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La bombilla

Por 23 de diciembre de 2009 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Vicente Verdú

Que la luz  eléctrica provenga de la bombilla requiere que su interior sea un vacío o se la haya dotado de un gas inerte. Es decir, la luz proviene de una incandescencia que pasa por la muerte real del filamento.

Y no sin consecuencias. El 90% de la energía de esa incandescencia se gasta en calor y sólo un diez por ciento en luz. La luz requiere, por lo tanto, una abnegación casi absoluta del efecto que Edison procuró con su invención. Una invención muy discutida por otros investigadores y que, al cabo, Edison se apropió en buena medida porque su mismo nombre se aviene perfectamente con la acción de expansión y condensación que se produce en el seno de su ampolla-

Edison evoca la callada tensión que tiene lugar en el interior de ese pequeño ámbito que en la casa opera, efectivamente, como el depósito de una proyección de luz. Luz proveniente de una cápsula habitada por un  extraordinario estrés interno.

 La casa se ilumina, en apariencia, como sin tal cosa. Basta pulsar el interruptor para obtener iluminación pero una sucesión de tensiones dentro de la jaula de cristal son necesarias para ofrecer su  ración de claridad. La tensión más intensa del hogar se cumple  en esta suerte de maniobra por la cual la luz se ordeña desde el vientre del calor, dentro de la íntima ampolla de cristal, expuesta a la vista, pero no obstante velada a la comprensión del usuario.

 El usuario conecta y desconecta el interruptor  con la mayor indiferencia  respecto a la reacción que desencadena. Dentro de la bombilla, entretanto, se compulsa  un éxtasis extremo gracias al cual se obtiene luz y mediante cuya acción el filamento de tuststegno sacrifica su existencia misma, su familia de tutgstenos, en aras de procurar claridad. Ser trata en fin de una  esencial metáfora de la inmolación de Cristo, el cuerpo que se sacrifica en la altura de una cruz o en  el interior atmosférico de la bombilla de donde nacerá la luz.

 Tomamos la bombilla como un objeto utilitario más pero es in cuestionable que para cualquiera que acoge en sus manos la bombilla, por su fragilidad y pos su morfología embarazada, lleva un especial cuidado para no dañarla y, con ello, cometer un crimen de cuya trascendencia sería imposible alcanzar el perdón.

La bombilla está a nuestro cargo como una unidad de una tribu de pequeños niños subordinados. Pequeños indígenas industriales  a quienes se explota su extremosa necesidad.

La lámpara llega hasta la incandescencia como los niños son coaccionados hasta el límite sus fuerzas productivas.  A esa clase de amos de los niños explotados, tensados al máximo, pertenecemos nosotros. Una bombilla se funde cuando en su exorbitada entrega de luz ya no puede dar más. La bombilla se funde del mismo modo que nosotros trabajadores  hemos quedado fundidos por el deber empresarial.

En el colmo de la incandescencia sobreviene la quiebra de las fuerzas, el desplome o desfilamiento de la resistencia, el final de toda posibilidad de dar más de sí. Este es en definitiva el comportamiento esclavo de la bombilla aislada: se funde cuando honestamente no pueden entregar más de sí. O dicho de otra manera, cada fundido de una bombilla conlleva la especie de una presión inhumana, más allá de la vida civil.

La luz diurna, la luz natural, es una fase propia de la respiración natural, la fase diurna del día. El efecto de una cadencia pulmonar sana. Sin  embargo,  la luz eléctrica representa el efecto de una destilación incandescente lograda por sobreexcitación del wolframio o del tugsteno  hechos filamento, torturados  y flotando sumisamente en el amargo mar de un gas, Un gas, normalmente el kripton cuya sola mención lleva a sentir que esos filamentos seleccionados para dar su luz han caído presas de un complejo guerrillero superior, amo de gases decisivos, escogidos para apresar con suficiencia al hilo que brillando mediante alcaloides, nos `procure la droga de luz.

Sin esa luz eléctrica maldita, ni la lectura de los libros, ni los bordados, los mandatos de la cena o los perfiles de la belleza  serían igual. Tampoco la lascivia de los cuerpos ni la calidad del mobiliario, las cretonas, las alfombras o los artesonados. La luz eléctrica procura además de su luz  sus sombras propias, para la pintura, la máscara, la demostración o la cosmética. Hay un mundo al margen de las bombillas y un mundo de bombillas, de lentejuelas y de fiestas particulares propulsadas por la incandescencia y no por la combustión, Un mundo basado en el efecto productivo de la represión sobre los filamentos hasta el grado de fundir su ser propio en beneficio de la creencia Una ecuación, en suma, que se opone al hedonismo de las hogueras donde las pasiones que nos queman son la luminaria central. La luz directa de las pasiones encendidas o apagadas, la comunicación directa de la emoción sin represión.

La bombilla es así en la burguesía del autocontrol, la virginidad y el ahorro del gasto, una metáfora de la contención hasta el límite, mientras la antorcha o la hoguera es el tropo de la entrega pasional hasta su extinción. Del primer caso se deduce el intento -siempre ambiguo- entre la donación y la negación, de cuya dialéctica, entre la virtud y el vicio, la luz emerge. En el segundo supuesto,  la antorcha como signo y su  linealidad como ofrenda absoluta, sin méritos de incandescencia, se patentiza no su  sacrificio sino la orgía de su consumación.

Nunca la bombilla llega a conocer esta forma de amor. No ilumina  debido a su gozo sino a  su pesar. Mientras la antorcha, la hoguera se realiza en la orgiástica consagración de su muerte, una bombilla perece en su previsible catafalco. Su muerte es la extenuación final de su resistencia funcional, el límite de todo lo que pudo resistir antes de su dimisión. Aparentemente no ha pasado nada en su mundo exterior, todo sucede en su hogar interior. El alma de la bombilla es el alma que comunica así con nuestra alma en permanente tensión común. No hay fiesta franca en el padecer de las bombillas porque mientras ellas sufren la fatalidad de su fundición representamos el ordinario simulacro de una alegría sin mayores consecuencias.

 Efectivamente solo un espíritu religioso el que caracterizó a finales del sigñlo XIX pudo engendrar una lámpara práctica y viable, una lámpara  reprimida y con positiva vocación de muerte, una lámpara viático que , a pesar de nuestros actuales esfuerzos de indiferencia, habita nuestros hogares con un aura religiosa y su lumínico mensaje de represión.

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Vicente Verdú

Vicente Verdú, nació en Elche en 1942 y murió en Madrid en 2018. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y fue miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribía regularmente en el El País, diario en el que ocupó los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003), Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005), No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009). Sus libros más reciente son Enseres domésticos (Anagrama, 2014) y Apocalipsis Now (Península, 2012).En sus últimos años se dedicó a la poesía y a la pintura.

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