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Licencia para matar (lentamente)

Por 24 de diciembre de 2007 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Espero que no tarde en traducirse el ensayo de Allan M. Brandt dedicado al mayor asesino en serie que ha conocido occidente. En su The Cigarette Century ("El siglo del cigarrillo") narra la escalofriante historia de una matanza sin duda industrial. /upload/fotos/blogs_entradas/cigarettecentury.jpgLo más asombroso no es la docilidad con la que los fumadores se han dejado asesinar, sino cómo fueron seducidos mediante perversas campañas publicitarias.

Fumar cigarrillos, contra lo que puede parecer, no era un hábito masivo a comienzos del siglo XX; fue la Primera Guerra Mundial lo que disparó su consumo al asociar el cigarrillo con la figura romántica del soldado hundido en su trinchera, mirando las estrellas con un pitillo entre los dedos. A la masculinidad, que duraría hasta los vaqueros de Marlboro, se unió muy pronto la hembra sexualmente accesible. Durante la posguerra, Hollywood asoció tercamente el contacto sexual con cigarrillos cuyo humo sellaba el coito.

En 1953 aparecieron los primeros datos científicos sobre el cáncer de pulmón entre fumadores. Las compañías contraatacaron con estudios escritos por prestigiosos mercenarios. En 1962 el informe del comité dirigido por Luther Ferry dio pruebas inequívocas, no sólo de la relación del tabaco con el cáncer, sino de los millones de víctimas que ya había causado. Comenzaron entonces las batallas legales en las que la industria se impuso comprando médicos, abogados, jueces y congresistas. En 1988 fue un estudio gubernamental el que demostró la relación del cigarrillo con millones de muertes y el uso consciente de adictivos para enganchar al cliente por parte de las tabaqueras.

La batalla continúa, pero el público culto de los países ricos ya no se lleva a engaño y las ventas han caído. En consecuencia, las tabaqueras disparan ahora su publicidad hacia los niños y los países del tercer mundo. Tratan de matar a los más débiles e ignorantes.

Lo chocante de este asunto es la indefensión de los ciudadanos ante la publicidad. Si han sido capaces de vendernos nuestro suicidio, ¿qué no podrán vendernos? Por cierto: yo fumo.

Artículo publicado en El Periódico, 22 de diciembre de 2007.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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