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La universidad al pantano

Por 26 de noviembre de 2014 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Sergio Ramírez

            Nicaragua no es un país donde abunden los científicos. Uno de los pocos es el doctor Salvador Montenegro Guillén,  ecólogo y limnólogo, especialista en gestión integrada de cuencas, graduado en Nueva York, y hasta hace unos días director del Centro para la Investigación en Recursos Acuáticos (CIRA) de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, centro fundado en 1980 gracias a su iniciativa.

 Su pasión ha sido siempre la protección de la cuenca hídrica del Gran Lago de Nicaragua, de casi diez mil kilómetros de extensión, permanentemente amenazado en su sobrevivencia como fuente privilegiada de agua potable y de vida natural, y ahora más por el anunciado proyecto de someterlo a dragado para hacerlo parte de la ruta del Gran Canal chino, lo que significaría, según los razonamientos científicos del doctor Montenegro, una verdadera catástrofe ambiental que convertiría al lago en un pantano inservible.

            Desde que se anunció el proyecto del canal, su voz se alzó en defensa de la integridad del Gran Lago, de manera mesurada pero firme, explicando al país sus razonamientos.  Y empezó organizando reuniones en la universidad para debatir el tema; pero muy pronto lo pararon en seco. 

            En una carta fechada el 13 de julio de 2013, un mes después de la firma del tratado en el que se entrega al empresario chino Wang Jing la concesión por cien años para construir y operar el canal, el rector de la universidad ordenó a los decanos "no atender cualquier solicitud de locales, equipos o predios ubicados en los territorios de la universidad para realizar foros, simposios, charlas, conferencias, videos alusivos al tema (del Canal Interoceánico), pues su propósito fundamental es cuestionar o descalificar el proyecto, comprometiendo el nombre de la UNAN-Managua".

            Las facultades y escuelas de las universidades estatales son controladas hoy en día en Nicaragua por comisarios políticos del partido de gobierno, que responden a la voluntad de la pareja presidencial.  Pueden ser un profesor, un dirigente estudiantil, y hasta un empleado administrativo, según haya sido escogido; a veces, es el propio rector, o un decano. La autonomía universitaria sólo existe de nombre, y ha quedado en nada la libertad de cátedra, aún en temas científicos, como puede verse en este caso, ya no se diga en los temas políticos; y nadie que disienta del poder de la pareja, o lo adverse, puede alzar su voz dentro de los recintos universitarios, ni siquiera para hablar de literatura.

            Como no lograron callar al doctor Montenegro, quien siguió expresando sus opiniones en entrevistas y artículos de prensa, el siguiente paso fue destituirlo de su cargo académico de director del CIRA, y para eso se aprovechó la elección periódica, en la que él era candidato. Los votantes recibieron repetidas visitas y llamadas de enviados de los comisarios para presionarlos, hasta que lograron la mayoría de un voto y eligieron a un director fiel al partido. De ahora en adelante, el CIRA, sin duda, presentará el dragado del Gran Lago como una obra de efectos ecológicos más que benéficos, y el canal pasará a ser una panacea. La propaganda oficial habrá sustituido a la ciencia.

            Cuando la autonomía universitaria fue conquistada en el año de 1958, no se trató de un mero acto administrativo. El doctor Mariano Fiallos, el mayor de los pensadores humanistas de Nicaragua, fue el primer rector del período autónomo, y su credo libertario guio desde entonces a la universidad; el lema que concibió fue nada menos que "a la libertad por la universidad".

            Quienes fuimos entonces sus discípulos, aprendimos que la universidad era necesariamente un espacio del pensamiento crítico y del debate de las ideas; que en la universidad debía combatirse toda clase de ortodoxia y oscurantismo, para hacer de ella una verdadera escuela en contra del pensamiento único.

            Hoy, todas esas ideas fundacionales, sin las cuales no puede existir una universidad moderna, serán echadas al pantano inservible que será el Gran Lago de Nicaragua si el sueño maléfico del canal llega a hacerse verdadero. Al pantano, junto con el resto del país.

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Sergio Ramírez

Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942). Premio Cervantes 2017, forma parte de la generación de escritores latinoamericanos que surgió después del boom. Tras un largo exilio voluntario en Costa Rica y Alemania, abandonó por un tiempo su carrera literaria para incorporarse a la revolución sandinista que derrocó a la dictadura del último Somoza. Ganador del Premio Alfaguara de novela 1998 con Margarita, está linda la mar, galardonada también con el Premio Latinoamericano de novela José María Arguedas, es además autor de las novelas Un baile de máscaras (1995, Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera traducida en Francia), Castigo divino (1988; Premio Dashiell Hammett), Sombras nada más (2002), Mil y una muertes (2005), La fugitiva (2011), Flores oscuras (2013), Sara (2015) y la trilogía protagonizada por el inspector Dolores Morales, formada por El cielo llora por mí (2008), Ya nadie llora por mí (2017) y Tongolele no sabía bailar (2021). Entre sus obras figuran también los volúmenes de cuentos Catalina y Catalina (2001), El reino animal (2007) y Flores oscuras (2013); el ensayo sobre la creación literaria Mentiras verdaderas (2001), y sus memorias de la revolución, Adiós muchachos (1999). Además de los citados, en 2011 recibió en Chile el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso por el conjunto de su obra literaria, y en 2014 el Premio Internacional Carlos Fuentes.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com

y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez

Foto Copyright: Daniel Mordzinski

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