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La religiosa

Entonces, unos minutos antes del último suspiro, la muerte, como una religiosa que os hubiera cuidado en lugar de destruiros, asiste a vuestros últimos instantes, coronando de una aureola suprema al ser ya para siempre gélido, cuyo corazón ha cesado de latir. (III, 704)

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19 de agosto de 2010
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Historia médica

En la literatura más antigua, los médicos eran giróvagos, profesionales vagabundos que patrullaban las ciudades, como el Fary, o acechaban las encrucijadas, que eran los consultorios de la antigüedad, donde se exponían los enfermos por si algún transeúnte tenía alguna sugerencia al respecto. Pero esa trabajada reputación de seriedad se vino abajo después del Renacimiento, cuando el médico se convirtió en un personaje cómico. Primero los creadores de la Commedia dell'arte, y luego Lope, Tirso y Molière, les dieron una oportunidad, y otra, y aún otra más, y los muchachos jamás defraudaron, eran el perpetuo descongojo.

Cuando Molière murió haciendo de enfermo imaginario, los médicos de Luis XIV decidieron tomarle el relevo literario y crearon el Diario de la Salud del Rey, obra compuesta en sesenta años por media docena de manos, y monumento magnífico que la tontería complacida se hizo a sí misma. El boticario Homais, el dúo Bouvard y Pécuchet, o Prudhomme el satisfechísimo de conocerse, son animalitos literarios inspirados en sus páginas.

Si se lee el Diario, no tarda en imponerse la convicción de que Luis XIV estuvo enfermo toda su vida y que necesitaba todo un ejército de médicos, apoyado por varias escuadras de boticarios y cirujanos, armados con toda suerte de venenos e instrumental pinchante y cortante. El rey sufría fiebres púrpuras y verdosas, retorcijones de estómago, náuseas, vapores, cólicos, vértigos, ántrax, fístulas, glándulas esquirrosas y grangrena en la sangre, según aseguraba la numerosa tropa de científicos a su servicio.

Desde su nacimiento hasta su muerte, Luis XIV tuvo cinco primeros médicos, verdaderos dignatarios de la corte, que compraban muy caro su puesto, y cuya sustitución era una crisis revolucionaria con mayor trastorno que la renovación de media docena de ministerios. El rey era la presa única e indivisible de cada uno de esos señores y su séquito. El primer médico del rey, que se hacía llamar “arquiatra”, estaba asistido por un primer médico ordinario, y éste por un segundo médico ordinario, más ocho médicos de cuartel y uno sin cuartel, y ocho médicos consultores. Junto a ellos, un primer cirujano, un cirujano ordinario, ocho cirujanos de cuartel, dos cirujanos dentistas, cuatro boticarios y cuatro ayudantes de botica. El rey resistió a los cuidados de todos ellos durante más de setenta años.

La labor del primer médico consistía en entrar a las siete y media de la mañana en la habitación del rey para examinarlo, mirarle la lengua, palparle el pulso, hacer un primer peritaje de las evacuaciones y decir qué autorizaba como primer desayuno. Luego, no se alejaba jamás de su real cliente, atento a sus más íntimos detalles. Aparte de su pensión y gratificaciones, el primer médico se alojaba en el palacio de Versailles, y su fortuna consistía en poder acercarse de continuo al rey, con lo que podía pasarle recados, y obtener favores para los parientes y amigotes.

Jacques Cousinot, primer médico por orden de antigüedad, se murió en 1646, y apenas pudo disfrutar del rey un par de años. Vautier, el segundo, ejerció sus funciones implacables durante catorce años. Antes, estuvo doce años en la Bastilla por haber intrigado para echar a Richelieu. María de Médicis, la abuela del rey, sólo quería ser atendida por este Vautier, que entraba y salía de la Bastilla para hacerle la preceptiva visita. Se había graduado en Montpellier, donde regían los eméticos antimoniales, el láudano y la quina, productos horrorosos y tóxicos, a los que se oponía la facultad de París.

Como no se había inventado la circulación de la sangre, ésta era nueva y pura de manera incesante, y se creaba en el hígado a partir de la alimentación, de ahí fluía a los órganos, donde se convertía en humores, vapores y otros inconvenientes. Para arreglarlos se empleaba el sistema terapéutico Diafoirus, consistente en sangrar y purgar, y luego purgar y sangrar, hasta la extinción total del paciente.

William Harvey dijo a final de siglo que no era posible que la sangre se produjera nueva cada día a partir de los alimentos, porque sobrepasaba en abundancia a los ingeridos y a los que pudieran ser requeridos para la nutrición. Pero esta teoría se consideraba una mala ficción inglesa.

Daquin y Fagon, que ocuparon en cuarto y quinto lugar la plaza de primer médico, diferían en relación al temperamento del rey. Para el primero, era adusto y bilioso, para el segundo, linfático. Eso llevaba consigo todo un cambio de régimen, con nuevas listas de alimentos prohibidos y un horario diferente para las purgas y sangrías.

En 1685, el rey fue sometido a una operación de cirujía dental. Le arrancaron  los dientes que le quedaban en la mandíbula superior izquierda. De paso, junto con los dientes, le derribaron medio paladar. Total que, como escribió Daquin, “se produjo un agujero por el estallido de la mandíbula arrancada junto a los dientes, que luego se carió y causaba derrames de purulencia y mal olor.” Los alimentos y las bebidas se iban por agujero del paladar perforado y se le sobraban por la nariz. De todos modos, como no tenía dientes, salía todo bastante entero. También evacuaba tal y como tragaba. Los partes de evacuación en el Diario así lo decían: “Su Majestad evacuó muchas materias crudas e indigestas, y, entre otras, muchas trufas totalmente sin digerir.” Entre lo que se le sobraba por la nariz, y las sangrías y purgas continuas, la bulimia era la única manera que tenía el rey de sobrevivir al encarnizamiento de sus médicos.

La enteritis y dispepsia crónica también era patrimonio real. Las “evacuaciones rojas” como se solían llamar, eran continuas, pero a los médicos les parecía bien. No sólo redoblaban las purgas, sino que a la menor elevación de la temperatura, sangraban al paciente. Y le hacían tomar antimonio a carretadas. Como consecuencia, según Daquin, “el rey padece vapores que ascienden del bazo y del humor melancólico del que llevan la marca por la pesadumbre que imprimen y la soledad que hacen desear. Estos vapores se deslizan por las arterias al corazón y al pulmón donde promueven palpitaciones, inquietudes, flojeras y sofocos. De ahí se elevan al cerebro donde, agitando los espíritus de los nervios ópticos, causan vértigos y vahídos, y, golpeando además el principio de los nervios, debilitan las piernas […] las venas que retienen ese humor melancólico le impiden correr por las vías naturales y, por su estancamiento, le hacen calentarse y fermentar y, a causa de esa tempestad, los vapores  malignos han de ser disipados mediante sangrías.”

Vallot, que ocupó en tercer lugar la plaza de primer médico del rey, y la retuvo valientemente durante veinte años, basaba su reputación en haber salvado a su paciente de una muerte segura mediante una ingesta masiva de antimonio. Durante el reinado de este médico, parece que Luis XIV se resistió a alguna sangría: “no habiendo podido hacer consentir al rey otra sangría, me concedió sólo una purga, y tras haberlo purgado, tuve que dejarlo reposar algún tiempo.”

Para espabilar y quemar un poco su paladar perforado, el rey necesitaba toda un inferno de especias y pimenterías que le hacían luego bailar las entrañas. Por orden del médico, durante la noche debía sudar bajo una montaña de edredones, y durante el día se le sometía a “fusiones” en baños calientes para fundir los diversos humores.

La anestesia y la desinfección eran la misma cosa, y se aplicaban mediante el “botón de fuego” que era un instrumento de hierro que se ponía rusiente y se aplicaba en las heridas. Cuando le arrancaron el paladar y reventaron la mandíbula, le aplicaron catorce veces el botón de fuego, hasta que les pareció que el agujero quedaba curioso.


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19 de agosto de 2010
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Eskups del antiprogre: Antiárabe

Le cuesta mucho dar el paso. Quisiera proclamar abiertamente la superioridad del cristianismo y de la raza blanca europea. Pero todavía le da apuro. Cuando no sabe o no puede expresar sus sentimientos impresentables lo resuelve dándole al progre.

¿La culpa del racismo? Del progre. ¿Y de la ascensión de los populismos? Del progre. ¿Del paro y de la crisis? Del progre. ¿Del recorte del déficit y las reformas del Estado bienestar? Siempre del progre, una joya a la que siempre podemos acudir en caso de necesidad. El antiprogre quisiera ser un cruzado que sigue alardeando después de haber vencido a los árabes, pero en realidad es un progre asustado que ha dejado caer todas sus pertenencias en la huída.

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19 de agosto de 2010
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II. La estampilla que cambió la historia de Nicaragua

Bunau-Varilla, un personaje de novela, había llegado a Panamá en 1884 como lugarteniente de Ferdinand de Lessep, quien nimbado por la fama de la construcción del canal de Suez logró reunir en Europa el capital suficiente para emprender las obras del canal de Panamá, donde fracasó ruidosamente. El proyecto no llegaría a ser consumado sino por el gobierno de Estados Unidos, después que el presidente Teodoro Roosevelt intervino para que el territorio de Panamá se independizara de Colombia en 1903.

En su libro Bunau-Varilla incluye una foto de la célebre estampilla de correos, emitida por el gobierno del general José Santos Zelaya en el año de 1900, con valor de un centavo. En el fondo aparece el volcán Momotombo coronado por un gran penacho de humo, y en primer plano el muelle del puerto lacustre que conectaba la línea ferroviaria de occidente con la ciudad de Managua por medio de barcos de vapor. Este muelle había sido destruido el año anterior, precisamente por una sacudida atribuida a las continuas erupciones del Momotombo.

Cuenta Bunau-Varilla que la balanza se inclinaba en el senado hacia la escogencia de Nicaragua, y era inminente una decisión contraria a Panamá. Recordó entonces la estampilla que había visto alguna vez, y recurrió a los agentes filatelistas de Washington que no sólo la tenían, sino que lograron conseguirle las noventa que necesitaba, una para cada senador. Eso fue suficiente. El alegato de los diplomáticos nicaragüenses, de que en Nicaragua no existían volcanes en erupción, quedó hecho trizas; y aún así, la votación fue apretada.

Esta inocente estampilla, como se ve, cambió radicalmente la historia de Nicaragua. ¿Qué hubiera ocurrido si el canal se construye a través de su territorio? ¿Cuál hubiera sido la suerte histórica de un país ya con suficiente mala suerte? Preguntas al viento.

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18 de agosto de 2010
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Eskups del antiprogre: Descubrimientos

De pronto descubre la patria, el ejército, los curas. Nada sucede. Entonces se da cuenta de que necesita al menos un reproche, un sarcasmo, y sale desesperadamente en busca del óbolo que le deben los progres.

Un día descubrió el antifascismo. Pero de otra forma. Se imaginó resistente. Ingresó en un campo de concentración. Llevó la estrella amarilla sobre un pijama a rayas. Pero en su película no era Hitler sino Zapatero quien se apoyaba en la bola del mundo de Gran Dictador. No se puede despachar su descubrimiento del Israel de los colonos y los partidos religiosos en un solo eskup. Es como la caída del caballo de Saulo. Convertirse al judaísmo es más chic y antiprogre que regresar al catolicismo de la infancia.

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18 de agosto de 2010
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Isla sin mar

Desde el muro del malecón no hay tanto que mirar. Un plato azul que de vez en cuando se molesta y lanza sus olas espumosas sobre la avenida que lo limita. No se ven veleros, apenas un par de remendados botes autorizados por la capitanía del puerto. En verano, los adolescentes se lanzan hacia las cálidas aguas, pero en invierno se alejan temiéndole a las salpicaduras y al viento frío. Un barco hace la ruta de este a oeste cada noche; sombra en el  horizonte que controla a posibles balseros escapando hacia el estrecho de la Florida. Justo ahora estamos en los meses del año en que la avenida costera entra en su mayor ebullición. Pero todo ocurre entre el arrecife y la calle, ni soñar que ese dinamismo se extienda a la amplia extensión salada que hay al otro lado.¿Cuándo fue que comenzamos a vivir de espaldas al mar? ¿En qué momento esa parte del país, que también es nuestra, dejó de pertenecernos? Comer pescado, dar un paseo en yate, mirar los edificios desde la cadencia de una ola, disfrutar del contraste de azules que hay en el comienzo del primer veril. Quiméricas acciones en una ciudad con litoral, delirios punzantes en una Isla que parece flotar en la nada y no en el Caribe. Tengo la ilusión que un día para alquilar aunque sea una chalupa con remos no sea necesario mostrar un pasaporte extranjero. Las velas volverán a adueñarse de esta bahía, nos harán recordar que vivimos en una Habana marítima, nacida entre el grito de los corsarios y el fragor del puerto. El pargo desplazará a las clarias y a las tencas de nuestros platos y desde el muro del Malecón ?con las piernas colgando hacia el diente de perro?saludaremos una hilera de botes que parten y retornan al Morro.

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18 de agosto de 2010
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Fin del dolor

Pues  en este mundo,  en el que todo se gasta, todo perece, hay algo que cae en ruina, que se destruye aún más completamente, dejando  todavía menos vestigios que la belleza: es el dolor (IV, 270)

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17 de agosto de 2010
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Eskups del antiprogre: Bush

Acompañar a Bush en guerra ha sido su última heroicidad. Todavía paga los platos rotos. Por eso no hay nada que más deteste que quienes desfilaron contra Bush por la guerra.

Hay algo enternecedor en el antiprogre. Ha perdido tantas veces que no quería perder una vez más. Creyó que su apuesta definitiva sería la vencedora, pero no se dio cuenta de que precisamente porque la creyó definitiva no podía ser vencedora. El antiprogre merece toda la indulgencia: muy oportunista ha sido para haber llegado hasta aquí pero no es suficientemente oportunista como para seguir y seguir hasta volver a ser progre.

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17 de agosto de 2010
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El narconiño

Muy provechosa le resultó a Juan Pablo Villalobos la lectura de Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, para construir a este personaje niño (?narconiño? lo llama Gabriel Wienner en El País) que, sin participar del mundo que lo rodea, puede percibir lo que sucede a su alrededor siendo hijo de un narco poderoso, encerrado en su paraíso (o madriguera) de murallas donde, además de armas, se esconde un zoológico. He dicho ?sin participar? pero de inmediato me arrepiento porque en realidad el protagonista de Fiesta en la madriguera (Anagrama) cada vez se involucra más de la corrupción que existe a su alrededor. Aunque sus ojos inocentes juzgan todo como un cuento que se cuenta a sí mismo (decapitaciones, persecuciones, encierro, prostitutas, sicarios, mafia, policía, dinero) en realidad empieza a aprender de la violencia. Incluso mata, sin pretenderlo, un pájaro con un arma pequeña robada del arsenal. La novela gira en torno al capricho del niño (que su padre cumplirá, como a su vez se cumplen los narcos todos sus caprichos) de obtener un hipopótamo enano de Liberia. Y no parará hasta viajar a Liberia. Pero la aventura no será fácil e implicará un aprendizaje y una despedida del mundo ingenuo.  Una nota de Gabriela Wienner ahonda más en la novela de Juan Villalobos y la coincidencia con otros autores, como Yuri Herrera, y con temas culturales alrededor del narcotráfico mexicano:

Villalobos se documentó sobre el mundo del narco, ?lo suficiente para no decir ingenuidades. Y al final he acabado sintiendo que me quedé corto, nunca es suficiente exageración cuando se escribe sobre el narco?. Y lo narco está de moda: no solo es una industria que tiene, literalmente, en jaque a países como México ?y no olvidemos que España se disputa con EE UU el primer lugar como país consumidor? sino que ha generado toda una subcultura que tiene en los llamados narcocorridos su expresión más popular, pero que abarca muchas otras disciplinas. La ?estética? narco ?entre el kitsch y la exaltación de la violencia? se impone. En las series de televisión ?¿alguien se dio cuenta de verdad de qué iba Sin tetas no hay paraíso? y, por supuesto, la literatura, que está plagada de traficantes todopoderosos, mujeres que son monumentos de la cirugía estética y ese lujo chillón de nuevos ricos que solo pueden gastarse sus millones encerrados en sus respectivas haciendas. Los americanos tienenLos Soprano y los hispanos tenemos a Los Tigres del Norte. En medio de esta especie de boom de la llamada narcoliteratura que tiene a otro mexicano, Yuri Herrera, autor de Trabajos del reino, como punta del iceberg, la apuesta de Villalobos es mucho más sencilla, pero no menos contundente. Su principal preocupación ha sido no caer en el moralismo al que un tema como el narcotráfico puede empujarte. Lo ha logrado con la voz de ese niño, extraña y cruel en su inocencia: ?Esa voz me liberaba de emitir juicios morales y de caer en la búsqueda de soluciones al problema del narco, lo que nunca me interesó. Y porque me permitía decir toda clase de tonterías absurdas con impunidad absoluta?. 

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17 de agosto de 2010
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El Boomeran(g)
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