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Moscú-Petushkí

Según va coligiendo el lector mientras avanza por una prosa que es lo más parecido a un campo de minas, Venya, un alter ego del propio Venedikt Eroféiev  que cuando éste se pone sentimental acerca de sí mismo pasa a ser Vienichka, trata de trasladarse desde la estación Kursk, en Moscú, hasta Petushkí, un distrito de la provincia de Vladimir Oblast situado a tan sólo 175 kilómetros de distancia.En teoría, tiene que ser un viaje sencillo y sin sobresaltos. Pero quiá. Para cuando Venya, Vienichka, logra subirse al tren después de una noche atroz y víctima de una resaca todavía peor, incluso un lector abstemio y poco dado al trago duro se ya habrá convertido en un especialista en la infinita variedad de vodkas al alcance del moscovita medio, con la particularidad de que una vez iniciado el viaje va ser minuciosamente informado acerca de la indispensable provisión de licores que se necesitan para el trayecto, aparte de una disparatada serie de recetas para la fabricación de mejunjes que llevan nombres tan sugestivos como "Bálsamo de Canaán", "Lágrima de chica Kommosol" o "Entrañas de hijoputa". O sea, sí, en efecto, es un discurso alcohólico irredento en el que fácilmente se distingue la atormentada alma rusa. Por ejemplo cuando exclama desolado:"¡ Oh vanidad de las cosas!¡Oh fugacidad de las cosas! ¡Ah horas de impotencia e infamia en la vida de mi pueblo!". Teniendo en cuenta que el autor vivió aplastado y perseguido por el aparato soviético y que su libro sólo pudo circular clandestinamente de mano en mano, ¿a qué se debe el desgarrado lamenta que entona en nombre de su pueblo?. Él mismo se apresura a aclararlo: está hablando de "esas horas que van desde el amanecer hasta que abren las licorerías", insufrible travesía del desierto que no tardará en escenificar cuando, sólo con vistas a poner fin a la descomunal resaca que le ha dejado una noche de borrachera culminada en un portal, pide en el restaurante de la estación una copita de jerez, nada de vodka o aguardiente, sólo una copita de honrado jerez y es sacado a patadas del recinto.

Este recurso a lo sublime para hablar de lo grotesco como forma encubierta de hacer una crítica despiadada de lo más sagrado para el poder dominante es un continuo, y de ahí que sea una prosa parecida a un campo de minas. Así, y cuando sólo hemos llegado al kilómetro 33, se lanza a un apasionado discurso que tiene como finalidad ofrecer una receta para provocarse el hipo pero no de una forma  cualquiera sino, por usar la expresión de Kant, an sich, o sea, en uno mismo, o provocarlo en otro pero en interés propio, es decir, für sich, siempre según Kant. Cuando a continuación se embarca en las distintas clases de anchoa (noruega en salazón picante o dulce, aunque también vale en tomate) que es preciso ingerir alternándola durante varias horas con dos variedades de aguardiente y una de vodka, resulta difícil adivinar  que está montando el armazón teórico con el que lanzar una crítica feroz del materialismo histórico, ello sin dejar en ningún momento de hablar del hipo.

Quienes hayan vivido largos años bajo el franquismo no tendrán dificultad en reconocer el acento de desesperación que resuena en esta prosa disparatada, ni tampoco la clase de hallazgos, asimismo desesperados, que surgen como vía de escape frente a una realidad tan opresiva, castrante y mojigata como era la que por lo visto les gustaba a Breznef y Franco. Que vaya pareja, ya que salen.

La persecución contra Venedikt Eroféiev (1938-1990) duró casi hasta el último de sus días, ya que su Moscú-Petushkí, sólo se publicó en Rusia en 1989, es decir, en plena y prometedora perestroika de Gorbachov, aunque a él la promesa llegó demasiado tarde porque para entonces ya había sido operado del cáncer de garganta que acabaría con él un año más tarde pero, eso sí, sin haber bajado todavía los brazos ante el oprobio. Y a este respecto  es altamente recomendable visitar esta dirección:    http://www.youtube.com/watch?v=riOB29p1DqY

Un tipo incorregible y que en vísperas de morirse, y cuando para hablar debía recurrir a una máquina que transformaba lo que decía en una caricatura grotesca, seguía bebiendo como si todavía estuviese en el tren camino de esa estación en la que tenía depositada su última esperanza de liberación y felicidad. Y a la que nunca llegó.

 

 

Moscú-Petushkí

Venedikt Eroféiev

Marbot Ediciones

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19 de diciembre de 2010
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José Lezama Lima, 100

Lezama Lima en La Habana Hoy 19 de diciembre se cumple el centenario del nacimiento de José Lezama Lima. En Cuba celebran el siglo con diversas celebraciones, en especial una muestra en la casa natal del autor, un escritor barroco y erudito que nunca encajó en los cánones sociales de lo que quería la revolución cubana como escritor, pero que ahora ha sido ?perdonado? y se editarán sus obras completas.  En el suplemento Babelia, Manuel Rodríguez Rivero comenta al autor, se pregunta si realmente es difícil el autor (?no tanto? se responde) y pide que se recupere su lectura:

Si estos días se lee poco a José Lezama Lima (1910-1976), de quien mañana se conmemora el primer centenario, quizás se deba a que muchos lectores han dado la espalda a aquella apodíctica sentencia que el autor estampó en el íncipit de La expresión americana (1957; Alianza, 1969, hoy incomprensiblemente descatalogado): ?Sólo lo difícil es estimulante?. Pero, ¿es difícil Lezama? No tanto. Lo que ocurre es que, en una época en que la mayoría sólo demanda a la literatura que entretenga, Lezama es un intempestivo, un excéntrico obsesionado por el poder evocador de la palabra como portadora de sentido y como vehículo de las músicas y ritmos que residen en el lenguaje. La mayor dificultad que plantea su obra es que exige una condición de cumplimiento problemático en un mundo en que la idea del placer va demasiado unida a la de su satisfacción inmediata: y es que, para ser entendidos (y disfrutados), sus libros requieren tiempo y entrega. Como es uno de esos escritores (al igual que sus maestros barrocos) que sabe ?pensar con imágenes?, la lectura de sus obras propicia una experiencia distinta y estimulante; a cambio del esfuerzo, Lezama trata a su lector de tú a tú, suponiéndole la misma inteligencia y sensibilidad de la que hace gala. Poeta y ensayista antes que narrador, su fama le llegó, sin embargo, por una estupenda novela-palimpsesto en que narración, reflexión, erudición ensayística y ritmo e imagen poéticos constituyen un todo inseparable y extrañamente sensual. En 1966, cuando se publicó Paradiso (la mejor edición disponible es la de Alianza, que recoge la fijada por Cortázar y Monsiváis para la editorial Era), se la incluyó apresuradamente en el catálogo de grandes creaciones del boom, olvidando que sus primeros capítulos aparecieron en la revista Orígenes (que su autor había fundado con Rodríguez Feo) a partir de 1949. Lezama tardó casi veinte años en escribirla, como si se tratara de una especie de primoroso y exacto testamento o compendio de su literatura. Y es desde ella desde donde, en mi opinión, mejor puede recorrerse hoy su obra, hacia atrás (sus libros de poemas, sus ensayos y recopilaciones de artículos) y hacia adelante, incluyendo el poemario Fragmentos a su imán (1977) y ese cierre deParadiso que constituye Oppiano Licario (1978), dos libros póstumos y desencantados que merecen particular atención.

Por otra parte, en la revista Milenio Jaime Muñoz Vargas también recuerda el siglo de Lezama Lima declarando que su escritura ha caído en desuso en los últimos años. Dice la nota:

No es más conocido, leído o emulado porque, creo, el registro de su escritura ha caído en desuso en las décadas recientes. Digamos que en estas épocas domina un estilo ligero, más bien plano, el más fácilmente asimilable por el lector apresurado y nada dispuesto a gastar tiempo en machincuepas sintácticas o en imágenes poéticas que supongan alguna complicación. Vivimos un momento hedónico en todo: si alguien propone que hagamos política para lograr un cambio social, lo juzgamos loco pues nadie está dispuesto a sacrificar su tranquilidad por una idea, por importante que parezca. Si alguien recuerda que cierto cine europeo es mejor que el norteamericano, lo tomamos por mariguano ya que aquel es ?lento? y denso y éste es ágil y entretenido. Así, cuando alguien recomienda un libro en estas épocas más vale que no elija el de un barroco, pues todos esperan un tip que no cometa la impertinencia de enredarnos en berenjenales. Lezama Lima, pues, no goza hoy y acaso no gozó nunca de multitudes. Su obra es, un poco como la de Borges o Reyes, aunque de otra manera, una obra para escritores, quienes al cabo suelen ser los que más aprecian a los colegas que desbrozan y despejan brechas nuevas o le añaden un timbre especial a lo ya muy conocido. Eso fue lo que logró Lezama Lima: el barroquismo elevado al cubo era hasta él un asunto del pasado, un estilo que tenía como hitos a Góngora y Sor Juana y carecía de cultores más cercanos a nosotros en el tiempo. En eso apareció, casi de la nada, el gordo Lezama Lima, quien vinculó un pensamiento espeso de imágenes poéticas con una expresión (hablada y escrita) no barroca, sino hiperbarroca, exuberante hasta lo selvático. Su virtud le trajo seguidores, lectores de culto, algunos de ellos lujosísimos como Cortázar, Vargas Llosa o Monsiváis, pero también le acarreó repulsas. Para sus no lectores, Lezama Lima es un ilegible, un oscuro, un escritor de formas inextricables. Yo estoy a medio camino entre los que lo veneran y los que lo rechazan: el barroquismo siempre me ha gustado y por ello me presumo permanente feligrés de Góngora, Quevedo, Carpentier, Lemebel y otros pocos que han hecho de ese modo, el barroco, un modo eminente del español. 

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19 de diciembre de 2010
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Agua al dominó

Una anciana camina por el paseo del Prado con un cartel colgado del cuello. Está hecho a mano ?con tinta azul? y en él se ofrece ?un apartamento de 2 habitaciones en el Cerro? a cambio de algo similar en el municipio Playa. Desde la siete de la mañana comienza a llegar gente al lugar, con propuestas para intercambiar una casa por otra, en un país donde aún está prohibida la compra y venta de éstas. También se ve a los intermediarios, conocidos como permuteros, que proliferan allí donde no pueden hacerlo las inmobiliarias, donde han sido satanizados los anuncios públicos y legales de un mercado de viviendas. De las preguntas más difíciles que me hacen mis alumnos de español, mientras les enseño esta ciudad desvencijada y peculiar donde he nacido, está la de ?¿Qué tipo de persona vive en ciertas casas o en determinados barrios?? Trato de explicarles que lo mismo se puede encontrar una señora ?que se gana la vida limpiando pisos? radicada en una mansión de Miramar, que a un cirujano en un cuartucho sin agua corriente. Probablemente a la mujer de la enorme casa se le esté cayendo el techo y su jardín sea un caos de maleza y herrumbre, pues el salario no le alcanza para sostener tantos metros cuadrados. El galeno, por su parte, tiene un capital acumulado gracias al negocio ilícito de implantes mamarios; pero no puede ?legalmente? conseguir una vivienda acorde a sus posibilidades. Así que la humilde limpiadora y el doctor se ponen de acuerdo, se saltan la ley y deciden intercambiar sus domicilios. Para lograrlo, corrompen a tres o cuatro funcionarios del Instituto de la Vivienda. Pasado un año, él disfruta de un césped salpicado de buganvilia y ella de los miles de pesos convertibles que recibió por ?reducirse?. Miles de cubanos han estado planificando hacer algo similar, de ahí que al leerse el punto 278 de los Lineamientos del VI Congreso del PCC, hayan respirado aliviados. Según se dice en éste, se aplicarán ?fórmulas flexibles para la permuta, compra, venta y arriendo de viviendas?. Muchos han interpretado que con esto se levantará el banderín del mercado inmobiliario y se permitirá vender o adquirir una casa. Confieso que tengo mis reservas. No creo que nuestras autoridades estén preparadas para aceptar la inmediata redistribución que experimentará esta ciudad, todo el país, si aceptan que la gente pueda decidir qué hacer con sus propiedades. Unos pocos meses después que semejante medida se haya tomado, brotarán las diferencias sociales que hoy están escondidas detrás de una mansión despintada o de un cuartucho repleto de electrodomésticos. Aflorarán entonces con más fuerza esas crecientes desigualdades que la hipocresía oficial ha tratado de esconder. Nota: En el lenguaje propio a los jugadores de dominó en Cuba, “dar agua” es revolver las fichas para continuar jugando.

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18 de diciembre de 2010
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Una profecía del siglo XXI

Aunque la verdad novelesca no sea entre nosotros un objeto de culto, y la añoranza de su prestigio sólo merezca comentarios escépticos, vamos a tener al fin la ocasión de celebrar la novela profética que el nuevo siglo estaba esperando.

Es probable que a los lectores, siempre tan impacientes, les resulte desconcertante la arrogancia de un relato que a primera vista parece un hermético ejercicio de complejidad narrativa. Pero una vez dominado el hábito caprichoso de nuestra indolencia, esa pereza que tantos escritores se han propuesto halagar, podremos atisbar el sentido disimulado en la ficción de una obra reveladora.

Thomas Pynchon desafía en la mejor de sus novelas -Against the Day, Contraluz, Tusquets 2010- los límites de lo que puede ser contado. Es exhaustivo en su ambición naturalista y deslumbrante en la soberbia con que golpea todo lo que nombra. La bella elocuencia de sus figuras narrativas sostiene sin desmayo una intrigante visión de la Historia y su intensidad dramática mantiene la encarnadura de unos personajes obligados a vivir la ineludible disyuntiva de redención o perdición. Anarquistas justicieros, espías emboscados, matemáticos iluminados, potentados insaciables, pistoleros de moral cortesana, espiritistas, vagabundos y exploradores de una fantasmagórica geografía protagonizan una trama argumental en la que nadie sabe quién es. Todos se sienten, sin embargo, profundamente conmovidos, en la tupida existencia de esta fábula mistérica, por la inminencia de un colapso apocalíptico.

En Against the Day, relato que transcurre entre la Exposición Universal de Chicago de 1893 y los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial (una época elegida por el autor como réplica de la nuestra), confluyen los recursos literarios de todos los géneros. En sus páginas reverbera la indignada esperanza que John Steinbeck glosó en Las uvas de la ira y la cínica cautela de Dashiell Hammett en Cosecha roja, la violenta épica del western (se ve que el mito de la guerra contra los indios encubrió el tiroteo, igualmente fundacional, entre los sindicalistas y los detectives de la agencia Pinkerton), las licencias juveniles de la novela de aventuras (como si Harry Potter pudiera pasearse por Yoknapatawpha), las intuiciones de la ciencia ficción, una libérrima trama de enigma y misterio y la potestad histriónica de un autor que siempre sabe adónde va.

Pynchon recuerda a Walt Whitman cuando enumera lo que presiente, a William Blake cuando nos enseña los secretos de este mundo, a Julio Verne cuando nos instruye con artefactos visionarios. Aunando la energía narrativa de sus antepasados Pynchon nos cuenta la desordenada furia de una época que mientras ve desmoronarse su jactancia se revuelve contra sí misma en un desesperado intento por negar la fuerza con que ha tenido lugar una nueva vuelta de tuerca. ¿No será este también el signo de nuestro tiempo?

Nos hemos acostumbrado a tratar con respeto y displicencia a los científicos que no entendemos. Como oráculos de un conocimiento inaccesible o como artífices de un saber que solo a ellos concierne. Pero en Against the Day el matemático trabaja para potencias interesadas en algo más que el negocio tecnológico. Tesla (el Prometeo de la electricidad despedazado por Edison, Marconi y Westinghouse), Hamilton, con sus cuaterniones, Maxwell, con su teoría electromagnética, Poincaré con su conjetura o Riemann con su hipótesis, aparecen en la novela como los brujos de un poder muy alejado del optimismo racionalista de la Ilustración. Las contribuciones de su inteligencia, extasiada ante las inesperadas dimensiones de lo Real, no han alterado nuestra comprensión básica del Universo (aún preferimos conversar con Euclides y Newton) y lo cierto es que para sus descubrimientos no tenemos todavía el adecuado arsenal de ideas. Si el mundo que hemos conquistado y dominado resulta imprevisible, arisco y hostil ¿qué haremos cuando comprendamos de verdad las abismales revelaciones de la Ciencia? ¿Seremos capaces de integrarlas en un nuevo sentido común? ¿Sabremos escribir un nuevo relato sobre el origen del mundo, la naturaleza del alma o el destino del hombre? Against the Day es el más ambicioso logro realizado hasta la fecha para novelar lo que ocurre en esta chirriante bisagra de la Historia.

La imaginación pynchonesca es la de un ironista trágico cuya sabiduría se enmascara tras la parodia de nuestra ansiedad. Against the Day es el fruto de una confabulación alentada por poderosas premoniciones y la epopeya profética que desvelará el sentido del expectante siglo XXI. Al final de este gran relato novelesco prevalece la emoción con que cada personaje se ha visto enfrentado al crucial dilema de su tortuoso camino: o la violencia (en cualquiera de los sofisticados grados a los que nos tiene acostumbrados la civilización) o el casi inenarrable misterio de un espíritu que, efectivamente, siempre sopla donde quiere.

De la sinfonía simbólica orquestada por Pynchon ante la mirada perpleja de sus lectores hay que citar como colofón el antiguo sello del gobierno tibetano que a título de autoridad reproduce el autor en las guardas de su impetuosa novela: un león blanco junto a las encrespadas cumbres del Himalaya.

Publicado en El País, 17 de diciembre 2010

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18 de diciembre de 2010
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Biografía literaria

 

José María Arguedas y la invención del tú

 

La literatura peruana ha sido siempre una pregunta por el futuro, y la de José María Arguedas (1911-1969) una de las más permanentes. Celebraremos pronto sus cien años sabiendo que ocurren en el porvenir.  No se trata, sin embargo, de una persuasión utópica, lo que ya no sería una pregunta sino una respuesta normativa. Más bien, es una puesta en duda del presente peruano, mal construido por una genealogía de la deuda. La escritura, por lo mismo, ejerce una labor médica al hacer, primero, el reparo del menoscabo, esa pérdida de lugar en el espacio varias veces condenado, y a veces abandonado. El peregrinaje fantasmático, el trayecto migratorio, la vehemencia del otro, suscitan en la obra de JMA una lengua que remonta el extravío para recuperar la otra orilla, ese horizonte. Es posible leer Los ríos profundos, su novela más importante, como el peregrinaje que hace una lengua nativa americana, el quechua, a lo largo del español, buscando la rearticulación del mundo en el encuentro de una y otra. Este es, por ello, un despliegue poético: en una novela, finalmente, ambas lenguas se suman en lo que podríamos llamar un "idioma andino," que nadie habla, que sólo habla este libro, pero que es el lenguaje que hablaríamos en el Perú si todos fuésemos bilingues. Ese futuro es una lección actual. Hoy día el español andino es tan legítimo como cualquier otro, y ya no es sólo un estado de transición sino una metáfora suficiente y cambiante, que en el camino de las migraciones recorre la bárbara desigualdad peruana para afincar en sus márgenes. Hacer morada en las afueras es darle un centro al desierto. Esa fue la apuesta de Arguedas, imaginar un habla del camino. Siempre he asistido a la obra de Arguedas como a una gran conversación. Sus personajes hablan con los ríos, con las montañas, con los animales, y lo hacen con felicidad, en el arrebato verbal encendido por el diálogo, como la prueba más cierta de que la humanidad del futuro se debe a estas voces. 
 

 

Elena Poniatowska y la ética del relevo
 

Sin los libros de Elena Poniatowska (París, 1932) no tendríamos la imagen que de México tenemos: la de una sociedad capaz de poner en pie al mundo al día siguiente de la catástrofe.
 

Los hombres y mujeres que hablan en sus libros se hacen cargo de nosotros, sus lectores, y nos dan el turno de la palabra. Pocas veces uno siente la dignidad de la fe en el otro. Creen tanto en nosotros que nos imaginan capaces de su misma emoción moral, mundano relato, y gosoza inteligencia. No aceptan la maldición del fracaso porque se deben a la ética del relevo, al turno del tú.
 

Su saga de Jesusa (Hasta no verte Jesús mío) es un tratado de agudeza, cuya inmediatez popular convierte a la sobrevivencia en sobrevida. Su testimonio de la matanza de estudiantes de 1968 (La noche de Tlatelolco) es una anatomía política del terror, que demuestra en la arbitrariedad del poder el comienzo de su fin. Al día siguiente de esa noche, amanece otro país.
 

Extraordinariamente, lo que sostiene a la tragedia es el humor de humanizarla: el conjuro y la risa, que la desarman y remontan. Por eso, su recuento del terremoto de 1985 (Nada, nadie), con ser uno de los libros más conmovedores que se haya escrito en español, es también una épica de fundaciones: sobre las ruinas nace la urbanidad. También por eso México es plenamente una nación de larga estirpe.
 

Si, en efecto, la comunidad se origina en la muerte, en estos libros ese renacimiento del lenguaje posee la rara belleza de hacer lo que dice.
 

Sus novelas memoriosas y multibiográficas son la versión celebrante de un mundo que desciende en México para reconocerse vivo.  Como matrices de la subjetividad moderna, Flor de lis, Titina, La piel del cielo y El tren pasa primero constituyen grandes sagas de la virtud clásica; aquella que convierte a la libertad en realización mutua. Porque el Yo se debe no a quien lo confirma como poder, sino a quien le cede la palabra. Leyendo sus libros, entre unas y otras voces, de pronto se alzan también las nuestras. Sus libros nos incluyen al volver una página. La verdad se hace entre todos, esa lección clásica es aquí una sabiduría popular: si hubiese una sola verdad no tendríamos explicación.
 

La claridad de Elena Poniatowska es un don de la capacidad latinoamericana de seguir inventando el turno del tú.
 

 

Oscar Colchado habla en lenguas

 

Me sumo con alegría al estudio y celebración de la obra y figura de Oscar Colchado  (Perú, 1947), a quien debemos  narraciones y poemas de conmovedora certidumbre, pero también la fidelidad a su mundo migratorio, que descubrimos como nuestro. Colchado despierta en nosotros, como quería Vallejo, cuerdas vocales inéditas, que nos revelan voces que fluyen como sueños cantados. Esas imágenes de reconocimiento lo hacen un escritor fundamental para una literatura requerida de la verdad poética que alienta en el peregrinaje de las hablas migratorias, esa columna vertebral de nuestra modernidad conflictiva.  Cada libro de Colchado (Cordillera negra, Rosa Cuchillo) descubre el lugar de tránsito que nos asigna el lenguaje peregrino de los desplazados, ese mapa del país en voz alta. 

 

 

Helena Arellano: vidas paralelas
 

Lances, lunares y luces (México: Jorale Editores, 2010), la nueva novela (o “nivola,” a lo Unamuno) de Helena Arellano Máyz (Caracas, 1963) está animada por la fuerza del arrebato amoroso. Lucía Lugo representa la capacidad de reiventar el amor a la sombra de la fiesta brava.  Ella es una muchacha venezolana que descubre su sensorialidad en el espacio de desafío masculino del mundo taurino.  En una España de represiones y provocaciones, esta joven criolla vivirá su mayor libertad como el descubrimiento de su propia integridad. Que los toreros en su vida lleven nombres reales declara el juego del relato: el tránsito de la biografía imaginaria a la ficción veraz.
 

Ese ir y venir de la certeza de lo soñado a la ficción de lo vivido, se reproduce en el diálogo irónico entre la narradora y su perro, que son “autores internos” y cómplices elocuentes de la fabricación del relato.  Entre el toro ibérico, fuerza primitiva, y el perro doméstico, humor novelesco, Lucía y sus toreros discurren con voluptuosidad y arrebato, entre la intimidad amorosa y la comedia social, que se cierne como destino.  Los hombres, postula Lucía, o son toreros o son sementales.
 

La novela no busca resolver los dilemas que plantea, pero los despliega a pulso para encantamiento de la lectura y complicidad de los varios lectores implicados. La pregunta por la mujer y por el amor es la zozobra emotiva que sólo la pasión responde, momentánea.  Esta es una novela valerosa, que brilla con su tema,  excedida por  sus preguntas, aunque como su memorable personaje, no se rinde a los límites del lenguaje porque no son los del amor, que es siempre, felizmente ilimitado.
 

Encontré a la encantadora protagonista el verano pasado en Madrid. No conozco a otra persona que haya asistido a su nacimiento como personaje  novelesco. 

 

 

Andrea Jeftanovic y el lenguaje heredado

 

No deja de ser intrigante, incluso misteriosa, la fuerza interna que recorre la primera novela de un escritor valioso. Nos sobrecoge la extraordinaria necesidad de su lenguaje; la vehemencia con que adquiere forma y, por tanto, vida. Pocas veces esa emoción de la lectura se hace más cierta como en Escenario de Guerra, la primera novela de Andrea Jeftanovic (Chile, 1970), vuelta a editar en Madrid por Ediciones Baladí (para horizonte del lector genuino); novela viva  de incertidumbre, donde la voz de una niña  da cuenta del mundo que le ha tocado entender antes de perderlo.  Se trata aquí de la construcción de la posta migratoria, ese lugar de tránsito que ensaya su vario afincamiento, desde el padre emigrado de la guerra europea hasta la hija que lo sigue para descifrar su propio paso. Pero quien pregunta por su lugar encuentra otro relato dentro; como si el paraje siempre fuese el desdoblamiento de una nueva interrogación. La novela, así, se despliega en la indeterminación de la errancia buscando su forma inteligible. Ese apasionado peregrinaje lo hace también el lector, inquietado por su lugar en el trayecto. Por eso, como los buenos relatos, la novela no puede acabar. Y cada uno de los finales que ensaya es otra forma de recomenzar, como si la novela heredada fuese parte de lo que un poeta llamó “la incompletud.” De allí la huella de asombro que deja esta novela inquietada por el lenguaje transitivo, ya del lado del lector.

 

 

Rosario Ferré y el romance nacional

 

Fui a Puerto Rico a visitar a Rosario Ferré, decaída de salud, y pasé la tarde con ella y su familia evocando amigos y libros. Ella y la chilena Diamela Eltit son las escritoras más leídas en las universidades norteamericanas. Se las lee en seminarios sobre escritoras y sobre novela latinoamericana, pero también en cursos sobre el Caribe o Chile, literatura comparada y estudios de la mujer, en español y en inglés.  He comprobado en la base de datos del MLA que de Puerto Rico no hay escritor más estudiado que Ferré en este país. Y lo mismo de Chile, con la obra de Eltit, Ninguna de las dos ha sido todavía publicada en España. En esta época de buenos premios malos, y servidumbre mediática, estas escritoras le devuelven al mundo del libro la integridad dilapidada.
 

Le conté a Rosario que este otoño exploraba en mi clase la representación de las “Mujeres malas.”  Y que después de la bruja de Michelet, Caro Baroja y Aura,  y luego de  Carmen y Eréndira, veríamos los cuentos de Silvina Ocampo y otras escritoras más recientes, y terminaríamos con Maldito amor, cuya heroína le prende fuego a la representación nacional de Puerto Rico. Le brillaron los ojos; en su teclado inalámbrico escribió, y en la pantalla del portátil leímos: CHINA. Abigail, su asistente, tradujo: “Maldito amor acaba de salir en China.” No sabe China lo que le espera.
 
La mujer rebelde es aquella que refuta la historia, para revelar las otras historias internas, que se rescriben en su lectura. En su majestuosa novela reciente, Lazos de sangre (publicada en EEUU por Alfaguara), la escritora que narra escribe una novela de ese título, la que remite a otra, “Lazos de hierro;” y en esta metáfora de una “cámara oscura” se revela no la verdad, que es improbable, sino la mentira, que naturaliza la representación. El romance familiar es aquí la alegoría del romance nacional, una historia dentro de otra, disputada y rescrita para ser descifrada. Porque el sujeto se construye entre el inglés y el español, entre Puerto Rico y Estados Unidos, entre los nacionalistas y los anexionistas; al punto de que “Puerto Rico” se torna en un oxímoron.  Narrada con impecable intimidad, como la crónica de una familia de vidas inclusivas y enfrentadas, Lazos de sangre es una saga trágica de la mujer y su lugar en la fundación (o des-fundación) nacional de lo moderno y su sonámbula violencia.
 
La melancolía, parece decirnos, es la herencia matrilineal;  el sacrificio de los hijos, el fin del tiempo patriarcal. 
 
Y así pasó la tarde que compartí con Rosario Ferré.

 
 

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18 de diciembre de 2010
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Los mejores del 2010 de NYT

El New York Times no espera a que acabe diciembre para hacer su top ten de los mejores libros del año. Siempre quiere ser el primero en elaborar la lista, 5 en ficción y 5 en no ficción. El primero de diciembre ya la presentaron en sociedad. Además, cada mención viene con una breve explicación de por qué lo consideran en la lista y un link a la reseña que le hicieron a la novela en su momento. Por supuesto, este es el año de Freedom. Aquí la lista de ficción:

FREEDOMBy Jonathan Franzen.Farrar, Straus & Giroux, $28. THE NEW YORKER STORIESBy Ann Beattie.Scribner, $30. ROOMBy Emma Donoghue.Little, Brown & Company, $24.99. SELECTED STORIES By William Trevor. Viking, $35. A VISIT FROM THE GOON SQUADBy Jennifer Egan.Alfred A. Knopf, $25.95.

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17 de diciembre de 2010
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Los mejores del 2010 de Arcadia

libros 2010 La revista Arcadia de Colombia ha elegido los mejores libros del año, tanto en la categoría Ficción, no Ficción, Destacados, Bicententario, Poesía, Libros de lujo y Reediciones notables.  Pueden verlos en este flash player. Entre los libros de ficción mencionan El sueño del celta (MVLL), Tres ataúdes blancos (Ungar), Todo se desmorona (China Achuebe), Correr (Jean Echenoz) Verano (Coetzee), Lady Madona y otros cuentos (Thomas Lynch), Tierra desacostumbrada (Lahiri), Cuentos completos (Primo Levi), La vida ante sí (Ajar) y Memento Mori (Muriel Spark). En los no ficción hay libros de Ingrid Betancurt, Pati Smith, George Steiner, Amartya Sen o Peter Slortedijk, entro otros. En poesía premian a la Biblioteca Sibila. Y en el rubro denominado ?libros destacados? aparece Abraham entre bandidos (Tomas González), Calcio (Juan Esteban Costaín), El hombre nómade (Juan Atali) y La balada de Iza (Magda Szabo)

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17 de diciembre de 2010
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El regreso de Sarah Palin

Barack Obama debe estar contando los días para que se acabe la pesadilla que ha significado este año. Dispuesto a llevar a cabo algunas de sus grandes promesas eleccionarias, se la jugó en marzo por la mayor reforma sanitaria en la historia de los Estados Unidos, pero eso lo llevó a perder a los independientes -que lo apoyaron mayoritariamente en las elecciones- y a terminar de alienar a los pocos conservadores que tenían esperanzas en su gobierno. En noviembre, vino lo que hasta hacía apenas seis meses parecía imposible: la pérdida de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Bajo ese nuevo panorama, Obama se ha visto forzado a tener que hacer concesiones a los republicanos (por ejemplo, mantener los recortes impositivos del gobierno de Bush), con lo que este diciembre le toca presenciar cómo los liberales progresistas -sus grandes defensores-se alejan de él.

Si los demócratas se han mostrado timoratos, los republicanos han sido todo lo contrario. Sarah Palin y el Tea Party son las fuerzas que están detrás de la resurrección de la derecha, y su discurso estridente, religioso, fundamentalista, conservador, ataca incluso el desviacionismo ideológico de algunos republicanos. El Tea Party sueña con la utopía arcaica de volver a los Estados Unidos de los padres de la patria: un país más blanco, más homogéneo. El sentimiento dominante en el Tea Party es el de oponerse a la expansión del gobierno: mientras menos haya de él, mejor. Quienes no tomaron en serio a este movimiento libertario no se dieron cuenta que la clase media blanca vive estos días con la sensación de que los mejores años de los Estados Unidos han quedado atrás; hay nostalgia por un país que nunca existió, un país que podía ofrecer empleos decentes a todos y en el que todos eran felices y la unidad no se había resquebrajado.

Sarah Palin, por su lado, ha regresado con más fuerza que nunca. Si hace dos años su desastrosa candidatura a la vicepresidencia provocó risas y parodias, hoy aquellos que la denostaron se ven forzaron a aceptar que la mujer tiene un carisma que trasciende sus limitaciones, que no son pocas: un asesor de John McCain señaló hace dos años que en la cultura general de Palin había "huecos del tamaño de Alaska".  

Quizás todo tenga que ver con la naturaleza instintivamente antiintelectual del norteamericano medio. En Estados Unidos un político puede haber estudiado en Harvard y ser de la élite, pero debe presentarse como un hombre del pueblo. Para muchos el problema de Obama puede ser el color de su piel, pero hay otro pecado más grande: con sus modales de profesor y su curioso desdén por las masas, Obama parece un intelectual de alguna universidad Ivy League; de hecho lo es, pero sin la hábil cintura política de un Clinton para aparentar que no lo es. Palin, en cambio, se presenta como una mujer salida de la America profunda: alguien que cita constantemente la Biblia, está en contra del aborto y a favor del derecho de portar armas; alguien que ha sido rechazada  por la élite arrogante. Su populismo es, como dijo el biógrafo de otro populista famoso (William Jennings Bryan), "el deseo de una sociedad gobernada por y para gente ordinaria que lleva una vida virtuosa".

Palin entiende como pocos políticos cómo se pueden usar las redes sociales a su favor. En junio, un post suyo en Facebook atacó la reforma sanitaria de Obama y mencionó que habría "paneles de la muerte" para decidir quién podría seguir siendo asegurado; era una mentira, pero el daño ya estaba hecho. La base conservadora se agarró de la frase, y Palin se convirtió en una genuina líder de la oposición a la reforma. Poco después, a través de su cuenta en Twitter, se convirtió en una estrella de las frases medidas de alto impacto. Incluso sus errores ortográficos se han vuelto populares: una de sus palabras usadas en Twitter, "refudiate" (mezcla de "refutar" y "repudiar"), ha sido elegida como la palabra del año.

Telegénica, Palin es una política ideal para esta época dominada por los "reality shows" en la televisión. Su vida es un "reality show", y no extraña que tenga uno, "Sarah de Alaska". Una mujer que ha triunfado en el mundo machista de Alaska, que sale a cazar caribús y se burla de PETA (Gente por el Tratamiento Ético de los Animales), con un esposo guapo, una hija que quedó embarazada de adolescente: ¿qué más se puede pedir? 

Como dice el Michael Joseph Gross en Vanity Fair, Palin utiliza con frecuencia metáforas del cristianismo fundamentalista en sus discursos: saluda a los "guerreros de la plegaria"-gente que reza a Dios pidiendo su intervención-- y les agradece su protección, dice que "no hay coincidencias en la vida" y que si está en la lucha es por una orden del Señor, y que por eso lidera con "un corazón de sierva". Pero eso no la hace humilde: muchas veces se compara a la estrella del Norte, y dice que esa estrella va a servir de guía para los Estados Unidos; la estrella es un símbolo de Alaska -está en su bandera--, pero también es una referencia a Dios.

Todo esto ha convertido a Sarah Palin en la política del momento. Los miembros del Tea Party, los cristianos fundamentalistas, la adoran; aun así, los principales líderes del partido republicano (el gurú Karl Rove, entre ellos) desconfían de su capacidad para ganar las elecciones el 2012. El problema principal estriba en que las elecciones se ganan apelando a los moderados de centro, y Palin sólo predica para los conversos. Pese a estar en sus horas bajas, los estrategas demócratas se relamen los dedos pensando que una victoria de Palin en la nominación republicana significará inevitablemente una derrota en las presidenciales. Sin embargo, lo mejor para ellos sería no subestimarla. A todos los que lo han hecho les ha ido muy mal.

Palin, mientras tanto, ha sido indirecta cuando se le ha preguntado si será candidata el 2012. Lo único que ha dicho es que la forma de ganar a Obama -asumiendo que él sea el candidato demócrata-es creando contrastes claros. Nadie está haciendo eso mejor que ella.

(revista Qué Pasa, 17 de diciembre 2010)   

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17 de diciembre de 2010
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Libros, trenes y Umberto Eco

 

 

No entiendo el viaje sin una novela. Puedo llevar otros libros, poesía, historia, ensayo, pero la novela está pensada para los viajes. Sobre todo para los viajes en tren. Eso sí, mejor llevar música y cascos aislantes si se pretenden evitar las trascendentes conversaciones que sobre nada se hacen desde los móviles. Nadie hace caso a las recomendaciones o sugerencias de hablar fuera del vagón. Batalla perdida.

Ayer casi pierdo el tren. No tenía una novela que llevarme a mi viaje. No podía soportar la idea de más de dos horas sin ese otro viaje que te ofrece una novela.

Había terminado una emocionante e inteligente novela. No tenía mi equipaje- esa es otras historia- y viajaba desnudo sin mis libros. La novela leída, "Mamá", de Jorge Fernández Díaz, emocionante, inteligente me había dispuesto a seguir con una buena novela.

Fernández Díaz recuerda dos citas que hacen más necesaria esa búsqueda. Una del certero Oscar Wilde: "Los buenos novelistas son muchos más raros que los buenos hijos". La otra cita, de otro de los genios mayores del ingenio y el humor, Chesterton es la que me llevó a salir en búsqueda de una novela concreta por las calles de Albacete. Decía Chesterton: "Lo que me agrada del gran Novelista, que es Dios, son las molestias que se toma por sus personajes secundarios". Y recordé la empezada última novela de Umberto Eco. La más ambiciosa de sus novelas, después de "El nombre de la rosa". Una gran novela llena de humor, cultura, ironías y burlas tan libres e inteligentes como es propio del autor italiano. En su novela, "El cementerio de Praga", hay un excelente personaje central, un viejo, cascarrabias, misógino, inteligente, glotón y culto, el capitán Simonini. Un descreído rodeado de personajes secundarios por los que se toma muchas molestias literarias que le agradecemos.

Me perdonarán mis pequeñas vacaciones que se han debido a otros trabajos, otras fugas, otros refugios, pero tendremos que volver otro día a la gran novela de este escritor, tan sin Dios, tan resistente a las mentiras de la fe, a las mentiras de las religiones, como lo  es su personaje Simonini.

Hablando de la religión, de cualquiera podría ser, aunque esta vez sea de la católica:

"Repiten que su reino no es de este mundo, y ponen la mano encima de todo lo que puedan mangonear. La civilización nunca alcanzará la perfección mientras la última piedra de la última iglesia no caiga sobre el último cura y la tierra quede libre de esa gentuza"

Se reparte  estopa para todos. También para los librepensadores, ateos, judíos, musulmanes o cualquier otra muestra de sometimiento a la fe o sus carencias. Cogí el tren, compré la novela y mi viaje fue un recorrido por los mundos inteligentes de un caballero sin escrúpulos del que me hice amigo para siempre.

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17 de diciembre de 2010
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El planeta de agua

En nuestros días tenemos, al parecer, poco tiempo para los espectros, sea porque nuestra memoria es frágil, o sea porque nos creamos cabalgando un presente desbocado desde el que sería peligroso mirar hacia atrás. Sin embargo, lo queramos o no, los espectros serán siempre nuestros compañeros inseparables. Shakespeare lo advirtió claramente al contarnos que no se podía llegar al fondo de las pasiones humanas sin la compañía de las presencias espectrales: Hamlet con el fantasma de su padre; Lady Hamlet, con los de sus víctimas. Mucho antes, en la Ilíada, Homero, para expresar el dolor de una amistad quebrada por la muerte, hace que Aquiles abrace en vano el espectro de su querido Patroclo, una sombra sin cuerpo llegada del Hades para ser tocada sólo con los sutiles sentidos de la memoria.

Creo que los antiguos griegos tenían, entre otras, esta ventaja sobre nosotros: no esperaban nada del más allá, al contrario de lo que nos enseñó el cristianismo, pero tampoco lo contemplaban con la indiferencia que nos exige el utilitarismo moderno. Su más allá, su Hades, era una patria de sombras que, si bien permanecían ya al margen del magma de la vida, podían ser convocadas por los vivos en forma de recuerdos, de evocaciones, de presentimientos y, por qué no, de emociones que la memoria impulsaba a renacer. Eso en definitiva eran -y son- los espectros que se aparecían en los sueños, en su versión más indómita, o en los propios pensamientos. Los muertos eran necesarios para los vivos y es posible que, en buena medida, la maravillosa imaginación incrustada en los mitos helénicos sea la consecuencia fecundísima de aquella necesidad: el Hades, el lugar de exilio de las sombras humanas, era una suerte de espejos en los que se reflejaban misteriosamente los afanes de los seres vivos.

Se me ocurrió que esto podía ser así, no leyendo a Homero o Shakespeare, sino viendo de nuevo la película de Andrei Tarkoviski Solaris. La primera vez que la vi, hace mucho tiempo, me resultó inquietante pero como detesto las películas de ciencia ficción -salvo2001 Odisea en el espacio y Blade Runner- no di demasiadas vueltas al asunto. Luego, pasados los años, cayó en mis manos el relato de Stalisnaw Lem en el que se había basado, no sin grandes problemas de adaptación, Tarkovski para su película. La narración de Lem es una pequeña obra maestra de la literatura de la espera, en la línea de Kafka o, todavía más, de Beckett. Durante años los astronautas de la estación solar Solaris acechan cualquier indicio que pueda originarse en el planeta del mismo nombre, descubierto, en la ficción, 100 años atrás. El planeta Solaris gravita alrededor de dos soles, uno rojo y otro azul, y está enteramente cubierto por un océano.

A lo largo de la espera los astronautas realizan todo tipo de experimentos para arrancar el secreto del planeta de agua con la misma fascinación con que los viejos racionalistas, reacios a aceptar las prevenciones de los iniciados, querían rasgar el velo que cubría el rostro de la diosa Isis. Solaris es sometido a radiaciones en busca de su materia íntima pero, paradójicamente, lo que acaba aflorando es de índole espiritual. Es verdad que el planeta de agua envía finalmente no sólo mensajes sino "visitantes" que conviven con los solitarios astronautas; sin embargo, estos "visitantes", como el padre de Hamlet para éste o como Patroclo para Aquiles, son conglomerados de recuerdos, culpas o pasiones aparentemente desvanecidas. Son espectros.

Al contemplar por segunda vez la película de Tarkovski me di cuenta de que es precisamente el territorio de las pasiones espectrales el que más interesa al cineasta ruso, quien reconstruye una delicada historia de amor entre el protagonista, Chris Kelvin, y su mujer, Harey, muerta, suicidada, una década antes. Es una extraña historia de amor, de las más singulares que haya ofrecido el cine. Si Hamlet recibe la visita de su padre en las almenas del castillo danés como recordatorio de una venganza incumplida, y Aquiles la de Patroclo en los campos troyanos como testimonio de una amistad que desafía a la muerte, Harey resucita para Kelvin con el propósito de sellar un amor inmortal aunque, desde luego, no inocente pues arrastra tras de sí tanto la dicha como la desdicha. Y así el planeta del agua, Solaris, obsesionantemente espiado durante años por los habitantes de la nave espacial, acaba teniendo una naturaleza sorprendente y turbadora: es algo así como el amplificador de la conciencia humana, que devuelve como vivo lo que erróneamente se considera desaparecido para siempre.

Ésa -no dar miedo, como en las malas películas- es la función de los espectros. Son los mediadores entre la muerte y la vida. Para sus correrías los hombres formularon los mitos y, por supuesto, también el arte que, en última instancia, tiene la misma misión que el planeta de agua: hacer soportable la espera y enviar inesperados huéspedes de vez en cuando.

Es cierto que todo esto se ve más claro en una fecha tan señalada como la del Día de Difuntos. Me acuerdo de que una vez, de niño, le pregunté a mi tía abuela, quien quería que la acompañara al cementerio, para qué servían los muertos, una pregunta, por otro lado, muy propia de nuestro presente. La mujer, fuera porque era medio sorda, fuera porque era realmente hermética, tenía fama de dar respuestas crípticas, algo así como una heredera de la pitonisa de Delfos. Contestó, más o menos: los muertos sirven para que los vivos vivan. Supongo que entonces me sonó a galimatías. ¡Pero tenía razón!

El País, 14/11/2010

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17 de diciembre de 2010
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