguió publicando libros agudos, brillantes, dotados de una ironía incisiva y los fui devorando todos. Bueno, todos no, porque Leys en su vida real se llama Pierre Ryckmans y es un sinólogo de prestigio mundial así que, por ejemplo, no he leído sus trabajos sobre los Analecta de Confucio. Aquel mismo año de 1971 se instalaría en Australia para el resto de su vida, y de esto hace cuatro décadas. En la actualidad cuenta casi ochenta años y la admirable editorial Acantilado acaba de traducir uno de sus últimos libros, La felicidad de los pececillos. Parece un libro humilde porque recoge colaboraciones que Leys ha ido publicando en revistas y periódicos, pero es puro ingenio y lo recomiendo como perfecta lectura en el metro.

    Les copio un fragmento. En un artículo sobre frases célebres pronunciadas en el instante de la muerte, escribe: "Pero las palabras finales más lamentables son las de Pancho Villa. Cogido por sorpresa en el momento de su ejecución, suplicó a un periodista que se encontraba allí presente: "¡No deje que esto acabe así! ¡Escriba usted que he dicho algo!". Pero el periodista, en lugar de inventar, como era su costumbre, se limitó a referir esta falta de inspiración en toda su crudeza. ¡Como para fiarse de los periodistas!".

    Uno imagina a Pancho Villa maldiciendo al periodista y a la madre del periodista, hundiéndose tras cada blasfemia en lo cada vez más profundo del infierno.

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9 de febrero de 2011
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III. No hay tiranos para siempre

La sacudida comenzó en San Salvador a finales del mes de abril, después que los cabecillas de una fracasada rebelión militar habían sido fusilados. Salieron a las calles los maestros, los estudiantes de secundaria y los universitarios, los empleados públicos y los comerciantes, hasta que todo tomó el cariz de una huelga general que obligó al dictador a renunciar el 9 de mayo y exiliarse en Guatemala. No resistió ni dos semanas a la presión popular.

            La onda expansiva alcanzó de inmediato a Guatemala, y el siguiente fue Ubico. Las olas de manifestantes invadían las calles día tras día, enfrentándose a la policía, hasta que una maestra fue asesinada por las balas de las fuerzas represoras, y aquel hecho multiplicó las protestas, con lo que el dictador tuvo que renunciar el 1 de julio, para irse al exilio en Estados Unidos. Así se abrió un período democrático de diez años en Guatemala, que duró hasta el año de 1954, cuando fue derrocado el general Jacobo Arbenz, presidente constitucional.

            Las demostraciones populares contra Carías empezaron en mayo en Honduras y alcanzaron su clímax en julio, pero pudo más entonces la represión militar ordenada por el tirano, que dejó muertos y heridos, y logró sobrevivir. Sin embargo, su suerte estaba echada, y tuvo que apartarse de la presidencia al final de su período en 1948, para dejar en su lugar a un peón suyo, Juan Manuel Gálvez, abogado de la United Fruit.

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9 de febrero de 2011
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¿Quién da nota a la agencia?

Leo en Le monde que una comisión de encuesta nombrada por el congreso de Estados Unidos califica a  Standard and Poor y Moody's Investors Services  de "eslabones esenciales de destrucción financiera", y que los legisladores de ese país han solicitado que las referencias a la buena nota de estas agencias sean suprimidas en los textos reglamentarios y legislativos. Pero leo asimismo que  en 2010 ambas agencias  han   incrementado su volumen de negocio en  10 y 13 por ciento respectivamente. De ahí la pregunta ingenua: si están tan mal vistas por las instituciones del estado  más poderoso de la tierra ¿de dónde procede su salud financiera? La respuesta evidente es que la opinión de las representantes de un estado sobre organizaciones como Standard and Poor, es variable indiferente a la hora de valorarlas. Su peso no depende de juicios de valor moral, sino de su capacidad demostrada de servir al mercado, concepto tan abstracto como omniaplicable tratándose de economía, y que en Standard and Poor y Moody's Investors Services reconoce sus propias epifanías.

 

Una vez más se impone  la hipótesis de que no se trata de entidades que estado alguno pueda controlar. Y la impotencia de los estados frente a ellas es un indicio más del fracaso general de los primeros; indicio de que se está realizando ese sueño de sociedades sin estado (o con un estado limitado a funciones de control de las víctimas) en las antípodas de la utopía anarquista, o de la etapa final a la que aspiraba la Revolución de Octubre. En la época de la llamada transición un dirigente de la derecha española, preguntado por su disposición a aceptar las reformas, declaraba "no tener más enemigos que los del estado". Los enemigos le han surgido ahora dónde no se lo esperaba.

Y sin embargo, este sentimiento de que hay hechos que trascienden la voluntad de los dirigentes de los estados es manipulado por esos mismos dirigentes para justificar sus actos de sumisión, que podrían haber evitado si fueran simplemente receptivos a la exigencia de libertad que en ser humano alguno puede ser erradicada. Una cosa es reconocer que los hechos son tozudos frente a la voluntad subjetividad y otra cosa muy diferente, pretender que  la subjetividad misma puede ser reducida a un simple hecho.

Por decirlo sin ambages: apelar al realismo, afirmar que un político ha de reconocer ante todo el estado de cosas no deja de ser una coartada para lo que constituye de hecho un acto de sumisión.

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9 de febrero de 2011
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Cárceles, escritores y Elena Poniatowska

 

Nunca he estado en la cárcel. No he tenido esa suerte. Conozco algunos con menos méritos que tienen su imborrable experiencia carcelaria. Yo casi nada, apenas unas noches en calabozos antiguos y podridos como aquél innombrable dictador gallego.

A los escritores les sienta bien la cárcel. Muchos grandes conocieron presidio, desde Cervantes a Miguel Hernández, de Fray Luis de León a Pepe Hierro, de Quevedo a  Jean Genet o de Fray Luis de León a Celine. Los perseguidos escritores rusos, polacos, checos, americanos, asiáticos, africanos...Las innumerables cárceles de los escritores no han podido con la escritura.

Conozco unas cuantas cárceles. Las conozco como periodista, como documentalista. Algunas eran lo más cerca del infierno que he podido estar y sin embargo, cerca del infierno también se podían hacer crecer pequeños paraísos, falsos como todos los paraísos. He recordado a los escritores en cárceles por haber estado con Elena Poniatowska, la feliz escritora mexicana que acaba de ganar el Premio Biblioteca Breve de novela. Seguro que un buen premio. Una novela sobre la apasionante Leonora Carrington, última surrealista viva. La esperamos.

Y recordé a la Poniatowska en una famosa- real y literaria- cárcel de México: Lecumberri. De historias de presos en Lecumberri hablé y filmé dos veces en distintos años con la escritora, periodista, sagaz e irónica Poniatowska. No estábamos en la cárcel, ya no existe Lecumberri, ni en otra de las cárceles mexicanas que conozco, hablábamos en su hermosa casa de San Ángel. Ella contaba sus visitas a la cárcel, sobre todo sus visitas a un amigo encarcelado por acusaciones de delitos "comunes", no políticos, y uno de los mejores poetas y novelistas vivos en nuestro idioma, Álvaro Mutis. Muchas cosas se contaban, se siguen contando, de Mutis y sus estancias carcelarias. El escribió todo un diario carcelario de Lecumberri. Hace años publicado en Siruela.

Todavía me hace gracia como contaba su sensación molesta cuando conoció al asesino de Trotski, Ramón Mercader: Decía en su peculiar español mexicano que al dar la mano del asesino "se le enchinó el cuero". También a mí se me enchinó al ver a algunos curiosos asesinos de aquellas cárceles mexicanas. Poniatowska también recuerda muy bien sus visitas con Buñuel para visitar a Mutis. Aunque Poniatowska cree que a Buñuel lo que mes la hacía visitar la cárcel era la calidad de sus chuscos de pan. El genio aragonés siempre buscando los sabores perdidos. Su particular manera proustiana de recuperar la infancia.

Poniatowska, una mujer muy libre que supo mucho de cárceles.

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8 de febrero de 2011
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Nuestros amigos dictadores

¿Por qué ese empeño en descalificar a los dictadores? ¿A qué se debe esta manía maniquea y absolutista de rechazar en bloque una obra finalmente humana? ¿Nada hay que se pueda salvar de su figura y de su trayectoria? ¿Acaso hemos calculado los males mayores que se evitan con estas figuras autoritarias? ¿Tenemos suficientes datos para descartar que esos mandatos auto otorgados hayan sido realmente perjudiciales para sus países?

Hacía mucho tiempo que no se escuchaba este tipo de interrogantes que ahora rebotan de columna en columna, de discurso en discurso, de derecha a izquierda, de Washington a Jerusalén, de Bruselas a Pekín. Los más viejos del lugar conocen el sonsonete. Los más jóvenes no debieran dejarse engañar por tan vieja música. Es el destino de Mubarak lo que la ha suscitado. Resulta que era un tipo fiable. Resulta que para otros incluso era un amigo leal. Resulta que ha sido un liberalizador de la economía egipcia. Está certificado su heroísmo militar. También su compromiso con la paz en Oriente Próximo. La estabilidad de la región, e incluso del planeta, dependía de su benévola y comprensiva actitud. No cuentan otros balances, naturalmente. La cárcel, la tortura, la muerte para quienes osaban levantar su voz. ¿Cómo podrían contar esas nimiedades? Tampoco cuenta la corrupción, el robo, el nepotismo, la apropiación del Estado. ¿Acaso no sucede incluso en la más ejemplar de las democracias? Nada que reprocharnos ante tanto pragmatismo. Ya se sabe que los idealistas están destinados a perecer bajo la bota del dictador, mientras que los realistas terminan entendiéndoles e incluso sacando jugosos beneficios. Son humanos, demasiado humanos, y hay que comprenderles en toda su complejidad. Hay que saber también cómo sacar partido de sus virtudes y de sus defectos. Y algunos realmente son auténticos virtuosos en su trato con estos amigos a veces desagradables. Mubarak ha suscitado estas reflexiones de tan escasa moralidad, pero vale para muchos más. Repasando la lista de los más próximos dictadores, casi todos se hacen acreedores de una u otra forma del agradecimiento de la humanidad beneficiada por sus benévolas acciones. José Stalin, Francisco Franco, Augusto Pinochet o Fidel Castro compiten en uno o varios capítulos con Mubarak a la hora de suscitar la comprensión de los ciudadanos agradecidos por su paso devastador y cruel por esta tierra. A pesar de lo que digan quienes se les oponen, todos han beneficiado de una forma u otra a sus poblaciones. Castro con la sanidad y la escuela. Franco con el desarrollismo y, según sus más conspicuos turiferarios, con la herencia política de la monarquía. Pinochet con la economía más abierta y liberalizada de América Latina. No nos olvidemos de Stalin, llorado universalmente como el padrecito de los proletarios, en agradecimiento por haber vencido a Hitler. Habría más nombres a añadir: por ejemplo, el mariscal Petain, héroe de Verdun; el general Jaruzelski, patriota polaco sin discusión; el Sha Reza Palevi, que mantuvo a Irán en la modernidad; o Sadam Hussein, que venció a los persas y resistió a los americanos hasta la muerte. ¿Tiene menos méritos Hosni Mubarak que toda esta ristra de déspotas y dictadores? Quienes tienen méritos de sobra, en todo caso, son quienes osan defenderles, despreciando el dolor de los pueblos que oprimen, olvidando la profunda corrupción que comporta toda dictadura e impartiendo una cínica lección de la peor forma de encarar las relaciones internacionales. No hay que olvidar que la paz auténtica no se hace con las dictaduras sino con los pueblos. Ni siquiera sirve el supremo argumento de que Mubarak es el hombre que ha evitado nuevas guerras entre árabes e israelíes. La única virtud que adorna al rais egipcio es que su caída, hasta ahora lenta y diferida, ha desenmascarado de forma insólita a los amigos y simpatizantes de los dictadores.  

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8 de febrero de 2011
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Elena Poniatowska, premio Biblioteca Breve

Elena Poniatowska. Foto: Daniel Mordzinski La narradora mexicana Elena Poniatowska, que hace algunos años ganó el Premio Alfaguara, se adjudicó ahora el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral con un retrato de la pintora surrealista Leonora Carrington. Dice la nota:

Leonora» (Seix Barral) es un recuento de su vida desde la infancia, como una niña excéntrica y pija, la oveja negra de una familia de acaudalados industriales, a su destierro en México, tras escapar de un psiquiátrico de Santander. En medio, París, las vanguardias históricas, personajes como Dalí, Miró, Buñuel y Breton, el desastre de la guerra, España, y una aventura vital capaz de enloquecer a cualquiera. «Leonora dice que el sentimentalismo es una forma de cansancio, pero no puedo evitarlo y querría dedicar el premio a todas esas mujeres que viven en tiempos de agresión. En mi país pasan cosas terribles ligadas al narcotráfico. El premio es una alegría que demuestra que no todo es malo», señaló Poniatowska al conocerse el fallo del galardón.Carrington tiene ahora 94 años y vive en una pequeña casa de México. Poniatowska la conoce desde hace más de 30 y ha forjado una sólida amistad. «No creo que lea la novela. Ya no le gusta hablar sobre sí misma, prefiere hablar de política, que le indigna, o de su perro Yeti», aseguró Poniatowska. La novela saldrá el 22 de febrero. Un total de 398 manuscritos se presentaron al premio, con una dotación de 30.000 euros.

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8 de febrero de 2011
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Jaime en sus casas

Creo que a ningún novelista, ni siquiera a Julio Verne, se le ocurriría situar una peripecia vital entre el madrileño barrio de La Latina y la capital de Islandia. Ése fue sin embargo el eje de la mayor parte de la vida adulta de Jaime Salinas, que murió hace poco en Reikiavik a los 85 años. Hay que reconocer, para ser sinceros, que este hombre de libros -hijo, hermano, cuñado, tío y esposo de escritores- nació bien dispuesto para la fábula. No todo el mundo nace en un lugar de África llamado Maison-Carrée, entre ‘pied-noirs' de cuño alicantino, ni crece, como Jaime, oyendo recitar en casa a la plana mayor de la generación del 27 y teniendo en sus manos la pajarita de papel que un día le hizo Unamuno. Después vino la épica prometedora y aciaga de nuestra historia: la república, la universidad Menéndez Pelayo (donde su padre, el poeta Pedro Salinas, estuvo al frente de los cursos de verano), la guerra civil, el exilio. Y, por si todo eso fuera poca aventura, el educado estudiante, entonces más norteamericano que español, volvió a Europa antes de cumplir los veinte años como voluntario del American Field Service en la segunda guerra mundial, donde salvó vidas en vez de quitarlas, y pudo, aun desarmado, entrar con las tropas aliadas que liberaron Alsacia y Lorena. Estaba, pues, preparado para librar batallas en el belicoso campo de las letras.

    Después de un tiempo barcelonés (que tanto nos gustaría revivir en el relato de las numerosas cartas inéditas que Jaime le fue escribiendo al novelista y traductor Gudbergur Bergsson), Salinas se instaló en una casa del viejo Madrid dotada de peculiaridades, de nuevo a medias entre lo castizo y lo foráneo. En el portal de al lado del edificio familiar que él heredó había nacido Lina Morgan, lo que se recuerda en una primorosa placa, anterior por cierto a la que le pusieron a Salinas padre. El ático que ocupó, y del que salió, en la última semana del pasado diciembre, para su definitivo viaje islandés, tenía un interior reñido con el exterior. El salón, los cuartos, el mobiliario, la cocina vista; todo eso era nórdico y límpido, en ciertos rincones drásticamente ‘dreyeriano'. Pero se asomaba uno al mirador de la gran terraza y allí estaban los bulbos de las torres barrocas y el tejadillo de las corralas, con el aroma, si era verano, de alguna fritanga vecinal. En sintonía con esa dualidad constitutiva del carácter de Jaime, sus restaurantes favoritos de la zona eran un ruso en la plaza de la Paja y el merendero abierto de Las Vistillas, que le sobreviven. Otras polaridades ‘salinescas', admirablemente encajadas en su persona: hablaba igual de bien el francés que el inglés, diciendo no saber escribir correctamente el español; de ahí el toque mundano de intercalar en postales, invitaciones y notas galantes palabras sueltas en aquellos idiomas. Pero de repente, retirado del mundo de la edición, de las copas y de otras vanidades menos volátiles, Salinas, cercano ya a los ochenta (corría el año 2002), pidió asesoramiento para un tomo de memorias que había estado escribiendo, sin darle importancia, y de cuya prosa se sentía inseguro, por culpa de esa lengua o alma suya escindida. El volumen, más extenso del que luego salió publicado bajo el título de ‘Travesías' en Tusquets Editores, estaba estupendamente escrito, con verdad, con humor, con mirada y voz propias, y de los dos proyectados es el único que dejó, como la coda incompleta de alguien que en todo huía de lo abrumador. También se recuerda su fase política, que consistió en no saber decir que no, por ‘délicatesse', a la llamada de Javier Solana, primer ministro de Cultura socialista, ocupando así algo más de tres años el puesto de Director General del Libro y Bibliotecas.

    Hay pocas vidas, al menos en mi entorno, tan repletas de lo que en inglés se llama ‘romance'. La infancia africana, las luminarias republicanas entrando y saliendo en el cuarto de los niños, el tedio cultivado de los campus de Nueva Inglaterra, la misión militar en las ambulancias bajo los obuses, el enfrentamiento al padre que no le comprendía en lo que era, la revolución del mundo español del libro de calidad, las francachelas con los literatos, el celo ‘krausista' con el que obligaba a los amigos jóvenes a acabar los estudios, viajar al extranjero y hacerse hombres de provecho. Un romántico sin melodrama. Y luego la propia Islandia. Hace siete años, un grupo de amigos pasamos quince días en la isla donde nacieron las sagas medievales, que vivía su esplendor previo a la burbuja bancaria, más explosiva que las nuestras dado el carácter volcánico concentrado del lugar. Jaime no conocía tan al detalle como era de esperar el pequeño país que visitaba regularmente desde los años 1960, como si su vivencia de aquellas tierras que amaba tanto hubiera sido la de una ‘islandia' interior. Yo llevaba para las noches, que ya se sabe lo indeterminadas que allí pueden ser, cinco volúmenes de sagas en traducción inglesa y española, y su lectura me marcó. Casi tanto como el paisaje, el más hermoso y desconcertante que nunca he visto, surcado de hendiduras que escupen agua, de lagunas de todos los colores, de ríos sulfurosos que a veces llegan hasta el glaciar frente al que nos fotografiamos con él. Da sosiego, con toda la pena que da perderle, saber que el resumen del cuerpo de ese hombre que llevó tan bien el ser dos quedará fundido en el suelo ardiente de aquel paraíso helado.

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7 de febrero de 2011
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