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La pescadilla de Darwin

Por 27 de abril de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Los reportajes filmados tienen un mayor impacto que los escritos y sin embargo son más fácilmente engañosos. La selección de las imágenes sortea el razonamiento, incluso cuando se disimula con una voz en off. Al final uno se pegunta qué es exactamente lo que quieren de mi, qué me están vendiendo.

Creo muy ilustrativo el caso de Darwin’s Nightmare, documental muy encomiado que ha recibido toda suerte de premios y sobre el que pesa más de una sospecha.

Su autor, Hubert Sauper, pretende ilustrar un proceso de empobrecimiento paradójico. Los pasos son los siguientes. Primero se introduce la perca del Nilo en el lago Victoria: es un predador que en pocos meses destruye la totalidad de la fauna de aquel inmenso mar interior. Segundo, la perca proporciona hasta cincuenta toneladas diarias de carne de pescado que congela una empresa dirigida por técnicos indios o pakistaníes (no se aclara). Tercero, los habitantes de aquella zona pesquera de Tanzania no pueden pagar el alto precio del pescado por lo que se ven obligados a alimentarse de las espinas y carcasas (las cuales aparecen en la película cubiertas de gusanos). Cuarto, las aeronaves que transportan el pescado congelado llegan cargadas de armas para las guerras mafiosas de la zona. Sus tripulantes son rusos (en realidad, ucranianos).

El planteamiento es impecable. Ecología: la introducción de especies no autóctonas produce una hecatombe. Colonialismo: los indios dirigen una compañía de capital europeo que empobrece a los nativos. Gangsterismo: las mafias rusas surten de armas a los bandidos locales. Sexo y crimen: las mujeres empobrecidas se dedican a la prostitución y a veces son asesinadas (por los pilotos ucranianos, según se insinúa en la película). El sida hace estragos.

Pues bien, cada uno de estos pasos me parece muy débilmente argumentado y su presencia simultánea, la acumulación de mitos populares, me lleva a sospechar que el documental exagera hechos empíricos con fines comerciales a la manera del fraudulento Michael Moore.

Si ha desaparecido toda la fauna del lago Victoria, ¿por qué el problema es específico de este pueblo de Tanzania? ¿Por qué no aparecen otros puertos pesqueros que compartan esta desolación? Si la industria produce cincuenta toneladas diarias de pescado congelado, ¿cuántos puestos de trabajo ha producido y cuántas familias viven de ella? Si hay cientos de pobres que se alimentan de los restos, ¿no es lógico pensar que sin esos restos ya estarían muertos? La alta densidad de la prostitución y del sida, ¿no es exactamente la misma que en Johanesburgo o en Lagos?

Pero lo más sospechoso es la acusación de tráfico de armas. No hay una sola prueba. Los ucranianos no tienen ni idea de lo que traen de ida, si es que algo traen. Uno de ellos concede que “a lo mejor son armas”, pero como podría decir que pueden ser bombas atómicas. Si el tráfico tuviera la importancia que le da Sauper, ¿por qué no filmó una sola escena de descarga, por qué nunca aparece nadie para llevarse las armas, por qué no menciona un sólo jefe de bandidos que use las armas?

En efecto, ¿por qué no da un sólo nombre? ¿Qué industria europea se está beneficiando de la perca? ¿Qué capitalista local se enriquece con ella, qué ministro, qué coronel? ¿Qué presidente o primer ministro tolera el contrabando de armas? ¿Y cómo pueden los traficantes confiar esas armas a un puñado de cándidos cincuentones que permiten filmar libremente las bodegas y la cabina del avión (con fotos de los niños), así como la vida que llevan en Tanzania?

Fue una entrevista que hicieron a Sauper en el canal Arte para defenderse de las acusaciones de oportunismo y falsedad que le han llovido, lo que avivó mi escepticismo. El autor me pareció endeble, inseguro, incapaz de defender su punto de vista si no era con generalizaciones triviales. Sin duda, es alguien voluntarioso y quizás bien intencionado. Un producto estándar de la antiglobalización y lo políticamente correcto. Pero una nulidad, porque si lo que cuenta es falso, desprestigia a todo posible periodista honrado.

Aunque seguramente también es un tipo muy listo. Sabe que no hay género que guste más a los occidentales que las películas de terror en las que actúan de protagonistas. O sea, de asesinos.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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