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Esa pareja feliz

Por 5 de enero de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Algunos ingenieros se percatan de lo muy filosófico que es su oficio, frente a lo artístico del oficio de los arquitectos. La desaparición del ámbito artístico va a conseguir que ingenieros y arquitectos, que siempre anduvieron a la greña, acaben por ser la misma cosa. Sin embargo, aún no ha llegado ese momento, excepto para Norman Foster.
Desde que Novalis afirmó que tender un puente no es otra cosa que “moralizar la Naturaleza”, los grandes ingenieros construyen una ética material. Los arquitectos son más sentimentales, no buscan el respeto sino el amor. No construyen: “se expresan”.
Un ingeniero de alta graduación ética, César Lanza, publica unos ensayos (In Purezas) sobre estas cuestiones en la Fundación Esteyco, gracias a la agudeza de otro ingeniero ilustrado, Javier Rui-Wamba.
Le Corbusier decía que la arquitectura es “el juego sabio, concreto y magnífico de volúmenes agrupados bajo la luz”. Frente a él, Lanza coloca una auténtica estatua, la del ingeniero Charles de Freycinet, que fuera primer ministro de la III República francesa y para quien “toda construcción produce cuerpos, no espacios, y el volumen y demás propiedades geométricas son abstracciones a las que se llega después de excavar la materia, al despojar la realidad de su sentido físico y suplantarla por el mundo imaginario”. Una figura exacta de su tiempo, el de Julio Verne.
Le Corbu y Freycinet proponen dos puntos de vista enfrentados, aunque quizás complementarios si consideramos que ese mundo imaginario excavado en la materia también comprende el modo de habitar de los cuerpos humanos que allí se agrupan. El arquitecto tiene el privilegio de imaginar la vida de los inquilinos y dirigirlos como un domador de circo. “Este pasará por el baño cada vez que quiera ir al dormitorio; a lo mejor así se ducha. Este otro no podrá mirar por la ventana a menos de que se suba en un taburete, lo que le hará apreciar mucho más la luz del día”, y así. Cada invento de la arquitectura es una novela, la que se vive en una mansión de Palladio, en un crescent de Nash, o en las termas de Zumthor.
En cambio, las grandes obras de ingeniería, sus inventos, son tratados de ética redactados con la severa dignidad de un procónsul republicano.
Loor a los ingenieros. Amor a los arquitectos.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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