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Escrito por

Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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La haka de Theresa May

Theresa May tiene un plan. Nadie lo conoce, pero existe. May está preparada para aplicarlo. Misterio. De momento ha utilizado la conferencia conservadora para hacer una haka, la danza maorí de los All Blacks, la selección neozelandesa de rugby antes de empezar un partido, en la que los gestos de amenaza y de burla animan a los jugadores propios e intimidan a los rivales.

La haka de la señora May tenía un destinatario interior, el partido laborista, al que ha dedicado preciosos epítetos para terminar diciéndole que es ahora el nuevo nasty party, el partido repugnante que fue el conservador durante muchos años. De puertas afuera, o mejor, mirando a Bruselas, la primera ministra ha combinado la arrogancia del poder imperial con el resentimiento de los colonizados que acaban de cortar amarras con la metrópolis y anuncian unas durísimas negociaciones para organizar la independencia.

La campaña del Brexit fue un saco de mentiras, pero la negociación no le va a la zaga. La mayor de todas, que Reino Unido no fuera hasta ahora un país soberano e independiente. Y la segunda, que se pueda desconectar sin más de Europa y reconectar libremente con el mundo, y todo ello sin apenas costes, por supuesto, o incluso con ganancias inmediatas. Esta es una música conocida en España.

Bajo el liderazgo de los conservadores, aparecerá ahora un país nuevo, una Unión Británica Global, en sustitución de la vieja Unión Británica europea, que recuperará el prestigio y la proyección del imperio victoriano. Es evidente que mantendrá todo lo bueno que pudiera haber en Europa ?el mercado único de capitales, bienes y servicios? y se desprenderá de todo lo malo, y entre lo más notable la llegada de inmigrantes europeos. De cara a los impacientes, ya ha empezado a adelantar los deberes, aunque nada tendrá vigencia hasta consumarse la separación: una ley derogatoria de la legislación europea, medidas de control y limitación de trabajadores extranjeros y el anuncio de activar el artículo 50 con el que se pide el divorcio lo más tarde en marzo.

La señora May era una moderada partidaria del Remain, pero ahora se ha convertido en una feroz impulsora del Brexit duro, hasta el punto de recuperar el lenguaje y los argumentos de los más extremistas brexiters. No es extraño que el partido de la independencia (UKIP) esté en crisis. Del Labour, en cambio, quiere a sus votantes trabajadores, a los que pretende seducir con políticas de estímulo de la demanda que hubieran recibido la aprobación de Keynes y con su proteccionismo de los puestos de trabajo británicos frente a los inmigrantes. Este es el nuevo centrismo conservador, que compite con el antieuropeísmo de Farage y con la antiglobalización de Corbyn.

La conferencia conservadora es el anuncio de que vamos a una pelea a cara de perro, con más amenazas y decisiones destinadas a dañar al vecino, propias de las épocas proteccionistas, que negociaciones sinceras y pactos leales entre Londres y Bruselas. Tal como lo ha planteado Theresa May, el Brexit es un juego de suma cero, en el que lo que gana uno lo pierde el otro, e incluso de suma negativa, en el que nadie gana y pierden todos.

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6 de octubre de 2016
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El anillo de Frodo

El voto de confianza obtenido el jueves por Puigdemont es varias cosas a la vez. Ante todo, es la culminación de la investidura del actual presidente, improvisada en el límite de la convocatoria de nuevas elecciones el pasado 10 de enero ante el veto de la CUP a una continuación de Artur Mas. Nueve meses después aquella decapitación, a mitad de camino de los 18 meses de plazo para culminar el proceso, el ex alcalde Girona ha hecho su auténtico discurso de investidura y ha revalidado, tal como se había propuesto, su presidencia.

La decisión de someterse a una votación de confianza a plazo, ante la negativa de la CUP a validar los presupuestos, era el reconocimiento implícito de que se trataba de un presidente a prueba. Ahora ya no lo es. Ha salido aprobado, con lo que así se cierra también, y definitivamente, cualquier posibilidad de resurrección presidencial de Artur Mas. Si hay que disolver el Parlament en los próximos meses porque la relación con la CUP sufre un nuevo percance, o dentro de un año como está previsto, a nadie le pasará por la cabeza recuperar la figura del presidente que fue el líder imprescindible y el mayor activo del Procés.

La confianza obtenida por Puigdemont es también el regreso a la casilla de salida: hay que repetir de nuevo todo lo que se ha hecho hasta ahora. Primero habrá que intentar otra vez el referéndum legal, a continuación habrá que intentar el unilateral, bautizado ahora de vinculante para evitar que aparezca como ilegal, repitiendo por tanto el camino que ya recorrió Artur Mas. Y si no sale nada de esto habrá que volver a disolver y a elecciones, como hizo Mas, aunque esta vez quizás se enmascararán de constituyentes así como las anteriores se maquillaron de plebiscitarias, siendo siempre y en todos los casos meramente autonómicas.

Pero esto no es exactamente una repetición sino una enmienda: esta vez hay que hacerlo bien. Se entiende que a Artur Mas le suba la mosca a la oreja porque Puigdemont le está diciendo que lo hizo mal e incluso muy mal: su referéndum debe convocar a los partidarios del no, la pregunta debe ser sencilla y sin dobleces y sus efectos deben ser vinculantes, es decir, que debe producir como resultado la independencia efectiva si sale que sí, para lo cual habrá que estar preparado a todos los efectos, incluido el reconocimiento internacional.

Hay muchas dudas de que se pueda hacer bien alguna vez lo que solo puede salir si se hace mal. Pero este es el reto que se ha impuesto Puigdemont a sí mismo, remachado por su empeño en demostrar que hay una legalidad catalana que puede nacer por generación espontánea de la legalidad española en la que puede caber lo que no cabe en la legalidad matriz. Las leyes de desconexión que se propone el bloque independentista son la improvisación de una reforma de la Constitución española desde el parlamento catalán, con la que se modifica no tan solo el estatus de Cataluña sino el de España entera sin participación alguna de las instituciones y de los ciudadanos españoles. A saber quién podrá admitirlo y reconocerlo, dentro y fuera.

La nueva hoja de ruta cuenta con una base política de geometría nueva y claramente escorada hacia la izquierda. En la de Artur Mas su Convergencia todavía caminaba de la mano de Unió, esta última siempre un paso atrás en la marcha de la pareja, partidaria del pacto fiscal ante el derecho a decidir y del derecho a decidir ante la independencia. Se mantenía también una cierta relación dinámica con el PSC, a partir de su intento de evitar que el derecho a decidir fuera simplemente un eufemismo para el derecho de autodeterminación y comprendiera todavía la consulta sobre una reforma constitucional o estatutaria.

En el actual trayecto, la CUP es la que completa la base parlamentaria insuficiente de Junts pel Sí. Sin ella no hay confianza ni presupuestos, el instrumento imprescindible para dotar de contenido social al proyecto nacional. Y la zona de apertura la proporciona Catalunya Si Que Espot, partidaria del derecho a decidir, que ya ha adelantado una fórmula perturbadora para el referéndum, pero interesante para ampliar su base, consistente en preguntar por la República Catalana en vez del Estado independiente. Nótese que una tal formulación da amplios márgenes a la ambigüedad ?al igual que el Estado propio los daba en 2012 cuando todo empezó? en lo que se refiere a la relación con España: la república puede ser confederada, federada o independiente. No da márgenes en cambio en cuanto a la jefatura del Estado: nadie entendería que una república catalana formara parte de la monarquía española. Y con ello hace un guiño al republicanismo de todas las Españas: se puede mantener la dichosa unidad si desaparece la monarquía.

Esa confianza obtenida por Puigdemont el jueves parece poca cosa, pero ya se ha visto que dentro de este tipo de envoltorios tan pequeños cabe mucha sustancia. Desde el punto de vista temporal da para un año entero, que en política es una era geológica. Durante este tiempo, Puigdemont tendrá en su mano el bien más preciado y poderoso que puede tener un gobernante, un objeto metálico pequeño y frío que cierra y abre puertas y concretamente las de la disolución del parlamento. En un año, el próximo apalabrado, se definirá, además, la nueva geometría del poder en España y sabremos todos con qué fuerza entra cada una de las propuestas vigentes ?estatus quo, tercera vía federalista o independencia? en el debate que sin duda irrumpirá finalmente en el parlamento español después de cuatro años circunscrito a las instituciones y a la calle catalanas.

Como Frodo, el protagonista del Señor de los Anillos, Puigdemont tiene ahora en sus manos un objeto que confiere poderes extraordinarios y le permite amenazar a la CUP con una indeseada disolución en la que esta formación dejaría muchas plumas o, al contrario, provocarla directamente con la presentación de unos presupuestos infumables en caso de que sea tan negro el horizonte del proceso como para trasladar el fracaso seguro a una nueva decisión de los electores, e intentar con ello recuperar al menos parte de la fortuna perdida. No está mal para un presidente improvisado a última hora antes de ir a una repetición de las elecciones catalanas.

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3 de octubre de 2016
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Guerra fría en el islam

No pueden evitarlo. Se buscan y se pelean allí donde se encuentran. Sea en una reunión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en Argel esta semana, donde se han discutido por las cuotas de producción, sea en Nueva York, en la Asamblea de Naciones Unidas la semana anterior, donde se acusaron mutuamente de complicidad con los terroristas. Son países muy próximos, de religión musulmana, vecinos separados por las aguas poco profundas y altamente salinas del golfo Pérsico o Arábigo, donde hay mucho petróleo y muy poca libertad, bajo regímenes teocráticos que aplican la sharía con matices de crueldad apenas distinguibles.

No hay un caso como el de Irán y Arabia Saudí en todo el mundo. Hay muchos ejemplos de países enfrentados permanentemente en pequeñas guerras frías regionales que a veces se calientan. La inquina entre India y Pakistán, con el territorio de Cachemira en disputa, enervada ahora por un ataque terrorista contra un puesto fronterizo del ejército indio, viene de la partición e independencia de ambos países en 1947. Las dos Coreas rivales constituyen un solo país dividido por una de las guerras más calientes que inauguraron la guerra fría, prolongada hoy todavía por la creciente amenaza nuclear exhibida por el norte. La tensión bélica de baja intensidad entre Ucrania y Rusia es fruto de la pugna de un país por la emancipación del imperio al que siempre había pertenecido.

En el caso de estos dos grandes países de población musulmana y de regímenes teocráticos de Oriente Próximo, en cambio, se trata de una tensión que es a la vez contemporánea y ancestral, puesto que es una pugna por la hegemonía regional como no hay otra en el mapamundi actual, pero busca sus raíces legendarias en las guerras dinásticas por la sucesión de Mahoma de la que surgieron las ramas divididas del islam. Su origen más inmediato es el vacío geopolítico generado por la errónea estrategia de Estados Unidos hacia la región, con la destrucción de Irak y sobre todo de sus fuerzas armadas tras la guerra de 2003, de un lado, y la ausencia de una estrategia adecuada ante las revueltas árabes de 2011, del otro.

Si hubiera que buscar una analogía histórica para esos dos países, servirían Francia y Alemania durante el siglo XIX y parte del XX, una larga etapa en la que pugnaban por la hegemonía europea hasta llegar a la guerra en tres ocasiones, dos de ellas arrastrando al resto de Europa e incluso del mundo. Mientras ambos vecinos anduvieron a la greña, el entero continente se mantuvo dividido y sujeto a la inestabilidad, que solo terminó con la reconciliación y la alianza en el marco de las instituciones europeas.

Las más reciente de las manifestaciones de la acritud instalada entre iraníes y saudíes la ha proporcionado este mes de septiembre el Hajj o peregrinación anual de los musulmanes a La Meca, a la que por primera vez en tres décadas no han podido acudir los chiitas iraníes. Para la monarquía saudí --que organiza la multitudinaria peregrinación, negocia las cuotas de peregrinos y concede los visados-- el Hajj es una palanca en sus relaciones internacionales y una fuente de legitimidad. Los ayatolas iraníes, en cambio, contestan el derecho de la familia real saudí a constituirse en guardiana de los santos lugares, como hizo el fundador Abdulaziz Ibn Saud cuando creó el país que lleva su nombre en 1928, y reivindican una autoridad religiosa internacional que se haga cargo de los santuarios de todos los musulmanes. Sus argumentos se ven reforzados cada vez que se produce una catástrofe durante la peregrinación, como sucedió hace un año, en el anterior Hajj, cuando perecieron más de dos mil peregrinos en una avalancha, de los cuales 464 eran iraníes.

Irán y Arabia Saudí no tienen ahora relaciones diplomáticas, rotas desde el pasado mes de enero, tras el asalto de la embajada saudí en Teherán por manifestantes que protestaban por la ejecución del clérigo chiita saudí Nimr al Nimr. Ambos países libran una salvaje guerra por procuración en Siria, donde se enfrentan tropas sufragadas por los saudíes con milicias chiitas comandadas por militares iraníes, las primeras para derrocar al régimen de Bachar el Asad y las segundas para defenderlo, cada una de las partes, a su vez, con el apoyo más o menos explícito de Rusia a favor del régimen o de Estados Unidos en contra. Las armas, el dinero e incluso las tropas saudíes e iraníes también pueden encontrarse frente a frente en las respectivas guerras civiles de Irak y Yemen, en lo más semejante a una guerra religiosa internacional que se haya visto en los últimos siglos.

También hay guerras geoeconómicas en la producción de energía, un mercado en el que ambos países se hallan enfrentados por intereses contrapuestos. Teherán necesita aumentar la producción hasta recuperar el nivel previo a las sanciones internacionales, pero Riad quiere reducirla para evitar que los precios sigan cayendo. Los saudíes han jugado con los precios del petróleo a la baja para expulsar de la rentabilidad la extracción no convencional, en aguas profundas o mediante fracking o fracturación hidraúlica del subsuelo; pero actualmente se enfrentan a una crisis fiscal, con un déficit del 13 por ciento, que les está obligando a cortar el gasto público ?han recortado los salarios de los ministros en un 20 por ciento-- y a aumentar los ingresos.

Irán y Arabia Saudí compiten por la hegemonía en la región en un momento crucial en que Europa ha desaparecido, Rusia regresa con fuerza y Estados Unidos adopta una posición de repliegue y de cautela. Centenares de miles de víctimas civiles y millones de refugiados pagan duramente la factura de estos movimientos geopolíticos y bélicos que están destruyendo un país entero como es Siria, donde las treguas no duran y la paz es altamente improbable. Aunque la derrota del califato terrorista parece inminente, difícilmente se traducirá en lo inmediato en forma de paz y estabilidad para Siria. Planteará, por supuesto, un problema de seguridad para todo el mundo, sobre todo con el regreso de los yihadistas ex combatientes, pero despejará el paisaje de la región y se verá entonces que tras la humareda se escondía esencialmente la guerra entre la monarquía saudí y los clérigos chiitas de Irán, en cuyas manos están las llaves del conflicto sirio.

Si alguna vez regresa la estabilidad a la región será porque Riad y Teherán habrán dejado de pelearse y emprendido el camino en dirección contraria, como Francia y Alemania a partir de 1945, algo muy improbable tratándose de regímenes despóticos que se escudan en el rigor de la religión para reprimir cualquier atisbo de apertura.

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2 de octubre de 2016
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Astérix frente al islam

Casi siete siglos separan a Vercingétorix, que combatió a Julio César, y a Mahoma, que fundó una de las mayores religiones de la historia. La imaginación de Uderzo y Goscigny ?los inventores de la derivación humorística de la peripecia de aquel caudillo galo que son las aventuras de Astérix? difícilmente podía enfrentar al pequeño jefe de la legendaria aldea de las Galias del siglo I a.C. con los invasores musulmanes a mitad del siglo VIII. Recuerden: "Estamos en el año 50 a.C. Toda la Galia está ocupada por los romanos? ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor..."

Lo que no hicieron el dibujante y el guionista de una de los comics más famosos del género lo ha hecho ahora el ex presidente francés Nicolas Sarkozy, en su campaña para las primarias de las que saldrá el candidato de la derecha francesa a la presidencia de la República, con una frase que pasará a los libros de citas: "A partir del momento en que te conviertes en francés, tus ancestros son los galos". "Nos ancêtres les gaulois" es una frase de profundas resonancias en la memoria francesa. Los escolares de las colonias africanas estudiaron en libros de texto donde se les enseñaba que sus antecesores eran los galos, en un ejemplo de fabricación del pasado nacional y de imposición de una identidad ajena. Ciertamente, todas las historias nacionales reinventan el pasado en forma de orígenes milenarios, pérdida de libertades y constituciones que nunca existieron e incluso fundaciones a cargo de personajes legendarios. Sarkozy lo sabe perfectamente pero ha querido transmitir un mensaje posmoderno: ser francés quiere decir aceptar la invención de este pasado. No es parte de una realidad sino de un relato nacional compartido que deben aceptar a gusto quienes aspiren a adquirir la nacionalidad. "No vamos a contentarnos con una integración que ya no funciona, exigiremos la asimilación", dijo en el mismo discurso.

La idea de Sarkozy está en sintonía con el repliegue identitario que se está produciendo en todo el mundo. El Brexit, la pujanza de los populismos xenófobos en Europa, el retorno del nacionalismo imperial ruso de Putin, la América que quiere volver a ser grande de Donald Trump, todo pertenece al mismo impulso de defensa identitaria frente a una supuesta agresión exterior. No es la ciudadanía, hecha de derechos y deberes, la que actúa de cemento nacional, sino la idea de un pasado común fabricada a lo largo de los años.

La nariz política de Sarkozy le dice que este es el territorio en el que puede intentar el regreso a la presidencia, después del fracaso que significó su derrota de 2012 frente a François Hollande. Como caudillo de la derecha, ávido de votos de extrema derecha en competencia con Martine Le Pen. Al igual que Zelig, el personaje camaleón de Woody Allen, Sarkozy fue el americano con los atentados del 11 S, el liberal antitestatista con su primera campaña presidencial, el reformador del capitalismo con la crisis de Wall Street, el guerrero del intervencionismo humanitario frente a Gadafi, el apóstol del rigor europeo cuando se convirtió en parte de Merkozy y ahora Asterix, el irreductible caudillo galo que se resiste al invasor.

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29 de septiembre de 2016
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Antes de que cierren las urnas

Un par o tres de cosas quiero dejar escritas antes de que cierren las urnas en Galicia y el País Vasco. Ante todo, que son unas elecciones extrañas si las medimos por el rasero europeo, un punto de vista que se preocupa ante todo del comportamiento de los partidos populistas, de derechas fundamentalmente (Alemania, Francia, Austria, Países Bajos?), pero también de izquierdas (Grecia). La factura de la crisis, que produjo gobiernos tecnocráticos y luego de alternancia o incluso alternativos en Italia, Portugal y Grecia, en España solo se traduce en desgaste, enorme ciertamente, de los partidos tradicionales, pero sin expulsarlos del poder.

Convergència sigue reteniendo la presidencia de la Generalitat a pesar de las ganas con que aplicó la tijera social hasta 2012, en vanguardia de la derecha española, y luego del laberinto con su hoja de ruta hacia la independencia en el que se metió; Rajoy ha sufrido un desgaste colosal por la corrupción y los recortes, pero sigue siendo el jefe de la formación más votada y es el que tiene más posibilidades de repetir como presidente, gracias a la gran coalición antisánchez que ha sabido promover; el nacionalismo vasco sigue siendo hegemónico en Euskadi y es el que ofrece el resultado fijo en la quiniela de hoy; y el PP de Feijóo también tiene todas las bazas para seguir gobernando en Galicia, aunque llegue a las urnas con un margen de incertidumbre.

Si nadie en Europa observa con especial preocupación las elecciones de hoy, tampoco la hay por la parálisis política que se instalado primero en Cataluña y desde hace ya nueve meses en el Gobierno de España. A juzgar por el buen funcionamiento de la economía y por el incremento de las inversiones, ni la improbable secesión catalana ni la parálisis gubernamental española quitan el sueño en las cancillerías e instituciones europeas, más preocupadas por el Brexit, el terrorismo yihadista, la crisis de los refugiados, la rebelión iliberal y antieuropea del grupo de Visegrado o la faz cada vez más amenazante de un Putin crecido gracias a su protagonismo en Oriente Próximo. Cada uno lee las cifras económicas a su aire: para los indepes son la confirmación de que la república catalana no da miedo, pero para sus adversarios son exactamente la demostración de que nadie cree en la viabilidad de esas hojas de ruta y sus amenazas de proclamaciones unilaterales.

Por más noventayochistas que intentemos ponernos, España no es el problema, aunque Europa tampoco sea la solución. Visto desde el ancho mundo, no hay problema español, como apenas hay problema catalán. Al contrario: ahora vale la frase maldita de Aznar: España va bien, Cataluña va bien e incluso Barcelona va bien (y también Madrid, naturalmente). Estamos ya italianizados: la economía y la realidad van por un lado y la política y los discursos van por otro. Si los españoles no son capaces de formar un gobierno, allá ellos, mientras sigan creciendo y pagando puntualmente lo que adeudan.

Si acaso, la pérdida que estamos sufriendo, que la hay con toda seguridad, no es de las que llama la atención desde fuera de nuestras fronteras hispánicas. No alarma lo que no produce alarma a los intereses europeos e internacionales; algo que no quiere decir que no nos sucedan cosas alarmantes. España y Cataluña van bien, pero España y Cataluña cada vez cuentan menos, cosa que no tan solo no les importa a nuestros socios y amigos de fuera sino que incluso les viene bien en un momento en el que todos sufren, los países grandes y los chicos, como resultado de la redistribución de poder que se está produciendo en el planeta en detrimento del mundo occidental y europeo principalmente.

Nuestras crisis no nos están pasando facturas de momento en forma de ascenso y llegada al gobierno de los populismos, pero sí está destruyendo un patrimonio de prestigio y de influencia internacionales prácticamente en todos los niveles de las administraciones, aunque con la notable y elocuente excepción de las dos mayores ciudades españolas, Madrid y Barcelona, que siguen conservando e incluso han renovado su atractivo y su capacidad de influencia en un momento de crisis de las naciones y los Estados europeos. Convendría analizar bien este fenómeno, para ver cuánto tiene de universal y objetivo en un mundo cada vez más articulado por las redes de las grandes ciudades, y cuanto debe a las formaciones políticas que gobiernan las dos principales urbes hispánicas desde hace apenas dos años, en la única alternancia seria que se ha producido como efecto de la crisis.

La irrelevancia tiene la ventaja de que no adquiere tintes dramáticos en el presente, aunque pueda ser decisiva en el futuro, cuando las cosas no vayan tan bien y no tengamos ya palancas útiles para actuar y buscar las alianzas que nos convengan. La atención europea y mundial se centró en España en el verano de 2012 cuando la economía española se hallaba al borde del colapso y a un paso de la intervención. Ahora los sensores de alarmas no están situados ni en Galicia ni en Euskadi, y tampoco en Madrid y Barcelona. Afortunadamente.

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25 de septiembre de 2016
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Un torneo literario

Barcelona crece. No es seguro que Cataluña la acompañe. Puede que tengan razón las casandras del nacionalismo, con Jordi Pujol a la cabeza, cuando señalan que la nación catalana se halla en un momento crucial de su historia, en el que se enfrenta al dilema trágico, a vida o muerte, entre conformarse a una decadencia sin fin o realizar un salto insólito e inesperado como sería la independencia.

Hay muchos datos que desmienten el fin de la nación catalana, anunciado por el independentismo para el caso altamente probable de que no consiga sus objetivos. No es cuestión de repetir los tópicos ya conocidos sobre el estado de la lengua, la demografía, la economía, las infraestructuras o el atractivo internacional de su principal baza y mayor riqueza, que es la metrópolis barcelonesa.

Esto no le importa a quien se ha convencido, y ha convencido a muchos otros, de exactamente lo contrario. Steven Pinker tiene tres explicaciones para el pesimismo contemporáneo que sirven perfectamente para el caso de los independentistas. En primer lugar, la fuerza de la información negativa, que lleva a retener las cosas malas que nos han sucedido y olvidarnos de las buenas: las primeras son fruto de injusticias inmerecidas y las segundas son realidades descontadas a las que tenemos derecho. En segundo lugar, la cultura de la crítica moralizadora, en la que rivalizamos con nuestros conciudadanos en una subasta en cuanto a compromiso y agudeza negativa. Y en tercer lugar, la nostalgia de una edad dorada que nunca existió pero que nos permite soñar en un mundo, o un país, mucho mejor que el que conocemos.

Así es como la realidad va por un lado y la imaginación independentista va por otro, en un divorcio muy similar al que se está produciendo entre economía (en plena recuperación) y política (totalmente paralizada). Nadie diría que la ciudad más brillante y emergente al menos del área europea y mediterránea que es ahora mismo Barcelona sea la capital de una nación oprimida, fiscalmente expoliada, desatendida en sus necesidades de transportes y comunicaciones, colonizada por una oligarquía ajena de un Estado extranjero, en la que la justicia manipulada por su Gobierno se dedica a perseguir con saña a los dirigentes democráticos que osaron nada menos que poner las urnas para que los pobres catalanes se expresaran libremente.

Muchas son las energías y presupuestos invertidos en promover tal idea, con el resultado ya conocido en cuanto a la hegemonía del relato independentista sobre la historia de esta pequeña nación en marcha hacia su liberación. Pero todo tiene un límite, aunque sea más por saturación que por la actuación de fuerzas de signo contrario. Y el límite parece que ya se ha alcanzado, a juzgar por el indicio suficientemente sólido que proporcionó el jueves la confrontación entre dos discursos, relatos o escenificaciones, tanto da el nombre, sobre la ciudad y la nación, Barcelona y Cataluña, con motivo del pregón de las fiestas de la Mercè.

De un lado, la joya literaria que fue el pregón con el que Javier Pérez Andújar abrió las fiestas de la Mercè. Del otro, "la fiesta carlista", con "aire de pendón antiguo, trabuco e incluso misa" --palabras de David Cirici, en el diario independentista 'Ara'--, ripios en castellano y un discurso en catalán del "populismo más primario" a cargo del comediante Toni Albà, disfrazado como un Juan Carlos que se ha disfrazado de Felipe V. En la plaza de Sant Jaume, la ciudad grande, moderna, mestiza, inclusiva. En el Pla de Palau, la nación pequeña, antigua, homogenea, excluyente.

Los convocantes, mayormente del partido sin nombre, antes Convergencia y huérfanos de la Gran Casandra del catalanismo, se acogieron a la ofensa preventiva para pelear por el territorio hegemónico frente a la irrupción de Barcelona en Comú y Podemos. Cualquier otro pregonero que no perteneciera a su congregación hubiera sido sometido al mismo escrutinio escrupuloso para castigarle con el boicot por los pecados de falta de respeto e insultos a los pobres catalanes que quieren independizarse.

Craso error. Mejor no plantear batallas que se pueden perder. En la Cataluña de Toni Albà no cabe el escritor Pérez Andújar, pero en la de Pérez Andújar cabe e incluso es imprescindible la Cataluña malhumorada de Toni Albà. Este es el resultado que da el marcador al final de la contienda. Todos a favor de la libertad de expresión, claro, aunque unos más que otros, por supuesto. Los más listos, como Esquerra o el ex alcalde Trias, se han apartado de este torneo literario. Y los otros debieran escuchar los buenos consejos que llegan desde sus propias filas: "Si convertimos el independentismo en una cosa antipática e intolerante para los que todavía dudan, nos haremos daño".

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24 de septiembre de 2016
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La historia nos juzgará

Quien no puede lo menos, ¿cómo podrá con lo más, es decir, la crisis de refugiados y migraciones de enormes dimensiones que tiene planteado el mundo? Lo mínimo es que Naciones Unidas proteja la llegada de la ayuda humanitaria durante una tregua. Pues no. No tiene ni los instrumentos coercitivos y legales, ni la capacidad de presión sobre los países implicados para evitar que un convoy conjunto del organismo internacional y de la Media Luna Roja que se dirigía a Alepo durante la tregua fuera bombardeado, presumiblemente por aviones rusos, con el resultado de la muerte de 20 conductores y cooperantes.

Los europeos hemos visto en el último año como el sistema de asilo organizado después de la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en una herramienta inservible ante la crisis global que se nos ha venido encima. La Organización Internacional para las Migraciones, fundada entonces para resolver los problemas europeos, tuvo que enfrentarse con la gestión de once millones de desplazados. De aquella crisis surgió el derecho de asilo, que obliga a no rechazar a las personas que huyen de la persecución, la guerra y la muerte.

Actualmente, hay cerca de 70 millones de desplazados en el mundo, de los cuales unos 20 millones encajan en la figura del refugiado. Las cifras se han incrementado, pero también se ha difuminado la frontera entre refugiados que huyen de la guerra y la persecución y desplazados por hambrunas, desastres naturales y ecológicos o situaciones de extrema violencia, e incluso emigrantes expulsados de Estados fallidos con sus economías en ruinas.

El mundo necesita un orden global en el que se reconozcan los derechos de estas personas y un sistema de recepción y asilo que conduzca a su integración en países estables donde puedan rehacer sus vidas. Esta era la finalidad de las dos reuniones de alto nivel celebradas en Nueva York, la primera Asamblea General de NNUU dedicada a los refugiados del lunes y la cumbre de líderes del martes, presidida por Barack Obama, que coincidieron con el bombardeo criminal sobre el convoy humanitario. Todo ello expresión, como siempre, de un desfase entre los hechos y las palabras, aunque algunas ya sean de compromisos públicos y privados respecto a incrementar el número de acogidas y las inversiones sobre todo por parte de los países con más medios.

Visto desde Europa, lo peor no es la timidez de este primer paso en dirección a conceptos más generosos y a mayores medios, sino el papel de sus instituciones, representadas por el presidente del Consejo, Donald Tusk, que expresó bien a las claras que la mayor preocupación de los 27 se reduce a "restaurar el orden en sus fronteras exteriores" para conseguir "una reducción de los flujos irregulares hacia la UE". Contrasta con Barack Obama, que invocó "la falta de acción en el pasado, por ejemplo rechazando a los judíos que huían de la Alemania nazi, como una mancha en nuestra consciencia colectiva" para señalar que "la historia nos juzgará duramente si ahora no estamos a la altura".

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22 de septiembre de 2016
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La vergüenza de Bratislava

Ni una palabra sobre el derecho de asilo. Ni una frase, ni siquiera de compasión, para los cinco millones de refugiados que han salido de Siria. Los refugiados ni siquiera existen para los 27 en su declaración eslovaca, convertidos en migrantes incontrolados que se vinculan al miedo, al terrorismo y a la inseguridad. Nada, por supuesto, sobre la Carta Europea y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas que crea obligaciones por parte de los firmantes --los 27 , todos y cada uno de ellos y la UE como tal, hacia quienes huyen de la guerra y de la muerte segura. ¿Eso es Europa?

La declaración de Bratislava y la entera cumbre informal de jefes de Estado y de Gobierno de la UE, la primera que se reúne sin Reino Unido, el pasado viernes, es un entero monumento al declive del proyecto europeo y, sobre todo, al menosprecio a sus valores fundacionales. El liderazgo europeo, ejercido en ocasiones por las instituciones de Bruselas y en otras por Alemania y Francia al alimón, ha pasado a manos nada menos que del grupo de países llamados de Visegrado, los cuatro países salidos del bloque soviético tras la caída del Muro y acogidos por la UE, todos ellos con una cuenta pendiente con su propia identidad nacional y celosos de su soberanía tras una larga y trágica historia que se la hurtó en numerosas ocasiones. Ellos y no el arruinado eje franco-alemán son los que conducen ahora a Europa, pero hacia atrás, de regreso al pasado de los nacionalismos enfrentados y las viejas soberanías westphalianas.

Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría han venido a sustituir a Reino Unido en la vanguardia euroescéptica que pretende reducir a la UE a su mínima expresión en función casi exclusivamente de los intereses nacionales respectivos. Quisieron entrar en la UE para deshacerse del imperio soviético y recibir fondos de Bruselas pero ahora no están dispuestos a compartir soberanía ni a sacrificarse por la solidaridad común.

Quienes conducen Europa son el húngaro Viktor Orban y el polaco Jaroslaw Kaczynski, el primero como primer ministro y dirigente del ultraderechista Fidesz y el segundo como auténtico poder en la sombra y presidente del partido también ultra Ley y Justicia (PiS). Ambos propugnan una ?contrarrevolución europea? y un modelo de ?democracia iliberal?, así con todas las letras, para el conjunto de la UE, que prosiga así el camino hacia la derecha y el repliegue ya emprendido en sus respectivos países, donde están en duda la división de poderes, la libertad de expresión y la recuperación de los poderes soberanos cedidos al ingresar en la UE. Sus aliados en el resto del continente son el Frente Nacional francés, la alemana Alternative für Deustchland o el Partido de la libertad holandés de Geert Wilders, auténticas formaciones antisistema que qauieren dinamitar la entera Unión Europea.

Estos partidos ultras del grupo de Visegrado, a diferencia del UKIP de Nigel Farage, no quieren irse de la UE, de donde extraen numerosas ventajas, entre otras la posibilidad de mandar trabajadores suyos a otros países en busca de los puestos de trabajo y de los salarios que no tienen en casa. El contraste con los partidarios del Brexit, defienden el mercado único entero, pero tienen idénticos propósitos en cuanto a la recepción de refugiados e inmigrantes. Dicho de otra forma: son partidarios de la ley del embudo, es decir, cerrar las fronteras a los de fuera y que los otros las abran a los nacionales propios.

Bratislava es la culminación de esta política insolidaria y antieuropea, que ha terminado dinamitando los esfuerzos de Bruselas y Berlín por imponer cuotas de recepción de refugiados para aliviar la enorme carga que soporta ahora Alemania y responder de acuerdo con los valores y leyes europeas al reto que tiene el mundo ante sí. La vanguardia de esta Europa iliberal y soberanista son los cuatro de Visegrado, pero el grueso de la tropa, es decir, los otros jefes de estado y de Gobierno, han demostrado con su pasividad una falta de visión y de valentía igualmente culpables, a excepción de la canciller Angela Merkel, a la que hay que añadir en el plano internacional al canadiense Justin Trudeau, los únicos ?occidentales? que han salvado los principios consagrados internacionalmente y han demostrado responsabilidad y sentido de la decencia.

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20 de septiembre de 2016
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Todo va mal

Los filósofos tienen una cierta obligación de pensar en dirección contraria a lo que piensa la mayoría. Es la única forma de someter a prueba las ideas comúnmente aceptadas. El tópico europeo del momento es que todo va mal. La Unión Europea se cae a pedazos. Avanzan los populismos. El terrorismo enerva los peores instintos xenófobos y autoritarios. Aumentan las desigualdades. ¿Qué más?

Los partidos extremistas son los que nos lo advierten con tonos más apocalípticos, hasta denunciar la lenta invasión de Europa por un islam fundamentalista, guiado por unos planes precisos de conquista y de dominación, que quiere cambiar nuestros valores y costumbres. Pero hay también voces mucho más moderadas y razonables que se añaden al coro de los profetas del desastre europeo e incluso mundial. El general Martin Dempsey, que fue jefe del Estado Mayor del ejército de los Estados Unidos, aseguró en 2013 ?que el mundo es más peligroso que nunca? y el papa Francisco está convencido de que la Tercera Guerra Mundial ya ha empezado.

Michel Serres, filósofo francés de enorme prestigio, acaba de hacer unas declaraciones a ?Le Monde?, con motivo de la publicación de su nuevo ensayo (?Darwin, Bonaparte y el Samaritano?), en las que nos dice exactamente lo contrario. En relación a Europa, por supuesto, que vive la época de paz y de prosperidad más larga desde la guerra de Troya. Pero también en relación al mundo, que según su visión está entrando en una segunda edad de la historia, en la que la gente vive más y mejor y la concordia va sustituyendo a la discordia que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad. ?El tsunami de los refugiados es bien significativo ?dice Serres- ¿A dónde quieren ir estos nuevos parias de la tierra? A nuestra casa, a Europa, porque vivimos en paz y en prosperidad?.

La edad de Serres, 86 años, es significativa. Algo tiene que ver la memoria con la tonalidad pesimista u optimista con que vemos el mundo. ?A la vista de lo que he vivido en el primer tercio de mi vida ?dice el filósofo? ahora vivimos en tiempos de paz y osaría decir incluso que Europa occidental vive una época paradisíaca?. El optimismo es ahora de los viejos, y el pesimismo de los jóvenes. Serres es de una generación, la última, que todavía vivió la experiencia de la guerra, en su caso la mundial y luego la de Argelia, pero la suya no es una percepción meramente subjetiva, tal como demostró Steven Pinker en su ensayo sobre la radical disminución de la violencia y de la guerra en el mundo (?Los ángeles que llevamos dentro?).

Pinker ha escrito este verano en ?The New York Times?, firmado conjuntamente con el presidente de Colombia, José Manuel Santos, en el que interpreta el acuerdo de paz con las FARC como una confirmación de sus teorías. No estamos ?en un mundo en guerra, como mucha gente cree, sino que vivimos en un mundo donde cinco de cada seis habitantes vive en regiones amplia o enteramente libres de conflictos bélicos?. América Latina es unas de estas regiones, que cierra ahora con estos acuerdos una etapa trágica, 55 años, los mismos que las FARC, su guerrilla más antigua: ?Ahora no hay gobiernos militares en las Américas. No hay países que combatan unos contra otros. Y no hay gobiernos luchando contra insurgencias significativas?.

Un seguidor sueco de las ideas de Pinker, el economista e historiador, Johan Norberg, ha querido ampliar el ángulo de esta visión optimista sobre la historia de la humanidad en su ensayo ?Progreso. Los motivos para tener esperanza en el futuro?. Así sintetiza el aluvión de datos que recoge en su libro, no tan solo sobre la violencia y la guerra, sino sobre salud, salubridad, educación, alimentación, trabajo, contaminación o desastres naturales: ?A pesar de lo que escuchamos en las noticias y en boca de muchas autoridades, la gran historia de nuestra era es que estamos presenciando la mayor mejora en los estándares de vida globales que haya tenido lugar jamás. La pobreza, la desnutrición, el analfabetismo, la mortalidad y el trabajo infantiles están cayendo a la mayor velocidad de la historia. El riesgo de que una persona se vea expuesta a la guerra, a un desastre natural, o sujeto a una dictadura, es mucho menor que en cualquier época?.

¿Si todo va bien, por qué muchos creen que todo va mal? Una primera explicación la proporciona la memoria. Las nuevas generaciones que están incorporándose a la vida política no tienen la experiencia de dos guerras como Michel Serres. Sus padres, la generación posterior a Serres, fueron los primeros que no tuvieron que coger el fusil para ir a ?defender a la patria?. Para las nuevas generaciones europeas, la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Argelia están a la misma distancia que la guerra franco-prusiana o la guerra de Cuba para la generación de 1950, la mía.

Una segunda explicación, que Norberg recoge, tiene que ver con el periodismo, y probablemente con el rumbo definitivamente digital e instantáneo que ha tomado. A los periodistas nos interesan las malas noticias, como las guerras, los crímenes y los desastres naturales. También a muchos políticos, que saben explotar los temores de la gente. Hay que atender, sin embargo, a una explicación más profunda, que inscribe la atracción por las noticias desastrosas e incluso por el pesimismo sobre la marcha del mundo en la biología. Según el historiador, ?estamos probablemente construidos para estar preocupados. Nos interesan las excepciones. El miedo y la ansiedad son armas para la supervivencia?.

Una tercera explicación es política. Parece evidente que no sabemos gobernar este nuevo mundo. Nuestro cerebro de cazadores recolectores, atentos a las señales preocupantes de la naturaleza, puede engañarnos en la percepción del mundo en el que vivimos. Seguro que este mundo es mejor, como son mejores nuestros vidas, pero si no sabemos gobernarlo podemos convertirlo en mucho peor e incluso retroceder a épocas anteriores y empezar a perder los mejores estándares de vida de la historia de la humanidad. No todo va mal, pero si algo va mal es precisamente la forma que tenemos de gobernarnos.

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18 de septiembre de 2016
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El mundo nos mira

Lo dijo Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, el pasado miércoles en su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Parlamento Europeo. Y tiene razón: ¡vaya si nos está mirando el mundo! Pero no nos mira con admiración y sorpresa, sino con preocupación y en algunos casos oculta satisfacción. "Nuestros enemigos quisieran que nos dividiéramos", dijo. Y el motivo es evidente: "Nuestros adversarios sabrán sacar partido de nuestra división".

Juncker ha estado en China en la reunión del G20. Recordó que los europeos tenemos siete sillas en la mesa desde donde se ejerce una especie de directorio sobre la economía mundial. En 2050, ninguna de las economías europeas estará entre las mayores del mundo. "El mundo se hace más grande y nosotros nos hacemos más pequeños", ha dicho.

Estas ideas valen para el conjunto: la Unión es imprescindible para gestionar multitud de problemas para los que el tamaño y la fuerza de los estados nacionales es abiertamente insuficiente. La seguridad, por ejemplo. La interna y la externa. La que afecta al terrorismo y la que tiene que ver con las amenazas exteriores, como las que puedan venir de Rusia. Si actuamos juntos podemos conseguir algo, pero separados solo cosechamos fracasos y divisiones.

Tampoco es posible abordar en solitario la llegada de los refugiados, como se empeñan los países de grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia), que quieren libre circulación para sus trabajadores dentro de la UE y cierre de fronteras interiores y exteriores para quienes llegan desde fuera de Europa. A los de Visegrado dedicó duras palabras Juncker: libertades y valores van en consonancia y no pueden separarse en función de los propios intereses. En dirección contraria, por cierto, de lo que dice Donald Tusk, el polaco que preside el Consejo Europeo, en su carta a los 27 antes de la cumbre de Bratislava de hoy: deshacer Europa, se podría titular.

Pero regresemos a la necesidad de unión, que no queda agotada, ni mucho menos, en el recurso a la acción mancomunada para abarcar lo que los Estados no pueden por sí solos. La UE también necesita existir como agente de primer orden en la escena internacional, para que los europeos tengamos algún peso como tales en el mundo. Juntos todavía podemos jugar un papel en el futuro. Separados, desapareceremos y dejaremos en manos de los otros países la responsabilidad de moldear la nueva arquitectura internacional. Pesarán más muchos países asiáticos, como Japón, Corea del Sur, China e India por supuesto, pero también Indonesia o Malasia, americanos como México y Brasil y naturalmente Estados Unidos y Rusia.

Las crisis europeas eran hasta ahora de crecimiento: cada una de ellas permitía añadir algo positivo a la historia común. Esta crisis, definida como existencial, significa disminución, fragmentación y, finalmente, irrelevancia. Curiosamente, vale para todos los niveles europeos; Europa, España, Cataluña cada vez más pequeños, cada vez más fragmentados, cada vez irrelevantes. Nadie ni nada se escapa de ella.

El mundo nos mira, efectivamente, tal como dicen con ingenua arrogancia los independentistas catalanes con motivo de sus coloristas manifestaciones anuales. Pero nos mira con una profunda preocupación por nuestro futuro cuando se trata de amigos; y con sádico regodeo si son enemigos, tanto los que ya salivan con el festín que les ofrecerá una Europa débil y dividida como los que disfrutan en sus ensueños de la imposible recuperación de las viejas naciones europeas.

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16 de septiembre de 2016
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