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Vista a la derecha

Por 17 de abril de 2014 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Lluís Bassets

No todo son intereses. El suministro y el precio del gas cuentan. También las inversiones de los magnates en la City, los clubes de fútbol o la Costa del Sol. Pesan las balanzas comerciales entre el tercer socio comercial de la UE que es Rusia y el primero de Rusia que es la UE. Y no hablemos de diplomacia, porque entonces se diría que estamos encadenados: para el control del programa nuclear de Irán, el desmantelamiento del arsenal químico de Siria y, todavía más, terminar la guerra entre El Asad y la fragmentada oposición armada, e incluso imaginar algún paso adelante en la bloqueada relación entre Israel y Palestina. Todo este entramado constituye la red de interdependencias que blindan a Putin cuando avanza sus peones y alfiles en el tablero de Ucrania. Pero luego están las ideas y los valores, que también pesan a la hora de buscar sintonías más o menos explícitas en las capitales occidentales.
Es probable que el esquema de la guerra fría no sirva para describir con precisión la nueva tensión Este-Oeste que tiene como escenario a Europa, pero el Kremlin, ahora como en los viejos tiempos, busca complicidades en la oposición a los partidos que gobiernan, con la particularidad de que si entonces las encontraba en la izquierda ahora empieza a encontrarlas, sobre todo, en la derecha. Y tiene toda su lógica: pocos políticos contemporáneos defienden con mayor ímpetu como Vladimir Putin los valores tradicionales, la discriminación contra los homosexuales, las raíces cristianas de la civilización europea o el nacionalismo etnolingüístico frente al multiculturalismo, el multilateralismo y la integración europea.
Las ideas de Putin encuentran simpatía en las nuevas extremas derechas europeas, desde el UKIP británico hasta la Liga Norte, desde Marine Le Pen hasta Alternativa para Alemania. Son también evidentes en la Hungría de Viktor Orbán, que controla estrechamente los medios de comunicación, concede la ciudadanía a las minorías húngaras de los países vecinos y afianza su control autoritario al estilo de la democracia soberana rusa; y esto sucede tanto en el partido de gobierno Fidesz como todavía más en el extremista y antisemita Jobbik. Solo en los países donde hay un contencioso abierto con Moscú, como Rumanía a propósito de Moldavia y Letonia sobre la minoría rusófona o, claro está, en Ucrania, las extremas derechas son antirusas.
En toda Europa, Moscú intenta atraer a la ultraderecha e influir incluso en el Parlamento Europeo que salga de las elecciones del 25 de mayo. El historiador alemán Heinrich August Winckler, en un ensayo titulado Las huellas dan miedo, que acaba de publicar el semanario Der Spiegel, ha señalado que los alemanes más comprensivos con Putin pertenecen a una genealogía que se remonta a la casta intelectual, militar y política de la República de Weimar y al ideario nacionalsocialista. Si esto es otra guerra fría, las extremas derechas de ahora ocupan el mismo lugar que los partidos comunistas prosoviéticos durante la guerra fría auténtica.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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