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Espera y conciencia del tiempo

Por 30 de noviembre de 2009 Sin comentarios
Revista Claves (marzo-abril 2020)

Rafael Argullol

Rafael Argullol: En nuestro momento también nos movemos en esa especie de doble dirección. A veces nos parece que esperar es muy bueno y a veces no.

Delfín Agudelo: Pienso en la esencia misma de la esperanza o la espera como un elemento inherente al hombre mismo. En términos prometeicos pienso en Frankenstein o el moderno Prometeo, que tiene esta dimensión un tanto profética sobre lo que será el devenir científico. Es casi como si la esperanza implicara un pesimista destino irreprimible del cual nunca podrá deshacerse. Si pensamos en el doctor Frankenstein, con esa increíble facultad visionaria de muchas de las cuestiones que se nos plantean en la actualidad- los clones, la creación de la vida, una gigantesca sobreproducción humana con fines determinados-, contemplaríamos ese destino ineludible, ya que su avance estará vinculado a la desgracia.

R.A.: Creo que el hombre es fundamentalmente un animal que tiene conciencia del tiempo, y evidentemente por tanto de la muerte, pero sobre todo del tiempo. Y como tal ese animal que ha llegado a una conciencia del tiempo más o menos refinada tiene dos enormes preocupaciones: el tiempo como pasado y el tiempo como futuro. La primera preocupación se refleja en la gran meditación humana alrededor de la memoria y del recuerdo, tanto individual como colectivamente: el recuerdo de la memoria de nuestro pasado o infancia, el recuerdo de la memoria del pasado colectivo, a lo que llamamos Historia, el recuerdo y la memoria de los antepasados que ha generado ritos funerarios; en definitiva, esa relación entre el presente y el pasado que ha marcado el nacimiento y desarrollo del arte. Por eso era oportuno entre los antiguos griegos que la memoria, Mnemósine, fuera la patrona de las artes y de las musas.

Ahora, por otro lado, el hombre ha tenido la otra dimensión de preocupación: la relación entre le presente y el futuro, y es ahí donde ya no solo entra la meditación sino la acción, y la acción quiere decir el intento humano de reducir al máximo los territorios de la incertidumbre, porque el futuro se ve siempre como una incertidumbre radical, y en la medida en que nosotros nos ilusionamos con la idea de poner coto a esa incertidumbre, en esa misma medida el hombre ha creído que sería más feliz. En cierto modo toda la evolución de lo prometeico va en esa relación. Prometeo ya quiere decir "el que prevé", el que intenta de cierto modo reducir el riesgo del futuro. Predecir, prever: eso lo encontramos en todas las grandes opciones prometeicas modernas, empezando por la obra literaria a la que has aludido y que ha reformulado el mito de Prometeo en el mundo moderno que es el Frankenstein. Allí el mito de la técnica y el mito del conocimiento científico es trasladado a un intento de reducir al máximo esa incertidumbre. De hecho, si el hombre fuera capaz de crear absolutamente vida, es decir, de recrearse absolutamente él mismo, en teoría anularía prácticamente lo que son las incertidumbres del futuro y llegaría a una situación de dominio sobre su propia existencia y sobre lo que hemos llamado destino.

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Rafael Argullol

Rafael Argullol Murgadas (Barcelona, 1949), narrador, poeta y ensayista, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Es autor de treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el Valle de la Muerte, El afilador de cuchillos), novela (Lampedusa, El asalto del cielo, Desciende, río invisible, La razón del mal, Transeuropa, Davalú o el dolor) y ensayo (La atracción del abismo, El Héroe y el Único, El fin del mundo como obra de arte, Aventura: Una filosofía nómada, Manifiesto contra la servidumbre). Como escritura transversal más allá de los géneros literarios ha publicado: Cazador de instantes, El puente del fuego, Enciclopedia del crepúsculo, Breviario de la aurora, Visión desde el fondo del mar. Recientemente, ha publicado Moisès Broggi, cirurgià, l'any 104 de la seva vida (2013) y Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (2013). Ha estudiado Filosofía, Economía y Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona. Estudió también en la Universidad de Roma, en el Warburg Institute de Londres y en la Universidad Libre de Berlín, doctorándose en Filosofía (1979) en su ciudad natal. Fue profesor visitante en la Universidad de Berkeley. Ha impartido docencia en universidades europeas y americanas y ha dado conferencias en ciudades de Europa, América y Asia. Colaborador habitual de diarios y revistas, ha vinculado con frecuencia su faceta de viajero y su estética literaria. Ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Ha ganado el Premio Nadal con su novela La razón del mal (1993), el Premio Ensayo de Fondo de Cultura Económica con Una educación sensorial (2002), y los premios Cálamo (2010), Ciudad de Barcelona (2010) con Visión desde el fondo del mar y el Observatorio Achtall de Ensayo en 2015. Acantilado ha emprendido la publicación de toda su obra.

 

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