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Algunos ángeles

Por 6 de octubre de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Así como los demonios que vimos el otro día son sólo una pequeña parte de los conocidos, los ángeles registrados son escasísimos, no porque sean menores en número sino por su mayor discreción. Los demonios arman bulla, hablan a gritos en los restaurantes, empujan en el metro, se saltan las colas, dan codazos, comen kilos de palomitas en el cine, en fin, su ego ocupa una enorme cantidad de espacio físico. Los ángeles, por el contrario, son ligeros, leves, intangibles, muchas veces transparentes y hablan en susurros, como los actores ingleses. Hoy veremos unos cuantos, pero, ojo, desconocemos el carácter y los trabajos de otros mil ángeles ignotos.

Armonía. Nunca se le ha visto, aunque se le oye constantemente. A su paso, las cosas suenan quedamente pues es el encargado de la música callada. Un dring en el jarrón de vidrio, por ejemplo, cuando le da el sol, o el fru-fru de las flores que contiene, son huellas de su vuelo cercano. Es muy celebrado al amanecer cuando pone en marcha los sonidos del alba. Y naturalmente se esconde a veces en un violín, a veces en un órgano de pedales, si se le persigue. No obstante, su función severa no es en absoluto ornamental: este ángel maravilloso mantiene el equilibrio entre la matemática y el mundo, de manera que nunca la una o el otro predominen y acaben con la variedad y los cambios.

Don. Es un ángel robusto, bajo de estatura y de complexión fuerte y huesuda. Es el que protege los intercambios e inclina el beneficio hacia la parte más justa. En su máximo esplendor consigue que algunas gentes se desprendan de lo que necesitan, para dárselo a alguien aún más necesitado. La última intervención de Don divulgada por la prensa fue cuando un marroquí se arrojó a la vía del metro para salvar de la muerte a una muchacha. La salvó, pero dejó allí una pierna. He aquí un caso de intercambio privado, pero este ángel regula también la economía general, aunque sólo entre los pueblos honrados. En consecuencia va perdiendo áreas de dominio frente a su oponente, Mammón. En Francia le llaman Dépense. Y en tiempos antiguos se llamaba Potlach.

Elevación. Aunque a diferencia de los demonios que tienen tres o cuatro sexos los ángeles por lo general no tienen ni uno, el ángel Elevación es femenino. Actúa muy rara vez, pero obligadamente una en cada vida humana. Algunos mortales han tenido la fortuna de que les tomara en más de una ocasión, pero por lo menos una está garantizada. Elevación acude al desamparado y si es hembra se abraza a ella, si es varón lo sujeta por las axilas. A medida que asciende, el humano va dejando caer trozos de su cuerpo, un brazo, el hígado, las manos, el cabello, el cóccix, las ubres, hasta desprenderse por completo de toda su encarnadura física. Una vez reducido a su parte esencial, el humano acompañado por Elevación danza como un mosquito ante el fuego cósmico. Allí, en esa danza extática, comprende la esencia del universo. Al cabo de unos segundos, Elevación lo vuelve a dejar en donde estaba, un banco del parque, una sucia habitación londinense, un hospital, de manera que el elevado tenga ocasión de contar lo que ha visto. Suele hacerlo, pero los resultados son decepcionantes.

Meteoro. Quizás estemos hablando del más sutil de los ángeles porque carece de mismidad, es pura relación, no tiene ser, sólo establece conexiones. Su función es tan importante para la conservación del mundo que comparte con su dueño la facultad de estar al mismo tiempo en todas partes. Es el que traslada de aquí para allá los mensajes. Podría decirse que es el responsable del lenguaje, pero se trata de algo mucho más importante: es el responsable del sentido, de todos los sentidos, de cualquier cosa que tenga sentido. Se le invoca mirando al cielo y preguntando: “¿Qué tiempo hace hoy?”. De inmediato se pone en movimiento y comienza a juntar polos emisores, a veces humanos, a veces animales o vegetales, e incluso minerales. En momentos muy singulares, cuando está contento, produce efectos luminosos como las lluvias de estrellas, las auroras boreales o los cometas. Es su manera de menear la cola.

Paciencia. Cuando en épocas siniestras las voces de los muertos son escandalosas y su indignación impide a los vivos llevar una vida más o menos normal, cuando la tierra donde reposan tiembla de cólera después de horribles matanzas e injusticias insoportables, debe intervenir Paciencia para restablecer el sosiego. Su función, a la que solemos llamar “paz” o bien “pacificación”, es un trampantojo. Nunca hay paz. No puede haber paz. Los mortales nunca conocerán la paz. Lo que hay no es, tampoco, un cese de las matanzas por fatiga de las tribus violentas, es más bien que los muertos dejan de gritar y ya sólo hablan entre sí o se lamentan con menos furor, se quejan en voz templada, se desconsuelan y dan palmaditas en la espalda persuadidos de que no hay nada que hacer con los vivos. Entonces los humanos descansan un poco, dejan los cuchillos, los cañones, las bombas de racimo, aran la tierra, adiestran perros de compañía, se reproducen, preguntan qué tiempo hace.

Sereno. Muchos especialistas le tienen por el más amable de todos los ángeles, seguramente porque solo se fijan en su mitad luminosa que es la de abrir el cielo, sea por la mañana, sea cuando cesa la tempestad. Es sin duda encantador ver cómo se corre esa cortina gris plomiza, betuminosa, y aparece la vibrante luminosidad dorada. Olvidan que es también el mismo ángel que abrirá definitivamente la esfera celeste detrás de la cual se agita nerviosa, sinuosa e impaciente la potencia infinita sin nombre ni persona, el núcleo incognoscible que produjo la primera explosión y provocará también la última. En esta segunda función, Sereno se parece mucho al antiguo guardián del Séptimo Sello, aunque despojado de sus elementos supersticiosos y eclesiásticos.

Simpatía. Su evidente parcialidad hacia los humanos le mantiene en una de las dinastías inferiores, ya que los jerarcas angélicos no se fían de él. Al parecer, no le importa. Fascinado con su tarea, carece de ambición y nunca ha deseado destinos más elevados. Para nosotros es imprescindible ya que es quien tiene la clave que resuelve todas las contradicciones y siendo así que los humanos vivimos en la pura contradicción y no conocemos la muerte si no es por la vida, el frío gracias al calor, la luz mediante las tinieblas, lo femenino por oposición a lo masculino y lo justo contra lo injusto, solo un mecanismo de constante vigilancia en ese nudo de problemas agobiantes es lo que evita el caos completo y la destrucción universal.

Muchos más son los ángeles y no todos son terribles, pero esta es la extensión que podemos concederles por hoy. Debo decir, para que no se produzcan equívocos, que entre ángeles (Luzbel) y demonios (Lucifer) sólo hay una débil y quebradiza bisagra: nosotros. Eso es lo que les mantiene tan atentos a nuestros intereses y pasiones. Ellos dependen de nosotros y nosotros de ellos. Cuando desaparezcamos, la soledad eterna los congelará en forma de estatuas errantes, girarán para siempre como piedras mudas en un universo vacío.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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