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El racista de las almorranas

Por 17 de septiembre de 2011 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

Siempre se habla muy mal de los políticos, y hay momentos, como el actual, en que son denigrados como el gremio más despreciable y perjudicial del teatro democrático. Conviene avivar un poco el seso y recordar alguna elementalidad: todo hombre, e incluso mujer, a quien embarga la tierna solicitud por su país desea en el fondo de su corazón generoso la supresión de la mitad de sus compatriotas. A veces, en casos ejemplares, ese deseo supresor se concentra en unas nucas escogidas, y en otros, solo se refiere a dos tercios de sus conciudadanos. Ahí está ese vasco oñatiarra de las almorranas que desea eliminar de su teatro de pureza al intérprete y al médico, porque no están a la altura ideal, y de momento, a falta de nada mejor, humilla a esos seres inferiores y ofende a la dignidad del lenguaje. Porque un racista vasco que entiende al médico, y prefiere ser atendido por teléfono y mediante auriculares, aun a costa de retrasar la consulta diez meses, y en esa traza espera a ver qué mal lo hace el intérprete, para hacerlo saber, y luego emite su vernaculez, para demostrar qué mal la traslada el intérprete, y dar así una lección tras otra a ese par de especímenes infravascos, ofende a la dignidad del lenguaje y de la condición humana. Y luego aún solicitó con todas las de la ley que la próxima vez el intérprete estuviera de cuerpo presente y debidamente identificado para poder encararse con el ser inferior y denunciarlo a las autoridades, y así piensa seguir, este héroe vasco de las almorranas, hasta eliminarlos a todos y que su necio teatro de pureza sea perfecto. Por eso, es una fortuna que racistas así estén políticamente representados por excelencia, o sea, por políticos menos racistas que ellos, siquiera por imperativo legal. Porque las naciones e imperios se forman en base a su complacencia en las iniquidades de que son objeto.  De modo que todo cristo, pese a sus reiteradas y sinceras invitaciones al despotismo, está en democracia representado por excelencia y eso es lo mejor de los políticos y el sistema. De modo que, cuando se oye esa honrada queja de “no nos representan”, a uno se le ocurre apostillar “por suerte”. 

Es preciso recordar que las supersticiones de la democracia, con todas sus charlatanerías y farsas, nos salvan de otras mayores. Y es la nulidad e inepcia de los políticos la que permite y asegura mal que bien nuestra libertad. Porque una característica tragicómica de la libertad vigente es que los mediocres que la hacen posible no saben mantenerla, pero los inframediocres sí que saben desnaturalizarla e inventar nuevas formas de terrorismo y estupidez. Y no hay tonto que no consiga que otros más tontos le sigan.

 

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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