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El corazón de la bondad

Por 14 de enero de 2008 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Veinte críos de ambos sexos atacan a una mujer indefensa. La golpean, la humillan y graban su proeza con el móvil. Mientras dura la tortura, la mujer oye que lo van a colgar en Internet, que son menores y que a ver si se atreve a pegarles. Estos salvajes son racionales: saben que son intocables. Su placer sádico es el principio narcisista que mantiene unido al grupo. Entre ellos y el resto de los humanos hay un abismo. Estos menores lo ignoran, pero están actuando como terroristas a quienes protege un poder legal. Saben que buena parte del conjunto llamado "democrático" les apadrina. Saben también que la mujer está inerme, sin posibilidad de defensa, pero que un sector respetable de la sociedad "comprende" a los terroristas y a los niños feroces.

El suceso pone de manifiesto el más viejo enigma de la humanidad. ¿Somos bestias salvajes que sólo un proceso represivo convierte en humanos, como creía Hobbes? ¿O somos humanos justamente porque tenemos una moral instintiva, innata, "natural", que nos diferencia de las bestias, como creía Kant? ¿Hay que juzgar a esos salvajes y a los terroristas como animales que han racionalizado su bestialidad, los unos con el móvil, los otros con Sabino Arana? ¿O como seres humanos que aplican la moral del narcisismo fascista, la del verdugo que se cree superior a sus víctimas?

No es un debate trivial. Algunos darwinistas, como Marc Hauser, creen en una moral "instintiva" que compartimos con algunos animales. Los relativistas multiculturales creen que la moral es una fantasía variable, producto de la utilidad social y por lo tanto sin fundamento. Otros, como Rawls, se encuentran en un punto intermedio según el cual la satisfacción "natural" de actuar rectamente tiene un fundamento social, la funcionalidad del bien común.

En todo caso, los niños salvajes y los terroristas tiene en común un rasgo que comparten con lo más inmoral del mundo político y mediático: la convicción de que no deben responder de sus actos ante la sociedad. La creencia de que sólo responden ante la tribu. Y que la tribu les protege.

Artículo publicado en El Periódico, el 12 de enero de 2008.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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