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La noche griega

 

La Ilíada será uno de los textos más estudiados del mundo. Cada una de sus palabras, fórmulas y locuciones ha sido objeto insistente de investigaciones, tesis y comentarios. De modo que cualquiera de ellas es como esos copos de nieve que bajo el microscopio revelan mundos insospechados de láminas, prismas, dendritas, columnas, puentes y dodecágonos urbanizados.

Cuando contemplamos el cielo de innumerables luces adornado, y el suelo de noche rodeado, en sueño y en olvido sepultado, asistimos al mismo espectáculo que han mirado los hombres que habitaron la tierra desde la Ilíada a esta parte, y nos preguntamos si habrá habido materia más poetizada. Y con todo, la noche iliádica aún nos presenta oscuridades de sentido.

Hay, por ejemplo, una fórmula —νυκτὸς ἀμολγῷ “en […] de la noche”— que aparece en cuatro pasajes de la Ilíada y se ve que es propia de ella, porque su empleo en un pasaje de la Odisea es un homenaje tardío. La expresión desconcertaba a los escoliastas antiguos y ha sido muchas veces discutida por los modernos. ¿Qué quiere decir esa fórmula (genitivo más dativo siempre en final de hexámetro) referida a la noche? Lo que parece fuera de duda es que se refiere a lo que llamaríamos “noche cerrada”, o “corazón de la noche”. Ahora, lo que no se ve es el significado original.

Casi todos los antiguos han deducido que la fórmula tiene que ver con el verbo amelgo “ordeñar”, y propuesto que su sentido es “momento del ordeño de la caída de la noche”. Lo cual es muy bonito, pero la relación entre el ordeño y la noche no está nada clara, y tampoco se entiende por qué una sociedad, aunque fuera pastoril, acuñaría un término semejante para expresar el oscuro apogeo de la noche. 

La mayor parte de los especialistas modernos también han querido ver una relación con el ordeño. Algunas explicaciones son la leche: Worthen propone la traducción literal “la leche del atardecer”, porque es cuando el cielo se oscurece, excepto el núcleo del ocaso que es semejante a una gota de leche ordeñada en el fondo de un pozal oscuro. Gil Fernández y otros han propuesto que la fórmula se refiere al lapso nocturno en que la Vía Láctea es visible. También hay un grupo significativo de especialistas que se inclina por el sentido de “oscuridad”, como se lee en la mayoría de las traducciones. Y no faltan los que se manifiestan a favor de la relación metafórica de la noche culminante con la urbe henchida, pacíficamente pero enfrentados a quienes prefieren interpretar “forro de la noche”, porque la noche homérica, dicen, es envolvente.

El eximio Benveniste propuso que el sentido original de la raíz  melg- ha de remitirse a la de leĝ-, que es el de “recoger”, de modo que el sentido de amolgós sería “recogida”. Reconozcamos que el “recogimiento de la noche” tendría su punto místico delacruciano, e incluso asoma una apariencia de etimología razonable: la leche germánica (milch, milk…) viene de la raíz melg- “ordeñar” que a su vez procede de leĝ- “recoger”. Porque la leche fue la materia recogida por excelencia, la gran invención que revolucionó las tripas humanas y produjo una enzima ad hoc. Lo cual es para felicitarse. Pero la relación del ordeño con la noche sigue siendo oscura y traída por los pelos. Porque el sentido de la fórmula de la Ilíada ha de ser algo propio y propiamente dicho de la noche griega.

Por aprovechar la leche, ya que estamos, podríamos hacer queso. En el proceso de fabricación de este venerable alimento, hay un momento en que se rompe la tensión superficial de la leche cuajada y se forma un precipitado, compuesto por las proteínas, el calcio y la grasa, que se va depositando en el fondo de la disolución conforme se adensa. Ese precipitado será el queso, una vez retirado de la disolución de agua, sales minerales y hidratos de carbono que llamamos suero. Durante un tiempo, el suero continúa goteando del queso  recién formado y sus últimas gotas se escurren bajo la acción de la prensa.

La raíz verbal indoeuropea que significa gotear, escurrir, fundir, decantar es leg-, muy parecida a la más arriba mencionada leĝ-. Y las dos raíces son tan semejantes que, en griego,  leĝ- (la de “recoger”) produce λἐγω, mientras leg- (la de “escurrir”) da λἠγω. Según esto, el significado del discutido amolgós sería “adensamiento”. Momento en que nos preguntamos qué leches tiene que ver eso con la noche griega.

¿De qué materia está hecha la noche? Según la Teogonía de Hesíodo, al principio solo existía el Caos. De ese gran bostezo primordial, se derramaron dos efusiones oscuras. Una, masculina, es la llamada Érebo, la otra, femenina, es la Noche. 

El Érebo es la oscuridad abismada, estable y constante, que yace en las honduras subterráneas. La Noche, en cambio, es una oscuridad cambiante y susceptible de disipación, esparcimiento y emulsión, tiene infinitos grados, y presencia ubicua. Después del contacto amoroso con su hermano Érebo, la negra Noche parió el Día y el Éter.

Notemos que, en la mitología griega, el día y el éter son magnitudes negativas. Toda su esencia consiste en contener más o menos noche, y su falta de oscuridad es relativa. La relación del sol con el día y el éter brillante es circunstancial: el astro pasa por ahí. Ellos, en cambio, son de la misma materia que la noche. Y ésta tiene un devenir con oscuridad cambiante, de modo que el mediodía y la medianoche son fases suyas, igual que los crepúsculos. Solo hay un momento en que la oscuridad nocturna se estabiliza, ese momento de adensamiento y precipitado de la noche es el comprendido entre el crepúsculo de la tarde y el del alba. Durante ese tiempo, la noche permanece estable en su oscuridad, y contiene en su regazo a las estrellas. Se comprende que, en lo denso de la noche, ante ese fondo de condensación oscura y precipitada negrura, Orión, el Carro, la lanza de Aquiles y el resto del atrezzo homérico brillen especialmente. 

En lo denso de la noche, el león y las fieras atacan los rebaños, y Aquiles relumbra como una estrella en la estrellumbre incontable, y su lanza resplandece como el destello de Sirio, en lo denso de la noche. Y tuvo Penélope un sueño claro, en lo denso de la noche.

 

 

 

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18 de agosto de 2011
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Castizos

El columnismo castizo insulta como respira.

No vuelca todo su ingenio en entender lo que sucede sino en averiguar qué es lo que más ofenderá a sus adversarios. Las palmas del tendido, los espaldarazos de la barra de bar y el palmeo del tablao, esos son sus poderes. Sin ellos nada osaría. El faltón quiere ser el artista admirado por una pandilla de golfos, que son los que le encumbran. A veces se atraganta con uno de sus improperios y le da un ataque de tos que le deja débil y exhausto como a un convaleciente. En ocasiones como estas se ve obligado a cuidar sus espaldas, porque es larga la cola de los aspirantes que optan a sustituirle.

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17 de agosto de 2011
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Carlos Yushimito reseñado

Carlos Yushimito. Foto: Inés Baucells Como una ?genuina sorpresa? calificó Rodrigo Pinto en la reseña en Babelia dedicada a Carlos Yushimito y su libro, publicado en Duomo, Lecciones para un niño que llega tarde, que incluye algunos cuentos de Las islas y suma cuentos inéditos. Un estupendo debut de Yushimito en España a partir de su aparición entre los jóvenes autores latinoamericanos de Granta. Dice la reseña:

Los cuentos de Carlos Yushimito son una genuina sorpresa. Desgajados de un lugar específico, tanto desde la geografía como desde las tradicionales categorías a las que se apela para clasificar, parecen brotar desde un territorio nuevo, desde una zona fronteriza que siempre está más allá, en otro lado, bañada por otra luz. Poco importa, en este sentido, si los protagonistas son personajes reciclados de El mago de Oz, aprendices de criminales que viven en alguna ciudad brasileña o niños que escapan de las clases de piano para despanzurrar insectos en el jardín; Yushimito habla desde otro lugar. Será que es peruano de origen japonés y vive en Estados Unidos. Será que este escritor de 34 años recicla con inusitado vigor distintas tradiciones y las sintetiza en una propuesta audaz y finamente trabajada, con un estilo de factura clásica que reparte por igual la claridad y la sombra, la ambigüedad y el trazo preciso, en cuentos cuya resolución nunca se reduce a una sola posibilidad de lectura, en historias complejas que nunca son breves y que, más aún, parecen más largas que las páginas que las contienen por su densidad y riqueza lingüística. Varios de los protagonistas -como en el cuento que da título al volumen- son niños, y por esa vía hay fronteras que se abren y no solo por el ángulo más previsible -el ingreso legítimo de la fantasía, de ese modo de romper las convenciones tan propio de la infancia adoptada como motivo por la literatura-, sino también por el lado de los contornos éticos que dejan pasar la crueldad entendida también como un modo legítimo de aproximarse al otro. Que los mundos narrativos que compone Yushimito se articulen desde otro lugar implica a la mirada que describe o lee esos mundos, no al paisaje físico y humano que el autor pone en escena. Pero a su vez están tocados por una vara que los transfigura y desplaza levemente de su eje hasta el punto en que, sin dejar de ser familiares y de contornos reconocibles, dejan pasar un punto de singularidad y rareza que les proporciona una textura intensamente original. Y aunque hay relatos donde parece insinuarse un anclaje más firme en modos convencionales, no hay que descuidarse: el libro tiene, además, la virtud de la coherencia, y no deja de sorprender jamás.

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17 de agosto de 2011
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I. El Museo de Seres Increíbles

Only in America. Solamente en Estados Unidos. Sólo allí puede ocurrir. Éste es el lema oficial de Don King, uno de los más singulares personajes que ha dado esa tierra de promisión y asombros cuya Meca es Las Vegas, el Disneyworld de los viciosos, los ingenuos, y las peleas estelares de boxeo. El vasto país de leyenda donde todo se convierte en un espectáculo rentable, desde los concursos de belleza a las carreras de perros, y donde los personajes más extravagantes encienden sus cigarros habanos con billetes de cien dólares, obtenidos del latrocinio, no de los árboles, y se  pasean en limusinas de media cuadra de largo. La tierra de los excéntricos despiadados y descarados que no sólo adoran al becerro de oro, sino que lo degüellan, al fin y al cabo son dueños de rebaños enteros de ellos.
    Nicaragua se vio honrada hace poco con la visita de Don King, recibido con honores de estado que incluyeron una abundante escolta policial. Es un personaje que parece sacado de los viejos álbumes de Phineas Taylor Barnum, empresario de El Museo de los Seres Increíbles, que luego dio paso al Circo Barnum,  y creador de esa idea de los Estados Unidos como una galería de rarezas dignas de ser exhibidas, sirenas disecadas, enanos de medio metro, mujeres barbudas, siameses bailarines, y como Don King, promotores de boxeo con el pelo parado, como si nunca terminaran de salir del susto que les causa la idea de caer del pedestal de barro de su propia grandeza.Only in America. Solamente en Estados Unidos. Sólo allí puede ocurrir. Éste es el lema oficial de Don King, uno de los más singulares personajes que ha dado esa tierra de promisión y asombros cuya Meca es Las Vegas, el Disneyworld de los viciosos, los ingenuos, y las peleas estelares de boxeo. El vasto país de leyenda donde todo se convierte en un espectáculo rentable, desde los concursos de belleza a las carreras de perros, y donde los personajes más extravagantes encienden sus cigarros habanos con billetes de cien dólares, obtenidos del latrocinio, no de los árboles, y se  pasean en limusinas de media cuadra de largo. La tierra de los excéntricos despiadados y descarados que no sólo adoran al becerro de oro, sino que lo degüellan, al fin y al cabo son dueños de rebaños enteros de ellos.
    Nicaragua se vio honrada hace poco con la visita de Don King, recibido con honores de estado que incluyeron una abundante escolta policial. Es un personaje que parece sacado de los viejos álbumes de Phineas Taylor Barnum, empresario de El Museo de los Seres Increíbles, que luego dio paso al Circo Barnum,  y creador de esa idea de los Estados Unidos como una galería de rarezas dignas de ser exhibidas, sirenas disecadas, enanos de medio metro, mujeres barbudas, siameses bailarines, y como Don King, promotores de boxeo con el pelo parado, como si nunca terminaran de salir del susto que les causa la idea de caer del pedestal de barro de su propia grandeza.

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17 de agosto de 2011
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La base de la columna

Una columna no se sostiene si no es contra alguien.

Designar y dibujar al enemigo es la razón de ser de una columna. Y si falla el enemigo real hay que inventarlo. Se diría que hay columnistas que incluyen en su contrato la mención específica de las personas a quienes debe atacar o denigrar de forma sistemática. Más evidentes todavía son los casos, aunque no consten en el contrato, de las personas a las que no se debe atacar o denigrar en ocasión alguna.

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16 de agosto de 2011
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¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

Oleo de Franz Kline Hoy me gusta la vida mucho menos Hoy me gusta la vida mucho menos,pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.Casi toqué la parte de mi todo y me contuvecon un tiro en la lengua detrás de mi palabra.Hoy me palpo el mentón en retiraday en estos momentáneos pantalones yo me digo:¡Tanta vida y jamás!¡Tantos años y siempre mis semanas!?Mis padres enterrados con su piedray su triste estirón que no ha acabado;de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,y, en fin, mi ser parado y en chaleco.Me gusta la vida enormementepero, desde luego,con mi muerte querida y mi caféy viendo los castaños frondosos de Parísy diciendo:Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla?     Y repitiendo:¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!Dije chaleco, dijetodo, parte, ansia, dije casi,  por  no  llorar.Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al ladoy está bien y está mal haber miradode abajo para arriba mi organismo.Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,porque, como iba diciendo y lo repito,¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,y siempre, mucho tiempo, siempre, siempre! CESAR VALLEJO

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16 de agosto de 2011
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Mis dos ‘antonioslópez’

Tengo una relación muy especial con Antonio López, a quien sólo he visto de cerca una vez en mi vida, en medio de un grupo de asistentes a un seminario de la UIMP que dirigía Francisco Calvo Serraller en el Palacio de la Magdalena. Mi relación con él es pictórica, o meta-pictórica, o tal vez intra-histórica; la relación requiere, en cualquier caso, un prefijo. Paso a contarla.

    Hace casi treinta años vi en una exposición, nada más entrar en la sala, un cuadro suyo que me apabulló, y enseguida surtió en mí otro efecto más tenue y más íntimo. El cuadro, de grandes dimensiones (exactamente de dos metros y medio de anchura y más de medio y metro de longitud), se llamaba ‘Madrid desde Torres Blancas', y por lo que se decía en la correspondiente cartela había tardado casi diez años en ser pintado por el artista (entre 1974 y 1982). Muchos de ustedes lo han visto, estoy seguro, al menos en reproducción, y si no lo han visto no sé a qué esperan, pues la obra se halla ahora mismo expuesta en la estupenda antológica que le dedica a Antonio López, en su sede del Paseo del Prado, el Museo Thyssen-Bornemisza (abierta hasta el 25 de septiembre, para pasar después al Museo de Bellas Artes de Bilbao). Es un cuadro no sólo vasto sino profundo, y en este caso me refiero a la profundidad de campo; desde uno de los pisos altos del edificio emblemático de Sáenz de Oiza que llamamos Torres Blancas aunque nunca han tenido ese color (en contra de la voluntad del arquitecto), lo que el pintor retrata es una vista muy amplia de la capital, en la que inmediatamente destacan tres cosas: un edificio feo en primer término, donde Repsol se anuncia al tiempo que da la hora, la arteria principal, que resulta ser la avenida de América, y el cielo, el famoso cielo de Madrid, que para Antonio López, que lo ha pintado más veces, es, en ese anochecer elegido como "la hora bruja" que decía Shakespeare, un cielo claro y manchado pero sobre todo inmenso, con la inmensidad que tienen los espacios carentes de límite.

   Hasta aquí mi impresión estética, similar a la de cualquier ser humano, madrileño o no, con ojos en la cara. Lo que pasa es que el cuadro tenía, al menos para mí, algo más. ¡Mi casa! Mi casa, o para ser exactos, el edificio donde se ubica el piso en el que vivo ya más de tres décadas, aparecía en la parte central del cuadro, hacia el fondo, destacando en el horizonte no por sus méritos arquitectónicos (que dicen que los tiene) sino porque es el hito que López ha elegido para romper la línea de su horizonte. Entiendan que me sintiera, tras la primera impresión, orgulloso. Allí estaba, pequeña pero perceptible, la ventana del cuarto de baño donde hago mis abluciones, y una serie de detalles más que no enumero para no aburrirles con la prosa edilicia. ‘Madrid desde Torres Blancas' se ha hecho un cuadro célebre dentro de la cotizada fama del artista, pese a lo cual, que yo sepa, el valor inmobiliario de mi piso no ha hecho más que bajar. Ahora que está retratado en el Thyssen, quién sabe.

    Para saborear en mi casa, esa casa pintada por fuera por tamaño artista, me puse, unos días después de mi visita a la exposición, a hojear y leer el catálogo, muy recomendable por cierto. Y entonces vino el segundo arrebato. En la página 47 del mismo, y como ilustración del texto que escribe el director del museo, Guillermo Solana, está reproducido un cuadro que yo desconocía, y por ese cuadro descubrí que casi veinte años antes de ocupar yo el piso en que habito Antonio López estuvo en él, yo diría que exactamente en la misma terraza que en estos días de verano uso para leer cuando atardece. El cuadro se llama ‘Vista de Madrid 1960', plasma una amplia zona del barrio de Salamanca al sur de María de Molina, y Solana, que hace un comentario muy sugestivo, nos informa de que es la primera ‘veduta' de Madrid pintada por el artista de Tomelloso.

     En 1960 yo era un escolar con gafas por toda la cara y escindido aún entre la religión de mis ancestros y el ansia de libertad incipientemente libertina despertada en mí por unas láminas de desnudos renacentistas que mis padres, quizá apresurados al comprarlas en la tienda del Louvre, me habían traído de un viaje a París. Vivía  -ajeno a todos los ‘ismos', y desde luego al realismo de Antonio y los diversos ‘López'- en una ciudad costera cuyo mejor pintor vivo se llamaba Gastón Castelló y tenía cubiertas las paredes de la Estación de Autobuses, muy cerca de la casa familiar, con alegorías del campo y la mujer alicantina (dicha estación sigue en pie, por cierto, y es una obra de juventud, como señala la placa correspondiente, del arquitecto Félix de Azúa, padre del escritor y ‘fellow-blogger' de El Booomeran(g)).

     Aún tardé cinco años en llegar a Madrid, y casi veinte en ocupar el piso que hoy habito. La ‘Vista de Madrid 1960' de López es la prehistoria de mi madrileñismo. Pues si me asomo dentro de un rato a mi alta terraza, veré lo que el artista vio hace cincuenta años en picado: una ciudad más borrosa de paleta, con edificios desaparecidos que tienen en su lugar siluetas distintas, y otros que no han cambiado, debajo de un cielo también claro pero menos dominante que el del cuadro de Torres Blancas. Y si cierro los ojos y fantaseo podría ver quizá, como en esas turbadoras escenas oníricas que pintó Antonio López en aquellos años, al adolescente que yo era en 1960 volando hacia el futuro de quien ahora soy.

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16 de agosto de 2011
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Touch of evil

 

 

Verano en la ciudad. Han pasado muchos años desde que no estaba un verano en Madrid. Apenas recordaba ese resto de casticismo, más cutre que barroco, que mantiene algunas fiestas populares. Procesiones con orquestas municipales, churros incomibles, políticos en rebajas, verbenas con barras atendidas por gentes que vinieron del pasado comunista, bomberos, vírgenes, beatos, jóvenes papistas, negocios religiosos, promesas de dioses, de vírgenes que cuelgan de espacios civiles, militares y hasta de algún edificio religioso.

La religión como negocio, fiesta, mercado, diseño, audiovisual, caralibros, veinteañeros, integrados, indignados ma non tropo, ateos gracias adiós, lolitas católicas, apostólicas, romanas, rumanas, brasileras y sus amigos "viva la gente". Madrid con un calor que ya no me mata, con confesionarios allí dónde tuvimos libros, con misas, rosarios, pecados, pecadores, beatos despistados, policías descreídos y bocadillos de falsas tortillas. Ciudad abierta, confiada, convicta y confesada en el Parque del Retiro. Holy Fast,  La turneé de Dios, Jardiel Poncela reestrenado y vuelta atrás. El mundo es ansí?

Hoy día de palomas, asunciones y las once mil vírgenes, que en euros deben ser millones, he paseado por Madrid entre la insolación y la tentación. Al final, como tantos días, como tantas veces, tantos años, me dejé caer en ella. En la tentación. La misma tentación que me acompaña desde que tengo memoria de confesionarios. Aquellos confesionarios oscuros, susurrantes, temidos, de respiraciones pecaminosas, falsos arrepentimientos, señores oscuros  invisibles, de aliento dudoso y de fe aburrida. Aquellos católicos que nos hicieron salir corriendo y no volver al lado oscuro de los miedos adolescentes.

Nada es así. Al menos en este Madrid que agosta con esta religión de blanco y arquitectura de los modernos de la obra. Feria de confesionarios, vanidosos y vanidades esperando a los pecadores del mundo. Jóvenes sueltos del mundo, pecadores en confesionarios de diseño que terminan allí dónde siempre espera el ángel caído. El camino de los confesionarios madrileños lleva a la estatua del hermoso diablo.

La tarde del día de las vírgenes madrileñas, entre policía, beatos, mirones, curas, perdidos y encontrados la comencé en el Retiro de todos los pecados. Me senté al lado de mi demonio. Me tomé una cerveza, o dos, y volví a casa con mi bono bus. Como en casa...Un gin tonic y una película en la tele. Esta noche en cine clásico un detalle, otra vez vimos: "Touch of evil".

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16 de agosto de 2011
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Yo ya lo dije

El columnista más reconocido es el que nos indica cada día cuánta razón tenía, cuán serias y precisas eran sus advertencias y qué escasa atención recibieron.

Sólo le sirven las noticias que confirman su perspicacia y su clarividencia. Las otras son invisibles a su mirada displicente. Así aparece cada mañana, encaramado en la columna altiva de sus reproches y con la enorme deuda por saldar que los lectores han contraído con su personalidad insigne y con sus facultades adivinatorias.

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15 de agosto de 2011
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La actividad más misteriosa

Una vez más el Festival de Torroella de Montgri ha tenido la virtud de transformar el insensato mes de agosto en un sustancioso ejercicio espiritual. Ayer la misa de Requiem de Cererols, barroco español insuficientemente conocido (murió en 1680), conmemoraba el asesinato de Ernest Lluch, diputado socialista partidario del así llamado "diálogo" con ETA que sufrió en carne propia la fábula del escorpión y la rana.

    La coral llenaba el espacio escénico situado en la zona del altar y sus voces subían hasta las bóvedas góticas muy bien aventadas por La Stagione Armonica. El concierto se concluía con el Miserere de Allegri, posiblemente la pieza fúnebre más tenebrosa y bella de todos los tiempos. En ella hay un sobrecogedor agudo (de soprano en nuestro caso, pero voz blanca en la Capilla Sixtina donde se ejecutaba cada año) que parece querer perforar los cielos implorando clemencia. La súplica nos llegaba a los oyentes por la espalda, es decir, desde el coro propiamente dicho. Un grito invisible nos atravesaba el corazón con la saeta de una inocencia inmolada.

    Por cierto que el Miserere sólo se interpretaba en el Vaticano durante los oficios de Semana Santa y estaba prohibida su copia, pero nadie pudo impedir que en 1770 un chico de catorce años con cierto talento musical la escuchara y al concluir saliera disparado a su pensión y la copiara de memoria. Era Mozart. Cuando empezó a sonar por toda la Europa, el papa Clemente XIV quedó tan impresionado que nombró caballero al adolescente.

    Mientras atendía yo a aquella música en honor de un inocente asesinado volvía a asaltarme la vieja cuestión de la utilidad. La música no sirve para nada, es cierto, excepto para hacernos humanos. En un reciente y muy recomendable trabajo, El instinto musical (Turner), Philip Ball se lo plantea desde el punto de vista cognitivo. Esta actividad tan perfectamente inútil, dice, es sin embargo universal: no se ha encontrado aún un pueblo, cultura u horda que carezca de ella. Y también es eterna porque los más antiguos instrumentos encontrados, huesos perforados en forma de flauta, tienen cuarenta mil años. De modo que nos acompaña desde el origen y posiblemente el día del juicio final nos pillará cantando y bailando. La eternidad es eso.

    Ball discute con Steven Pinker sobre la inutilidad que el último atribuye a la música. Según Pinker es una actividad exclusivamente hedonista, una especie de "golosina del cerebro" (son sus palabras), pero que carece de cualquier virtud adaptativa por lo que si desapareciera no habría consecuencias dramáticas. El lingüista Joseph Carroll, en cambio, la considera una acción típicamente cognitiva que acrecienta nuestra capacidad para regular funciones extremadamente complejas como los ceremoniales fúnebres. La posición de Ball, pragmática, es de sentido común: da lo mismo que sirva o no sirva para nada, la música es indestructible y aunque fuera una idiotez no hay modo de acabar con ella, ya que responde a procesos cerebrales que se están descubriendo lentamente. Ball, que tanto analiza un ejemplo del barroco flamenco como una pieza de Heavy Metal, usa el término de "instinto musical" con perfecta conciencia ya que no en vano es colaborador y editor de la revista Nature.

    No hace mucho escribía yo que para los humanos la música es como la sexualidad, una actividad que todos pueden (y deben) practicar lo hagan mejor o peor, porque lo que importa no es la técnica sino el sentimiento, siempre que el receptor tenga la suficiente capacidad de gozo. Da lo mismo escuchar con arrobo "La parrala" que "Moses und Aaron", la cuestión es bailar mentalmente con la música como en una fiesta, sin que nos torturen los delirios de competencia, eficacia y jerarquía.

    Toda música es un generador de ideas y el placer musical no es otra cosa que inteligencia en acto. Una inteligencia especial que sólo sirve para entendernos con nuestros semejantes, o sea, para bailar aunque el cuerpo no se mueva. Todos hemos advertido cómo se miran unos a otros los músicos en concierto y cómo en algunos delicados momentos se sonríen con gesto de indescriptible contento mutuo: es la secuacidad del gozo. Yo no creo que cuando escuchamos música a solas hagamos otra cosa. Sonreímos por lo a gusto que estamos en este mundo y lo bien que lo hacemos.

    He aquí que un físico, Philip Ball, no anda lejos de esta misma opinión. Lo celebro.

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15 de agosto de 2011
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El Boomeran(g)
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