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Otro clásico

Por 17 de octubre de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

En junio de 1941 el ejército alemán comienza la invasión de la Unión Soviética y sus carros blindados avanzan a velocidad vertiginosa. Stalin no acepta las noticias que van llegando y como un personaje de ópera de Moussorgsky se encierra en los salones del Kremlin, no contesta llamadas y se sumerge en un estado semi catatónico.

Como un zar loco, pasan los días, vuelan los soldados alemanes, pero el sátrapa, con los ojos abiertos como platos, se acurruca en un rincón de las inmensas estancias y balbucea a solas. Los subalternos, con Beria a la cabeza, no se atreven a informarle de que en Kiev han perdido medio millón de hombres.

En octubre los alemanes están a ciento veinte kilómetros de Moscú y en la capital cunde el pánico. El 14 de octubre se dio aviso a las embajadas para que abandonaran la ciudad, ante la inminencia de la invasión. No obstante, esa estación moscovita, entre el otoño y el invierno, es traicionera. A días cálidos y veraniegos pueden suceder otros de lluvias primaverales y luego una súbita congelación invernal. De hecho, eso es lo que sucede.

Los ejércitos alemanes, la 10ª Panzerdivission y la SS Das Reich que estaban preparando el asalto desde Kalinin, se habían detenido en el mismo lugar en donde Napoleón dio la batalla que él creyó decisiva, Borodino. A partir de ese momento, la historia se repite con toda exactitud. El 15 de octubre la ofensiva choca contra el general Georgi Yukov. En el sur, en Rostov, junto al mar de Azov, el mariscal Von Kleist comienza a retroceder. Es que ya ha comenzado su trabajo el General Invierno.

A los días de deshielo siguieron otros de intensa lluvia que provocaba barrizales espesos y profundos en los que los tanques quedaban presos. A continuación se serenaba el cielo y caía como una plaga la congelación. Para cuando comenzó diciembre, los alemanes tenían que encender hogueras bajo los tanques para poder arrancar los motores. En ese momento ya habían perdido la guerra. Era la repetición casi exacta de la derrota de la Grande Armée.

La confianza en el poder aplastante de la técnica, una vez más, había contribuido al desastre estratégico. Lillian Hellman, que trabajaba por entonces de corresponsal en el lado soviético, cuenta que un general la llevó en jeep hasta una de las llanuras donde había tenido lugar la batalla decisiva. El campo estaba cubierto de cadáveres congelados. “¿Qué ve usted?”, le preguntó el general. “Veo alemanes muertos”. “No, no. Fíjese bien”, insistió el ruso. Y como ella no adivinara, el general, con gesto impaciente, estiró de una de las perneras de un cadáver, un trozo de tela rígida como cartón. “¿No lo entiende? ¡Es el uniforme de verano!”. La confianza de Hitler en una victoria relámpago había acabado con su ejército.

De esta campaña no hay mejor narración que la de David Grossman, el insoslayable novelista de Vida y Destino, en los cuadernos de notas recogidos por Antony Beevor (Un escritor en guerra, Editorial Crítica). Él estaba allí, en primera línea. Durante la retirada y ante el silencio del Kremlin, incapaz de aceptar lo que estaba pasando, los periódicos decían cosas singulares. Grossman pone dos ejemplos:

“Cuando comenzaron las llamadas telefónicas desde la frontera a los cuarteles generales informando de que había comenzado la guerra, algunos de ellos recibieron la siguiente respuesta: “No caigan en provocaciones””.

Y cuando ya no podían ocultar más tiempo lo que estaba sucediendo, este espléndido titular: “El enemigo, muy dañado, prosiguió su cobarde avance”.

Parece prensa española actual.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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