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La paz y sus facturas

ETA va a desaparecer. No parece haber discusión alguna sobre esto. Y la razón fundamental es porque ha sido derrotada. El ritmo de reproducción de sus comandos, es decir, el ciclo de adoctrinamiento, reclutamiento y entrenamiento, hace ya tiempo que era mucho más lento que el ritmo de desarticulación policial. Mérito de las distintas policías ocupadas del asunto y de los ministros del Interior. Pero no es la única razón para la extinción de ETA: las hay y muy poderosas de orden internacional.

Desde hace años es el último vestigio de una vieja y desgraciada época, la guerra fría en cierta forma, en que una gran parte de la sociedad consideraba aceptable la acción política a través del asesinato. Que nadie se haga ahora el despistado como si no fuera con ellos. Esa idea ha sido también derrotada, al menos en Europa; algo menos en otras latitudes, a pesar de que la globalización hace una muy buena contribución a la universalización de los derechos humanos. Esa es la gran derrota de ETA: sus seguidores han comprobado en la práctica que hoy ya no es posible en Europa obtener ventajas políticas con la amenaza o el uso de la violencia. Tres derrotas en una entonces: una derrota militar de su estructura armada, una derrota política de una organización que ha usado la violencia para financiarse, hacer propaganda u obtener ventajas incluso electorales y una derrota moral de quienes, militantes, seguidores o votantes, menosprecian la vida humana y sitúan sus ideas o quimeras políticas por encima de la convivencia y del respeto a sus vecinos. Sin contar con las sucesivas derrotas jurídicas de sus brazos políticos, que llegan hasta el tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Los nacionalistas quieren evitar que la derrota de ETA se convierta también en una derrota del nacionalismo y llevan razón, aunque el riesgo es evidente. Véase el caso del nacionalismo alemán, descalificado hasta nuestros días gracias a su total sumisión a un proyecto genocida. Está claro que el sector más afectado e infectado por ETA es el nacionalismo radical, que lo es en sus ideas independentistas pero sobre todo en su inhibición moral a la hora de escoger esos métodos execrables o de sacar provecho de los atentados como si nada tuvieran que ver con ellos. Pero ni siquiera el radicalismo independentista merece ser contagiado por la derrota de ETA. Al contrario: la derrota de la violencia política debiera servir para legitimar el combate independentista democrático y pacífico. Las dos horas de conferencia de paz organizada ayer en San Sebastián merecen un análisis detallado. Y la correspondiente crítica, claro que sí. Lo que no merecen es esa artillería de epítetos e insultos utilizados por la derecha española, tan cómoda en su radicalismo verbal, que termina metiendo en el mismo saco a ETA, a los nacionalistas, a los socialistas vascos por asistir, al gobierno de Zapatero por callar y a Kofi Annan, Gro Harlem Brutland, Jerry Adams, Berti Ahern y Pierre Joxe por ofrecerse a encabezarla. Es muy plausible que la conferencia sea un ejercicio vacío. Útil solo para adornar la rendición de ETA como si fuera el resultado de una paz acordada. Todos sabemos que no es así. Los abertzales quieren vestir la derrota y convertir la humillación del final en la victoria de un nuevo comienzo, que además les dé réditos electorales. Han pasado de buscar paz por presos, o paz por paz a falta de otra cosa, a contentarse con paz por elecciones. Si les siguen poniendo las cosas a huevo, es posible incluso que consigan sacar rendimientos extra entre unos electores más que hartos de ETA y sometidos en alguna medida al síndrome de Estocolmo. Hay algo muy positivo en la declaración de la conferencia, que no es posible tergiversar: ?Llamamos a ETA a hacer una declaración pública de cese definitivo de la actividad armada?. Todo lo que sigue a esta frase contundente y clara pertenece al reino de los matices y las ambigüedades más o menos calculadas. No pide un diálogo entre ETA y los gobiernos de España y Francia, sino que ETA lo solicite. Dejen las armas y pidan dialogar a los dos gobiernos es lo que dice el primer punto, y una vez hecho esto, estas personalidades internacionales ?instan? a los gobiernos a dar la bienvenida a la declaración e iniciar las conversaciones. Nada dicen de cómo debe hacerse esto, ni de qué tipo de conversaciones deben organizarse. No hay distinción entre víctimas y victimarios en el tercer punto de la declaración, es cierto. Se habla de ?todas las víctimas?, pero se hace en términos tan generales y respetuosos que se hace difícil convertir este punto en una vejación como algunos pretenden. Han hecho muy bien los familiares de víctimas agrupados en una de las asociaciones en entregar una detallada y excelente documentación sobre las más de 800 personas asesinadas. No hay simetría posible entre víctimas y verdugos, pero no estamos ante una rendición de ETA sino ante un intento de reintegración en la sociedad vasca de un amplio sector abertzale que no sabía hacer política sin utilizar la violencia. Los dos puntos siguientes han suscitado todavía más reticencias. Los intermediarios aluden a su experiencia en la resolución de conflictos, y a partir de eso sugieren y apuntan iniciativas que puedan ser útiles para avanzar, es decir, para que ETA deje definitivamente las armas. Sugieren, por ejemplo, ?que los actores no violentos y representantes políticos se reúnan y discutan cuestiones políticas?. Lo mismo dicen de las ayuda que puede proporcionar una eventual ?consulta ciudadana?. También insinúan que unos intermediarios, ellos mismos, pueden echar una mano en la ayuda al diálogo y en el seguimiento del proceso. Todo esto, obviamente, es discutible. ¿Por qué no esperamos a discutirlo después de que ETA haya hecho caso al primer punto? ¿Qué nos lleva a pelearnos por las sugerencias e insinuaciones si todos sabemos que tienen como objetivo convencer a ETA de que deje de una vez las armas? Sería un mal negocio que nuestras sutiles razones democráticas impidieran o retrasaran el abandono definitivo de la violencia. ETA quiere salvar la cara, al menos ante sus propios partidarios o sus hipotéticos electores. Si el precio que hay que pagar para que salve la cara es esta declaración hay que decir que ETA pide calderilla, aunque algunos consideran cualquier precio, por pequeño que sea, como una fortuna inadmisible.  

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17 de octubre de 2011
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Gardel y el debate en el Río de La Plata

Hace pocos días apareció el tema de una guerra entre Argentina y Uruguay. El debate, que podría parecer imposible para cualquier rioplatense normal, lo encendió el ex presidente uruguayo Tabaré Vázquez. En un discurso en un colegio de Montevideo, confesó que pensó la alternativa de declararle la guerra a los argentinos para solucionar el problema fronterizo provocado por la instalación de una papelera.

Pero esa industria en la frontera no es lo primero que casi lleva a un conflicto armado a ambos países. Mucho antes de eso, estas dos naciones (cada una con su buena colección de escritores entrañables) ya estaban enfrentadas por otro asunto mucho más importante que las fronteras: Carlos Gardel, el cantante de tangos más famoso de la historia.

César Bianchi es uruguayo, de Montevideo y a comienzos de año pasó por los talleres de la Escuela Móvil de Periodismo Portátil. César escribe crónicas en publicaciones de Uruguay, Argentina, Colombia, México y Chile. Fue productor periodístico en televisión, es docente de periodismo en la Universidad ORT de Montevideo y en 2008 publicó su primer libro, Mujere$ Bonita$, 14 retratos de prostitutas uruguayas (Random House Mondadori). Hace pocas semanas acaba de lanzar A lo Peñarol. La pasión nunca pierde (Sudamericana), donde cuenta la historia de su equipo de fútbol.

Su trabajo final para la Escuela Móvil de Periodismo Portátil se llama "Resentidos con el mago", y es un viaje a Tacuarembó, la tierra uruguaya que reclama ser la cuna de Carlos Gardel.  

¿Argentino o uruguayo? Mientras eso se sigue discutiendo, dejamos esta crónica sobre el tema:

 

 

RESENTIDOS CON EL MAGO  por César Bianchi

Valeria Costa se inscribió en el certamen de belleza porque le encanta desfilar. "Sólo quiero divertirme", dice a lo Cindy Lauper, de quien nunca escuchó hablar. Tiene 15 años, el pelo negro, ojos almendrados y una delgadez para la ocasión. Con la voz tan bajita que es casi un susurro dice que le gusta bailar cumbia los sábados en Castilla, el boliche de moda en Tacuarembó.

Cuando le pregunto por Gardel, Valeria sólo dice: "Es como el representante de Tacuarembó. Nació acá... y ta". A Valeria no le gusta Gardel, ni el tango, y le importa más saber qué banda de música tropical llegará desde Montevideo a tocar a Castilla que ponerse a defender la nacionalidad del Mago.
Pero está concediendo una entrevista en la terminal de ómnibus Carlos Gardel de Tacuarembó, se anotó en el certamen "La Pebeta de Gardel" en el marco de la Semana Gardeliana que organiza la Intendencia de Tacuarembó, y tres días después de la charla estará encorsetada en un vestido negro brilloso con vivos rojos, medias can can, pañuelo rojo que cae hasta promediar el vientre, maquillaje de mamá, labios salvajemente pintados y el pelo atado en un moño para que calce bien el "gacho", como llamaba Gardel a su sombrero. Habrá cambiado las zapatillas por unos tacos que le darán vértigo y tendrá que explicarle a todos los presentes quién era Gardel, qué significa para los tacuaremboenses y qué se necesita para promover el tango en la ciudad.

Como si lo supiera. Como si ellos, los organizadores, lo supieran.

 

LEE LA CRÓNICA COMPLETA AQUí

 

 

@menesesportatil

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17 de octubre de 2011
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Lugares sobrenaturales

En otro de sus muy bellos libros, la editorial Elba ha publicado un escrito de Michael Peppiatt cuyo título, "El taller de Giacometti", describe con toda exactitud su contenido.

    El artista suizo no sólo es uno de los más seguros inmortales del siglo XX, sino además un tipo estupendo. Basta verle en la foto que hace de frontispicio. Era bajito, un tanto corcovado, con la cara hecha a puñetazos, más feo que Picio y maravillosamente hermoso. Más hermoso y más alto que Perceval y que Orlando.

    Tras su llegada a París se instaló muy pronto en el taller del que ya no se movería en el resto de su vida, un agujero de veinte metros cuadrados, sin agua ni calefacción, pero de altos muros que auspiciaban una especie de terracilla donde dormía envuelto en trapos su hermano Diego. Ni la más alta influencia pudo arrancarle de aquel lugar, y mucho menos cuando, años más tarde, era un artista famoso y había ganado millones. Nadie sabe qué se ha hecho de aquella fortuna, porque a Giacometti, como al Santo Padre (en palabras del secretario de la reina Isabel II), no había modo de adivinar en qué se les iba el dinero.

    En aquel lugar donde al principio tropezaba constantemente con la silla (una), la mesa (otra), la escultura (dos o tres), un caballete, el orinal, la frasca de vino, y otros menesteres imprescindibles para la creación artística, poco a poco fue construyendo sus piezas y llegó un momento en que él mismo se sorprendía porque cabía perfectamente el coloso de tres metros dando un paso adelante. Llegó a creer que el taller se ensanchaba y crecía al mismo ritmo que su energía artística, como si él fuera un pianista y el taller la orquesta. Se diría que el edificio había sido construido con un material que se expandía por estímulo espiritual.

    Es muy posible, además, que así fuera. Los lugares sagrados son espacios desconcertantes, caprichosos y generalmente baratos. Aparecen en donde menos se piensa, es inútil buscarlos porque sólo es posible encontrarlos, no se perciben a simple vista ya que su naturaleza sacra sólo se muestra mediante el sacrificio, que es lo propio de los espacios sagrados, si no, se llamarían de otra manera.

Cuando Giacometti entró en el taller, seguro que era un agujero maloliente y mezquino. Fue su sacrificio, terco, dramático, su ígnea voluntad de arrancarle al vacío una figura humana y más que humana, lo que iría transformando el agujero en un lugar sagrado. Naturalmente, una vez entró en funcionamiento lo sagrado, no hubo quien le arrancara de allí, más bien al contrario, por el estudio pasó todo el mundo, desde el suntuoso Picasso hasta la zorzal Anette, entraban siendo individuos de escasa calidad y salían refulgiendo como el oro.

    En una ocasión disputé con un amigo la escandalosa y augusta diferencia de dos lugares sagrados tan opuestos como significativos. Uno era el Monte Sinaí y el otro el Oráculo de Delfos. En el primero sólo había carrasca, derrumbe, pedruscos y un puñado de huesos de cabra. En el otro, fuente con charco, gruta de ninfas, frondosas encinas y lo mejor de la sociedad helena paseando en peplo de gala. En el primero y por la típica indecisión hebrea, el cliente, Moisés, tuvo que volver a subir para que le rehicieran el producto porque las Tablas se le rompieron nada más pisar el valle. En el segundo, muy al modo griego, la dispensación de oráculos estaba perfectamente organizada y al entrar se podía leer un cartelón escrito en aquella lengua tan bonita en donde se especificaban los diferentes precios del oráculo, si era cantado, recitado, en verso, si era en prosa, si se prefería esculpido en mármol de Paros, etc.

    Un agujero maloliente, un collado reseco y yermo, un mercadillo... Y sin embargo, sobre los tres había descendido la divinidad tras aceptar el sacrificio por escaso que fuera su valor ya que las divinidades no atienden a nuestra manía de poner precio a las cosas, sino al deseo, tan sólo al deseo. Y mucho desearon Giacometti, Moisés y las mozas de Atenas que acudían con su borrego sacrificial a preguntar a Apolo si las iba a amar un hoplita muy hombre que les había guiñado un ojo mientras aspiraba una ramita de romero en las últimas celebraciones eleusinas.

    Es el deseo y sólo el deseo, unido al sacrificio y sólo al sacrificio, lo que hace descender a las divinidades y convertir modestos lugares en templos perdurables. Todavía hoy sigue sucediendo.

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17 de octubre de 2011
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El significado de la traición

Al  principio de la II Guerra Mundial, William Joyce, un ciudadano británico nacido en Estados Unidos pero con pasaporte inglés inició desde Alemania unas emisiones radiofónicas que tenían como finalidad desmoralizar a la población de Inglaterra y convencerla de la inutilidad de oponer resistencia a las victoriosas iniciativas nazis. Debido a su casi instantánea popularidad, la prensa británica y los servicios de inteligencia  contraatacaron poniéndole el mote de Lord Chaw-Chaw (que suena como “chau-chau”). No mucho después, otro ciudadano inglés llamado John Amery se pasó asimismo a los nazis con la idea de armar una suerte de División Azul a la inglesa reclutando a sus integrantes entre los pilotos y soldados ingleses que en número creciente se hacinaban en los campos de prisioneros alemanes.

Ante la sorpresa general, cuando una vez acabada la guerra ambos personajes fueron capturados y trasladados a Gran Bretaña para ser juzgados se descubrió que no existía jurisprudencia al respecto porque nunca antes se había  juzgado a nadie por alta traición a la patria. Ya entonces (1948), la novelista Rebecca West fue contratada por el New Yorker para que  cubriese ese acontecimiento que iba a ser trascendental porque en él, tras examinar el significado de la traición, se establecerían las bases éticas y morales que debían fundamentar el juicio a una conducta particular considerada como altamente lesiva para los intereses de un país.

La intuición de Harold Ross, el  director del New Yorker al que está dedicado el libro, resultó ser providencial porque apenas terminados los juicios contra William Joyce y John Amery (ambos condenados a muerte y ejecutados en la horca) surgió un problema aún peor: en cierto modo, esos pioneros de la traición eran unos ideólogos, algo enloquecidos si se quiere y terriblemente desencaminados, pero que actuaban basándose  en sus creencias. La clase de traidor que se iba a poner en boga con el exponencial crecimiento de la Guerra Fría era todavía más moralmente condenable porque actuaba, bien por dinero, o bien con plena conciencia del dañó que estaba causando a su país porque se trataba de hombres de elevada formación y que ocupaban puestos de alta responsabilidad administrativa y militar. Y me estoy refiriendo, obviamente, al espía.  Con la bomba atómica dejada a medio hacer por los científicos alemanes, la carrera nuclear se convirtió en una cuestión obsesiva y saber en qué punto del desarrollo atómico se encontraba el enemigo se consideró esencial. De paso, toda información relativa a despliegues e ingenios militares empezó a tener un valor desorbitado y fueron muchos los que, ocupando puestos que ponían en sus manos secretos más o menos valiosos, no supieron resistir a la tentación de contactar con embajadas enemigas para poner a la venta el material que sacaban a escondidas de sus trabajos.

Cuando el propio mundo del espionaje pasó a ser un valor en sí mismo, y pareció vital saber quién era quién en la doble vida de los informadores, se empezó a perfilar ese horizonte medio sombrío y medio folklórico en el que pululaban  espías  simples, espías dobles y aun espías triples, y  que acabaría labrando una fortuna para los John Le Carré y sus seguidores. Se da además la circunstancia de que, junto a los profesionales de la traición, no iba a tardar en surgir, fundamentalmente en Gran Bretaña, una generación de universitarios profundamente influidos por el socialismo y que no dudaron en colaborar con vistas al triunfo de la Revolución. Si durante la Guerra Mundial se dijo que los informes del servicio de inteligencia británico eran los  mejor redactados del mundo (desde Lawrence Durrell al frío y distante E.M. Foster todos los escritores de esa generación inglesa estuvieron pasando informes), lo mismo cabría decir de los despachos de la KGB, muchos de los cuales estarían redactados por gente como Donald Maclean, Guy Burgess, Harold Philby o Anthony Blunt, todos ellos formados en Oxford y Cambridege, y el último un experto en arte que ejercía de consejero de la Corona. Todos ellos, en sus ratos libres, hacían de espías comunistas.

Es de resaltar que pese a la clase de material que manejó, Rebecca West no hizo un trepidante libro de espías y mataharis. La suya es una reflexión ética  sobre la traición y las bases morales que sustentan el juicio contra un traidor.  Lo que ocurre es que, al mismo tiempo, es una excelentísima narradora y muchas veces organiza el material judicial con criterios puramente narrativos, aparte de que en ocasiones no puede resistir la tentación de hacer literatura de altura. Y si no, qué decir de  ese miembro del parlamento que está siguiendo  una de las intrincadas cuestiones en el juicio contra William Joyce y al que le toca vivir “unos de los momentos más dolorosos de su vida”, pues al rozar con el dedo la solapa de su gabán descubre espantado que la polilla le ha hecho un agujero tremendo. O ese otro asistente al juicio cuya voz es “más caballerosa y más esmerada que la de cualquier caballero inglés porque su muy ambiciosa y anglófila familia había planchado todas las arrugas de acento irlandés que pudieran resonar en su habla”.  Al final incluso sale Lod Profumo, aquél ministro de la guerra inglés que se paseaba por los locales de moda londinenses llevando atada con una correa de perro a Christine Keeler cuando ésta, a su vez, era amante de un alto diplomático soviético. Cualquier otro se hubiera dejado de pesquisas morales para ir “al fondo del asunto” y sacar el máximo partido posible de aquella banda de extravagantes, descerebrados, traidores y espías. Pero no Rebecca West, que escribió un libro serio y apasionante.

 

El significado de la traición

Rebeca West

Reino de Redonda

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17 de octubre de 2011
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Una democracia que respire

Hay que mirar con atención lo que está sucediendo en Francia. No tan solo por la corrosión de la presidencia de la República como efecto del carácter impetuoso y ególatra de su actual titular, Nicolas Sarkozy, sino ante todo por una revolución tranquila que ya se ha producido en el interior del Partido Socialista, cuyos efectos pueden modificar el paisaje partidista e incluso algunos elementos definitorios de la V República. Aún cabe que estos efectos vayan más lejos, pues a fin de cuentas el molde político del socialismo francés ha sido adoptado en muchos aspectos por partidos de otros países europeos.

El PS francés era hasta hace pocos días un partido de electos locales, provinciales y nacionales, fuertemente organizado en tendencias y con un cierto maltusianismo en la adhesión de nuevos militantes. ¿Les suena? Según Alain Bergounioux y Gérard Grunberg, dos historiadores del PS, lo más específico del socialismo francés es su dificultad para reconocerse como partido de gobierno. En su ADN originario, dicen, están la revolución y el socialismo. Gobierna como si estuviera a disgusto y parece sentirse aliviado cuando está en la oposición. Esto explica que desde la fundación de la actual República, en 1958, sólo un presidente de los seis que ha habido, François Mitterrand, haya sido del PS. Esto se acabó. Las primarias socialistas abiertas a todos, le 'peuple de gauche', han terminado con esta historia de un partido agobiado por el peso de su ideología y encerrado en sus viejas estructuras de matriz decimonónica. La decisión es de alto riesgo. No es seguro que al final del camino esté realmente el palacio del Elíseo. Ni la derecha francesa ni Sarkozy van a caer sin combate. A pesar de sus errores, esta República es suya en su origen y en la mayor parte de su gestión, por lo que harán mangas y capirotes para retener la presidencia. De momento, los socialistas franceses han hecho dos cosas. Con la campaña de primarias y las dos vueltas electorales han ocupado largamente el espacio público y mediático y movilizado a casi tres millones de ciudadanos, para desesperación de Sarkozy. Pero han hecho algo más crucial todavía, como es recuperar el gusto por la política, el sentido de la participación y del debate, el valor de las ideas, justo en una época de desafección y de crisis. No puede descartarse, sin embargo, que el balance final sea doloroso y que se queden sin Elíseo y con el socialismo todavía más maltrecho. De momento, el socialismo hasta ahora más arcaico de toda Europa ha demostrado que sabe modernizarse y abrirse, arriesgar y exhibir a dos finalistas perfectamente preparados para presidir la República: levemente más centrista, François Hollande, y levemente más izquierdista, Martine Aubry. A esta última pertenece la idea de conseguir ?una democracia que respire?. Que cunda el ejemplo. Allí y aquí.

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16 de octubre de 2011
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Javier Moro, Premio Planeta

Javier Moro, ganador del Premio Planeta. Foto: Basso Cannarsa Con una novela histórica, una crónica sobre el emperador de Brasil Pedro I, Javier Moro ha ganado el Premio Planeta de Novela 2011, el premio literario mejor dotado económicamente del mundo (fuera del Nobel) con sus más de 600,000 euros. Moro es autor de bestsellers como Pasión india y El sari rojo, que se pueden encontrar en todos los aeropuertos. Apuesta segura. Como finalista quedó Inma Chacón, hermana de la recordada Dulce Chacón. Dice la nota en El País:

Javier Moro (uno de las cuatro jotas de las que se hablaba estos días) obtiene la 60º edición del Premio Planeta (601.000 euros) con El emperador del fin del mundo, título con el que se presentó, aunque el definitivo será El imperio eres tú, una crónica sobre la apasionante vida del emperador Pedro I de Brasil (1798-1934), nombrado por su padre, Juan VI de Portugal, príncipe regente. Pedro I se unió a la causa independentista y fue nombrado, primero, Defensor Perpetuo de Brasil, y luego, emperador. Tuvo una vida muy agitada y un reinado que duró nueve años. Historia y aventuras, que apasionan por igual a Javier Moro (Madrid, 1955), se mezclan en esta novela. Hijo de un ejecutivo español de una compañía aérea y de madre francesa, el escritor viajó desde muy joven por África, Asia y las Américas. Estudio Historia y Antropología y trabajó como investigador para Dominique Lapierre y Pierre Collins. Su primera novela, Senderos de libertad, apareció en 1992. Moro viajó durante tres años por la Amazonia en avioneta, canoa, autorcar e incluso a pie para reconstruir la historia de Chico Mendes, un humilde cauchero que se convirtió en símbolo internacional de la defensa del medio ambiente. Le siguieron El pie de Jaipuur, en el que dos jóvenes, uno herido en un accidente, y otro superviviente de la época de los Jemeres Rojos se unen para afrontar un futuro pesimista. También encontramos el espíritu de resistencia y de esperanza en Las montañas de buda, que se desarrolla en el Tibet. Javier Moro no elude, como se puede ver, los temas más duros y polémicos, como en Era medianoche en Bophal, en la que trabó con Dominique Lapierre. Trata sobre los gases tóxicos que escaparon, en 1984, de una fábrica norteamericna en esa ciudad de la India y que provocaron la muerte de 30.000 personas. Le siguieron Pasión india, en la que reconstruye el amor y la taición entre la andaluza Anita Delgado y el maharajá de Kapurthala, en el norte de la India. En su obra más reciente, El sari rojo, hallamos de nuevo historia y aventuras: una europea se ve envuelta en las intrigas de la familia Nehru-Gandhi. La novela causó irritación en India, donde se quemaron ejemplares del libro y retratos de su autor. Inma Chacón (Zafra, Badajoz, 1954), hermana gemela de la malograda Dulce Chacón, quedó anoche finalista (150.250 euros) con la novela Tiempo de arena, en la que retrata a tres mujeres de una compleja familia en la España de las primeras décadas del siglo XX. Chacón se dio a conocer literariamente en 2005, dos años después de la muerte de su hermana, con La princesa india, una novela en la que estaba trabajando Dulce. Para después publicar Las filipinianas, sobre una saga de mujeres aristócratas y viajeras y este año ha publicado Nick, en la que una joven crea un perfil falso en Facebook para atraer a un chico de su barrio que le gusta.

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15 de octubre de 2011
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Réquiem por el papel

 

Se reconocen como orgullosos herederos de una tradición legendaria: cada uno lleva a cabo su labor con paciencia y esmero, consciente de que en sus manos se cifra una sabiduría ancestral. Un pequeño grupo dirige los trabajos -elige los títulos, las tintas, el abecedario- mientras los dibujantes trazan figuras cada vez más sutiles y los artesanos se acomodan en silencio frente a sus mesas de trabajo, empuñando estiletes y pinceles, convencidos de que su industria constituye uno de los mayores logros de la humanidad.

¿Cómo alguien podría siquiera sugerir que su labor se ha vuelto obsoleta? ¿Que, más pronto que tarde, su noble profesión se volverá una rareza antes de desaparecer? ¿Que en pocos años su arte se despeñará en el olvido? Los monjes no pueden estar equivocados: han copiado manuscritos durante siglos. Imposible imaginar que estos vayan a desaparecer de la noche a la mañana por culpa de un diabólico artefacto. ¡No! En el peor de los casos, los manuscritos y los nuevos libros en papel habrán de convivir todavía por decenios. No hay motivos para la inquietud, la desesperación o la prisa. ¿Quién en su sano juicio querría ver desmontada una empresa cultural tan sofisticada como esta y a sus artífices en el desempleo?

Los argumentos de estos simpáticos copistas de las postrimerías del siglo XV apenas se diferencian de los esgrimidos por decenas de profesionales de la industria del libro en español en nuestros días. Frente a la nueva amenaza tecnológica, mantienen la tozudez de sus antepasados, incapaces de asumir que la aparición del libro electrónico no representa un mero cambio de soporte, sino una transformación radical de todas las prácticas asociadas con la lectura y la transmisión del conocimiento. Si atendemos a la historia, una cosa es segura: quienes se nieguen a reconocer esta revolución, terminarán extinguiéndose como aquellos dulces monjes.

Según los nostálgicos de los libros-de-papel, estos poseen ventajas que sus espurios imitadores, los libros-electrónicos, jamás alcanzarán (y por ello, creen que unos y otros convivirán por décadas). Veamos.

1. Los libros-de-papel son populares, los lectores de libros-electrónicos son elitistas. Falso: los libros-electrónicos son cada vez más asequibles: el lector más barato cuesta lo mismo que tres ejemplares en papel (60 dólares, unos 44 euros), y los precios seguirán bajando. Cuando los Gobiernos comprendan su importancia y los incorporen gratuitamente a escuelas y bibliotecas, se habrá dado el mayor impulso a la democratización de la cultura de los tiempos modernos.

2. Los libros-de-papel no necesitan conectarse y no se les acaba la pila. En efecto, pero en cambio se mojan, se arrugan y son devorados por termitas. Poco a poco, los libros electrónicos tendrán cada vez más autonomía. Actualmente, un Kindle y un iPad se mantienen activos por más de diez horas: nadie es capaz de leer de corrido por más tiempo.

3. Los libros-de-papel son objetos preciosos, que uno desea conservar; los libros-electrónicos son volátiles, etéreos, inaprehensibles. En efecto, los libros en papel pesan, pero cualquiera que tenga una biblioteca, así sea pequeña, sabe que esto es un inconveniente. Sin duda quedarán unos cuantos nostálgicos que continuarán acumulando libros-de-papel -al lado de sus añosos VHS y LP-, como seguramente algunos coleccionistas en el siglo XVII seguían atesorando pergaminos. Pero la mayoría se decantará por lo más simple y transportable: la biblioteca virtual.

4. A los libros-electrónicos les brilla la pantalla. Sí, con excepciones: el Kindle original es casi tan opaco como el papel. Con suerte, los constructores de tabletas encontrarán la solución. Pero, frente a este inconveniente, las ventajas se multiplican: piénsese en la herramienta de búsqueda -la posibilidad de encontrar de inmediato una palabra, personaje o anécdota- o la función educativa del diccionario. Y vienen más. Por no hablar de la inminente aparición de textos enriquecidos ya no sólo con imágenes, sino con audio y vídeo.

5. La piratería de libros-electrónicos acabará con la edición. Sin duda, la piratería se extenderá, como ocurrió con la música. Debido a ella, perecerán algunas grandes compañías. Pero, si se llegan a adecuar precios competitivos, con materiales adicionales y garantías de calidad, la venta online terminará por definir su lugar entre los consumidores (como la música).

6. En español casi no se consiguen textos electrónicos. Así es, pero si entre nuestros profesionales prevalece el sentido común en vez de la nostalgia, esto se modificará en muy poco tiempo.

En mi opinión, queda por limar el brillo de la pantalla y que desciendan aún más los precios de los dispositivos para que, en menos de un lustro, no quede ya ninguna razón, fuera de la pura morriña, para que las sociedades avanzadas se decanten por el libro-electrónico en vez del libro-de-papel.

Así las cosas, la industria editorial experimentará una brusca sacudida. Observemos el ejemplo de la música: a la quiebra de Tower Records le ha seguido la de Borders; vendrán luego, poco a poco, las de todos los grandes almacenes de contenidos. E incluso así, hay editores, agentes, distribuidores y libreros que no han puesto sus barbas a remojar. La regla básica de la evolución darwiniana se aplicará sin contemplaciones: quien no se adapte al nuevo ambiente digital, perecerá sin remedio. Veamos.

1. Editores y agentes tenderán a convertirse en una misma figura: un editor-agente-jefe de relaciones públicas cuya misión será tratar con los autores, revisar y editar sus textos, publicarlos online y promoverlos en el competido mercado de la Red. Poco a poco, los autores se darán cuenta de la pérdida económica que implica pagar comisiones dobles a editores y agentes. Solo una minoría de autores de best sellers podrá aspirar, en cambio, a la autoedición.

2. Los distribuidores desaparecerán. No hay un solo motivo económico para seguir pagando un porcentaje altísimo a quienes transportan libros-de-papel de un lado a otro del mundo, por cierto de manera bastante errática, cuando el lector podrá encontrar cualquier libro-electrónico en la distancia de un clic. (De allí la crónica de un fracaso anunciado: Libranda).

3. Las librerías físicas desaparecerán. Este es el punto que más escandaliza a los nostálgicos. ¿Cómo imaginar un mundo sin esos maravillosos espacios donde nació la modernidad? Es, sin duda, una lástima. Una enorme pérdida cultural. Como la desaparición de los copistas. Tanto para el lector común como para el especializado, el libro-electrónico ofrece el mejor de los mundos posibles: el acceso inmediato al texto que se busca a través de una tienda online. (Por otro lado, lo cierto es que, salvo contadas excepciones, las librerías ya desaparecieron. Quedan, aquí y allá, escaparates de novedades, pero las auténticas librerías de fondo son reliquias).

4. Unas pocas grandes bibliotecas almacenarán todavía títulos en papel. Las demás se transformarán (ya sucede) en distribuidores de contenidos digitales temporales para sus suscriptores.

¿Por qué cuesta tanto esfuerzo aceptar que lo menos importante de los libros -de esos textos que seguiremos llamando libros- es el envoltorio? ¿Y que lo verdaderamente disfrutable no es presumir una caja de cartón, por más linda que sea, sino adentrarse en sus misterios sin importar si las letras están impresas con tinta o trazadas con píxeles? El predominio del libro-electrónico podría convertirse en la mayor expansión democrática que ha experimentado de la cultura desde... la invención de la imprenta. Para lograrlo, hay que remontar las reticencias de editores y agentes e impedir que se segmenten los mercados (es decir, que un libro-electrónico solo pueda conseguirse en ciertos territorios).

La posibilidad de que cualquier persona pueda leer cualquier libro en cualquier momento resulta tan vertiginosa que aún no aquilatamos su verdadero significado cultural. El cambio es drástico, inmediato e irreversible. Pero tendremos que superar nuestra nostalgia -la misma que algunos debieron sentir en el siglo XVI al ver el manuscrito deLas muy ricas horas del duque de Berry- para lograr que esta revolución se expanda a todo el orbe.

 

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15 de octubre de 2011
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Golpe en la Feria de Frankfurt

Paul Auster Aunque Jorge Herralde (Anagrama) y Elena Ramírez (Seix Barral) lo han tomado deportivamente, con mesura, sin grandes vivas ni duelos exagerados, la verdad es que para el mundo editorial en castellano lo que ha ocurrido en la Feria de Frankfurt es un auténtico golpe sobre la mesa. Seix Barral ha logrado quedarse con los derechos de las versiones de bolsillo y e-books, en castellano, de Paul Auster -un autor ícono de Anagrama, y uno de sus autores más vendedores-, mientras que Anagrama podrá seguir publicando las ediciones en tamaña normal y las novedades (pronto publicará su último libro, Winter´s journal) Así cuenta la noticia Carles Geli desde la Feria alemana:

Como en el fútbol, en el mundo editorial hay fichajes con un alto contenido simbólico. Y hoy, en la Feria del Libro de Fráncfort, se ha ratificado uno de ellos: Seix Barral publicará a partir del año que viene toda la obra de Paul Auster en formato de bolsillo a través de Booket, la marca del grupo Planeta en formato económico, arrebatándoselo así a su editor histórico en España, Anagrama. Éste conservará, sin embargo, al prestigioso escritor en lo que se refiere a las novedades en tapa dura. En la operación, Seix Barral se queda también los derechos digitales. Un total de 30 títulos acabarán conformando la que se denominará Biblioteca Paul Auster, que arrancará el 3 de febrero, fecha en la que el autor de El Palacio de la Luna cumple 65 años. Entre ellos deberá estar la poesía completa del escritor, parcialmente inédita en España. Tan exultante como ajetreada entre los pasillos de la feria, la editora de Seix Barral, Elena Ramírez, aseguraba que la operación ?permitirá poner por vez primera a Auster al alcance de un público masivo en castellano, especialmente en Latinoamérica, donde Auster apenas se encuentra o si está, en ediciones muy caras?. Uno de los puntos fuertes de las negociaciones expuestos por los sellos de Planeta habría estado, según fuentes del sector, en la gran distribución que ese grupo puede ofrecer de los libros de Auster, con unos 10.000 puntos de venta en España y aún más con los 1.600 en el continente americano, donde además puede imprimir directamente en Argentina, México y Colombia. Todo ello repercutiría en un precio más asequible de los ejemplares. Ramírez no pudo precisar cuáles serán los primeros títulos (entre cinco y ocho) que a lo largo del año que viene inaugurarán la Biblioteca Paul Auster, en tanto los títulos irán apareciendo a medida que caduquen los derechos que aún posee Anagrama sobre ellos. Tampoco quiso comentar la, al parecer, elevada cifra que el grupo Planeta habría pagado por esos 30 libros de Auster y que, según fuentes del sector, rondaría el millón de euros, lo que habría descabalgado de la puja al otro gran sello económico español, Debolsillo. ?El fichaje en formato bolsillo de Auster es bueno como imagen y como negocio?, zanjó Ramírez, que aseguró: ?podemos hacer que se venda mucho más que ahora?. ?En este mundo actual ya puede pasar cualquier cosa?, reaccionaba ayer sentado en su stand de Fráncfort el editor de Anagrama, Jorge Herralde, donde muy cerca de su cabeza reposaba precisamente su edición económica de la novela Invisible de Auster, que publicó a principios de este año. Ese es sólo uno de los 22 títulos del autor que tiene en catálogo en ese formato y que a medida que vayan caducando los derechos irán engrosando el nuevo proyecto de Booket. ?Hasta 2017 editaremos aún algunas de las novelas en bolsillo, pero lo importante es que mantenemos Auster en el formato tradicional, del que hemos renovado todos sus derechos?. En esa línea, recordó que para otoño del año que viene publicará la última novedad del escritor, Winter?s journal, diario en el que repasa sus inicios como escritor y los de su futura esposa, Siri Hustvedt. En 2013, sin embargo, la edición económica de ese título ya estará en manos de Booket. Herralde, que hace apenas un par de años perdió también el bolsillo de otro de sus escritores-fetiche, Patricia Highsmith (entonces a manos del hoy prácticamente cerrado grupo colombiano Norma), aseguró que la operación de Auster ultimada ahora por Booket ?tiene poca importancia para Anagrama desde el aspecto financiero y sólo un poco más desde lo simbólico-sentimental? y que ?en absoluto? iba a afectar a sus relaciones con la editorial italiana Feltrinelli, que desde finales del año pasado está entrando de forma paulatina en el accionariado de Anagrama hasta completar el 49% en 2015.

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13 de octubre de 2011
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Todos son cuentos

El relato directo y sencillo, la llamada storytelling en el marketing, ha venido a convertirse en el medio privilegiado para hacerse entender, hacerse aplaudir, ganar elecciones generales o conseguir galardones literarios, sean de ensayo o no.

De hecho, en los concursos de ensayo no se premian ya, salvo contadas excepciones, nada que recuerde, ni de lejos, a la fórmula de experimentar con el pensamiento o jugar con él mediante la libertad de la escritura creativa. En el ejercicio del relato simple en lugar de la reflexión, en la exposición del tema en vez de su penetración, en la narración de hechos sucesivos en lugar de su encadenamiento, más o menos racional, se halla la moda de hoy.

Si la sociedad se ha infantilizado y los medios de comunicación son ante todo emocionales ¿a qué viene el pensamiento, supuestamente más frío y distante? ¿A qué viene pensar si lo que cuenta es informar?

En términos generales, toda emisión de pensamiento, por menudo que sea, se encubre, como un bombón en papel de plata, bajo la carcasa festiva de la historieta. La política no tiene ideas nuevas: su novedad en las campañas es presentar al candidato como un heroico corredor de 100 metros lisos o al rival como un señorón que espera ver pasar el cadáver de su enemigo.

Pero igualmente, en la economía, todas las marcas que se proponen triunfar deben hallarse adheridas a un storytelling. Estas zapatillas Nike se relacionan con el malditismo, este coche Volvo evoca la seguridad familiar, BMW describe el placer de conducir, Apple es el ingenio inteligente y los productos de L'Oréal mejoran la autoestima.

De hecho, todos estos años de Gran Crisis se han llenado de mil leyendas basadas en los buenos y en los malos, en la codicia de unos y la ruina de otros, en la crueldad de los monstruosos mercados y la lastimosa impotencia de los ciudadanos. Monstruos, magias, bordes del precipicio, estallidos y hecatombes han sido y son la batería de explicaciones ofrecidas por las autoridades a los ciudadanos de hoy, tontos o no.

Ortega decía que el pensamiento en la mente humana es como el gorjeo en la garganta de los pájaros. De la misma manera que el pájaro se recrea dándole vueltas a sus trinos y conoce el deleite en ello, el pensamiento inteligente observa la faceta de las cosas y se complace en los momentos cruciales de la soledad humana.

Pero ya casi nada de todo esto es contemporáneo. Ahora, precisamente, la soledad, emasculada de pensamiento, aterra y los cuentos vienen a cumplir (como dosis de melatonina) el papel de las fantasías que se cuentan a los niños para dormirlos.

El relato, la narración, el cuento más trendy no se adentra además en cuestiones que remuevan los pozos del cuerpo. Son, en general, relatos muy someros en la medida en que lo que efectivamente tratan de conseguir es una lisa cosmética sobre la lectura y una digestión ligera en la posible asimilación.

Más aún, la atención a esta clase de storytellings, muy presentes en los libros de autoayuda pero también de filosofía, de sexualidad o de educación, no "llaman" la atención. Esto sería inmiscuirse demasiado en la vida de la clientela.

La única atención que invocan es, paradójicamente, la distracción. De la misma manera que las series en la televisión o que las películas de serie su objetivo es hacer pasar el rato. Pasar por el rato que la mente les presta y dejar el territorio más o menos igual de llano que cuando no se recorrió.

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13 de octubre de 2011
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La técnica y el ser del hombre: del control del fuego a la medida cuántica IV

IV Palabra sin fuego 

En otro momento del coloquio, el mismo  Agustí alude al hecho de que en la historia del ser humano  la Revolución Industrial (sea o no considerada en correlación al capitalismo) supone una ruptura radical con todas las formas anteriores de organización, a través de las cuales permanecerían rasgos invariantes que darían prueba de la esencial singularidad del ser humano:

"Hay que tener en cuenta que desde la revolución neolítica , hace casi 10000 años, hasta el siglo XVIII , a pesar de que aparentemente han sucedido muchas  cosas, tecnológicamente y, yo diría, también socialmente,  estamos ante ante  un sistema estable que practicamente  no cambia en  todo ese tiempo. Se trata de un sistema basado en la agricultura en los recursos energéticos de la tierra y en la ganadería[...] Este esquema se mantiene durante siglos (o durante miles de años) y es practicamente el mismo hasta que sobreviene la revolución industrial."           

Esto explicaría que un campesino del mezzogiorno italiano transportado hace 60 años  al universo de esa Fiat símbolo del  Piamonte fábril pudiera sentirse más desarraigado que si lo hubieran trasladado a  un pueblo de Anatolia. Pues bien:

La lectura de estas páginas sobre las formas de vida de los neandertales, me ha hecho pensar que el argumento es en parte  ampliable a nuestros lejanos parientes. El paisano  evocado por José  Saramago  que  se quitaba respetuosamente el sombrero ante el paso de la muerte  se sentiría  quizás más próximo al ritual funerario del neandertal que  al gélido trato con los difuntos en esos espacios sin alma denominados tanatorios.

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13 de octubre de 2011
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El Boomeran(g)
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