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Mujeres para hacer historia

Por 21 de junio de 2021 Sin comentarios

Sergio Ramírez

Entre la lista cada vez más creciente de rehenes secuestrados por la dictadura en Nicaragua, hay un buen número de mujeres de distintas edades y credos políticos, unidas por el fervor de la libertad y la democracia, valores que en mi país se imponen ahora ante cualquier diferencia ideológica. Volver a ser una república, como demandaba desde las páginas del diario La Prensa Pedro Joaquin Chamorro, el héroe nacional asesinado por Somoza en 1978.

Algunas son jóvenes, o muy jóvenes, una generación de relevo que busca dejar atrás el pasado amargo y repetitivo de demagogia y represión en nombre de ideales hace tiempo enterrados, y abren el camino para que el país entre en la modernidad democrática que le sigue siendo negada. Sus rostros están ahora en las pantallas de los teléfonos celulares, y sus nombres se vuelven familiares: Ana Margarita Vigil, Tamara Dávila, Suyen Barahona…cada una de ellas aislada en una celda de castigo. Hay que anotarlos, son parte del futuro que no podrá seguirle siendo negando para siempre a Nicaragua.

Conscientes de que el cerco se estrechaba alrededor de ellas, nunca buscaron esconderse, y lo que hicieron, y siguen haciendo, es grabar mensajes estremecedores: “si están viendo este video es porque la policía allanó mi casa y me han secuestrado…”, comienza diciendo Suyen Barahona, madre de una niña y presidenta del partido Unamos.

Esto de los mensajes grabados es un patrón de resistencia cívica que se repite en todos los secuestrados, hombres y mujeres. Y el hecho de ver la cárcel como una prueba y como un desafío. No una queja, sino un reto.
Violeta Granera se acerca a los 70 años. Su padre, mi profesor en la Facultad de Derecho, fue asesinado a sangre fría en 1979 por una escuadra de milicianos sandinistas bajo la justificación de que era magistrado de la Corte de Apelaciones de León. Cuando ella cuenta que antes de que lo mataran, desapercibido, extendió la mano en gesto de saludo a sus verdugos, sus ojos se llenan de lágrimas, pero nunca hay amargura en su voz. Su estatura ética está muy por encima de la revancha.

Socióloga de formación, Violeta es la presidenta del Movimiento por Nicaragua. Afable, conciliadora, incansable en la búsqueda de la unidad de las fuerzas de oposición a Ortega, apoyó hasta el último momento a través de las redes sociales a todos los que estaban siendo detenidos, y su voz de denuncia no bajo nunca de tono.

Se podría pensar que, entre ella, exiliada durante los años ochenta, los años de la revolución, y Dora María Téllez, forjadora de esa misma revolución, existe una gran distancia. Pero ambas luchan juntas por una nación diferente, donde alguna vez impere el estado de derecho.

Dora María fue uno de los iconos de la gesta contra la anterior dictadura de Anastasio Somoza. Abandonó sus estudios de medicina para irse a la clandestinidad, y a los 22 años, en 1978, fue la segunda al mando en la toma del Palacio Nacional, y la encargada de las negociaciones con Somoza para el canje de los más de 60 presos políticos por los diputados del Congreso Nacional retenidos por el comando. Un año después, dirigió la toma de la ciudad de León, cuadra por cuadra, a la cabeza de los contingentes guerrilleros, y puso en huida al general de cinco estrellas, comandante militar de la plaza.

Igual que Violeta, no rehuyó su captura, un operativo que involucró a decenas de vehículos policiales, un cerco militar en las calles adyacentes, y drones volando sobre su casa. Y también, igual que Violeta, fue golpeada y esposada, a pesar de que nunca opuso ninguna resistencia.

Esta forma de lucha se presenta como nueva en la historia de un país eternamente atribulado por las guerras civiles. Cuando se ocultaba en casas de seguridad en tiempos de Somoza, a Dora María nunca la habrían cogido viva. Sucedió muchas veces. Guerrilleros solitarios que se enfrentaban a contingentes militares enteros, y su sacrificio era el ejemplo.

Hoy, el ejemplo es otro. La resistencia que se hace sin armas busca alterar radicalmente la manera en que los cambios políticos se han dado en la historia de Nicaragua desde hace más de un siglo, siempre un caudillo armado que encabeza una guerra contra otro caudillo que detenta el poder, y, al final, ese nuevo caudillo liberador vuelve a entronizar una nueva dictadura.

Suena quizás a Gandhi, y suena a Martin Luther King. Y quizás se está abriendo una vía para romper el eterno círculo vicioso que ha convertido al país en un paria de la democracia, desprovisto de instituciones capaces de parar la mano de la voluntad omnímoda que siempre está dictando desde arriba capturas, tortura, muerte, exilio.

El secuestro de candidatos a la presidencia y de numerosos dirigentes políticos, y hasta de empresarios y banqueros, basado en leyes sacadas de la oscura manga de la arbitrariedad, dejan atrás la idea de que unas elecciones con un mínimo de credibilidad pueden darse en el mes de noviembre en Nicaragua.

Ortega mismo ha dinamitado esa posibilidad, y cualquier remedo de elecciones que intente, serán solo eso, un remedo, incapaz de otorgarle la legitimidad que busca para continuar indefinidamente en el poder.

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Sergio Ramírez

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942). Premio Cervantes 2017, forma parte de la generación de escritores latinoamericanos que surgió después del boom. Tras un largo exilio voluntario en Costa Rica y Alemania, abandonó por un tiempo su carrera literaria para incorporarse a la revolución sandinista que derrocó a la dictadura del último Somoza. Ganador del Premio Alfaguara de novela 1998 con Margarita, está linda la mar, galardonada también con el Premio Latinoamericano de novela José María Arguedas, es además autor de las novelas Un baile de máscaras (1995, Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera traducida en Francia), Castigo divino (1988; Premio Dashiell Hammett), Sombras nada más (2002), Mil y una muertes (2005), La fugitiva (2011), Flores oscuras (2013), Sara (2015) y la trilogía protagonizada por el inspector Dolores Morales, formada por El cielo llora por mí (2008), Ya nadie llora por mí (2017) y Tongolele no sabía bailar (2021). Entre sus obras figuran también los volúmenes de cuentos Catalina y Catalina (2001), El reino animal (2007) y Flores oscuras (2013); el ensayo sobre la creación literaria Mentiras verdaderas (2001), y sus memorias de la revolución, Adiós muchachos (1999). Además de los citados, en 2011 recibió en Chile el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso por el conjunto de su obra literaria, y en 2014 el Premio Internacional Carlos Fuentes.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com

y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez

Foto Copyright: Daniel Mordzinski

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