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El dolor de cabeza

Por 3 de febrero de 2010 Sin comentarios

Vicente Verdú

Dependiendo de las jaquecas que sufre el padre o la madre, especialmente, los hogares podrían dividirse en dos. Aquellos que conocen y practican el ritual funerario que desencadena la migraña y los que no viven esta clase de jornadas sacrosantas en las que el suplicio, siempre invisible, evoca los días de la pasión de algún personaje de elevada relevancia.

El dolor de cabeza representa, por su localización por su incomunicabilidad y por sus extrañas causas, el dolor humano de mayor indocilidad y empaque. De hecho parece que ese dolor de antemano escoge  a personas  delicadas y de una inteligencia peculiar. No duele quizás la inteligencia misma  pero ¿quién puede dudar que esa materia debe intervenir de algún modo en la diagnosis? A mayor profundidad o incertidumbre de la inteligencia conflictiva, mayor profundidad y enrarecimiento del dolor. A mayor extensión craneal del pensamiento mayor propensión a sufrir la ansiedad de su advenimiento.  Pero también, será cooperadora una especial  delicadeza del espíritu, junto a una sutileza neuronal originaria, obviamente frágil, para justificar su aterrizaje.

 No en cualquier espacio, no en cualquier clase del  solar,  toma cuerpo o se empadrona el dolor de cabeza. Tampoco se conocen casos egregios de que esa clase de malestar se deposite sobre los más tontos o demasiado ignorantes.

Todo dolor de cabeza y tanto cuanto más fuerte y regular es, impulsa el progreso intelectual de la historia. Es parte central de la cultura/culta y ¿quién podría negar que la más venerada de todas ellas, la cultura de los mártires, los locos, los prisioneros de un mal que ningún especialista sana?

Efectivamente, casi todas las dolencias crónicas procuran  mucho carácter y se acogen, socialmente, como un extraño galardón en la existencia del paciente. Puede pasarse por este mundo sin padecer un dolor crónico y de hecho la medicina se esfuerza para que incluso, en el filo de la muerte, no duela nada pero este confort es también una manera de borrar importantes argumentos,  referidos tanto a la cosmología del dolor puro como de sus afluentes. Quien siente dolor mira más lejos y desde mayor profundidad de acuerdo con el dictamen romántico que aún persiste en nosotros.

 A quien le duele de forma crónica una parte del cuerpo soporta una forma de estigma cuya singularidad lo distingue del montón acaso indoloro o sin marca. Lo lacerante, lo incurable, lo insufrible concede un aura asociable a  la dorada penitencia que cualquier mesías experimentó para cumplir la magnitud de su empeño.

Entre todos esos estigmas la jaqueca es topológica y simbólicamente el dolor perfecto para creerse más. Es un dolor que no mata, sólo invalida para mostrarse como un cuerpo donde estalla la cabeza. Pero no destruye, realmente, sólo irradia hacia sí siendo únicamente el que es en su exasperación máxima. Con su dominio  no desea extraer provecho alguno, ni dañar siquiera el funcionamiento siguiente.

Se conforma con estar a la manera en que lo hacen los seres superiores cuando se revelan luminosamente. Consternan al receptor y esa consternación es el absoluto de su meta.

En los hogares donde llega con regularidad  el dolor de cabeza se preparan de antemano los analgésicos, el grado de luz, los hielos o la colonia en las sienes para cumplir con detalle el tratamiento. Se recibe el dolor y el hogar se dispone para prestarle un acomodo confortable y acaso lenitivo. Este dolor llega y se va hasta el próximo día, es un dolor que desaparece y regresa al domicilio del cuerpo. Al hogar que ese cuerpo propenso representa y donde se hospeda  como en una fonda que califica y marca. Así, como el Mal del mundo, este dolor transmigra pero a diferencia del mal universal, inhumano, arbitrario y delictivo, el dolor de cabeza enumera a sus pupilos, vigila sus pasos y decide el momento crucial para asestar su golpe de tormento y de  prestigio. 

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Vicente Verdú

Vicente Verdú, nació en Elche en 1942 y murió en Madrid en 2018. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y fue miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribía regularmente en el El País, diario en el que ocupó los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003), Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005), No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009). Sus libros más reciente son Enseres domésticos (Anagrama, 2014) y Apocalipsis Now (Península, 2012).En sus últimos años se dedicó a la poesía y a la pintura.

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