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Sobre las ruinas del siglo pasado

Por 24 de octubre de 2007 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

La ideología que se apoya solo en sentimientos se convierte en religión política, vieja condena española

Quienes hacia 1970 teníamos una fe berroqueña en la revolución comunista no hacíamos otra cosa que seguir a nuestros padres y abuelos en la vieja tradición española de sustituir la decepción religiosa por una ideología política asumida como fe teológica. En aquellos años, sitiados por la unanimidad franquista y el entramado de intereses que mantenía vivo a un régimen canallesco, ni siquiera nos planteábamos qué posibilidades reales, qué sacrificios, qué sufrimientos podía traer consigo la imposición de nuestra fe. Jamás consideramos el elevado riesgo de que emergiera un terror superior al de Franco. Solo importaba que el comunismo triunfara lo antes posible. Cuando alguien sensato nos acorralaba, acabábamos por gritar: "Primero hay que hacer la revolución, luego ya se verá".
No de otro modo se comportan quienes dicen luchar por la independencia de esta o aquella región española. Su deseo de una escisión blanca, como la de Chequia y Eslovaquia, oculta la peculiaridad de cada caso y evita nombrar a Serbia y Croacia, para cuya escisión fue necesaria un matanza. Ahora tienen puestos los ojos en Bélgica, por si hay un milagro. Una fe típicamente hispánica en la explosiva felicidad que invadirá a la población escindida permite escamotear las dudas sobre el día siguiente. Nadie sabe cuál será la suerte de la mitad de los vascos y los dos tercios de catalanes que se sienten "igualmente españoles". Ni si las nuevas fronteras exigirán pasaportes y acuñación de sellos. O qué pasará con las relaciones de los nuevos nacionales en el resto de España y viceversa. La respuesta es: ya se verá.

¿Tan pacífico imaginan el proceso? ¿Tan súbita la admisión en la UE? ¿Cruzar el Ebro será como pasar de Alemania a Austria? No creo que estas preguntas tengan respuesta. Aun estando persuadido de que hay militantes redactando informes optimistas sobre tales asuntos, todo es humo. Lo que suceda en un proceso semejante (la escisión de dos poblaciones unidas desde hace cuatro siglos) es imprevisible. Los buenos propósitos son arrasados por la energía de la escisión, por su fuerza caótica. Nadie sabe si nos encontraremos en Eslovaquia o en Chechenia, ni puede saberlo. Tengo la seguridad de que por lo menos una de las partes, la que llaman España, no iba a facilitar las cosas, entre otros motivos porque la mitad de la población vasca y dos tercios de la catalana no quieren dejar de ser españolas. Ni a tiros, según se ha comprobado.

Alguien habrá entre los separatistas y soberanistas que haya cavilado sobre esto -no están tan locos-. Sin embargo, también creo que las cautelas prácticas no les arredran. Tanto a ellos, como a nosotros cuando éramos comunistas, no les incumbe lo que venga después: primero la independencia, luego ya veremos. Para muchos ciudadanos, ese "ya veremos" es fácil de prever si la fuerza dominante del día siguiente es el PNV y su brazo chulesco, o ERC con Laporta de líder. Da escalofríos. Pero no hay remedio. La ideología que se apoya tan solo en sentimientos se convierte en religión política, vieja condena española. Sus dirigentes no sirven a la ciudadanía: son cruzados que sirven a una causa. El cálculo de víctimas, sufrimientos, destrozos irreparables, ruina probable o dolor inútil queda para los tibios, los que "tienen michelines", como dijo con colosal zafiedad un caudillo vasco. Primero, la revolución; luego ya veremos.

En un espléndido estudio, Pasado imperfecto (Taurus), Tony Judt ha analizado el envilecimiento moral de los intelectuales franceses durante los años 1944 y 1956, cuando fueron incapaces de atacar las atrocidades de Stalin y distanciarse del Partido Comunista. Para aquellos acomodados burgueses, los asesinatos debían entenderse en su contexto histórico y dentro de la heroica lucha de los rusos por imponer una sociedad más justa. Argumento compartido por la cúpula del PNV y buena parte del soberanismo catalán cuando se aplica al nacionalismo totalitario vasco. Las figuras francesas tardaron más de una década en reconocer que el comunismo ruso era una satrapía criminal dominada por un reducido grupo de explotadores. Y tardaron tanto porque, si lo hubieran reconocido, se habrían quedado sin religión. Aceptar el fracaso bolchevique significaba renunciar a la fe en que la historia tiene sentido y se la puede tutelar hacia el progreso. Sin esa fe, aquellos hijos de Hegel pasado por Kojève no podían soportar su confortable existencia. Para soportarla, debían morir varios millones más.

No de otro modo, si los independentistas tuvieran que calcular los posibles sufrimientos de una independencia vasca o catalana, podrían ver su fe amenazada. ¿Y qué demonios puede hacer en este mundo un nacionalista sin fe? El dolor y la angustia que provoca la crisis religiosa en los adolescentes es casi insoportable para un adulto. Por esta razón es agotador dialogar o argumentar con ellos: en cuanto ven amenazada su fe reaccionan negando la evidencia.

¿Cómo acabará este nuevo capítulo de la mística hispana? Pues o bien en el caos imprevisible de una ruptura unilateral, o bien en el tedio que toda religión acaba produciendo en los creyentes cuando se hace evidente la esterilidad de sus quimeras. Es lento: los secesionistas viven mejor sin secesión. Y lo saben.

Artículo publicado en: El Periódico, 21 de octubre de 2007.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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